Guerra y globalización
después del 11 de septiembre
PEDRO BRIEGER
Los atentados a las Torres Gemelas en el corazón de Nueva York,
y al Pentágono en Washington, provocaron un verdadero terremoto
en la agenda política internacional. Por haber sido atacada la
primera potencia mundial; por la magnitud de los atentados y su secuela
de muertos; por la compulsión de modificar la agenda de política
exterior que tenía planificada el presidente George Bush(h);
por las secuelas económicas, culturales y políticas que
dejarán en la sociedad estadounidense, por las desconocidas implicancias
que tendrán los bombardeos sobre Afganistán, y por lo
que despertará en el resto del mundo. Si el historiador inglés
Eric Hobsbawm afirma que el siglo XX finalizó con la caída
del Muro de Berlín, surgirán otros que plantearán
que el siglo XX se extendió hasta el 11 de septiembre y que -en
realidad- ese día marca el comienzo del siglo XXI.
Amén del debate teórico que se pueda despertar al respecto,
no cabe duda que los atentados marcan "un antes y un después",
y que el proceso de globalización en curso ahora tendrá
que tomar en cuenta nuevos múltiples factores que seguramente
seguirán apareciendo como consecuencia de lo sucedido en Estados
Unidos el 11 de septiembre. A su vez, esta nueva "guerra"
no debe empañar el debate que se ha generado en la última
década sobre los efectos de una globalización que hoy
incluye solamente al 15 por ciento de la población mundial mientras
el 60 por ciento nunca ha realizado una llamada telefónica. La
violencia terrorista y los atentados del martes 11 no son una consecuencia
directa de la globalización, pero para comprender de qué
manera están imbricados es inevitable analizar qué vinculación
existe entre ellos a comienzos del siglo XXI y qué rol le cabe
a Estados Unidos, locomotora indiscutible de esta globalización.
El marco de la globalización
En la década del noventa las referencias a la "globalización"
han convertido este concepto en un término vacío de contenido
y precisión. Simplificando, podría decirse que desde los
años setenta la "globalización" parece haberse
convertido en un simple catálogo de todo lo que pueda sonar a
novedad; ya sean los avances en la tecnología de la información,
el uso generalizado del transporte, la especulación financiera,
el creciente flujo internacional del capital, la disneyficación
de la cultura, el comercio masivo, el calentamiento global, la ingeniería
genética, la CNN y sus transmisiones en directo desde cualquier
punto del planeta, el poder de las empresas multinacionales o la nueva
división y movilidad internacional del trabajo.
Para que se puedan comprender -de manera separada y cómo están
imbricados- la "globalización" y los atentados a las
Torres Gemelas y el Pentágono el 11 de septiembre, es indispensable
hacerlo en el marco de cuatro hechos que se entrecruzan y retroalimentan;
dos de ellos históricos y dos del ámbito de las ideologías.
Primero, la caída del muro de Berlín el 9 de noviembre,
que, como representación simbólica, marcó el comienzo
del fin del mundo bipolar y del enfrentamiento Este-Oeste al desaparecer
la Unión Soviética en 1991 dejando a Estados Unidos como
única e indiscutida(2) superpotencia. Segundo, el polémico
artículo de Francis Fukuyama, asesor de la Rand Corporation,
profetizando sobre el fin de la historia al desmoronarse el bloque soviético
e identificando al capitalismo liberal como la única sociedad
capaz de satisfacer los anhelos más profundos y fundamentales
de los seres humanos(3). Tercero, la Guerra del Golfo en febrero de
1991, que dio paso al intento de remodelar un "Nuevo Orden Internacional"(4),
definición acuñada por el presidente de Estados Unidos,
George Bush (p), y que representa los claros intereses estratégicos
de Washington de erigirse como potencia hegemónica en el ámbito
militar, económico y político con la desintegración
del Bloque Soviético. Cuarto, siguiendo con la línea de
pensamiento de Fukuyama, el politólogo de Harvard, Samuel Huntington,
planteó que, dada la desaparición de la Unión Soviética,
los conflictos sociales desaparecerían y el "choque de civilizaciones"
marcaría las futuras relaciones sociales(5).
Si bien es un marco referencial que permite un acercamiento a la nueva
situación mundial desencadenada el 11 de septiembre, no es menos
cierto que resulta extremadamente complejo tratar de definir el carácter
de esta crisis internacional y la naturaleza del conflicto que se asemeja
a las cajas chinas: a medida que se abre una surge otra y no se puede
vislumbrar cómo será la última de ellas.
Globalización y rechazo
La globalización de fines del siglo XX no puede ser analizada
en abstracto ni significa sólo los avances tecnológicos
desprovistos de contenido ideológico. Esta globalización,
a diferencia de otras, está impregnada del bagaje ideológico
liberal que santifica la supremacía de los mercados. Algunos
de sus postulados, diseminados cual dogma religioso incuestionable son
la eliminación de todas las barreras al comercio, de los subsidios
y de las regulaciones para todos los productos; que todo lo público
es "ineficiente" y el Estado intrínsecamente perverso;
que la única manera para que las empresas de servicios funcionen
es privatizándolas; la necesidad de achicar el Estado y bajar
el gasto público; la flexibilización y "modernización"
de los mercados laborales; la reducción de los gastos sociales.(6)
En la década de los 90 la globalización estuvo marcada
por dos ejes. Primero, la "globalización" del capital
y su expansión a los países ex-comunistas, la conquista
neoliberal de economías del Tercer Mundo que solían ser
proteccionistas y la amplia privatización de las empresas públicas,
en el Norte y el Sur, lo que llevó a resignificar la dominación
global del capital.
