REGRESAR A GALERÍA DE DAGA

ADVERTENCIA

Este fic contiene gran cantidad de spoilers, es decir que si lo lees y no has leído los libros te echará a perder la emoción. Te recomiendo primero leer los libros escritos por Rowling y después leer los fics, pero si no te importa saber lo que sucedió en anteriores libros sigue, pero yo te lo advertí primero.

La epidemia

por  Daga

“Por aquel entonces había sido muerto el rey Moines, y estando desterrados sus hermanos Uther y Pendragón, el usurpador Vertigiers gobernaba Inglaterra.

Quiso este monarca construir un gran muro para fortificar su castillo, por temor a que Uther y Pendragón volvieran con un ejército a reclamar sus derechos sobre el trono. Pero cada vez que la muralla llegaba a cierta altura, un fuerte temblor la derrumbaba.

Tres veces se trató de edificar el muro. Tres veces fue derribado. Y nadie podía explicar ese misterio.”

  Leyenda de Merlín, contada por Henry Hyde   

 

        Siete figuras encapuchadas contemplaban Hogwarts a la luz de las estrellas.

 

        -¿No te preocupa que los dragones hayan escapado?

 

        -Cuando mucho sobrevivirán un par de días, y eso si tienen suerte. Jamás han estado solos en un bosque. Dudo incluso que sean capaces de alimentarse. Además, el Corazón del Dragón no permite una vuelta atrás, puedes estar seguro de que morirán antes de que los encuentren.

 

        -Aún así me sentiría más tranquilo si tuviéramos los cadáveres en nuestro poder. Está bien que Hagrid haya encontrado uno... pero ese grupito era bastante grande, casi una manada.

 

        -Los demás animales acabarán con la evidencia. Creo que hay bastantes depredadores en ese bosque.

 

        -Sí, supongo que sí. ¿Y ahora qué sigue?

 

        -Encontrar los que queden, por supuesto. Necesitaremos la sangre de unos cuantos para ayudar a nuestro Amo.

 

        -Me refiero a que no sabemos cuáles son las otras familias del pacto. Tal vez... deberíamos... ejem, “interrogar” al Guardián...

 

        -Sería arriesgado, recuerda que es descendiente del creador de la joya.

 

        -Sin embargo...

 

        -No voy a correr riesgos en ausencia del Amo.

 

        -Está bien. Pero la pregunta queda: ¿cómo vamos a identificar al resto de las familias del Pacto?

 

        -He estado pensando en algo. Esas familias participan de un hechizo de sangre desde el siglo V, ¿no es así?

 

        -Eso tengo entendido, fue de esa manera que el Mago Merlín creó la joya, como una alianza de sangre, y es por eso mismo que la joya lleva la muerte a quien traicione las promesas de entonces.

 

        -No es Arte Oscura, pero se acerca bastante...

 

        -¿Qué quieres decir?

 

        -Voy a lanzar un hechizo especial sobre Hogwarts... una pequeña epidemia.

 

        -¡Eso es imposible! ¡Hogwarts está demasiado protegido!

 

        -Bastará con que el hechizo se esparza en los alrededores, hay gente que entra y gente que sale constantemente. Con sólo que una persona se contagie será suficiente para que la epidemia entre al colegio, ya que la magia estará en colocar la enfermedad alrededor de Hogwarts, no en la enfermedad en sí misma.

 

        -Ya veo... pero ¿para qué?

 

        -Los niños de las familias del Pacto han estado expuestos a algo muy similar a la magia oscura durante toda su vida. Eso significa que reaccionarán ante una enfermedad muggle igual que si fueran hechiceros oscuros: ninguna medicina mágica servirá para curarlos, a menos que sea un hechizo de magia oscura.

 

        -¡Espera un momento! ¡No vas a enfermar sólo a los niños del Pacto sino también a los nuestros!

 

        -No por mucho tiempo. La gran mayoría apenas están iniciando su entrenamiento y los hechizos de curación sólo tardarán un poco más en actuar en ellos que en los hijos de los otros magos... creo que únicamente el chico de Malfoy ha estado practicando magia oscura durante suficiente tiempo como para ponerse realmente mal... igual que si fuera uno de los del pacto, pero un Malfoy bien puede hacer ese pequeño sacrificio, ¿no? Además –y en ese momento, el que hablaba sonrió de una manera que habría asustado a un tiburón-, se le advirtió muy claramente a Lucius que no era prudente iniciar a su niño en las Artes Oscuras antes de que cumpliera la edad mínima, pero el sujeto es demasiado ambicioso. Ahora, que se atenga a las consecuencias.

 

        -Supongo que tienes razón.

 

        -Siempre la tengo.

 

 

 

        Remus esperaba en la estación del tren con aire preocupado. No le hacía mucha gracia tener que ser él quien recibiera a la persona que estaba a punto de llegar.

 

        Cornelius Fudge definitivamente no atendía razones. No sólo se había negado a escuchar la versión de Harry acerca del caso de Sirius, sino que además estaba empleando buena parte de los recursos del Ministerio en aquella persecución. Y ahora, esto.

 

        La persona que tenía la reputación de ser la mejor Auror en la historia del mundo mágico estaba por arribar a la zona para localizar a Sirius. Necesitaría todo un despliegue de habilidad para despistarla, si su inteligencia correspondía aunque fuera a la quinta parte de lo que se le atribuía.

 

        -¿Me andas siguiendo o es sólo mi mala suerte el encontrarte cada vez que salgo del colegio? –preguntó Snape, deteniéndose junto a él.

 

        -Hola, Severus... vine a recibir a alguien.

 

        -¿Ah, sí?

 

        -Artemisa Javert.

 

        -¿Sí? No imaginé que la conocieras.

 

        -Nunca la he visto en mi vida, pero parece que voy a trabajar con ella. Fudge la relevó de todos sus otros casos para que se dedique exclusivamente a buscar a Sirius.

 

        -Hummm... eso sí que será un problema. Vas a necesitar un milagro para impedir que lo encuentre.

 

        Remus enarcó una ceja.

 

        -¿Significa que eso que no viniste a esperarla para decirle dónde encontrarlo?

 

        -Ya habrá tiempo para que tu amigo pague sus deudas –replicó Snape con indiferencia-, ya sea que yo lo denuncie o que ella lo atrape, pero de momento me parece que hay cosas más importantes que tratar que un evadido de Azkaban.

 

        -¿Por ejemplo?

 

        -Nada que pueda explicarte con demasiada claridad sin que me tomes por loco.

 

        -Oh, vamos, Severus, eso no sería ninguna novedad...

 

        -No tientes tu suerte, Lupin.

 

        -De acuerdo. Si no viniste a esperarla a ella para denunciar a Sirius... ¿a qué viniste?

 

        El tren arribó en ese momento y bajó una sola persona. Una jovencita de catorce o quince años, ojos claros y largo cabello negro contempló a los dos hombres que esperaban en el andén. De repente soltó la mochila que portaba (de la que sobresalía un arco) y corrió hacia ellos con una gran sonrisa.

 

        Remus no podía creer lo que estaba viendo cuando la jovencita abrazó a Snape, casi derribándolo. Y al principio creyó que era víctima de una alucinación cuando la escuchó hablar.

 

        -¡¡Tío Severus!!

 

        Snape se las arregló para mantener el equilibrio, aunque para ello tuvo que sujetarse de la chica de una manera que podría interpretarse como si la estuviera abrazando también (cosa que Remus catalogó como imposible) y le dedicó al sorprendido testigo una sonrisa bastante extraña por encima del hombro de ella.

