ADVERTENCIA
Este fic contiene gran cantidad de spoilers,
es decir que si lo lees y no has leído los libros te echará a perder la
emoción. Te recomiendo primero leer los libros escritos por Rowling y después
leer los fics, pero si no te importa saber lo que sucedió en anteriores libros
sigue, pero yo te lo advertí primero.
por Daga
“Luego de que el rey convocara a sus
magos y adivinos, éstos le dijeron que la única forma de poder elevar la
muralla era mezclar con la argamasa la sangre de un niño de siete años, siete
meses y siete días que no tuviera padre. El rey despachó soldados por toda
Inglaterra buscando a un niño que correspondiera con esa descripción, ignorante
de que en todo el reino sólo había un niño que cumpliría siete años, siete
meses y siete días en la fecha que había dado como límite para encontrarlo.
Merlín”.
Leyenda de Merlín, contada por Henry
Hyde
Un lobo... un
perro... otro perro... otro lobo... Los cuatro animales gruñendo al mismo
tiempo... ¿irían a atacarse unos a otros o compartirían la presa?
Merlín cerró los ojos otra vez, por
más que se esforzaba, no conseguía pensar en nada que pudiera ayudarlo a salir
de ese enredo. Se daba cuenta perfectamente de que estaba paralizado en medio
de un ataque de pánico. Ese había sido siempre su punto débil, el ser incapaz
de reaccionar cuando el miedo lo dominaba.
Y sin embargo, no pudo dejar de pensar
que era interesante la variedad de animales en ese bosque. ¿Por qué un lobo era
castaño y el otro era plateado?
-¿No crees que ya va siendo hora de
apagar esa luz? –protestó Draco.
Harry levantó la vista de lo que leía
apenas por un instante. Era increíble que a Draco pudiera molestarle la luz a
través de las cortinas cerradas.
-Sólo voy a terminar esta página,
Malfoy.
-Eso dijiste hace cinco páginas,
Potter. Puedo oírte pasarlas.
Bueno, eso era oído agudo... y sí,
habían sido cinco páginas...
-Oh, vamos, Drake, dormiste toda la
tarde. ¿Vas a decirme que tienes sueño ahora? –la voz de Henry, entre divertida
y conciliadora, llegó desde otro cubículo.
-¡¿CÓMO ME HAS LLAMADO?!
-¡No grites, Malfoy! ¡Estoy tratando
de dormir! –protestó Ginny.
-¡Pues duérmete, Weasel, ojalá pudiera
yo hacer lo mismo!
-Por favor... –se oyó apenas la voz de
Neville.
-Mi nombre es Draco, no Drake, Hyde. Y
en todo caso, no te he dado permiso de llamarme por mi nombre.
-Lo siento, lo habré pronunciado
mal... me mata el acento... ¿Cómo dijiste que se pronuncia?
-Draco.
-¿Puedes deletrearlo, por favor?
-... ¿Estás burlándote de mí?
-Bueno, si no puedes deletrearlo...
Por un instante, Harry pensó que Draco
se levantaría para iniciar una pelea.
-D-r-a-c-o.
-¿Y tu segundo nombre?
-¿Qué?
-¿No tienes segundo nombre?
-No, no tengo.
-Sólo Draco, como Cher...
-¿Quién o qué es Cher, Potter?
Harry tuvo que morder la almohada para
mantener la risa bajo control. Neville no tuvo tanta suerte...
-¿De qué te ríes, Longbottom?
-D-de nada...
-No sé ni para qué pregunté, los
tontos y los locos se ríen solos, ¿no?
-No te metas con Neville –advirtió
Harry.
-Bueno, si no quieres que mantenga a
tu amigo en el infierno por el resto del mes, apaga esa luz y déjame dormir.
Harry suspiró y apagó la luz, en
cualquier caso, sí era bastante tarde.
Snape miró hacia afuera, hacia el
cielo nocturno y la luna llena. Tenía la impresión de haber escuchado aullidos.
Cuando regresó para buscar a Artemisa y llevarla a cenar no había rastro ni de
ella ni de Padfoot. Tampoco estaban el arco ni el carcaj. Esperaba que hubiera
recordado llevar también sus otras armas, en caso de que hubiera decidido salir
de cacería. ¿Pero por qué había llevado el perro con ella? Estaba seguro de que
Artemisa prefería cazar en solitario, aunque sabía cómo valerse de una
jauría... ¿pero ese perro callejero? ¿Podía serle útil en algo un animal que no
conocía bien y que difícilmente sabría cómo ayudarla con las piezas de caza?
En caso de que estuviera de cacería,
claro. Siempre podía estar buscando otra cosa.
O tal vez había decidido entrenar a
Padfoot para convertirlo en un perro rastreador, pero lo lógico en ese caso
habría sido conseguir un cachorro, no un perro adulto. Si ella le hubiera
comunicado sus intenciones, él le habría conseguido un cachorro del mejor
criadero, no le gustaban las mascotas, pero siempre se aseguraba de que las
herramientas de trabajo de Artemisa fueran de la mejor calidad, era lo único
que ella le permitía hacer por su seguridad. Pequeña niña orgullosa e independiente...
Sin duda Aimée habría estado orgullosa
de su hija, Artemisa era tan terca y voluntariosa como lo había sido su madre y
al mismo tiempo igual de delicadamente astuta. Si se hubiera atrevido a hacerla
estudiar en Hogwarts sin duda habría sido una digna Slytherin, pero las cosas
fueron diferentes a como esperaba (como siempre), el matrimonio de antiguos
aurors a los que les pidió que la cuidaran durante un par de días en el verano
de sus nueve años descubrieron sus dones especiales y antes de que finalizara
el año, Artemisa había empezado a trabajar para el Ministerio de Magia y no
asistió a ningún colegio: para que pudiera realizar su trabajo sin problemas,
el Ministerio se había encargado de proporcionarle maestros privados.
Su primer temor había sido que
Artemisa considerara eso un juego más, pero ella siempre había actuado como una
profesional. Y él ni siquiera podía alegar que era demasiado joven. Se había
iniciado como auror teniendo la misma edad que había tenido Aimée.
Lo cual no era, sin embargo, un buen
antecedente, considerando la forma en que había terminado Aimée. Por supuesto,
Aimée nunca había tenido a nadie que cuidara de ella. Sus padres, los abuelos
de Artemisa, eran personas de carácter débil que le consentían todos sus
caprichos e incluso la temían un poco. Si hubieran demostrado algo de firmeza,
quizá Aimée no habría llegado nunca a portar la Marca Oscura y quizá viviría
aún. Snape siempre se había jurado que Artemisa tendría un destino mejor, y
ponía su mejor esfuerzo en guiarla. Y había hecho un buen trabajo como padre
sustituto, aunque a primera vista Artemisa fuera todavía más alocada que Aimée.
Pero Padfoot seguía dándole mala
espina. Nada más verlo le había hecho pensar en Sirius Black y por eso había
sugerido su apodo de Merodeador para la mascota... la cara que había puesto
Lupin al oírlo había resultado por demás interesante. Pero sería mejor pensar
en eso luego. Había demasiadas cosas de qué preocuparse, como todos esos chicos
que se habían enfermado de repente y todos al mismo tiempo.
Y además, Snape no se sentía muy bien
del todo últimamente, como si fuera a pescar un resfriado...
-...o algo peor... –murmuró al pasarse
la mano por la frente y darse cuenta de que estaba empezando a tener fiebre.
A Harry lo despertó el inconfundible
sonido de alguien que trata de escabullirse sin hacer ruido. Bajó de la cama
tan silenciosamente como pudo y se asomó por las cortinas. Era Draco, tratando
de abrir la puerta de la enfermería sin que ésta rechinara... cuando finalmente
lo consiguió, Lykos entró.
-¿Cómo se encuentra, Amo?
-Mejor. ¿Te han tratado bien?
-Sí, el profesor Snape me ha brindado
refugio hasta que Madame Pomfrey le permita a usted salir. Traje esto para
usted...
Una bolsa de papel de la que se
desprendía un aroma a chocolate que le hizo agua la boca a Harry. Draco
contempló la bolsa con una expresión muy rara... ¿asco?
-Sabes que no me gusta el chocolate,
Lykos.
-Puede dárselo a sus compañeros de
habitación, además sólo lo puse para disimular el frasco en caso de que alguien
quiera averiguar qué hay dentro de la bolsa.
