Claves de la globalización
financiera y de la presente crisis internacional (I)
José Manuel Naredo
El crecimiento de la burbuja financiera crea entre sus propietarios
el espejismo de un enriquecimiento generalizado, cuando de hecho esconde
cada vez más un juego de suma cero en el que las ganancias de
unos han de ser sufragadas por otros, siendo fuente de polarización
social y ampliando su lado negativo en momentos de crisis.
El "terrorismo internacional" como "chivo expiatorio"
de una crisis previamente anunciada
Los atentados del pasado 11 de septiembre, que echaron por tierra el
más emblemático centro de las finanzas mundiales, vinieron
como anillo al dedo para soslayar las responsabilidades que tienen en
la presente crisis los gestores y artífices del sistema financiero
internacional. El "terrorismo internacional" pasó a
erigirse ante la opinión pública en el principal responsable
de la crisis al socavar la confianza de consumidores e inversores, olvidándose
que ésta venía de antes y que, a la postre, los episodios
del 11 de septiembre quizá contribuyan más eficazmente
a paliarla que a agravarla, al desencadenar tan abultado paquete de
medidas y apoyos a la economía y las empresas estadounidenses
que posiblemente lleven a hacerla más benigna de lo que hubiera
sido en ausencia de tales acontecimientos.
En efecto, la burbuja financiera mundial y sobre todo la de la bolsa
de Nueva York, habían alcanzado unos niveles tan elevados que
demandaban con fuerza un "ajuste" de muy graves proporciones.
Este "ajuste" empezó a producirse en el año
2000, cuando se quebró la tendencia fuertemente alcista de las
cotizaciones bursátiles observada en años anteriores,
para inflexionar a la baja. El ratio que relaciona el valor bursátil
de las empresas con su patrimonio neto (1) se conoce como el coeficiente
Q de Tobin, que informa sobre nivel de revalorización del mercado
bursátil (al mostrar hasta qué punto el valor de las acciones
corresponde al patrimonio neto que las respalda). En los EE.UU. el valor
de las acciones de las empresas no financieras se había situado
a finales de los noventa muy por encima de su patrimonio neto.
El valor de las acciones de las empresas no financieras, que en 1991
representaba el 81% de su patrimonio neto, pasó a representar
el 114% en 1995 y el 195% en 1999 (2). Estos datos superan ampliamente,
no solo del valor medio de esta ratio en cuestión para EE.UU.
(cifrado para la media del siglo XX en el 65%), sino también
de los máximos históricos anteriores (3) (alcanzados,
por ejemplo, en 1929 (130%) y en 1962 (120%), en la fase final de los
auges bursátiles correspondientes).
El hecho de que el valor de las cotizaciones bursátiles de las
empresas llegara casi a doblar el valor del patrimonio neto que las
respaldaba apuntó un desfase sin precedentes que presagiaba una
"corrección" a la baja de gran intensidad, "corrección"
que se inició en el segundo trimestre del año 2000. A
igual conclusión se llega si se observa la divergencia entre
el valor de las acciones y el importe de los beneficios distribuidos,
que arroja índices de rentabilidad muy bajos (4) o su inversa,
la relación precio/beneficios, conocida como el PER (price to
earnings ratio), que alcanzó valores record a principios del
año 2000.
Hay que recordar que los informes de instituciones financieras internacionales
tan poco reputadas de catastrofistas como el Fondo Monetario Internacional
(FMI) o el Banco de Pagos Internacionales (BIP), habían reconocido
en sus informes que la "burbuja del mercado de acciones había
explotado" (5) (financieramente) en la bolsa de Nueva York un año
antes de que este mercado lo hiciera (físicamente) el pasado
11 de septiembre. Y como evidencian los datos, la explosión de
tal "burbuja" arrastró en su caída a las cotizaciones
en el resto de los mercados bursátiles internacionales, que se
desinflaron unánimemente durante el año 2000, revelándose
cada vez más interdependientes como consecuencia del acelerado
proceso de "globalización" financiera (6).
Partiendo de estos hechos comúnmente aceptados, las discrepancias
de interpretación surgieron a la hora de enjuiciar las perspectivas
de la crisis.
Por una parte estaban las interpretaciones reacias a reconocer los problemas
de fondo que condujeron al mencionado desplome bursátil, ni los
originados por este desplome. Estas interpretaciones seguían
manteniendo impertérritas la mitología de la "nueva
era" económica que se suponía abrían las "nuevas
tecnologías" informáticas y de gestión, que
permitían reducir las existencias y los costes de las empresas,
haciéndolas menos vulnerables a las crisis cíclicas, y
que ofrecían tan enormes posibilidades "subyacentes"
de negocio a las empresas beneficiarias que justificaban sus elevadas
cotizaciones bursátiles, aunque superaran ampliamente los valores
históricos de los indicadores que vinculaban el precio con la
rentabilidad efectiva de los activos y el patrimonio neto de las empresas.
