REGRESAR A GALERÍA DE DAGA

ADVERTENCIA

Este fic contiene gran cantidad de spoilers, es decir que si lo lees y no has leído los libros te echará a perder la emoción. Te recomiendo primero leer los libros escritos por Rowling y después leer los fics, pero si no te importa saber lo que sucedió en anteriores libros sigue, pero yo te lo advertí primero.

La prueba de quidditch

por  Daga

“Tuvo éxito Asmodeo en sus propósitos y sedujo a una inocente joven, a la que luego abandonó hundiéndola en la miseria y la vergüenza. Pero personas bondadosas velaban por ella y un sabio sacerdote comprendió que la desgracia de la joven era una asechanza del Enemigo.

Por ello la convenció de que bautizara al niño, a pesar de que el misterioso padre lo había prohibido.

Así fue como el que debería traer el Mal a los hombres fue salvado de la oscuridad, y le fue impuesto por la gracia del Bautismo el nombre de su abuelo materno, Merlín”

 

Leyenda de Merlín, contada por Henry Hyde

 

Remus Lupin avanzó cautelosamente por la arboleda. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que había visitado esa parte de los terrenos de Hogwarts y no todos los recuerdos que traía aquel lugar eran agradables. ¿Por qué lo había citado Sirius justo ahí?

-Hola, Moony.

Eso lo hizo dar un respingo. ¿Pero es que Sirius, además de ser capaz de transformarse en perro, tenía algo de gato? Remus había estado tan alerta en busca de posibles enemigos que había olvidado prestar atención a la cercanía de los amigos.

-Recibí tu carta, Padfoot...

-Me alegra que vinieras... ¿Has estado bien?

-Sí, claro... ¿Cuál es la emergencia?

-¿A que no adivinas quiénes están en Hogwarts?

-¿Además de alrededor de mil estudiantes y los profesores de costumbre... ah, y Hagrid, y los fantasmas, y...?

-Sí, sí, además de ellos.

-No sé... déjame pensar... ¿Merlín y Nakuri?

-¿Ya lo sabías?

-Nakuri me escribió...

-¿¿Nakuri te escribió?? Creí que no te dirigía la palabra.

-Después de lo del baile de graduación, fue una suerte que no nos aplicara a todos el mismo remedio que usó con Merlín la vez que la insultó, cuando lo de la foto... A decir verdad, no supe de ella hasta después de lo de... lo de...

-¿Lo de James y Lily?

-Sí... me envió sus condolencias y las de Merlín. Yo le contesté... hemos estado escribiéndonos regularmente desde entonces.

-¿También Merlín?

-No, él no me dirige la palabra.

-El mismo Linus de siempre, el doble de rencoroso que cualquier persona normal. Hasta en eso los avaloneses tienen que superar a los demás.

-No puedes negar que tenía motivos para enojarse.

-¿Durante veinte años ininterrumpidos? ¡Además, debería darnos las gracias por lo que hicimos! ¡Si no hubiera sido por nosotros, ¿dónde estaría ahora?!

-Mmm... Bueno, como profesor, definitivamente no. ¿Quizás administrando la Biblioteca Errante?

-Noto una curiosa entonación en la forma en la que dices eso, Moony...

-Je, piensa un poco, Padfoot, Merlín te ha... nos ha guardado rencor por veinte años, pero nosotros nos hemos negado a disculparnos durante esos mismos veinte años.

-Me disculparé por haberle gastado esa broma el día en que él me dé las gracias por haberlo salvado de tener que arruinar su vida.

Remus suspiró.

-Bueno, volveré a preguntarte al respecto dentro de otros veinte años... En todo caso, según tengo entendido, Linus tiene buena madera como profesor. ¿Recuerdas que era el único que conseguía hacer que la aritmancia entrara en la dura cabeza de...?

La voz de Remus murió a la mitad de la frase, Sirius lo contempló ladeando un poco la cabeza.

-¿De Peter, ibas a decir? –completó con suavidad-. Sí, eso lo recuerdo... Merlín habría sido un gran Merodeador, si no fuera tan terco.

-Sí, la terquedad suele ser un gran problema.

-¿Y cómo va tu parte de la investigación? –Sirius cambió el tema, fingiendo que no había notado la indirecta-. ¿Has podido averiguar algo en el Ministerio?

