La guerra red
MANUEL CASTELLS
La bárbara matanza de miles de personas en Estados Unidos ha
socavado los cimientos de nuestras sociedades, al poner en cuestión
los principios de coexistencia y civilidad en que se basan. Pero el
11 de septiembre de 2001 tiene un significado aún más
dramático: en esa fecha se ha desencadenado la primera guerra
mundial del siglo XXI, una guerra en la que, queramos o no, estamos
ya inmersos. ¿Cuál es esa guerra? ¿De quién
contra quién? ¿Y cómo se prevé que sea su
desarrollo? Sólo entendiendo en qué guerra nos hemos metido
podremos actuar sobre la misma, desde nuestra pluralidad de valores
e intereses.
No es un choque de civilizaciones, una patraña que propagan quienes
reducen la multiculturalidad de nuestra especie a la oposición
etnocéntrica entre Occidente y 'los otros'. No es un choque de
religiones, porque la gran mayoría de musulmanes y la casi totalidad
de los Gobiernos de países islámicos se oponen al terrorismo
y, en buena medida, apuestan por integrarse en la economía global
y en la comunidad internacional. Ni tampoco es un choque entre los pobres
del mundo y el capitalismo mundial, aunque la exclusión social
conduzca frecuentemente a la desesperación de la que se alimenta
el fanatismo. Es esencial distinguir esta guerra de la oposición
al modelo neoliberal que representa el movimiento antiglobalización,
porque esa asimilación conduciría a criminalizar dicho
movimiento y a sofocar el gran debate democrático sobre los contenidos
de la globalización que apenas se ha iniciado. No. Estamos ante
una guerra definida en términos más precisos: es la guerra
de las redes fundamentalistas islámicas terroristas contra las
instituciones políticas y económicas de los países
ricos y poderosos, en particular de Estados Unidos, pero también
de Europa occidental, países estrechamente vinculados en su economía,
en sus formas de democracia y en su alianza militar (artículo
5 del Tratado de la OTAN). En la raíz de esa guerra hay un rechazo
a la marginación de los musulmanes y una afirmación de
la supremacía de los principios religiosos del islam como sustento
de la sociedad (aunque en una interpretación contradictoria con
las enseñanzas profundamente humanistas del Corán). La
identidad humillada y el menosprecio cultural y religioso del islam
por los poderes occidentales conducen a la resistencia, al llamamiento
a la guerra santa. Y esta resistencia se concreta en la oposición
a la existencia de Israel y se alimenta de la prepotencia israelí
en su opresión del pueblo palestino. Por tanto, es en esa identidad
islámica (no árabe) exacerbada y en el proyecto de defensa
/ imposición de estos valores en todo el mundo, empezando por
los países musulmanes, en donde se encuentra el quid de la cuestión.
El mundo al que aspira Bin Laden ya existe: es el Afganistán
de los Talibán. Esas redes de terror (de algunas de las cuales
Bin Laden es el símbolo más que el comandante supremo)
se alimentan también de la frustración de sectores (¿o
Gobiernos?) de algunos países musulmanes, humillados por lo que
ellos perciben como el neocolonialismo de los países occidentales.
Es posible también que redes terroristas de distinto origen,
incluidos sectores de la economía criminal, puedan encontrar
formas tácticas de colaboración con las redes islámicas
(por ejemplo, la economía de los talibán es altamente
dependiente del tráfico de opio que alimenta la llamada 'senda
turca' de la droga hacia Europa occidental, una red protegida por las
mafias albanesas que tuvieron un papel importante en la rebelión
de los kosovares). En suma, de un lado se encuentran Estados Unidos,
la Unión Europea y todos aquellos países que de una u
otra forma participan en el sistema económico y tecnológico
dominante, incluidos Rusia (igualmente enfrentada a las redes islámicas,
a partir de Chechenia), Japón, China e India. De otro lado, hay
un núcleo duro, irreductible, de redes terroristas del fundamentalismo
islámico, con posibles complicidades en algunos Gobiernos, con
alianzas tácticas con otras redes terroristas y con una simpatía
difusa entre sectores populares de países musulmanes. Estas redes
variopintas buscan imponer sus objetivos utilizando las únicas
armas eficaces en su situación de inferioridad tecnológica
y militar: el terrorismo de geometría variable, desde el atentado
individual a las matanzas masivas, pasando por la desorganización
de la compleja infraestructura material en que se basa nuestra vida
diaria (agua, electricidad, comunicaciones). Y contando con la transformación
de personas en munición inteligente mediante la práctica
generalizada de la inmolación.
Así planteada la guerra, Estados Unidos (un país herido
y profundamente motivado en este combate) ha iniciado, con el apoyo
de sus aliados ( incluida España), la más difícil
de las guerras: la guerra contra una red global capaz de rearticularse
constantemente y de añadir nuevos elementos conforme otros vayan
siendo destruidos, porque se alimenta del fanatismo religioso y de la
desesperación social de millones de musulmanes. Por eso esta
guerra no se parecerá mucho a la del Golfo. Incluso la muerte
y el sufrimiento, jinetes sempiternos del aquelarre bélico, serán
distintos esta vez, porque afectarán en mucha mayor medida a
los norteamericanos y a sus aliados. Será una guerra cruenta,
larga, insidiosa, que llegará a todos los confines, con multiples
reacciones violentas de esas redes multiformes y bien pertrechadas,
que sabían lo que se les venía encima y que están
preparadas para ello -tal vez con armas químicas y bacteriológicas-.
