ADVERTENCIA
Este fic contiene gran cantidad de spoilers, es
decir que si lo lees y no has leído los libros te echará a perder la emoción.
Te recomiendo primero leer los libros escritos por Rowling y después leer los
fics, pero si no te importa saber lo que sucedió en anteriores libros sigue,
pero yo te lo advertí primero.
por Daga
“Por aquel entonces había sido muerto el rey Moines, y
estando desterrados sus hermanos Uther y Pendragón, el usurpador Vertigiers
gobernaba Inglaterra.
Quiso este monarca construir un gran muro para fortificar su
castillo, por temor a que Uther y Pendragón volvieran con un ejército a
reclamar sus derechos sobre el trono. Pero cada vez que la muralla llegaba a
cierta altura, un fuerte temblor la derrumbaba.
Tres veces se trató de edificar el muro. Tres veces fue
derribado. Y nadie podía explicar ese misterio.”
Leyenda de
Merlín, contada por Henry Hyde
Siete figuras encapuchadas
contemplaban Hogwarts a la luz de las estrellas.
-¿No te preocupa que los dragones
hayan escapado?
-Cuando mucho sobrevivirán un par de
días, y eso si tienen suerte. Jamás han estado solos en un bosque. Dudo incluso
que sean capaces de alimentarse. Además, el Corazón del Dragón no permite una
vuelta atrás, puedes estar seguro de que morirán antes de que los encuentren.
-Aún así me sentiría más tranquilo si
tuviéramos los cadáveres en nuestro poder. Está bien que Hagrid haya encontrado
uno... pero ese grupito era bastante grande, casi una manada.
-Los demás animales acabarán con la
evidencia. Creo que hay bastantes depredadores en ese bosque.
-Sí, supongo que sí. ¿Y ahora qué
sigue?
-Encontrar los que queden, por
supuesto. Necesitaremos la sangre de unos cuantos para ayudar a nuestro Amo.
-Me refiero a que no sabemos cuáles
son las otras familias del pacto. Tal vez... deberíamos... ejem, “interrogar”
al Guardián...
-Sería arriesgado, recuerda que es
descendiente del creador de la joya.
-Sin embargo...
-No voy a correr riesgos en ausencia
del Amo.
-Está bien. Pero la pregunta queda:
¿cómo vamos a identificar al resto de las familias del Pacto?
-He estado pensando en algo. Esas
familias participan de un hechizo de sangre desde el siglo V, ¿no es así?
-Eso tengo entendido, fue de esa
manera que el Mago Merlín creó la joya, como una alianza de sangre, y es por
eso mismo que la joya lleva la muerte a quien traicione las promesas de
entonces.
-No es Arte Oscura, pero se acerca
bastante...
-¿Qué quieres decir?
-Voy a lanzar un hechizo especial
sobre Hogwarts... una pequeña epidemia.
-¡Eso es imposible! ¡Hogwarts está
demasiado protegido!
-Bastará con que el hechizo se esparza
en los alrededores, hay gente que entra y gente que sale constantemente. Con
sólo que una persona se contagie será suficiente para que la epidemia entre al
colegio, ya que la magia estará en colocar la enfermedad alrededor de Hogwarts,
no en la enfermedad en sí misma.
-Ya veo... pero ¿para qué?
-Los niños de las familias del Pacto
han estado expuestos a algo muy similar a la magia oscura durante toda su vida.
Eso significa que reaccionarán ante una enfermedad muggle igual que si fueran
hechiceros oscuros: ninguna medicina mágica servirá para curarlos, a menos que
sea un hechizo de magia oscura.
-¡Espera un momento! ¡No vas a
enfermar sólo a los niños del Pacto sino también a los nuestros!
-No por mucho tiempo. La gran mayoría
apenas están iniciando su entrenamiento y los hechizos de curación sólo
tardarán un poco más en actuar en ellos que en los hijos de los otros magos...
creo que únicamente el chico de Malfoy ha estado practicando magia oscura
durante suficiente tiempo como para ponerse realmente mal... igual que si fuera
uno de los del pacto, pero un Malfoy bien puede hacer ese pequeño sacrificio,
¿no? Además –y en ese momento, el que hablaba sonrió de una manera que habría
asustado a un tiburón-, se le advirtió muy claramente a Lucius que no era
prudente iniciar a su niño en las Artes Oscuras antes de que cumpliera la edad
mínima, pero el sujeto es demasiado ambicioso. Ahora, que se atenga a las consecuencias.
-Supongo que tienes razón.
-Siempre la tengo.
Remus esperaba en la estación del tren
con aire preocupado. No le hacía mucha gracia tener que ser él quien recibiera
a la persona que estaba a punto de llegar.
Cornelius Fudge definitivamente no
atendía razones. No sólo se había negado a escuchar la versión de Harry acerca
del caso de Sirius, sino que además estaba empleando buena parte de los
recursos del Ministerio en aquella persecución. Y ahora, esto.
La persona que tenía la reputación de
ser la mejor Auror en la historia del mundo mágico estaba por arribar a la zona
para localizar a Sirius. Necesitaría todo un despliegue de habilidad para
despistarla, si su inteligencia correspondía aunque fuera a la quinta parte de
lo que se le atribuía.
-¿Me andas siguiendo o es sólo mi mala
suerte el encontrarte cada vez que salgo del colegio? –preguntó Snape,
deteniéndose junto a él.
-Hola, Severus... vine a recibir a
alguien.
-¿Ah, sí?
-Artemisa Javert.
-¿Sí? No imaginé que la conocieras.
-Nunca la he visto en mi vida, pero
parece que voy a trabajar con ella. Fudge la relevó de todos sus otros casos
para que se dedique exclusivamente a buscar a Sirius.
-Hummm... eso sí que será un problema.
Vas a necesitar un milagro para impedir que lo encuentre.
Remus enarcó una ceja.
-¿Significa que eso que no viniste a
esperarla para decirle dónde encontrarlo?
-Ya habrá tiempo para que tu amigo
pague sus deudas –replicó Snape con indiferencia-, ya sea que yo lo denuncie o
que ella lo atrape, pero de momento me parece que hay cosas más importantes que
tratar que un evadido de Azkaban.
-¿Por ejemplo?
-Nada que pueda explicarte con demasiada claridad sin que me
tomes por loco.
-Oh, vamos, Severus, eso no sería
ninguna novedad...
-No tientes tu suerte, Lupin.
-De acuerdo. Si no viniste a esperarla
a ella para denunciar a Sirius... ¿a qué viniste?
El tren arribó en ese momento y bajó
una sola persona. Una jovencita de catorce o quince años, ojos claros y largo
cabello negro contempló a los dos hombres que esperaban en el andén. De repente
soltó la mochila que portaba (de la que sobresalía un arco) y corrió hacia
ellos con una gran sonrisa.
Remus no podía creer lo que estaba
viendo cuando la jovencita abrazó a Snape, casi derribándolo. Y al principio
creyó que era víctima de una alucinación cuando la escuchó hablar.
-¡¡Tío Severus!!
Snape se las arregló para mantener el
equilibrio, aunque para ello tuvo que sujetarse de la chica de una manera que
podría interpretarse como si la estuviera abrazando también (cosa que Remus
catalogó como imposible) y le dedicó al sorprendido testigo una sonrisa
bastante extraña por encima del hombro de ella.
-Remus, esta es Artemisa Javert...