-No mucho. El caso está exactamente igual que hace 16 años. Si no lo han cerrado todavía es sólo porque no apareció el cuerpo. Y tratándose de los servidores de Voldemort, ni siquiera es *demasiado* extraño que no haya aparecido.

-¿Y nadie investigó a Lucius Malfoy?

-A nadie se le ocurrió... después de todo, prácticamente estuvo a punto de convertirse él en la víctima... ¿Sigues con la misma idea?

-Una de las cosas que no podía apartar de mi mente entonces fue lo último que le escuché decir a Al, él dijo que iría a hacer entrar en razón al idiota de Lucius, jamás lo había visto tan enojado... El caso es que iba a reunirse con él después de la manifestación, de eso estoy seguro. Y ahora que Merlín está de vuelta, pensé que tal vez finalmente podríamos averiguar qué sabe él al respecto... Además, me preocupa la idea de que alguien que pudo haber estado involucrado en esa muerte tan extraña se encuentre en Hogwarts, dando clases...

-¿Se lo has mencionado a Harry?

-¿Y correr el riesgo de que él y sus amigos quieran investigarlo? Lo que hice fue escribirte, regresar al Colegio y dedicarme a vigilar... sólo espero que nadie note a cierto perro negro que anda rondando por ahí, igual que el año pasado.

Remus bajó la vista unos instantes.

-¿Por qué elegiste este lugar para que nos encontráramos, Sirius?

-Me pareció adecuado.

-¿No fue por lo del duelo?

-¿Cuál duelo?

-El que presenciamos aquí.

Los ojos de Sirius se oscurecieron.

-No recuerdo de qué me hablas.

Remus trató de contener un gesto de sorpresa. No podía imaginar que aquel terrible día formara parte de los recuerdos felices que Sirius había perdido en Azkaban. ¿Tal vez lo habría olvidado por otras razones? ¿Pero cómo podía olvidarse algo así?

-1975, nuestro tercer año en Hogwarts, Lucius Malfoy insultó a Merlín delante de media escuela porque seguía dirigiéndonos la palabra a pesar de aquel desastre con los polvos para estornudar que enfermaron a Snape y Narcissa.

-Casi nos expulsaron esa vez.

-Y James convenció a Merlín de que retara a Lucius a un duelo de magia. Pensó que eso asustaría a Lucius y lo dejaría en paz, pero Lucius aceptó el duelo.

-Recuerdo eso, pero no recuerdo lo que pasó después.

-Elegimos este lugar. James y tú eran los padrinos de Merlín, Peter y yo estábamos de espectadores, pensábamos que Lucius no se presentaría, y no se presentó. Envió a Alphonse en su lugar.

-Pero Alphonse ya se había graduado para entonces...

-Y era unos 15cm más alto que Merlín. Llegó sin padrinos ni testigos, caminó hacia nosotros, se detuvo donde estás tú y saludó a Merlín llamándolo “Lord Wintergem”. Merlín lo saludó como “Lord Summerwind”... Entonces fue cuando nos enteramos de que la madre de Merlín y la primera esposa de Lucien Malfoy eran parientes, y de que Alphonse tenía un título, heredado de su madre. Y luego Alphonse le dijo a Merlín que era un deshonor el que hubiera retado a un duelo de magia a un chico menor que él, mucho más débil y menos experimentado, y que Merlín sabía de sobra que ni aún en el mejor momento de su vida Lucius sería un digno rival. Lo llamó cobarde sin dejar de sonreír un solo instante y terminó diciendo que, como heredero de los Malfoy, tomaba sobre sí el reto dirigido a su hermano, al cual estaba en obligación de proteger. Creo que Merlín sufrió más por la vergüenza de haber tenido que escuchar todo eso que por la paliza que le dio Alphonse. Y, créeme, fue una paliza digna de los libros de historia...

-Y luego, lo del baile, pero antes del baile, lo de la foto –murmuró Sirius, reflexivo-. Hay razón de que nos odie... Y eso que lo hacíamos con toda la buena intención del mundo.

-Pero con una torpeza inaudita.

-Aún así... quisiera hablar con él, podría ayudarnos con la investigación.

-Será un poco difícil, teniendo en cuenta que está decidido a no volver a hablarnos. Además, no tenía muchas razones para estimar a Alphonse.

-La estimación no tendrá nada que ver –replicó Sirius con convicción-. Nos ayudará porque su sentido del honor no le permitirá hacer otra cosa.

