Argentina y el hambre
JAMES PETRAS
A comienzos y mediados de los años 90 las instituciones
financieras internacionales (el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial), las instituciones financieras regionales (El Banco de Desarrollo
Interamericano) y los países del 7-G (Norteamérica y Europa
Occidental) alabaron el programa de liberalización argentino
como un modelo económico para el Tercer Mundo(1). Entonces el
presidente Menem y su ministro de economía Cavallo prometieron
al pueblo argentino que pronto formarían parte del "Primer
Mundo".
Hoy Argentina se halla en estado de absoluta desintegración;
no solamente su economía atraviesa su quinto año de recesión/depresión,
sino que su sistema bancario ha colapsado, el índice de desempleo
se ha disparado y más de las mitad de la población vive
por debajo de la línea de pobreza. En este informe analizaremos
las políticas neoliberales impulsadas por las instituciones financieras
internacionales (IFIs) y el G-7 y aplicadas por los regímenes
Menem (De la Rúa y Duhalde) desde los años 90 hasta el
2002; a continuación, analizaremos críticamente los postulados
teóricos y los resultados prácticos que han llevado a
la situación actual (mediados del 2002). Nuestra tesis es que
esas políticas y las fuerzas socio-económicas que las
han implementado son la causa directa de la desintegración del
país. A fin de calibrar la profundidad y dimensiones de la desintegración
nacional argentina, estudiaremos tres series de indicadores:
1) colapso de la economía: estudiaremos la industria, las finanzas
y los servicios;
2) empobrecimiento masivo: analizaremos empleo, ingresos, sanidad y
alimentación;
3) fractura de la autoridad política y nivel de conflicto social.
A continuación, pasaremos a examinar los nexos causales que relacionan
las políticas neoliberales, las estructuras del poder estatal
y la subordinación internacional con la desintegración
de Argentina. La lógica de nuestra pesquisa nos llevará
a continuación a analizar las consecuencias de la desintegración
de Argentina en relación con:
1) sus antiguos patronos de las IFIs y del G-7,
2) las demandas actuales de sus benefactores externos y sus implicaciones,
3) las alternativas a la desintegración y subordinación
encarnadas en dos programas diferentes, el Plan Phoenix y el Plan Prometeo.
El hilo conductor de nuestro estudio estará
constituido por las siguientes hipótesis:
1) La economía argentina se encuentra en proceso de regresión
irreversible y constante que lleva a la desintegración de la
soberanía nacional, al desempleo masivo y a la depresión
económica.
2) La causa principal de la recesión se halla en las estructuras
neoliberales del poder y en políticas que han facilitado el saqueo
de la economía, la corrupción a escala masiva y una deuda
externa creciente que no halla correlato en el crecimiento de las fuerzas
productivas.
3) Las fracasadas políticas neoliberales, el saqueo económico
y la deuda externa exponencial hicieron de Argentina un país
inatractivo para inversores extranjeros y prestamistas oficiales que
procedieron a demandar mayores sacrificios al tiempo que en la práctica
rechazaban conceder más financiación para reflotar el
régimen y la economía.
4) Los Estados neoliberales fracasados como la Argentina se enfrentan
a tres alternativas:
a) convertirse en súbditos coloniales del neoimperialismo;
b) embarcarse en un proyecto neoestructuralista;
c) emprender transformaciones de corte revolucionario.
Estas son las hipótesis que guían nuestra investigación
y dirigen nuestra pesquisa sobre las causas que explican la situación
de los Estados neoliberales fallidos y sobre el tipo de acción
decidida que puede evitar su fracaso y reformar o revolucionar a naciones
que han caído presas de la trampa neoimperial.
COLAPSO ECONÓMICO Y EMPOBRECIMIENTO
MASIVO
Ningún país ha caído tan rápida y profundamente
en un estado de pobreza masiva ni ha experimentado un colapso económico
tan prolongado como la Argentina. Aunque la mayoría de los países
latinoamericanos han aplicado políticas neoliberales, ninguno
lo ha hecho de forma tan intensa y acelerada como Argentina. Además,
ningún país latinoamericano estaba tan avanzado desde
el punto de vista industrial y poseía una economía tan
diversificada como la Argentina(2). Por último, Argentina disfrutaba
del nivel de vida más alto de la región, la fuerza de
trabajo más especializada y cualificada y la dirigencia política
más determinada a seguir los preceptos de las IFIs y del G-7.
Argentina es un banco de pruebas de la eficacia y limitaciones de la
perspectiva neoliberal bajo condiciones óptimas: un Gobierno
complaciente, una infraestructura bien desarrollada, una fuerza de trabajo
cualificada, antiguos vínculos con los mercados mundiales y una
clase media significativa con tendencias consumistas compatibles con
los patrones culturales euroamericanos.
El resultado de 27 años de neoliberalismo nos proporciona una
adecuada referencia temporal para evaluar su impacto sobre la economía
y la sociedad y evitar desenlaces circunstanciales o coyunturales.
EMPOBRECIMIENTO MASIVO Y DESIGUALDADES CRECIENTES
El número de argentinos que viven por debajo del umbral de pobreza
ha aumentado de forma geométrica. Hace 10 años eran menos
del 15%, hace 2 años eran el 30% y en junio del 2002 el porcentaje
sobrepasaba el 50%(3). En Argentina, a fecha de junio del 2002, el régimen
de Duhalde reconoce que sobre 18,2 millones de argentinos el 51,4% vive
por debajo del umbral de pobreza. De esos, 7,7 millones son indigentes
de acuerdo al SIEMPRO (Sistema de Información, Monitoreo y Evaluación
de Programas Sociales), una institución oficial bajo jurisdicción
presidencial. La cifra de niños y adolescentes que viven en condiciones
de pobreza es casi la mitad de los 8,2 millones de pobres. La depauperación
está creciendo a un ritmo acelerado. Entre enero y mayo del 2002
el número de pobres creció en 3.8 millones de personas,
es decir, 762.000 al mes, es decir, 25.000 al día. Entre los
pobres, el índice de pobres indigentes está creciendo
de forma incluso más rápida que el índice general
de pobreza. Por ejemplo, en 1998 el 28,9% de los pobres eran indigentes;
en junio del 2002 la proporción de indigentes era del 42,6% de
la población de pobres. La masificación de la pobreza
extrema se manifiesta en los elevados índices de malnutrición
infantil (más del 58% de los niños están desnutridos
en Matanzas, un suburbio obrero de Buenos Aires). En el interior se
multiplican los informes acerca de niños que se desmayan en la
escuela por falta de alimentación. Más del 60% de los
recién nacidos en Misiones padecen anemia como consecuencia de
los recortes que el Gobierno ha efectuado en programas de alimentación
escolar para complacer las demandas del G-7 y del FMI.
Exceptuando al 10% de la población situada en la cúspide
de la pirámide social y a los capitalistas extranjeros, los ingresos
de todos los sectores obreros de la población y de los pensionistas
han experimentado un declive medio del 67% en términos de ingresos
mensuales. El descenso de los ingresos ha sido profundo, repentino e
ininterrumpido. En 1997 el Programa para el Desarrollo de las Naciones
Unidas (PDNU) calculó que la renta per cápita anual de
Argentina era de 8.950 dólares. En marzo del 2002 era de 3.197
dólares(4). Este descenso afecta a todas las regiones del país.
Si utilizamos como indicadores aproximados de "clase" las
diferentes regiones de la provincia de Buenos Aires podemos estimar
de forma aproximada el impacto social de la crisis. La capital Buenos
Aires, que podemos considerar como integrada básicamente por
la clase media, vio descender los ingresos medios desde 909 dólares
mensuales en diciembre del 2001 a 363 dólares en marzo del 2002.
En los suburbios obreros de la ciudad de Buenos Aires los ingresos cayeron
de 506 dólares a 202 dólares. En la provincia de Buenos
Aires los ingresos cayeron de 626 dólares a 250 dólares(5).
Si examinamos la estructura ocupacional, el mayor descenso se produce
entre los trabajadores del sector informal y entre los pensionistas.
En la capital los ingresos de los "informales" cayó
de $643 a $257; en los suburbios obreros descendió de $334 a
$134; en la provincia, de $394 a $158. Entre los pensionistas el descenso
fue igualmente devastador: de $437 a $175 en la capital; de $320 a $128
en los suburbios obreros y de $360 a $144 en la provincia(6)
La situación es mucho peor en el resto de las provincias, donde
los salarios son más bajos, el desempleo mayor y las demoras
en el pago de los salarios y pensiones alcanzan frecuentemente entre
los 3 y 6 meses.
Para la clase trabajadora y para la clase media la pérdida de
empleo formal significa un severo descenso de sus ingresos. Con el desempleo
duplicándose entre 1999-2002 (mayo) el número de indigentes
y pobres pertenecientes a la antigua clase media/trabajadora ha aumentado
de forma geométrica. Asalariados del sector privado de la capital
que ganaban $904 en diciembre del 2001, tres meses más tarde
(marzo del 2002), reducidos a la condición de subempleados, ganaban
$257 en el sector informal. Con un incremento de precios del 30% en
el mismo periodo, el poder adquisitivo real en diciembre del 2001 se
redujo aún más.El descenso de los ingresos de diferentes
categorías profesionales indica el descenso absoluto y relativo
de la clase media, su claro proceso de proletarización: empleados
de banca de la capital han visto cómo sus ingresos se reducían
cerca del 60%, de $1.081 a $432 al mes, y funcionarios de la capital
han experimentado una caída de $1144 a $458 mensuales(8). A fecha
de abril del 2002 los ingresos medios de la antigua clase media no alcanzan
a cubrir sus necesidades básicas de alquiler, alimentación,
transporte, educación y sanidad; de ahí la necesidad de
que todos los miembros de la unidad familiar recurran al pluriempleo
-algo prácticamente imposible. La movilidad descendente de la
clase media se hace evidente si comparamos su salario actual con el
que percibían los trabajadores asalariados con anterioridad a
la devaluación. Los salarios privados de los trabajadores suburbanos
antes de la devaluación eran de $550; los ingresos de la clase
media posteriores a la devaluación son solamente el 75% de los
antiguos salarios de la clase trabajadora.
Si tomamos la cifra de $400 como marca del umbral de pobreza y la de
$250 como marca de la línea de indigencia, hallamos que todas
las categorías profesionales de la clase trabajadora de los suburbios
del Gran Buenos Aires se encuentran situadas por debajo de la línea
de pobreza y que algunas categorías son indigentes. En la capital,
el 60% de los sectores laborales se hallan por debajo de la línea
de pobreza (autónomos, sector informal, trabajadores del sector
privado).
Los pensionistas que dependen fundamentalmente de sus pensiones son
indigentes en todos los sectores geográficos, como lo son también
todos los trabajadores desempleados (25%-30% de la población
laboral) que viven en los suburbios y en el Gran Buenos Aires. Incluso
si aceptamos que algunos trabajadores desempleados trabajan en el sector
informal, prácticamente todos ellos se hallan cercanos a, o por
debajo de, la línea de indigencia. El incremento masivo del desempleo
hasta el 25%- 30% a nivel nacional, hasta el 40%-60% en los suburbios
obreros y hasta índices aún superiores en algunas de las
antiguas ciudades industriales del interior, la movilidad descendente
y el empobrecimiento de la clase obrera y media -su precipitado declive
en términos de ingresos y condiciones de vida-recuerdan los peores
años de la depresión estadounidense de los años
treinta y de la Alemania de Weimar de los años veinte.
Simultáneamente, y en relación con el empobrecimiento
de la inmensa parte de las clases obrera y media, se produce la concentración
de riqueza en manos de la clase dirigente, de la alta clase media y
de capitalistas y banqueros extranjeros. En 1974 el 10% más rico
de la población acaparaba el 28% de los ingresos nacionales;
en 1992 algo más del 34% y en el 2001 más del 37%, mientras
que el 10% más pobre recibía el 2,2% en 1974 y en 1992
y el 1,3% en el 2001, antes de la devaluación y del dramático
aumento del desempleo(9). En 1974 el 10% más rico de los ricos
ingresaba 12 veces la cantidad ingresada por el 10% más pobre.
Si tomamos en cuenta el abultado y común maquillaje a la baja
de los ingresos declarados por las clases acaudaladas, el departamento
de estadística del Gobierno calcula que las desigualdades actuales
son mucho mayores: según su estimación, el 10% más
rico de la población gana 40 veces más que el 10% más
pobre(10)
El conjunto de las clases altas -la case dirigente más la clase
media alta-perciben el 53% del los ingresos declarados, y probablemente
la proporción real está más cerca del 60-65% anterior
a la devaluación. Dado que las clases altas pudieron retirar
sus fondos (de 30.000 a 40.000 millones de dólares) de los bancos
y sacar su dinero del país, evitando su confiscación (la
de diciembre del 2001), el porcentaje de riqueza en manos de las clases
altas es probablemente cercano al 80%. El impacto del neoliberalismo
ha tenido un profundo y doble efecto estructural: empobrecer a la clase
obrera y a la clase media y enriquecer a las clases altas. A mediados
de los años 90, el desigual crecimiento de los ingresos nacionales
basados en la entrada masiva de fondos especulativos, créditos
extranjeros y privatización de empresas públicas aumentaron
de forma artificial los ingresos medios. Sin embargo, cuando cesaron
esas inyecciones de capital a corto plazo los ingresos y el empleo cayeron
en picado para el 80% de los trabajadores asalariados y para los autónomos,
mientras que la movilidad del capital, la elevada liquidez y las fuentes
de ingresos diferentes de los salarios de los que disfrutaban los muy
ricos protegían su riqueza y condujeron a un extraordinario aumento
de las desigualdades.