Segundo, la "Mc-donalización" de la esfera cultural,
económica y social. Para muchos pueblos, desde Chiapas, pasando
por Moscú o París, la globalización representa
la sistemática penetración e imposición de valores,
comportamientos, instituciones e identidades que incluye el blue jeans,
la hamburguesa, la Coca Cola, MTV y la CNN como símbolos representativos.
Es indudable que Estados Unidos despierta sentimientos contradictorios.
Por un lado es admirado su estilo de vida -el tan difundido "american
way of life"- la construcción de su sistema democrático,
la libertad de prensa y expresión, y un conjunto de valores que
seducen a una porción importante de la humanidad, especialmente
a los gobernantes que buscan los favores de Occidente(7). Pero, aunque
a los occidentales les cueste aceptarlo, este modelo dista de seducir
a la mayoría de los pueblos poseedores de tradiciones milenarias,
que son la mayoría sobre la tierra. Sin ningún intento
de justificar los atentados, la realidad indica que en la relación
ambivalente que existe entre la aceptación y el rechazo, los
atentados a las torres gemelas provocaron, fuera de Estados Unidos y
no solamente por un puñado de fanáticos en el mundo islámico,
un sentimiento muy amplio de "sabor a revancha" y "comprensión",
independientemente de la identidad de los autores. Lamentablemente,
algunos, como Jeremy Rifkin, pudieron reconocer esto solamente después
de la muerte de miles de personas el martes 11. "No podemos imaginar
que haya alguien que no aspire a nuestra forma de vida (...) Gran cantidad
de musulmanes experimentan una cierta sensación de orgullo por
lo que llevó a cabo Osama Bin Laden".(8)
Civilización y barbarie
Estados Unidos, como única superpotencia después de la
desaparición de la Unión Soviética despierta sentimientos
encontrados que deben ser tomados en cuenta al analizar la globalización
neoliberal y los atentados del 11 de septiembre. Es imposible comprender
la relación entre ambos hechos sin analizar el rol hegemónico
de Estados Unidos y las explicaciones que se han brindado al porqué
de los atentados en el corazón de Nueva York. En 1993, respondiendo
al famoso artículo de Huntington, señalábamos que
"no es novedoso en el pensamiento norteamericano -aunque también
es atribuible a la mayoría de los países desarrollados
que alguna vez fueron potencias coloniales- asegurar que Occidente es
superior al resto de las civilizaciones. Henry Kissinger, prominente
figura política dice abiertamente que "por ser la única
nación explícitamente creada para reivindicar la idea
de libertad, los Estados Unidos siempre creyeron que sus valores eran
relevantes para el resto de la humanidad. (Por eso) el impulso de una
obligación misionaria por transformar el mundo a nuestra imagen."(9)
Esta concepción no es patrimonio de los conservadores; Anthony
Lake, asesor de Seguridad Nacional de Clinton, también reconoce
abiertamente que "debemos promover la democracia y la economía
de mercado en el mundo porque eso protege nuestros intereses y nuestra
seguridad y refleja los valores que son a la vez americanos y universales.
Nuestro liderazgo es buscado y respetado en los cuatros rincones de
la tierra. Nuestros intereses ideales nos obligan no solamente a embarcarnos,
sino también a dirigir"(10)
A pesar de diferencias y matices, Huntington, Lake y Kissinger coinciden
respecto a la superioridad de los valores occidentales, más específicamente
los estadounidenses. Esta cosmovisión, típicamente etnocentrista,
consiste en observar a todos los otros grupos étnico- nacionales
a través del prisma de la superioridad del propio grupo -dotado
de todas las cualidades posibles- frente a la inferioridad intrínseca
de los otros."(11)
Después del 11 de septiembre, Thomas Friedman, uno de los columnistas
más importantes del New York Times, señalaba que los estadounidenses
debían comprender que los terroristas "no odian sólo
nuestras políticas sino que odian nuestra misma existencia".
Además, que en el Medio Oriente "no hay que olvidar que
somos su único rayo de esperanza"(12). Refutando a Huntington,
aunque en realidad compartiendo sus ideas pero simplificándolas,
Friedman señaló que "este no era un enfrentamiento
entre civilizaciones sino entre una moderna y progresista visión
del mundo y una medieval"(13)
Es interesante notar como esta autopercepción es muy poco compartida
fuera de Estados Unidos y no sólo en el mundo islámico.
Jean Daniel, director del parisino Le Nouvel Observateur, afirmaba el
14 de septiembre que "los norteamericanos tienen tal sentimiento
de inocencia que nunca sabrán lo que expían. Había
en la arrogancia de su buena fe un desprecio protector que pueblos,
sociedades e individuos encontraban humillante".(14)
La representación de un enfrentamiento entre civilizaciones,
entre la occidental moderna y progresiva y el islam como medieval y
bárbara no sólo que es históricamente equivocada
sino totalmente falaz. Si bien el siglo XX ha conocido varias y profusas
masacres, dos de las más "importantes" han sido realizadas
por la civilización industrial occidental.