Remus estuvo tentado a recordarle a Sirius lo que había sucedido la última vez que habían intentado apelar al honor de Merlín, pero prefirió no hacerlo. Sería mejor que lo descubriera por sí mismo.

 

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-¿Y por qué puesto vas a competir? –preguntó Harry.

-Seeker –dijo Galahaad, con una entonación un tanto extraña, como si su mente estuviera a kilómetros de ahí.

-Eh, creo que vas a tener un par de problemas, ese puesto ya está cubierto en Slytherin.

-¿Te refieres a que Draco Malfoy lo jugaba el año pasado? Ahora está vacante.

-¿Malfoy abandona el equipo?

Galahaad sonrió por un instante, de un modo bastante enigmático.

-El equipo abandona a Malfoy –replicó, antes de tomar su escoba, saludar al pequeño grupo con la mano y dirigirse a donde se encontraban los demás estudiantes que participarían en la prueba.

Ron miró a Harry y Hermione, que estaban enfrascados en una discusión acerca de las probabilidades de encontrar un trébol de tres hojas en una maceta de tréboles de cuatro hojas y procurando ignorar el hecho de que casi todos los que se encontraban ahí eran de Slytherin y los miraban con curiosidad... y algunos incluso con manifiesta hostilidad.

Sonsioré ni siquiera parecía haber notado que ellos tres estaban ahí, se encontraba demasiado ocupada en un diálogo con Shikena y Arturo, y Ron no entendía nada de lo que decían, ya que desde que se habían reunido estaban hablando en otro idioma.

“No sé ni para qué me preocupé tanto” pensó Ron, y de inmediato metió cuchara en la conversación de Harry y Hermione. ¡Por supuesto que era fácil encontrar un trébol de tres hojas en una maceta de tréboles de cuatro! Bastaba con conseguir alguna oruga que se comiera la hoja sobrante...

 

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El dragón consiguió arrastrarse hasta una pequeña hondonada, donde se acomodó un poco. Sólo habían logrado alcanzarlo una vez, pero había sido suficiente. Si tan solo hubiera alguien a quien pudiera hablarle, alguien que pudiera avisar a los demás...

Alguien tenía que decirle a Dumbledore lo que estaba pasando...

La enorme bestia del color de la nieve destacaba en forma escalofriante contra los helechos oscuros y las sombras del bosque. El silencio a su alrededor era tan profundo que dolía. Y no había nadie cerca... ¿quién iba a aproximarse a un dragón, aunque estuviera agonizando? Sólo alguien que quisiera rematarlo...

Pero si alguien se acercara y él tuviera tiempo de hablar, de decirle...

Dumbledore tenía que saberlo, tenía que avisarle al Guardián que la Piedra del Testimonio había sido robada. Tenía que haber sido un robo, el Guardián jamás la habría sacado de Avalon. Y sólo las ancianas del Clan tenían derecho a ordenar algo semejante, declarando una guerra. Pero no había ninguna anciana entre el grupo de asesinos y él habría reconocido de inmediato al Guardián si hubiese estado entre ellos. Sólo estaban los asesinos y la Piedra del Testimonio.

Él la había visto en manos de un Death Eater, había sentido los efectos de su poder.

Por eso estaba muriendo.

Y no había nadie que pudiera avisarle a Dumbledore.

-¡Fang! ¡Aquí, Fang! ¡Ven, muchacho!

El dragón se obligó a sí mismo a abrir los ojos. Esa voz... en ese lugar... sólo podía pertenecer a una persona. Trató de gritar pidiendo ayuda, pero sólo tuvo fuerzas para gemir.

El enorme perro (bastante pequeño desde la perspectiva del dragón) llegó junto a él y empezó a aullar en forma lastimera. Maravilloso, eso atraería al dueño y él podría hablarle. Hagrid encontraría a Dumbledore y le diría...

Los aullidos se hicieron más fuertes. Un lamento fúnebre.

Abriéndose paso a duras penas entre la agonía y el cansancio, la mente del dragón alcanzó a hacer una pregunta que no logró responder... ¿esos aullidos eran el duelo por la muerte de alguien?

-¿Fang? ¿Encontraste algo?... Oh, cielos...