Desde esta perspectiva se preveía que la caída de las
cotizaciones sería un episodio coyuntural breve que daría
paso en el año 2001 a nuevas subidas en consonancia con el enorme
potencial de crecimiento que brindaba la "nueva economía"
a los Estados Unidos y a la constelación de empresas transnacionales
vinculadas a ella. Por otra parte estaban las interpretaciones, a mi
juicio más realistas, que subrayaban el tamaño sin precedentes
de la "burbuja" que hacía que, tras la caída
de las cotizaciones, éstas siguieran siendo todavía demasiado
elevadas si se relacionaban con el patrimonio y los beneficios de las
empresas a través de los métodos tradicionales de valoración.
Estas interpretaciones subrayaban también los desequilibrios
económicos ocasionados por el auge de la economía especulativa
que provocó la crisis: los niveles sin precedentes del endeudamiento
de hogares y empresas en general y el déficit record de la balanza
corriente de los Estados Unidos, financiado por una espectacular entrada
neta de capitales (7).
También se apreció la incidencia recesiva derivada de
la caída de las cotizaciones que hizo que en el año 2000,
por primera vez desde la postguerra mundial, disminuyera el patrimonio
de los hogares estadounidenses, haciendo más pesado su endeudamiento,
recortando su consumo, ... y deprimiendo las expectativas de beneficio
empresarial, generando así una espiral depresiva de gran amplitud.
Así las cosas, los acontecimientos del 11 de septiembre contribuyeron
ciertamente a quebrar la confianza y a agravar momentáneamente
la caída de las cotizaciones, pero provocaron también
una tal constelación de medidas a favor del relanzamiento de
los mercados y de la actividad económica que nos retrotraen a
los mejores años del keynesianismo, con sus políticas
de intervención "anticíclica", tan denostadas
por las corrientes neoliberales supuestamente imperantes en los EE.UU.
En efecto, tanto la política fiscal, con una devolución
de impuestos unida a un aumento del gasto público, como la política
monetaria, con una reducción acumulada del tipo de interés
de más de cuatro puntos porcentuales, unidas a medidas tales
como la subida del límite autorizado de la autocartera de las
empresas para animar, así, las cotizaciones bursátiles,
y a otras medidas en las que no podemos detenernos, además del
relanzamiento del gasto militar al calor de la nueva contienda y de
los acuerdos que trajeron consigo el abaratamiento del petróleo
y otras materias primas, constituyen un "paquete" tan amplio
e intenso de medidas para el relanzamiento de la actividad económico-financiera
que nunca habría tenido lugar como respuesta inmediata a la crisis
económica, dado el anterior predominio de posiciones más
optimistas y/o liberal-doctrinarias que confiaban en que los mercados
podrían recuperarse por sí mismos.
Los acontecimientos "exógenos" al sistema económico-financiero
del 11 de septiembre propiciaron, así, un intervencionismo que
hubiera sido difícil de justificar en ausencia de ellos, al darse
de bruces con el liberalismo de que hace gala la política económica
estadounidense y, más aún, la candidatura republicana
hoy en el gobierno. El mencionado intervencionismo se habría
ido escalonando en el tiempo, de forma menos eficaz, a medida que la
crisis se fuera agravando y generando daños y problemas difícilmente
reversibles cuyas responsabilidades habría que buscar en las
instituciones y políticas que rigen el sistema monetario internacional
y no en agresiones externas.
Los mencionados acontecimientos han echado una cortina de humo sobre
el contexto que hace que el actual sistema financiero se vea cada vez
más abocado a una esquizofrenia de políticas, al oscilar
entre la desregulación (que alimenta el negocio del capitalismo
hegemónico, pero también las crisis) y el intervencionismo
(que pretende paliarlas y socializar o exportar parte de las pérdidas).
En este artículo analizaremos cual es este contexto.
Sobre el contexto que propicia la "burbuja"
financiera y la crisis
Desde las páginas de esta misma revista habíamos develado
las "mutaciones del mundo financiero" (8) y analizado "las
relaciones entre poder y dinero" (9) que acabaron configurando
el actual sistema monetario internacional. Recordemos ahora que las
mutaciones operadas en el mundo financiero durante los últimos
decenios permitieron que la intermediación financiera se extendiera
por el mundo empresarial, llevando los fenómenos de creación
monetaria más allá de los confines de la banca y de las
fronteras de los Estados. La economía financiera inundó
así el quehacer de las empresas importantes.
Los grandes grupos industriales se han convertido en enormes bancos
de negocios cuya actividad principal pasa por convencer a otros que
les confíen sus fondos mediante la emisión de títulos
que los ahorradores aceptan como depósito de valor. Nunca el
capitalismo transnacional hegemónico había conseguido
manejar tanto dinero ajeno para negocios propios. Al igual que el proceso
llamado de "acumulación primitiva" reforzó al
capitalismo en sus orígenes mediante la expropiación patrimonial
del entorno no capitalista, hoy está teniendo lugar en el seno
de este sistema una "acumulación crepuscular" realizada
en favor del capitalismo transnacional con cargo al patrimonio del capitalismo
local y de la propiedad pública o estatal.
