Hacia la urbe global
¿El fín de las jerarquías territoriales?
Artemio Baigorri
Sinopsis:
Esta comunicación plantea una reflexión sobre las comunidades
urbanas y sus interacciones en el marco de la urbe global, concepto
que caracteriza las tendencias de futuro de la urbanización.
Comunicación al XIV Congreso Mundial de Sociología
de la ISA, RC07 Future Research Session,
Montreal, Julio 1998
La imagen de la ecumenópolis oteada por Toybnee, sobre la base
de las aportaciones de Gottman y Doxiadis, no es ya una formulación
del futuro sino una realidad palpable, a la que preferimos denominar
la urbe global por cuanto no la entendemos como aquellos autores tanto
como plasmación del gigantismo de las grandes urbes, sino como
red que penetra la totalidad del territorio, hasta hacer desaparecer,
incluso, la tradicional dicotomía rural/urbano.
Esta visión es crecientemente aceptada, con el desarrollo del
llamado paradigma de las ciudades-mundo que tiene un remoto origen en
Geddes, fue articulado por Hall en el ambiente de las obras de Doxiadis,
y se encuentra definitivamente formulado en Friedmann. Sin embargo,
su utilización en teorías de alcance medio, como la de
Sassen o las desarrolladas por el propio Friedmann, sigue anclada en
los estereotipos de la sociedad industrial, caracterizada en términos
territoriales por una estructura jerárquica, y sobre todo jerarquizante.
Lo que tiene de nuevo la conformación de la urbe global en términos
de hipótesis es que supone la ruptura de las jerarquías.
Hasta finales del siglo XX se ha venido dando una fuerte identificación
entre los estados nacionales y las grandes urbes, las cuales como ciudades-mundo
han articulado -y en buena parte todavía articulan en la red
global de flujos- los intereses 'nacionales'. Pero hoy esa identidad
se rompe, por efecto de varios fenómenos:
a) La disgregación del estado-nación, que otorga a los
espacios regionales la capacidad de competir explícitamente,
tomando como punta de lanza de esa competencia a sus principales ciudades;
ciudades medias o intermediarias que compiten con los nodos 'ordenadores'
-las grandes urbes- con estrategias de supervivencia propias, y con
atractivos para la vida humana que no ofrecen las grandes metrópolis.
b) El relajamiento de los instrumentos de dominio político de
tendencia vertical, con una mayor democratización de las decisiones
-la planificación territorial no puede hacerse ya tan fácilmente
únicamente en función de los intereses de los grandes
centros decisorios-.
c) La dilución de las fronteras en los países desarrollados
-UE, Nafta, Cono Sur...- provoca que ciudades medias se articulen como
mesópolis o metrópolis transfronterizas que ya no pueden
reflejar -o no únicamente- los intereses o necesidades de un
estado-nación.
El resultado, desde nuestra perspectiva, es una red compleja -tridimensional
si pretendemos representarla- en la que las posiciones de las comunidades
urbanas se plantean en términos de acelerada variabilidad, y
en las que las sucesivas posiciones verticales (no jerárquicas
en un sentido formal, sino en términos de estratificación
entendida, como la estratificación social, con relación
a la producción -clases- y al consumo -status- de bienes) no
vienen determinadas por un solo elemento (sea el tecnomarketing -Castells
y Hall-, sea la posición geoestratégica centro/periferia
-Sassen-, sea la sostenibilidad medioambiental), sino más bien
por un conjunto de variables -incluidas las anteriores- que debemos
empezar a estimar, sin olvidar la influencia del azar y de otros presupuestos
de la teoría del caos, particularmente interesante para el análisis
de la dinámica futura de las ciudades -no olvidando con ello
la tendencia natural de las sociedades humanas a fijar estructuras estables
de dominio, que suelen basarse en organizaciones desiguales, con el
objetivo de evitar la caída de los sistemas en la entropía.
1. INTRODUCCIÓN
El proceso de urbanización dejó de ser hace mucho tiempo
meramente cuantitativo, como acumulación demográfica en
torno a una acumulación de recursos, para pasar a tener un carácter
cualitativo, como extensión de estilos culturales, modos de vida
e interacción social. Lo urbano ya no está únicamente
en las ciudades; más aún, lo rural serían ya apenas
algunos intersticios, fuera del ritmo progresivo de la civilización,
islas en el plasma de la urbe global.
En términos espaciales, cabría decir que lo urbano no
tiende ya a la concentración, sino a la dispersión, en
un sentido que va más allá del 'sprawl' puramente físico
tan presente en la literatura anglosajona; esto es, hacia una difusión
de las redes de información, cultura y poder de decisión
que está a punto de hacer realidad la imagen de la aldea global
de McLuhan. Sólo en la medida en que un espacio se halle in-comunicado,
podrá hablarse de cierta carga -de intensidad variable- de ruralidad.
Todo lo cual no está en contradicción, desde luego, con
la crisis -física- de las grandes ciudades, sobre la que se viene
escribiendo desde hace dos décadas, en este caso sí directamente
afectada por la dispersión física y caótica (Moss,
Fulton, 1998). Fundamentalmente, porque en la medida en que la urbe
ya no necesita con la misma intensidad que en la sociedad industrial,
de la concentración, gracias a las nuevas redes comunicacionales,
se activa una fuerte tendencia "hacia la dispersión/fragmentación
de los territorios urbanos" (López de Lucio, 1995).