Hagrid se acercó despacio al dragón. Reconoció la piel lisa y sin escamas, la cresta dorada, los ojos claros... sólo había visto dragones de las nieves en ilustraciones de libros muy antiguos, se les creía extintos desde hacía mil quinientos años. Y el que estaba frente a él no contradecía demasiado el dato.

Con un movimiento mezcla de respeto y dolor, Hagrid cerró los ojos del hermoso animal.

El dragón estaba muerto.

Alguien más, que había estado observando durante un largo rato, se retiró cuidadosamente, seguro de que cuando el perro terminara de aullar trataría de encontrar al responsable de aquello. Se movió como una sombra, ya que no se atrevía a usar magia que pudiera ser detectada en ese momento, y se reunió con los otros.

Todos vestían túnicas negras, y sus capuchas ocultaban sus rasgos en las sombras.

-¿Y bien? –preguntó uno de ellos, el que sostenía cuidadosamente el almohadón de terciopelo negro en el que reposaba una piedra roja.

-Está muerto. El guardabosques lo encontró, pero ya había expirado para entonces.

-Perfecto. Como pueden ver, hermanos, hemos dado con un arma sumamente efectiva.

-Lo cual podemos agradecérselo a Su Majestad, la reina Eleonor –añadió alguien, con un ligero tono de burla.

-Ciertamente –replicó el del almohadón, sin perturbarse-, si no fuese por ella, esta magnífica piedra nunca habría abandonado Avalon. Ahora nos corresponde servirnos de ella de la manera en que mejor honre a nuestro Amo. ¡Que la herencia del Mago Merlín honre a las Artes Oscuras eliminando a todos sus enemigos!

 

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-¡Ey, Henry! ¿Por qué tan solo? ¡Ven con nosotros!

Como siempre, Sonsioré había descubierto de inmediato a su primo, a pesar de que éste había hecho todo lo posible por no ser notado entre los espectadores.

El muchacho se acercó sin decir palabra al grupo que formaban los hermanos Brightstar y el trío de Gryffindor. Hubiera preferido quedarse en su rincón, pero Sonsioré nunca se lo hubiera perdonado. Además, ya era el turno de Galahaad y tenía mejor vista desde donde se encontraban ellos.

-Es bueno –comentó alguien, con cierto tono de sorpresa.

Henry sonrió melancólicamente al escucharlo. Cierto, Galahaad era un buen seeker. De hecho, era un muy buen seeker, no veía una selección internacional en su futuro, era demasiado dado a la acrobacia, pero para los parámetros de un colegio era algo realmente bueno. Después de ese día, Galahaad destacaría bastante en Slytherin y quizá un poco en el resto del colegio. Eso traería problemas de toda clase.

Los dos se habían opuesto vehemente a la sugerencia de Sonsioré para que se unieran a los equipos de quidditch del colegio. Y los dos mayores, contra toda lógica, habían apoyado a la alocada Gryffindor. Habían conseguido la gracia de que sólo uno de ellos tuviera que competir... y, desgraciadamente, todo indicaba que Galahaad ganaría el puesto en el equipo. ¿Es que Shikena, Arturo y Sonsioré no podían entender que lo que menos deseaban el tímido Galahaad y el eternamente angustiado Henry era destacar? Destacar es llamar la atención. Y cuando todos te miran es más difícil esconder esos pequeños detalles que te convierten en una persona altamente sospechosa en caso de que haya alguien buscándote.

A Henry no le preocupaba el riesgo que corría él mismo, todo habría sido más fácil si la familia le hubiera dejado resolver las cosas a su manera. Pero un Brightstar nunca hace las cosas de la manera sencilla. Y ni Merlín ni Nakuri parecían notar que ahora Galahaad era un manojo de nervios y Henry, un serio candidato para una úlcera.

El problema mayor era que aunque los miedos de ambos eran grandes, no eran lo *suficientemente* grandes como para que Galahaad participara en una competencia y no diera su mejor esfuerzo. Era su naturaleza, si no tenía más remedio que competir, iba a hacerlo todo por ganar. Si alguien llegaba a descubrir la trampa, por lo menos podría decir que había valido la pena.

“Ratas” pensó Henry, aflojando inconscientemente la tira de cuero que sujetaba su cabello, como alguien que no está acostumbrado a sentir el cabello atrapado “Va a entrar al equipo y más le vale que lo disfrute. Si nos descubren y a final de cuentas resulta que no le gustó ser el mejor en algo, voy a matarlo yo mismo”.