Mientras que la depauperación y las diferencias en los ingresos
aumentaron con la recesión/depresión que arrancó
en 1998, la desastrosa caída de ingresos y de nivel de vida para
las clases medias (el 40% de la población de la capital) se produjo
al comenzar la depresión del 2001-2002, seguida por la confiscación/congelación
de cuentas bancarias de diciembre del 2001 y de la consiguiente devaluación
e inflación. Según estimaciones de expertos financieros,
a comienzos del 2001 los argentinos tenían 86.500 millones de
dólares depositados en bancos de titularidad mayoritariamente
extranjera y en su gran parte en dólares(11). Durante el año
2001, y especialmente a partir del período abril-noviembre, las
clases altas retiraron y sacaron del país 40.000 millones de
dólares. En diciembre el Gobierno congeló las cuentas
bancarias y después convirtió los fondos congelados en
pesos (al 1 de junio del 2002 el cambio se sitúa en 3,3-3,5 pesos
por dólar). En efecto, las cuentas se redujeron de 45.000 millones
de dólares a aproximadamente 13.000 millones de dólares
y continúan bajando ya que no existe indexación. El intento
del régimen para convertir el capital restante en bonos del Estado
amortizables en 10 años al 2% de interés devaluaría
aún más los ahorros, habida cuenta del índice de
inflación del 30% para el primer cuatrimestre del 2002. Esta
tentativa por parte del régimen para estafar a los argentinos
el resto de sus ahorros fue abortada por medio de manifestaciones masivas
realizadas por la clase media empobrecida -los cacerolazos que amenazaron
el Congreso y asaltaron las oficinas bancarias.
La desintegración social y la polarización tienen su raíz
en el colapso de la economía argentina y en la profunda y crónica
recesión industrial. Durante los tres primeros meses del 2002
la actividad industrial descendió en más del 18%(12).
La recesión industrial se aceleró entre abril del 2002
y marzo del 2002: de -2% en abril del 2001, a -4% en julio del 2001,
a -10% en septiembre, a -12% en noviembre y a -18% en marzo del 2002(13).
La producción de automóviles cayó un 55% en marzo
del 2002 comparada con el mismo periodo del año anterior, mientras
que la producción textil y manufacturera cayó un 48% con
respecto al año anterior. En el 2001 la industria descendió
un 10%(14). El número de cierres de factorías aumentó
a lo largo del período 1999-2002, alcanzando cotas sin precedentes
en el último trimestre del 2001 y en la primera mitad del 2002.
A principios del 2002 casi tres cuartas partes de los industriales predijeron
que la crisis empeoraría(15). El nivel de la capacidad industrial
no utilizada sobrepasaba el 50% en la mayoría de los sectores
económicos, incluyendo el sector del metal, del textil y de los
componentes de automoción.
El sistema financiero se encuentra al borde de la bancarrota, en parte
debido a las transferencias financieras a gran escala realizadas a la
casa madre por filiales de propiedad extranjera. La deuda externa creció
de 58.700 millones de dólares en 1990 a 139.900 millones de dólares
en 1998, mientras la fuga de capitales y el pago de intereses aumentó
en el mismo período a 115.000 millones y 81.700 millones de dólares(16).
En otras palabras, el crédito externo financió ampliamente
la fuga de capitales y parte del exuberante pago de deuda, dejando un
déficit neto de flujos de capital. Esto erosionó la capacidad
económica para sostener el crecimiento y condujo a la recesión,
a mayores recortes presupuestarios, los cuales a su vez convirtieron
la recesión en depresión. La retirada masiva de fondos
realizada por las élites extranjeras y nacionales -auxiliadas
y toleradas por los bancos extranjeros- provocó la confiscación
de los ahorros de millones de argentinos y el virtual colapso del sistema
financiero. A lo largo del período 1999-2001 los préstamos
del FMI solo sirvieron para pagar a bancos privados y a las IFIs, al
tiempo que exacerbaron el problema de la deuda, agudizaron la recesión
e hicieron descender el nivel de vida. Para conseguir créditos
a corto plazo Argentina estaba pagando el 16% sobre bonos del Tesoro
estadounidense hasta una fecha tan tardía como agosto del 2001(17).
Cuando finalmente se produjo el colapso, ni las IFIs ni el Banco Mundial
ni el G-7 estaban dispuestos a prestar más dinero, a menos que
el Gobierno central aboliera su Ley de Subversión Económica
(una ley cuyo objeto era perseguir las prácticas bancarias ilícitas),
suprimiera las monedas provinciales que estaban manteniendo a flote
las economías locales y despidiera a varios cientos de miles
de funcionarios de la sanidad, educación y otros servicios públicos.
La preocupación clave de las IFIs al rechazar la Ley de Subversión
Económica era que se trataba de un instrumento para perseguir
a los bancos del G-7 implicados en la transferencia ilegal de más
de 50.000 millones de dólares en el año 2001-2002 (en
junio del 2002 la ley fue retirada por presiones del FMI). Mientras
el FMI acusaba a los ahorristas argentinos de ser responsables de la
crisis financiera (por haber retirado sus ahorros presa del pánico),
existen datos sustanciales que demuestran que los bancos privados, en
su mayoría propiedad de extranjeros, ya habían consumado
una transferencia masiva de fondos al extranjero y no tenían
el menor deseo de recapitalizar los bancos(18). Por otro lado, el FMI/Banco
Mundial presionaron al Gobierno argentino para que se hiciera cargo
de las obligaciones de los bancos privados con respecto a sus depositarios
y emitiera bonos del Estado con diez años de garantía
en lugar de pagar directamente a los titulares de las cuentas de ahorro.
En ausencia de fondos y con la negativa de las casas matrices para recapitalizar
sus sucursales argentinas, los bancos privados extranjeros y nacionales
declararon hallarse al borde de la bancarrota en el momento en que los
titulares legítimos de la cuentas intentaron retirar sus ahorros.
La única medida capaz de impedir el colapso total fue la congelación
de las retiradas de fondos.
Resumiendo, el experimento neoliberal no sólo ha empobrecido
al 80% del pueblo argentino, no sólo ha arruinado sus industrias,
conducido a más de un cuarto de ellas a la bancarrota o a sus
aledaños y robado sus ahorros a sus clases medias, sino que ha
socavado los cimientos mismos de la economía capitalista. Aparte
del aumento de desigualdades descomunales, la economía neoliberal
ha conducido al saqueo de la economía mediante la transferencia
legal/ilegal al extranjero de decenas de miles de millones de dólares
que han sido sustraídos del circuito de la economía nacional
y colocados en inversiones en el extranjero, cuentas de ahorros, propiedades
inmobiliarias y bonos del tesoro. Para aquellos capitalistas con capital
fijo y limitados recursos de capital activo las políticas neoliberales
han tenido consecuencias desastrosas debido a los desorbitados tipos
de interés, a la desigual competencia derivada de la entrada
en el país de importaciones baratas exentas de aranceles y por
el colapso de la economía doméstica debido a los elevados
índices de desempleo y al descenso en picado de las condiciones
de vida de la clase media. El neoliberalismo es como "la cerda
que devora a su propia progenie".
CAUSAS DEL COLAPSO
La causa inmediata del colapso del capitalismo argentino ha sido el
papel jugado por los bancos extranjeros y las IFIs dirigidas por el
FMI en la tarea de vaciar el sistema financiero argentino. Las causas
a más largo plazo son los cambios estructurales regresivos (privatizaciones
/ SAP / apertura de mercados) y la casi criminal `desregularización'
de la economía, que causó no solamente el colapso de la
producción doméstica sino también el saqueo sistemático
de la economía y, más tarde, de millones de cuentas de
ahorro.
Los expertos económicos y otros apologetas de la élite
financiera arguyen que los causantes de la crisis bancaria fueron los
ahorristas, que retiraron sus depósitos y los sacaron del circuito
del sistema financiero(19) Mientras que las retiradas de fondos realizadas
por los ahorristas fue un factor que contribuyó a la crisis,
no fue sin embargo la causa principal o determinante que la desencadenó.
Durante el período que culminó en la crisis (febrero 2001-
noviembre 2001), los activos financieros (préstamos y otros créditos)
del sistema financiero argentino disminuyeron en 44.800 millones de
dólares, de los cuales 37.300 millones provenían del sector
privado (83,4%), de los cuales 26.500 millones de dólares (59,1%)
provenían de los diez principales bancos privados(20). En otras
palabras, en los meses que condujeron a la crisis, los diez principales
bancos sacaron aproximadamente 27.000 millones de dólares del
sistema financiero argentino. Esto es evidente si analizamos los activos
y pasivos de los bancos. "Otros créditos de intermediarios
financieros" en el capítulo de activos y "Otras obligaciones
de intermediarios financieros" en el capítulo de pasivos(21).
La existencia de estas categorías revela el hecho de que el sistema
financiero argentino operó en dos niveles: por un lado, existía
un sistema formal de depósitos y créditos y, por otro,
funcionaba un "sector informal" en el que las mega-cuentas
operaron sobre todo para lavar fondos y desarrollar todo tipo de actividades
especulativas en el sector financiero. Las "otras" categorías"
en febrero del 2001 representaban una cifra de 56.900 millones de dólares
en activos y 60.000 millones de dólares en obligaciones(22).
Para noviembre, el total de los "otros" descendió a
25.000 millones de dólares para los activos y 35.000 millones
para las obligaciones. Un análisis más detenido revela
que del descenso de 25.000 millones de dólares de activos más
del 74% tuvo lugar entre los diez bancos más importantes(23).
Los créditos del FMI a Argentina sirvieron para cubrir la creciente
sangría de recursos del sistema financiero causada por las élites
financieras, al tiempo que se imponían recortes más drásticos
en el gasto público y en las inversiones. El triple fenómeno
de creciente depresión económica, fuga de capitales y
creciente endeudamiento fue causado por la alianza de las IFIs, los
grandes financieros locales y extranjeros y los bancos extranjeros.
Los pequeños y medianos ahorristas argentinos fueron las víctimas
de una estafa financiera encubierta, no sus perpetradores, como pretenden
los expertos económicos. Su desesperado y tardío intento
de retirar sus ahorros fue una reacción a la estafa financiera
ejecutada por las élites financieras. La mayoría de los
pequeños y medianos ahorristas, sin embargo, no tuvieron éxito.
Los pasivos de los bancos después de la fuga de las grandes cuentas
y del agotamiento de los créditos externos sobrepasaba ampliamente
el montante de sus activos; con la crisis económica, muchos de
sus extraordinarios créditos eran delictivos y no había
forma humana para que las casas matrices inyectaran fondos para cubrir
la demanda de los ahorristas. El Gobierno intervino para "salvar
a los bancos" congelando efectivamente todos los depósitos
e impidiendo de esa forma que los impositores recuperaran sus ahorros.
El escandaloso sesgo clasista del plan de rescate financiero ideado
por el Gobierno provocó la cólera de las clases bajas
y medias. La ulterior devaluación del peso les robó de
hecho dos tercios del valor nominal de sus ahorros congelados y rebajó
sus ingresos, mientras que la clase media-alta y la clase dirigente,
que habían sacado su dinero del sistema financiero, vieron abaratados
los precios que afectaban a su nivel de vida, producción y consumo
en un 65%.El colapso financiero y la depresión económica
tienen su raíz en las políticas neoliberales y en el contexto
en el que fueron aplicadas. Sin embargo, más fundamentales aún
son la naturaleza y la estructura de las clases dirigentes y gobernantes
que impusieron el modelo neoliberal que ha destruido la economía
argentina. A diferencia de la mayoría del resto de los países
de América Latina, Argentina era un país altamente industrializado
que a mediados de la década de los 70 contaba con uno de los
más elevados porcentajes del mundo de fuerza laboral empleada
en el sector manufacturero. Aún a finales de la década
de los 80 Argentina era proporcionalmente el país más
industrializado de la región. Con una fuerza de trabajo altamente
especializada y relativamente mejor pagada que en el resto de América
Latina y con un sistema de cobertura social para los trabajadores sindicados
comparable al de Europa, existía en Argentina un sustancial mercado
interno. Argentina poseía algunos de los suelos cultivados más
ricos y extensos del mundo y un sector de agro-exportación muy
competitivo, así como multitud de fuentes de energía (petróleo,
gas natural, energía hidráulica). En una palabra, Argentina
poseía un mercado atractivo para los exportadores, recursos rentables
para los inversores y sustanciales depósitos bancarios para la
banca extranjera. La rápida y extensiva liberalización
de la economía produjo un efecto devastador sobre este país
fuertemente industrializado. La industria argentina sufrió por
un lado la presión de las importación de mercancías
baratas provenientes de áreas de bajos salarios (Asia) y, por
otro, del impacto de las importaciones a gran escala de las fuertemente
subsidiadas manufacturas de alta tecnología americanas y europeas.
El argumento liberal de que la "competencia" haría
que las empresas argentinas fueran más "eficientes"
era falso: pocas compañías argentinas tenían las
dimensiones necesarias para competir con las mayores multinacionales
estadounidenses y europeas y ni siquiera los trabajadores argentinos
peor pagados podían competir con los trabajadores chinos cuyo
salario es de un dólar al día. La rápida desaparición
de las barreras arancelarias impidió a su vez cualquier posibilidad
de preparse adecuadamente para afrontar la competencia y la ausencia
de reciprocidad en la reducción de subsidios y la eliminación
de los aranceles en los USA y Europa impidió a las empresas argentinas
competitivas conquistar mercados extranjeros.
La experiencia histórica y contemporánea de las políticas
de liberalización en los USA y en los países de la Unión
Europea demuestra que en esos países el proceso de liberalización
ha sido un proceso gradual de liberalización selectiva, al menos
en comparación con la experiencia argentina. La libre convertibilidad
no se aplicó en Europa hasta que las economías no se encarrilaron
en una senda de expansión constante, cosa que en algunos casos
no ocurrió hasta bien entrados los años 60. Barreras comerciales,
incluidas cuotas, tarifas y limitaciones no tradicionales (barreras
sanitarias, injustas reglas comerciales y antidumping) son aún
utilizadas de forma frecuente y extensa para proteger a sectores no
competitivos. Masivos subsidios públicos y déficits fiscales
son usados para promover exportaciones y estimular el crecimiento doméstico.
En Argentina las barreras comerciales se desmoronaron. La vinculación
del peso con el dólar limitaba las posibilidades de acometer
políticas monetarias expansivas orientadas a estimular la economía.