La planificación hasta el último detalle con sus campos
de concentración, las cámaras de gas y el exterminio de
un pueblo fue realizada por Alemania, la nación más avanzada
del planeta en la década del treinta. Tal cual señala
el sociólogo Zygmunt Bauman, "como toda otra acción
conducida de manera moderna -racional, planificada, científicamente
informada, dirigida de forma eficaz y coordinada- el Holocausto dejó
atrás todos sus pretendidos equivalentes premodernos, revelándolos
en comparación como primitivos, antieconómicos e ineficaces(...)
Se eleva muy por encima de los episodios de genocidios del pasado, de
la misma forma que la fábrica industrial moderna está
bien por encima de la oficina artesanal".(15) Esto es, la máquina
de muerte fue formidablemente moderna, tecnológica y "racional".
Las bombas que cayeron sobre Hiroshima y Nagasaki -y en menor medida
sobre la ciudad alemana de Dresden -aunque no tuvieron como objetivo
provocar el genocidio de todo un pueblo- aniquilaron a casi 300 mil
personas con el fin de poner de rodillas a los japoneses y alemanes
y "mostrar" el enorme poderío tecnológico de
Estados Unidos al nuevo/viejo enemigo, la Unión Soviética.
"Hiroshima -sostiene el sociólogo Michael Lowy- representa
un nivel superior de modernidad, tanto por la novedad científica
y tecnológica representada por la bomba atómica, como
por el carácter todavía más lejano, impersonal,
puramente "técnico" del acto exterminador: presionar
un botón, abrir la escotilla que libera la carga nuclear. En
el contexto particular y aséptico de muerte atómica entregada
por vía aérea, se dejaron atrás ciertas formas
manifiestamente arcaicas del Tercer Reich, como las explosiones de crueldad,
el sadismo y la furia asesina de los oficiales de la SS. Esa modernidad
se encuentra en la cúpula norteamericana que toma - después
de haber pesado cuidadosa y "racionalmente" los pros y las
contras- la decisión de exterminar la población de Hiroshima
y Nagasaki: un organigrama burocrático complejo compuesto por
científicos, generales, técnicos, funcionarios y políticos
tan grises como Harry Truman, en contraste con los accesos de odio irracional
de Adolf Hitler y sus fanáticos".(16) Vale la pena recordar
que el presidente de Estados Unidos Harry Truman dijo que "el mundo
tendrá que saber que la primera bomba atómica se arrojó
sobre Hiroshima, una base militar. Esto ocurrió así porque
quisimos evitar, en la medida de lo posible, la muerte de civiles".(17)
El islam, señalado como el "nuevo enemigo de Occidente"
después de la Unión Soviética, es mediática,
política e intelectualmente señalado como "retrasado,
fanático y bárbaro"
"Existe un consenso sobre el islam como una especie de chivo emisario
para cualquier suceso que no nos guste sobre los nuevos modelos políticos,
sociales y económicos a nivel mundial -ya escribía en
1985 Edward Said, profesor de literatura comparada de la Universidad
de Columbia-. Para la derecha, el islam representa barbarismo; para
la izquierda, una teocracia medieval; para el centro, una especie de
exotismo desagradable. A pesar de que se sabe muy poco sobre el mundo
islámico existe un acuerdo de que allí no hay demasiado
que se pueda aprobar."(18). Las imágenes de Afganistán,
asociadas con la destrucción de las Torres Gemelas, no hacen
más que acrecentar esta antinomia simplista y maniquea de "civilización
o barbarie".
La búsqueda de las causas
De todas maneras, más allá de las declamaciones principistas
casi como reflejo natural producto de la mezcla de dolor, bronca y el
deseo de revancha del día después, los principales medios
de comunicación estadounidenses, los "Think Thank"
y el propio gobierno, tuvieron que salir a explicar el porqué
de los atentados en el corazón de Estados Unidos buscando las
causas en la política exterior de la Casa Blanca y especialmente
en su relación hacia el Medio Oriente y el mundo árabe-islámico.
El 15 de septiembre Jim Hoagland, del Washington Post, señaló
que no se trataba de un ataque "contra la democracia o la civilización
occidental -como afirmaba Friedman- sino que un ataque contra EE.UU.
por razones específicas y rebuscadas que casi con seguridad tienen
su origen en el Golfo"(19). El 27 de septiembre, un editorial del
New York Times reconocía que "Estados Unidos tiene una larga
y calamitosa historia de tumbar gobiernos que no son amigos nuestros.