 

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Lykos se asomó cautelosamente por la rendija de la puerta y luego salió, más cautelosamente todavía, si cabe. Había tratado de acompañar a Draco a la prueba de quidditch, pero el muchacho le había lanzado una mirada que Lykos había tenido ocasión de ver unas cuantas veces en los ojos de Lucius y nunca había presagiado nada bueno, por lo que decidió que sería más prudente quedarse en la habitación.

Pero estar encerrado en una habitación es una de las cosas más aburridas del mundo. Había unos cuantos libros por ahí, pero eran todos libros de texto, magníficas curas contra el insomnio, excelentes ladrillos en caso de que hiciera falta un arma contundente, pero nada que a Lykos le interesara leer.

Y eso que estaba convencido que había metido un ejemplar de “Los tres mosqueteros” en la maleta de Draco la víspera de la entrada a clases. ¿Qué habría sido del libro? ¿Lo habría tirado a la basura tan pronto como lo encontró?

No sería raro. Llevaba años tratando de hacer que el chico leyera algo entretenido, pero no había manera... La próxima vez trataría de engatusarlo con un libro de Julio Verne.

Tampoco le apetecía mucho pasear por el colegio, así que caminaba escondiéndose lo mejor que podía, ya que le molestaba bastante el que los estudiantes y profesores se le quedaran viendo como a un fenómeno extraño. Se detenía un momento en cada esquina para comprobar que no hubiera nadie cerca y...

Neville dio un salto atrás cuando escuchó algo mezcla de chillido y rugido, que al mismo tiempo incluía palabras.

-¡¡Mi cola!!

Sorprendido, miró hacia abajo y contempló algo que podría ser una lagartija mucho muy grande o un dragón increíblemente pequeño. En cualquier caso, era un “algo” al que acababa de pisarle la cola.

-¡Perdón! –exclamó Neville-. ¡No era mi intención!

-Lo sé, lo sé, no fue nada... Ah, para qué te miento, sí, me dolió bastante –sonrió Lykos-, pero no es nada grave.

El chico se arrodilló en el suelo y trató de examinar la cola de Lykos, con lo cual consiguió otro chillido.

-¡No, no! ¡Deja!

-¡Perdón! ¡Yo sólo quería...!

-¿Qué ocurre, Longbottom?

Al escuchar la voz de Sibyl Trelawney, Lykos aprovechó que Neville estaba arrodillado y se escondió debajo de su túnica.

-Uh... yo... este...

-¿Perdió su mascota otra vez? –la profesora sonrió cansadamente y siguió caminando sin esperar respuesta.

Neville se puso en pie con mucho cuidado y miró a Lykos.

-¿Por qué te escondiste de la profesora?

-Huele a gato –confesó Lykos-. Nunca le he gustado a los gatos, siempre tratan de morderme, creo que me encuentran aspecto de ratón.

-Si te les pareces a un ratón, entonces más bien debes gustarles demasiado.

Lykos lo miró sorprendido y luego se echó a reír. Un segundo después estaban riendo los dos.

 

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Dolor.

Un dolor tan terrible que no podía, no debía ser real. ¿Cómo, en nombre de Dios, podía existir un dolor tan intenso?

Voces.

“¡Esto no está funcionando bien, Amo! ¡No es como usted dijo que sería!”

“Silencio”

“Pero, Amo... ¡Mírelo! ¡Está sufriendo!”

“Cállate, Nagini! Espera y verás... Está tardando más que con Lykos porque es muy diferente, aunque sea el mismo principio. La sangre no actúa igual en todos los casos”

“¿Y si muere?”

“Lo intentaremos con alguien más. Hasta que salga bien”

“Bien...”

-¿Harry, estás bien?

Harry abrió los ojos para encontrarse con las caras preocupadas de Ron, Hermione y Henry. Henry, en particular, tenía un aspecto extraño. Y la cicatriz de Harry ardía de nuevo, como una quemadura reciente.

-¿Q-qué pasó?

-¿Cuántos dedos ves? –preguntó Hermione, mostrándole una mano.

-Ocho.

-Uh... –Hermione parecía preocupada.

-Será mejor que te sientes –indicó Ron.