Con un suspiro, Draco tomó la bolsa,
buscó dentro y sacó un pequeño frasco del que extrajo una pastilla que partió
en dos para luego tragar rápidamente una de las mitades.
-Esperemos que funcione –murmuró.
-Claro que servirá, Amo Draco –sonrió
Lykos, pero no con su sonrisa habitual sino con un gesto preocupado.
-¿No te bastan las medicinas que te ha
hecho tomar Madame Pomfrey, Malfoy? –preguntó Harry sin poderse contener.
Draco lo miró con indiferencia.
-Este no es asunto tuyo, Potter. Y
tampoco tiene nada que ver con Madame Pomfrey, así que no tienes por qué
comentárselo.
-¿Y por qué habría que encubrirte?
-Nadie te está pidiendo nada.
-¿En qué lío te estás metiendo,
Malfoy?
-Como ya te dije, no es asunto tuyo.
-Tal vez no, pero no quiero que le
causes problemas a Madame Pomfrey. ¿Cómo sé que no estás tomando lo que sea que
te ha traído Lykos para fingir que estás enfermo de algo más y echarle la culpa
a ella?
Draco apretó los
puños, arrugando la tela de su bata de levantarse, de pronto parecía muy
cansado.
-No grites, Potter, despertarás a los
demás.
Draco volvió a su cama sin acordarse
de cerrar la cortina, dejó la bolsa de papel sobre la mesita de noche, se
envolvió en la cobija y suspiró, parecía exhausto.
-¿Qué es lo que tomaste, Malfoy?
El chico rubio no respondió de
inmediato, Harry, pensando que Draco estaba dormido (y bastante sorprendido de
la rapidez con la que había pasado eso), regresó a su cama disgustado. Lykos se
había quedado ahí, acurrucándose a los pies de la cama de Draco, pero no como
quien trata de dormir, sino como quien se dispone a vigilar.
-Las cosas malas nunca vienen solas,
Jimmy.
Fue la voz de Draco lo que hizo
despertar de nuevo a Harry. ¿“Jimmy”? Draco estaba hablando dormido. Eso era
evidente.
-Cuando el Señor Oscuro regrese, nadie
estará a salvo, ni siquiera aquellos que lo han servido fielmente. La única
esperanza es obedecer y estar preparados para lo peor. Uno nunca sabe dónde va
a caer el rayo, eso es lo que dice mi padre. Sé que no confías en él, pero yo
sí, Jimmy, yo le creo, él siempre tiene razón. Por eso no discuto con él... tú
no deberías hacerlo tampoco. No está bien. Un buen hijo no desafía a su padre.
Un buen hijo obedece y hace que su padre esté orgulloso de él. Un buen hijo
honra a sus padres... Si tan sólo me hicieras caso, sé que padre no te
encerraría en este sitio, tan lleno de ratas y duendes... Jimmy, no... ¡no, por
favor! No me eches de aquí, no voy a molestarte más... No te enojes... déjame
quedarme aquí, afuera la nieve se puso negra esta mañana y no quiero que me encuentren
cuando lleguen los Death Eaters.
Y, por lo visto, no era un sueño
agradable.
Cuando Harry lo sacudió, Draco sólo
dio media vuelta, abrazó la almohada y siguió hablando.
-No lo sé... no lo sé... sólo recuerdo
el frío y la oscuridad y la nieve... odio la nieve. No quiero estar en la
nieve, Jimmy, tú siempre has vivido aquí, no tienes idea de cómo es estar
afuera cuando la nieve se vuelve negra y los seres oscuros rondan cerca de
Malfoy Manor. He visto a mi padre ponerse pálido cuando ellos llegan y siempre
me envía aquí, son las únicas veces que tengo permiso para verte, porque este
es el lugar más seguro de la casa, pero hoy no pude esperar a que me ordenara
bajar, por eso llegué tan temprano. Sólo me siento así cuando Feral va a venir,
siempre sé cuando él se acerca... Tengo miedo de que Feral quiera verme cuando
llegue. Odio cuando visita Malfoy Manor... y odio cuando dice que quiere
saludarme, siempre hace algún comentario que me pone la carne de gallina,
mientras los Death Eaters están ahí, mirándome, y esa serpiente se frota contra
mis pies como si fuera un gato... pero padre me dice que confíe, que le gusta
hacer eso porque sabe que me asusta, que no hay nada que temer... Sí, Jimmy,
siempre saludo y siempre agradezco lo que me dice, y acaricio a esa serpiente
aunque me esté muriendo por dentro... yo confío en mi padre. ¿Por qué no puedes
confiar tú también, aunque sea un poco? Sé que él te dejaría salir si no lo
desafiaras tanto... y yo no tendría que estar solo... no quiero estar solo en
la nieve... en la nieve negra...
Draco dio vuelta otra vez y ya no dijo
nada más. Lykos sacudió la cabeza con aire triste.
-Estará bien ahora, esta vez no fue la
pesadilla de siempre... no me explico por qué la medicina no está actuando
contra sus pesadillas. Pude ver que no soñaba realmente, pero el recuerdo
estaba ahí de todos modos... –murmuró, y luego miró a Harry-. Tú sabes lo que
es tener malos sueños, ¿verdad? Lo que le traje no es para darle problemas a Madame
Pomfrey, es sólo para que no sueñe... sólo que ya no parece bastar. Ahora que
has visto cuál es el problema... ¿puedo rogarte que guardes el secreto? Sé que
tú no eres de los que se aprovechan del dolor ajeno.
Harry asintió. ¿Era sólo idea suya, o
Lykos hablaba de una manera diferente a
la habitual? Su voz era más profunda y pausada, y tampoco usaba el lenguaje de
siempre. No lo había llamado “señor” ni se había referido a Draco como “amo” ni
una sola vez, y además estaba tuteándolo.
-Hay veces en que pienso que no hay esperanzas para este niño
–comentó Lykos, con un dejo de amargura en la voz-. Es tan desdichadamente
parecido a su padre. Y su única ambición es parecérsele más. Y ahora con todo
esto...
Lykos saltó ágilmente a la mesa de
noche de Harry y su cola rozó por accidente la firma de Alphonse Malfoy en el
libro que le había prestado Henry.
-Si sigues tocando el autógrafo vas a
gastarle la tinta, ¿sabías? –dijo la voz del autor.
Lykos dio un respingo y cayó al suelo.
-¡Cielos! ¿Estás bien? –preguntó Harry
mientras lo ayudaba a ponerse en pie.
-Sí, sí, fue sólo el susto... no me lo
esperaba... ¿Ese era un autógrafo de Alphonse? Por un momento pensé que era
Lucius...
Sin darle tiempo a Harry para
responder, Lykos se apoderó del libro y lo hojeó con regocijo.
-No sabía que quedara alguno. ¿Es
tuyo?
-Del profesor Brightstar.
-Ah, claro, él conocía a Alphonse, una
vez tuvieron un duelo... ¿Harry, puedo pedirte que me hagas un favor?
-¿De qué se trata?
Lykos señaló a Draco con un movimiento
de cabeza.
-Sé que es imposible convencerlo para
que lo lea, pero... si lees el libro en voz alta... tal vez escuche aunque sea
una parte. Realmente quisiera interesarlo en algo así. A Alphonse le hubiera
gustado conocer a Drake... habría adorado ser una mala influencia para un hijo
de Lucius.
-¿“Drake”? –dijo Harry, recordando que
así había llamado Henry a Draco unas horas antes.
-Así le digo yo... cuando ni él ni
Lucius pueden escucharme, antes lo hacía abiertamente, cuando era pequeño, pero
ahora no me dejan... “Drake” es por uno de los personajes de los libros de
Alphonse.
-¿Por Daena Drake?
Los ojos de Lykos se agrandaron,
mientras sus pupilas gatunas se redondeaban y un brillo divertido aparecía de
repente en ellos. Daena era una de los cuatro protagonistas de la novela, una
hechicera de sangre limpia con un sentido del humor realmente cáustico, tanto
como para mantener un duelo verbal con el villano principal e insultarlo muy
finamente cinco veces seguidas sin perder la sonrisa.
-No, por el hermano de Daena, Dariel,
aparece en el capítulo final, pero tiene más participación en el segundo libro.
Una voz familiar empezó a filtrarse en
los sueños de Remus, guiándolo y acompañándolo a medida que despertaba, como en
los viejos tiempos. Sólo que esta vez Sirius no le hablaba a él.