Yendo un poco más allá, el propio concepto de gran ciudad,
de metrópolis, empieza a dejar de tener sentido. La urbe global
hace que el hinterland metropolitano de Nueva York pueda incluir a Roma,
Londres o Tokio, y viceversa. O que el de Madrid incluya a Benidorm
y Marbella. Desde nuestra perspectiva, no existen las ciudades globales
de las que tanto se ha hablado en la pasada década, y que Sassen
o Hall han popularizado en la literatura académica, sino que
hay una urbe global.
En este sentido, podría decirse por tanto que la ciudad ya no
existe como espacio físico. Utilizamos el concepto de global
no en referencia a su tamaño -como se plantea en los conceptos
de urbe, metrópolis, ciudades mundo, megalópolis, ni siquiera
en el sentido más delicuescente en el que lo planteaba Doxiadis-,
sino más bien para designar el proceso -insisto en su condición
de proceso inacabado- ello, por el que los aspectos físicos y
morales de la ciudad se extienden a todos los rincones del universo,
civilizándolo. La sociedad urbana, propuesta paradójicamente
por un marxista como Lefebvre en términos de realidad virtual,
ya ha fraguado, formalmente, justo en el mismo marco de realidad virtual
en que éste la ubicó, al proponer que "lo urbano
viene a ser un continente que se acaba de descubrir y cuya exploración
se lleva a cabo edificándolo" (Lefebvre, 1972). ¿Podría
haberse definido mejor 'avant la lettre' el concepto de espacio virtual
de relación, la máxima expresión actual de la coexistencia,
que es la Web?.
En este marco, ¿tiene sentido hablar de centralidades?. Por supuesto
que sí, pero la propia centralidad es asimismo virtual; no se
corresponde con un espacio físico, un barrio, una manzana de
oro(1), ni siquiera una sede gubernamental. La centralidad es únicamente
un proceso de interrelación telemática entre protocentralidades
diversas ubicadas en espacios físicos distantes entre sí.
De forma que, así como en los tiempos de la urbe local los ciudadanos,
habitantes de la urbe, tenían la posibilidad de acercarse a la
centralidad, a los espacios físicos del poder, económico,
político o cultural, también en la urbe global todos cuantos
participan de la nueva cultura urbano-global y forman parte de la red
virtual tienen acceso en tiempo real a las centralidades, sin perder
mucho más tiempo en el desplazamiento que el que perdería
en trasladarse al centro un ciudadano de la periferia de las ya extintas
metrópolis.
El problema analítico mayor es que nos faltan todavía
conceptos para denominar estas nuevas categorías funcionales,
por lo que debemos seguir utilizando todavía, con modestia, los
conceptos caducos de ciudad, urbe, metrópolis, campo, etc.
2. LA RED EN LA BASE
La ciudad se nos aparece primero, en cuanto artefacto, ciertamente como
un recipiente físico, o más exactamente -en términos
históricos- un conjunto de "recipientes cada vez más
complejos" (Mumford, 1961:16). Pero es también, de ahí
que haya interesado a la Sociología, un conjunto de relaciones,
cuya densidad determina tanto la organización física y
social como la propia forma.
Hace ahora 'sólo' cien años que Durkheim proponía,
en una nota sobre morfología social publicada en L'Année
Sociologique (1897-1898), que la Geografía, la Historia y la
Demografía, entre otras ciencias fragmentarias, se uniesen a
la Sociología para explicar "cómo han nacido los
grupos urbanos, cuáles son las leyes de su evolución"(Durkheim,
1988:243).
Efectivamente, para Durkheim lo que denominaba el substrato social varía
en función del tamaño del mismo y de la densidad social;
pero además, como hecho social "la constitución de
ese substrato afecta directa o indirectamente a todos los fenómenos
sociales, al igual que todos los fenómenos psíquicos están
en relación, mediata o inmediata, con el estado del cerebro"
(Durkheim, 1988: 241).
Hace casi tres décadas Philip Hauser hizo un sencillo cálculo
que no es preciso actualizar para comprender la dimensión de
las interacciones sociales:
(Hauser, 1972:105)
Obviamente, el número potencial de contactos
entre las personas se multiplica exponencialmente en función
del tamaño y la densidad de las aglomeraciones. Sobre esta base,
Hauser proponía que
"puede establecerse, como hipótesis, que el incremento en
la interacción humana potencial producido por un sistema de vida
aglomerado, ha determinado, en el campo de lo social, una gran transformación:
el equivalente a la mutación genética en el campo biológico"
(Hauser, 1972:107)
Si bien hay que advertir, en este punto, que el concepto de Durkheim
de densidad social es más complejo en su desarrollo que el de
la mera densidad física. Pues el nivel de desarrollo tecnológico,
por ejemplo, modifica sustancialmente la intensidad de las interacciones
y encuentros. Sobre esta base, Bouthoul compara las densidades inversas,
físicas y sociales, de territorios desarrollados y primitivos,
concluyendo:
"Uno es un grupo con actividades numerosas y diferenciadas, cuyos
elementos colaboran y están enlazados por un sistema de comunicaciones,
transportes y organización perfeccionados; el otro está
formado por elementos primitivos simplemente yuxtapuestos" (Bouthoul,
1964:21)
La base que otorga importancia, en nuestro razonamiento, a tales cálculos
la hallamos en un conocido artículo de Simmel sobre Las grandes
ciudades y la vida intelectual; para éste
"el fundamento sicológico sobre el que se levanta el tipo
de las individualidades de las grandes ciudades, es la intensificación
de la vida nerviosa que resulta del rápido e ininterrumpido intercambio
de impresiones externas e internas" (Simmel, 1978:12)
Pero es en su obra fundamental, publicada en 1908, donde nos apunta
una clave fundamental, al hablar de las relaciones entre espacio y sociedad:
"El espacio es una forma que en sí mismo no produce efecto
alguno. Sin duda en sus modificaciones se expresan las energías
reales; pero no de otro modo que el lenguaje expresa los procesos del
pensamiento, los cuales se desarrollan en las palabras pero no por las
palabras. (...) Lo que tiene importancia social no es el espacio, sino
el eslabonamiento y conexión de las partes del espacio, producidos
por factores espirituales". (Simmel, 1986:644)
Por su parte, Tönnies, al estudiar las formas de comunidad y asociación
(como modelos de organización social) nos aporta un elemento
que debe ser considerado en este contexto:
"Parece justificada la presunción de que, a despecho del
deseo natural de mantenerse a sí mismo o de obtener la mayor
cantidad posible de bienes de las otras personas, permanece vivo en
la relación de ciudad y campo cierto espíritu fraterno
para dar y recibir, espíritu que, aparte de estas actividades
de trueque, se alimenta en virtud de los múltiples lazos de amistad
y parentesco y suministra puntos de reunión gracias a los templos
y plazas públicas" (Tönnies, 1979:57)
Volviendo una vez más a Durkheim, ahora a su obra más
conocida, La división del trabajo social, tomemos un pequeño
comentario de su distinción entre la solidaridad orgánica
(propia de la sociedad industrial) y la solidaridad mecánica
(propia de las sociedades antiguas):
"Cuando la manera de ser solidarios los hombres se modifica, la
estructura de las sociedades no puede dejar de cambiar. La forma de
un cuerpo se transforma necesariamente cuando las afinidades moleculares
no son ya las mismas" (Durkheim, 1993:I,217)
Sin embargo, nos estamos moviendo por ahora en el ámbito de la
analogía orgánica más simple, que determina un
modelo estructuralista de tipo mecanicista. Algunos de los nuevos paradigmas
recuperan, en un sentido bien distinto, este tipo de analogías,
ahora con el apoyo de la cibernética, para explicar incluso el
funcionamiento del conjunto del planeta, como hace Lovelock (1979) en
Gaia. Pero el asunto no es, al menos desde una perspectiva sociológica,
tan simple. El desarrollo de la hipótesis de Gaia, al enfrentarse
con la presencia del hombre, y su papel en ese supuesto organismo cibernético
que es la Tierra, plantea un hecho difícil de explicar mecánicamente:
"Lo que de especial tiene el hombre no es el tamaño de su
cerebro, equivalente al de un delfin, ni su incompleto desarrollo como
animal social, ni siquiera la facultad del habla o la capacidad de utilizar
herramientas. El hombre es especial porque de la combinación
de todas esas cosas ha surgido una entidad enteramente nueva. Cuando
estuvo organizado socialmente y logró proporcionarse una tecnología,
el hombre empezó a utilizar un talento totalmente nuevo: el de
obtener, conservar y elaborar información, empleada después
para manipular el entorno de modo deliberado y previsor" (Lovelock,
1986:155)
¿Cómo se consigue esto?. La Sinergética, o teoría
de la acción de conjunto, desarrollada entre otros por Hermann
Haken, físico matemático y uno de los padres de la teoría
del láser, puede ser de cierta ayuda para entender mejor este
tipo de procesos, no en sus particularidades, sino justamente en su
desarrollo de conjunto. La Sinergética considera que, a partir
de situaciones de caos, la materia inanimada puede autoorganizarse para
producir fenómenos que parecen racionales:
"Observaremos que los componentes se van ordenando como impulsados
por una mano invisible, pero que al mismo tiempo esta mano invisible,
que llamaremos 'ordenador', sólo nace de la interacción
de los sistemas individuales. El ordenador nace de la acción
de conjunto de las partes individuales y, recíprocamente, el
comportamiento de éstas está gobernado por aquél.
Es como el antiguo enigma de qué fue primero: el huevo o la gallina.
Expresado en términos de la sinergética, el ordenador
esclaviza a las partes individuales. Es como un titiritero que hace
bailar a las marionetas, a la vez que éstas actúan sobre
el titiritero, lo dirigen (...). Esta génesis forzosa del orden
a partir del caos en gran medida es independiente del sustrato material
en que tienen lugar los procesos" (Haken, 1986:7-9) (2)
Haken hace ciertas observaciones sobre el funcionamiento del cerebro,
a partir de descubrimientos que han mostrado cómo las funciones
no pueden ser atribuidas a una u otra zona, aunque determinadas regiones
cerebrales son responsables de funciones concretas. Lo fundamental es
la acción colectiva de todos sus componentes. Y el propio desarrollo
biológico del cerebro parece confirmar este modelo de funcionamiento.
Lo que aparentemente es un desordenado proceso de crecimiento resulta
al final en un orden no buscado por ninguna de las partes, sino por
el conjunto.
"Sin duda alguna, la construcción de la red de neuronas
en el cerebro está autoorganizada. Hasta donde sabemos, las conexiones
se establecen motu propio, sin la intervención de una instancia
superior"(Haken, 1986:173).
La puesta en marcha del sistema -o más apropiadamente, de la
red- responde a un esquema idéntico, que vale la pena reseñar:
"Las conexiones se establecerían entre células individuales
en medio de un confuso desorden. Pero con la llegada de impulsos nerviosos
de los órganos sensoriales a esta red, determinadas conexiones
se desarrollarían más que otras, conforme al grado de
uso, o también por sí solas. Por tanto la red, con su
capacidad funcional, se formaría sólo durante, y a través
de, su utilización. En la literatura profesional esta idea de
que en el sistema nervioso las conexiones se fortalecen con su utilización,
por ejemplo con la elaboración de percepciones, se conoce como
'sinapsis de Hebb'. Las sinapsis son determinadas piezas de unión
intercaladas como cuadros de mando entre las células nerviosas.