“Espero que comprendas, Malfoy, que
hago esto porque te lo has ganado”
“Milord, no pretendía discutir sus
decisiones, es sólo que... no me siento a gusto con esto. La criatura es muy
débil, si me diera tiempo para conseguir algo mejor...”
“Con él es más que suficiente para lo
que pretendo lograr. ¡Y ya deja de ponerme peros! Después de todo, es una
recompensa a tus servicios lo que estoy dándote, deberías agradecerlo”
“¡Y lo agradezco, Lord Voldemort! Pero
Draco...”
“¿Acaso temes que no sobreviva? ¡Me
sorprendes, Lucius! Pensé que confiabas en mí”
“¡Oh, Milord, por supuesto que confío
en usted! Es sólo que no me siento digno de un honor semejante”
“Deja la adulación a un lado al menos
por cinco minutos, voy a empezar ahora y ya no quiero escuchar una sola palabra
tuya hasta que haya terminado. Tráeme a Draco”
Dolor.
Un dolor tan intenso que sólo podía
ser real en una pesadilla.
Draco despertó de repente, se había
quedado dormido sobre el reporte para Relaciones Interdimensionales y había
arrugado un poco el pergamino.
Finalmente había llegado el día en que
debía entregar el reporte. Draco se sentía fatal. No sólo porque tendría que
leerlo delante de toda la clase sino porque además había pasado una noche
repleta de pesadillas. Había llegado muy temprano al aula para revisar los
papeles por última vez sin tener que estar soportando a Lykos, que había estado
tratando de decirle algo con una cara tan alarmada que Draco se había
desesperado y casi se había ido corriendo. Ni siquiera se molestó en desayunar
y le alegraba un poco el no haberse encontrado a nadie camino del salón. Un
poco de calma era justo lo que necesitaba antes de tener que soportar la
sonrisa triunfal de Potter y compañía cuando confesara que un hermano de su
padre había estado en Hufflepuff.
La puerta se abrió ruidosamente y Ron
Weasley hizo ademán de entrar... pero se quedó quieto en su sitio, mirando
fijamente a Draco, hasta ponerlo todavía más incómodo de lo que ya estaba.
-¿Puede saberse qué tanto me miras,
Weasley? –preguntó Draco, irritado.
-Te están saliendo pecas, Malfoy.
-¡¿Qué?! ¡A mí no me salen pecas!
–exclamó Draco, con el mismo tono que habría usado si Ron hubiese dicho
“piojos” en lugar de “pecas”.
-Pues yo he visto suficientes pecas en
mi vida como para saber de qué estoy hablando.
Ron se cruzó de brazos y Draco tuvo
que reprimir una imperiosa necesidad por conjurar un espejo.
-No pueden ser pecas –protestó
débilmente-. Ningún Malfoy tiene pecas.
Ron puso los ojos en blanco por un
instante y luego se acercó para examinar mejor la cara de Draco.
-¿Sabes qué? Creo que tienes razón. No
son pecas...
-Menos mal...
-... es acné.
-¡¿QUÉ?!
Esta vez Draco realmente tuvo que
esforzarse para no conjurar el espejo.
-No... acné no... –murmuró.
-Una verdadera explosión de acné
juvenil –remató Ron.
-No puede haberme salido acné de la
noche a la mañana.
Merlín entró en ese momento, sorprendiéndose de encontrar dos
alumnos tan temprano en el aula.
-Buenos... Válgame Dios... ¿Se siente
bien, señor Malfoy?
-¿Uh? –Draco estaba empezando a
marearse.
Merlín dejó en el escritorio los
libros que llevaba consigo y fue hasta ellos, con una expresión muy preocupada
en los ojos.
-Nunca he tenido acné –murmuró Draco,
de pronto se le estaba dificultando hablar.
-No creo que sea acné –dijo Merlín,
tocándole primero la frente y luego la garganta.
-Pues es justo lo que parece –señaló
Ron.
-Sí, pero el acné no produce fiebre
–Merlín miró con atención a Ron-. Una pregunta, señor Weasley, ¿usted ya pasó
la varicela?
-¿Va-varicela? –tartamudeó Ron.
-Porque si no es así, le recomendaría
que pusiera tierra de por medio... aunque tal vez ya sea tarde, esto es muy
contagioso...
Hermione encontró el camino hacia una
de las mesas de la biblioteca a pesar de llevar en los brazos una verdadera
montaña de libros, la verdad era que se sabía el camino de memoria, y si
pudiera llegar hasta la mesa sin tropezar con nadie...
-Permíteme.
Aproximadameente la mitad de los libros que cargaba desaparecieron
y Hermione se encontró con la cara sonriente de Nicholas Anderson.
-Parece que estás realizando un gran
trabajo de investigación –señaló él, mientras depositaba los libros sobre la
mesa y luego tomaba los que todavía tenía la sorprendida Hermione.
-Eh... sí, uh, gracias.
-No me lo agradezcas, yo estaba
buscando los mismos libros, pero la bibliotecaria me dijo que ya los habías
pedido todos... Ejem... ¿Te molesta si reviso unos cuantos mientras tú lees los
otros?
-Er... bueno, ¿por qué no?
Luego de un rato durante el cual sólo
se escuchó el sonido del papel, y el rasgueo de las plumas al tomar apuntes,
Hermione miró con curiosidad al muchacho de Slytherin.
-¿Qué es lo que estás buscando,
Anderson?
-No estoy seguro, pero creo que lo
sabré cuando lo encuentre... y, por favor, llámame Nicholas.
-Nicholas.
-¿Puedo llamarte Hermione?
-¿Por qué no? Oye, ¿cómo sabes mi
nombre?
-¿Hay alguien que no conozca al trío
maravilla de Gryffindor?
Para su propia sorpresa, Hermione no
consiguió detectar ironía en las palabras de Nicholas. El muchacho sonrió y
volvió a concentrarse en lo que leía.
-Parece que hoy la biblioteca está
bastante vacía –dijo Hermione.
-Sí, hay mucha gente enferma, ¿no lo
sabías? La mitad de Hogwarts tiene varicela.
-¿Varicela? ¿Aquí? Oh, entonces fue
por eso que casi no llegó nadie a Interdimensional hoy y el profesor Brightstar
tuvo que cancelar la clase. Estaba tan concentrada pensando en lo que tengo que
buscar aquí que no se me ocurrió preguntar qué pasaba. Cielos, yo nunca he
tenido eso...
-Yo la tuve hace poco, durante las vacaciones,
justo para mi cumpleaños.
-¡No! ¿En serio? Eso debe haber sido
desagradable.
-No tanto. Estaba en mi casa y toda mi
familia me cuidó como a un príncipe. Estar enfermo lejos de casa debe ser muy
desagradable.
-Ya lo creo. Nunca me hubiera
imaginado que pudiera haber una epidemia de algo en Hogwarts.
-No, ni yo tampoco –Nicholas cerró el
libro con aire pensativo-, además, la varicela es una enfermedad muggle, o al
menos eso fue lo que dijo mi madre cuando me enfermé, la pobre estaba muy
asustada porque nadie en su familia la había tenido jamás... eh, la familia de
mi madre es de sangre limpia, pero mi padre es muggle.
-¿Y es muy raro que un mago se enferme
de algo propio de los muggles? Bueno, no sé mucho al respecto, mis padres son
muggles los dos.