-... llegó un momento en el que
pensamos que era obra de Dumbledore el que hubiéramos dado con ese libro sobre
animagos, pero la idea venía como llovida del cielo. ¿No te parece? Y fue más
lo que tardamos en leerlo que en tratar de hacerlo. No fue fácil, una vez James
se quedó a medio camino y parecía la versión con lentes del dios Cerunnos, pero
al final lo conseguimos... ya te habrás hecho una idea del origen de los apodos
que usábamos... ah, hola, Moony.
Remus no podía creer lo que estaba
viendo. Sirius cómodamente sentado en un tronco caído, hablándole sin parar a
otra persona, que al parecer estaba curando los golpes y arañazos que tenía él...
y no estaban en la casa, no, claro que no, no había llegado a tiempo... estaban
en un bosque... el Bosque Prohibido... ¿cómo había hecho Sirius para
encontrarlo? ¿Y quién lo estaba curando? No era posible... no podía ser...
-¿Merlín? ¿Eres tú?
Merlín asintió, pero no dijo nada.
Bueno, eso explicaba por qué Sirius estaba hablando tanto y con ese tono
ligeramente burlón.
-Linus sigue sin dirigirme la palabra
–dijo Sirius, con aire compungido.
Merlín miró hacia el cielo, implorando
paciencia, y volvió a concentrarse en su labor. Remus advirtió con preocupación
que tenía un feo arañazo en la frente, que su ropa estaba bastante sucia y que
ocasionalmente parecía luchar contra un gesto de dolor.
-¿Merlín? ¿Linus? No me digas que eso
te lo hice yo...
Sirius estalló en carcajadas, mientras
que Merlín evitaba mirar a Remus a la cara, tratando de disimular... ¿una
sonrisa? Bueno, al parecer no había escogido bien las palabras o no se las
había dicho a la persona adecuada.
-Sirius, ¿lo mordí? ¿Mordí a alguien?
-No, tranquilízate, Moony, llegué a
tiempo para hacerte cambiar de opinión. Creo que se lastimó un poco cuando lo
tumbaste en el suelo, pero no se estropeó demasiado.
Merlín hizo una mueca que podía
significar infinidad de cosas.
-¿Recuerdas aquella vez que Lily nos
invitó a su casa a ver televisión, aquel programa... “Los Picapiedra”?
–continuó Sirius-. Bueno, ustedes dos parecían Pedro y Dino cuando llegué... Lengüetazos
incluidos... no sé si fue que lo reconociste y lo estabas saludando o si sólo
querías probar a qué sabía antes de comértelo...
Ni siquiera con eso consiguió Sirius
que Merlín respondiera algo, pero sí hizo que lo mirara indignado. ¡Ese...
ese... ese Sirius no había dicho una sola verdad desde que había abierto la
boca por primera vez, cerca del amanecer!
-Pero bueno, el perro de Hagrid me
ayudó a hacerte retroceder y luego el otro lobo simplemente se marchó. Al
principio pensé que venía contigo, pero parece que nada más tenía curiosidad.
Remus se incorporó y miró a Merlín con
pesadumbre.
-Lo lamento –murmuró.
Merlín hizo un gesto con una mano,
como quien espanta una mosca.
-No sé si te habrás dado cuenta, pero
esta situación es bastante ridícula, Linus –dijo Sirius.
-No te canses, Padfoot, tampoco nos
habló en la boda de James.
-¿¿¿¿No???? ¿¿¿Estuvo en la boda y no
nos habló????
-Ni en el bautizo de Harry.
Merlín suspiró, soportando con
paciencia las carcajadas de Sirius. Tal vez sería un buen momento para deponer
las armas... o tal vez no. No después de lo que le había hecho Sirius a James,
Lily y Peter... y todavía tenía el atrevimiento de bromear con él como si nada
hubiera pasado.
Verlo recuperar
su forma humana había sido una experiencia casi tan traumática como el que el
hombre lobo se transformara en Remus ante sus propios ojos. Y encima Sirius
había tenido el descaro de tratar de abrazarlo, y luego había intentado
convencerlo de que era inocente de todos los cargos.
Sirius podía
haber convencido a Remus (después de todo, Remus no lo sabía todo, gracias al
oblivius que Dumbledore había usado en él), pero Merlín sabía demasiado y no podía
confiar... no después de haber visto cómo había quedado Godric’s Hollow, no
después de haber visto a Harry en brazos de Hagrid, con aquella cicatriz
reciente, no después de escuchar a Dumbledore dándole todas las razones por las
que no podía permitirle llevarse a los niños consigo y criarlos junto con sus
propios hijos.
Cierto, Nakuri y él estaban pasando
por un mal momento, económicamente hablando. Cierto, ya tenían dos hijos que
mantener (aún no sabían que Galahaad y Sonsioré llegarían pronto). Cierto, si
lo hubieran dejado adoptar a Harry y al otro habría tenido que humillarse
suplicándole ayuda a Eleonor. Cierto, había sido un detalle muy delicado por
parte de Dumbledore el no permitirle tomar esa responsabilidad y perder la poca
dignidad que le quedaba. Pero no podía evitar pensar que Dumbledore lo había
hecho porque Merlín tenía tantos años sin hablarle a los Merodeadores y temía
que el rencor que había sentido contra el padre se transmitiera al hijo. Sonrió
con amargura, el problema se resolvió menos de un mes después, cuando consiguió
trabajo en un hospital, y un año más tarde había sido la propia Eleonor la que
le había pedido que volviera a Avalon, pero para entonces ya no pudo localizar
a los niños. Si hubiera insistido un poco más... Si le hubiera suplicado a
Dumbledore...
Si se hubiera atrevido a confesarle
que era cierto que no le hablaba a aquellos cuatro (y algunos más) pero no era
porque no quisiera, sino por vergüenza... porque la poción que le habían hecho
beber durante el baile de graduación había estado tan mal preparada que el
efecto había resultado ser permanente... y que si les hablaba no sólo lo haría
con sinceridad (como siempre) sino que tendría que decirles absolutamente todo
lo que pensaba y sentía... Y de nuevo surgía la rabia al pensar en lo que le
habían hecho pasar y en las diez personas a las que no podía hablar sin
decirles TODO lo que pasara por su mente y su corazón, lo cual solía ser un
error bastante grave, porque cuando se daba cuenta de que la poción volvía a
tomar el control terminaba diciendo las cosas más hirientes...
Y tal vez habría
podido poner aparte todo eso, catalogando aquel veritaserum mal preparado como
una broma de estudiantes que salió mal (o que funcionó demasiado bien), y
escuchar la defensa de Sirius sin levantar todas sus barreras, pero las
víctimas de Black no habían sido sólo Peter, James, Lily y Harry. También
habían sido Aimée Gautier, su hermano y el otro bebé, y eso no podía haber sido
un accidente. A la luz de eso, lo de la poción parecía una señal del destino
indicando la maldad que anidaba en el corazón de Sirius desde siempre.
Era horrible estar ahí con ellos,
estar a punto de reír con ellos, sentir ese deseo de abrazarlos a los dos con
todas sus fuerzas y decirles que los había extrañado, que eran lo más cercano a
unos amigos que había tenido jamás y que lamentaba haber guardado silencio
tanto años por culpa de su estúpido orgullo de aristócrata venido a menos. Pero
necesitaba permanecer callado, si empezaba a hablar terminaría perdonándolos a
ambos y pidiendo perdón al mismo tiempo, olvidando lo que había prometido
delante de la tumba de James y Lily, lo que le había prometido a Dumbledore y a
Aimée.
No, tenía demasiadas responsabilidades
y... ¿Qué?
La mano de Remus en su hombro lo hizo
salir de su ensimismamiento con un grito ahogado.
-Perdón, sólo quería revisar ese
arañazo que tienes en la frente... pero... ¿qué te pasó en la espalda?
-Había una rama rota en el sitio donde
cayó –explicó Sirius-, no me ha dejado curarle la herida.
-¡Por Dios, Merlín! ¡Eso tiene que
dolerte!
Estuvo a punto de decirle que había
cosas que dolían más, pero pudo evitarlo a tiempo.
Siempre encerrado en un silencio lleno
de obstinación, dejó que Remus lo curara. Al menos Lupin no había tenido la
culpa... aunque siguiera siendo amigo de Black.
Artemisa entró al apartamento y
encontró a Snape sentado en una silla, justo frente a la puerta, esperándola.
Aquello era casi surreal.
-Hola, mi queridísimo tío...
-¿Tienes idea de qué hora es, Artemisa
Javert?