 

        -Remus, esta es Artemisa Javert...

 

 

 

        “Espero que comprendas, Malfoy, que hago esto porque te lo has ganado”

 

        “Milord, no pretendía discutir sus decisiones, es sólo que... no me siento a gusto con esto. La criatura es muy débil, si me diera tiempo para conseguir algo mejor...”

 

        “Con él es más que suficiente para lo que pretendo lograr. ¡Y ya deja de ponerme peros! Después de todo, es una recompensa a tus servicios lo que estoy dándote, deberías agradecerlo”

 

        “¡Y lo agradezco, Lord Voldemort! Pero Draco...”

 

        “¿Acaso temes que no sobreviva? ¡Me sorprendes, Lucius! Pensé que confiabas en mí”

 

        “¡Oh, Milord, por supuesto que confío en usted! Es sólo que no me siento digno de un honor semejante”

 

        “Deja la adulación a un lado al menos por cinco minutos, voy a empezar ahora y ya no quiero escuchar una sola palabra tuya hasta que haya terminado. Tráeme a Draco”

 

        Dolor.

 

        Un dolor tan intenso que sólo podía ser real en una pesadilla.

 

        Draco despertó de repente, se había quedado dormido sobre el reporte para Relaciones Interdimensionales y había arrugado un poco el pergamino.

 

        Finalmente había llegado el día en que debía entregar el reporte. Draco se sentía fatal. No sólo porque tendría que leerlo delante de toda la clase sino porque además había pasado una noche repleta de pesadillas. Había llegado muy temprano al aula para revisar los papeles por última vez sin tener que estar soportando a Lykos, que había estado tratando de decirle algo con una cara tan alarmada que Draco se había desesperado y casi se había ido corriendo. Ni siquiera se molestó en desayunar y le alegraba un poco el no haberse encontrado a nadie camino del salón. Un poco de calma era justo lo que necesitaba antes de tener que soportar la sonrisa triunfal de Potter y compañía cuando confesara que un hermano de su padre había estado en Hufflepuff.

 

        La puerta se abrió ruidosamente y Ron Weasley hizo ademán de entrar... pero se quedó quieto en su sitio, mirando fijamente a Draco, hasta ponerlo todavía más incómodo de lo que ya estaba.

 

        -¿Puede saberse qué tanto me miras, Weasley? –preguntó Draco, irritado.

 

        -Te están saliendo pecas, Malfoy.

 

        -¡¿Qué?! ¡A mí no me salen pecas! –exclamó Draco, con el mismo tono que habría usado si Ron hubiese dicho “piojos” en lugar de “pecas”.

 

        -Pues yo he visto suficientes pecas en mi vida como para saber de qué estoy hablando.

 

        Ron se cruzó de brazos y Draco tuvo que reprimir una imperiosa necesidad por conjurar un espejo.

 

        -No pueden ser pecas –protestó débilmente-. Ningún Malfoy tiene pecas.

 

        Ron puso los ojos en blanco por un instante y luego se acercó para examinar mejor la cara de Draco.

 

        -¿Sabes qué? Creo que tienes razón. No son pecas...

 

        -Menos mal...

 

        -... es acné.

 

        -¡¿QUÉ?!

 

        Esta vez Draco realmente tuvo que esforzarse para no conjurar el espejo.

 

        -No... acné no... –murmuró.

 

        -Una verdadera explosión de acné juvenil –remató Ron.

 

        -No puede haberme salido acné de la noche a la mañana.

 

        Merlín entró en ese momento, sorprendiéndose de encontrar dos alumnos tan temprano en el aula.

 

        -Buenos... Válgame Dios... ¿Se siente bien, señor Malfoy?

 

        -¿Uh? –Draco estaba empezando a marearse.

 

        Merlín dejó en el escritorio los libros que llevaba consigo y fue hasta ellos, con una expresión muy preocupada en los ojos.

 

        -Nunca he tenido acné –murmuró Draco, de pronto se le estaba dificultando hablar.

 

        -No creo que sea acné –dijo Merlín, tocándole primero la frente y luego la garganta.

 

        -Pues es justo lo que parece –señaló Ron.

 

        -Sí, pero el acné no produce fiebre –Merlín miró con atención a Ron-. Una pregunta, señor Weasley, ¿usted ya pasó la varicela?

 

        -¿Va-varicela? –tartamudeó Ron.

 

        -Porque si no es así, le recomendaría que pusiera tierra de por medio... aunque tal vez ya sea tarde, esto es muy contagioso...

 

 

 

        Hermione encontró el camino hacia una de las mesas de la biblioteca a pesar de llevar en los brazos una verdadera montaña de libros, la verdad era que se sabía el camino de memoria, y si pudiera llegar hasta la mesa sin tropezar con nadie...

 

        -Permíteme.

 

        Aproximadameente la mitad de los libros que cargaba desaparecieron y Hermione se encontró con la cara sonriente de Nicholas Anderson.

 

        -Parece que estás realizando un gran trabajo de investigación –señaló él, mientras depositaba los libros sobre la mesa y luego tomaba los que todavía tenía la sorprendida Hermione.

 

        -Eh... sí, uh, gracias.

 

        -No me lo agradezcas, yo estaba buscando los mismos libros, pero la bibliotecaria me dijo que ya los habías pedido todos... Ejem... ¿Te molesta si reviso unos cuantos mientras tú lees los otros?

 

        -Er... bueno, ¿por qué no?

 

        Luego de un rato durante el cual sólo se escuchó el sonido del papel, y el rasgueo de las plumas al tomar apuntes, Hermione miró con curiosidad al muchacho de Slytherin.

 

        -¿Qué es lo que estás buscando, Anderson?

 

        -No estoy seguro, pero creo que lo sabré cuando lo encuentre... y, por favor, llámame Nicholas.

 

        -Nicholas.

 

        -¿Puedo llamarte Hermione?

 

        -¿Por qué no? Oye, ¿cómo sabes mi nombre?

 

        -¿Hay alguien que no conozca al trío maravilla de Gryffindor?

 

        Para su propia sorpresa, Hermione no consiguió detectar ironía en las palabras de Nicholas. El muchacho sonrió y volvió a concentrarse en lo que leía.

 

        -Parece que hoy la biblioteca está bastante vacía –dijo Hermione.

 

        -Sí, hay mucha gente enferma, ¿no lo sabías? La mitad de Hogwarts tiene varicela.

 

        -¿Varicela? ¿Aquí? Oh, entonces fue por eso que casi no llegó nadie a Interdimensional hoy y el profesor Brightstar tuvo que cancelar la clase. Estaba tan concentrada pensando en lo que tengo que buscar aquí que no se me ocurrió preguntar qué pasaba. Cielos, yo nunca he tenido eso...

 

        -Yo la tuve hace poco, durante las vacaciones, justo para mi cumpleaños.

 

        -¡No! ¿En serio? Eso debe haber sido desagradable.

 

        -No tanto. Estaba en mi casa y toda mi familia me cuidó como a un príncipe. Estar enfermo lejos de casa debe ser muy desagradable.

 

        -Ya lo creo. Nunca me hubiera imaginado que pudiera haber una epidemia de algo en Hogwarts.

 

        -No, ni yo tampoco –Nicholas cerró el libro con aire pensativo-, además, la varicela es una enfermedad muggle, o al menos eso fue lo que dijo mi madre cuando me enfermé, la pobre estaba muy asustada porque nadie en su familia la había tenido jamás... eh, la familia de mi madre es de sangre limpia, pero mi padre es muggle.