-No es difícil que un mago se contagie
de cualquier cosa estando en una ciudad muggle, por ejemplo, pero una
enfermedad muggle no debería llegar hasta aquí y menos con tanta... ejem...
virulencia como para afectar a tanta gente, ¿no crees? Según escuché, casi
todos los que enfermaron se recuperaron enseguida después de visitar a Madame
Pomfrey, pero hay unos cuantos que están aislados desde anoche o esta mañana...
Eso es bastante curioso. Casi parece una de esas películas sobre guerra
biológica, como si alguien hubiera sembrado la epidemia.
Hermione se quedó boquiabierta.
-¡Cielos, Nicholas, eso es justo lo
que parece!
Ron y Harry pensaron ambos en la misma
palabra al ver venir hacia ellos a Fred, George y Percy: “estampida”. Jamás
habían visto a los tres pelirrojos correr de esa manera.
-¿Dónde es el incendio? –alcanzó a
preguntar Ron antes de ser arrastrado junto con Harry en lo que parecía ser un
asunto de vida o muerte.
-¡Tenemos que encontrar la manera de
colarnos en la enfermería! –dijo Fred (¿o era George?).
-¡Nunca tendremos una oportunidad como
esta! –añadió George (¿o era Fred?).
-¡Ya basta, les ordeno que se
detengan! –gritó Percy (ahí fue cuando Ron y Harry comprendieron que Percy no
corría “con” los gemelos sino que estaba persiguiéndolos).
-¿Una oportunidad única para qué?
–preguntó Harry.
-¡Tenemos que tomarle fotos a alguien
que está en la enfermería! –respondió uno de los gemelos.
-¡De ninguna manera! –protestó Percy-.
¡No lo voy a permitir!
Todo indicaba que el día empezaría a
ponerse interesante.
-¡Fuera de aquí!
Lykos siseó como un gato furioso (¿o
como una serpiente?) cuando Madame Pomfrey perdió la paciencia y lo amenazó con
una escoba.
-¡No tienes nada que hacer aquí!
–repitió ella-. ¡No voy a permitir animales en mi enfermería y menos teniendo a
unos niños enfermos ahí dentro!
-¡Los reptiles no transmitimos
enfermedades a los humanos, para que lo sepa! –exclamó Lykos-. ¡Y uno de los
niños de los que habla es mi responsabilidad! ¡Debería dejarme verlo! ¡Quiero
asegurarme de que esté bien atendido!
-Está perfectamente bien atendido
–Madame Pomfrey hablaba con el tono del orgullo herido-. No tienes nada de qué
preocuparte. ¡Ahora márchate de aquí para que pueda seguir trabajando!
Lykos refunfuñó algo que
afortunadamente Madame Pomfrey no alcanzó a oír (de otro modo, la escoba no
habría sido usada sólo para amenazar) y se marchó muy despacito y con la cabeza
baja.
Era la primera vez en toda su
existencia que se le prohibía cuidar a Draco y aquello no podía resultar menos
que desorientador. Por supuesto, Lucius no le había permitido acompañarlo
cuando entró a Hogwarts y si le había dado permiso de reunirse con él ese año
había sido sólo por el incidente del reporte... Lykos sospechaba que se le
ordenaría regresar a Malfoy Manor tan pronto como Draco entregara el reporte y
buscaba con verdadera desesperación una excusa que le permitiera quedarse. O no
conocía en absoluto a Lucius o éste realmente se enfadaría cuando supiera que
Lykos le había hablado a Draco sobre Alphonse. El odio por su hermano mayor iba
más allá de la tumba de éste (si es que la había).
Como siempre que
trataba de pensar en los hermanos Malfoy, Lykos empezó a sentir un fuerte dolor
de cabeza. Aquello era un castigo de Lucius por haber hecho un comentario al
respecto, aquella vez (cuando Draco tenía dos años) Lucius, en lugar de
contestar a la insolencia de Lykos, había sonreído y le había lanzado un
hechizo bastante desagradable que seguía afectándolo hasta ese día.
Definitivamente
tenía que encontrar la manera de quedarse en Hogwarts. Las ausencias de Draco
no sólo eran una fuente de preocupación para Lykos, que no se sentía tranquilo
si no podía vigilarlo, sino que además era el tiempo que Lucius aprovechaba
para dar rienda suelta a todo el odio que sentía contra él. Como si Lykos
tuviera la culpa de aborrecerlo en la misma proporción...
-¡¡¡AAAAAH!!!
De pronto todo se había puesto muy
oscuro y Lykos, que había estado demasiado concentrado en sus pensamientos,
tardó un poco en comprender que alguien había dejado caer una capa sobre él.
-Lo siento, lo siento, Lykos...
-Neville levantó la capa apresuradamentee-. No fue mi intención.
-Está bien, no te preocupes, fue sólo
que no me lo esperaba y me asusté un poco... Oh... Neville, muchacho, ¿te
sientes bien?
-No... la verdad es que me siento algo
enfermo...
Lykos suspiró, la cara del muchachito
rubio estaba llena de granos, justo como la de Draco esa mañana, y además lucía
afiebrado.
-Ven conmigo, Neville, creo que será
mejor que te vea Madame Pomfrey ahora mismo...
-Ginny, mi queridísima Ginny.
Era extraño estar ahí, mirándolo a los
ojos. Mientras estaba despierta, Tom sólo era palabras escritas en un diario.
Era cierto que se trataba de un diario mágico que hablaba con ella, pero en sus
sueños Tom era siempre un muchacho real. Muy parecido a Harry, por cierto, sólo
que sin la cicatriz y con los ojos de otro color.
-Me alegra mucho que hayas venido a
visitarme, pequeña Ginny Weasley.
Los sueños habían sido maravillosos al
principio, cuando pensaba que había encontrado alguien que la comprendía y a
quien podía contarle todos sus secretos. Tom le contó muchos secretos también,
cada uno más serio que el anterior, más grande, más temible, hasta que soñar
con Tom y escribir en su diario ya no fue agradable. Cuando empezó a olvidar lo
que hacía, cuando todas las cosas empezaron a ir mal... y aún así Tom sonreía
(con la sonrisa de Harry) y le decía que todo estaría bien.
No había vuelto a soñar con Tom desde
el año anterior, había tenido pesadillas, sí, pero ella sabía que no eran
iguales a lo que soñaba mientras estaba bajo el poder del diario, no, eran
pesadillas comunes, nada de qué preocuparse.
Y ahora estaba soñando con Tom otra
vez.
-¿Tom?
-Te extrañé mucho, Ginny querida. He
estado muy solo aquí.
-Creo... que es algo que tú mismo
buscaste.
-Tal vez. ¿Pero por qué viniste a
verme? ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar? Tal vez quieras que te enseñe
algunos hechizos, siempre me sorprendió la rapidez con la que aprendiste todo
lo que te enseñé, pero aún puedo enseñarte mucho más... ¿O quieres un consejo?
Harry sigue ignorándote, ¿verdad? Bien, ya arreglaremos eso. ¿Y tus hermanos,
te tratan bien? Más les vale que sea así o iré a asustarlos por las noches...
Era como el Tom del principio,
agradable, encantador, protector. Pero Ginny ya lo conocía demasiado bien como
para sentirse a gusto con su conversación.
-No sé por qué estoy aquí.
-Bueno, tal vez sea porque has estado
pensando en mí últimamente.