Las repercusiones negativas de los golpes de Estado en Guatemala e Irán
en época de la época de la Guerra Fría todavía
persiguen a Washington hasta el día de hoy."(20) Podríamos
abundar en citas provenientes de periodistas e intelectuales que durante
la semana del martes 11 colocaron la política exterior de Estados
Unidos en el corazón de la nueva crisis internacional. Pero el
reconocimiento más revelador de la relación existente
entre política exterior y terrorismo fue dado por el ex presidente
Jimmy Carter doce años antes del martes 11 cuando reconoció
esta relación al afirmar que "sólo hace falta ir
al Líbano, Siria o Jordania para ver el inmenso odio de la gente
hacia Estados Unidos porque nosotros hemos bombardeado sin piedad y
matado a gente inocente, mujeres y niños, campesinos y sus esposas
(...) Como resultado de ello, para esa gente que está profundamente
resentida nos hemos convertido en un especie de diablo. Eso llevó
a que tomen rehenes y eso precipitó algunos ataques terroristas".(21)
Los problemas de Estados Unidos no provienen solamente de su intervención
en el Medio Oriente, en realidad, el problema central que ha quedado
al descubierto después del 11 septiembre es la extrema hegemonía
ejercida por Estados Unidos sobre el conjunto del mundo como señaló
el sociólogo Alain Touraine dos días después de
los atentados.(22) Esta extrema -e indiscutida- hegemonía a la
cual alude Touraine se refleja en todos los ámbitos, desde lo
político hasta lo militar, pasando por lo económico y
lo social y en cada uno de estos aspectos influye sobre el resto de
la humanidad. Cuando el gobierno de los Estados Unidos se niega a ratificar
el Tratado de Kyoto aunque emite el 25% de los gases que producen el
efecto invernadero, se retira de la Conferencia contra el Racismo y
la Xenofobia organizada por las Naciones Unidas, impide la producción
de medicamentos genéricos para luchar contra el SIDA porque afecta
los intereses de los grandes laboratorios, no apoya la creación
del Tribunal Penal Internacional para que éste no pueda obligar
a comparecer a ciudadanos estadounidenses, o no firma la Convención
por los derechos de los niños entre tantos otros hechos de los
últimos años, lo que queda reflejado es que la primera
potencia mundial utiliza su extrema hegemonía para beneficiar
únicamente sus propios intereses y la de sus coyunturales aliados.
Más aún, Estados Unidos se arroga el derecho moral de
intervenir en cualquier lugar del planeta si lo considera necesario.
Los bombardeos estadounidenses sobre Afganistán eclipsaron otros
eventos de la política internacional, como las elecciones del
5 de noviembre en Nicaragua, donde la Casa Blanca intervino activamente,
en este caso, para evitar un posible triunfo del Frente Sandinista de
Liberación Nacional liderado por el ex presidente Daniel Ortega.
El gobernador Jeff Bush - hermano del presidente- se "sumó"
a la campaña electoral advirtiendo que "Daniel Ortega es
un enemigo de todo lo que los Estados Unidos representan. Y él
es también un amigo de nuestros enemigos"(23) en clara alusión
a una supuesta afinidad ideológica entre Ortega y Bin Laden.
De hecho, como lo señaló un reciente estudio de uno de
los "Think Tank" más influyentes de los Estados Unidos,
la RAND Corporation, de cuyas filas también proviene el Secretario
de Defensa Donald Rumsfeld, "hoy el rol del poder militar de EE.UU.
puede ser definido ampliamente: proteger y promover los valores y los
intereses Americanos y los de sus aliados virtualmente en cualquier
lugar del mundo. A veces ese rol implica pelear guerras, mayormente,
previniéndolas".(24) Amén del debate teórico
respecto a las características de una guerra, el presidente George
Bush fue categórico al señalar el mismo 11 de septiembre
"estamos en guerra".
Las dos fases de la nueva crisis internacional
La crisis internacional desatada por los ataques del Martes 11 puede
ser analizada tomando en cuenta la existencia de dos fases diferenciadas.
La primera fase, que denominaremos "de la victimización
a la búsqueda del consenso", se inicia el 11 de septiembre
y finaliza el 7 de octubre, que es cuando comienzan los bombardeos sobre
Afganistán. La segunda, la de "la ofensiva militar"
comenzó el 7 de octubre, y no es casual que la CNN, tan afecta
a la utilización de sugestivos títulos, cambiara su "América
atacada" por el de "Guerra en Afganistán". Todavía
es difícil precisar si la segunda fase ha terminado con la retirada
de los talibanes de Kabul el 13 de noviembre y si ha comenzado una tercera
fase con nuevas características.
Si bien es cierto que estas dos fases permiten un marco de análisis
puntual, también hay que tener en cuenta que Estados Unidos ha
declarado una difusa e imprecisa "guerra global contra el terrorismo"
que excede la captura de Bin Laden, el derrocamiento de los talibanes
o la recomposición del sistema político de Afganistán.
Durante la primera fase Estados Unidos apareció claramente como
víctima porque fue atacado, porque la destrucción fue
transmitida una y otra vez a todos los rincones del planeta y porque
hubo miles de muertos. Aunque todavía no se sabe a ciencia cierta
quiénes fueron los responsables es muy posible y probable que
el golpe recibido provenga de factores externos y que los responsables
hayan surgido del mundo árabe-islámico. Golpeado por un
enemigo feroz y fantasmagórico Washington necesitó -en
primer lugar- identificar con nombre y apellido rápidamente al
enemigo para devolver el golpe y calmar la angustia de una población
en estado de shock, aterrorizada por la posibilidad de nuevos ataques,
y dolida por las imágenes de la muerte en el corazón de
Nueva York En segundo lugar, la necesidad de retaliación respondió
a la necesidad de la primera potencia mundial de demostrar que ningún
enemigo puede amedrentarla, que el crimen no quedaría impune
y para demostrar que la vida podía volver "a la normalidad"
como lo aseguró el presidente Bush, megáfono en mano,
sobre los escombros de las Torres Gemelas.
Una vez señalado Bin Laden como culpable de los ataques Estados
Unidos buscó construir la "Coalición Internacional
contra el Terror" que le diera legitimidad en su difusa e incierta
lucha global contra el terrorismo y un "cheque en blanco"
a una ofensiva militar allí donde se realizara.
