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RICOS Y POBRES DANIEL RAVENTÓS y ANDRÉS DE FRANCISCO
Lo cual es malo al menos por las siguientes razones de consecuencia. Primero, porque hace vulnerables, y en grado diverso, a amplísimas capas subalternas de la sociedad. Y con la vulnerabilidad viene la dependencia; con la dependencia, la falta de libertad, y con la falta de libertad, en grado diverso, la condición servil y la pérdida del autorrespeto. Segundo, porque pone en manos de unos pocos poderes y recursos desmedidos que pueden condicionar y sesgar el proceso político del lado de sus intereses privilegiados, socavando así toda esperanza de democracia real y quebrando la igualdad política que subyace al ideal de ciudadanía. Finalmente, la desigualdad extrema entre ricos y pobres (entendidos éstos en sentido amplio) quiebra la comunidad, rompe los lazos de fraternidad y desata, de un lado, la codicia de los pocos y, del otro, cuando no la envidia y el resentimiento, siempre al menos la frustración, y muchas, muchas veces, la desesperación de los muchos. Pese a estas razones, no faltan las justificaciones de la desigualdad. La primera de ellas viene a decir que la gente tiene lo que se merece. Así como el rico merece su riqueza, premio a su emprendedor dinamismo, el pobre -por su falta de aptitud y esfuerzo- merece su opuesto destino social. Así como el leal y eficiente trabajador merece conservar su empleo, así el que lo pierde merece el escarmiento del paro, en el que merecerá quedarse si no muestra suficiente capacidad y buena disposición para la búsqueda activa de otro empleo. Oportunidades no faltan, sólo hay que saberlas buscar. Esta justificación meritocrática de la desigualdad es tan demagógicamente falsa como cierto es el hecho de que nadie merece moralmente ni su azar genético ni su azar social, de por sí muy desigualmente distribuidos. Nadie merece moralmente la familia que le ha tocado en suerte, rica o pobre, decente o depravada, ni, por tanto, las oportunidades - favorables o no- que la familia pueda brindarle. Y lo mismo cabe decir de los talentos -pocos o muchos- con los que uno viene al mundo: nadie los merece moralmente. Si es verdad que la justicia aspira a contrarrestar los caprichos del azar - social y genético-, poco justo será permitir que los individuos gocen sin traba ni freno de sus inmerecidos diferenciales de oportunidad, que ese azar les pone en bandeja. La distribución de las dotaciones genéticas -como no ha dejado de subrayar John Rawls- son un activo común de la sociedad, aunque sólo sea porque es la sociedad quien las premia y valora o porque sólo en su seno pueden ejercerse. La segunda justificación de la desigualdad la convierte en el necesario precio de la libertad. En un mundo regido por el libre mercado y asentado en el sacrosanto principio de la libertad de elección, un Estado intervencionista podría imponer políticas redistributivas y regulaciones igualitaristas, pero sólo lo lograría a base de cercenar esa misma libertad individual, a base de recortar las opciones sobre las que elegir. Este argumento es tan demagógicamente falso como cierto es el hecho de que la desigualdad implica ella misma una falta de libertad, tanto más profunda cuanto más dramática sea esa desigualdad. Porque falta de libertad -de decidir, de hacer y aun de rechazar- es lo que tiene el trabajador precario que apenas llega a fin de mes y no sabe si mañana conservará su empleo; es lo que sufre la mujer sometida al marido y desfavorecida y discriminada en toda suerte de oportunidades de vida; es lo que padece el desempleado de larga duración, que soporta el estigma social de la dependencia del subsidio público (si es que lo tiene). Falta de libertad es lo que tiene el pobre que depende de la exigua caridad de sus congéneres. Falta de libertad es lo que sufre el subordinado (en la jerarquía de la empresa, por ejemplo) cuando tiene que comulgar con ruedas de molino porque necesidades o deseos vitales para él dependen de la voluntad de su superior. Falta de libertad, en fin, es lo que padece el que vive con permiso de otro. No olvidemos el dicho de Juvenal: 'Hay muchas cosas que los hombres, si llevan la capa remendada, no se atreven a decir'. El mundo contemporáneo, porque distribuye de forma tan groseramente desigual recursos, oportunidades y riqueza, padece un hondísimo problema de falta de libertad. La tercera justificación de la desigualdad le carga las culpas al gobierno, sea el que sea. Los gobiernos -viene a decir- promueven la desigualdad con sus equivocadas políticas recortando oportunidades de desarrollo individual. Así, por ejemplo, el paro -una fuente terrible de desigualdad social- podría evitarse si los mercados de trabajo no fueran tan rígidos y los empresarios tuvieran más facilidades -¡todas las facilidades!- de contratación y despido. Y todavía más oportunidades habría de creación de empleo -y riqueza para todos- si los gobiernos apostaran sin tapujos por la productividad y la competitividad de las empresas, rebajando impuestos, recortando gastos sociales, privatizando servicios públicos y apuntando al déficit cero. Esta justificación de la desigualdad es tan demagógicamente falsa como cierto es el hecho de que han sido precisamente los gobiernos que más han promovido políticas desreguladoras de los mercados laborales y fiscalmente estimuladoras de la oferta los que más han provocado aumentos de la desigualdad. Y de las causas de la desigualdad, ¿qué?
La desigualdad tiene muchas causas, pero la principal -a no dudarlo-
hay que buscarla en el actual modelo capitalista de crecimiento y desarrollo
y en el vigente modelo antisocial de propiedad. El capitalismo es un
modo de producción que vive de la desigualad y la retroalimenta
positivamente, vive de la desigualdad entre el trabajo y el capital.
Reproduce y amplía esa desigualdad porque el capitalismo asigna
muy distintos recursos de poder a propietarios y no propietarios. Y
asigna tan desigualmente el poder social porque se basa en un modelo
de propiedad y apropiación que no conoce apenas límites
a su acumulabilidad, y permite formidables hiperconcentraciones de poder
económico y social que no sólo escapan a todo control
democrático, sino que por mil vías consiguen una sobrerrepresentación
institucional y política de sus privilegiados y minoritarios
intereses. La batalla -por ahora duramente perdida- contra la extrema
desigualdad de ingresos y riqueza pasa por buscarle alternativas -si
se quiere, parciales y graduales- al capitalismo, alternativas de tipo
social-republicano (señaladamente, aunque no sólo, la
renta básica de ciudadanía, como en otras ocasiones hemos
desarrollado, por ejemplo, en www.redrentabasica.org), alternativas
que permitan a la sociedad recuperar el control democrático sobre
las decisiones económicas y a los individuos -a muchos, a millones
de ellos- recuperar el control sobre sus propias vidas, esto es, su
autonomía. |
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