-No lo he hecho. Te desterré de mi
mente por completo.
-No tanto, puesto que estamos hablando
ahora –un destello de hielo pasó por los ojos de Tom, pero sin que el muchacho
dejara de sonreír-. Tal vez has visto a alguien que te ha hecho pensar en mí,
aunque no a un nivel conciente.
-¡Harry no se parece a ti!
Tom se acercó a ella con un movimiento
casi felino y sonrió de una manera feroz cuando la vio retroceder alarmada.
-No estoy hablando de tu Harry. Hablo
de alguien más, un chico rodeado de serpientes. Un chico de ojos castaños que
adquieren un brillo rojizo cuando se enfada. Si llegas a mirarlo a los ojos
cuando esté molesto, sentirás lo mismo que si contemplaras los ojos de una
serpiente. Oh, tal vez se parezca a mí y tal vez no, pero algo te hizo
compararnos en el fondo de tu corazón y por eso estás aquí...
Tom retrocedió, recuperando su sonrisa
amable y su voz suave.
-Estoy muy complacido de que él haya
decidido finalmente presentarse en Hogwarts, ya estaba harto de tener que
esperarlo. La próxima vez que veas a Henry Hyde, salúdalo de mi parte.
-¿D-de tu parte?
-Bueno... no de parte de Tom Riddle...
dile que quien hizo de él lo que es ahora le envía sus más cordiales saludos...
y dile también que espero con ansias nuestro encuentro.
Cuando despertó, se sintió
desorientada. Aquella no era su cama. Las sábanas se sentían horriblemente
ásperas contra la piel. La pijama también se sentía horriblemente áspera. Y
aquel dolor en cada milímetro de piel... y la sed... pero, por encima de todo,
la COMEZÓN...
Ginny abrió los ojos de golpe. Estaba
en la enfermería, en una cama rodeada de cortinas para brindar algo de
privacidad.
Madame Pomfrey apartó suavemente la
cortina y saludó a la chica con una sonrisa amable.
-Veo que ya despertaste, querida, me alegro.
-¿Cómo llegué aquí?
-La profesora MacGonagall te trajo.
¿Qué es lo último que recuerdas?
-Llegué a la clase de Transformaciones
con mucho dolor de cabeza... y luego todo se pone borroso... ¿qué sucedió?
-Te desmayaste por la fiebre, has
estado bastante malita, pero ya pasó lo más duro, ahora sólo tienes que
descansar y recuperarte.
-¿Qué es lo que tengo?
-Varicela, nada del otro mundo. Ahora
bien, tendrás que estar aquí unos cuantos días y hay algunas cosas que debes
saber. Regla Número Uno: no te rasques. Si lo haces, te quedarán cicatrices, y
no querrás cicatrices, ¿verdad?
-Pero... ¿esto no debería curarse con
algún encantamiento o una poción?
-En teoría, sí, pero no funcionaron
contigo.
-¿Y entonces?
-Tendrás que curarte de la otra
manera, reposo, muchos líquidos y mucha paciencia.
Madame Pomfrey le entregó un pequeño
frasco a la desconcertada Ginny.
-¿Qué es esto?
-Calamina. Esto calmará el dolor y la
comezón.
-Oh... gracias... eh... ¿Madame
Pomfrey?
-¿Sí, querida?
-¿Por qué los hechizos de curación no
funcionaron conmigo?
Madame Pomfrey se puso muy seria.
-No lo sabemos, querida. Se ha
declarado una epidemia de varicela y sólo tú y otros dos chicos no han
respondido al tratamiento. Procura descansar. Y usa la calamina.
Madame Pomfrey se marchó y Ginny se
quedó mirando el frasco con desconcierto. Luego de un rato, lo abrió y empezó a
aplicarse la loción.
En eso escuchó algo que venía del otro
lado de la cortina que estaba a la izquierda de su cama. Una voz suplicante. Al
principio era sólo un murmullo, pero cuando se elevó hasta ser casi un grito,
Ginny bajó de su cama alarmada y apartó la cortina, para encontrarse con la
mirada de Neville, que acababa de hacer exactamente lo mismo que ella, sólo que
desde el otro lado. Entre ellos dos había una cama, y en esa cama estaba un
chico, profundamente dormido, pero hablando en voz cada vez más alta, quizá
debido a la fiebre. Y lo que decía había hecho que Ginny y Neville palidecieran
hasta quedar del color de la tiza.
Extracto de una
carta de Draco Malfoy a Lucius Malfoy:
“...y no sé qué irá a decirte Lykos al
respecto, pero diga lo que diga, no estoy tan mal. Tuve fiebre esta mañana,
pero mi temperatura ya se normalizó y si no fuera por los granos no aguantaría
con tanta paciencia el que me tengan aislado de esta manera. La verdad es que
agradezco un poco el encierro, sobre todo después de que conseguí recordar la
cara que tenía Weasley cuando se dio cuenta de mi situación.
Lykos sigue tan desesperante como
siempre. Es una suerte que Madame Pomfrey no lo deje entrar aquí, ya que creo
que la vergüenza me mataría con más facilidad que todas las enfermedades
conocidas juntas... el caso es que me envió una nota con el profesor Snape.
Estaba bastante risueño, por cierto (Snape, no Lykos), lo cual me llamó mucho
la atención. No sé si es porque encontraba cómico el asunto, la epidemia, a
Lykos, a mí, o algo más que no puedo imaginarme. En su nota, Lykos me insistía
otra vez con que tengo que escribirte y hablarte de las cosas que he soñado
desde las últimas vacaciones. En verdad no quisiera molestarte con estas
tonterías, pero estoy empezando a preocuparme a fuerza de escucharlo todo el
día con la misma cantinela y necesito que me aconsejes... Padre, no quisiera
tener que mencionártelo, en verdad, pero Lykos dice que anoche hablé dormido a
pesar de la medicina que me dijiste que tomara... y quizá fue por la varicela
nada más, pero me preocupa empezar a hablar dormido aquí también, con los demás
enfermos tan cerca, sobre todo porque no podré tomar la medicina esta noche,
Madame Pomfrey no lo permitiría y dudo que Lykos pueda hacérmela llegar de
contrabando.
Básicamente, el sueño es el mismo que
te conté en casa, sólo que ahora veo más detalles que antes. El lugar donde
ocurre todo sigue siendo tan lóbrego y frío como al principio, pero ahora
distingo paredes de piedra, es una cueva o un calabozo. El hombre que veo
inclinándose hacia mí sigue siendo alto como una torre y sigo sin poder
distinguir su cara, pero en el sueño sé que no le importa si me hace daño o no,
sé que le soy completamente indiferente y eso me atemoriza más que si
pretendiera matarme. Empiezo a creer que soy muy pequeño en ese sueño, de otro
modo no entiendo por qué lo veo tan grande a él... Ahora, el detalle nuevo:
cuando me toma en brazos, intento escapar y entonces veo lo que hay detrás de
mí... es... como Lykos, pero un Lykos que midiera cinco metros del hocico a la
punta de la cola... y está muerto, sólo veo uno, pero mientras lo veo sé que
son muchos más y que todos han muerto... y es entonces cuando empiezo a gritar,
él habla mientras tanto y es por mis gritos que no alcanzo a entender bien lo
que dice... pero recuerdo que empezaba diciendo “imago, speculum realitae”... o
algo parecido”
Al llegar a esa parte, Draco ya no
pudo encontrar la palabra adecuada para seguir escribiendo, pero tampoco le
habría servido de mucho, un chillido que venía del otro lado de la cortina
habría sido suficiente para cortarle la inspiración a cualquiera. Y más cuando
Neville acudió a toda carrera para salvar a Ginny de lo que fuera que la
estuviera haciendo gritar.