Cómo era lógico de esperar, primero apeló a su
propio Congreso -donde consiguió un voto casi unánime
de apoyo- y a los países occidentales más poderosos, para
luego comenzar a tejer una compleja red de nuevas alianzas, impensada
un mes antes de los atentados. La ofensiva diplomática logró
el apoyo explícito e implícito de casi todas las naciones
y que los tres países que mantenían vínculos con
el régimen de los talibanes - Arabia Saudí, los Emiratos
Arabes Unidos y Pakistán- los cortaran.
El apoyo sin precedentes a Estados Unidos en esta fase "de la victimización
a la búsqueda del consenso" le permitió a Washington
"comunicar" sus intenciones de atacar Afganistán buscando
amparo en el artículo 51 del capítulo 7 de las Naciones
Unidas(25)que le otorga el derecho a un país de responder a una
agresión, pero como una medida provisoria hasta que el Consejo
de Seguridad tome las medidas que considere convenientes.
Ante la presencia de la primera potencia mundial como víctima,
muy pocos cuestionaron la legitimidad jurídica de la intención
de Estados Unidos de comenzar los bombardeos sobre Afganistán
el 7 de octubre. Michael Mandel, profesor de derecho en Osgoode Hall
Law School, Toronto, y especialista en derecho penal internacional,
sostiene que "el Artículo 51 otorga a un Estado el derecho
a repeler un ataque que se está llevando a cabo o es inminente,
como una medida temporal hasta que el Consejo de Seguridad de la ONU
pueda tomar las medidas necesarias para la paz y la seguridad internacionales
(y) el derecho a la autodefensa unilateral no incluye el derecho a las
represalias una vez el ataque ha parado. El derecho de autodefensa en
derecho internacional es como el derecho de autodefensa en nuestro propio
derecho: Te permite defenderte cuando la ley no está alrededor,
pero no te permite tomarte la justicia por tu mano.(26)
De hecho, y a pesar de las diferencias entre republicanos y demócratas,
la primera potencia mundial actuó siguiendo la lógica
planteada por las administraciones anteriores. Como dijera una vez la
ex Secretaria de Estado Madelaine Albright: "Estados Unidos actual
multilateralmente cuando puede y unilateralmente si debe hacerlo"(27),
aunque el concepto de "unilateral" es bastante relativo. Como
señala Michael Ignatieff de la Universidad de Harvard, Estados
Unidos casi siempre ha llevado adelante guerras por delegación,
esto es, a través de delegados que respondían al agente
principal (EE.UU.) y que realizaban el "trabajo sucio" pero
que ante su gente aparentaban, o aparentan, ser independientes. Además,
la legitimidad del agente principal también depende de que no
se le vea como un imperialista aunque el problema de los delegados es
que tienen la desagradable costumbre de desacreditar a los agentes principales
o de tornarse en su contra(28), tal cual sucedió con la Alianza
del Norte que tomó Kabul dos días después de que
el presidente Bush les advirtiera de no hacerlo.
La fase de la ofensiva militar fue una consecuencia directa de la primera
fase y el discurso de sus estrategas reiteró una y otra vez que
los bombardeos sobre Afganistán eran la respuesta al ataque del
martes 11.
Para justificarlos, el gobierno de los Estados Unidos manifestó
que los talibanes se habían negado a las cuatro exigencias formuladas
por el presidente Bush: La entrega de Bin Laden, el cierre de sus campos
de entrenamiento. permitir inspecciones internacionales en suelo afgano
y la liberación de los ocho cooperantes internacionales.(29)
La segunda fase se inició una vez conseguido el consenso de las
naciones "occidentales" y el apoyo de la mayoría de
los países árabes e islámicos. Claro está
que -a diferencia de los países occidentales, que -en principio-
deberían tener objetivos afines a los Estados Unidos, cada uno
del resto de los países que aprobó los bombardeos sobre
Afganistán lo hizo por intereses propios. El 26 de octubre, en
su habitual columna del New York Times, Thomas Friedman se lamentaba
que los Estados Unidos estuvieran solos en esta guerra. "Mis amigos
americanos -decía- odio decir esto, pero excepto por los viejos
y buenos brits, estamos solos (...) ¿Por qué tuvimos tantos
aliados en la Guerra del Golfo contra Irak? Porque los saudíes
y kuwaitíes compraron esa alianza. Compraron al ejército
sirio con billones para Damasco. Nos compraron a nosotros y los europeos
con las promesas de los contratos de la gran reconstrucción y
pagando nuestros costos. (...) Lamentablemente la muerte de 5 mil inocentes
americanos en Nueva York no le mueve un pelo al resto del mundo."(30)
Fiel a su tradición Estados Unidos también hizo uso de
la presión política para conseguir, como en el caso de
Pakistán, un giro de 180 grados en la política gubernamental
de Islamabad. Dos años después de liderar un golpe de
Estado -condenado en Occidente- el general Pervez Musharraf obtuvo de
las principales potencias occidentales la legitimidad que precisaba
para seguir gobernando de espaldas a las tradiciones democráticas
que Occidente dice impulsar en todo el planeta.
Sin embargo, la segunda fase rápidamente comenzó a tener
dinámica propia, independientemente de lo sucedido el martes
11. El reiterado cambio de discurso del Departamento de Estado respecto
de los objetivos a lograr reflejó más que nada la necesidad
de encontrar una justifición a los bombardeos de la primera potencia
mundial sobre uno de los países más pobres del planeta.