Esta teoría afirma, por tanto, que las sinapsis se fortalecen
con su utilización" (Haken, 1986:174)
La diferencia respecto de los sistemas con los que el estructuralismo
pretende explicar y cuadricular el mundo en que vivimos, es no solo
sustancial, sino que determina una forma distinta de observar el mundo,
y particularmente la parcela del mundo que nos ocupa. A partir de la
física cuántica nuevos conceptos han permitido romper
para muchas cuestiones -en mayor medida cuanto más complejas
sean- con la analogía del orden mecánico y determinista:
el caos, el azar, lo imprevisible, son elementos que deben ser considerados
también.
Henri Lefebvre supo expresar tanto en términos poéticos
como sociológicos esta nueva perspectiva en su principal obra
antiestructuralista, Hacia el cybernántropo: contra los tecnócratas,
cuando al terminar el libro plantea los desafíos que esperan
al antropo frente al cibernántropo:
"El antropo deberá saber que no representa nada y que prescribe
una manera de vivir más que una teoría filosófico-científica.
Perpetuamente deberá inventar, inventarse, reinventarse, crear
sin proclamar la creación, mezclar las pistas y las cartas del
cibernantropo, desconcertarlo y sorprenderlo. Para vencer, y hasta para
entablar la batalla, primero debe valorar sus imperfecciones: desequilibrio,
perturbaciones, olvidos, lagunas, excesos y fallas de conciencia, desenfreno,
deseos, pasión, ironía. Ya sabe que siempre será
vencido en el terreno de la lógica, de la perfección técnica,
del rigor formal, de las funciones y de las estructuras. Alrededor de
las rocas del equilibrio, él será la ola, el aire, el
elemento que socava y recubre (...), Vencerá por el Estilo"
(Lefebvre, 1973:182)
Pero volvamos al cerebro, a nuestra analogía orgánica
en términos de red. A mediados de siglo Theilhard de Chardin
definió, en el curso de su curiosa construcción teológica,
el término noosfera, para describir la "envoltura pensante
de la tierra" (citado en Martin, 1980:100). Veía la tierra
como una esfera enredada de canales intercambiando inmediatamente pensamientos,
información y actos intelectuales.
Probablemente inspirado en ese concepto de noosfera, aunque también
y sobre todo por el paradigma de la densidad social de Durkheim desarrollado
más ampliamente por la Escuela de Chicago, y aplicando la entonces
novedosa Teoría de la Comunicación, en 1962 R.L. Meier
definía a la ciudad, en Una teoría de las comunicaciones
del crecimiento urbano, como aquellas parcelas de tierra en las que
intensos procesos de comunicación tienen lugar. La comunidad
crece en la medida en que sus componentes se desplacen a través
del espacio de manera que sus trayectos coincidan o se crucen más
frecuentemente que si realizasen movimientos aleatorios en las proximidades
de sus respectivos domicilios. Algunos autores han recuperado los modelos
de Meier, proponiendo su comprensión en un sentido más
amplio, no referido exclusivamente a las interacciones individuales:
"Las comunicaciones [como las propone Meier] podrían ser
definidas en un sentido más amplio al incluir tanto el transporte
físico de población y bienes, como a la amplia variedad
de canales que sirven los movimientos de información (...). Centrándonos
en el sistema de comunicación-circulación, se sugería,
podríamos conocer mejor cómo funcionan las ciudades, qué
determina su estructura, y cómo ésta puede cambiar en
la medida en que las tecnologías faciliten cambios en la circulación"
(Salomon, 1996:79)
Tal vez pudiésemos comprender más fácilmente el
comportamiento de las ciudades si, efectivamente, llevásemos
al extremo nuestra analogía cerebral, considerando a la ciudad
como el cerebro de la Humanidad. Tal y como hace el cerebro en su proceso
de desarrollo, la ciudad ha venido creciendo complejizando sus redes
neuronales, pasando de ofrecer una estructura de células aisladas
a autoconstruir una estructura de conexiones múltiples, en red.
Como hipótesis, podemos considerar que, a partir de un momento
determinado de su evolución -tanto filogenética como ontogenética-,
el cerebro humano no puede seguir desarrollándose internamente
sin afectar a su equilibrio físico(3). El desarrollo del cerebro
se hace exterior al hombre desde entonces, las redes neuronales se prolongan
externamente. No es nada nuevo. McLuhan lo atisbó en los años
'60, aunque no podía imaginar su alcance real, y se perdió
en disquisiciones neotribales:
"El hombre no sólo es un robot en sus reflejos particulares
sino en su comportamiento civilizado y en todas sus reacciones alas
prolongaciones de su cuerpo, que llamamos tecnología. Resulta
ahora bastante evidente que las prolongaciones del hombre con sus consiguientes
ambientes, son la zona principal en que se manifiesta el proceso evolutivo.
Con la prolongación del mismo sistema nervioso como nuevo medio
de información electrónica, ha sido posible alcanzar un
nuevo grado de conciencia crítica" (McLuhan, 1985:13)
En estos términos, el cerebro del hombre social es, seguramente
desde el neolítico (al menos desde la construcción de
Ur), la ciudad. Y la evolución de la Humanidad se convierte,
en cierto modo, en el proceso de desarrollo de ese cerebro externo de
la especie. Las calles, ciertamente, son canales de comunicación
e información. La ciudad industrial (con sus tendidos eléctricos
y de ferrocarril) rompe las barreras de las distancias, crea nuevos
conductos, y la red telemática terminará por conectar
todas las neuronas.