“¿Estos dos no paran?” se preguntó
Draco mientras guardaba el cuaderno. Los gritos de Ginny más bien se hacían más
fuertes.
-¡¡FRED, GEORGE,
NOOOOOO!!!!!
-¡Claro que sí! ¡Sólo una foto, Ginny,
para que la vea mamá!
-¡Con mamá los voy a acusar... a los
cuatro!!
-¡Eh, que yo estoy tratando de
detenerlos! –ese sin duda era Percy...
-¡A mí me trajeron a la fuerza! –y ese tenía que ser Ron.
-Y ya que estás aquí, Neville, ¿qué
tal una foto para tu abuela?
-Eh...
-¡Déjenlo tranquilo, par de malvados!
¿Valdría la pena protestar por todo
ese ruido?... No cuando los gemelos Weasley estaban armados con una cámara
fotográfica. Draco decidió que era más prudente mantenerse al margen. Una buena
decisión que no le sirvió de nada, porque en ese momento uno de los gemelos
abrió la cortina para averiguar qué había del otro lado.
“Lo único peor que un Weasley riendo a
carcajadas son cuatro Weasley y un Potter riendo a carcajadas” pensó Draco,
sorprendido de ver que Percy Weasley, el flamante funcionario del Ministerio de
Magia, podía reír tanto o más que el resto de sus hermanos.
-¿Madame Pomfrey les dio permiso de
entrar? –preguntó, con su tono más amable, sabiendo de sobra que la enfermera
JAMÁS les habría permitido entrar y menos sin supervisión-. Quizá debería ir a
buscarla...
-Cállate, Malfoy –ordenó uno del
ruidoso grupo, de momento no pudo decidir cuál había sido.
-Bueno, esto amerita una foto –dijo
George-, no todos los días nos encontramos a un Malfoy sometido a una molestia exclusiva
de los seres humanos.
Draco se recostó y se tapó la cabeza
con la almohada. Tal vez si los ignoraba terminarían por aburrirse y buscar
otra víctima. Funcionaba con los duendes del décimo calabozo de Malfoy Manor...
-¿Y bien? –preguntó el profesor
Dumbledore.
Nakuri dejó una hoja de papel sobre el
escritorio.
-Tres chicos siguen enfermos de
varicela. Ginny Weasley, Draco Malfoy y Neville Longbottom. Quinientos treinta y siete presentaron síntomas, pero Madame Pomfrey
pudo curarlos sin dificultad a la mayor parte, sólo veintidós siguieron
teniendo fiebre durante un par de horas antes de que funcionara el tratamiento,
pero no llegaron a brotarse y ahora están perfectamente.
-¿Nada funciona con los otros tres?
-De acuerdo con Madame Pomfrey, la
calamina está trabajando bastante bien, pero aparte de eso, nada los ha podido
aliviar ni siquiera un poco.
-Mmm... de acuerdo con tu esposo, eso
es normal tratándose de las familias del pacto...
-Sí, pero Ginny Weasley no forma parte
de ninguna de esas familias, con permiso, profesor –dijo Merlín, entrando.
-Bueno, quizá no, pero Ginny estuvo
en... hum... contacto con magia oscura hace un par de años, tal vez eso
debilitó sus defensas.
-Me preocupa la gravedad con la que ha
afectado a Malfoy –añadió Merlín-, aún siendo parte del Pacto es... inusual.
-A menos que él haya estado expuesto a
magia oscura también –completó Nakuri.
-Muy interesante, ¿verdad? –sonrió Dumbledore-. Por cierto, Merlín,
Charlie Weasley debe estar por llegar, me parece que quizá te gustaría
acompañarlo un rato.
-¿Charlie
Weasley?
-¿Recuerdas a Arthur Weasley? Es uno de sus hijos.
-Gryffindor, ¿no? Creo que se graduó
antes de que yo entrara al colegio, pero tenía mucha... fama... James Potter y
sus amigos hablaban de él como... hum, como se habla ahora de los gemelos
Weasley.
-Siempre me asombra esa memoria tuya.
Si se pudiera embotellar...
-Seguiría siendo tan poco útil como lo
es ahora, profesor Dumbledore. ¿Por qué considera que me interesaría
acompañarlo?
-Bueno, según parece, Hagrid encontró
un dragón de las nieves y, como sé que eres aficionado a las cuestiones
draconianas...
Un segundo después, Dumbledore se dio
cuenta de que estaba hablándole al aire, Merlín ya se había ido.
-¿Siempre se mueve así de rápido?
-No, por lo general cuando se
sorprende se queda paralizado, eso le ha costado un par de problemas
desagradables –sonrió Nakuri.
Remus tenía la esperanza de que nadie
lo viera por ese lado del colegio, lo último que quería era que alguien lo
encontrara con esa pesada mochila, rumbo al Sauce Boxeador. Con algo de suerte,
Sirius lo alcanzaría en la Casa de los Gritos y esa noche de luna llena pasaría
con rapidez. No podía creer cuánto había insistido Javert en que los acompañara
a cenar a ella y su... tío Severus. Y Snape lo había dejado poner excusas, que
ella se encargaba de desbaratar como quien tira un castillo de naipes (ratas,
era demasiado inteligente...) hasta que ya no supo qué inventar y por fin Snape
se tomó el trabajo de intervenir y decirle a ella que hacía mucho que no
cenaban “como una familia”, la chica parecía tan sorprendida o más que Remus
con eso, pero dejó de insistir.
Ahora, si tan sólo...
-Buenas tardes, señor Lupin.
¡No! ¡Ahí estaban Snape y Javert!
Justo en el camino que llevaba hasta el Sauce Boxeador.
-Severus... señorita Javert...
-¿De excursión, Lupin? –sonrió Snape.
-Tío Severus me está mostrando el
colegio –dijo Artemisa-, al parecer, el profesor Dumbledore está algo ocupado
por el momento... eh... ¿qué lleva ahí, señor Lupin? Parece muy pesado...
-Pues, en realidad...
-¡Oh, mira, tío! ¿No es precioso?
La atención de Artemisa había sido
desviada completamente hacia un perro negro, bastante grande, que había llegado
después que Remus y parecía mirar al pequeño grupo con algo de desconcierto.
-Le encantan los animales... no sé de
qué lado de la familia pudo haber sacado eso –suspiró Snape, mientras Artemisa
se acercaba al perro y le palmeaba amistosamente la cabeza.
-¡Es bellísimo! –insistió Artemisa.
-No me parece que sea de raza fina
–replicó Snape-. Evidentemente es un perro callejero.
-¿Con un pelaje tan espléndido? Es
suave como seda... y mira sus ojos, ¡azules! Eso no es muy común, que yo
sepa... está algo flaco, eso sí...
-No tiene collar –señaló Snape-, te
digo que es callejero.
-Quizá rompió el collar y se escapó de
su dueño. No es suyo, ¿verdad, señor Lupin?