 

        -¿Y es muy raro que un mago se enferme de algo propio de los muggles? Bueno, no sé mucho al respecto, mis padres son muggles los dos.

 

        -No es difícil que un mago se contagie de cualquier cosa estando en una ciudad muggle, por ejemplo, pero una enfermedad muggle no debería llegar hasta aquí y menos con tanta... ejem... virulencia como para afectar a tanta gente, ¿no crees? Según escuché, casi todos los que enfermaron se recuperaron enseguida después de visitar a Madame Pomfrey, pero hay unos cuantos que están aislados desde anoche o esta mañana... Eso es bastante curioso. Casi parece una de esas películas sobre guerra biológica, como si alguien hubiera sembrado la epidemia.

 

        Hermione se quedó boquiabierta.

 

        -¡Cielos, Nicholas, eso es justo lo que parece!

 

 

 

        Ron y Harry pensaron ambos en la misma palabra al ver venir hacia ellos a Fred, George y Percy: “estampida”. Jamás habían visto a los tres pelirrojos correr de esa manera.

 

        -¿Dónde es el incendio? –alcanzó a preguntar Ron antes de ser arrastrado junto con Harry en lo que parecía ser un asunto de vida o muerte.

 

        -¡Tenemos que encontrar la manera de colarnos en la enfermería! –dijo Fred (¿o era George?).

 

        -¡Nunca tendremos una oportunidad como esta! –añadió George (¿o era Fred?).

 

        -¡Ya basta, les ordeno que se detengan! –gritó Percy (ahí fue cuando Ron y Harry comprendieron que Percy no corría “con” los gemelos sino que estaba persiguiéndolos).

 

        -¿Una oportunidad única para qué? –preguntó Harry.

 

        -¡Tenemos que tomarle fotos a alguien que está en la enfermería! –respondió uno de los gemelos.

 

        -¡De ninguna manera! –protestó Percy-. ¡No lo voy a permitir!

 

        Todo indicaba que el día empezaría a ponerse interesante.

 

 

 

        -¡Fuera de aquí!

 

        Lykos siseó como un gato furioso (¿o como una serpiente?) cuando Madame Pomfrey perdió la paciencia y lo amenazó con una escoba.

 

        -¡No tienes nada que hacer aquí! –repitió ella-. ¡No voy a permitir animales en mi enfermería y menos teniendo a unos niños enfermos ahí dentro!

 

        -¡Los reptiles no transmitimos enfermedades a los humanos, para que lo sepa! –exclamó Lykos-. ¡Y uno de los niños de los que habla es mi responsabilidad! ¡Debería dejarme verlo! ¡Quiero asegurarme de que esté bien atendido!

 

        -Está perfectamente bien atendido –Madame Pomfrey hablaba con el tono del orgullo herido-. No tienes nada de qué preocuparte. ¡Ahora márchate de aquí para que pueda seguir trabajando!

 

        Lykos refunfuñó algo que afortunadamente Madame Pomfrey no alcanzó a oír (de otro modo, la escoba no habría sido usada sólo para amenazar) y se marchó muy despacito y con la cabeza baja.

 

        Era la primera vez en toda su existencia que se le prohibía cuidar a Draco y aquello no podía resultar menos que desorientador. Por supuesto, Lucius no le había permitido acompañarlo cuando entró a Hogwarts y si le había dado permiso de reunirse con él ese año había sido sólo por el incidente del reporte... Lykos sospechaba que se le ordenaría regresar a Malfoy Manor tan pronto como Draco entregara el reporte y buscaba con verdadera desesperación una excusa que le permitiera quedarse. O no conocía en absoluto a Lucius o éste realmente se enfadaría cuando supiera que Lykos le había hablado a Draco sobre Alphonse. El odio por su hermano mayor iba más allá de la tumba de éste (si es que la había).

 

Como siempre que trataba de pensar en los hermanos Malfoy, Lykos empezó a sentir un fuerte dolor de cabeza. Aquello era un castigo de Lucius por haber hecho un comentario al respecto, aquella vez (cuando Draco tenía dos años) Lucius, en lugar de contestar a la insolencia de Lykos, había sonreído y le había lanzado un hechizo bastante desagradable que seguía afectándolo hasta ese día.

 

Definitivamente tenía que encontrar la manera de quedarse en Hogwarts. Las ausencias de Draco no sólo eran una fuente de preocupación para Lykos, que no se sentía tranquilo si no podía vigilarlo, sino que además era el tiempo que Lucius aprovechaba para dar rienda suelta a todo el odio que sentía contra él. Como si Lykos tuviera la culpa de aborrecerlo en la misma proporción...

 

        -¡¡¡AAAAAH!!!

 

        De pronto todo se había puesto muy oscuro y Lykos, que había estado demasiado concentrado en sus pensamientos, tardó un poco en comprender que alguien había dejado caer una capa sobre él.

 

        -Lo siento, lo siento, Lykos... -Neville levantó la capa apresuradamentee-. No fue mi intención.

 

        -Está bien, no te preocupes, fue sólo que no me lo esperaba y me asusté un poco... Oh... Neville, muchacho, ¿te sientes bien?

 

        -No... la verdad es que me siento algo enfermo...

 

        Lykos suspiró, la cara del muchachito rubio estaba llena de granos, justo como la de Draco esa mañana, y además lucía afiebrado.

 

        -Ven conmigo, Neville, creo que será mejor que te vea Madame Pomfrey ahora mismo...

 

 

 

        -Ginny, mi queridísima Ginny.

 

        Era extraño estar ahí, mirándolo a los ojos. Mientras estaba despierta, Tom sólo era palabras escritas en un diario. Era cierto que se trataba de un diario mágico que hablaba con ella, pero en sus sueños Tom era siempre un muchacho real. Muy parecido a Harry, por cierto, sólo que sin la cicatriz y con los ojos de otro color.

 

        -Me alegra mucho que hayas venido a visitarme, pequeña Ginny Weasley.

 

        Los sueños habían sido maravillosos al principio, cuando pensaba que había encontrado alguien que la comprendía y a quien podía contarle todos sus secretos. Tom le contó muchos secretos también, cada uno más serio que el anterior, más grande, más temible, hasta que soñar con Tom y escribir en su diario ya no fue agradable. Cuando empezó a olvidar lo que hacía, cuando todas las cosas empezaron a ir mal... y aún así Tom sonreía (con la sonrisa de Harry) y le decía que todo estaría bien.

 

        No había vuelto a soñar con Tom desde el año anterior, había tenido pesadillas, sí, pero ella sabía que no eran iguales a lo que soñaba mientras estaba bajo el poder del diario, no, eran pesadillas comunes, nada de qué preocuparse.

 

        Y ahora estaba soñando con Tom otra vez.

 

        -¿Tom?

 

        -Te extrañé mucho, Ginny querida. He estado muy solo aquí.

 

        -Creo... que es algo que tú mismo buscaste.

 

        -Tal vez. ¿Pero por qué viniste a verme? ¿Hay algo en lo que te pueda ayudar? Tal vez quieras que te enseñe algunos hechizos, siempre me sorprendió la rapidez con la que aprendiste todo lo que te enseñé, pero aún puedo enseñarte mucho más... ¿O quieres un consejo? Harry sigue ignorándote, ¿verdad? Bien, ya arreglaremos eso. ¿Y tus hermanos, te tratan bien? Más les vale que sea así o iré a asustarlos por las noches...

 

        Era como el Tom del principio, agradable, encantador, protector. Pero Ginny ya lo conocía demasiado bien como para sentirse a gusto con su conversación.