Esta "globalización" patrimonial se opera mediante
la capacidad de compra que otorga a los grandes conglomerados empresariales
la creación de "dinero financiero", apoyada por la
confianza que depositan en él los ahorradores(10). Incluso el
valor de las empresas es cada vez más función de esta
actividad de intermediación que de cualesquiera otras que lleven
a cabo. Las acciones mismas se han transmutado en moneda no solo como
depósito de valor, sino como medio de pago en las billonarias
compras y absorciones de empresas y en la remuneración a directivos
y accionistas. El juego financiero descrito alcanzó una amplitud
inusitada imponiéndose sobre la "economía real"
hasta el punto de hacer que los tipos de cambio de las principales monedas
dependan hoy mucho más de los movimientos de capitales que de
los intercambios mercantiles.
La creación de lo que, en mis dos artículos citados, había
denominado "dinero financiero" se desarrolla hoy a mayor velocidad
que la creación de "dinero papel" y de "dinero
bancario", realizada por Estados y bancos, y más de la mitad
de este "dinero financiero" se emite y cotiza en dólares,
reforzando la hegemonía económica del país emisor
de esta moneda. La atracción que ejercen los pasivos financieros
(o deudas) que emiten las entidades domiciliadas en los EE.UU. sobre
el ahorro mundial es hoy la clave equilibradora de su creciente déficit
comercial y corriente, permitiendo a este país vivir por encima
de sus propias posibilidades productivas. Hasta el punto de que EE.UU.,
el país más poderoso y rico de la Tierra es, a su vez,
el más endeudado. No en vano este poder y esta riqueza están
estrechamente ligados al privilegio de ser el primer país emisor
de dinero (pasivos) de curso internacional en tres sentidos que se alimentan
mutuamente: "papelmoneda", "dinero bancario" y "dinero
financiero".
De esta manera, por obra y gracia de la creación de "dinero
financiero", que corre paralela al doble proceso de diversificación
y titulización de activos propio de la "nueva economía",
los activos financieros globales han venido creciendo durante los dos
últimos decenios a tasas que doblan a las de la renta planetaria,
otorgando una capacidad de compra sobre el planeta sin precedentes a
las empresas transnacionales y a los países que controlan estas
emisiones. Así, mientras que en 1980 el valor de los activos
financieros globales se aproximaba a la renta planetaria anual, en 1988
el valor de estos activos pasó a multiplicar por dos el de la
renta, en 2000 a multiplicarlo por cerca de cuatro y, si se prolongaran
estas tendencias, en el año 2050 la multiplicarían por
cerca de trescientos... Semejante evolución se revela a todas
luces insostenible desde la lógica económica más
elemental, siendo preludio de crisis.
El crecimiento de la burbuja financiera crea entre sus propietarios
el espejismo de un enriquecimiento generalizado, cuando de hecho esconde
cada vez más un juego de suma cero en el que las ganancias de
unos han de ser sufragadas por otros, siendo fuente de polarización
social y ampliando su lado negativo en momentos de crisis, cuando se
desinfla la mencionada burbuja y se observa que había ido mucho
más allá de la economía real y que esta no da para
reembolsar a los acreedores e incluso afecta al conjunto de la sociedad
proyectando sobre ella la pérdida de empleo, de pensiones, ...y
de poder adquisitivo en general.
Dos novedades caracterizan a la burbuja financiera que culminó
en el año 2000.
Una es su tamaño, sin precedentes. Otra es la extensión
planetaria también sin precedentes de los interesados en mantener
dicha burbuja: el llamado proceso de globalización financiera
hizo que los numerosos acreedores de la enorme deuda emitida por los
EE.UU., materializada en dólares y títulos emitidos por
entidades ligadas a este país, fueran los primeros interesados
en mantener sus cotizaciones.
Solo así puede entenderse el apoyo internacional también
sin precedentes que recibió EE.UU. cuando el episodio del 11
de septiembre amenazó con hundir más la situación
crítica que atravesaba la bolsa de Nueva York, estrechamente
ligada al resto de los mercados financieros internacionales. Este apoyo
evidenció hasta qué punto la globalización financiera
se había consumado en estrecha conexión con los poderes
políticos estatales. Pero es la propia la hegemonía política
de las empresas y Estados beneficiarios del proceso de globalización
financiera, la que ha cerrado la puerta a las regulaciones y controles
del mismo que demandaría la estabilidad financiera, originando
la esquizofrenia de políticas antes mencionada que oscila entre
la desregulación (que alimenta el negocio del capitalismo transnacional
hegemónico, pero también las crisis) y el intervencionismo
(que pretende paliarlas y socializar o exportar parte de las pérdidas).
Tal esquizofrenia liberalintervencionista responde a las insuficiencias
del marco institucional que se estudiarán en un artículo
posterior, junto a las posibles salidas.