La desigualdad de fuerzas y recursos, la falta de imágenes sobre
los bombardeos, la huída de miles de afganos por causa de los
bombardeos, y los famosos "daños colaterales", que
no son otra cosa que un eufemismo para indicar que las bombas han caído
sobre civiles, no hicieron más que incrementar las dudas y el
rechazo -no sólo en el mundo árabe e islámico-
respecto de la ofensiva militar que -en un primer momento- se había
planteado como objetivo la captura de Bin Laden y la liquidación
del terrorismo.
Según David Miller, del Stirling Media Research Institute, la
mayor encuesta internacional sobre la guerra la realizó Gallup
International en 37 países y -salvo en Estados Unidos, India
e Israel- la mayoría de los encuestados prefería la extradición
y un juicio de los sospechosos antes que los bombardeos de Estados Unidos.(31)
Ante la posibilidad de que el gobierno de Estados Unidos perdiera credibilidad
y quedara desprestigiado por los bombardeos, directivos de la CNN -nuevamente
actuando como "brazo mediático" de la Casa Blanca-
le ordenaron a sus periodistas "balancear las imágenes de
las bajas civiles en las ciudades afganas con recordatorios que los
talibanes cobijan terroristas asesinos y diciendo que es muy perverso
focalizar demasiado en las bajas o las penurias de Afganistán".(32)
El mensaje era claro, que no se olvidara que la fase dos del conflicto
era consecuencia directa de la fase uno. En un memo interno Walter Isaacson,
un ejecutivo de la CNN, decía que "debemos hablar de cómo
los talibanes usan a los civiles como escudos humanos y cómo
los talibanes han cobijado terroristas responsables de la muerte de
cerca de 5 mil personas inocentes".(33)
En la cadena Fox News Channel el periodista Brit Hume incluso preguntó
porqué los periodistas tenían que cubrir la muerte de
civiles. "La pregunta que tengo -dijo Hume- es: si las bajas civiles
son históricamente, por definición, una parte de la guerra,
¿deberían ser tanta noticia como lo han sido"(34)
La búsqueda de la legitimidad de los bombardeos sobre Afganistán
contó con un elemento propagandístico fundamental: la
demonización del enemigo. Tal cual sucedió durante la
Guerra del Golfo, la magnificación y mitificación del
poderío del Saddam Hussein y de los talibanes y del "ejército
de 20 mil hombres de Bin Laden" sirvió para obtener legitimidad
y consenso para lanzar la ofensiva militar. Como en 1991, la huida de
los talibanes de Kabul casi sin disparar un tiro permite concluir que
ambos "demonios" tienen una capacidad operativa real dentro
de su territorio pero son incapaces de enfrentarse a la primera potencia
militar del mundo.
El martes 11 y el comienzo de una nueva etapa
¿Es el islam el nuevo enemigo de Occidente como parecen plantearlo
nuevamente los estrategas norteamericanos a pesar de que se desviven
por aclarar que sólo buscan liquidar a los terroristas? No cabe
la menor duda de que la inmensa mayoría de los musulmanes y árabes
tienen la sensación de que nuevamente hay una guerra contra el
islam. Esta no es una mera percepción paranoica que los nuevos
discursos del presidente Bush lograrán amortiguar; menos aún
después de que hiciera alusión a una "cruzada"
contra el terrorismo y bautizara la operación militar con el
nombre de "Justicia Infinita". En el mundo árabe-islámico
existe el convencimiento de que hay masacres que para los occidentales
pesan como montañas y que otras -en Chechenia, Bosnia, Palestina,
Irak o Afganistán- pesan como plumas.
La política exterior estadounidense ha conocido varios cambios
en los noventa producto, entre otros factores, de la inesperada desaparición
de la Unión Soviética. Condoleezza Rice, la influyente
asesora para temas de Seguridad de Bush, explicaba a comienzos de 2000
que "Estados Unidos ha encontrado que es extremadamente difícil
definir sus "intereses nacionales" en ausencia del poder soviético.
El hecho de que nosotros no sepamos cómo pensar sobre lo que
viene después de la confrontación soviético-estadounidense
es claro por las continuas referencias al "período post
Guerra Fría". Y estos períodos de transición
son importantes".(35)
Desaparecida la Unión Soviética, la estrategia norteamericana
global, que siempre visualiza una confrontación por el liderazgo
hegemónico en el escenario internacional, se estructuró
sobre la base de cuatro actores capaces de cuestionar el modelo de globalización
actual: China, el islam, los movimientos de resistencia global y por
último el terrorismo global, personificado ahora en Bin Laden.
Más allá del debate en torno del crecimiento económico
de China, a diferencia del islam y los movimientos de resistencia global,
China, como explica Avery Goldstein del Foreign Policy Research Institute
de Philadelphia, "no tiene pretensiones de competir con Estados
Unidos respecto de un modo de vida"(36). Esto es, no se presenta
como alternativa a escala planetaria, y está dispuesta a "coexistir"
con el "american way of life" que sí es cuestionado
por los movimientos islámicos(37) y los movimientos de resistencia
global.