3. LA DINÁMICA DE LA RED
Hablamos pues de una concepción de la ciudad sensiblemente distinta
de la que la considera un mero habitáculo del poder, una estructura
o marco físico para las relaciones de producción capitalistas.
Se trata más bien de una concepción de la ciudad como
elemento de una red neuronal que posibilita la vida del hombre sobre
la tierra en condiciones de progreso. Por supuesto sin olvidar que siempre
hay un 'ordenador' que esclaviza a los elementos de la red, pero que
a la vez es esclavizado por ella; y cualquiera de las fluctuaciones
en términos de caos puede llevar a la sustitución del
'ordenador'(4).
El contraste entre la analogía mecanicista y la neuronal la expresó
con claridad Christopher Alexander, en el campo estricto del Urbanismo,
al comparar los sistemas basados en estructuras jerárquicas en
árbol, "símbolo del ejército, estudiada expresamente
con el fin de crear disciplina y rigidez", con su propuesta de
estructuras semireticulares.
"...en toda ciudad hay miles e incluso millones de sistemas en
funcionamiento cuyos residuos físicos no aparecen como unidad
en las estructuras en árbol. En el peor de los casos, las unidades
que aparecen ni siquiera corresponden a realidad viviente alguna; y
los sistemas reales, que constituyen la verdadera vida de la ciudad,
están desprovistos de receptáculos físicos.
Ni el plano de Columbia ni el de Stein, por ejemplo, corresponden a
realidades sociales. Su ordenación física y su sistema
de funciones denuncian una jerarquía de grupos cerrados, siempre
más rígidos, que van desde la ciudad entera hasta la familia;
cada grupo constituido por lazos asociativos de distinta fuerza.
Si, en un contexto de sociedad tradicional, pidiéramos a un individuo
cualquiera que nombrara a sus mejores amigos y pidiéramos a cada
uno de éstos que nombrara a su vez a los suyos, todos se nombrarían
los unos a los otros y acabarían formando un grupo cerrado. Los
pueblos están constituídos por un determinado número
de grupos separados y cerrados de este tipo.
Pero la estructura social es hoy en día muy diferente. Si pedimos
a un hombre que nombre a sus amigos y después a cada uno de éstos
que nombre a los suyos, todos nombrarían personas distintas y
muy probablemente desconocidas para el primer interpelado; estas personas
nombrarían a su vez a otras y así en adelante. En la sociedad
moderna no existen prácticamente grupos cerrados. La realidad
de la estructura social contemporánea está llena de sobreposiciones
-los sistemas de amigos y conocidos forman un semirretículo,
no un árbol." (Alexander, 1971:35)
Esta imagen de urbe global es muy distinta, a su vez, de la observada
por Saskia Sassen y luego desarrollada más ampliamente por Castells(5).
Desde nuestra perspectiva el desarrollo tecnológico y humano
condicionan la evolución de los asentamientos humanos y de sus
formas de interacción, en mayor medida que las estructuras de
dominación determinadas por el modo de producción imperante.
La propia denominación plana de capitalismo, para el conjunto
de sistemas de producción imperantes en el planeta es, más
que un estereotipo, una caricatura de la realidad. Así como su
modelo de polarización, "particularmente en las mayores
ciudades como Nueva York o Los Ángeles" (Sassen, 1987:140)
no es en realidad sino la imagen de las desigualdades que, por lo demás
en mayor medida, han caracterizado a las sociedades -occidentales y
orientales- en cualquier otro momento de su evolución. Constituye
la descripción de sólo uno de los diversos planos que
debemos contemplar de una realidad que nos es únicamente aprehensible
en términos estereoscópicos.
El fortalecimiento de algunos nudos de la red que conforma la urbe global,
fundamentalmente Nueva York, Londres, Tokio, París o Francfort,
(Sassen, 1990), al actuar como 'ordenadores' en el momento en que, a
partir de la situación de caos que se crea en el sistema-mundo
en los años '70, se precipita la red, no invalida la validez
de nuestro modelo de urbe global. En cualquier momento, en la próxima
estación de caos, pueden ser sustituídos por otros. Los
cuales no están, necesariamente, siendo planificados para ello,
en la medida en que otorgamos cierta importancia al factor caos(6).
Siguiendo con nuestro concepto abierto y no siempre previsible de red,
rescataremos las hipótesis del antropólogo Newbold Adams,
quien al analizar -sobre presupuestos energetistas- la evolución
de las estructuras sociales, propone la que denomina una "secuencia
fundamental del crecimiento" que iría de la fragmentación
a la centralización, y de la que la organización reticular,
que él denomina de coordinación, sería una fase
intermedia. En este sentido, podríamos entender la implantación
de tales 'ordenadores' -las ciudades globales de Sassen- como una superación
de la red, pero es que la centralización que nos sugiere este
antropólogo
"ocurre como parte de la coordinación de una unidad con
otras unidades [...y...] puede mostrar tendencias oscilatorias hacia
la centralización y hacia el sentido contrario (...). Una unidad
se centraliza como una respuesta a la presión externa, y en las
sociedades humanas la única presión continua es la ejercida
por otras sociedades. Esta presión de otras sociedades exige
la coordinación externa, al mismo tiempo que busca la centralización
interna" (Newbold Adams, 1983:233).