Claves de la globalización financiera
y de la presente crisis internacional (II)
En la primera parte de este artículo (publicado
en Le Monde Diplomatique (versión española) nº 75,
dic. 2001) vimos que la crisis financiera que ha recorrido el mundo
durante los dos últimos años se deriva del tamaño
de la burbuja especulativa que previamente se había formado en
los mercados financieros con el consentimiento, e incluso el apoyo,
de las principales entidades gestoras del sistema monetario internacional,
que han tenido que arbitrar después las ayudas e incentivos necesarios
para salvar la situación. Y acabábamos postulando que
ha sido la propia hegemonía política de las empresas transnacionales
y Estados beneficiarios del proceso de globalización financiera
la que ha venido cerrando la puerta a las regulaciones necesarias para
evitar la formación de tan desmesurada burbuja y asegurar así
la estabilidad financiera. Pues ese conglomerado de poderes empresariales
y estatales ha propiciado una esquizofrenia de políticas que
oscilan entre la desregulación (que alimenta el negocio del capitalismo
transnacional, pero también las crisis) y el intervencionismo
(que pretende paliarlas y socializar o exportar las pérdidas,
cuando las crisis se producen). En lo que sigue apoyaremos estas afirmaciones,
profundizado en las insuficiencias del marco institucional que alimentan
tal esquizofrenia de políticas, señalando -en passant-
las posibles alternativas.
Insuficiencias del presente marco institucional
Las empresas y países beneficiarios de la actual globalización
financiera se ven en el conflicto fáustico de desear, por una
parte, expandir al máximo el valor de los pasivos emitidos que
engrosan la burbuja financiera y, por otra, evitar los crecientes riesgos
que la caída de las cotizaciones comporta. Así como la
creación de "dinero bancario" reforzó el poder
y el riesgo de los bancos reclamando la regulación y, llegado
el caso, la intervención de los Bancos Centrales para asegurar
la estabilidad del sistema, la creación del "dinero financiero"
(11) nutre la actual burbuja especulativa y refuerza el poder y el riesgo
de las empresas transnacionales que son capaces de llevarla a cabo,
sin que los intereses en litigio, y la relativa novedad y escala de
los problemas, haya permitido todavía el establecimiento de un
marco institucional a la altura de las nuevas circunstancias.
En efecto, los organismos encargados de gestionar el actual sistema
monetario internacional han resultado incapaces de adoptar un marco
institucional coherente para asegurar la estabilidad financiera, siendo
la presente crisis un reflejo de esta carencia. Pues, como acabamos
de indicar, el excesivo tamaño que alcanzó la burbuja
financiera fue la principal causa de la presente crisis internacional,
que empezó a manifestarse año y medio antes del fatídico
11 de septiembre, sin que la motivara ningún otro acontecimiento
o noticia digno de mención.
El presente sistema monetario internacional evolucionó desde
los acuerdos de la Conferencia de Bretton Woods acaecida en 1944 en
la que, frente a la propuesta defendida por Keynes, en representación
del Reino Unido, de crear una nueva moneda internacional (el "bancor")
y un verdadero banco mundial emisor, los EEUU establecieron que esta
moneda fuera pura y simplemente el dólar, haciendo de ese país
el banco mundial que hasta ahora ha venido siendo. Como consecuencia
de estos acuerdos, se creó después el Fondo Monetario
Internacional (FMI) que, lejos de ser el banco emisor propuesto por
Keynes, se limitó a financiar operaciones de ajuste en los antiguos
países beligerantes para que se atuvieran al sistema de tipos
de cambio fijos que rigió durante la postguerra, contando para
ello con las cuotas de los países y los votos proporcionales
a ellas bajo la batuta de ese socio hegemónico que fue y sigue
siendo EE.UU.
La necesidad de otorgar al FMI financiación adicional para salvar
los eventuales problemas del sistema monetario internacional, se resolvió
con el Arreglo General de Préstamos (GAB(12)) acordado por algunos
países en 1962. Tras la desaparición del sistema de tipos
de cambio fijos en 1973, el FMI se dedicó sobre todo a intervenir
para gestionar la "crisis de la deuda" de los países
pobres que se desencadenó en los ochenta y, más tarde,
al ocasional salvamento de países en crisis. La magnitud de la
crisis de México, en 1995, y la importancia de sus posibles consecuencias
para los intereses del capitalismo transnacional (sobre todo estadounidense),
obligaron a establecer en ese mismo año un nuevo Arreglo General
sobre Préstamos para otorgar más medios de "salvamento"
al FMI.
La posterior "crisis asiática" y sus derivaciones dieron
lugar a nuevas operaciones de salvamento discrecional del FMI, condicionadas
a los intereses del capitalismo transnacional, sobre las que no podemos
detenernos. Llegamos así a la presente crisis, fruto de una creación
de liquidez internacional ajena al FMI, sin que paradójicamente
se haya establecido un verdadero "acuerdo" internacional para
la financiación de este organismo en sus cada vez más
habituales y cuantiosas operaciones de salvamento: una vez más
tuvieron que hacerse sobre la marcha determinados acuerdos concretos
con los gobiernos de los países más ricos para conseguir
que sus Bancos Centrales aportaran los medios necesarios para apoyar,
en este caso, al dólar y a la economía estadounidense.