-No me imagino a Lupin con una mascota
–rió Snape, sin darle oportunidad de responder-, viaja demasiado. Vámonos ya,
Artemisa. Llamaremos a la perrera para que vengan por él...
-Oh, tío...
-Ese tonito no, Artemisa...
-¿No me puedo quedar con él?
-Artemisa Javert, te lo vengo diciendo
desde que tenías tres años: no me gustan los animales y no voy a tolerar una
mascota cerca de mí.
-¡Pero tío! ¡Por favor!
-¡Artemisa!
-¡Me prometiste que podría pedir lo
que quisiera para mi cumpleaños!
-¡Faltan ocho meses para tu
cumpleaños!
-¡Por favor, tío!
Y a todo esto, ¿por qué el perro
simplemente no escapaba de ahí? Parecía estar demasiado entretenido viendo
discutir a esos dos... Remus empezó a alarmarse cuando reconoció en la voz de
Snape un tono particular que había escuchado unas cuantas veces en la voz de su
propio padre: el tono que equivale a “estoy a punto de darme por vencido, si
insistes un poco más, te daré lo que quieras con tal de que me dejes
tranquilo”.
-Supongo que puedes cuidarlo hasta que
aparezca su dueño –dijo Snape a regañadientes-. ¡Pero lo quiero amarrado, y tú
te encargarás de cuidarlo! Te advierto que si empieza a dar problemas, se va
derechito a la perrera.
Aquello no podía ser realidad. Antes
de que Remus pudiera decir nada, Artemisa ya había conjurado un collar y una
correa y se marchaba en compañía de Snape, llevándose al perro, que no parecía
menos sorprendido que Remus.
-¿Cómo podríamos ponerle, tío?
¿Jordan?
-¿Qué te parece... Padfoot?
-¡Es perfecto!
Remus miró con desesperación la
dirección que estaban tomando (hacia el colegio) y el Sauce Boxeador. Tenía el
tiempo justo para llegar a la Casa de los Gritos y encadenarse. ¿Sirius podría
sobrevivir una noche en la encantadora compañía de Snape y su sobrina?
-Malfoy, no vas a salir en la foto si
estás tapándote la cabeza con la almohada.
-¿Y quién dice que voy a dejar que me tomen una foto?
-Vamos, no seas pesado –insistió
Ginny.
-Déjame en paz, Weasley.
-Perfecto. Si no quieres salir en la
foto, yo puedo contarle a George y Fred lo que te he oído decir mientras hablas
en sueños.
-¡Yo no hablo dormido!
-Oh... –intervino Neville-, entonces,
¿estabas despierto... y de verdad hablabas con alguien hace un rato? –Neville
se estremeció-. No vi a nadie, y me asusté mucho...
-¿Qué? –dijo Draco con desconcierto-.
¿Qué dije? ¡No, espera, no lo digas!
-Tratamos de despertarte y no pudimos
–señaló Ginny, muy seria-. Neville quería llamar a Madame Pomfrey, pero a mí me
pareció que lo que estabas hablando era... hum, demasiado personal. Ahora, en
cuanto a lo de la foto...
Draco la miró con odio, pero se sentó
y acomodó las mantas.
-Ríete mientras puedas, Weasley, esto
lo vas a pagar caro.
Podía tolerar lo de la foto, podía
tolerar el que Ginny y Neville se sentaran en su cama para sonreírle a la
cámara, y podía soportar el quedar en medio de ellos dos en una foto que
certificaría para siempre que había estado en la enfermería, soportando una
enfermedad muggle y a semejantes compañeros de habitación, pero estaban locos
si creían que iban a conseguir que sonriera.
Charlie Weasley terminó de examinar el
hallazgo de Hagrid, sintiéndose profundamente emocionado.
-Te felicito, Hagrid, acabas de
redescubrir una especie extinta... ¿Qué piensas hacer?
-Creo que lo correcto sería
enterrarlo... –dijo Hagrid, que no parecía nada feliz.
-Pero... un museo, o...
-No –interrumpió Merlín-. Hagrid tiene
razón. Lo correcto es sepultarlo.
Charlie no pudo menos que sorprenderse
ante la expresión de profundo dolor de Merlín. El profesor permanecía de brazos
cruzados, como si sintiera frío, y mantenía la mirada baja, como si estuviera
orando.
-¿Dónde lo encontraste, Hagrid? –preguntó
Merlín, al cabo de un rato.
-¿Conoces el área del Bosque Prohibido
donde están las fuentes que brotan de una roca negra?
-Sí.
-Pues no es ahí, es más al sur, casi
llegando a donde están los barrancos que tienen hielo en el fondo.
-Ya veo. Muchas gracias a ambos. Fue
un placer conocerlo, señor Weasley.
-Igualmente, profesor.
Curiosamente, Charlie estaba demasiado
absorto en su trabajo como para darse cuenta de que Merlín marchaba hacia el
Bosque Prohibido inmediatamente después de despedirse.
Harry había reído demasiado esa tarde
y ya empezaba a dolerle la cabeza cuando advirtió que Draco no le quitaba la
vista de encima. Muy extraño.
La solemnidad del joven Slytherin no
podía menos que resultar cómica, considerando la situación en la que se
encontraba, con todo el alegre grupo a su alrededor, manteniéndolo como el
blanco principal de todos los chistes. Pero Draco había dejado de prestarle
atención a los Weasley y a Neville en algún momento y seguía mirándolo con el
interés de un científico que hubiera encontrado una nueva especie de virus.
Finalmente Percy se dio cuenta de la
fijeza de la mirada de Draco y miró a Harry.
-Oh, cielos... –murmuró y desapareció
como un rayo.
-¿Qué le pasa a Percy? –preguntó Fred.
-Creo que fue a buscar a Madame
Pomfrey –respondió Draco.
-¿Pero por...? Oh, cielos, ¡Harry!
–exclamó Ron.
-¿Qué cosa? –preguntó Harry,
confundido.
Madame Pomfrey entró como una tromba
en ese momento, echando con rapidez a todos los visitantes, excepto a Harry.
Alguien más venía con ella y Harry reconoció, con algo de dificultad, a Henry,
que evidentemente también era víctima de la epidemia.
-Hola, Harry –saludó Henry, con muy
poco entusiasmo-, parece que estaremos juntos por algún tiempo.
-¿“Estaremos”?
-¿Quieres que te consiga un espejo,
Potter? –preguntó Draco, con un tono que no podría ser más falsamente amable de
lo que ya era.
-Oh, no –murmuró Harry, comprendiendo
de repente que no le dolía la cabeza por haber reído demasiado toda la tarde.
-Oh, sí –sonrió Draco, mientras Madame
Pomfrey se llevaba a Harry y Henry para entregarles unas pijamas.
-Principalmente quisiera que tuvieras
cuidado mientras estás aquí –dijo Snape-, sabes que no me gusta que andes
persiguiendo ladrones por los tejados.
-Yo no persigo criminales comunes,
tío, soy la mejor en mi campo y...
-Ya lo sé. Lo que quiero decir es que
no necesitas llamar demasiado la atención, ¿sabes?
-Lo tuyo con llamar la atención parece
casi obsesivo, tío Severus.
-Y eso además...
-Nada de lo que digas o hagas impedirá
que te llame “tío” aún delante de tus alumnos o, mejor dicho, principalmente
delante de tus alumnos. Es mi privilegio, ¿recuerdas?
Snape sacudió la cabeza.