En suma, ocurre la centralización cuando una unidad de operación
se encuentra en posición de tener el poder de tomar decisiones
para un gran número de unidades. Y, por otra parte, "la
centralización no significa que la toma de decisiones resida
necesariamente en un individuo" (p. 237); es algo relativo, y es
tan importante saber a quién incluye como saber a quién
excluye. Por lo cual, "nada nos dice que tal coordinación
pueda durar eternamente, sobre todo cuando esté sometida a la
llegada de nuevos objetos de control, y por lo tanto a nuevas fuentes
de poder" (p.239). Si en el modelo de Newbold introducimos los
conceptos de la sinergética y de la teoría del caos(7),
puede llegar a ser un magnifico instrumento analítico de los
procesos de desarrollo y crecimiento, aunque ciertamente queda mucho
por definir al respecto.
Pero en nuestro modelo interpretativo los nudos de diversa escala que
articulan y 'ordenan' la red no constituyen, únicamente, agentes
individuales orientados a su maximización, como se desprende
implícitamente del modelo de Sassen, y sobre todo de Castells.
Debemos diferenciar nuestra posición, basada según se
ha mostrado en un paradigma materialista ecológico, de las posiciones
en las que se observa una cierta confluencia, desde mediados de los
'80, entre autores que desarrollan una especie de corolario de las ideas
de Castells:
"la nueva agenda para la investigación social [en sociología
urbana] es descubrir qué hace a cada ciudad única en su
respuesta a las fuerzas globales, y comprender cómo es que algunas
ciudades son capaces de resistir a las tendencias regionales generales,
mientras que otras lo personifican" (Flanagan, 1993:137).
En la medida en que consideramos no sólo a la competencia, sino
en mayor medida a la cooperación, como factores del desarrollo
social y humano (onto y filogenéticamente), no podemos estar
de acuerdo con una posición cuyas consecuencias normativas han
sido en plena lógica fuertemente criticadas:
"...se propone la creación de agencias de desarrollo económico
metropolitano, de carácter mixto -capital público y privado-
que sean verdaderas empresas de promoción y fomento, capaces
de competir mundialmente en la captación de inversiones. Es decir,
dedicarse al 'city marketing', a la venta de la ciudad, en los foros
internacionales. Pero cuyas tareas sean, también, a través
de la inyección de capital público, hacer factible las
costosas transformaciones de determinados espacios estratégicos,
para su puesta en el mercado" (Fernández Durán, 1993:221).
Por otro lado, justamente desde una posición materialista no
podemos ciertamente aceptar que la ciudad, por más que en tanto
institución social tiene la vida propia que atribuimos a los
hechos sociales, sea un individuo, ni siquiera la suma (adición)
de diversos individuos (o grupos dirigentes) y de sus acciones. Sino
que, en tanto artefacto, contiene ciertamente una red de posiciones
sociales, de agentes en conflicto de intereses y dentro de los cuales
determinados grupos sociales poseen fragmentos más o menos hegemónicos
del Poder. En cierto sentido, es cierto que cada ciudad es una individuación,
pero por ahora cuando hablamos de la ciudad lo hacemos en los mismos
términos en que utilizamos el concepto de Humanidad para referirnos
al conjunto indiferenciado de los hombres.
Hablamos en suma de redes, no meramente de agentes individuales....
Sólo así, por lo demás, podemos tener una visión
de conjunto con independencia de que desconozcamos algunos mecanismos
particulares. Aunque cada individuo busca la maximización individual,
ésta sólo la obtiene con la colaboración de otros,
y así se genera la red, que luego se superpone como hecho social
al individuo -lo mismo podríamos decir en términos de
grupos, de clases incluso-.
La red, o más exactamente este concepto aplicado a la ciudad,
está ya en Doxiadis, aunque éste está todavía
atado en cierto modo a una analogía orgánica de tipo corporal,
con sus centros, y sus jerarquías... Si bien apuntó también,
y debe ser un elemento clave desde nuestra perspectiva, la movilidad
natural y continua de las centralidades (Doxiadis, 1979). Y cierto concepto
de red viene siendo aceptado al desarrollarse la hipótesis de
ciudad-mundo planteada inicialmente por Friedmann entre otros (Friedmann,
1986), aunque sigue muy presente en esa línea de análisis
(Knox,Taylor, 1995) la idea de la jerarquización como algo estructural
y fuertemente determinante. Los principios sobre los que se basaría
esta idea de ciudad-mundo serían, según los ha planteado
recientemente Friedmann, los siguientes:
"1º) La existencia de ciudades que articulan grandes economías
regionales, nacionales e internacionales; ciudades que sirven como centros
a través de los cuales fluye el dinero, los trabajadores, la
información, los bienes y otras variables económicamente
relevantes. Como centro extienden su influencia en un ámbito
o región, cuyas relaciones económicas articulan en la
economía global o espacio de la acumulación global (...)
2º) Hay algo así como un 'espacio global de acumulación'
que es un conjunto de economías nacionales y regionales que sirven
a los propósitos de la acumulación de capital a escala
mundial. Este espacio incluye áreas de producción primaria,
lugares productivos específicos y, por supuesto, concentraciones
espaciales de consumidores. En cierto sentido este espacio global se
corresponde con el conjunto del Planeta Tierra (...)
3º) Las ciudades-mundo son mayoritariamente regiones urbanizadas
que son definidas por densos esquemas de interacción más
que por fronteras político-administrativas (...)
4º) Estas ciudades-región -los nodos correspondientes del
sistema global- pueden ser ordenadas en una 'jerarquía de articulaciones
espaciales', más o menos en relación con su poder de decisión.