Nos encontramos así con un FMI que, siendo incapaz de controlar
la creación de liquidez internacional realizada por entidades
privadas en beneficio de sus propios intereses expansivos, pide a los
Estados cada vez más liquidez para paliar las crisis que tal
comportamiento origina. Las protestas que se realizan contra el FMI
vienen a subrayar que este organismo cierra los ojos ante la expansión
de la burbuja financiera mundial, que alcanza cotas sin precedentes,
generando un riesgo y una polarización social también
sin precedentes, que afectan al conjunto de la sociedad que puede, como
nos recuerda una vez más la crisis actual, ver reducidos de pronto
sus empleos remunerados, sus ingresos, sus ahorros, …o sus pensiones.
El problema estriba en que cuando el actual marco institucional da rienda
suelta a la creación de liquidez a escala internacional (mediante
la creación de "dinero bancario" y de "dinero
financiero"), el FMI no tiene ni la liquidez, ni las competencias,
ni el respaldo político necesarios para controlar dicha creación.
Con un marco permisivo como el actual, a medida que aumentan tanto el
valor de los activos financieros, como la integración y el tamaño
de los mercados y de las entidades participantes, se acentúa
la gravedad de las crisis y se requieren mayores fondos de rescate para
combatirlas. Pero recordemos que el FMI no es un Banco Central internacional
y, a diferencia de los Bancos Centrales de los países, no puede
imprimir "dinero papel", ni controlar la creación de
"dinero bancario" ni, menos aún, la creación
de "dinero financiero", ni exigir que las empresas atiendan
a determinada disciplina dictada por éste, imponiendo para ello
multas, o clausurando las empresas que no cumplen las reglas del juego
estipuladas. Solo puede pedir nuevos "arreglos" para disponer
de fondos más masivos que los Estados otorgarán a regañadientes,
bajo presión, a medida que vean acercarse el fantasma de la crisis.
El Banco de Pagos Internacionales (BPI) tampoco ha podido ejercer una
función reguladora importante. Sus intentos de establecer normas
de obligado cumplimiento para las empresas que aseguren una mayor estabilidad
financiera, han sido hasta el momento poco exitosas. En efecto, esta
entidad encargada de velar por las reglas del juego del sistema monetario
internacional, se vio arrastrada por los acontecimientos. La gravedad
de dos quiebras bancarias ocurridas en 1974 (13), empujó al BPI
a promover en 1975 el primer Acuerdo14 de Basilea, en el que se especificaban
las responsabilidades en caso de quiebra: se acordó que el Banco
Central de cada país debería responsabilizarse del comportamiento
general de las entidades domiciliadas en el mismo, a la vez que se estableció
que sus operaciones en el extranjero serían responsabilidad de
los bancos centrales de los países de acogida, requiriéndose
el intercambio de información entre los países para prevenir
y resolver los conflictos.
Pero una vez más los hechos sobrepasaron los acuerdos. En 1982
entró en crisis el Banco Ambrosiano y, tal y como se había
estipulado, el Banco de Italia se hizo cargo de los deudores que dejó
al descubierto en Italia. Sin embargo no se responsabilizó de
la mayoría de las deudas impagadas del Banco Ambrosiano, que
correspondían a una empresa instrumental del grupo domiciliada
en Luxemburgo, país que carecía de Banco Central propio
al tener un acuerdo monetario con Bélgica, por lo que esta responsabilidad
escapaba al acuerdo. Más todavía escapó la quiebra
fraudulenta del Banco de Comercio y Crédito Internacional, que
operaba en Luxemburgo y, para colmo, estaba domiciliado en las Islas
Caimán.
Como es sabido, el proceso de globalización financiera en curso
promueve entramados de empresas transnacionales cada vez más
grandes y complejos que, además de verse sujetos a múltiples
jurisdicciones, utilizan nuevas técnicas para "transferir"
el riesgo o hacen operaciones "fuera de balance" que multiplican
los casos de indefinición jurídica de los problemas suscitados
dejando obsoleto el Acuerdo del 75: se vio que era difícil precisar
bien las responsabilidades si no se fijaban primero las normas admitidas
de comportamiento. El segundo Acuerdo de Basilea, de 1991, trata de
establecer esas normas, haciendo hincapié sobre todo en las exigencias
de capital de los bancos (15).
Los diez años transcurridos desde 1991 evidencian el fracaso
del mencionado intento de acordar y aplicar normas comunes de funcionamiento
financiero. El BPI no contó con el apoyo político requerido
para disponer de las competencias y los medios que hubieran sido necesarios
al menos para eliminar los "paraísos fiscales" y acordar
e imponer a escala mundial reglas contables adecuadas y estándares
mínimos de capital para la banca: sus ideas se quedaron al nivel
de simples sugerencias y se divulgaron en 1997 como 25 Principios esenciales
para la supervisión bancaria eficaz.