El dolor empezaba a disminuir por fin. Harry los miró otra vez, tratando de averiguar qué era lo que no encajaba con Henry. ¿Aparte de que no llevaba los anteojos? Ah, misterio aclarado, era el cabello, lo tenía suelto, con lo que de repente se parecía mucho a Sirius. Hasta entonces siempre lo había visto con la larga melena negra sujeta firmemente con una delgada tira de cuero y había pensado que su cabello era completamente lacio, pero ahora veía que tendía a ondularse. Probablemente se erizaría igual que el suyo si no fuera porque el ser tan largo le daba demasiado peso como para desafiar así la gravedad.

-Te pareces a mi padrino... –murmuró Harry, todavía algo mareado.

Ron y Hermione pusieron cara de “qué-estás-diciendo-y-a-quién-le-estás-hablando”. Henry frunció el ceño y recogió la tira de cuero para volver a peinarse. ¿Cómo había llegado la cinta al suelo?

-¿Qué fue lo que pasó? –preguntó Harry.

-Una bludger se salió del campo y te golpeó en la cabeza –explicó Ron.

Entonces lo recordó. La bludger iba en línea recta hacia Hermione, Henry y él se habían interpuesto para evitar que la golpeara. Los dos había recibido el impacto, pero por lo visto Harry había llevado la peor parte, Henry sólo se había despeinado.

-¿Qué pasó? ¿Están todos bien?

Uno de los aspirantes al equipo de Slytherin había llegado hasta ellos casi sin aliento y tenía una verdadera cara de preocupación al descubrir a Harry en el suelo.

-Oh, cielos, ¿lo alcanzó la bludger? ¡Lo siento mucho! ¿Se encuentra bien?

-Sí, estoy bien...

-¡Qué vergüenza! ¡Lo siento!

-¿Qué es lo que sientes? ¿El haberlo golpeado o que se encuentre bien? –preguntó Ron.

El muchacho lo miró con aire de sorpresa. Tenía el cabello castaño y los ojos de un verde esmeralda que casi parecía imposible, todo ello junto con un aire de inocencia tan evidente que parecía artificial.

-Caray, eso debería meditarlo un poco, ¿no es cierto? –dijo al cabo de unos segundos, dedicándoles una sonrisa encantadora, como si hubiera decidido que Ron estaba tratando de bromear para liberar la tensión-. Ya, hablando en serio, lamento mucho lo que pasó. Es fácil interceptar una bludger, pero no es sencillo calcular a dónde va a ir... es la misma teoría que con la bola de billar, pero con más variantes.

Hermione se quedó boquiabierta por un instante. El chico casi estaba citando el libro sobre quidditch que había leído ella en el primer año en Hogwarts.

-Veo que no pierde el gusto por ser el centro de la atención, Potter –dijo el profesor Snape, que se había sumado al pequeño círculo antes de que pudieran darse cuenta-. Vuelva a su puesto, Anderson.

-Sí, profesor Snape. De inmediato, señor –respondió el aludido, pero antes de marcharse se dirigió de nuevo a Harry, Ron y Hermione-. Si hay algo que pueda hacer para compensar esto, no duden en decírmelo. Soy Nicholas Anderson, Slytherin, cuarto año.

-Sonó como un soldado diciendo su nombre, rango y compañía –gruñó Ron, mientras ayudaba a Harry a ponerse en pie.

-No es extraño –apuntó Henry-, su padre es un general muggle.

-¿Tú conoces a ese tipo? –preguntó Hermione.

-De vista, no más. Fue Galahaad el que me lo comentó. Por cierto, creo que será mejor que nos vayamos ahora, no me gusta cómo nos está mirando el profesor Snape.

-Paranoico, como siempre –dijo Sonsioré.

Pero el caso era que Snape sí los estaba mirando con mucha insistencia, a pesar de que se había alejado de ellos unos cuantos pasos, y Harry, Ron y Hermione decidieron de repente que ya habían prestado suficiente apoyo a Galahaad por ese día.

 

Hasta el último momento de su vida, Draco estuvo seguro de que fue únicamente su orgullo lo que lo sostuvo esa tarde. Y una buena dosis de terquedad.

Logró mantener una actitud digna mientras abandonaba el campo, luego de confirmar que había sido reemplazado en el puesto de seeker por un alumno nuevo, e incluso se felicitó a sí mismo por no haber permitido que Lykos lo acompañara, ya que sin duda se habría empeñado en tratar de consolarlo, con lo que sólo habría empeorado la situación, pero estuvo a punto de derrumbarse cuando se encontró fuera de la vista de los espectadores, sólo que ni eso le fue permitido.

