CIUDADES BORROSAS. TIEMPO Y ESPACIO
EN LAS URBES.
Juan Soto Ramírez. Universidad Metropolitana
Iztapalapa (México)
Lo reconozcamos o no, un espacio urbano y cotidiano es un espacio complejo,
por ello puede mirársele de distintas maneras. A diferencia de
un círculo, cuyo centro puede ser visto desde 360 ángulos
diferentes aproximadamente, las distintas formas de mirar la ciudad
no pueden cuantificarse.
Sería incalculable, no contaríamos con
un número preciso porque los fenómenos sociales presentan
infinidad de interacciones que es difícil determinar. La complejidad
de la urbe está en su vida cotidiana, por lo que las ciudades
borrosas están caracterizadas por dos aspectos básicos
para su análisis: 1) los ciudadanos se han transformado en observadores
en el espacio que pensaban propio; y 2) el tiempo se ha disuelto en
el espacio.
Esto porque los puntos que servían como referentes para el tránsito
y el encuentro se han modificado. El arriba, abajo, delante, detrás,
izquierda y derecha se han vuelto móviles. Por ello en una ciudad
borrosa la gente requiere de mayor información para establecer
un punto de encuentro, ya no le basta con decir "nos vemos en la
estación del Metro X"; "en el café Y" o
"en el hotel Z", sino que debe precisar si debe ser adentro
o afuera, abajo del reloj, hasta adelante, en los torniquetes o más
aún, en la sala de espera o en la habitación 201. Algunos,
los más ingenuos, atribuyen este tipo de fenómenos a una
suerte de neurosis citadina que no sería algo más que
la pérdida paulatina de referentes.
Al crecer, las ciudades se dilatan, como las pelotas que se exponen
al Sol y entonces sus referentes fijos se mueven. Lo que se conocía
como centro se ha multiplicado y lo que se conocía como periferia
se ha desdibujado, haciendo de la ciudad un espacio poli céntrico
y multi periférico, o sea borroso. Para el caso de nuestra ciudad,
Alameda ya no designa un terreno poblado de álamos o un paseo
con árboles, sino tres alamedas que sirven como tres centros
en una misma ciudad: la central, que es la que más o menos todos
imaginamos o conocemos, y sus dos hermanitas localizadas al sur y al
oriente. El Periférico, que todavía hasta hace algunos
años le servía de borde a la ciudad, ha sido tragado por
ésta, por lo que su nombre es más simbólico que
real. Lo curioso es que en algunas partes la atraviesa y en otras la
rodea. Lo cual quiere decir que la ciudad se ha desparramado de manera
dispareja, ese crecimiento del que todos hablan, pero nadie imagina,
ha sido desproporcionado.
Esto hace pensar que para entender lo complejo de las ciudades, incluida
su borrosidad, hace falta una perspectiva de altos contrastes que permita
comprender el nacimiento de la ciudad como producto de la concentración
de la sociedad en el tiempo y en el espacio. Es la concentración
y no la proliferación lo que define las ciudades contemporáneas
ya que, gracias a la primera, en el espacio urbano todo se ha amontonado.
La noción de alto contraste, utilizada para el análisis
del espacio urbano, cuenta con mayor potencialidad que la de no lugar,
tan de moda entre los urbanistas quienes insisten en buscar en lo evidente,
la fascinación. Los no lugares, más que ser marcos físicos,
llamados pedantemente espacios de circulación, son lugar sin
sentimiento o sentimiento sin lugar, desterritorialización pura
o pura desterritorialización. Y tal vez los no lugares sean novedosos
y llamativos para quienes no se habían dado cuenta que la afectividad
siempre es lo que llena el espacio, que cada espacio cuenta con un cúmulo
de afectividad que lo hace agradable, tosco, melancólico o tenebroso.
Los llamados no lugares sólo lo son para quienes no están
familiarizados con ellos y también para aquellos investigadores
que han encontrado un nuevo campo de trabajo para obtener financiamientos.
El crecimiento demográfico, al menos espacialmente, obliga que
las urbes se vuelvan borrosas, porque requieren diversos centros de
la acción o límites convencionalmente imaginarios que
impidan a los referentes para el tránsito y el encuentro, diluirse
en la ficción. El volumen de la ciudad, provocado por la concentración,
ha generado volúmenes y volúmenes de guías de uso
rápido para encontrar personas, establecimientos, calles y avenidas.
Por lo cual, la ciudad también se ha vuelto una situación
incómoda por el amontonamiento. Lo cierto es que nuestra ciudad
se ha vuelto más borrosa porque ha ganado complejidad, porque
sus rasgos más distintivos permanecen ocultos, porque mientras
más se habla de ciudad se entiende menos de ella. La ciudad es
borrosa por naturaleza, porque se presenta como algo extraño
a los ojos de sus habitantes familiares. Seguir pensando que el denominado
pensamiento borroso no tiene aplicaciones prácticas implica no
entender que a la ciudad no se le puede tocar sino sólo narrar,
como a muchas cosas que están hechas de colectividad. Que la
ciudad es un sentimiento, pero con tradición porque algún
día se fundó en un tiempo y un espacio.