En lo alto encontramos las ciudades que son el objeto de las investigaciones
de Saskia Sassen: los centros de control y mando de la economía
global, Nueva York, Londres y Okio (...)
5º) La cultura dominante de las ciudades-mundo es cosmopolita,
como definida y marcada por aquellos estratos sociales a los que Leslie
Sklair llama la clase capitalista transnacional (Friedmann, 1995:22-23)
Sin embargo, la apariencia de jerarquía estable es, seguramente,
sólo un residuo del estilo industrial de urbanización.
Aunque se aceptan los cambios en la jerarquía de ciudades, éstos
no afectarían al núcleo fundamental de estas teorías,
que prescriben
"una visión bifocal: un ojo dirigido a la dinámica
del sistema capitalista en el corazón -the espacio de la acumulación
global y sus articulaciones- y otro a la fragmentada periferia de los
excluidos. Los dos deben soldarse en una visión estereoscópica"
(Friedmann, 1995:43).
Creemos que es posible una interpretación a la vez menos mecanicista
y también menor organicista, en la que otorgamos capacidad de
incidencia en el modelo global tanto a las estructuras derivadas de
los sistemas de producción y dominio, como a los elementos individuales
de la red, como a los efectos derivados de las transformaciones tecnológicas
y, derivadas de éstas, medioambientales. No habría así
una estructuración nítida entre centro-periferia, sobre
todo porque además cada centro tiene su propia periferia interior,
y viceversa. Se trata, en suma, de un concepto de red autoconstruida
y extremadamente dinámica, atendiendo a tan elevado número
de variables sociales, económicas, tecnológicas, medioambientales...,
que la lógica de su desarrollo no es tan fácilmente predictible
como se desprende del modelo de Friedmann, aunque éste reconoce
no obstante lo que define como "la inherente inestabilidad del
sistema" (Friedmann, 1995:36).
Pero volviendo a nuestra propia analogía, si es acertada encontraríamos
que el territorio cumple en realidad el papel de la sinapsis entre las
células cerebrales, las neuronas. En el territorio los núcleos
o nodos neuronales tenderán obviamente a conectarse a la red,
incrementando la extensión de ésta. En el marco de ese
proceso se irán estableciendo nuevas redes locales de colaboración,
con sus propios elementos 'ordenadores', a través de las cuales
la integración en la red global puede llegar a ser más
eficiente. En nuestra hipótesis de que lo rural, en la sociedad
de la información, serían apenas algunos intersticios
de lo urbano, habría que añadir que no nos estamos refiriendo
a los lugares más inmediatos, sino a aquellos puntos más
alejados de las redes de telecomunicaciones. Rescato en Abraham Moles
un apunte que reafirma estas posiciones:
"[Trabajamos en] tres direcciones: por una parte, la de los espacios
próximos, donde las distancias son un orden de magnitud a la
medida del ser humano (del módulo humano); por otra parte, la
de los espacios 'lejanos', que implican en nuestra sociedad la noción
de recurso a una tecnología del 'transporte'; y, por fin, en
el análisis de un sistema de 'telepresencia', en donde la presencia
real se sustituye por una presencia 'vicarial', una telepresencia, y
donde las redes que la consolidan consiguen ajustar la distribución
de los seres en el territorio social. De esta manera, en México
o Brasil, la regresión de la civilización no está
en función de la lejanía con respecto a una capital, o
con una gran ciudad, sino en función de la distancia a una 'malla'
de la red de comunicaciones que viene construyendo una 'sociedad mallada'"
(Moles, Rohmer, 1990:240)(8)
En suma, hoy podemos decir a ciencia cierta que el desierto no existe.
El aviador que protagoniza la famosa historia de Saint Exupéry
no hubiese sido visitado por ningún principito; ningún
viajero de otro planeta se atrevería a descender ante la intensidad
de tráfico actual.... Aventureros, probadores de coches, arqueólogos,
geólogos a la búsqueda de petróleo o de minerales,
biólogos buscando la planta salvadora contra la sequía,
adoradores del sol, o de la luna, o de la arena, o del yo perdido en
la inmensidad... navegan incansables, por tierra o aire, a través
de los desiertos geográficos -que no sociales-. Y si esto es
así para los llamados desiertos, ¿cómo podemos
seguir creyendo que el territorio de la civilización se resuelve
en una dicotomía simple entre lo rural y lo urbano, atribuyendo
además a lo rural alguna especie de vacío?
4. CONCLUSIONES(9)
Ya hemos dicho que la imagen de urbe global que proponemos, entendida
como "un continuum inacabable en el que se suceden espacios con
formas y funciones diversas, con mayores y menores densidades habitacionales,
pero que en su totalidad participan de una u otra forma de la civilización
y la cultura urbanas", hasta el punto de que, al abarcarlo todo
y descansar sobre las telecomunicaciones, la ciudad "deja de existir
como espacio físico (...), se hace virtual" (Baigorri, 1995),
se inspira en parte en la ecumenópolis de (Doxiadis, 1979), que
avanzaba los nuevos esquemas dominantes de organización social
en red -concepto que incluye la idea holista de interrelación
entre todos los factores-, antes que en el neoestructuralismo jerárquico,
propio del pasado, que se deriva tanto de los modelos de Sassen, como
de los de Castells y Hall, e incluso del modelo de ciudad-mundo de Friedmann
-sintetizado, desde una perspectiva nacional-, por (Fernández
Durán,1993).
