CIBERCRIMINALIDAD
Carlos Mauricio Iriarte
Solía reflexionar con mis alumnos en las clases de Introducción
al Derecho sobre las importantes incidencias que tendría la conectividad
y especialmente el internet en la sociedad humana. Analizabamos, por
ejemplo, la creación de nuevos grupos sociales (no comparables
a la noción de "clases sociales", tales como los ciberpunks,
los góticos, los transexuales, etc) o la integración digital
de nuevas o antiguas sectas religiosas o políticas y las consecuencias
de todas esas nuevas realidades en el desarrollo y el derecho. Tema
reiterado de esas conversaciones era el del delito en la red y lo que
se ha venido llamando la cibercriminalidad. Pero a medida que pasa el
tiempo he venido descubriendo que nada de lo imaginado, nisiquiera en
el pasado inmediato, sobre las formas, métodos, modalidades e
impacto de la delincuencia en el ciberespacio, se acerca aunque sea
remotamente a los desarrollos reales del presente, pues nunca en la
historia de la humanidad los avances tecnológicos habían
creado tantas condiciones para la comisión de crímenes.
En efecto, la red de redes ha sido caldo de cultivo para delitos como
el tráfico de drogas, la trata de blancas y de niños,
el lavado de activos, la violación a los derechos de autor, la
estafa, el hurto, el pánico económico, la injuria y la
calumnia, la violación de correo, la falsedad, el año
en bien ajeno, el secuestro, el peculado, la extorsión, el homicidio
y el terrorismo.
Sólo el robo de los piratas informáticos mediante el procedimiento
de rastreo de las claves de las tarjetas de crédito vale anualmente
unos 500 millones de dólares. Los perjuicios económicos
provocados por acciones criminales informáticas alcanzan ya los
10.000 millones de dólares, sin tenerse estadísticas sobre
valoraciones económicas de perjuicios causados por delitos contra
la administración pública, la seguridad pública,
la fé pública, la libertad individual, libertad sexual
y dignidad humana, la integridad moral, la vida y la integridad personal.
Mientras tanto, estamos crudos. La sociedad humana parece ir a la velocidad
de la locomotora en su lucha contra la cibercriminalidad, mientras los
sofisticados cerebros del delito digital van a la velocidad de la luz.
La situación es completamente crítica. El mundo no cuenta
todavía con mecanismos efectivos para luchar contra la cibercriminalidad,
aunque ya ha empezado a tomar conciencia de la necesidad urgente de
cooperación internacional, la investigación y observación
de las conductas antisociales cibernéticas, la creación
de Tribunales Multi, Trans o Internacionales, la unificación
de las legislaciones penales y la creación de nuevos recursos
tecnológicos y científicos probatorios. Indicios de ese
comienzo de concientización son el reciente Congreso sobre la
Prevención de la criminalidad y el tratamiento de los criminales,
realizado en Viena el mes pasado, cuya preocupación principal
fue, precisamente, el crimen informático y la creación
de importantes departamentos para la investigación y persecución
de ciberdelito, adjuntos a las clásicas agencias mundiales como
la Interpol, la Cia o la KGB.
Pero, desgraciadamente, para derrotar a los malos del ciberespacio se
necesita mucho más que cibercarreta.