Paradójicamente, si bien el islam ocupó el centro de la
atención intelectual y política en Estados Unidos en el
primer lustro de los noventa(38), los movimientos islámicos -como
lo ha analizado en profundidad el sociólogo francés Gilles
Keppel en su libro Jihad, expansion et déclin de l´islamisme-
están en franco retroceso. Lo novedoso, es que su fragmentación
es lo que posibilitó la aparición de un fenómeno
como el de Bin Laden, que no tiene el apoyo de movimientos sociales
revolucionarios sino que más bien parece representar puntualmente
los intereses de un sector de la burguesía saudí y -desde
su aparición mediática- la desesperación de aquellos
excluidos de la modernidad que pueden identificarse con alguien por
el mero hecho de golpear a Estados Unidos.(39)
A diferencia de Bin Laden, que aparece con proclamas políticas
bastante confusas y difusas, los movimientos de resistencia global -como
el islam- plantean una concepción alternativa de vida en todos
los ámbitos. El desarrollo de estos movimientos con grandes movilizaciones
en Seattle, Washington, Praga y Génova, y las simpatías
que concitan -aun con su diversidad no hace más que ratificar
el cuestionamiento de un modelo que a principios de los noventa aparecía
incuestionable. Lo que los hace más peligrosos ante los estrategas
de Washington es que el cuestionamiento del modelo neoliberal -en la
segunda parte de los noventa- no nace desde la lejana y pobre periferia
sino que articula la protesta entre las reivindicaciones en los países
centrales y los países periféricos. Si el ex presidente
de México Ernesto Zedillo trató de desprestigiarlos al
endilgarles el mote de "globalifóbicos" en esta nueva
coyuntura internacional la apuesta es mayor, relacionarlos con el terrorismo
y Bin Laden.
Es en este contexto que deben analizarse los atentados de Nueva York
y Washington y el discurso que pronunció el 24 de septiembre
Robert Zoellick, el vocero de Comercio de los Estados Unidos, en el
Institute for International Economics de Washington. Allí Zoellick
fue muy claro al establecer el nexo entre los atentados y la globalización
al señalar que los terroristas tenían conexiones intelectuales
con quienes se oponen a la Organización Mundial del Comercio
(OMC) y han desatado la violencia contra las finanzas, la globalización
y los Estados Unidos.(40)
Queda claro que la intención de relacionar a los responsables
de los atentados del martes 11 con los movimientos de resistencia global
tiene como objetivo el diseño de un Nuevo Orden Internacional
económico y político con hegemonía estadounidense
y que no admita cuestionamientos. Por lo tanto, consideramos que es
maniquea la visión del enfrentamiento entre el "bien"
y el "mal" como lo ha presentado el presidente Bush desde
el martes 11, de la misma manera que atrapando o matando a Bin Laden
no se resuelve el problema del terrorismo. "La idea de que la eliminación
de Osama Bin Laden y su red podrá eliminar la amenaza terrorista
seguramente se probará tan equivocada como la esperanza de que
la eliminación de Pablo Escobar, reduciría el tráfico
de drogas" asegura Moisés Naim, el editor de la prestigiosa
revista Foreign Policy.(41) Pensar en los términos de la eliminación
de una persona, que ni siquiera tiene una base social, representa una
simplificación de la realidad y una lectura unidireccional que
no intenta ver el porqué del surgimiento de movimientos políticos
que utilizan la lucha armada como arma política.
Como explica Mariano Aguirre, director del madrileño Centro de
Investigaciones par la Paz (CIP), "Los gobiernos democráticos
deben tener en cuenta que la miseria y desesperación en que viven
millones de personas les lleva a adherirse con más facilidad
a la violencia como forma de vida y como represalia contra la injusticia".(42)
La globalización, que viene acompañada de una creciente
desigualdad en la distribución de la riqueza, como lo reconoce
Michel Camdessus -después de 13 años de presidir el Fondo
Monetario Internacional- es un factor de violencia que excede civilizaciones
y religiones. Por eso, lo que hay que atacar es la miseria que la engendra,
y el debate ahora, es más necesario que nunca.
Notas
1- Pedro Brieger es sociólogo y profesor de las Universidades
de Buenos Aires, La Plata y Morón. Es autor, entre otros de "Medio
Oriente y la Guerra del Golfo" (1991) y "¿Guerra Santa
o lucha política? Entrevistas y debate sobre el islam" (1996).
[email protected]
2- Ver el trabajo conjunto de los miembros de la RAND Corporation Frank
Carlucci (secretario de defensa entre 1987-1989), Robert Hunter (embajadar
en la OTAN entre 1993-1998) y Salmay Khalizad (trabajó en temas
de defensa en el equipo del presidente Bush entre diciembre 2000 y enero
2001) "A global Agenda for the U.S. president". http://www.rand.org/publications/MR/MR1306/
3- . Francis Fukuyama, El fin de la historia y el último hombre.
Ed. Planeta, Buenos Aires 1994.
4- Ver al respecto Pedro Brieger Medio Oriente y la Guerra del Golfo.
Ed. Letra Buena, Buenos Aires 1991, especialmente el capítulo
8 "Hacia un Nuevo Orden Internacional".
5- Samuel Huntington, "The Clash of Civilizations? En Foreign Affairs,
Volume 72, Nº3, Summer 1993.
6- Ver al respecto Pedro Brieger, "La década del mito. Neoliberalismo
en América Latina". Revista Acción, Buenos Aires,
marzo 2000.
7- A pesar de su imprecisa definición en la vulgata mediática
Occidente en realidad representa a los países capitalistas desarrollados
de origen anglosajón, como bien se encarga de explicitarlo Huntington
8- Jeremy Rifkin, "La Gran conversación", El País,
17.11.2001.