 

        -No sé por qué estoy aquí.

 

        -Bueno, tal vez sea porque has estado pensando en mí últimamente.

 

        -No lo he hecho. Te desterré de mi mente por completo.

 

        -No tanto, puesto que estamos hablando ahora –un destello de hielo pasó por los ojos de Tom, pero sin que el muchacho dejara de sonreír-. Tal vez has visto a alguien que te ha hecho pensar en mí, aunque no a un nivel conciente.

 

        -¡Harry no se parece a ti!

 

        Tom se acercó a ella con un movimiento casi felino y sonrió de una manera feroz cuando la vio retroceder alarmada.

 

        -No estoy hablando de tu Harry. Hablo de alguien más, un chico rodeado de serpientes. Un chico de ojos castaños que adquieren un brillo rojizo cuando se enfada. Si llegas a mirarlo a los ojos cuando esté molesto, sentirás lo mismo que si contemplaras los ojos de una serpiente. Oh, tal vez se parezca a mí y tal vez no, pero algo te hizo compararnos en el fondo de tu corazón y por eso estás aquí...

 

        Tom retrocedió, recuperando su sonrisa amable y su voz suave.

 

        -Estoy muy complacido de que él haya decidido finalmente presentarse en Hogwarts, ya estaba harto de tener que esperarlo. La próxima vez que veas a Henry Hyde, salúdalo de mi parte.

 

        -¿D-de tu parte?

 

        -Bueno... no de parte de Tom Riddle... dile que quien hizo de él lo que es ahora le envía sus más cordiales saludos... y dile también que espero con ansias nuestro encuentro.

 

        Cuando despertó, se sintió desorientada. Aquella no era su cama. Las sábanas se sentían horriblemente ásperas contra la piel. La pijama también se sentía horriblemente áspera. Y aquel dolor en cada milímetro de piel... y la sed... pero, por encima de todo, la COMEZÓN...

 

        Ginny abrió los ojos de golpe. Estaba en la enfermería, en una cama rodeada de cortinas para brindar algo de privacidad.

 

        Madame Pomfrey apartó suavemente la cortina y saludó a la chica con una sonrisa amable.

 

        -Veo que ya despertaste, querida, me alegro.

 

        -¿Cómo llegué aquí?

 

        -La profesora MacGonagall te trajo. ¿Qué es lo último que recuerdas?

 

        -Llegué a la clase de Transformaciones con mucho dolor de cabeza... y luego todo se pone borroso... ¿qué sucedió?

 

        -Te desmayaste por la fiebre, has estado bastante malita, pero ya pasó lo más duro, ahora sólo tienes que descansar y recuperarte.

 

        -¿Qué es lo que tengo?

 

        -Varicela, nada del otro mundo. Ahora bien, tendrás que estar aquí unos cuantos días y hay algunas cosas que debes saber. Regla Número Uno: no te rasques. Si lo haces, te quedarán cicatrices, y no querrás cicatrices, ¿verdad?

 

        -Pero... ¿esto no debería curarse con algún encantamiento o una poción?

 

        -En teoría, sí, pero no funcionaron contigo.

 

        -¿Y entonces?

 

        -Tendrás que curarte de la otra manera, reposo, muchos líquidos y mucha paciencia.

 

        Madame Pomfrey le entregó un pequeño frasco a la desconcertada Ginny.

 

        -¿Qué es esto?

 

        -Calamina. Esto calmará el dolor y la comezón.

 

        -Oh... gracias... eh... ¿Madame Pomfrey?

 

        -¿Sí, querida?

 

        -¿Por qué los hechizos de curación no funcionaron conmigo?

 

        Madame Pomfrey se puso muy seria.

 

        -No lo sabemos, querida. Se ha declarado una epidemia de varicela y sólo tú y otros dos chicos no han respondido al tratamiento. Procura descansar. Y usa la calamina.

 

        Madame Pomfrey se marchó y Ginny se quedó mirando el frasco con desconcierto. Luego de un rato, lo abrió y empezó a aplicarse la loción.

 

        En eso escuchó algo que venía del otro lado de la cortina que estaba a la izquierda de su cama. Una voz suplicante. Al principio era sólo un murmullo, pero cuando se elevó hasta ser casi un grito, Ginny bajó de su cama alarmada y apartó la cortina, para encontrarse con la mirada de Neville, que acababa de hacer exactamente lo mismo que ella, sólo que desde el otro lado. Entre ellos dos había una cama, y en esa cama estaba un chico, profundamente dormido, pero hablando en voz cada vez más alta, quizá debido a la fiebre. Y lo que decía había hecho que Ginny y Neville palidecieran hasta quedar del color de la tiza.

 

 

 

Extracto de una carta de Draco Malfoy a Lucius Malfoy:

 

        “...y no sé qué irá a decirte Lykos al respecto, pero diga lo que diga, no estoy tan mal. Tuve fiebre esta mañana, pero mi temperatura ya se normalizó y si no fuera por los granos no aguantaría con tanta paciencia el que me tengan aislado de esta manera. La verdad es que agradezco un poco el encierro, sobre todo después de que conseguí recordar la cara que tenía Weasley cuando se dio cuenta de mi situación.

 

        Lykos sigue tan desesperante como siempre. Es una suerte que Madame Pomfrey no lo deje entrar aquí, ya que creo que la vergüenza me mataría con más facilidad que todas las enfermedades conocidas juntas... el caso es que me envió una nota con el profesor Snape. Estaba bastante risueño, por cierto (Snape, no Lykos), lo cual me llamó mucho la atención. No sé si es porque encontraba cómico el asunto, la epidemia, a Lykos, a mí, o algo más que no puedo imaginarme. En su nota, Lykos me insistía otra vez con que tengo que escribirte y hablarte de las cosas que he soñado desde las últimas vacaciones. En verdad no quisiera molestarte con estas tonterías, pero estoy empezando a preocuparme a fuerza de escucharlo todo el día con la misma cantinela y necesito que me aconsejes... Padre, no quisiera tener que mencionártelo, en verdad, pero Lykos dice que anoche hablé dormido a pesar de la medicina que me dijiste que tomara... y quizá fue por la varicela nada más, pero me preocupa empezar a hablar dormido aquí también, con los demás enfermos tan cerca, sobre todo porque no podré tomar la medicina esta noche, Madame Pomfrey no lo permitiría y dudo que Lykos pueda hacérmela llegar de contrabando.

 

        Básicamente, el sueño es el mismo que te conté en casa, sólo que ahora veo más detalles que antes. El lugar donde ocurre todo sigue siendo tan lóbrego y frío como al principio, pero ahora distingo paredes de piedra, es una cueva o un calabozo. El hombre que veo inclinándose hacia mí sigue siendo alto como una torre y sigo sin poder distinguir su cara, pero en el sueño sé que no le importa si me hace daño o no, sé que le soy completamente indiferente y eso me atemoriza más que si pretendiera matarme. Empiezo a creer que soy muy pequeño en ese sueño, de otro modo no entiendo por qué lo veo tan grande a él... Ahora, el detalle nuevo: cuando me toma en brazos, intento escapar y entonces veo lo que hay detrás de mí... es... como Lykos, pero un Lykos que midiera cinco metros del hocico a la punta de la cola... y está muerto, sólo veo uno, pero mientras lo veo sé que son muchos más y que todos han muerto... y es entonces cuando empiezo a gritar, él habla mientras tanto y es por mis gritos que no alcanzo a entender bien lo que dice... pero recuerdo que empezaba diciendo “imago, speculum realitae”... o algo parecido”

 

        Al llegar a esa parte, Draco ya no pudo encontrar la palabra adecuada para seguir escribiendo, pero tampoco le habría servido de mucho, un chillido que venía del otro lado de la cortina habría sido suficiente para cortarle la inspiración a cualquiera. Y más cuando Neville acudió a toda carrera para salvar a Ginny de lo que fuera que la estuviera haciendo gritar.