-¿Las ocho de la mañana?
-Precisamente. ¿Dónde has estado desde
anoche?
-De caza.
-¿Sí? ¿Y llevaste a tu perro? ¿Dónde
está?
Artemisa estaba a punto de decir la
primera mentira que le viniera a la cabeza acerca de cómo se había extraviado
su mascota, cuando Padfoot llegó sigilosamente, cruzó la sala sin mirar a Snape
y llegó hasta la cocina, donde Artemisa le había improvisado una cama, dio unas
cuantas vueltas sobre la cobija y se quedó dormido en forma casi instantánea.
-Bueno, ahí lo tienes, el pobre está
todavía más cansado que yo –sonrió la muchacha-. Oh, ¿pero qué tienes en la
cara, tío Severus?
-Varicela –respondió Snape secamente-.
Me he contagiado de la epidemia.
-Te preparé una poción ahora mismo. No
podemos acudir a la enfermera del Colegio, ¿verdad?
-Ya me he tomado algo, tarda un poco en actuar pero estaré
perfectamente en un par de horas. El único problema es que tengo que ir a dar
clase dentro de una hora.
-Deja que yo me encargue.
-Tú tienes que irte a dormir.
-Ah, vamos.
Luego de otra larga discusión (que
Artemisa ganó finalmente, como de costumbre), la muchacha fue a la cocina para
prepararse el desayuno. Apenas le daría tiempo de comer algo y arreglarse antes
de ir a reemplazar a Snape durante la primera hora de clases, pero se movía sin
ninguna prisa aparente y tuvo tiempo de mirar de reojo al perro negro.
-Vaya, vaya, Padfoot, tengo que
admitir que me sorprendes... ¿así que te agrada la idea de poder estar dentro
del Colegio sin que nadie sospeche? Imagino que te gustaría que te dejara
suelto en los corredores...
Padfoot dormía profundamente, así que
no dio ninguna respuesta al comentario.
Merlín estaba dolorosamente consciente
de su aspecto cuando entró al castillo. Quizá habría podido disimularlo un poco
mejor si tuviera consigo su abrigo (una prenda que en realidad estaba a medio
camino entre una túnica y un abrigo auténtico, pasada de moda, que le venía un
poco grande y estaba muy gastada pero que no habría desechado por nada del
mundo, pese a la desesperación de Nakuri; había sido un regalo de su padre, que
nunca había tenido buen ojo para calcular tallas), pero se lo había prestado a
Remus, cuya situación era ligeramente peor que la de él. Después de todo, lo
más grave que podría pasarle ahora era que los estudiantes en general se
enteraran de que solía usar ropas muggles debajo de ese abrigo de mago y que
todos comentaran que había vuelto al Colegio luego de pasar la noche en el
bosque y con todo el aspecto de haber tenido una pelea con... con... ¿una
manada de lobos? Bueno... más o menos.
Y la primera persona que le dirigió la
palabra (con ojos agrandados por el asombro y un indiscutible tono de
preocupación en la voz) fue Nakuri.
-¡Linus! ¡¿Pero qué te ha...?! Luego
me lo dirás...
Sonrió cansadamente, de pronto tenía
tantas ganas de abrazarla y decirle cuánto la amaba... pero había demasiados
adolescentes alrededor.
-Tengo toda una historia qué contarte,
pero primero quiero ponerme presentable.
-Claro. Y yo quiero que primero vayas
con Madame Pomfrey, te ves como si te hubiera atacado una manada de lobos.
-Más o menos... En realidad...
-Luego me lo contarás. Ahora vamos a
la enfermería. A decir verdad, eres muy oportuno, estaba a punto de ir a ver a
Henry.
Merlín enarcó una ceja.
-¿Se ha caído de una escoba o algo?
-Varicela.
-Oh...
-¿Escuchaste? –susurró Lavender Brown
al oído de Parvati Patil-. ¡Lo llamó Linus! ¿No es lindo?
Artemisa entró al calabozo de Pociones
y miró al grupo de estudiantes que estaba esperando a su tío. Gryffindor y
Slytherin de sexto año, si no había escuchado mal las instrucciones.
-Buenos días, jóvenes –saludó con voz
cantarina, que contrastaba fuertemente con su expresión de persona madura-. El
profesor Snape llegará tarde hoy, pero me ha indicado que inicie la clase
mientras llega. Mi nombre es Artemisa Javert y si no tienen ninguna pregunta
qué hacer por el momento, pueden empezar a reunirse por parejas, vamos a
fabricar una poción para abrillantar metales, esforzándonos en lo posible por
no lograr una poción que funda metales, ¿de acuerdo?
Un destello color de fuego en el fondo
del salón atrajo su mirada sin poderlo evitar. Dos pelirrojos. Mirándola con la
misma fijeza del día anterior. Cielos.
En la enfermería, Harry leía en voz
alta para Ginny y Neville, habían terminado por ponerse de acuerdo en turnarse
para leer así, con la esperanza de poder terminar el libro antes de que los
dieran de alta, así sería mucho más rápido... o al menos así lo había planteado
Harry.
No podía explicarse por qué le había
hecho caso a Lykos con eso de leer la novela en voz alta. Draco estaba
concentrado en escribir a sus padres (¿sería en serio eso de que les escribía a
diario?) y en una redacción para la clase de Historia de la Magia, no daba
señal de escuchar en lo más mínimo... pero de momento Ginny y Neville eran una
audiencia cautiva y Harry volvió al libro.
Luego de encontrar un dragón de las
nieves muerto en forma misteriosa dentro de los límites del Bosque Prohibido,
un curioso grupo de estudiantes de Hogwarts (Daniel Morgan, de Slytheryn, Daena
Drake, de Ravenclaw, y Leonela Blood, de Gryffindor) se habían visto enredados
sin quererlo en los problemas de un squib llamado Lykos Laffite, que trabajaba
como sirviente para una familia sangre limpia y, luego de una serie de
accidentes cada vez más catastróficos (el último de los cuales había
involucrado un giratiempo), los cuatro habían terminado en Francia durante el
reinado de Luis XIII, tratando de encontrar la manera para entrar furtivamente
al laboratorio privado del Cardenal Richelieu para apoderarse de la joya mágica
que el villano principal (un hechicero oscuro) había utilizado para dar muerte
al dragón del principio del libro. No parecía que ningún plan fuera a funcionar
realmente bien, ya que los tres magos se detestaban entre sí y lo único en lo
que estaban de acuerdo era que detestaban con la misma intensidad al squib que
los había metido en ese lío sólo por averiguar cómo y por qué había muerto el
dragón. Para colmo de males, por la forma en que se comportaba, si Laffite
hubiera sido mago probablemente habría estado en Hufflepuff, lo que no
contribuía mucho a su popularidad con los otros tres.
Aunque quizá la intervención de los
tres mosqueteros (y D’Artagnan) pudiera poner un poco de orden...
Lucius Malfoy terminó de leer la
última carta de Draco y empezó a preguntarse por qué las cosas siempre se
complicaban de alguna manera cuando Lykos estaba cerca. Y no es que Lykos lo
hiciera a propósito, nadie sabía mejor que Lucius lo bienintencionado que era,
pero los desastres parecían buscarlo como si se tratara de alguna especie de
pararrayos. Su repentina amistad con el chico Longbottom (que Draco comentaba
un poco demasiado burlonamente... como si además hubiera algo de celos por la
forma en que Lykos se preocupaba ahora por el otro chico) era una muestra
típica de la forma en que se metía en líos.
Draco enfermo. Una epidemia en el
colegio. Y Lucius sabía perfectamente cómo reaccionaba su hijo a las pociones y
encantamientos de Madame Pomfrey: reacción nula. Por eso había tardado tanto en
recuperarse del ataque de aquel hipogrifo en tercer año, fue una suerte que
todos creyeran que fingía no poder valerse del brazo cuando en realidad había
tenido que esperar que sanara por sí solo como si hubiera sido un muggle
cualquiera. El precio de no poder utilizar Arte Oscura para curarse, por temor
a llamar la atención. Afortunadamente no era el único que se encontraba mal
esta vez y a Lucius le quedaba la esperanza de que no tardara demasiado en
recuperarse, aunque no le quedaba duda de que aquello llamaría la atención de
Dumbledore.
Y aunque no llamara la atención de
Dumbledore, sin duda llamaría la de Merlín o cuando menos la de Nakuri. Esos
dos siempre habían sido demasiado observadores y Merlín sabía mucho más de lo
que se permitía demostrar.