Se recortaron los subsidios y se antepuso el pago de la deuda a las
inversiones productivas. Se obtuvieron créditos mediante estrategias
privatizadoras que afectaron a sectores lucrativos de la economía,
socavando los ingresos públicos, aumentando los costes de producción
y, por consiguiente, erosionando la competitividad. La privatización
provocó severos recortes en el transporte que unía a las
diferentes economías provinciales, perjudicando sus transacciones
industriales y comerciales. Mientras que en economías basadas
en la exportación de minerales y materias primas como Chile la
liberalización abrió el país a la inversión
extranjera en los sectores de exportación consolidados que eran
competitivos y complementarios con la economía industrial capitalista,
en la economía argentina, mucho más desarrollada y diversificada,
la industria resultó perjudicada. La avalancha de importaciones
y el declive de las industrias nacionales provocó bancarrotas
y desempleo, la transformación de manufactureros en importadores
y comerciantes y, en las provincias, la inflación del sector
público como último recurso del patrono. Vastas sumas
de inversiones se desplazaron desde la arriesgada actividad productiva
hacia instrumentos financieros de elevada rentabilidad(24).
El régimen Menem dio la imagen de ser un "régimen
opulento" basado en créditos elevados y en un incremento
extraordinario de los ingresos derivados de la venta de bienes públicos.
La mayor parte de las entradas de capital incrementaron el consumo de
la clase alta y facilitaron le corrupción masiva de la totalidad
de la clase política y de su entorno de funcionarios, jueces,
aduaneros, policía y militares(25). Los banqueros internacionales
estaban dispuestos a conceder créditos porque los tipos de interés
eran entre 10 y 20 puntos superiores a los tipos europeos y estadounidenses
y la liquidez era sencilla debido a la convertibilidad libre y a que
la dolarización de facto de la economía garantizaba la
estabilidad monetaria. Así, cada paso del proceso de liberalización
iba debilitando los fundamentos de la economía: la economía
doméstica se retrajo, los empresarios huyeron a las aparentemente
lucrativas actividades financiero-especulativas, se disparó el
pago de la deuda, las transacciones de créditos a cambio de acuerdos
de privatización llegaron a su punto límite y se aceleró
la fuga de capitales a medida que las clases altas fueron sintiendo
que el edificio liberal estaba condenado al colapso y que en breve no
habría ni sistema productivo ni recursos monetarios para reconstruirlo.
Un factor decisivo para el colapso de la burbuja económica lo
constituyó la conducta de la gran burguesía argentina(26).
Cómodamente instalada en el régimen Menem, fue la beneficiaria
inicial del proceso de privatización y de los créditos
extranjeros(27). Fue también el grupo que dictó la política
económica. El principal punto de referencia del régimen
Menem para el desarrollo de la agenda liberal fueron las clases dominantes
argentinas que disponían de inversiones en el extranjero y que
estaban estrechamente ligadas a los bancos extranjeros a través
de inversiones conjuntas en bancos privatizados y de créditos
extranjeros que demandaban un peso fácilmente convertible a dólares.
La liberalización a ultranza permitió a esta burguesía
argentina "transnacional" adquirir bancos y empresas públicas
a precio de saldo y venderlas posteriormente al capital extranjero(28).
La desregularización bancaria abrió la vía a masivas
transferencias de fondos al exterior del país y al lavado de
ganancias ilícitas. Importaciones baratas, créditos fáciles
y masiva fuga de capitales fueron los tres conceptos sobre los que las
élites argentinas definieron el proceso de liberalización.
Por razones evidentes los países del G-7 y las IFIs se mostraron
entusiasmados: se hicieron con el control de bancos y depósitos,
de lucrativas redes de telecomunicaciones, de compañías
aéreas, industrias petrolíferas y numerosas otras empresas
públicas altamente rentables. Y animaron al régimen a
que avanzara a toda máquina con temeraria despreocupación.
Mientras que la economía doméstica se desmoronaba, especialmente
en las provincias, los gobiernos provinciales se endeudaron de forma
desmesurada, en parte para financiar la corrupta maquinaria política
que mantenía al Gobierno nacional y en parte para evitar revueltas
populares a nivel provincial. A diferencia de Corea del sur, China y
Japón, la corrupción a escala masiva no alcanzó
a engrasar las ruedas de la producción nacional: los sobornos
untaban las manos de quienes vendían lucrativas empresas públicas
a inversores extranjeros que absorbían los activos y reducían
la producción local a favor de la especulación a gran
escala. Se estableció una relación inversamente proporcional:
a medida que aumentaba la corrupción, declinaba la industria,
los ingresos fiscales se reducían y la competitividad se transformaba
en un slogan vacío.
La propiedad extranjera que los abogados de la liberalización
describían como una fuerza dinámica de crecimiento sostenido
resultó no serlo tanto. La experiencia argentina describe la
típica parábola viciosa: al aumento inicial de inversión
extranjera que animó al régimen Menem a embarcarse en
un proceso exuberante (o delirante) de privatización que causó
una entrada masiva de capitales --de cartera y directos- le siguió
un drástico declive a medida que los sectores lucrativos eran
acaparados, los trabajadores eran despedidos, los mercados locales se
contraían y la fuga de capitales a gran escala se ponía
en marcha. El resultado fue una efímera eclosión de crecimiento
a comienzos y mediados de los 90, seguida de declive y colapso. La secuencia
era enteramente predecible dado que los inversores extranjeros inicialmente
se aprovecharon de las ventas a precio de saldo de las empresas públicas
con beneficios casi garantizados (en mercados monopolizados) y con tipos
de interés desorbitados y, después, de forma silenciosa
pero rápida, retiraron sus fondos dejando a la economía
sin activos y con un futuro extremadamente incierto. Las IFIs actuaron
como maestros y discípulos de la parábola: condicionaron
la concesión de créditos públicos a una mayor liberalización
durante el periodo inicial para favorecer a los inversores extranjeros
y, más tarde, cuando la economía comenzó a decaer
y crecían las deudas y el descontento social, impusieron condiciones
aún más duras para continuar aportando financiación.
El proceso mismo de negociaciones entre el régimen y las IFIs
se modificó con el tiempo. Al principio, cuando muchos recursos,
mercados y oportunidades estaban a disposición de los inversores
extranjeros, las IFIs extendieron un cheque en blanco al régimen,
prestándole miles de millones de dólares y dando luz verde
a banqueros privados e inversores extranjeros para que con extraordinarios
beneficios explotaran el "mercado emergente". El resultado
fue la adquisición de más bancos lucrativos, más
empresas de telecomunicaciones y de petróleo por parte de bancos
españoles y multinacionales e inversores estadounidenses. Mientras
tanto, los inversores extranjeros se introdujeron en los sectores de
la agroindustria, del comercio (grandes superficies), de la propiedad
inmobiliaria y de la hostelería, en asociación con un
pequeño núcleo de la élite económica argentina
y con algunos sectores de la cleptocracia política encabezada
por la familia extensa Menem y su entorno político.
El primer efecto adverso fue el despido de empleados en el proceso de
preparación de las empresas públicas para su privatización.
El Estado despidió a cientos de miles de trabajadores de los
sectores de telefonía, ferrocarril y agua, asumiendo los costes
económicos y la responsabilidad de reprimir las protestas consiguientes.
Muchas ciudades del interior, como por ejemplo la ciudad petrolífera
de Neuquen, pasaron de ser prósperas ciudades a convertirse en
ciudades fantasma con índices de desempleo cercanos al 30-40%.
Las promesas de "empleo alternativo" nunca fueron cumplidas,
pues los funcionarios provinciales y municipales vinculados al Gobierno
central, o bien robaban directamente los fondos, o bien los utilizaban
para financiar sus maquinarias políticas fomentando la creación
de empleos "administrativos" improductivos.
El segundo efecto negativo fue la reducción de los servicios
y del transporte, lo que aisló a las regiones argentinas de los
mercados y proveedores regionales, nacionales e incluso internacionales.
Los balances de las compañías privatizadas se basaban
en beneficios empresariales, no en los rendimientos y rentas de la multitud
de industrias y granjas que dependían de las redes de electricidad,
energía, telecomunicaciones y transportes. De ese modo, mientras
que los balances de las compañías privadas en manos extranjeras
arrojaban saldos positivos, los resultados de las economías periféricas
aparecían en caracteres rojos y dependían de forma cada
vez mayor de subsidios del Gobierno central. Por otro lado, el coste
público de la infraestructura necesaria para mantener a flote
a las empresas privatizadas aumentaba, mientras que los ingresos a las
arcas del Estado disminuían debido a exenciones fiscales y subsidios
a gran escala. El resultado final fue el aumento del gasto público
y el intervencionismo para promover la privatización -mientras
los ingresos descendían-y la necesidad de mayores recortes en
gastos sociales y mayores préstamos de capital extranjero con
tasas de interés cada vez más elevadas dado que la deuda
externa se duplicó y los pagos de intereses aumentaron 2.5 veces
entre 1992-1998. La privatización privó a la Argentina
de aportaciones de bajo coste para la industria, hizo que subieran los
costes del transporte y sobrevaluó el peso haciendo que los productos
argentinos con alto valor añadido resultaran demasiado caros
para ser vendidos en los mercados internacionales e incluso en los nacionales.
La liberalización, lejos de aumentar la competitividad de la
industria argentina, la condujo por la pendiente de la bancarrota y
de la descapitalización de la investigación y el desarrollo
(I+D). El apoyo a la industria y a la innovación sufrió
un recorte drástico ya que la financiación pública
a centros universitarios y de investigación disminuyó
y los fondos privados se orientaron de forma cada vez mayor hacia el
inflado y altamente rentable sector financiero.
La unilateral reducción de barreras aduaneras llevada a cabo
por el Gobierno Menem debilitó a las empresas locales sin recompensar
adecuadamente a los productores eficientes, ya que el régimen
no supo garantizar acuerdos recíprocos con los USA y Europa para
que también estos países redujeran sus barreras comerciales.
El resultado final de todo esto fue que la Argentina compitió
con dos juegos de reglas diferentes: por un lado seguía los rígidos
preceptos del liberalismo en relación con su economía
y, por otro, aceptaba las flexibles reglas "liberal-proteccionistas"
que aplicaban la mayoría de sus socios comerciales.
La continuación y profundización de las políticas
de liberalización durante la década de los 90 -la bomba
de relojería a punto de estallar-se basó en las estructuras
del poder estatal. El régimen Menem era un régimen altamente
autoritario que ignoraba al Congreso o sobornaba a los legisladores,
que acaparaba los tribunales para asegurarse mayorías afectas,
que centralizaba el poder en funcionarios no electos y que organizaba
y generalmente financiaba a una poderosa maquinaria de partido que inhibía
el desarrollo de una oposición organizada y aislada en los vecindarios
más pobres --hasta que llegó el colapso de finales de
los 90. Además, el gangsterismo selectivo del partido estatal
organizado por las agencias de inteligencia logró silenciar por
medio de amenazas y, ocasionalmente, de asesinatos selectivos, a las
voces críticas que se expresaban a través de los medios
de comunicación.
La "centralización" de los poderes Legislativo y Ejecutivo
en la Presidencia -en su propia persona-y los métodos dictatoriales
utilizados por Menem para legislar (la mayoría de los bancos
e industrias fueron privatizados via decreto presidencial) facilitaron
la liberalización rápida y extensiva. La concentración
y centralización del capital argentino fue simultáneamente
causa y consecuencia de la liberalización y creció paralela
a la centralización del poder Ejecutivo. El punto de referencia
político y la perspectiva estratégica del régimen
Menem estaban profundamente influidos por los vínculos estructurales
con los grandes grupos económicos que emergieron durante la la
dictadura y después(29).
Mientras que la composición interna de los grandes grupos variaba,
externamente su política era consistentemente liberal y orientada
a ensanchar y profundizar sus lazos con las redes financieras europeas
y estadounidenses. Para el presidente Menem y su zar económico
Cavallo, estos grandes grupos económicos y sus circuitos internacionales
y asociados constituían la realidad económica: el objetivo
del Estado era velar por sus intereses, consolidar sus estructuras y
expandir sus oportunidades. La neoliberalización significaba
el desarrollo de políticas que facilitaran la adquisición
de empresas públicas por parte de los grandes grupos económicos,
la fácil transferencia de capitales al exterior, el acceso ventajoso
a créditos extranjeros y la socialización por parte del
Estado de las pérdidas privadas.
Bajo Menem el Estado se involucró en la tarea de financiar la
consolidación de los imperios económicos privados, más
que en financiar inversiones productivas mediante el apoyo a los empresarios
pequeños y medianos. Su liberalización comercial permitió
a los grandes grupos económicos centrar sus actividades en las
finanzas, la inmobiliaria y el comercio, descuidando las inversiones
para aumentar la productividad del sector manufacturero. El neoliberalismo
significó que el régimen se especializaba en vender recursos
públicos sin aumentar la producción ni la productividad.
A su vez, los grandes grupos económicos argentinos adquirieron
empresas públicas no para transformarlas en eficientes unidades
productivas o de servicios, sino para revenderlas con beneficios al
capital extranjero(30). El enorme influjo de capital estadounidense
y europeo cambió la configuración del Estado argentino:
pasó de ser un Estado liberal a ser un Estado neocolonial liberal,
donde el Estado, a falta de ingresos domésticos, dependía
cada vez más de los créditos extranjeros y de los ingresos
derivados de los ingresos por exportación generados por empresas
de titularidad extranjera.La transición de una economía
mixta a una economía liberal primero y neocolonial liberal después
acompañó el ascenso y caída de la "parábola
viciosa" de la economía argentina. Una secuencia que podría
ser descrita como una tragedia griega en la que el orgullo desmedido
de los protagonistas presagió el colapso final de una relación
viciada en su misma base. La analogía, sin embargo, es deficiente
en la medida en que los protagonistas -los Menems, los banqueros, las
IFIs-no son quienes al final sufren la ruina. La figuras trágicas
son la nación argentina y el 80% de su población.
Consecuencias: Desintegración, Abandono y Pobreza.
A medida que la economía argentina pasaba de la recesión
a una total depresión, a medida que la producción industrial
declinaba de un -6% en el último trimestre de 2001 a un -15%
en el primer trimestre de 2002 y a medida que el sistema financiero
se iba dirigiendo hacia un crash y se hizo evidente que la Argentina
no podría pagar la mayor parte de su deuda, las IFI, los bancos
extranjeros y los países del G-7 se niegan a concederle nuevos
préstamos sino en las condiciones más onerosas (31) En
diciembre de 2000, los bancos concedieron un paquete de $40 billones
bajo la dirección del FMI y en agosto de 2001 el FMI le concedió
al tambaleante régimen de De La Rúa un crédito
de emergencia de $8 billones, 5 billones de los cuales fueron a parar
al Banco Central Argentino y salieron del país a medida que la
clase media alta sacaba billones hacia el extranjero entre enero y noviembre.