-Otra cosa, con respecto a mis
alumnos, no dejes que te molesten ni que... ah, ahí hay unos cuantos...
Gryffindors...
-Válgame el cielo, esos pelirrojos...
¿cuál será el original y cuál será la copia?
Fred y George estaban demasiado
ocupados planeando la siguiente incursión en la enfermería como para darse
cuenta de que Snape y Artemisa estaban ya casi junto a ellos.
-¿Preparando el próximo lío en el que
van a meterse, Weasley?
Generalmente los Weasley tenían algo
que responder a todo lo que dijera. Así era como funcionaba el universo, o al
menos eso era lo que pensaba Severus Snape hasta esa tarde... ¿por qué de
repente los dos muchachos parecían haberse quedado mudos? ¿Y por qué miraban a
Artemisa con idéntica expresión embobada como si... como si...?
-¿Acaso tengo monos en la cara?
–preguntó Artemisa, ofendida por aquellas miradas fijas.
Bueno, en algo Artemisa seguía siendo
hija de sus padres. Snape sonrió para sus adentros, tal vez todavía había
alguna esperanza para esa niña.
-¿Qué lees? –preguntó Harry.
Henry sonrió ligeramente.
-“Jornada de estudios en el mundo
muggle”.
A unos metros de ahí, Draco dejó caer
ruidosamente un par de cuadernos y el estuche metálico de los lápices.
-¿No se supone que fueron quemados
todos los libros? –preguntó, mientras se arrodillaba con rapidez para recoger
el pequeño desastre.
-Tal vez este es el único que queda.
Primera edición, autografiado por el autor, escucha.
Henry tocó ligeramente los trazos de
la firma en la primera página del libro y el pequeño grupo escuchó una voz
sorprendentemente parecida a la de Lucius Malfoy, sólo que con una entonación
alegre y casi burlona.
-Para Merlín, el mayor experto en
datos inútiles que ha pasado alguna vez por Hogwarts, de parte del preguntón
que lo atormentó durante un año entero para escribir este libro. ¡Anímate,
hombre, sonríe!
Harry miró sorprendido el libro, no
había rastro de la dedicatoria, sólo se veía la firma, una elaborada firma al
estilo del siglo XVII, pero muy clara, “Alphonse S. Malfoy”.
-A veces dice otras cosas –dijo
Henry-, depende de qué parte de la firma toques y cómo lo hagas. ¿Quieres
leerlo, Draco?
Draco no respondió, había cerrado la
cortina de su cubículo en algún momento sin que los otros dos lo notaran.
-¿Esto lo escribió un Malfoy?
–preguntó Harry.
-El tío de Draco –sonrió Henry-.
¿Quieres leerlo tú? Yo lo he leído muchas veces y creo que voy a empezar con
otro que está esperando turno desde hace rato.
Harry no encontró cómo rehusarse y se
encontró con el libro en las manos mientras Henry se sumergía en la lectura de
“20 000 leguas de viaje submarino”.
No le apetecía averiguar si había
buenos escritores entre los Malfoy, pero podía darle un vistazo de todos modos.
Además, a juzgar por la dedicatoria, no era un sujeto tan desagradable como
podía esperarse. Mmm... ¿no era Alphonse el nombre del sujeto que Draco debía
investigar para Interdimensional?
Harry buscó el primer capítulo (“Donde
cuatro jóvenes inician una aventura sin haber tenido intención de hacerlo”) y
empezó a leer.
“Mi padre siempre ha dicho que cuando
las cosas se ponen mal lo único que se puede hacer es sonreír alegremente,
aunque eso sólo sirva para desconcertar al enemigo, y luchar con lo que podamos
hasta donde se nos permita. Así que cuando iniciamos este viaje y yo me
esforzaba por sonreír bajo esa lluvia de balas que nos recibió en nuestro no
tan anhelado destino, me sorprendí un poco cuando Daniel Morgan me miró
solemnemente y me dijo con algo de rabia contenida: ‘Laffite, te lo puedo
perdonar todo, incluso el que nos hayas traído aquí, pero ¡por el amor de
Dios!, ¡quita esa sonrisa idiota o me volveré loco ahora mismo!’ Lo curioso del
asunto es estuve a punto de caerme al suelo riendo a carcajadas luego de
escuchar eso... Menos mal que estábamos
demasiado ocupados corriendo como para que pudiera hacer algo así, Morgan jamás
me lo hubiera perdonado... aunque creo que esa carcajada habría valido la
pena.”
Bueno, si el resto del libro era por
el mismo estilo, tal vez no fuera una pérdida de tiempo...
El perro parecía un tanto disgustado,
así que Artemisa no insistió en ofrecerle el plato con alimento. Sin duda
comería cuando sintiera hambre. O tal vez debería conseguirle comida de otra
marca.
La “habitación” de Snape era en
realidad un pequeño apartamento que tenía salida a un patio interior dentro del
castillo, un sitio perfecto para alguien que quisiera tener un gato o un perro
pequeño. Por supuesto, Padfoot era demasiado grande para estar cómodo ahí.
Quizá Artemisa haría mejor en conseguir un apartamento en Hogsmeade. Además, si
se quedaba con Snape, tendrían la discusión de siempre acerca de a quién le
correspondía dormir en el sofá (“un caballero no permite que una dama pase
incomodidades” diría él, “una dama no permite que un anciano pase
incomodidades” respondería ella). Pensando en eso, Artemisa se recostó en el
sofá y cerró los ojos.
Cuando la respiración de la chica se
hizo profunda y regular, Padfoot salió silenciosamente. Los ojos de Artemisa se
abrieron de golpe.
No había estado dormida en ningún
momento.
La joven auror apartó el cabello que
le caía sobre los ojos para observar mejor la dirección que había tomado el
perro. El aspecto revuelto (“salvaje” diría el tío Severus) de su cabello no
era algo gratuito, de alguna manera tenía esconder un poco sus ojos y la marca
que tenía en la frente... Irónicamente, sus ojos habían llegado a ser una de
las “herramientas” de su oficio, había hecho confesar a unos cuantos criminales
con sólo mirarlos fijamente... la gente solía incomodarse por la intensidad de
la mirada de esa chica y por la cicatriz que le había quedado luego de que
Sirius Black y Peter Petigrew se enfrentaran con el resultado de doce
muggles y un mago muertos. No tenía
recuerdos de ese día, afortunadamente, sólo del intenso dolor y una horrible
sensación de pérdida.
El tío Severus aseguraba que lo que
había de extraño en su mirada no tenía nada que ver con el hechizo que había
acabado con todos los demás, sino con la especialidad que había elegido cuando
quiso aprender todo lo que sabía él sobre Artes Oscuras, pero Artemisa no
estaba tan segura. Desde muy pequeña se había dado cuenta de que era diferente,
y la palabra más adecuada quizá sería definirla como una cazadora. Amaba su
trabajo como auror y amaba llevar el nombre de la diosa de la caza. En cierto
modo, su vida era casi perfecta, y sería perfecta por completo cuando cazara la
pieza que hacía falta en su sala de trofeos.
Tomó el arco y el carcaj y se lanzó
silenciosamente a seguir el rastro de Padfoot.
Afuera empezaba a hacerse de noche.
Merlín miró a su alrededor tratando de
orientarse. Hacía mucho tiempo que no visitaba el Bosque Prohibido y no quería
depender de la esperanza de que los centauros fueran a reconocerlo. En todo caso,
no había podido encontrar a ningún dragón, sólo rastros...