Narcissa vio a su esposo levantarse
como quien acaba de tomar una decisión drástica y empezar a repartir órdenes
entre los elfos domésticos, por lo visto se iba a ausentar otra vez. Y había
arrugado la carta de Draco.
No se preocupó ni preguntó nada.
Esperaría a que llegara su carta... Draco siempre les escribía por separado
debido a esa tendencia de Lucius de arrugar, rasgar y a veces quemar las cartas
cuando estaba preocupado o disgustado... la mayoría de las veces, Narcissa
recibía un duplicado de la carta correspondiente a Lucius un poco después de
que llegara ésta... por si acaso Lucius no había podido terminar de leer la
primera antes de hacerle algún daño irreparable y tuviera que pedirle a
Narcissa que le prestara la suya luego para terminar de enterarse de lo que
decía su hijo.
El más joven de los dragones avanzaba
sin mirar realmente por dónde iba. Los otros habían muerto durante la noche y
ahora estaba solo.
Superado de alguna manera el límite
del horror, el dolor y el miedo, lo que más sentía en ese momento era hambre.
Un hambre devoradora que parecía comerse a sí misma para luego regresar con más
fuerza. Pero no era capaz de encontrar nada comestible en ese bosque. Había
tratado de comer bayas y otras frutas silvestres, aún a riesgo de envenenarse
(difícilmente podría empeorar eso su situación) pero no había sido capaz de
tragarlas; el sabor había sido demasiado espantoso para siquiera mantenerlas en
la boca por más de unos segundos. Luego había contemplado la posibilidad de
cazar algo y la sola idea casi le hizo reír. Jamás había cazado nada. Jamás
había dado muerte a su propia comida. Aunque pudiera encontrar algún animal (y todos
se ocultaban a su paso) no tenía la menor idea de cómo cazarlo. ¿Y sería capaz
de arrancarle la piel sin herramientas adecuadas? ¿Sería capaz de comer carne
cruda? Tenía la seguridad de que todas esas dudas desaparecerían cuando el
hambre fuera lo suficientemente intensa, pero para entonces... ¿tendría fuerzas
como para conseguir alimento?
Si pudiera orientarse para llegar a
Hogwarts... pero aunque hubiera sido capaz de averiguar dónde estaba el norte,
no tenía idea de en qué dirección estaba el colegio.
No, la única opción que le quedaba era
avanzar tan en línea recta como pudiera y seguir el primer río que pudiera
encontrar. A alguna hora los ríos llegan al mar, en algún momento un río le
ayudaría a salir del bosque.
Y tal vez hubiera alguien buscándole.
Alguien que tal vez le diera tiempo de hablar antes de aterrorizarse por su
aspecto actual. Alguien tenía que haberse dado cuenta de su ausencia. Por lo
menos Draco _tenía_ que haber notado que no estaba.
Y si Draco no se había dado cuenta... lo iba a matar ahí donde
lo encontrara...
Ron frunció el ceño, la arruga
vertical que se formó entre sus cejas de pronto lo hizo parecerse muchísimo a
su hermano Percy. Hermione estuvo a punto de soltar la carcajada ante la sola
idea, pero era mejor no irritarlo más.
-¿Dices que alguien provocó la
epidemia? ¿No te parece que te estás dejando influenciar por ese Slytherin?
–dijo Ron, sopesando cuidadosamente sus palabras-. Son paranoicos por naturaleza
y para ellos no es raro ver conspiraciones por todas partes. Además, ¿por qué
estaba leyendo los mismos libros que tú?
-Él también estaba investigando sobre
los hechizos de sangre empleados por Ya-sabes-quién.
-¿Ah, sí? ¿Planea utilizar alguno?
-¡Ron! –protestó Hermione, para
sentirse incómoda enseguida. Era cierto, Nicholas no le había dicho en ningún
momento cuáles eran sus propósitos. Quizá Ron no andaba demasiado perdido al
desconfiar del Slytherin. Hermione respiró hondo-. Esta noche vamos a tratar de
consultar los libros prohibidos...
-¡No voy a permitir que vayas sola!
Bueno, eso era un avance, ella
justamente pensaba pedirle que la acompañara.
-No necesitas actuar como mi niñera, Ron
Weasley –afirmó, desdeñosa-, sé cuidarme perfectamente. Pero si quieres venir
tú también, por mí no hay problema.
Lo primero que vio Harry fue un montón
de pergaminos. Lo segundo fue que esos pergaminos tenían pies... o que tal vez
había una persona cargándolos. Finalmente descubrió que se trataba de Percy y
corrió a ayudarlo con su carga.
-¿Qué es todo esto, Percy? –preguntó.
-¿Madame Pomfrey te dejó entrar?
–añadió Ginny.
-Por supuesto –respondió Percy con
algo de displicencia-, vengo en misión oficial.
Los demás lo miraron alucinados, Percy
sonrió, satisfecho por la atención que le prestaban.
-Busqué a los profesores de cada uno
de ustedes, les dije que no había razón para que se retrasaran en sus estudios
mientras están aquí y me ofrecí para traerles sus tareas y los temas de clase
de esta semana, así que Madame Pomfrey me permitió entrar para entregárselos
personalmente.
Harry no supo si sentir odio o
admiración por Percy.
“Tal vez odio sería lo más adecuado”
pensó, al ver la montaña de pergaminos que Percy estaba acumulando sobre su
cama. Casi se podría jurar que MacGonagall y Snape estaban compitiendo por ver
quién le había enviado más trabajo.
Percy continuó en su labor de cartero
feliz dejando a Draco (que en ese momento no se encontraba en la habitación) en
último lugar.
-¿Dónde está Malfoy? –preguntó por
fin, mientras dejaba en su cama los pergaminos que le correspondían.
-Fue al baño –dijo Henry,
distraídamente, mientras desplegaba el pergamino que correspondía a Runas
Antiguas.
Percy terminó de acomodar los
pergaminos y entonces notó la bolsa de papel que estaba en la mesita de noche.
El aroma a chocolate era más fuerte que nunca e increíblemente tentador.
-¿Qué es esto? ¿Chocolate? ¿Madame
Pomfrey lo deja tenerlo aquí o alguien se lo trajo de contrabando?
Draco entró en ese momento y miró
horrorizado a Percy, que ya había abierto la bolsa y estudiaba su contenido.
-¡¿Qué estás haciendo?! –exclamó
mientras corría a arrebatársela.
Percy no tuvo tiempo de soltar la
bolsa cuando Draco la agarró y le dio un tirón. Como resultado, la bolsa se
rompió y los chocolates volaron por los aires, pero no había sólo chocolates
ahí dentro: un pequeño frasco rodó unos cuantos metros y se detuvo a los pies
de alguien.
Merlín se inclinó, sintiendo que la
herida en su espalda protestaba rabiosamente a pesar del intento que había
hecho Remus por curarlo (nunca se le habían dado bien ni las pociones ni los
hechizos curativos), y recogió el frasco. No pudo evitar mirar la etiqueta.
Siempre miraba las etiquetas, se había acostumbrado a hacerlo desde la primera
vez que estuvo a punto de cometer un error en la clase de Pociones.
“Orfidal”.
Leyó el resto de la etiqueta. La
receta (una dosis de adulto) estaba a nombre de Narcissa Malfoy. Que Merlín
supiera, no existía ninguna razón en el universo para que un medicamento muggle
propiedad de Narcissa Malfoy tuviera nada que hacer en la enfermería de
Hogwarts, así que miró a Draco de una manera especial, la manera que hacía que
sus hijos confesaran inmediatamente cualquier travesura, sólo que en este caso
simplemente no podía tratarse de una broma infantil.
-¿Esto es tuyo, Draco?
Había pasado del “señor Malfoy” y del
“usted” al nombre del chico y un tuteo condescendiente con una facilidad
pasmosa que más bien acentuaba la distancia entre el profesor y el estudiante.
Cualquiera que lo conociera bien sabría que ese cambio repentino era un
presagio de tormenta, y Draco, aunque no lo conocía mucho, tuvo oportunidad de
asustarse un poco.
-Sí. Gracias por recogerlo.
Draco extendió la mano para recuperar
su frasco, con una calma fría lograda gracias a muchos años de práctica. La
mayoría de la gente le habría devuelto el frasco y ahí habría terminado todo, a
nadie le interesaba tener problemas con los Malfoy, pero Merlín lo sujetó por
la muñeca al tiempo que examinaba su cara con aire crítico.