Aunque este acuerdo contribuyera en alguna medida, difícil de
cuantificar, a promover las mayores dotaciones de capital de los bancos,
la creciente complejidad del mundo financiero, con sus "innovaciones"
y "derivados" y con su mayor "difusión" de
riesgos, ayudó también a los bancos a acomodar, mediante
una ingeniería contable adecuada, los balances a las normas.
Pero, además, esta mayor complejidad hizo más opaca la
distribución de los riesgos de la banca, que se proyectaron hacia
los mercados de valores, las compañías de seguros e incluso
sobre otras empresas y particulares, dejando obsoleto el Acuerdo del
91. Actualmente el BPI prepara un nuevo Acuerdo (de Capital) de Basilea
más adecuado a la nueva situación que espera aprobarse
en el año 2004, a la vez que dedica una atención creciente
a los mercados de valores y a las compañías de seguros.
La crisis iniciada en el año 2000 dio más audiencia a
las recomendaciones del BPI favorables a la estabilidad financiera,
reforzando la cooperación del FMI y el Banco Mundial, y desató
una entropía de reuniones, foros y seminarios especializados
sobre el tema. El BPI cuenta con un Foro para la Estabilidad Financiera
que, a parte de fijar "prioridades" e identificar "vulnerabilidades"
financieras, está fomentando la utilización de los códigos
y normas ya acordados. Este Foro ha concluido, a estas alturas, que
el logro de la estabilidad financiera "demanda, al menos, cuatro
pasos: fijar una normativa, evaluar su grado de cumplimiento en cada
país, aplicarla, y actualizarla periódicamente a la luz
de la experiencia práctica", concluyendo en este punto que
"pese a los progresos realizados... aún queda mucho por
hacer" (16).
Sobre posibles alternativas
Una vez visto que en la era de la "globalización" financiera,
las dos entidades más vinculadas a la gestión y el diseño
del sistema monetario internacional no han podido establecer todavía
un marco institucional compatible con la estabilidad financiera, reflexionemos
sobre las posibles orientaciones de este marco. De lo anteriormente
expuesto se desprende que la desregulación actual propicia cada
vez mayores "burbujas financieras" (que tienden a explotar),
y es fuente de discrecionalidad a la hora de acometer las cada vez mayores
"operaciones de salvamento" (y de recaudar los fondos necesarios
para ellas).
Lo cual pone de manifiesto que el capitalismo hegemónico hace
un uso oportunista de las ideas liberales. Las utiliza para ampliar
sus negocios solicitando la libertad de explotación y la desregulación
financiera para crear "dinero financiero" con el que ampliar
sus actividades expansivas, así como la privatización
de las propiedades públicas para poder adquirirlas junto con
otras propiedades particulares. Pero ignora que el ejercicio de la libertad
se facilita con el establecimiento de reglas del juego aplicables para
todos, cuya inequívoca claridad permita a la vez reducir los
conflictos y las arbitrariedades (y desigualdades) en el modo de tratarlos.
Desde la Revolución Francesa se sabe que también el laissez
faire necesita normas. Por ejemplo, la implantación del Sistema
Métrico Decimal en la Francia postrevolucionaria de 1791, que
unificó y simplificó el enjambre de pesas y medidas existente,
facilitó el comercio y permitió suprimir en ese mismo
año los jurados especializados que tenían que dar fe de
la exactitud de las mediciones e intervenir en el sin número
de pleitos y reclamaciones relacionadas con el tema, jurados cuya impopularidad
fue fruto de su arbitrariedad comúnmente interesada.
Precisamente, para evitar el intervencionismo de los Bancos Centrales
y las crisis financieras, los teóricos del liberalismo económico
han venido defendiendo desde hace tiempo la conveniencia de exigir que
los bancos mantengan una reserva del 100 por 100 de los depósitos
a la vista, eliminando así la creación de "dinero
bancario" que actualmente se desarrolla utilizando el dinero de
estos depósitos. En efecto, como señala uno de los principales
introductores de estas ideas en nuestro país, "el verdadero
sistema de banca libre ha de venir ineludiblemente acompañado
por el restablecimiento del coeficiente de reserva del 100 por 100 de
las cantidades recibidas en forma de depósitos a la vista, y
cuya violación inicial es el origen de todos los problemas bancarios
y monetarios que han dado lugar al sistema bancario actual, fuertemente
intervenido y controlado por los Estados" (17) .
La radicalidad de estas ideas, defendidas desde antiguo por Mises, Hayek,
M.Friedman y otros portavoces del liberalismo más extremado,
resultan, paradójicamente, mucho más radicales que la
mayoría de las medidas que, como la Tasa Tobin, sugieren los
mal (18) llamados movimientos "antiglobalización".
Estas ideas entroncan con la propuesta de Simons (19) de establecer
"bancos limitados" (narrow banks) que garanticen esa reserva
del 100 por 100 o que realicen solo inversiones de gran seguridad, frente
al modelo imperante de banca con inversiones y riesgos poco definidos.
El problema estriba en que estas propuestas son escasamente conocidas.