Varios billones fueron destinados a la reestructuración de la
deuda, de hecho, para pagar a los dueños de bonos en el extranjero.
La asignación de fondos tampoco hizo nada para estimular la economía
local, para bajar las tasas de interés o prevenir retiros privados
de depósitos bancarios. De hecho, el préstamo del FMI
a la Argentina incrementó su deuda de $130 billones a casi $140
billones en 2001 sin hacer frente a los problemas estructurales fundamentales
-poniendo de esta manera en movimiento de colapso final en diciembre
de 2001.
La causa por la que los créditos fracasaron en "salvar"
a la economía argentina es que no estaban destinados a eso. Simplemente
aportaron fondos para ser reciclados en la economía para "salvar"
a las clases altas y a los grandes accionistas. Los grandes prestamistas
reconocían lo peligroso de las condiciones: la tasa de interés
distribuida entre papeles de la deuda del estado argentino y bonos del
Tesoro de los EEUU se elevó al 16.7% a fines de agosto de 2001.
En noviembre, los especuladores no estaban comprando bonos de la deuda
argentina a ningún precio, dado que el gobierno inevitablemente
iba rumbo al default (cesación de pagos de la deuda).
A medida que la economía argentina colapsaba, los prestamistas
extranjeros y sus filiales bancarias presionaban al régimen para
congelar los depósitos, amenazando con hacer colapsar el sistema
financiero y retirarse de la Argentina. El gobierno accedió.
Devaluó la moneda, reduciendo las obligaciones de los bancos
con respecto a sus depositarios de dólares. Los bancos y sus
gobiernos delegaron en el FMI para desempeñar un papel de protagonista
en las negociaciones para recuperar sus préstamos, aún
cuando la economía estaba sedienta de nuevos financiamientos
y de inversiones estatales y privadas.
Falto de todo recurso público, firma o banco rentable que generase
ingresos o ganancias gracias a las anteriores políticas privatizadoras
del así llamado "genio económico" del milagro
argentino, Domingo Cavallo, no recibió ningún salvavidas
de sus amigos en Wall Street. Lo que Cavallo erróneamente supuso
era su genio personal y su confianza ganada entre los banqueros del
mundo se convirtió en un espejismo: los bancos no estaban interesados
en sacar a flote una economía que habían comprado, saqueado
y que ahora estaban en proceso de descartar mientras se mudaban a otros
lugares más lucrativos del mundo. La fórmula secreta de
Cavallo es conocida para todo estafador financiero: cambiar bonos de
la deuda estatal vencidos hace tiempo y con altos intereses por otros
con tasas de interés aún más altas, un proceso
insostenible que estaba destinado a colapsar y que de hecho colapsó.
La respuesta del FMI al colapso se materializó en la misión
de dicha institución que viajó a la Argentina en abril
de 2002. Conducida por Anoop Singh, la misión dictó conferencias,
dio entrevistas y públicamente dictó políticas
para cada aspecto de la economía doméstica y las políticas
sociales de la Argentina. (32) En plena recesión, demandó
que la Argentina recortase sus gastos, que eliminase las monedas provinciales
y las deudas, que facilitase las adquisiciones de empresas por parte
de los acreedores liquidando a las empresas deudoras y aboliendo la
legislación bancaria que prevé sanciones para los bancos
extranjeros involucrados en movimientos ilegales de divisas. En otras
palabras, Singh demandó una política estatal de austeridad
orientada a asegurar un excedente estatal destinado a pagar las deudas
con los bancos extranjeros, al tiempo que brindando facilidades para
ampliar las transferencias de fondos al extranjero y facilitar las adquisiciones
por los bancos extranjeros de las empresas endeudadas. (33)
En términos político-económicos, esto se denomina
como pelar los huesos del esqueleto. Con la Argentina en una depresión
de gran envergadura, lo que menos necesita es balancear su presupuesto
y reducir el gasto público - especialmente con seis de cada diez
trabajadores en el paro en los suburbios pobres y tres de cada diez
a nivel nacional.
Pero Horst Kohler, el presidente del FMI, pensaba que a la Argentina
habría que exprimirla aún más: "La Argentina,"
dijo en abril de 2002, "debe tomar la píldora amarga para
salir de la crisis."(34)4 La "píldora amarga"
son más recortes en el gasto público y la eliminación
de más servicios y más desempleo. Como lo admitió
el mismo Kohler, por lo menos 450.000 empleados públicos deberían
ser despedidos por encima de un desempleo del 30%.(35) Esto elevaría
la tasa de desempleo a entre un 35 y un 40% -- una situación
catastrófica. A continuación, él procedió
a echarle las culpas a la víctima: "Los problemas que la
Argentina está sufriendo son de origen doméstico."(36)
Como si diez años de préstamos condicionados por el FMI,
misiones extranjeras, programas de ajuste e ideología liberal
no jugasen papel alguno en ocasionar la crisis.
El secretario del Tesoro de los EEUU Paul O'Neill puso su grano de arena
al lado del "apretón final" del FMI, refrendando el
salvataje económico del FMI a los banqueros y la adquisición
de los sectores restantes de la economía. Pero él demandó,
con un lenguaje típicamente eufemístico 'una solución
política'.(37) Pidió un régimen autoritario fuerte,
capaz de hacerle tragar por la fuerza a los argentinos empobrecidos
los despidos masivos, los cortes presupuestarios y la abolición
de las monedas locales. O'Neill cuestionó la "capacidad
de liderazgo" del gobierno de Duhalde.(38) Según una entrevista,
O'Neill dijo que el problema de la Argentina se reducía a una
sola cuestión: La de si el gobierno argentino sería capaz
de hacer lo que tiene que hacer, o sea, de implementar las políticas
del FMI.(39) Lo que O'Neill y otros en las IFI y el G-7 quieren decir
con 'voluntad política' es precisamente el pasarle por encima
a los intereses y a la supervivencia de 33 millones de argentinos, cargos
electos del Congreso, gobernadores y alcaldes, y obligarles a aceptar
más bancarrotas y desempleo - a empujarles más allá
de un nivel de pobreza del 53% para satisfacer a los inversionistas
y banqueros extranjeros.
La UE adoptó una línea igualmente dura hacia la Argentina.
Según el entonces ministro de economía francés
Laurent Fabius, "Las respuestas que el gobierno argentino nos ha
dado [en respuesta a las recetas de austeridad del FMI] no son satisfactorias."(40)
Probablemente, los comentarios más obscenos vinieron de Anne
Krueger, segundo al mando del FMI, designado por los EEUU y ex-catedrático
de Standford. En una entrevista para el Financial Times, afirmaba que
"las autoridades argentinas no son lo suficientemente realistas."(41)
Realismo, según Krueger, significa que en plena depresión,
se corte el gasto público, se bajen los niveles de vida y se
aumente el desempleo. El "realismo" al que se hace referencia
en el mundo del capital financiero y su voraz apetito por exprimir aún
más pagos de intereses de provincias, negocios y tesoros públicos
en bancarrota, por retirar aún más ahorros impunemente
de la Argentina.
El equipo de la Embajada de los EEUU en la Argentina fue aún
más lejos. El Agregado de Asuntos Políticos Michael Matera
afirmaba que la crisis de la Argentina se debía no sólo
a sus líderes políticos, sino a todo el pueblo argentino.
"El punto de vista de los economistas internacionales es incompatible
con la mentalidad nacional de los argentinos. Los argentinos tienen
una incapacidad colectiva para cambiar; son inmaduros y paranoicos."(42)
Hay algunas evidencias de que una razón adicional para la línea
dura de EEUU-UE-FMI es la cesación unilateral de pagos de parte
de Argentina sobre la deuda de $140 billones. Según un congresista
argentino, un funcionario del FMI le dijo que "Lo que nunca les
perdonaremos es que su gente del Congreso celebrase y aplaudiese luego
que (el ex-presidente por una semana) Adolfo Rodríguez Saa declarase
la cesación de pagos."(43) Desde esta perspectiva, la línea
dura tendría como sentido el advertir a cualquier otra nación
latinoamericana que contemple la cesación de pagos de la deuda
acerca de las duras consecuencias.
El régimen de Duhalde, atado estructuralmente al capital transnacional
financiero argentino, al sector agroexportador y al capital extranjero
sólo puede encontrar una solución a través de un
acuerdo con el FMI, el cual presumiblemente podría abrir un poco
las billeteras de los prestamistas privados, y conducir a una renegociación
de la deuda pendiente. La falta de disposición del gobierno de
Duhalde para desarrollar un plan alternativo, como lo demandan los economistas
disidentes argentinos, está basada en vínculos estructurales
a gran escala y a largo plazo con entre el régimen y la clase
dominante. Dado el total descrédito de esa clase dominante y
sus desastrosas políticas para el 80% de la población
argentina y la desintegración de la nación, y una oposición
masiva y activa, su autoridad política es virtualmente nula y
su capacidad de toma de decisiones se ve estrechamente limitada.
El trasfondo histórico de la secuencia de políticas del
G-7 y las IFI de finanzas- saqueo-abandono y su cambio hacia una posición
de línea dura está basada en dos consideraciones. Durante
los 14 años anteriores, el capital euroestadounidense consiguió
todo lo que quería de los gobiernos de Menem y De la Rúa.
En segundo lugar, las 'gangas' fáciles y lucrativas del pasado
ya no están disponibles, sólo una explotación intensiva
en lugar de una extensiva puede proveer ganancias en este momento histórico.
La historia anterior en la que el FMI dictaba las políticas y
el gobierno argentino obedecía ha condicionado a los dirigentes
a asumir un régimen de obediencia en lugar de uno de negociaciones
y reciprocidad. Los prestamistas extranjeros siempre han sido conscientes
del carácter venal de la clase política y dirigente argentina,
pero estaban dispuestos a seguir prestando dinero aunque fuese objeto
de la rapiña durante tanto tiempo como fuera posible, siempre
y cuando ellos a su vez pudiesen saquear la economía. Hoy, sin
embargo, con el saqueo ya completo, la elección es entre los
ingresos de los bancos o el despilfarro de los fondos para mantener
a las maquinarias electorales provinciales corruptas. Los acreedores
están demandando que la clase política recorte a los caudillos
provinciales y a sus sectores públicos inflados para hacer frente
a sus obligaciones con el extranjero. Si esto significa dar fuerza a
la oposición y minar el apoyo político del régimen,
entonces los banqueros insisten por todos los medios que se apliquen
poderes extraordinarios, que se muestre "decisión política"
- que se convierta al régimen en una dictadura autoritaria. Cómo
es que esta dirigencia podría gobernar - aún con un poder
dictatorial - dado el eventual empobrecimiento de tres cuartas partes
de la población es una pregunta que ni Krueger, O'Neill, Kohler,
Wolfenson hacen ni para la que tienen respuesta.
Sin embargo, las IFI y el G-7 sabe que Duhalde estructuralmente no tiene
alternativas para ver el mundo, excepto a través del refinanciamiento
a cargo de un grupo de banqueros dirigido por el FMI. Ellos saben que
él es un rehén y representante de toda la vida el capital
extranjero y de sus socios domésticos, y por lo tanto, presa
fácil de las presiones. La vulnerabilidad que ellos perciben
en el régimen da aliento a su enfoque de "línea dura".
El tercer factor que condiciona la respuesta de línea dura del
FMI y el G-7 es la radicalización cada vez mayor de la población
argentina y las protestas de masas y levantamientos populares casi diarios.
El "factor de riesgo" en la Argentina es extremadamente alto
a los ojos de los inversionistas. El miedo es el de que si Duhalde cae
o es derrocado podría resultar un régimen populista nacionalista
que renegase de todos los acuerdos previos. Paradójicamente,
si las demandas del FMI y del G-7 fuesen satisfechas, probablemente
darían pie a un gran levantamiento popular. Entre más
alto el FMI y el G-7 ponen la barrera para garantizar el financiamiento,
más dura será la caída del régimen que intente
saltarla. Implícita en la estrategia económica de línea
dura de las elites políticas y económicas de Washington
y Madrid está la idea de que el ejército argentino intervendría
para derrocar un régimen popular adverso. Sin embargo, un golpe
militar en el presente contexto tendría lugar en un vacío
político absoluto, desprovisto de todo apoyo político
y social.
El estilo y la sustancia de las relaciones de la Argentina con el G-7
hablan de un nuevo imperialismo:(44) el saqueo de la economía,
el crecimiento de profundas desigualdades, el estancamiento económico
seguido por una depresión profunda y duradera y el empobrecimiento
masivo de la población como consecuencia de la mayor concentración
de la riqueza en la historia argentina de los siglos XX y XXI. El nuevo
imperialismo funciona directamente a través del sistema interestatal
y de las instituciones financieras subsidiarias como el FMI para dictar
las políticas. La misión de abril del FMI, con sus pronunciamientos
públicos sobre todos y cada uno de los aspectos de la economía
argentina, los dictados descarados de la embajada de los EEUU y de los
ministros de economía del G-7 tienen un fuerte eco de las relaciones
coloniales del pasado. La sumisión ciega del régimen argentino,
su buena disposición para implementar esas políticas,
que deterioran profundamente los niveles de vida para satisfacer las
demandas imperiales, hablan a las altas y a las claras de un nuevo tipo
colonial de imperio. El Nuevo Colonialismo, sin embargo, impuesto sobre
un ex país industrializado con niveles de vida relativamente
altos para el Tercer Mundo, no sólo tiene que provocar mayores
desigualdades económicas, sino también una extrema polarización
política y social, lo que va totalmente en contra de los poderes
imperiales-coloniales y toda la clase política argentina.
Los Levantamientos Populares
En una gira por la provincia de Tucumán en abril de 2002, visitamos
las grandes villas miseria o barrios marginales y hablamos con la multitud
de pobres e indigentes: nos dijeron que entre 2001 y 2002, en sólo
un año, el número de niños que sufren de malnutrición
se incrementó seis veces. La combinación de despidos masivos,
inflación y los recortes de raciones de alimentos convirtió
a los pobres en indigentes, incapaces tan siquiera de satisfacer sus
necesidades alimenticias más básicas.