 

        “¿Estos dos no paran?” se preguntó Draco mientras guardaba el cuaderno. Los gritos de Ginny más bien se hacían más fuertes.

 

        -¡¡FRED, GEORGE, NOOOOOO!!!!!

 

        -¡Claro que sí! ¡Sólo una foto, Ginny, para que la vea mamá!

 

        -¡Con mamá los voy a acusar... a los cuatro!!

 

        -¡Eh, que yo estoy tratando de detenerlos! –ese sin duda era Percy...

 

        -¡A mí me trajeron a la fuerza! –y ese tenía que ser Ron.

 

        -Y ya que estás aquí, Neville, ¿qué tal una foto para tu abuela?

 

        -Eh...

 

        -¡Déjenlo tranquilo, par de malvados!

 

        ¿Valdría la pena protestar por todo ese ruido?... No cuando los gemelos Weasley estaban armados con una cámara fotográfica. Draco decidió que era más prudente mantenerse al margen. Una buena decisión que no le sirvió de nada, porque en ese momento uno de los gemelos abrió la cortina para averiguar qué había del otro lado.

 

        “Lo único peor que un Weasley riendo a carcajadas son cuatro Weasley y un Potter riendo a carcajadas” pensó Draco, sorprendido de ver que Percy Weasley, el flamante funcionario del Ministerio de Magia, podía reír tanto o más que el resto de sus hermanos.

 

        -¿Madame Pomfrey les dio permiso de entrar? –preguntó, con su tono más amable, sabiendo de sobra que la enfermera JAMÁS les habría permitido entrar y menos sin supervisión-. Quizá debería ir a buscarla...

 

        -Cállate, Malfoy –ordenó uno del ruidoso grupo, de momento no pudo decidir cuál había sido.

 

        -Bueno, esto amerita una foto –dijo George-, no todos los días nos encontramos a un Malfoy sometido a una molestia exclusiva de los seres humanos.

 

        Draco se recostó y se tapó la cabeza con la almohada. Tal vez si los ignoraba terminarían por aburrirse y buscar otra víctima. Funcionaba con los duendes del décimo calabozo de Malfoy Manor...

 

        

 

        -¿Y bien? –preguntó el profesor Dumbledore.

 

        Nakuri dejó una hoja de papel sobre el escritorio.

 

        -Tres chicos siguen enfermos de varicela. Ginny Weasley, Draco Malfoy y Neville Longbottom. Quinientos treinta y siete  presentaron síntomas, pero Madame Pomfrey pudo curarlos sin dificultad a la mayor parte, sólo veintidós siguieron teniendo fiebre durante un par de horas antes de que funcionara el tratamiento, pero no llegaron a brotarse y ahora están perfectamente.

 

        -¿Nada funciona con los otros tres?

 

        -De acuerdo con Madame Pomfrey, la calamina está trabajando bastante bien, pero aparte de eso, nada los ha podido aliviar ni siquiera un poco.

 

        -Mmm... de acuerdo con tu esposo, eso es normal tratándose de las familias del pacto...

 

        -Sí, pero Ginny Weasley no forma parte de ninguna de esas familias, con permiso, profesor –dijo Merlín, entrando.

 

        -Bueno, quizá no, pero Ginny estuvo en... hum... contacto con magia oscura hace un par de años, tal vez eso debilitó sus defensas.

 

        -Me preocupa la gravedad con la que ha afectado a Malfoy –añadió Merlín-, aún siendo parte del Pacto es... inusual.

 

        -A menos que él haya estado expuesto a magia oscura también –completó Nakuri.

 

        -Muy interesante, ¿verdad? –sonrió Dumbledore-. Por cierto, Merlín, Charlie Weasley debe estar por llegar, me parece que quizá te gustaría acompañarlo un rato.

 

        -¿Charlie Weasley?

 

        -¿Recuerdas a Arthur Weasley? Es uno de sus hijos.

 

        -Gryffindor, ¿no? Creo que se graduó antes de que yo entrara al colegio, pero tenía mucha... fama... James Potter y sus amigos hablaban de él como... hum, como se habla ahora de los gemelos Weasley.

 

        -Siempre me asombra esa memoria tuya. Si se pudiera embotellar...

 

        -Seguiría siendo tan poco útil como lo es ahora, profesor Dumbledore. ¿Por qué considera que me interesaría acompañarlo?

 

        -Bueno, según parece, Hagrid encontró un dragón de las nieves y, como sé que eres aficionado a las cuestiones draconianas...

 

        Un segundo después, Dumbledore se dio cuenta de que estaba hablándole al aire, Merlín ya se había ido.

 

        -¿Siempre se mueve así de rápido?

 

        -No, por lo general cuando se sorprende se queda paralizado, eso le ha costado un par de problemas desagradables –sonrió Nakuri.

 

 

 

        Remus tenía la esperanza de que nadie lo viera por ese lado del colegio, lo último que quería era que alguien lo encontrara con esa pesada mochila, rumbo al Sauce Boxeador. Con algo de suerte, Sirius lo alcanzaría en la Casa de los Gritos y esa noche de luna llena pasaría con rapidez. No podía creer cuánto había insistido Javert en que los acompañara a cenar a ella y su... tío Severus. Y Snape lo había dejado poner excusas, que ella se encargaba de desbaratar como quien tira un castillo de naipes (ratas, era demasiado inteligente...) hasta que ya no supo qué inventar y por fin Snape se tomó el trabajo de intervenir y decirle a ella que hacía mucho que no cenaban “como una familia”, la chica parecía tan sorprendida o más que Remus con eso, pero dejó de insistir.

 

        Ahora, si tan sólo...

 

        -Buenas tardes, señor Lupin.

 

        ¡No! ¡Ahí estaban Snape y Javert! Justo en el camino que llevaba hasta el Sauce Boxeador.

 

        -Severus... señorita Javert...

 

        -¿De excursión, Lupin? –sonrió Snape.

 

        -Tío Severus me está mostrando el colegio –dijo Artemisa-, al parecer, el profesor Dumbledore está algo ocupado por el momento... eh... ¿qué lleva ahí, señor Lupin? Parece muy pesado...

 

        -Pues, en realidad...

 

        -¡Oh, mira, tío! ¿No es precioso?

 

        La atención de Artemisa había sido desviada completamente hacia un perro negro, bastante grande, que había llegado después que Remus y parecía mirar al pequeño grupo con algo de desconcierto.

 

        -Le encantan los animales... no sé de qué lado de la familia pudo haber sacado eso –suspiró Snape, mientras Artemisa se acercaba al perro y le palmeaba amistosamente la cabeza.

 

        -¡Es bellísimo! –insistió Artemisa.

 

        -No me parece que sea de raza fina –replicó Snape-. Evidentemente es un perro callejero.

 

        -¿Con un pelaje tan espléndido? Es suave como seda... y mira sus ojos, ¡azules! Eso no es muy común, que yo sepa... está algo flaco, eso sí...

 

        -No tiene collar –señaló Snape-, te digo que es callejero.

 

        -Quizá rompió el collar y se escapó de su dueño. No es suyo, ¿verdad, señor Lupin?