Para Doxiadis, la ecumenópolis se constituye como resultado de
la interacción de cinco elementos: las capacidades de la Naturaleza,
las necesidades del Hombre, las estructuras sociales, la capacidad técnica
para la edificación en general (lo que él llama las conchas),
y las redes, en el sentido más amplio del término. Es
decir, básicamente el modelo POET (Población, Organización
-cultura no material-, Medio Ambiente y Tecnología-cultura material-)
propuesto por los sociólogos de la Escuela de Chicago como paradigma
de la Ecología Humana(Park, 1936).
Algunos autores interpretan imaginativamente la urbe global en términos
de una virtualidad límite, en la que "sus lugares serán
construídos virtualmente por software, en lugar de físicamente
con piedras, y estarán conectados por conexiones lógicas
más que por puertas, pasajes y calles" (Mitchell, 1995).
Frente a dicha interpretación, la tradición ecológica
nos ata a la materia.
En la urbe global o ciudad virtual, no existen jerarquías sino
interdependencias.
Naturalmente hablamos no solo de resultados analíticos, sino,
en términos de prospectiva, de proyectos normativos. Quiero recordar
que la idea de ciudad global fue anticipada en un sentido bien distinto
por Yona Friedman, como utopía realizable en términos
de proyecto que posibilita la satisfacción de un grupo de seres
humanos mediante el consentimiento de dicho grupo, es decir bajo radicales
principios democráticos (Friedman, 1977). Ciertamente, la Historia
no ha terminado, y a las nuevas formas de la ciudad debe corresponder
una nueva utopía realizable.
NOTAS
1. El peso que la industria inmobiliaria tiene en las economías
occidentales -y el peso de los arquitectos en el análisis urbano-
suele conducirnos al engaño de creer que la distribución
espacial de los valores del suelo se sigue correspondiendo con la distribución
espacial del poder. Pero aunque la propia producción de ciudad
se ha constituido en uno de los motores básicos del capitalismo
más reciente (Baigorri, 1990), los precios del suelo tan sólo
expresan una función económicas relacionada con la oferta,
la demanda y la especulación.
2. No deja de ser paradójico, y se plantea en este punto como
auténtica nota al pie, que cuando algunos pretenden incorporar
más y más paradigmas de las ciencias físico-naturales
a las ciencias sociales, desde la Física más avanzada
se recupere un modelo que pertenece plenamente a la Sociología.
La descripción del 'ordenador' que hace Haken no está
muy alejada de los modelos deterministas de 'lo social' expuestos por
Durkheim.
3. No es vanal la imagen construida por la literatura de ciencia-ficción,
sobre humanoides con cráneo gigantesco sobre minúsculos
cuerpos (la famosa imagen fantasmagórica de Encuentros en la
tercera fase), o incluso masas cerebrales sin cuerpo físico (en
la saga de Dune)
4. Esa esclavización mutua entre el 'ordenador' y el resto de
los elementos de la materia en movimiento hacia alguna forma ordenada
podría llevarnos a reflexionar sobre la posibilidad de alguna
especie de actualización del materialismo dialéctico.
Sin embargo no es ese el objeto de nuestra investigación, por
tentador que pueda resultar. Aunque la cuestión puede abrir una
vía interesante en el campo de la teoría de las ciencias
sociales.
5. En las propuestas de Castells en torno a la ciudad informacional
hallamos el mismo tipo de limitaciones, derivadas del fuerte 'background'
de estructuralismo marxista. Si bien admite "la emergencia del
espacio de los flujos, suplantando el significado del espacio de los
lugares" (Castells, 1989:494), sin embargo otorga un carácter
super estructural a la red, mera expresión espacial -como antes
lo fue la ciudad industrial en sus más tempranas tesis- de las
estructuras de dominio de la nueva clase 'profesional-managerial'. Y
es que para Castells, al contrario que en el paradigma ecológico,
las tecnologías en modo alguno pueden determinar siquiera en
parte los hechos sociales o la lógica organizativa. Sin embargo,
si no atribuimos determinación alguna a las tecnologías,
como a los otros elementos del modelo ecológico -ya en su configuración
POET- difícilmente podemos explicar, por no ir mucho más
lejos, la preeminencia que ha adquirido en las últimas décadas
la nueva clase tecno-managerial
6. De hecho, la aplicación práctica que se ha seguido
de estas teorías, pretendiendo subirse artificialmente a la cresta
de la ola del cambio, mediante el desarrollo de las denominadas tecnópolis
(Castells, Hall, 1994), se ha mostrado en muchos casos como un grandioso
fracaso planificador.
7. Y más aún si, yendo más lejos, invertimos dicho
modelo general, situando la tendencia global no hacia la centralización,
sino por el contrario hacia la descentralización -un modelo más
acorde con la tendencia hacia la entropía de todos los sistemas
de la materia-. Sin detenernos en ello, apuntemos siquiera dicha posibilidad.
8. Por supuesto que la sociedad mallada (network society) cuyo advenimiento
anuncia Castells en su último libro (The rise of network society),
del que hemos podido consultar en Internet un avance, estaba anunciada
implícitamente por Toffler en El shock del futuro (1970) y explícitamente
en La Tercera Ola (1980), además de por otros autores. Aún
así sorprende el concepto, explicitado por Moles hace casi una
década.
9. Esta comunicación está incompleta. Ha quedado por desarrollar
un aspecto fundamental del concepto de urbe virtual, y las conclusiones
son apenas un boceto de lo que deberían ser. Limitaciones físicas
temporales me han impedido completar dicha tarea; pero he considerado
de interés difundir esta versión provisional.
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