El actual sistema de poder solo ha contribuido a divulgar hasta la saciedad
declaraciones y publicaciones de economistas liberales que sirven para
vender ciertos productos (desreguladores y privatizadores) que le interesan,
pero no otros que le incomodan. Este juego mediático ha desviado
las críticas de ese mal llamado movimiento "antiglobalización"
hacia los demonios del "neoliberalismo" salvaguardando así
al capitalismo de carne y hueso que los utiliza como señuelo.
La polémica liberalismo-intervencionismo distrae hoy la atención
de la verdadera encrucijada del sistema financiero internacional y de
la posible formulación de alternativas razonables, esterilizando
con ello los frutos de la protesta. Esta encrucijada muestra, por un
lado, que la masiva creación actual de "dinero financiero"
demanda de los Estados y los organismos internacionales un intervencionismo
mucho más potente del que reclamaba la creación de "dinero
bancario" para evitar que los daños de las crisis afecten
a los principales bastiones del capitalismo transnacional que, curiosamente,
utiliza la bandera liberal para seguir ampliando sus negocios. Y por
otro, que la única forma de evitar dicho intervensionismo (que
promueve la socialización de pérdidas y privatización
de beneficios a una escala también sin precedentes) pasaría
por limitar la creación, no ya de "dinero bancario",
sino sobre todo de "dinero financiero", reinventando a estos
dos niveles figuras como la de la "banca limitada" antes mencionada.
El abanico de opciones coherentes que se podrían plantear oscilaría
entre dos extremos. Uno más liberal, que partiera de reimplantar
el patrón oro para dar libertad de emisión y elección
de monedas vinculadas al mismo y de establecer reglas muy estrictas
que impidan o limiten drásticamente la creación de "dinero
bancario" y de "dinero financiero", para poder conciliar
la libertad de empresa con la estabilidad financiera sin necesidad de
organismos estatales o internacionales de intervención y salvamento.
Otro, que otorgue más posibilidades a la creación de "dinero
bancario" y de "dinero financiero", pero que cree un
verdadero Banco Mundial para controlar de forma neutra estas emisiones
y asegurar la solvencia del sistema en tiempos de crisis. Además,
junto a los extremos indicados existe una amplia gama de opciones intermedias.
Creo que cualquiera de estas soluciones, más o menos liberal
o intervencionista, sería mucho mejor que la actual para la mayoría
de la población. A mi modo de ver, el problema no estriba tanto
en buscar la solución óptima seguramente inexistente,
como en proponer soluciones que mantengan al menos un equilibrio coherente
entre regulación y medios reglados de intervención: a
más regulación se necesitarían menos medios de
intervención y viceversa. Es evidente que este equilibrio brilla
por su ausencia en el actual sistema financiero internacional: a la
desregulación le acompaña la carencia de medios reglados
de intervención, teniendo que abordarse cada crisis o problema
con medios acordados sobre la marcha, en función del poder y
las presiones existentes, dando cabida a una discrecionalidad cada vez
más interesada.
El mero hecho de que los "paraísos fiscales", donde
los capitales escapan a las reglas establecidas por los Estados y los
organismos financieros internacionales, gocen de buena salud es algo
tan vergonzoso como significativo: pone bien de manifiesto la supeditación
de los Estados y organismos internacionales a los intereses del capitalismo
transnacional.
Valga todo lo anterior para mostrar que si bien no resultaría
difícil diseñar marcos financieros internacionales más
coherentes y acordes con los intereses de la humanidad que el actualmente
vigente, este diseño no suele ocupar la reflexión de los
expertos, más entretenidos en trabajar con el statu quo que en
cambiarlo. Y es que los mecanismos que llevan al diseño y, mucho
más, a la implantación de un nuevo sistema van más
allá de la discusión y el convencimiento técnico.
Creo que los críticos del sistema actual deberían aunar
esfuerzos para pensar alternativas y promover una conferencia internacional
como la de Bretton Wood para replantear el sistema financiero mundial
sobre bases diferentes, con nuevas reglas del juego e instituciones
capaces de gestionarlo desde puntos de vista más elevados que
los del negocio de las corporaciones transnacionales y los intereses
de los actuales grupos y países beneficiarios. Tal convocatoria
exigirá contar con unos enfoques y una presión social
capaces de alterar el vínculo entre poder y dinero que ha generado
la presente situación. Insistimos en que plantearlo debe de ser
el primer paso para conseguirlo.-EcoPortal.net
Notas
(1) Entendiendo por patrimonio neto de una empresa la diferencia entre
el valor de sus activos y el de sus pasivos exigibles o deudas.
(2) Según datos de la Reserva Federal (Board of Governors of
Federal Reserve System (2000): Flow of Funds Accounts of United States).
(3) Vid. Brenner, R. (2001) "La expansión económica
y la burbuja bursátil", New Left Review (edición
en castellano), nº 6, p. 91. En España el valor de las acciones
de las empresas no financieras superó también al de su
patrimonio neto, pasando de representar el 68 % de su patrimonio neto
en 1995 al 115 % en 1999 (Vid. Naredo, J.M. y Carpintero, O. (2001)
El Balance Nacional de la economía española (1984-1999),
en prensa, Colección Estudios de la Fundación de las Cajas
de Ahorro Confederadas.