Una semana más tarde, cuando estábamos reunidos con un
delegado sindical del sindicato de trabajadores bancarios de Buenos
Aires, fuimos informados de que los bancos estaban planeando despidos
masivos. Un mes más tarde (el 19 de mayo de 2002), un periódico
cercano a la elite financiera, La Nación, publicó en un
reporte que los bancos estaban planeando despedir a dos terceras partes
de sus empleados, 80.000 de los 120.000 existentes, y reducir los sueldos
del resto de la plantilla.(45)
A principios de julio las calles se encontraban agitadas con manifestantes,
el crimen estaba fuera de control, profesores universitarios con tres
cátedras estaban ganando 200 dólares al mes, se bloqueaban
carreteras y los caceroleros jubilados y miembros de la clase media
empobrecidos se estaban reuniendo, no sólo para demandar el derrocamiento
del gobierno, sino de toda la clase política.
La profundización de la polarización política en
Argentina ha tomado una variedad de formas políticas y sociales:
un levantamiento popular que derrocó al régimen de De
la Rúa el 19 y 20 de diciembre de 2001; la rebelión permanente
en las provincias, las constantes movilizaciones de masas de los desempleados
(piqueteros) y las asambleas de gente de clase media y barrios de las
clases trabajadoras (caceroleros).
El 19 y 20 de diciembre de 2001, cientos de miles de argentinos salieron
a las calles a protestar contra la declaración del estado de
emergencia por parte del gobierno que prohibía las demostraciones
públicas, la confiscación de 40 billones de dólares
de los ahorristas, la recesión galopante y la tasa de desempleo
de un 23%.(46) El levantamiento que terminó por obligar al Presidente
De la Rúa a renunciar y a salir del Palacio Presidencial en un
helicóptero fue la culminación de una serie de bloqueos
masivos de carreteras de los piqueteros desempleados, caceroladas y
asambleas de los barrios, movilizaciones provinciales, así como
ataques a los gobernadores, alcaldes y funcionarios del gobierno. Mientras
que cada una de las acciones de masas en particular tiene su base social
específica, formas de acción directa y demandas priorizadas,
todas convergen en el rechazo al pago de la deuda externa, los programas
de austeridad del FMI y la confiscación de los ahorros.
El movimiento de masas de los trabajadores desempleados, como ya lo
he discutido en otras ocasiones en mayor detalle, (47) fue el detonante
del levantamiento del 19 y 20 de diciembre, aún cuando los desempleados
organizados no fuesen una fuerza decisiva en el día del derrocamiento
del presidente. El movimiento de los trabajadores desempleados (MTD)
se ha extendido geográficamente por toda la Argentina y ha escalado
su lucha durante los últimos seis años a medida que la
recesión se ha ido convirtiendo en una depresión y millones
de trabajadores fabriles antiguamente sindicalizados han venido siendo
despedidos y se han convertido en desempleados de 'larga duración.'
Los MTDs están organizados territorialmente - por barrio, municipio
y más recientemente, a nivel de varios municipios, en algunos
casos en organizaciones nacionales que compiten entre sí. Su
táctica principal es la de levantar barricadas en las principales
carreteras, bloqueando el transporte de bienes, servicios y trabajo,
y de las industrias, los bancos y otros sectores. Sus demandas invariablemente
incluyen trabajos financiados por el estado y comida. Por lo general
son autónomos con respecto a los principales sindicatos y partidos
políticos, aunque hay excepciones importantes. Los miembros del
MTD por lo general se reúnen en asambleas en sus barrios para
decidir acerca de las tácticas, las demandas y la distribución
de los empleos conseguidos en luchas exitosas. A principios de 2002,
más de 200.000 trabajadores desempleados estaban organizados,
aunque muchos más trabajadores y desempleados son los que participan
en sus bloqueos de tráfico y marchas. Los MTDs sacan su apoyo
de los sindicalistas de base, de dirigentes sindicales regionales, en
particular de los sindicatos de empleados públicos (ATE) y la
confederación disidente (CTA) y los partidos marxistas. Los MTDs
claramente ha sido la punta de lanza de la organización de la
oposición al régimen Desde junio de 2001 hasta junio de
2002, el número de bloqueos de carreteras ha aumentado aún
más, fundiéndose y combinándose con otras formas
de lucha, incluyendo las marchas masivas de los cacerolazos (marchas
de gente de la clase media que hacen sonar sus cacerolas), levantamientos
masivos urbanos (puebladas), asaltos de supermercados en búsqueda
de comida y el levantamiento nacional del 19 y 20 de diciembre de 2001
(en especial, el 20 de diciembre).
Varias lecciones teóricas emergen de un análisis del MTD.
Primero, la idea de que los desempleados, fuera de las fábricas,
no pueden organizarse porque están demasiado dispersos, fragmentados
y sin apoyo social es falsa. Los MTDs demuestran que su situación
social común, la dirección desde abajo con raíces
en trabajadores que antes habían estado organizados sindicalmente
a través de asambleas populares en estructuras horizontales puede
tener éxitos organizativos aún en plena depresión,
a pesar de la hostilidad y la indiferencia de toda la dirigencia político-partidaria
y sindical. El punto focal de la acción social colectiva se ha
movido de la fábrica a la calle, especialmente a medida que el
desempleo en los barrios de clase trabajadora ha alcanzado el 40-60%,
el subempleo, el 20-30% y el hambre afecta a más de un tercio
de los niños de familias de clase trabajadora.
La masa activista se ha "feminizado" en gran parte, dado que
en la mayoría de los casos las mujeres son cabezas de familia
y están a la cabeza de la organización de las barricadas
y de los sistemas de apoyo logístico (ollas populares a la orilla
de las carreteras). Las mujeres de familias de clase trabajadora aportan
al MTD la experiencia de dos décadas de organización vecinal,
primero a través de los planes de reforma vecinal de los diferentes
regímenes, y durante los últimos siete años, a
través de los militantes autónomos del MTD.(49) Los bloques
de rutas han evolucionado, de ser acciones esporádicas, casi
espontáneas, en actividades sistemáticas y organizadas,
coordinadas entre miles de desempleados. En 1998 hubieron 51 cortes
de rutas, 252 en 1999, 514 en 2000 y casi mil en 2001.(50) En 2002 los
cortes de rutas se combinaron a menudo con levantamientos generalizados,
particularmente en las provincias del interior, aunque también
en la región del Gran Buenos Aires. En enero de 2002, por ejemplo,
los cortes de rutas acompañaron a movilizaciones populares en
Córdoba, Santa Fe, el Chaco, Misiones, Santiago del Estero, Salta
y Formosa.(51) Las luchas combinadas incluían tanto las demandas
de los miembros del MTD como las de los otros sectores de manifestantes,
como el pago de salarios adeudados a los empleados públicos,
casas para la gente sin techo, el fin de la confiscación de los
ahorros y la distribución de alimentos. En algunos casos se saquearon
edificios municipales y supermercados, se asaltaron las mansiones de
los gobernadores y se ocuparon asambleas legislativas provinciales.
El saqueo de negocios minoristas puede ser diferenciado según
los organizadores y los objetivos perseguidos. (1) Aquellos organizados
por los jefes bajo la tutela del partido peronista (Justicialista),
particularmente antes del 19 y 20 de diciembre de 2001, para desestabilizar
la presidencia de De la Rúa, un dirigente del Partido Radical.
(2) Aquellos que se organizaron "espontáneamente" por
los indigentes y los pobres con hambre. (3) Aquellos que el MTD organizó
o amenazó con organizar como una medida de presión para
negociar con los supermercados para asegurar donaciones voluntarias.(52)
El grado de organización y el trabajo de los MTDs varía
grandemente a lo largo y ancho del país. El MTD en Matanza, bajo
la dirección de D'Elía, tiene 25.000 afiliados, organizados
por barrio en la municipalidad de Matanza, una ciudad de más
de un millón de habitantes. En Mosconi, Cutral-Co y Tartagal,
ex-ciudades petroleras, el MTD está dirigido por ex-trabajadores
petroleros, antes sindicalizados y bien pagados. En Mosconi, un impresionante
conjunto de talleres pequeños y micro empresas se ha establecido
en lugar de los planes estatales "cosméticos" que incluye
panaderías, herrerías, obras de construcción y
otras ramas de actividad.
Queda claro que los piqueteros no son sólo lo aparentan ser,
trabajadores desempleados que luchan por la justicia social. En particular
el Partido Peronista, ahora en el poder, ha usado los subsidios de trabajo
para intentar dividir al MTD, distribuyendo los formularios de solicitud
a través de sus jefes barriales y organizando bandas de malhechores
para romper las reuniones a nivel local. A esto se suma que jefes peronistas
locales han contratado desempleados para asaltar e intimidar las asambleas
populares en varios barrios, aunque rara vez se atrevan a intimidar
al MTD.
En algunos municipios, el MTD se ha estado expandiendo gradualmente
pero ha tenido problemas en la organización de la producción
a pequeña escala. En Solano, por ejemplo, la membresía
se ha duplicado hasta alcanzar más de 1.200 miembros en un año.(53)
Algunos proyectos, como una panadería local, construcciones,
herrerías y talleres de costura han tenido éxito, pero
los huertos caseros han fallado debido a las inundaciones frecuentes
y a la falta de experiencia agrícola. Asimismo, el MTD enfrenta
el problema de mantener la disciplina laboral, especialmente entre algunos
sectores de los jóvenes desempleados que son militantes en las
barricadas, pero que nunca han experimentado la puntualidad del reloj
y la prontitud a la hora de cumplir con las obligaciones laborales,
lo que causa roces y conflictos al interior de los colectivos.(54)
El MTD es una fuerza potente, aunque cada vez más dividida en
organizaciones sociopolíticas con conflictos y competencia entre
sí. El MTD en Matanza, conducido por D'Elía y otros bajo
la influencia de la CCC (coordinadores basados en la clase) colaboran
y negocian con el régimen de Duhalde. En lo táctico, han
diluido fuertemente el impacto de los cortes de ruta al permitir 'rutas
alternativas' en búsqueda de lo que llaman "alianzas policlasistas".
Estos tipos de grupos del MTD trabajan de cerca con la confederación
sindical disidente CTA en subordinar la confrontación a la negociación.
Ninguna de estas organizaciones participó en el levantamiento
de masas del 19 de diciembre y D'Elía se opuso a la participación
el día 20. Estos grupos del MTD son claramente reformistas.
Los grupos radicales del MTD están dispersos por todo el país
y en la región del Gran Buenos Aires. Incluyen a Aníbal
Verón, Almirante Brown, Teresa Rodríguez, Solano y muchos
otros, incluyendo a afiliados regionales de la CCC que han mantenido
el estilo militante y confrontativo de la acción social, el total
bloqueo de las vías de comunicación y su autonomía
de todas las confederaciones sindicales.
Sin embargo, los mismos grupos radicales del MTD están divididos
entre sí a lo largo de las líneas políticas, con
el Polo Obrero trotskista, el 'Tierra y Liberación' comunista
y otras formaciones que compiten por la hegemonía.(55) El resultado
es que el MTD radical, en el mejor de los casos sólo tiene alianzas
tácticas, mientras que se encuentran en conflicto más
bien a menudo, al punto tal de llevar a cabo negociaciones separadas
con el régimen.
A pesar del formidable crecimiento y poder alcanzado por los MTD, no
han alcanzado todo su potencial. Han tenido éxito en asegurar
la asistencia temporal de subsistencia, pero no han sido capaces de
convertirse en una fuerza para la transformación del sistema.
En parte esto es debido a las barreras impuestas por la burocracia sindical
colaboracionista y al conflicto entre los diferentes MTDs. Los MTDs
no tienen una dirigencia nacional aceptada y reconocida capaz de organizar
un plan nacional de lucha, el cual podría confluir con las asambleas
populares, con los levantamientos populares y los sindicatos disidentes,
particularmente con los empleados públicos. Cuando un levantamiento
popular de masas tuvo lugar en la capital, los MTDs no lo condujeron
ni aportaron a sus actores principales, a pesar de que en los años
previos de escalamiento de la acción directa crearon un clima
favorable.
El Levantamiento Popular del 19 y 20 de Diciembre de 2001
Las banderas rojas de la izquierda marxista, por lo general omnipresentes,
las centrales sindicales disidentes y los piqueteros estuvieron casi
completamente ausentes cuando decenas de miles de argentinos marcharon
a la Plaza de Mayo enfrente al Palacio Presidencial, la Casa Rosada,
la calurosa tarde del 19 de diciembre de 2001. Este fue el comienzo
de un levantamiento de dos días que terminó con el aborrecido
gobierno de De la Rua y su zar económico Cavallo, y que costó
las vidas de entre 30 y 40 manifestantes y miles de heridos y detenidos.
Lo que comenzó como una serie de caceroleadas en los barrios
pronto de volcó hacia las principales avenidas en una multitudinaria
protesta pacífica pero estridente. La gente de clase media miró
la verdad a la cara - sin ahorros ni acceso a sus cuentas bancarias,
muchos sin trabajo o a punto de perderlo, incapaces de pagar las hipotecas
de sus casas, las tarifas de los colegios y la salud, se veían
caer en la clase media y seguir de largo directo hacia la pobreza. Para
muchos de ellos esa fue su iniciación en la lucha política
callejera de masas. Habían creído fervientemente en las
promesas de Menem de que ingresarían al primer mundo; habían
gastado y habían pedido préstamos, visitaban las brillantes
boutiques de moda en los nuevos centros comerciales, ignoraban o eran
molestados por los bloqueos de tráfico de los desempleados. Sólo
los empleados públicos, la clase media de cuello blanco, que
le hacían frente a los recortes y, en las provincias, a los largos
retrasos en el pago de los salarios expresaban alguna solidaridad con
los movimientos de masas en ascenso. Entonces, la recesión se
asentó en 1999 y se profundizó en 2000, el desempleo comenzó
a afectar a los negocios de clase media y a la clientela de los psicólogos.
Los servicios se caían a pedazos.
Ya en 2001, la recesión se estaba convirtiendo en una depresión,
el financiamiento externo se estaba secando y, con la cesación
de pagos en el horizonte, sectores de la clase media-alta y alta comenzaron
a retirar sus fondos seguidos con retraso por la clase media y media-baja.