Eso lo hacía
sentirse realmente inquieto. Si las cosas estaban como las había dejado en su
última visita a Inglaterra, los dragones no estarían preparados para sobrevivir
en el exterior, pero no podía encontrarlos solo, por lo visto.
Tenía que
decírselo a Dumbledore y pedir ayuda, ya había perdido demasiado tiempo, era
más que hora de regresar al colegio; por fortuna, no le costaría demasiado
encontrar la dirección correcta. Y sería mejor que se apresurara, se le había
hecho de noche... menos mal que la luna le alumbraría el camino de regreso...
Un gruñido lo hizo voltear lentamente
(“nunca te muevas demasiado rápido en un sitio extraño” solía decir su padre),
y se encontró mirando a un lobo de pelaje castaño.
No era algo que le llamara demasiado
la atención, sabía que el Bosque Prohibido tenía toda clase de animales y sin
duda los lobos no eran los menos abundantes. Sí sintió algo de nostalgia
mientras recordaba rápidamente el hechizo adecuado. El profesor emitió un
sonido grave, que parecía imposible para un ser humano, pero que cualquier lobo
de cualquier parte del mundo habría entendido como una frase en su propio
lenguaje: “Tú y yo somos de la misma sangre”, con eso debía bastar. Era el
primer hechizo que le había enseñado su padre, cuando apenas era un niño, y
había sido toda una hazaña para él dominar el tono exacto de la frase mágica
que impediría que los lobos lo atacaran. Luego había aprendido la misma frase
en el idioma de los osos y en el de los lagartos, y su padre había insistido en
que lo aprendiera también en el de las avispas... lo que jamás había conseguido
era pronunciarlo en parsel, simplemente no tenía el don de hablar con los
ofidios, aunque Morgana sí lo había podido decir un par de veces.
Suspiró alejando los recuerdos, no era
la primera vez que se quedaba así, pensando en su padre y su hermana, a los que
extrañaba tanto. Por lo menos el recuerdo ya no lo hacía llorar, era sólo una
nostalgia triste, pero dulce a la vez, que le oprimía un poco (sólo un poco) el
corazón. Su padre habría estado orgulloso de la maestría con la que dominaba
ahora ese hechizo...
El lobo gruñó entonces. Un gruñido
profundamente amenazador.
Por alguna razón, el hechizo no había
funcionado.
-... entonces, los hechizos de sangre
son más poderosos que los de espíritu porque reúnen en un solo elemento el
poder de la vida y el de la materia –Hermione se dio cuenta de pronto que
llevaba más de diez minutos hablando y que quizá Nicholas ya sabía eso, puesto
que él había estado leyendo los mismos libros.
-Efectivamente –dijo él, interpretando
su repentino silencio como una invitación a opinar-, pero no son fáciles de
realizar. Y es curioso ver los usos que le daba Ya-sabes-quién a los hechizos
de sangre, mira esto, por ejemplo.
Nicholas buscó una hoja de “La noche
sobre Inglaterra: Lord Voldemort, su vida y su obra” que había marcado con una
tira de papel y le mostró una lista de hechizos.
-Para asegurar la lealtad de los Death
Eaters y poder castigar en forma instantánea a los traidores, casi
exclusivamente. La variedad se da por la clase de castigo que recibiría el que
lo traicionara. Entre más elevado el rango, peor sería el castigo. Eso
significa que un ascenso entre los Death Eaters conllevaría una ceremonia y un
nuevo hechizo de sangre. Los de más alto rango debían tener sobre sí al menos
diez hechizos de sangre diferentes.
-¿Y de dónde sacaban tanta?
-El “protagonista” debía aportar una
parte de la propia, pero el resto, según este libro, la proveían muggles y
varias clases de animales mágicos, principalmente unicornios, dragones y... ¿se
dice “fénixs” o “fénices”?
-Ni idea, pero entiendo a qué te refieres. Es horrible.
-Y ahora, lo interesante: sólo había
otros dos hechizos de sangre en el repertorio de Ya-sabes-quién, pero nadie
sabe de qué se trataban.
-Sí, lo vi en los otros libros, sólo hay
referencias vagas...
-¿Crees que podamos encontrar algo más
específico en la sección de libros prohibidos, Hermione?
No pudo evitar sorprenderse por la
naturalidad con la que el chico había hecho esa pregunta.
-¿Tú crees que nos den permiso de
investigar algo así?
-¿Quién habló de pedir permiso?
Huir no era lo más inteligente que
podía haber hecho, pero fue lo único que se le ocurrió en el primer instante,
cuando vio que el lobo se lanzaba contra él con las fauces abiertas y los
colmillos brillando a la luz de la luna. Así que dio media vuelta y echó a
correr, con muy mala suerte.
Merlín supo lo que iba a pasar tan
pronto como se dio cuenta de que el pie se le había enganchado en una grieta.
Llevaba demasiado impulso como para detenerse y cayó de bastante mala manera.
Pudo sentir cómo su tobillo se doblaba en una forma peligrosa y, a pesar del
pánico, todavía pudo agradecer al cielo no haber oído ningún chasquido de
huesos rotos.
El lobo dejó escapar un aullido que a
Merlín le pareció... ¿triunfal?
Ya en el suelo, consiguió desenganchar
el pie, pero sabía que no podría levantarse. Además, el lobo ya lo había
alcanzado.
La fiera saltó sobre él, clavándolo
con las patas delanteras en la capa de hojas que tapizaba la tierra, sin dejar
de gruñir un instante. Los anteojos cayeron fuera de su alcance y una rama que
estaba en el suelo le abrió una larga herida en la espalda.
Merlín cerró los ojos. Si pudiera
calmarse lo suficiente como para convocar a su tótem, tal vez habría alguna
esperanza, pero un gruñido ligeramente distinto por parte del lobo lo hizo
abrir los ojos y mirarlo fijamente. Estaba lo bastante cerca como para apreciar
los detalles aún sin los lentes.
“Licántropo” pensó “Por eso no
funcionó el hechizo, no es un lobo, es un hombre lobo... ¡Esto no se puede
poner peor!”
Un gruñido diferente interrumpió los
del lobo. Y luego otro. Desde diferentes ángulos.
¿Es que se trataba de una manada
completa?
Continuará...
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Regresar a Harry Potter y el corazón de
dragón
Notas de la
autora:
El apellido de
Artemisa es el de un personaje de la novela “Los Miserables”, de Víctor Hugo.
El Inspector Javert era un hombre recto y apegado a la Ley hasta el punto de
perder la humanidad e hizo del perseguir al protagonista del libro (Jean
Valjean) la labor de su vida y el único objetivo de su existencia.
El apellido de
Daniel Morgan (personaje de la novela que lee Harry) corresponde a Henry
Morgan, corsario inglés.
El hechizo que
dice Merlín para que no lo ataque el lobo (“Tú y yo somos de la misma sangre”)
es parte del Libro de la Selva, de Rudyard Kipling, en ese libro, el oso Baloo
le enseña a Mowgli cómo pronunciar esa frase en todos los lenguajes de los
animales. De acuerdo con la Ley de la Selva, todo animal que escuche esa frase
en su propio idioma está obligado a no dañar (e incluso a ayudar) a quien la
haya dicho, sin importar a qué especie pertenezca.