(4) Por ejemplo, la rentabilidad por dividendos de las acciones que
cotizan en la Bolsa de Madrid había caído desde el 8,5
% en 1985 al 5,6 % en 1990 y al 1,6 % en 1999 (Bolsa de Madrid (2001)
Informe de mercado 2000) como resultado de una política que busca
por encima de todo el aumento del valor bursátil de las empresas.
(5) BPI (2001) 71º Informe Anual, edición española,
p.121.
(6) Por ejemplo, las cotizaciones de la Bolsa de Madrid se muestran
hoy mucho más tributarias de la Bolsa de Nueva York de lo que
eran hace unos años. Si calculamos coeficiente de correlación,
que mide el grado de dependencia estadística entre dos variables
(oscilando desde 0 a 1 a medida que aumenta la dependencia), a los índices
de cotización de ambos mercados, tenemos que dobló su
valor en el último quinquenio, pasando de 0,4 en 1995 a 0,8 en
el año 2000.
(7) El déficit corriente de los EEUU pasó de suponer 217
mil millones de dólares en 1998 a 435 mil en el año 2000,
viéndose compensado en este año por una entrada neta de
inversiones directas y en cartera de 487 mil millones de dólares,
que permitió mantener la elevada cotización del dólar.
El hecho de considerar al dólar como moneda refugio en situaciones
de crisis reforzó, paradójicamente, la entrada de capitales
y, por ende, la cotización de esta moneda. El apoyo del Banco
Central Europeo, tras los acontecimientos del 11 de septiembre, jugó
también en el mismo sentido y en perjuicio del EURO que apenas
se vio beneficiado.
(8) Naredo, J.M., "Las mutaciones del mundo financiero", Le
Monde diplomatique (ed. española), nº 52, febrero 2000.
(9) Naredo, J.M., "Poder y dinero en la era de la globalización",
Le Monde diplomatique (ed. española), nº55, mayo 2000.
(10) En el último quinquenio de siglo XX las empresas españolas
participaron muy activamente en el proceso de "globalización"
de la propiedad en curso, pasando a ser compradoras netas del resto
del mundo, en vez de ser compradas en términos netos, como venía
ocurriendo hasta entonces. En 1999 España fue el quinto país
europeo en esta faceta, comprando empresas extranjeras por 23.072 millones
de $, cifra ésta que superó ampliamente a la de un país
comprador neto tan característico como Japón (que compró
en ese año empresas por 9.792 millones de $). El gran crecimiento
de la Bolsa de Madrid fue condición necesaria para que las empresas
españolas pudieran crear el "dinero financiero" que
les permitió pasar de ser "globalizadas" a ser "globalizadoras",
dirigiendo la mayor parte de estas compras hacia Europa y América
Latina: adquisiciones como las realizadas por Telefónica, Repsol,
Terra, Altadis y otras de menor dimensión pero abundantes en
1999 y 2000, supusieron notables ampliaciones de capital para canjear
las acciones de estas empresas por las de las empresas adquiridas.
(11) Véase Naredo, J.M., "Las mutaciones del mundo financiero",
Le Monde diplomatique (ed. española), nº 52, febrero 2000.
(12) General Arrangement to Borrow (GAB). Nótese que no pudo
llegar a ser un "acuerdo" (agreement) sino solo un "arreglo"
(arrangement) entre algunos países (sobre todo entre EE.UU. y
Francia) para conseguir esa posible financiación adicional.
(13) La del Franklin National Bank of New York y la del Bankhaus Herstatt,
que originaron situaciones de pánico y reclamaron operaciones
de rescate de miles de millones de dólares.
(14) Este Acuerdo, aunque se considera vinculante, no tiene el rango
de Tratado formalmente suscrito por los gobiernos de los países
implicados, por lo que suele ser calificado de Concordato (Véase,
Strange, S. (1999) Dinero loco. El descontrol del sistema financiero
global, Barcelona, Paidós, p.184).
(15) Recordemos que este Acuerdo se vio más impulsado por los
deseos de los bancos estadounidenses que por razones de interés
general: los bancos estadounidenses trataban de extender a sus competidores
las normas más exigentes de capital a las que tenían que
atenerse (Cfr. Ibidem. p. 186).
(16) BPI (2001) 71º Informe Anual (versión española),
p.181.
(17) Huerta de Soto, J. (1998) Dinero, crédito bancario y ciclos
económicos, Madrid, Unión Editorial, p. 627.
(18) Atribuir a la protesta "antisistema" la etiqueta de "antiglobalización"
es un despropósito manifiesto: hay una globalización de
los depredadores, pero también otra de los derechos humanos y
la solidaridad cantada desde antiguo por "La Internacional".
Ambas no caben en un mismo saco (Véase, Passet, R. (2001) Eloge
du mondialisme, pour un "anti" presumé, Paris, Payot).
(19) Simons, H.C. (1948) Economy Policy for a Free Society, Chicago,
Univ. of Chicago Press.