-¿Hace cuánto que estás tomando
Orfidal?
-Eso no es de su incumbencia, profesor
–respondió Draco, con un tono helado-. Suélteme ahora mismo y devuélvame eso.
-Creo que no, Draco. No es tu nombre
en el que está en la etiqueta. ¿Tu madre sabe que estás usando sus medicinas?
Draco apretó los labios y trató de
soltarse, pero Merlín no se lo permitió.
Harry advirtió con sorpresa que los
dos tenían la misma expresión de helada indiferencia a pesar de que Draco
realmente se estaba esforzando por liberar su mano y Merlín realmente tenía que
esforzarse por mantener sujeta la muñeca del joven. Parecía una batalla de
voluntades entre dos personas educadas de la misma manera.
-Eso es algo entre mi madre y yo, ¿no
cree?
-Conociendo a tu madre, dudo que sepa
lo que estás haciendo.
-¿Cómo se atreve? –la voz de Draco
sonaba encolerizada.
-Tsk, tsk... pierdes el control
demasiado rápidamente. Eso debería bastar para alarmarte. Un Malfoy jamás
pierde la calma, o al menos eso era lo que decía tu tío Alphonse. Responde a mi
primera pregunta: ¿hace cuánto que estás tomando esto?
-No es problema suyo.
-Lamentablemente sí lo es. Si te
molestaste en investigar mis antecedentes cuando supiste que sería tu maestro,
cosa que me parece es muy propia de un Malfoy... ah, vaya, veo, por esa
expresión, que es justo lo que hiciste... Entonces, sabrás que aunque esté
trabajando como profesor ahora, mi profesión es otra...
-Es médico, médico pediatra –replicó
Draco, con tono impaciente-. ¿Y qué con eso? ¡Suélteme ahora o el director se
enterará de esto!
-Se enterará, pero porque _yo_ se lo
diré –respondió Merlín.
Draco palideció.
-Está buscándose un serio problema con
mi padre, profesor –siseó entre dientes.
-Ya he tenido dos o tres serios
problemas con tu padre, jovencito. Te daré una última oportunidad: ¿hace cuánto
que estás tomando esto?
Esta vez Draco no respondió. Había
dejado de luchar por soltarse y ahora sólo miraba con furia a Merlín, que se
encogió ligeramente de hombros, aunque el dolor de la herida hizo que ese gesto
perdiera una parte de su indiferencia.
-Tú lo has querido... Libero veritas!
Draco parecía horrorizado.
-¡ESO ES ILEGAL! –gritó.
-No, se trata de un secreto de
familia... técnicamente, no es un hechizo ilegal ya que se supone que ni
siquiera existe.
-¡Pero...!
-Pero no. ¿Sientes algún dolor?
-Me está destrozando la muñeca, eso es
lo único que me duele –respondió Draco, inmediatamente y con una voz
completamente monótona, mientras sus ojos se agrandaban de terror-. ¡¿QUÉ ME HA
HECHO!? –gritó de nuevo.
-No querías admitirlo, ¿eh? –Merlín
sonrió con amabilidad, mientras aflojaba un poco la presión sobre la mano del
muchacho, pero sin soltarlo-. Un hechizo de la verdad completamente indoloro.
Sólo mi familia lo conoce y tenemos un permiso especial para usarlo, al menos
en Avalon... es... parte de los privilegios de la familia, estoy seguro de que
eso sí puedes entenderlo. Ahora, Draco, por favor, ¿hace cuánto que estás
tomando esto?
-Desde la semana anterior a entrar a
clases... ¡NO PUEDE OBLIGARME A DECIRLE NADA!
“Curioso detalle” pensó Harry “cuando
obedece al hechizo del profesor, Malfoy no arrastra las sílabas...”
-Pero ya lo hice... ¿Qué dosis estás
tomando?
-Media pastilla. ¡YA BASTA!
-¿Quién te las dio?
-Mi padre... ¡LE ORDENO QUE TERMINE
CON ESTO!
-Tsk, tsk... ¿De dónde sacas la idea
de que puedes darme órdenes?
-Es lo que mi padre habría dicho...
¡OH, YA, POR FAVOR, ES SUFICIENTE!
-¿Por...
-¡NO!
-...qué...
-¡NO!
-...te...
-¡NO!
-...lo...
-¡NO!
-...dio?
-Tengo pesadillas recurrentes, las he
tenido desde siempre pero durante las últimas vacaciones empeoraron como nunca.
No me atrevía a dormir siquiera y padre temía que enfermara. Consiguió las
pastillas y con eso cesaron los sueños. Hasta hace un par de noches, no soñaba
del todo.
-Pero tampoco te sientes bien.
-No, me siento muy cansado, aturdido
en ocasiones, me duele la cabeza, a veces me duele el estómago... Sé que es por
el orfidal. Sirve para relajarse, pero altera las etapas del sueño, por eso no
descanso y no me aprovecha lo que duermo... pero es mejor que las pesadillas.
Draco terminó sin aliento y los demás
no estuvieron muy seguros de si lo último lo había dicho bajo los efectos del
hechizo o no.
-Finite incantatem –murmuró Merlín, al
tiempo que lo soltaba.
Draco se apoyó contra la pared,
frotándose la muñeca lastimada y mirando con odio al profesor.
-Va a arrepentirse por eso.
-¿Un arrepentimiento más? Pues tendrá
que sacar turno, tengo demasiadas cosas de qué arrepentirme por el momento
–respondió Merlín, mientras se embolsaba el frasco.
-Devuélvame las pastillas.
-Temo que tendré que confiscarlas. Ni
siquiera te las recetaron a ti, muchacho, y tengo mis dudas acerca de si tu
padre sabe manejar adecuadamente una medicina muggle.
-Pero...
-Sí, has estado tomando una dosis para
niño, pero nadie ha dicho que esto sea lo que necesitas en realidad. Tu padre
no hizo que te examinara un médico muggle, ¿o me equivoco? ... ¿No dices nada?
Bien, el que calla, otorga. Y no te preocupes, te daré otra cosa. Algo que sí
te permita descansar. Pero primero tengo que hablar con el profesor Dumbledore
y con Madame Pomfrey acerca de esto.
Merlín salió de la habitación y Draco
lo siguió con la mirada, para luego voltear hacia los demás.
-¡¿QUÉ TANTO ME MIRAN?! –gritó, antes
de refugiarse en su cubículo.
-Debe haber sido muy desagradable
compartir la habitación con Malfoy después de eso –dijo Hermione unos días
después, cuando Harry se reunió con ella y Ron luego de haber sido dado de
alta.
-En realidad fue casi como si se
hubiera vuelto invisible, hubiera llegado a creer que no estaba si no hubiera
sido por sus pesadillas –dijo Harry-. El profesor Brightstar tardó dos días en
encontrar una fórmula que le permitiera dormir sin pesadillas, las pociones de
Madame Pomfrey no le hicieron ningún efecto a Malfoy y nos despertaba a todos
gritando a medianoche.
Ron no se molestó en disimular la
risa.
-¿Y supiste qué era lo que soñaba?
–preguntó el pelirrojo luego de un rato, cuando por fin logró dominar las
carcajadas.
Harry sacudió la cabeza.
-La primera noche llamaba a su padre y
a alguien llamado Fuego de Escarcha, a la segunda le pedía a su padre que no
permitiera que alguien llamado Feral se le acercara.
-¿Feral? ¿Has dicho Feral? –preguntó
Hermione, frunciendo el ceño.
-Sí, ¿por...? No me digas: has leído
sobre él en “Hogwarts: una historia”.
Hermione no pudo responder porque en
ese momento un curioso incidente llamó la atención de los tres.
Una chica de cabello negro... con un
extraño mechón plateado... trataba de poner distancia entre ella y los gemelos
Weasley.
-¡Ya les dije que me dejen tranquila!
-Pero...
-Pero...
-¡Ya es suficiente! ¡¿No les basta con
lo que han hecho?!
-¡Lo que queremos es disculparnos,
señorita Javert! ¡No era nuestra intención hacer que la poción explotara y le
hiciera eso a su cabello!!!
Artemisa enfrentó a los gemelos
sujetando el mechón plateado, que no había estado ahí unos días antes.
-¡Lo hicieron a propósito, lo sé!!!