9- Kissinger, Henry; En Clarín, 31.1.93
10- Citado por Decornoy, Jacques; "La cabalgata americana por la
dirección del mundo". En Le Monde Diplomatique, nov. 1993
11- Pedro Brieger-"El Nuevo Orden Internacional y el choque de
civilizaciones". Publicado en Globalización e Historia",
III Jornadas de Historia de las Relaciones Internacionales, AAVV, Buenos
Aires 1998.
12- Thomas Friedman, "World War III", New York Times, 13.09.
2001
13- Thomas Friedman, ¿Smoking or non-smoking?, New York Times,
14.09. 2001
14- Jean Daniel, "El Caos", El País, España,
14.09.2001
15- Zygmut Bauman, Modernity and the Holocaust, London, Polity Press,
1989, p.15,28. Citado por Michel Lowy "Barbarie y modernidad en
el siglo XX". www.rebelion.org (16.09.2001).
16- Lowy, idem.
17- Citado por el historiador Howard Zinn en "A just cause, not
a just war". The Progressive, December 2001. http://www.progressive.org/0901/zinn1101.html
18- Edward Said, Covering Islam. How the Media and the experts determine
we see the rest of the World. Routledge & Kegan Paul, Londres 1985;
pag. XV.
19- Jim Hoagland, "America can no longer decide to opt our of global
conflicts". En International Herlad Tribune, Paris, 15.09.2001
20- Editorial/Op-Ed "Nation-Building in Afghanistan", New
York Times, 27.09.2001
21- New York Times, 26.3.1989. Citado por Bill Thomson, "Combating
Terrorism", 12.11.2001.
22- Alain Touraine, "La hegemonía de EE UU y la guerra islamista".
En El País, 13.09.2001.
23- Citado por Gioconda Belli en "Nicaragua: EEUU y su mal papel
en nuestras elecciones". En Rebelión, 7.11.2001. http://www.rebelión.org/internacional/nicaragua071101.htm
24- "Shipshape. A Reorganized Military for a New Global Role".
http://www.rand.org/publications/randreview/issues/rr.08.01/shipshape.html
25- El texto completo del artículo 51 está en la Carta
de las Naciones Unidas, Capítulo VII: Acción en Caso de
Amenazas a la Paz, Quebrantamientos de la Paz o Actos de Agresión,
Capítulo 51: "Ninguna disposición de esta Carta menoscabará
el derecho inmanente de legítima defensa, individual o colectiva,
en caso de ataque armado contra un Miembro de las Naciones Unidas, hasta
tanto que el Consejo de Seguridad haya tomado las medidas necesarias
para mantener la paz y la seguridad internacionales. Las medidas tomadas
por los Miembros en ejercicio del derecho de legítima defensa
serán comunicadas inmediatamente al Consejo de Seguridad, y no
afectarán en manera alguna la autoridad y responsabilidad del
Consejo conforme a la presente Carta para ejercer en cualquier momento
la acción que estime necesaria con el fin de mantener o restablecer
la paz y la seguridad internacionales ". http://www.unic.org.ar
26- Michael Mandel, "Say what you want but this war is illegal".
Toronto Globe & Mail, 9.10.2001
27- Citado por Arundhati Roy, "War is Peace", Zmag, 18.10.2001.
http://www.zmag.org/roywarpeace.htm
28- Michel Ignatieff, "El problema de las guerras por delegación".
El País, 16.11.2001.
29- "EE.UU. ataca Afganistán. El Pentágono confirma
el ataque". El País, 7.10.2001
30- Thomas Friedman, "We are all alone", New York Times, 26.10.2001,
31- David Miller, "World opinion opposes the attack on Afghnistan".
En http://staff.stir.ac.uk/david.miller/publications/World-opinion.html
32- Washington Post, 31.10.2001
33- Citado por FAIR (Fairness and Accuracy In Reporting) en "CNN
says focus on civilian casualties would be perverse" 1.11.2001,
[email protected]
34- Citado por FAIR (Fairness and Accuracy In Reporting) en "Fox:
civilian casulaties not news", 8.11.2001, [email protected]
35- Condoleezza Rice, "Campaign 2000 -Promoting National Interest",
Foreign Affairs, ene-feb. 2000 (vol 79, Nº1).
36- Avery Goldstein, "The Shanghai Summit, and the shift in U.S.
China policy", 9.11.2001. www.fpri.org
37- Para un análisis de los movimientos islámicos ver
Pedro Brieger, "¿Guerra Santa o lucha política? Entrevistas
y debate sobre el islam, Ed. Biblos, Buenos Aires 1996. Pp. 23-55.
38- Pedro Brieger, "El resurgimiento del Islam". Communitas
-Revista Argentina de las Relaciones Internacionales). Nº 4, Febrero
1993.
39- Ver Ahmed Rashid, Los Talibán, Ed. Península, Barcelona
2000. Pp. 198-215.
40- Robert B. Zoellick, "American Trade Leadership: What is at
Stake", 24.09.2001. http://www.ustr.gov/speech-test/zoellick/index.shtml
41- Moisés Naim, "Even a Hegemon needs friends and allies",
Financial Times, 14.09.2001.
42- Mariano Aguirre, "Los usos de la violencia espectacular",
El País, España, 14.09.2001