 

        -No me imagino a Lupin con una mascota –rió Snape, sin darle oportunidad de responder-, viaja demasiado. Vámonos ya, Artemisa. Llamaremos a la perrera para que vengan por él...

 

        -Oh, tío...

 

        -Ese tonito no, Artemisa...

 

        -¿No me puedo quedar con él?

 

        -Artemisa Javert, te lo vengo diciendo desde que tenías tres años: no me gustan los animales y no voy a tolerar una mascota cerca de mí.

 

        -¡Pero tío! ¡Por favor!

 

        -¡Artemisa!

 

        -¡Me prometiste que podría pedir lo que quisiera para mi cumpleaños!

 

        -¡Faltan ocho meses para tu cumpleaños!

 

        -¡Por favor, tío!

 

        Y a todo esto, ¿por qué el perro simplemente no escapaba de ahí? Parecía estar demasiado entretenido viendo discutir a esos dos... Remus empezó a alarmarse cuando reconoció en la voz de Snape un tono particular que había escuchado unas cuantas veces en la voz de su propio padre: el tono que equivale a “estoy a punto de darme por vencido, si insistes un poco más, te daré lo que quieras con tal de que me dejes tranquilo”.

 

        -Supongo que puedes cuidarlo hasta que aparezca su dueño –dijo Snape a regañadientes-. ¡Pero lo quiero amarrado, y tú te encargarás de cuidarlo! Te advierto que si empieza a dar problemas, se va derechito a la perrera.

 

        Aquello no podía ser realidad. Antes de que Remus pudiera decir nada, Artemisa ya había conjurado un collar y una correa y se marchaba en compañía de Snape, llevándose al perro, que no parecía menos sorprendido que Remus.

 

        -¿Cómo podríamos ponerle, tío? ¿Jordan?

 

        -¿Qué te parece... Padfoot?

 

        -¡Es perfecto!

 

        Remus miró con desesperación la dirección que estaban tomando (hacia el colegio) y el Sauce Boxeador. Tenía el tiempo justo para llegar a la Casa de los Gritos y encadenarse. ¿Sirius podría sobrevivir una noche en la encantadora compañía de Snape y su sobrina?

 

 

 

        -Malfoy, no vas a salir en la foto si estás tapándote la cabeza con la almohada.

 

        -¿Y quién dice que voy a dejar que me tomen una foto?

 

        -Vamos, no seas pesado –insistió Ginny.

 

        -Déjame en paz, Weasley.

 

        -Perfecto. Si no quieres salir en la foto, yo puedo contarle a George y Fred lo que te he oído decir mientras hablas en sueños.

 

        -¡Yo no hablo dormido!

 

        -Oh... –intervino Neville-, entonces, ¿estabas despierto... y de verdad hablabas con alguien hace un rato? –Neville se estremeció-. No vi a nadie, y me asusté mucho...

 

        -¿Qué? –dijo Draco con desconcierto-. ¿Qué dije? ¡No, espera, no lo digas!

 

        -Tratamos de despertarte y no pudimos –señaló Ginny, muy seria-. Neville quería llamar a Madame Pomfrey, pero a mí me pareció que lo que estabas hablando era... hum, demasiado personal. Ahora, en cuanto a lo de la foto...

 

        Draco la miró con odio, pero se sentó y acomodó las mantas.

 

        -Ríete mientras puedas, Weasley, esto lo vas a pagar caro.

 

        Podía tolerar lo de la foto, podía tolerar el que Ginny y Neville se sentaran en su cama para sonreírle a la cámara, y podía soportar el quedar en medio de ellos dos en una foto que certificaría para siempre que había estado en la enfermería, soportando una enfermedad muggle y a semejantes compañeros de habitación, pero estaban locos si creían que iban a conseguir que sonriera.

 

 

 

        Charlie Weasley terminó de examinar el hallazgo de Hagrid, sintiéndose profundamente emocionado.

 

        -Te felicito, Hagrid, acabas de redescubrir una especie extinta... ¿Qué piensas hacer?

 

        -Creo que lo correcto sería enterrarlo... –dijo Hagrid, que no parecía nada feliz.

 

        -Pero... un museo, o...

 

        -No –interrumpió Merlín-. Hagrid tiene razón. Lo correcto es sepultarlo.

 

        Charlie no pudo menos que sorprenderse ante la expresión de profundo dolor de Merlín. El profesor permanecía de brazos cruzados, como si sintiera frío, y mantenía la mirada baja, como si estuviera orando.

 

        -¿Dónde lo encontraste, Hagrid? –preguntó Merlín, al cabo de un rato.

 

        -¿Conoces el área del Bosque Prohibido donde están las fuentes que brotan de una roca negra?

 

        -Sí.

 

        -Pues no es ahí, es más al sur, casi llegando a donde están los barrancos que tienen hielo en el fondo.

 

        -Ya veo. Muchas gracias a ambos. Fue un placer conocerlo, señor Weasley.

 

        -Igualmente, profesor.

 

        Curiosamente, Charlie estaba demasiado absorto en su trabajo como para darse cuenta de que Merlín marchaba hacia el Bosque Prohibido inmediatamente después de despedirse.

 

 

 

        Harry había reído demasiado esa tarde y ya empezaba a dolerle la cabeza cuando advirtió que Draco no le quitaba la vista de encima. Muy extraño.

 

        La solemnidad del joven Slytherin no podía menos que resultar cómica, considerando la situación en la que se encontraba, con todo el alegre grupo a su alrededor, manteniéndolo como el blanco principal de todos los chistes. Pero Draco había dejado de prestarle atención a los Weasley y a Neville en algún momento y seguía mirándolo con el interés de un científico que hubiera encontrado una nueva especie de virus.

 

        Finalmente Percy se dio cuenta de la fijeza de la mirada de Draco y miró a Harry.

 

        -Oh, cielos... –murmuró y desapareció como un rayo.

 

        -¿Qué le pasa a Percy? –preguntó Fred.

 

        -Creo que fue a buscar a Madame Pomfrey –respondió Draco.

 

        -¿Pero por...? Oh, cielos, ¡Harry! –exclamó Ron.

 

        -¿Qué cosa? –preguntó Harry, confundido.

 

        Madame Pomfrey entró como una tromba en ese momento, echando con rapidez a todos los visitantes, excepto a Harry. Alguien más venía con ella y Harry reconoció, con algo de dificultad, a Henry, que evidentemente también era víctima de la epidemia.

 

        -Hola, Harry –saludó Henry, con muy poco entusiasmo-, parece que estaremos juntos por algún tiempo.

 

        -¿“Estaremos”?

 

        -¿Quieres que te consiga un espejo, Potter? –preguntó Draco, con un tono que no podría ser más falsamente amable de lo que ya era.

 

        -Oh, no –murmuró Harry, comprendiendo de repente que no le dolía la cabeza por haber reído demasiado toda la tarde.

 

        -Oh, sí –sonrió Draco, mientras Madame Pomfrey se llevaba a Harry y Henry para entregarles unas pijamas.

 

 

 

        -Principalmente quisiera que tuvieras cuidado mientras estás aquí –dijo Snape-, sabes que no me gusta que andes persiguiendo ladrones por los tejados.

 

        -Yo no persigo criminales comunes, tío, soy la mejor en mi campo y...

 

        -Ya lo sé. Lo que quiero decir es que no necesitas llamar demasiado la atención, ¿sabes?

 

        -Lo tuyo con llamar la atención parece casi obsesivo, tío Severus.

 

        -Y eso además...

 

        -Nada de lo que digas o hagas impedirá que te llame “tío” aún delante de tus alumnos o, mejor dicho, principalmente delante de tus alumnos. Es mi privilegio, ¿recuerdas?