¡Alguien les dijo mi apodo y por eso hicieron que mi cabello se volviera
plateado con su estúpida fórmula “mejorada”!!! ¡Aún me quedan dos días de
infierno hasta que todo mi cabello vuelva a su color normal! ¡Traten de
mantenerse fuera de mi camino porque lo que yo les haré si me siguen molestando
será permanente!!
-¿Quién es ella? –preguntó Harry.
-La sobrina de Snape –contestó Ron-.
Parece que vino a visitarlo por unos días y lo reemplazó en una clase... y...
bueno, acabas de ver el resultado.
-Nunca me hubiera imaginado que Snape
tenía familia.
-Sí, uno pensaría que brotó del suelo,
como los hongos venenosos...
-Esa es una comparación un tanto
cruel... para los pobres hongos, jovencito –señaló un voz suave.
Los tres amigos se encontraron con que
alguien estaba cerca de ellos. Un hombre muy alto, vestido con una elegancia
casi exagerada.
-Yo... yo no pretendía... –empezó Ron.
-Tranquilo –respondió el desconocido,
sonriendo amablemente-, Sev suele crear esa clase de comentarios por donde
quiera que pase.
“¿¿Sev??” pensaron los tres al mismo
tiempo.
-Perdóname si soy indiscreto,
jovencito –continuó el desconocido-, pero ese cabello rojo me hace pensar que
quizá estés emparentado con Arthur Weasley.
-Es mi padre –contestó Ron-. Yo soy
Ronald Weasley, señor...
-Augustus Feral –respondió el otro,
extendiendo su mano para estrechar la de Ron con toda corrección-, Director del
Departamento de Magia Experimental del Ministerio de Magia. Es todo un placer,
conocerte, Ronald. Tú eres el ajedrecista, si no me equivoco.
Ron tragó saliva con dificultad.
-¿C-cómo lo sabe?
Feral sonrió de nuevo.
-Un padre que está tan orgulloso de
sus hijos como el tuyo no pierde oportunidad de celebrar sus triunfos. Espero
que alguna vez tengas tiempo para una partida de ajedrez, Ronald, me gustaría
saber qué tan acertado está Arthur cuando dice que serías capaz de derrotarme
en cinco movimientos.
-S-será un honor, señor Feral.
La mirada de Feral se desvió de Ron a
Harry y Hermione y luego volvió a Ron, que captó de inmediato el mensaje.
-Estos son mis amigos, Hermione Granger
y Harry Potter.
Feral los saludó con amabilidad, sin
dar muestra de reconocer el nombre de Harry ni mirar con demasiada curiosidad
su cicatriz.
-¿Qué lo trae por aquí, señor Feral?
–preguntó Hermione.
-Cosas del trabajo, es la primera vez
que visito Hogwarts y creo que me extravié en los corredores... ¿serían tan
amables de indicarme cómo llegar a la oficina del director?
-¡Seguro! –dijo Ron-. Estamos bastante
cerca, si desea, podemos guiarlo hasta allá.
-Sería magnífico... ¡Ven, Nagini!
Los tres jóvenes se quedaron mudos al
ver aparecer una enorme serpiente que avanzó resuelta hasta quedar junto a
Feral, como un perro bien entrenado.
-Oh, no se preocupen –dijo Feral, al
notar las caras de espanto-. Nagini es pacifista por naturaleza y no le haría
daño a nadie... además, la alimenté antes de venir.
“¡Nagini!” pensó Harry con angustia
“¡Ese es el nombre que escuché en mi sueño!”
Padfoot abrió los ojos cautelosamente.
¿Qué le deparaba el nuevo día en el pequeño apartamento de la “encantadora”
familia Snape? Oh, no podía oler el perfume de Artemisa, debía haber salido
temprano. ¿Por qué no lo habría despertado? En los últimos días había tomado la
costumbre de hacerlo acompañarla a todas partes. ¿A dónde querría ir sola?
Y Snape no tendría clases hasta la
tarde. Señal de que tendría que acompañarlo hasta el medio día... a menos que
se le ocurriera dejarlo suelto en el jardín para que hiciera ejercicio.
-Vaya, hoy sí dormiste hasta tarde –se
escuchó la voz de Snape.
Argh, Snape sí estaba ahí todavía,
cambiando el agua de su plato y preparándole algo de alimento. Padfoot no
deliraba por el alimento para perros, y menos cuando se lo preparaba Snape que,
por alguna extraña razón, solía agregarle un poco de leche, pero no podía
evitar una casi sonrisa perruna cada vez que lo veía atenderlo. ¿Ese era el
sujeto que aseguraba no soportar a las mascotas? Ojalá y no intentara
cepillarlo otra vez, o tendría que morderlo, lo cual no sería muy agradable,
podía apostar que Snape tenía peor sabor que las ratas.
-Ven, muchacho, come algo y luego te
dejaré salir al jardín del colegio. Esta Artemisa... ¿cuándo entenderá que no
pude tenerte en el castillo todo el día? Bueno, menos mal que ya tienes mejor
aspecto que cuando llegaste, eras un legítimo saco de huesos... tal vez hasta
llegues a tener una apariencia decente algún día...
Era una novedad hilarante tener que
escuchar a Snape hablándole así, valía la pena tener que comer alimento con
leche sólo por escucharlo decir “buen muchacho”, ¡lo que se reiría Remus cuando
se lo contara!
Galahaad Brightstar miró hacia el
cielo, arqueando el cuello y la espalda tanto como pudo sin arriesgarse a
perder el equilibrio. Era increíble la velocidad que Henry podía sacarle a una
vieja silverthunder de segunda mano, daba la impresión de que sería muy difícil
alcanzarlo aún en un modelo nuevo.
“No es la escoba, es el piloto” solía
decir Henry con una sonrisa burlona cada vez que sus tíos ofrecían comprarle
una nueva. Galahaad comprendía a la perfección que había algo más en el asunto:
Henry había ahorrado durante todo un año para comprar esa escoba, haciendo
pequeños trabajos aquí y allá y guardando todo el dinero que cayera en sus
manos. Él mismo había reparado hasta el último arañazo y emparejado cada
ramita, hasta llegar a conocerla a la perfección. Estaba en mejor forma de la
que podría haber tenido recién salida de la fábrica y Galahaad se preguntaba si
alguna vez esa silverthunder podría llegar a considerarse un clásico, como la
skydream o la goldenray.
Aparte de eso, Henry era realmente
bueno. Las maniobras que realizaba en ese momento calificarían en una
competencia de acrobacia aérea y aún así Galahaad estaba seguro de que Henry no
corría ningún riesgo. No sería el mejor seeker, pero era el mejor piloto
acrobático, y la maniobra de descenso que realizó para aterrizar a su lado con
la elegancia de siempre sirvió para confirmárselo.
-Hoy empezaste temprano –señaló
Galahaad.
-Sólo quería calentar un poco antes de
iniciar el entrenamiento. ¿La trajiste?
Galahaad asintió y sacó un tubo de
ensayo en el que dejó caer uno de sus cabellos para luego ofrecérselo a su
primo. Henry bebió la mitad de un solo trago, muy acostumbrado a eso, al
parecer, y agregó uno de sus cabellos al resto antes de devolverle el tubo a
Galahaad, quien bebió a su vez.
La poción actuó enseguida, modificando
la apariencia de ambos. No era la
poción Polyjuice que habían utilizado Harry, Ron y Hermione un tiempo atrás, la
versión avalonesa no era tan perfecta (Henry conservaba su leve problema de
astigmatismo sin importar qué apariencia tomara), pero sus efectos eran más
duraderos: durante las próximas 24 horas, cada uno podría tomar perfectamente
el lugar del otro.
Así lo habían
estado haciendo desde antes de llegar a Inglaterra desde Avalon. Al principio,
Henry también cambiaba de lugar de Arturo de vez en cuando, pero al iniciarse
las clases los tres decidieron que sería menos problemático para todos que sólo
cambiara con Galahaad, quien, por ser
más introvertido que su hermano mayor, tenía un carácter más cercano al de
Henry, así sería más difícil descubrirlos.
-Sé que ya es tarde para preguntarlo,
¿pero estás seguro de que quieres encargarte de esto? –preguntó Galahaad,
sorprendiéndose un poco (no podía evitarlo) al escucharse hablar con la voz de
Henry.
Henry se ajustó un poco los anteojos
(con la apariencia de Galahaad le quedaban un poco grandes y resbalaban
demasiado por su nariz) y sonrió de un modo que resultaba totalmente extraño en
la cara del chico rubio.