Por noviembre, cuando la economía estaba colapsando, la clase
media salió en carrera a retirar sus fondos, sólo para
descubrir que no les era permitido hacerlo, precisamente en el momento
en el que los dos principales partidos, la Corte Suprema y el régimen
bloqueaban sus cuentas. Obligados a confiar en su propia voz, se congregaron
agresivamente enfrente de los bancos, en especial de los extranjeros,
el Banco de Boston, el Citybank, el de Galicia, el de Escocia, tratando
de forzar las puertas, protestando con rabia y decepción, y expresando
su despertar político. Durante más de dos décadas
los bancos saquearon el país, sus recursos, su tesoro público,
a medida que las ganancias de los exorbitantes intereses llenaban sus
cajas fuertes, mientras que la clase media apoyaba al régimen
bipartidista (Radicales/Peronistas) que supervisaba el saqueo. Entonces,
le llegó el turno a los ahorros de la clase media. De la conformidad
complaciente a las estentóreas erupciones callejeras, la clase
media buscaba acceder a su dinero. Los bancos y el régimen se
convirtieron en blancos de su ira.(56)
Los vecinos iban a reuniones para hablar de su calvario, para expresar
su rabia y su solidaridad. De reuniones informales a nivel de barrio,
comenzaron a extender sus horizontes a calles más alejadas, hasta
las principales avenidas, donde habían visto marchar a los pobres,
a los piqueteros. Salieron a las calles y algunos se desquitaron la
rabia en los cajeros automáticos, también rompieron las
vidrieras de los bancos. Las calles se iban llenando, el ruido de las
cacerolas se iba haciendo más alto, y cada vez salían
a la calle más vecinos con sus cacerolas de los balcones de sus
apartamentos. El 19 de diciembre convergieron enfrente de la Casa Rosada,
ignorados por el presidente, confrontados por la policía montada,
involucrados en una manifestación ilegal. Las cifras de los asistentes
varían de 100.000 a 200.000, pero el hecho significativo fue
que la clase media estuvo enfrente al Palacio Presidencial pidiendo
la renuncia del Presidente. De hecho, pidiendo la renuncia o el derrocamiento
de toda la clase política (que se vayan todos). La policía
atacó con bastones, gas lacrimógeno y balas de plomo.
Varios manifestantes fueron asesinados, cientos fueron heridos, una
marcha pacífica de protesta se convirtió en una batalla
campal, a medida que los manifestantes de mayor edad huían, los
jóvenes respondían. Trabajadores mensajeros en sus motocicletas
les proveían de los informes logísticos y de inteligencia.
El centro de Buenos Aires estaba lleno de gas, un campo de batalla sangriento
con llantas ardiendo, lleno de combatientes callejeros tirando piedras
y milicos de gatillo alegre, reminiscentes de la Intifada palestina.
Sin ser ni totalmente espontáneos ni mínimamente organizados,
los días y semanas que siguieron a la confiscación de
los bancos, lo humillante de los oídos sordos de los voceros
públicos, los grotescos salarios y los beneficios extras de los
legisladores (12.000 dólares al mes más mordidas y coimas),
todo eso fue una enorme provocación que quebró el conformismo
consuetudinario y la complacencia, y sobre todo, la fe en el sistema
electoral y en la idea de un gobierno representativo.
En los barrios, las asambleas llenaban las plazas donde la falta de
confianza pública se puso en evidencia: las asambleas rechazaban
los dirigentes, las agendas arregladas, las etiquetas partidarias (hasta
las de la izquierda), todo debía de discutirse y someterse a
votación, pero a menudo era muy poco lo que se implementaba.(57)
La ausencia de la Izquierda en el primer día del levantamiento
(el 19 de diciembre) puede atribuirse a varios factores, tanto ideológicos
como organizativos.(58) La mayor parte de la izquierda operaba a partir
de un análisis clasista rígido del cual deducía
un determinado comportamiento político. La izquierda era en general
"obrerista", lo que no salía de las fábricas
era algo sospechoso. Esta rigidez adoptaba la siguiente lógica:
obrero fabril-sindicalización-partido revolucionario-huelga general-
revolución. Mientras tanto, los trabajadores sindicalizados se
convirtieron en una minoría, la mayoría de los trabajadores
eran sub- o desempleados y muchos de ellos estaban organizados en el
MTD. Tardíamente, la izquierda se volcó a organizar, movilizar
y fragmentar al MTD.
Análogamente, la izquierda perdió de vista la dinámica
de la movilidad de clase: la rápida movilidad descendente de
la clase media, su empobrecimiento y proletarización. Habiendo
perdido todos sus ahorros, a la clase media no le quedaba nada por perder
- profundamente alienada de sus tradicionales valores conservadores.
Estaban abiertos a un nuevo estilo democrático de política
callejera y formas directas de democracia de estilo asambleario.
La izquierda sólo se sumó al levantamiento en el segundo
día, el 20 de diciembre, y sólo los activistas, dado que
los dirigentes permanecieron en sus cuarteles generales dedicados a
la estrategia. El 20 de diciembre, importantes contingentes de sindicalistas
del sector público, piqueteros, activistas marxistas y decenas
de miles de miembros de la clase media radicalizada salieron a las calles.
Miles de jóvenes, de estudiantes de clase media baja hasta jóvenes
piqueteros desempleados se sumaron a la marcha y a los eventuales enfrentamientos
con la policía frente al Palacio Presidencial en Buenos Aires
y en otras grandes ciudades. La manifestación de la clase media
de movilidad social descendente fue el detonante de la arremetida masiva
y continuada contra el poder. Cuatro gobiernos entraron y salieron en
rápida sucesión durante los siguientes 14 días.
El levantamiento fue exitoso en varios puntos importantes. El régimen
de Saa declaró que la Argentina no cumpliría con el pago
de la deuda. El pueblo fue capaz de obligar la renuncia de cuatro presidentes.
El levantamiento deslegitimó a la clase política y al
poder judicial, exponiendo su venalidad y su carácter antinacional
y antipopular.
El levantamiento de masas del 19 y 20 de diciembre fue único
en términos históricos por una serie de razones: fue la
primera vez en la historia de la Argentina que un levantamiento popular
había derrocado a un líder elegido o dictatorial en bancarrota.
Fue la primera vez en la historia en la que la mayoría de los
argentinos confrontaron y rechazaron a toda la clase política.
El levantamiento y la solidaridad que le siguió condujeron a
la creación nuevas y creativas formas de representación
popular directa en la forma de asambleas barriales, y nuevas tácticas
de lucha, las manifestaciones de caceroladas que eran capaces de bloquear
las decisiones estatales que afectaban adversamente a la gente (tales
como el intento del régimen de Duhalde de convertir los ahorros
confiscados en bonos fijos recuperables a cinco años).
Luego de la selección de Duhalde como presidente a través
de una conspiración de jefes del partido peronista, gobernadores
y unas pocas promesas demagógicas, las dos centrales sindicales
oficialistas, la CGT y la CGT-Moyano respaldaron su régimen.
La vasta mayoría de la población se opuso desde el inicio,
y lo fue haciendo cada vez más a medida que pasaba el tiempo.
A seis meses de vida del régimen, su apoyo se ha diluido hasta
menos del 10% y ha enfrentado una nueva ola de cortes de rutas y huelgas
generales.
Las asambleas populares comenzaron a descansar cada vez más en
las comisiones de trabajo para implementar cambios de políticas
a medida que las sectas marxistas comenzaban a penetrar, debatir, discutir
acerca de las tácticas, los programas y toda la cháchara
partidaria, alienando a muchos y logrando reclutar a unos pocos.(59)
Hubo un retroceso temporal con respecto al clímax alcanzado en
diciembre de 2001.
El movimiento cacerolero ha demostrado su capacidad para vetar las nominaciones
y decretos presidenciales. Sin embargo, su falta de un enfoque claramente
político y su estructura organizativa difusa debilitaron su capacidad
de consolidar un poderoso movimiento nacional. La guerra interna entre
las sectas de izquierda minó el atractivo de las asambleas para
muchos participantes. A pesar de las debilidades que se iban poniendo
de manifiesto, la experiencia política y la sensación
de poder han mantenido a una corriente de opinión cada vez más
radical y creciente entre la clase media empobrecida. Los sondeos de
opinión acerca de los candidatos presidenciales afines de mayo
de 2002 favorecían a un marxista, Zamora, por encima de todos
y cada uno de los de los grandes partidos.
La Revuelta en las Provincias
El 17 de abril, los trabajadores portuarios de La Ensenada (Provincia
de Buenos Aires) tomaron por asalto la mansión del gobernador
demandando el pago de los salarios del mes anterior. A ellos se les
sumaron empleados públicos con su sindicato (ATE) y maestros
con su sindicato (SUTEBA). (60) Ese mismo día, miles de maestros
en huelga en Córdoba marchaban hacia el gobierno provincial,
al tiempo que miles de sindicalistas y piqueteros manifestaban en apoyo
a los desocupados que las oficinas del Ministerio del Trabajo demandando
trabajos públicos.(61) Por toda la provincia de Chubut, miles
de desempleados y sindicalistas marchaban en las principales ciudades
por trabajo y contra los recortes presupuestarios, mientras que en Catamarca,
los trabajadores se encontraban en el segundo día de una huelga
provincial en demanda del pago de sus salarios atrasados desde marzo.(62)
En San Juan, los empleados públicos tomaron el parlamento provincial,
enfrentándose con la policía, demandando sus salarios
atrasados. El 18 de abril, los empleados públicos y los desocupados
de las provincias de Chubut y Jujuy se enfrentaban a la policía
al tiempo que se abrían paso hacia el parlamento provincial.(63)
Entre los manifestantes había trabajadores bancarios, maestros,
empleados públicos que demandaban pagos atrasados mientras que
los desempleados pedían trabajo. En Jujuy, además de atacar
y parcialmente destruir la asamblea legislativa, saquearon un supermercado,
atacaron los cuarteles generales de los grandes partidos y las casas
de dos políticos del régimen.(64)
Las "provincias están en llamas" y el gobierno se está
armando. El Secretario de Seguridad del régimen le pidió
a la policía estatal (la Gendarmería) que diseñara
un programa de entrenamiento policial provincial para reprimir los conflictos
sociales y solicitó ayuda "técnica" internacional
(incluyendo armas y asesores). (65)
La rebelión en las provincias está profundamente enraizada
en las políticas liberales del último cuarto de siglo,
que han desindustrializado las economías provinciales. Hoy sólo
quedan unas pocas empacadoras de carne en la tercera ciudad de Argentina,
Rosario. Donde los padres estaban empleados como cortadores de carne,
sus hijos están desocupados. Su única experiencia de cortar
carne es la de algún viaje en un camión descubierto que
lleva ganado al mercado, la única carne en su dieta durante muchos
meses, si no en años.(66) La desindustrialización es un
resultado de la privatización, de la bajada de las barreras comerciales,
y de la entrada en masa de importaciones baratas, así como de
las barreras comerciales hacia la carne y los productos agrícolas
en Europa y los EEUU. El incremento en los costos de transporte y energía
y la falta de inversiones del gobierno para el mejoramiento de las industrias
y la promoción de nuevas empresas también han contribuido
a la desaparición de la industria.
Los despidos masivos y las altas tasas de desempleo que afectan al Buenos
Aires de fines de los 90s hasta el presente, comenzaron una década
antes en Rosario, Tucumán y otras ciudades del interior. El libre
mercado ha minado a los productores locales en las provincias, mientras
que los beneficiarios a corto plazo en Buenos Aires disfrutaban de bienes
de consumo importados baratos. Las industrias alimentaria, textil y
de bienes de consumo declinaron y el sector de agroexportación
sufrió de los subsidios y el proteccionismo de los productores
europeos de estadounidenses. Más aún, los enclaves exportadores
en las provincias (el petróleo, la minería, la agricultura)
hacían un uso intensivo de capital. Absorbían pocos trabajadores.
La privatización barrió con decenas de miles de puestos
de trabajo, particularmente en la industria petrolera, a medida que
los nuevos dueños extranjeros cerraban sus operaciones en las
provincias, convirtiendo los pocos enclaves en provincias como Neuquén
en centros de desempleo y estallidos sociales. La promesa del régimen
de crear empleos alternativos para los trabajadores desplazados por
las empresas privatizadas nunca se materializó.
El ingreso individual declinó a medida que se multiplicaban las
bancarrotas de los comercios. El comercio interprovincial declinó
debido a las reducciones en el transporte de las aerolíneas y
vías férreas privatizadas, mientras que los costos del
transporte por carreteras se elevaron debido al alza de los peajes por
parte de los dueños privados.
Los ingresos en el presupuesto de los gobiernos provinciales cayeron
estrepitosamente, mientras que sus costos fijos se elevaban debido a
la crisis social. Para cubrir el déficit cada vez mayor y evitar
estallidos sociales, los gobiernos provinciales recurrieron crecientemente
al financiamiento federal y a imprimir monedas locales. El sector público
provincial expandía sus servicios no-productivos al tiempo que
el sector productivo declinaba. El sector público se convirtió
en el empleador de primera y última instancia. Los partidos políticos
dominantes y los jefes partidarios provinciales se robaban decenas de
millones de pesos del gobierno local y regional, desviaban ganancias
de empresas provinciales y financiaban grandes maquinarias electorales,
perpetuándose en el poder por medio de trabajos para algunos,
al tiempo que arruinaban la economía y empobrecían a las
mayorías excluidas de los despojos del estado.
Las principales IFIs (Banco Mundial, FMI, BID) no se quejaban mientras
los jefes políticos corruptos respaldaban al Presidente Menem
y su agenda liberal al tiempo que imponían e implementaban el
proceso de privatizaciones en sus propias provincias. Vivir de las dádivas
del gobierno federal, que reforzaban las desigualdades sociales y regionales,
era una forma de contra-insurgencia. Cuando las rebeliones populares
se intensificaron, los gobernadores provinciales y legisladores corruptos
se aseguraban un préstamo o un paquete de ayuda del gobierno
federal para pagar salarios atrasados o crear puestos de trabajo ficticios.
