La lucha por la democracia en
tiempos de crisis
MARCOS ROITMAN ROSENMANN
Luchar por la democracia puede resultar difícil
en tiempos donde su declamación sirve para justificar guerras
y asesinatos realizados en nombre de la libertad y la paz mundial. Es
corriente encontrarnos con actos indecentes que escandalizan a la condición
humana cometidos en defensa de la democracia. En su nombre se han llevado
a cabo golpes de Estado y se han justificado dictaduras, como hoy se
justifica la matanza de civiles afganos. Es más, pocos son los
gobiernos y personas que quieren ser adjetivados como antidemócratas.
Sin embargo, esta ola de auto-definición democrática no
coincide con el desarrollo de un sistema social cada vez mas totalitario.
La democracia parece cambiar de bando y de rumbo. De bando porque son
las fuerzas conservadoras las que se apropian de su uso y se consideran
propietarias legítimas de su defensa. De rumbo porque sus contenidos
son definidos desde la lógica de una economía de mercado.
Lo que podría parecer un contrasentido hace unas décadas
hoy puede considerarse normal. Las élites políticas y
económicas, las burguesías nacionales o locales que han
luchado en contra de la democracia se alzan como sus valedoras naturales.
Su proyecto se presenta como parte de una estrategia de cambio social
y de modernización democrática. Convertidos en auténticos
trasformadores del orden social son los abanderados de un nuevo tiempo
de progreso y revolución política-social. Nadie puede
estar en contra de los tiempos. Hoy es necesario ser "revolucionario".
Lo son George Bush, Blair, Aznar y Fox. Todos son grandes del mundo,
nadie quiere quedar fuera de la aventura de la globalización.
Tampoco desean ser tildados de tibios o remisos a la construcción
de un orden mundial sin terroristas ni fanáticos. El tiempo de
la democracia es el tiempo de la defensa de los Estados Unidos y de
sus valores. En ellos se encarna la paz mundial y el devenir del proceso
civilizado inmerso en la razón cultural de occidente. No cabe
dudar de sus fines, tampoco de sus estrategias y por ende de sus sentimientos
democráticos. Actúan convencidos de defender los valores
mas libertarios sobre los cuales se edificará la nueva democracia
del siglo XXI.
Quienes se muestran contrarios son declarados involucionistas. Defender
los derechos sindicales, las libertades políticas, la igualdad
y la justicia social supone tener conductas reaccionarias. Manifestarse
contrario a la guerra, los bombardeos y las matanzas masivas en nombre
de la "libertad perdurable" se convierte en un acto anti-democrático
y pro-terrorista. Todo en un mismo saco. El sincretismo político
es un arma para desactivar movimientos democráticos y adjetivar
toda crítica como un comportamiento antidemocrático. La
existencia de estos comportamientos, se dirá, sólo puede
retardar el advenimiento de una era de democracia sin adjetivos afincada
en una economía de mercado.
Luchar por abrir espacios de participación, de negociación,
de representación, de mediación y evitar el aumento de
las políticas represivas es una acción antidemocrática.
La democracia ha quedado enmarcada en la lógica diabólica
del mercado siendo pensada como reglas del juego y no como una práctica
plural de control y ejercicio del poder desde el deber ser del poder.
Reducida a un problema de procedimiento electoral para la elección
de élites se elimina su sentido ético del bien común.
Estamos en presencia de un proceso de involución política
caracterizado por la desarticulación de la sociedad civil con
el consiguiente deterioro de las formas democráticas de organización
propias de una sociedad abierta y dialogante.
Hoy las luchas democráticas adoptan la forma de desobediencia
civil. El proceso de involución política es el marco de
referencia que explica muchas veces el carácter espontáneo
e inestable de las movilizaciones y movimientos sociales. De esta manera
las luchas por defender y mantener los espacios democráticos
chocan con la nueva concepción de la democracia desarrollada
por las élites del pensamiento neoliberal y reaccionario. El
enfrentamiento es desigual y tiende a favorecer una idea aséptica
y despolitizada de la democracia cuyo objetivo es desmovilizar y desactivar
la sociedad civil en sus sectores mas conscientes y luchadores. Y efectivamente
esta es la dinámica en la cual nos hallamos inmersos. La pérdida
de centralidad de la política es una característica de
nuestro tiempo. La sociedad civil se ha convertido en una sociedad anónima.
Las formas de movilización social desarrolladas no son luchas
por abrir espacios democráticos inexistentes. Las actuales son
luchas de resistencia por evitar el cierre de aquellos espacios que
con tanto sacrificio y esfuerzo fueron otorgando los derechos de las
clases sociales dominadas y explotadas. Evitar la involución
política y lograr resistir presupone articular un proyecto democrático
donde no se puede improvisar y menos aún dejar en manos de los
nuevos hacedores de la paz mundial la defensa de una democracia espuria.