 

        Snape sacudió la cabeza.

 

        -Otra cosa, con respecto a mis alumnos, no dejes que te molesten ni que... ah, ahí hay unos cuantos... Gryffindors...

 

        -Válgame el cielo, esos pelirrojos... ¿cuál será el original y cuál será la copia?

 

        Fred y George estaban demasiado ocupados planeando la siguiente incursión en la enfermería como para darse cuenta de que Snape y Artemisa estaban ya casi junto a ellos.

 

        -¿Preparando el próximo lío en el que van a meterse, Weasley?

 

        Generalmente los Weasley tenían algo que responder a todo lo que dijera. Así era como funcionaba el universo, o al menos eso era lo que pensaba Severus Snape hasta esa tarde... ¿por qué de repente los dos muchachos parecían haberse quedado mudos? ¿Y por qué miraban a Artemisa con idéntica expresión embobada como si... como si...?

 

        -¿Acaso tengo monos en la cara? –preguntó Artemisa, ofendida por aquellas miradas fijas.

 

        Bueno, en algo Artemisa seguía siendo hija de sus padres. Snape sonrió para sus adentros, tal vez todavía había alguna esperanza para esa niña.

 

 

 

        -¿Qué lees? –preguntó Harry.

 

        Henry sonrió ligeramente.

 

        -“Jornada de estudios en el mundo muggle”.

 

        A unos metros de ahí, Draco dejó caer ruidosamente un par de cuadernos y el estuche metálico de los lápices.

 

        -¿No se supone que fueron quemados todos los libros? –preguntó, mientras se arrodillaba con rapidez para recoger el pequeño desastre.

 

        -Tal vez este es el único que queda. Primera edición, autografiado por el autor, escucha.

 

        Henry tocó ligeramente los trazos de la firma en la primera página del libro y el pequeño grupo escuchó una voz sorprendentemente parecida a la de Lucius Malfoy, sólo que con una entonación alegre y casi burlona.

 

        -Para Merlín, el mayor experto en datos inútiles que ha pasado alguna vez por Hogwarts, de parte del preguntón que lo atormentó durante un año entero para escribir este libro. ¡Anímate, hombre, sonríe!

 

        Harry miró sorprendido el libro, no había rastro de la dedicatoria, sólo se veía la firma, una elaborada firma al estilo del siglo XVII, pero muy clara, “Alphonse S. Malfoy”.

 

        -A veces dice otras cosas –dijo Henry-, depende de qué parte de la firma toques y cómo lo hagas. ¿Quieres leerlo, Draco?

 

        Draco no respondió, había cerrado la cortina de su cubículo en algún momento sin que los otros dos lo notaran.

 

        -¿Esto lo escribió un Malfoy? –preguntó Harry.

 

        -El tío de Draco –sonrió Henry-. ¿Quieres leerlo tú? Yo lo he leído muchas veces y creo que voy a empezar con otro que está esperando turno desde hace rato.

 

        Harry no encontró cómo rehusarse y se encontró con el libro en las manos mientras Henry se sumergía en la lectura de “20 000 leguas de viaje submarino”.

 

        No le apetecía averiguar si había buenos escritores entre los Malfoy, pero podía darle un vistazo de todos modos. Además, a juzgar por la dedicatoria, no era un sujeto tan desagradable como podía esperarse. Mmm... ¿no era Alphonse el nombre del sujeto que Draco debía investigar para Interdimensional?

 

        Harry buscó el primer capítulo (“Donde cuatro jóvenes inician una aventura sin haber tenido intención de hacerlo”) y empezó a leer. 

 

        “Mi padre siempre ha dicho que cuando las cosas se ponen mal lo único que se puede hacer es sonreír alegremente, aunque eso sólo sirva para desconcertar al enemigo, y luchar con lo que podamos hasta donde se nos permita. Así que cuando iniciamos este viaje y yo me esforzaba por sonreír bajo esa lluvia de balas que nos recibió en nuestro no tan anhelado destino, me sorprendí un poco cuando Daniel Morgan me miró solemnemente y me dijo con algo de rabia contenida: ‘Laffite, te lo puedo perdonar todo, incluso el que nos hayas traído aquí, pero ¡por el amor de Dios!, ¡quita esa sonrisa idiota o me volveré loco ahora mismo!’ Lo curioso del asunto es estuve a punto de caerme al suelo riendo a carcajadas luego de escuchar eso... Menos mal  que estábamos demasiado ocupados corriendo como para que pudiera hacer algo así, Morgan jamás me lo hubiera perdonado... aunque creo que esa carcajada habría valido la pena.”  

 

        Bueno, si el resto del libro era por el mismo estilo, tal vez no fuera una pérdida de tiempo...

 

 

 

        El perro parecía un tanto disgustado, así que Artemisa no insistió en ofrecerle el plato con alimento. Sin duda comería cuando sintiera hambre. O tal vez debería conseguirle comida de otra marca.

 

        La “habitación” de Snape era en realidad un pequeño apartamento que tenía salida a un patio interior dentro del castillo, un sitio perfecto para alguien que quisiera tener un gato o un perro pequeño. Por supuesto, Padfoot era demasiado grande para estar cómodo ahí. Quizá Artemisa haría mejor en conseguir un apartamento en Hogsmeade. Además, si se quedaba con Snape, tendrían la discusión de siempre acerca de a quién le correspondía dormir en el sofá (“un caballero no permite que una dama pase incomodidades” diría él, “una dama no permite que un anciano pase incomodidades” respondería ella). Pensando en eso, Artemisa se recostó en el sofá y cerró los ojos.

 

        Cuando la respiración de la chica se hizo profunda y regular, Padfoot salió silenciosamente. Los ojos de Artemisa se abrieron de golpe.

 

        No había estado dormida en ningún momento.

 

        La joven auror apartó el cabello que le caía sobre los ojos para observar mejor la dirección que había tomado el perro. El aspecto revuelto (“salvaje” diría el tío Severus) de su cabello no era algo gratuito, de alguna manera tenía esconder un poco sus ojos y la marca que tenía en la frente... Irónicamente, sus ojos habían llegado a ser una de las “herramientas” de su oficio, había hecho confesar a unos cuantos criminales con sólo mirarlos fijamente... la gente solía incomodarse por la intensidad de la mirada de esa chica y por la cicatriz que le había quedado luego de que Sirius Black y Peter Petigrew se enfrentaran con el resultado de doce muggles  y un mago muertos. No tenía recuerdos de ese día, afortunadamente, sólo del intenso dolor y una horrible sensación de pérdida.

 

        El tío Severus aseguraba que lo que había de extraño en su mirada no tenía nada que ver con el hechizo que había acabado con todos los demás, sino con la especialidad que había elegido cuando quiso aprender todo lo que sabía él sobre Artes Oscuras, pero Artemisa no estaba tan segura. Desde muy pequeña se había dado cuenta de que era diferente, y la palabra más adecuada quizá sería definirla como una cazadora. Amaba su trabajo como auror y amaba llevar el nombre de la diosa de la caza. En cierto modo, su vida era casi perfecta, y sería perfecta por completo cuando cazara la pieza que hacía falta en su sala de trofeos.

 

        Tomó el arco y el carcaj y se lanzó silenciosamente a seguir el rastro de Padfoot.

 

        Afuera empezaba a hacerse de noche.

 

 

 

        Merlín miró a su alrededor tratando de orientarse. Hacía mucho tiempo que no visitaba el Bosque Prohibido y no quería depender de la esperanza de que los centauros fueran a reconocerlo. En todo caso, no había podido encontrar a ningún dragón, sólo rastros...