Cuando la recesión y luego la depresión golpearon al país,
particularmente a Buenos Aires y al gobierno central, los fondos de
las provincias disminuyeron. Los gobernadores locales convertibles y
reconocidas sólo dentro de su jurisdicción, limitando
las transacciones interprovinciales, el transporte, la movilidad y los
viajes. Con el fin de los recursos públicos privatizables en
orden de asegurarse nuevos financiamientos de las IFIs, el gobierno
federal se vio obligado a aceptar drásticos recortes de la ayuda
a los gobiernos provinciales. Con el default, las IFIs demandaron que
el gobierno federal impusiera fuertes trabas fiscales sobre los gobiernos
provinciales ya casi en la bancarrota y la eliminación de las
monedas provinciales, provocando así despidos masivos, quiebras
y un enorme crecimiento de la pobreza.
Las provincias se rebelaron. Como lo notaba el Financial Times, "Con
niveles de pobreza que aumentan día a día y gobiernos
provinciales cortos de dinero, incapaces de pagar a los trabajadores
y ofreciendo limosnas a los pobres, hay temores de una nueva ola de
violencia."(67) Una semana después entraba en efecto una
masiva huelga general de 24 horas. El conflicto político de clases
se intensificó durante todo 2002. El resultado final de la lógica
de privatizaciones y liberalización de los mercados fue una rebelión
política generalizada que se extendía de provincia en
provincia, moviéndose hacia el centro de Buenos Aires y hasta
la sede del poder político y financiero.
Las rebeliones provinciales son muy similares a los levantamientos populares
en el sentido de que incorporan una amplia variedad de estratos sociales
en las mismas movilizaciones de masas: empleados públicos, maestros
de escuela, trabajadores desempleados, obreros industriales a los que
no se les ha pagado el sueldo. La línea clara y definida entre
los sindicatos conducidos burocráticamente, las asambleas populares
y el MTD (trabajadores desempleados) que opera en la capital, se desdibuja
en las provincias. Allí, por lo general, los sindicatos de la
ATE y de los maestros se involucran en acciones conjuntas con los trabajadores
desempleados apoyando las demandas de pagos atrasados. La distancia
social entre los dirigentes y los miembros de base de las centrales
sindicales de las provincias se ha acortado. Muchas familias tienen
miembros que son empleados del estado y otros que son desempleados.
La lucha de clases es principalmente contra el estado, el estado neoliberal,
a pesar de las demandas de alternativas son difusas. Muchas rebeliones
han terminado con el retorno del patronazgo estatal, pagando unos salarios
atrasados por aquí y creando unos pocos empleos por allá.
Sin embargo, ya en 2002 la capacidad del "patronazgo estatal"
de terminar temporalmente con las rebeliones es extremadamente limitada,
justo al tiempo que el ingreso cae y el desempleo llega al 30-40% en
las ciudades y al 60-70% en las villas.
El resultado de esto fueron las "puebladas" - levantamientos
de ciudades enteras que se rebelan, tomando edificios públicos,
bloqueando carreteras y tomando legisladores como rehenes. El ciclo
de acción radical seguido por la elección de políticos
conservadores está cambiando. El período de movilizaciones
populares se está extendiendo y los niveles de acción
se están intensificando al tiempo que los políticos electorales,
despropósitos de patronos, están totalmente desacreditados.
La acción colectiva en las calles es más representativa
de los intereses y actitudes de la gente que los gobernadores y legisladores
en funciones. Las puebladas crean una especie de "poder dual"
en funciones que, sin embargo, no ha encontrado la forma de institucionalizarse.
La crisis cada vez más profunda ha homogeneizado a vastos sectores
de la población: los profesionales han visto caer su ingreso
en dos tercios, los empleados públicos no han recibido sus salarios
desde hace meses (salarios reducidos en un 70%), y sus ahorros han sido
confiscados. Las puebladas son una clara expresión de la creciente
homogeneización de las clases sociales, de su situación
social común. La acción conjunta y la solidaridad entre
empleados, profesionales y desempleados personifican este declive de
las distinciones socioeconómicas.
Aunque las rebeliones sociales se hacen cada vez más frecuentes,
intensas e incluyentes, y aún cuando tienen lugar en al mismo
tiempo, no están coordinadas y no tienen una dirigencia interprovincial
generalmente aceptada, ni un programa económico alternativo.
La táctica es "ofensiva", las demandas son "defensivas".
Sólo en unas pocas instancias la clase obrera ha tomado la iniciativa
o creado patrones alternativos de propiedad y de relaciones sociales.
Las Tomas de los Trabajadores: Brukmann y Zanón
El poderoso movimiento piquetero de los desempleados, las tan extendidas
asambleas barriales, el levantamiento del 19 y el 20 de diciembre de
2001 y la huelga general del 29 de mayo de 2002 apuntan hacia una oposición
masiva a los regímenes neoliberales, sus políticas y sus
dirigentes. Lo que es igualmente importante, esas acciones colectivas
de masas demandan cambios profundos en la política económica
nacional e internacional y en las relaciones con los bancos extranjeros,
las IFIs, Washington y el G-7. No ha habido una definición clara
de una alternativa político-económica radical a nivel
nacional. Sin embargo, a nivel local dos ejemplos indican la alternativa
revolucionaria - una transformación de la propiedad y las relaciones
sociales: las ocupaciones y puesta en operación de varias fábricas
por los trabajadores. Las más conocidas de estas ocupaciones
tuvieron lugar en Neuquén, en la planta de cerámica Zanón,
y en Buenos Aires, en la fábrica de textiles Brukmann. Esas dos
fábricas bajo control de los trabajadores apuntan hacia una alternativa
a los cierres de fábricas, los planes cosméticos de trabajo
del estado y las ollas populares.
Durante la primera mitad del año 2002, los cierres de plantas
se multiplicaron y los despidos de trabajadores se aceleraron: en enero,
1000 trabajadores al día; en febrero, 2000 al día; en
marzo, más de 65.000 estaban en la calle.(68) Varias fábricas
amenazadas por cierres, fueron ocupadas por los trabajadores para evitar
más despidos y la venta de la maquinaria. Los propietarios, con
la ayuda de burócratas sindicales colaboracionistas, procedieron
a obtener órdenes legales de evacuación de los locales
y enviaron a la policía para desalojar a los trabajadores. Las
ocupaciones de los trabajadores siguieron una secuencia específica.(69)
Primero, los trabajadores en las fábricas votaron para reemplazar
a los delegados de fábrica en deuda con la burocracia sindical,
con representantes combativos electos que respondían ante las
asambleas de fábrica. Luego, procedieron a destituir por medio
de votaciones a los cargos ocupados por los colaboradores en el sindicato
local. Con una nueva dirigencia y las decisiones en manos de las asambleas
de fábrica, los trabajadores votaron a favor de hacer resistencia
contra los cierres de las plantas, ocupando y operando ellos mismos
las fábricas. Las fábricas operadas por los trabajadores
y los nuevos sindicatos se aseguraron el poyo de las asambleas populares
en la ciudad, de activistas sindicales a nivel local, de estudiantes
universitarios, sobre todo, del MTD. Enfrentados con amenazas de desalojo,
las asambleas sindicales llamaron a sus aliados en las asambleas barriales
y en el MTD para hacerle frente a la policía. Enfrentados con
una resistencia masiva de un amplio y decidió espectro de organizaciones,
la policía se tuvo que retirar.
Las fábricas operadas por los trabajadores se han asegurado el
apoyo técnico de las universidades y el personal administrativo
de las propias fábricas. Pero la principal innovación
organizativa ha sido el establecimiento de comisiones encargadas de
los insumos y de las ventas, la salud y la solidaridad, así como
otras áreas a medida que van surgiendo nuevos retos. En la fábrica
de cerámicas Zanón, los antiguos dueños presionaron
a los proveedores para que recortasen la venta de insumos, reduciendo
así la producción de un 80 a un 25% entre febrero y marzo
de 2002.(70) Desde entonces, la comisión de los trabajadores
se ha movido para restablecer las redes de abastecimiento.
Los trabajadores de Zanón y Brukmann no ven la ocupación
de fábricas aisladas como la solución, dada la crisis
general, así como el alto nivel de desempleo. Ellos apoyan una
ofensiva generalizada de los trabajadores para ocupar las fábricas
y demandar la propiedad pública bajo el control de los trabajadores,
o sea el socialismo. Las experiencias de Brukmann y Zanón han
recibido la atención nacional y se han convertido en puntos de
referencia para otros trabajadores que enfrentan cierres de fábricas.
Pero el primer paso hacia cualquier transformación social reside
en el establecimiento de representantes de fábrica y dirigentes
sindicales democráticamente electos a base de asambleas que respondan
a las asambleas de fábrica. En todas las luchas para impedir
los cierres de fábricas, las confederaciones sindicales nacionales
y sus representantes locales han sido los grandes obstáculos
para las ocupaciones. Los ejemplos de Zanón y Brukmann indican
que la destitución de las actuales elites burocráticas
es el primer paso en la confrontación exitosa con los dueños
de las fábricas y el estado. Las ocupaciones de fábricas
son vistas por la nueva dirigencia democrática como el primer
paso hacia una transformación nacional, de ahí su apoyo
a la demanda del MTD "por un empleo de verdad" por unos salarios
de los que se pueda vivir en actividades productivas socialmente necesarias
(construyendo escuelas, hospitales, viviendas de bajo costo, artículos
de consumo popular). Las fábricas bajo control de los trabajadores
están basadas en la organización clasista en el lugar
de trabajo de y por los mismos trabajadores; el éxito de su perspectiva
de lucha de clases se encuentra en agudo contraste con el enfoque colaboracionista
de los burócratas a nivel nacional que han fracasado en contener
los despidos masivos y que han entrado en acuerdos implícitos
y explícitos con el régimen con la esperanza de asegurarse
puestos de trabajo cosméticos para los desempleados, o simplemente
para mantener sus salarios e incentivos.
Aunque el alcance del movimiento de tomas de fábricas por los
trabajadores sea limitado y pequeño en número de participantes
en comparación con otras formas de movilización de masas,
ciertamente es el más significativo en lo que respecta a una
poderosa alternativa de sistema social, y una alternativa democrática
al sistema electoral elitista y corrupto que ha llevado a la Argentina
por el camino de la desintegración.
Alternativas: Plan Fénix o Plan Prometeo
A la luz del colapso total y completo del modelo neoliberal argentino
han emergido varios modelos de desarrollo alternativo. Uno de ellos,
el Plan Fénix (PF), propuesto por 100 economistas y cientistas
políticos, es el que ha circulado más ampliamente y de
mayor influencia en círculos intelectuales.(71) El otro, que
podemos llamar Plan Prometeo, está articulado al interior de
las organizaciones democráticas revolucionarias emergentes.
El PF es tanto un diagnóstico crítico de las políticas
neoliberales y una prescripción de cambio y desarrollo. El diagnóstico
crítico cubre un amplio espectro de áreas de política
económica, desde políticas fiscales, de gasto público,
ALCA y MERCOSUR, hasta las privatizaciones y las políticas tecnológicas.(72)
Mientras que la mayoría de los analistas son críticos
hacia las políticas neoliberales, algunos lo son más que
otros. Azpiazu y Basualdo, por ejemplo, son más críticos
hacia las estructuras de poder que Katz y Stumpo, que son liberales
bastante ortodoxos.(73) Las virtudes principales del PF se encuentran
en su crítica de la total desregulación de la economía,
la apertura indiscriminada al mercado mundial, la reducción unilateral
y radical de las barreras tarifarias (sin reciprocidad), la pérdida
de control sobre la política monetaria a través de la
dolarización de facto, el desmantelamiento del estado como instrumento
de la política económica, la gran concentración
del poder económico y la falta de transparencia en la privatización
de las empresas públicas. El rechazo por parte del PF de los
argumentos de los ideólogos de la globalización de que
el estado- nación ya no es un instrumento viable para la definición
de políticas es parte de un nuevo proyecto para revitalizar el
rol del estado en la búsqueda de una política industrial
que priorice el desarrollo del mercado interno y de la competitividad
a nivel internacional.(74)
En el área de reformas, el PF se concentra en asegurar reducciones
en los pagos de la deuda a través de una moratoria o una reducción
de los mismos - el documento es contradictorio. En todo caso, sus moderadas
propuestas han sido sobrepasadas por los eventos ulteriores, dado que
tres meses después de la publicación del PF el gobierno
entró en default. El PF favorece un incremento de los impuestos
a los ricos, los grupos financieros y otros sectores "no-productivos",
y la eliminación de los subsidios para las clases privilegiadas.
Los ingresos así obtenidos serían canalizados hacia las
inversiones generadoras de empleo en áreas socialmente útiles
(escuelas, viviendas de bajo costo, centros de cuidado infantil), así
como en programas de capacitación para los trabajadores. La premisa
básica del documento del PF es que una coalición de partidos
políticos, sectores privados productivos, y la sociedad civil
serían las bases políticas para un nuevo régimen
regulador.(75) El estado dirigiría al capital financiero para
financiar el capitalismo productivo, al capital financiero para reinvertir
sus ganancias en la economía nacional, y al capital productivo
para invertir capital en actividades socialmente útiles. La prioridad
del PF sería la de desarrollar un plan nacional de desarrollo
para reactivar la economía, fijar prioridades sociales, proteger
selectivamente a los productores locales, buscar fuentes de financiamiento
doméstico y luego negociar con las IFIs, incluyendo al FMI.(76)
El énfasis estaría concentrado en la transformación
interna y en el rol del estado nacional, no en acuerdos externos con
las IFIs.
El PF propone "reprogramar los pagos de la deuda" para asegurar
un "período de gracia" a través de la negociación
con las IFIs y asegurar créditos del G-7 para desarrollar un
estado de bienestar, basado en una economía privada regulada
por el estado. Citando ejemplos de Europa Occidental en los 60s e inicios
de los 70s, el PF creía que el estado de bienestar y el capitalismo
eran compatibles. La coalición para llevar adelante sus políticas
se asemeja a los componentes de la alianza "nacional- popular"
de los 40s y los 50s.(77)
El PF contiene una crítica informada de diversos sectores de
la economía con una concepción totalmente desfasada de
las realidades sociopolíticas y económicas, particularmente
el comportamiento, intereses y orientación de las clases sociales,
los partidos políticos, la banca extranjera y las IFIs.