-No puedo dejar que Slytherin pierda sólo porque no jugaré
todos los partidos. Es una verdadera lástima que no quieras tomar mi lugar en
el equipo cuando sea tu turno de “ser” yo.
Galahaad de encogió de hombros.
-Te dejé escoger el calendario,
¿recuerdas? Creo que más bien he hecho demasiado por ayudarte. Y no serviría de
nada que jugara. Tú sabes bien que no soy ni la mitad de buen seeker que tú.
Soy un excelente chaser, pero como seeker no llegaré a ningún lado. Sería muy
extraño que tu nivel como jugador sufriera altibajos sin justificación
alguna... y además, no sería honesto que fingiera ser tú en un partido.
-Tenías que ser Gryffindor,
Galahaad... Aunque tengo que admitir que no lo haces tan mal fingiendo que eres
un Slytherin. Casi podría creer que el Sombrero Seleccionador se equivocó
contigo porque lo confundió la poción de cambio.
-El cambio es sólo externo y tú lo
sabes, cuando realizamos la ceremonia del sombrero fue a mi verdadero yo al que
enviaron a Gryffindor, aunque estaba usando tu nombre y tu apariencia. Lo mismo
contigo, eres un Slytherin de pura cepa.
-Lo de la cepa es cuestionable. Pero
como te iba diciendo, tengo que convertir a Malfoy en un seeker aceptable o la
vamos a pasar mal.
-¿Y tú crees que pasar tanto tiempo
con él no lo hará sospechar? Es un Slytherin después de todo, podrá descubrir
una intriga a kilómetros y además, tú...
Henry hizo callar a Galahaad con un
ademán impaciente.
-Sé lo que estoy haciendo. Siempre lo
he sabido.
Galahaad desvió la mirada. Un día de
tantos reuniría valor suficiente como para decirle a sus padres lo que estaba
pasando y la forma tan sui géneris en la que Henry estaba tratando de recuperar
antiguas amistades.
-Lupin.
Había algo en la manera que tenía
Snape para pronunciar su apellido que hacía que Remus pensara que más bien
estaba escupiendo. De todos modos, saludó al otro con una sonrisa cuando se
encontraron frente a la oficina de Dumbledore.
-Hola, Severus.
-¿Qué haces aquí?
-Me llamaron. Parece ser que un
funcionario del Ministerio está aquí y quiere coordinar el equipo de
investigación –Remus suspiró-, parece ser que no trabajaré sólo con tu sobrina,
sino además con un asesor o algo por el estilo...
El ceño de Snape se frunció todavía
más.
-Sí... parece que a Fudge le inquietan
los métodos de Artemisa. Quiere que haya cerca alguien que se encargue de
recordarle las reglas. Percy Weasley.
Remus lo miró con los ojos muy
abiertos.
-Oh... lo recuerdo. Fue mi alumno...
-Y puedo asegurarte que no te ha
olvidado –Snape desvió la mirada y se mordió el labio inferior-. Creo que te
causará problemas, de lo cual me alegro, porque no le dará tiempo para molestar
a Artemisa.
Claro, por supuesto. Percy había
tenido mucho qué decir al enterarse de que había tenido a un hombre lobo como
profesor de Defensa. Había tratado poco al chico, pero le despertaba algo de
inquietud. Demasiado apegado a las reglas para ser un Gryffindor, un devoto de
la letra de la ley, incapaz de entender la diferenciación entre la letra y el
espíritu... oh, sí que tendría problemas. ¿Por qué Severus no estaba sonriéndose?
Que Percy fuera el tercer miembro del equipo que debía buscar a Sirius debería
haber sido una gran noticia para él...
-A mi sobrina no le gusta trabajar en
equipo –murmuró Severus, sorprendiéndolo-. Es como su madre.
-Ella... ¿es hija de una hermana tuya?
–preguntó Remus, dándose cuenta de repente que de la familia Snape sólo había
conocido a Severus y al abuelo de éste, un caballero tan amargado que a su lado
el Severus actual parecería un sujeto alegre.
Snape sacudió la cabeza, parecía
arrepentido de haber hablado.
-Su madre y yo éramos primos, pero nos
educaron juntos. No creo que la recuerdes...
-¿Cómo se llamaba?
-¿Por qué te interesa saberlo? –Snape
repentinamente parecía estar a la defensiva.
-Para ver si la recuerdo o no.
-Mmm... Aimée.
-Pues no... no recuerdo a ninguna
Aimée Snape...
-No era Snape, era Gautier, su padre
era francés.
Mucho menos, no la recordaba así
tampoco.
-¿Estaba en Slytherin?
-Por supuesto –Snape ya parecía
incómodo-, pero no en el mismo año que nosotros, además tenía su propio círculo
de amistades, no la habrás visto mucho.
-No, supongo que no.
-Vaya, pero qué alegre reunión tenemos
aquí –dijo Nakuri acercándose a saludarlos a ambos-. Linus me dijo que te vio
por los alrededores, Remus, ¿cómo estás?
-Algo cansado, pero no más que de
costumbre... eh... ¿Cómo está Merlín?
-Él está bien. Un poco sacudido, pero...
bueno, no se lo esperaba –Nakuri miró de reojo a Snape antes de continuar-.
Siempre ha sido muy poco afecto a las sorpresas...
-Puedes hablar con libertad, Severus
conoce mi... problema.
-¿Oh, sí? –replicó Nakuri en un tono
que parecía decir “¿se lo dijiste a él y a mí no?”.
-Me enteré por casualidad –apuntó
Snape.
Nakuri sonrió.
-¿Tienen algo que hacer este domingo?
–preguntó-. Me gustaría invitarlos a almorzar con mi familia... Creo que tú no
conoces todavía a mi sobrino Henry, ¿verdad, Remus?
-Eh... no, creo que no...
-Un joven curioso –dijo Snape-. ¿Tú
podrías explicarme por qué sólo usa los anteojos la mitad del tiempo, Nakuri?
-A veces usa los de contacto. Creo que
no le gusta ninguna de las dos cosas, pero tampoco me acepta una curación
mágica. Cosas de adolescentes, supongo.
-Sí eso deb...
Snape enmudeció al ver que Feral y su
serpiente se aproximaban a ellos en compañía de Harry y sus amigos. Harry y
Hermione tenían caras de preocupación y miraban con inquietud a Nagini,
mientras que Ron charlaba hasta por los codos...
La serpiente estudió al trío que
estaba cerca de la oficina y se deslizó rápidamente hasta llegar junto a
Nakuri, que tuvo que esforzarse bastante para no retroceder espantada. El
primer impulso de Remus fue sacar su varita, pero Snape lo detuvo. Nakuri
estaba murmurando algo.
-Talamanca me quiere comer,
Talamanca, la bocaracá.
Sucurú, sucurú,
sucurú.
Sucurú, sucurú,
curutá.
¡Crótalo, no lo
comas!
¡Y la culebra se
va!
Nagini la miraba con algo que parecía
curiosidad y Nakuri empezó a sonrojarse.
-Sí, claro, supongo que no eres una
bocaracá.
De repente, Harry pudo ver que Ron y Hermione se quedaban
boquiabiertos. ¿Por qué?
-¿Te asustan las bocaracás? Le sucede
a muchos humanos –dijo Nagini amablemente-, son algo... hum... temperamentales.
-Sí que lo son, oh, espero no haberte
molestado, es que me confundieron tus colores... pero eres mucho más grande que
una bocaracá.
-Mis colores –la voz de Nagini tenía
un tono decididamente complacido-, oh, son un maravilloso disfraz, ¿no crees?
-Bellísimo.
-Gracias. ¿Cómo te llamas, linda?
-Nakuri Brightstar, a tus órdenes. Soy
profesora aquí.
-Yo soy Nagini, mascota.
-Es un placer, Nagini.
-Igualmente, Nakuri.
En ese momento, Harry cayó en la
cuenta de lo que estaba pasando. La profesora Brightstar estaba hablando en
parsel.
Continuará...
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dragón
Notas de la autora:
Un
agradecimiento especial para Natharell, que me ha asesorado con la parte médica
de este capítulo. ¡Muchísimas gracias, Nath, eres un sol!
Aimée es el
nombre de la hermana de la protagonista de “Corazón Salvaje”, de Caridad Bravo
Adams =3 y Gautier es el apellido de la protagonista de “La dama de las camelias”,
de Alejandro Dumas, hijo.
Cerunnos es un
dios celta al que se representa como un humano con cornamenta de ciervo.