Ahora bien, ¿cómo se ataca a una red? En términos
asépticos, que son necesarios para la claridad, y basándome
en las investigaciones que sobre estos temas han ido desarrollándose
en distintos centros estratégicos de Estados Unidos y Europa,
parece necesario distinguir entre tres procesos. El primero es la desarticulación
de la red. El segundo consiste en prevenir la reconfiguración
de la red. Y el tercero es evitar la reproducción de la red.
Es sobre este tercer nivel sobre el que versan la mayoría de
las discusiones bien intencionadas de estos días: hay que estabilizar
el mundo mediante la incorporación al desarrollo de los hoy excluidos,
hay que practicar la tolerancia multicultural y hay que forzar a Israel
a aceptar un Estado palestino e imponer a judíos y palestinos
la convivencia (difícil pero necesario y no necesariamente imposible
si tomamos en serio acabar con ese nido de inestabilidad mundial). Pero
esa estrategia de largo plazo sólo es practicable después
de la guerra. La primera tarea, en la que están ahora los Gobiernos
occidentales, es la de ganar esa guerra, empezando por la desarticulación
de la red. Lo cual requiere, por un lado, la identificación y
eliminación de sus nodos estratégicos; es decir, de aquellos
en los que reside la capacidad de coordinación y toma de decisiones.
De ahí el intento de destruir las bases operativas en Afganistán
y en otros lugares aún por determinar. También en ese
contexto se plantea la captura o muerte de Bin Laden, tanto por su importancia
carismática de profeta del movimiento como por el valor simbólico
que tendría su captura. La Unión Soviética fue
derrotada en Afganistán, pero las cosas han cambiado. Los guerrilleros
islámicos tenían con ellos a la CIA, a Pakistán
y a Arabia Saudí. Y los norteamericanos utilizarán probablemente
las nuevas tácticas conocidas genéricamente como 'swarming'
(enjambres), basadas en el despliegue de pequeñas unidades de
comando con alto poder de fuego, autonomía propia, coordinación
electrónica entre las mismas y acceso constante a información
por satélite y a apoyo aéreo instantáneo con armas
de precisión. Aun así, sus pérdidas serán
enormes, pero no se va a limitar EE UU esta vez a bombardear y luego
ocupar terreno. Van a combatir a las redes con sus propias redes, utilizando
su capacidad tecnológica para compensar su desconocimiento del
terreno. En ferocidad y determinación esta vez los contrincantes
estarán igualados. El punto débil para los norteamericanos
es la mala calidad de la información de que disponen, consecuencia
del declive profesional de sus servicios de espionaje en los últimos
tiempos. Pero esperan compensarlo con la ayuda israelí, saudí,
palestina (Arafat) y, sobre todo, con la colaboración de los
paquistaníes, que son los que saben qué pasa en Afganistán:
de ahí el papel decisivo que puede jugar Pakistán en esta
guerra, en uno u otro sentido. Aliado esencial de los norteamericanos
o país dividido por una guerra civil con la posibilidad de acceso
a su armamento nuclear por parte de los fundamentalistas. La guerra
de Afganistán sólo será un elemento, aunque importante,
de esa primera fase de desarticulación de las redes. Al mismo
tiempo acciones puntuales en Palestina, en Líbano, tal vez en
Libia, en Egipto y en Irak (con desarrollos impredecibles), tratarán
de neutralizar, destruir y desorganizar los puntos de conexión
que se identifiquen.
- Estamos ante una guerra de las redes fundamentalistas
islámicas terroristas contra las instituciones políticas
y económicas de los países ricos, en particular de EE
UU y también Europa -
La segunda fase de la destrucción de las redes,
que puede desarrollarse en paralelo a la primera, es evitar su reconfiguración,
es decir, que se desplacen los grupos y operativos clave a otros lugares
o que reorganicen su actividad a partir de nuevos integrantes. Lo que
aquí cuenta son tres tareas: detectar e interceptar los flujos
financieros, que constituyen el combustible indispensable de la red;
interceptar las comunicaciones electrónicas sobre las que reposan
los contactos globales, y confrontar las nuevas acciones de terrorismo
con las que las redes van a responder a la ofensiva en su contra. En
cierto modo, la forma de detectar a los nucleos operativos de la red
terrorista será tan fácil como siniestra: estarán
allí donde se produzcan atentados de destrucción masiva.
La guerra contra estas redes será llevada a cabo por una red
de Estados y sus Fuerzas Armadas, en una compleja geometría de
alianzas e intereses en que los Gobiernos tendrán que manejar
la doble dependencia de su lealtad a la red de defensa conjunta y de
la sensibilidad diferencial de sus opiniones públicas. Y las
alianzas irán variando conforme en algunos países, en
particular en países musulmanes, se produzcan reacciones populares
en contra de la guerra a las redes terroristas.
La esperanza, la única esperanza de supervivencia de lo que hoy
es nuestra sociedad, es que durante el proceso de destrucción
de las redes del terror se sienten las bases sociales, económicas,
culturales e institucionales para evitar su reproducción.
Nuestra organización económica y social, y nuestras instituciones
políticas, han engendrado el fenómeno que hoy tenemos
que combatir, incluido Bin Laden, que aprendió con la CIA. En
el largo plazo, necesitamos absolutamente reformar en profundidad nuestro
mundo, superando la exclusión social y la opresión de
las identidades. En el corto plazo, estamos en guerra. Y me pareció
que lo más honesto era contarle en qué consiste. Ojalá
me equivoque.