Como uno de los contribuyentes al PF, Alfredo García señalaba,
"En el marco político, cualquier propuesta económica
sólo tiene validez si hay una fuerza social capaz de instrumentalizarla."(78)
El PF es básicamente un plan neo-estructuralista que acepta el
proceso de privatizaciones, la distribución de la propiedad y
las relaciones sociales de producción existentes.(79) Los dueños
realmente existentes de los bancos, las fábricas, las telecomunicaciones,
las propiedades, la tierra y los minerales para nada son cuestionados.
La reforma básica es la de insertar al estado para que regule
su comportamiento, reduzca los excesos del mercado, aumente los impuestos
y les convenza de que aumentes sus inversiones en el sector industrial,
en el consumo doméstico y en el bienestar social.
Hay varios problemas con las políticas reguladoras. Las clases
dominantes políticas y financieras han esquivado y resistido
todos los intentos por "reorientarlas" porque están
atadas a los circuitos internacionales. Los intentos anteriores de regulación
han llevado a fugas de capitales en masa - tal y como se vio cuando
se publicó el PF - aunque ambos eventos no estuviesen directamente
conectados. La regulación parte de que existe una economía
viable, que no es el caso de la Argentina, en este momento. El PF es
publicado en un momento de depresión. Cuando la economía
está retrocediendo un -15% al año y el ingreso cae en
un 60%, el proponer "regular" en un contexto de unas tasas
de quiebras en alza no tiene sentido. La cuestión de la intervención
estatal implica grandes inversiones públicas directas en un sector
público, lo que sólo puede tener lugar por medio de la
re-socialización y nacionalización de los sectores económicos
estratégicos.
Las medidas de bienestar social e inversiones públicas no pueden
ser financiadas por medio de impuestos adicionales cuando los inversores
han mandado sus ahorros al extranjero o caen las ganancias. Cuando el
régimen de Duhalde intentó "retener" las ganancias
del sector agroexportador, éste organizó un boicot productivo
que hizo retroceder al régimen.
Las propuestas adelantadas por el PF subestiman totalmente la amplitud
y profundidad de la crisis argentina - la desintegración de la
economía y de la sociedad. El proponer políticas paliativas
en un momento todo el sistema productivo-financiero-distributivo se
está rompiendo es totalmente inadecuado para relanzar la economía.
Los supuestos del PF de que las IFIs y los bancos privados van a cooperar
reduciendo sus ganancias (a través de impuestos) y bajar sus
trasferencias hacia sus sedes centrales, se estrella contra las realidades
prácticas. Los bancos privados retiraron enormes sumas de sus
ganancias y de los depósitos de los ahorristas y se han resistido
a refinanciar a sus subsidiarias durante todo el período 2000-2002,
un comportamiento difícilmente compatible con el pagar mayores
impuestos, reinvertir sus ganancias en la Argentina y expandir el bienestar
social. Sobre este último punto, la reestructuración propuesta
por la banca extranjera incluye echarle al estado el fardo de sus pasivos
de depósitos, despidiendo hasta 2/3 de la fuerza de trabajo,
reduciendo el número de subsidiarias y, en algunos casos, cerrando
y yéndose del país, como fue el caso del Banco de Escocia
y varios otros.
El rechazo de las IFIs para conceder o extender el crédito a
la Argentina por no hacer ésta más concesiones liberales
o recortes difícilmente se puede entender como un signo de que
éstas "negociarían nuevos créditos y refinanciamientos"
a un régimen que implemente impuestos a las transacciones de
la banca extranjera, que limite el movimiento de las ganancias y "oriente"
a los bancos a prestar dinero a los sectores productivos de la Argentina
que produzcan para el mercado doméstico, tal y como lo propone
el PF.
El PF subestima los lazos entre las IFIs y el capital extranjero en
el contexto de los 1990s. Su extrapolación del estado de bienestar
de los años 60s, cuando los sindicatos eran fuertes, el comunismo
era una alternativa, el capitalismo se encontraba en expansión
y el capital financiero estaba subordinado al capital industrial, es
una clara falta de comprensión del contexto global y nacional
actual. El capital está vinculado a los mercados internacionales
y es profundamente hostil al estado de bienestar en su conjunto - en
todas partes. Las burocracias sindicales tienen poca influencia y los
partidos políticos nacionalistas/populares ya no existen.
La extrapolación del PF no logra darse cuenta de que hoy en día
el capitalismo euroestadounidense no puede ser "regulado"
- desinvierte, se retira de los países, hace resistencia; desestabiliza
para evitar la regulación, el bienestar social y los impuestos
progresivos. La cuestión es nacionalizar el capital en función
de regularlo - cambiar el carácter de las relaciones de propiedad
en función de realojar las inversiones, invertir en la economía
doméstica, y financiar el bienestar social y la infraestructura.
Sin embargo, el fallo más grande del documento del PF reside
en su total dependencia del estado para estimular, colaborar con y alentar
a los "agentes privados": subsidiar al sector privado (para
crear puestos de trabajo), trabajar con el capital extranjero para reinvertir
las ganancias, regular el comportamiento de las empresas privatizadas
para corregir las tarifas excesivas y el mal servicio, etc. La crítica
al ALCA sigue la misma línea: El ALCA es criticado por las barreras
tarifarias y subsidios de los EEUU, más que por las desigualdades
estructurales entre las CMNs [Corporaciones Multinacionales, N. Del
T.] gigantes del Norte y los sectores industriales de la Argentina.
La crítica del PF, aún si fuese aceptada por los EEUU
(algo extremadamente poco probable, dado que la administración
Bush aumentó sus subsidios a la agricultura), podría aumentar
ciertas exportaciones agrícolas, pero continuaría perjudicando
a la industria local y a algunos productores de IT. Igualmente problemático
es el tipo de estado que propone el PF. El problema no son sólo
la incompetencia, el nepotismo y la corrupción - que ciertamente
son serios problemas, como Oszlak correctamente lo señala,(80)
sino la composición política del estado y aún más,
de toda la clase política.
Luego del colapso de la economía argentina, toda la clase política
ha sido desacreditada, inclusive todos los partidos que el PF propone
como componentes de su "nueva coalición social". La
"coalición de fuerzas productivas" propuesta por el
PF carece de realismo - los empleadores están despidiendo trabajadores,
reduciendo jornadas laborales, bajando los salarios, empleando trabajadores
temporales, cerrando fábricas y mudándose a otros lugares
(dentro y fuera del país), transfiriendo su capital a otros sectores
o al extranjero. Los trabajadores están ocupando fábricas,
los desempleados están cortando rutas y tomándose edificios
municipales, y hasta se levantan para derrocar presidentes. Esta realidad
hace no-viable a la "coalición social" propuesta -
los niveles e intensidad del conflicto social, la fiera competencia
sobre los escasos recursos, han rotos todos los lazos entre el capital
y el trabajo. Los "productores nacionales" no han mostrado
propensión alguna para financiar programas de bienestar - excepto
para su propia sobrevivencia y fuga.
Las bases policlasistas para una economía mixta de bienestar
social no se han materializado durante los últimos 20 años
de políticas electorales. Por el contrario, cada coalición
electoral victoriosa (Alfonsín, Ménem, La Alianza) durante
las últimas dos décadas se ha basado en una coalición
nacional-popular que al llegar al poder implementó duras medidas
neoliberales, siguiendo el rumbo marcado por los grupos empresariales
y financieros dirigentes.
Los pequeños y medianos productores del interior y de Buenos
Aires pueden jugar un papel, pero ciertamente que no en términos
de exportaciones, financiamiento y creación de empleo en gran
escala y a largo plazo en el contexto actual.(81) Las tasas más
altas de quiebras se encuentran precisamente en este sector, y éste
paga los salarios más bajos y provee la cobertura social más
baja para los trabajadores. Las PYMES difícilmente son empleadores
modelo desde el punto de vista de los trabajadores.
El peligro del PF es que no logra comprender o siquiera menciona los
problemas de la confrontación con el imperialismo de los EEUU.
(82) El default es hoy una realidad, y el Tesoro de los EEUU y el G-7
han lanzado un ultimátum: pagar, recortar, despedir trabajadores
y acabar con los déficits de las provincias, o de lo contrario
habrá un bloqueo financiero/crediticio. No hay una estrategia
ni un acuerdo en el documento del PF acerca de cómo hacer frente
a una confrontación política global. Sin prestar atención
a una agresión económica (y militar) de los EEUU/Europa,
los autores actúan como si fuese una cuestión de hacer
reformas a nivel nacional y negociar a nivel internacional. Pero son
precisamente las reformas a nivel nacional - aún los cambios
graduales -- las que no son aceptables para los EEUU y Europa, por miedo
ante el efecto de contagio que unas reformas exitosas podrían
tener en los países vecinos.
El documento del PF está disociado de los poderosos movimientos
sociales y de los levantamientos políticos que han tenido lugar.
Éstos ni siquiera son mencionados de pasada. Los desempleados
organizados, las asambleas populares, los movimientos de tomas de fábricas,
las rebeliones en las provincias, todos aquellos que tienen un interés
directo por las metas de bienestar, desarrollo y empleo del PF son ignorados.
En lugar de esto, el PF mira hacia los desacreditados burócratas
sindicales de las confederaciones, los partidos políticos y los
dirigentes que han sido la principal causa del desastre para que vuelvan
a poner en escena una nueva coalición popular-nacional con capital
extranjero y créditos de las IFIs.
El seguir la lógica política y social del PF significa
que cualquier régimen que emerja será presionado por sus
propios agentes económicos privados para descartar las disposiciones
de bienestar social y las regulaciones nacionales para asegurarse un
mínimo de cooperación para la producción. La hegemonía
interna se revertiría hacia los "agentes privados"
y los programas de bienestar social serían subordinados a la
maximización de las ganancias a corto plazo.
Si, por otro lado, las "fuerzas sociales" de la coalición
ganan ascendencia, los "agentes económicos privados"
probablemente se aliarían con el capital extranjero y el G-7
para desestabilizar al régimen y provocar una intensificación
del conflicto social tendiente a crear una inestabilidad política
favorable a la derecha.
Dada la inviabilidad del programa de reforma regulatoria del PF en el
contexto argentino y global actual, la alternativa es un retroceso hacia
la política neoliberal en bancarrota o un cambio revolucionario
que incorpore las reformas sociales del PF en una estructura económica
realista, socializada con el apoyo de sus principales beneficiarios.
El Plan Prometeo: La Alternativa Revolucionaria
Antes que nada está la necesidad de una nueva coalición
social del 80% de los argentinos que sufren un severo deterioro de sus
niveles de vida, incluyendo al 55% que se encuentra por debajo del nivel
de pobreza. Sólo los trabajadores desempleados y subempleados
llegan a cerca del 50% y la clase media empobrecida incluye otro 20-
30%. Esta es una coalición de bases amplias, que no está
vinculada a los bancos extranjeros. Éstos son sus enemigos jurados
por haber confiscado sus ahorros. Esto le da al estado socialista la
base social para renacionalizar la banca y el sistema financiero y provee
una base política para resistir las presiones de los banqueros
del G-7. La nacionalización del comercio exterior le daría
al estado un mecanismo para reorientar el intercambio con el exterior
para financiar la inversión pública y la industrialización
del país. La renacionalización del petróleo le
daría al estado ingresos y beneficios para estimular la capacitación,
la infraestructura y los proyectos sociales generadores de empleo. Los
impuestos progresivos y la recolección de impuestos pueden ser
ejecutados bajo amenazas de expropiar las propiedades de los evasores
y delincuentes fiscales.
Las reformas estatales propuestas por el documento del PF deberían
de articularse con nuevas formas asamblearias de representación
popular y la incorporación de los nuevos movimientos sociales
(los piqueteros) en los gobiernos locales y municipales. Las asambleas
populares deberían ejercer un control directo sobre las asignaciones
de los presupuestos y los gastos, una forma avanzada de presupuesto
participativo. La propiedad de los sectores estratégicos de la
economía es esencial para mantener las políticas redistributivas,
tal y como lo atestiguan las décadas recientes. Con las privatizaciones
aumentaron las desigualdades, el poder de decisión de las políticas
macroeconómicas fue monopolizado por poderosos grupos económicos.
La crisis económica ha bajado el ingreso per cápita en
dos tercios. Dados los escasos recursos y la desintegración de
la base productiva, sólo la propiedad pública bajo el
control de los trabajadores puede expandir la base material y generar
una mayor igualdad. Una mayor igualdad depende de que el control social
del ingreso sea distribuido. La propiedad social está en el centro
del Plan Prometeo. Combina los impuestos y los gastos del PF pero dentro
de sector de propiedad social vastamente más amplio, democráticamente
controlado por los productores directos y administrado por una administración
pública meritocrática. Es prometeico porque involucra
la reconstrucción total de una economía en vías
de desintegración con un tejido social despedazado frente a los
poderosos adversarios imperiales de EEUU y Europa. Sin embargo, el tener
control sobre los sectores básicos de la economía significa
el retorno y la reinversión de las ganancias en la Argentina.
El default significa el ahorro de más del 50% de los ingresos
de las exportaciones. La diversificación de la producción
y la reactivación de la economía significan que se puede
hacer un uso óptimo de la capacidad no utilizada existente. El
MERCOSUR, la China, los países árabes y sectores de la
UE y Rusia ofrecen mercados alternativos ante cualquier boicot organizado
por las IFIs. Las inversiones públicas en la innovación,
la tecnología, la investigación y el desarrollo pueden
incorporar a la fuerza de trabajo argentina, altamente capacitada pero
actualmente subutilizada. La reactivación de los mercados internos
y la protección selectiva de los productores de las provincias
pueden expandir los mercados. Las inversiones públicas en infraestructura
pueden emplear a los desempleados y facilitar el comercio entre las
provincias y a lo interno del MERCOSUR.
El Plan Prometeo incorpora las críticas del Plan Fénix
y las amplía, de modificar el comportamiento de actores privados
a transformar su posición estructural. Prometeo incorpora algunas
de las reformas sociales específicas del PF, pero las ubica en
un marco de propiedad político-económica más realista
que evita las trabas y amenazas de la no-cooperación privada
y/o extranjera. Prometeo reemplaza la coalición nacional-popular
propuesta por el PF con una coalición popular más realista
enraizada en los movimientos sociales realmente existentes y sus intereses.