 

Eso lo hacía sentirse realmente inquieto. Si las cosas estaban como las había dejado en su última visita a Inglaterra, los dragones no estarían preparados para sobrevivir en el exterior, pero no podía encontrarlos solo, por lo visto.

 

Tenía que decírselo a Dumbledore y pedir ayuda, ya había perdido demasiado tiempo, era más que hora de regresar al colegio; por fortuna, no le costaría demasiado encontrar la dirección correcta. Y sería mejor que se apresurara, se le había hecho de noche... menos mal que la luna le alumbraría el camino de regreso...

 

        Un gruñido lo hizo voltear lentamente (“nunca te muevas demasiado rápido en un sitio extraño” solía decir su padre), y se encontró mirando a un lobo de pelaje castaño.

 

        No era algo que le llamara demasiado la atención, sabía que el Bosque Prohibido tenía toda clase de animales y sin duda los lobos no eran los menos abundantes. Sí sintió algo de nostalgia mientras recordaba rápidamente el hechizo adecuado. El profesor emitió un sonido grave, que parecía imposible para un ser humano, pero que cualquier lobo de cualquier parte del mundo habría entendido como una frase en su propio lenguaje: “Tú y yo somos de la misma sangre”, con eso debía bastar. Era el primer hechizo que le había enseñado su padre, cuando apenas era un niño, y había sido toda una hazaña para él dominar el tono exacto de la frase mágica que impediría que los lobos lo atacaran. Luego había aprendido la misma frase en el idioma de los osos y en el de los lagartos, y su padre había insistido en que lo aprendiera también en el de las avispas... lo que jamás había conseguido era pronunciarlo en parsel, simplemente no tenía el don de hablar con los ofidios, aunque Morgana sí lo había podido decir un par de veces.

 

        Suspiró alejando los recuerdos, no era la primera vez que se quedaba así, pensando en su padre y su hermana, a los que extrañaba tanto. Por lo menos el recuerdo ya no lo hacía llorar, era sólo una nostalgia triste, pero dulce a la vez, que le oprimía un poco (sólo un poco) el corazón. Su padre habría estado orgulloso de la maestría con la que dominaba ahora ese hechizo...

 

        El lobo gruñó entonces. Un gruñido profundamente amenazador.

 

        Por alguna razón, el hechizo no había funcionado.

 

 

 

        -... entonces, los hechizos de sangre son más poderosos que los de espíritu porque reúnen en un solo elemento el poder de la vida y el de la materia –Hermione se dio cuenta de pronto que llevaba más de diez minutos hablando y que quizá Nicholas ya sabía eso, puesto que él había estado leyendo los mismos libros.

 

        -Efectivamente –dijo él, interpretando su repentino silencio como una invitación a opinar-, pero no son fáciles de realizar. Y es curioso ver los usos que le daba Ya-sabes-quién a los hechizos de sangre, mira esto, por ejemplo.

 

        Nicholas buscó una hoja de “La noche sobre Inglaterra: Lord Voldemort, su vida y su obra” que había marcado con una tira de papel y le mostró una lista de hechizos.

 

        -Para asegurar la lealtad de los Death Eaters y poder castigar en forma instantánea a los traidores, casi exclusivamente. La variedad se da por la clase de castigo que recibiría el que lo traicionara. Entre más elevado el rango, peor sería el castigo. Eso significa que un ascenso entre los Death Eaters conllevaría una ceremonia y un nuevo hechizo de sangre. Los de más alto rango debían tener sobre sí al menos diez hechizos de sangre diferentes.

 

        -¿Y de dónde sacaban tanta?

 

        -El “protagonista” debía aportar una parte de la propia, pero el resto, según este libro, la proveían muggles y varias clases de animales mágicos, principalmente unicornios, dragones y... ¿se dice “fénixs” o “fénices”?

 

        -Ni idea, pero entiendo a qué te refieres. Es horrible.

 

        -Y ahora, lo interesante: sólo había otros dos hechizos de sangre en el repertorio de Ya-sabes-quién, pero nadie sabe de qué se trataban.

 

        -Sí, lo vi en los otros libros, sólo hay referencias vagas...

 

        -¿Crees que podamos encontrar algo más específico en la sección de libros prohibidos, Hermione?

 

        No pudo evitar sorprenderse por la naturalidad con la que el chico había hecho esa pregunta.

 

        -¿Tú crees que nos den permiso de investigar algo así?

 

        -¿Quién habló de pedir permiso?

 

 

 

        Huir no era lo más inteligente que podía haber hecho, pero fue lo único que se le ocurrió en el primer instante, cuando vio que el lobo se lanzaba contra él con las fauces abiertas y los colmillos brillando a la luz de la luna. Así que dio media vuelta y echó a correr, con muy mala suerte.

 

        Merlín supo lo que iba a pasar tan pronto como se dio cuenta de que el pie se le había enganchado en una grieta. Llevaba demasiado impulso como para detenerse y cayó de bastante mala manera. Pudo sentir cómo su tobillo se doblaba en una forma peligrosa y, a pesar del pánico, todavía pudo agradecer al cielo no haber oído ningún chasquido de huesos rotos.

 

        El lobo dejó escapar un aullido que a Merlín le pareció... ¿triunfal?

 

        Ya en el suelo, consiguió desenganchar el pie, pero sabía que no podría levantarse. Además, el lobo ya lo había alcanzado.

 

        La fiera saltó sobre él, clavándolo con las patas delanteras en la capa de hojas que tapizaba la tierra, sin dejar de gruñir un instante. Los anteojos cayeron fuera de su alcance y una rama que estaba en el suelo le abrió una larga herida en la espalda.

 

        Merlín cerró los ojos. Si pudiera calmarse lo suficiente como para convocar a su tótem, tal vez habría alguna esperanza, pero un gruñido ligeramente distinto por parte del lobo lo hizo abrir los ojos y mirarlo fijamente. Estaba lo bastante cerca como para apreciar los detalles aún sin los lentes.

 

        “Licántropo” pensó “Por eso no funcionó el hechizo, no es un lobo, es un hombre lobo... ¡Esto no se puede poner peor!”

 

        Un gruñido diferente interrumpió los del lobo. Y luego otro. Desde diferentes ángulos.

 

        ¿Es que se trataba de una manada completa?

 

Continuará...

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Notas de la autora:   

El apellido de Artemisa es el de un personaje de la novela “Los Miserables”, de Víctor Hugo. El Inspector Javert era un hombre recto y apegado a la Ley hasta el punto de perder la humanidad e hizo del perseguir al protagonista del libro (Jean Valjean) la labor de su vida y el único objetivo de su existencia.

 

El apellido de Daniel Morgan (personaje de la novela que lee Harry) corresponde a Henry Morgan, corsario inglés.

 

El hechizo que dice Merlín para que no lo ataque el lobo (“Tú y yo somos de la misma sangre”) es parte del Libro de la Selva, de Rudyard Kipling, en ese libro, el oso Baloo le enseña a Mowgli cómo pronunciar esa frase en todos los lenguajes de los animales. De acuerdo con la Ley de la Selva, todo animal que escuche esa frase en su propio idioma está obligado a no dañar (e incluso a ayudar) a quien la haya dicho, sin importar a qué especie pertenezca.

 

Un tótem es un espíritu (generalmente animal o vegetal) que protege en forma especial a una persona, una familia o a una tribu. Lo que Merlín estaba pensando hacer era convocar a su tótem como a un patronum.

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