-Espera un momento, Draco.

Galahaad lo había seguido.

-¿Qué es lo que quieres ahora, Brightstar? No me digas que olvidé devolver la escoba o algo así...

Galahaad hizo un gesto de impaciencia completamente inesperado en aquel muchachito torpe que tropezaba con todo el mundo.

-Podrías haber esperado a que termináramos de hablar sobre la nueva situación del equipo.

-Eres el seeker, Brightstar. ¿Qué más hay que discutir?

-Soy un seeker.

-No me digas que ya cambiaron las reglas de Quidditch y ahora hay más de un seeker por equipo –de alguna manera, Draco se las arregló para sonreír con burla.

-Las reglas siguen siendo las mismas –replicó Galahaad, sin darse por enterado del sarcasmo del otro-. Eres mi suplente.

-No entré a este equipo para quedarme en la banca. Si quieren mi renuncia por escrito, la tendrán por la mañana.

-¡Pero qué dramático! –Galahaad corrió para alcanzarlo-. Creo que si te quedas callado un momento tal vez consiga explicarte la situación. No jugaré todos los partidos.

Aquello despertó levemente el interés de Draco, que miró de reojo al otro muchacho. Galahaad se ajustó los antejos, satisfecho por haber conseguido su atención.

-Eres un pésimo seeker...

-No hace falta que me lo digas, ya lo sé –el interés de Draco se había desvanecido como por encanto, y ahora reanudaba el camino a grandes zancadas. Galahaad tuvo que apresurar el paso para mantenerse a su lado.

-Es por eso que voy a entrenarte –continuó, como si no lo hubiera interrumpido.

-¿Entrenarme?

-¿Hay un eco aquí? ¿O estás desarrollando complejo de personaje de anime? Dije que no podré estar en todos los partidos, y es cierto. Pero tampoco voy a permitir que el equipo pierda sólo por mi ausencia. Si dependiera de mí, no faltaría ni una sola vez, pero habrá una o dos ocasiones en las que no podré disponer de mi tiempo, y es mi responsabilidad el que mi reemplazo sea capaz de cumplir con el trabajo, ergo, no me queda más remedio que asegurarme de que puedas cumplir con tu parte, ya que no hay más seekers que tú y yo en el equipo. Y, como te iba diciendo, eres un pésimo seeker, pero a fuerza de terquedad y estrategia, se puede compensar la falta de talento. Al menos en parte.

-¿Y por qué habría de aceptar yo tu ayuda?

Draco se detuvo y encaró a Galahaad, el chico de los lentes tenía que mirar hacia arriba para verlo a la cara, pero sostuvo la mirada de Draco con tanto orgullo que éste casi se vio obligado a desviar la vista.

-Primero está Slytherin. O mejor dicho, primero está evitar que Gryffindor se lleve la Copa. ¿No es así?

Draco asintió lentamente.

 

Severus Snape contuvo un gruñido al reconocer a la persona que caminaba unos metros delante de él por las calles de Hogsmeade. Imposible confundirlo. Y a pesar de la repentina necesidad de dar media vuelta y regresar a Hogwarts, el profesor de Pociones apresuró el paso para alcanzarlo.

-¡Lupin!

Remus lo miró con sorpresa.

-Buenas tardes, Severus...

-¿Cuánto llevas aquí?

-¿En Hogsmeade? No hace mucho que llegué...

Las cejas de Snape estaban más fruncidas de lo habitual y su gesto era mucho más adusto de lo que Remus hubiera esperado, por mucho que a Snape le disgustara encontrárselo. De repente, Snape lo sujetó por un codo y lo obligó a entrar al restaurante más cercano.

-Ven conmigo, tenemos que hablar.

“¡Oh, no, no aquí!” pensó Remus con desesperación.

-Sé que ahora estás trabajando con el Ministerio de Magia –dijo Snape, yendo directamente al grano, sin darle importancia al hecho de que Remus tenía todo el aspecto de alguien que desea escapar lo más pronto posible.

-Yo... ¿Cómo es que sabes eso? Se suponía que era un secr...

-Dumbledore me lo dijo –interrumpió Snape-. O quizá fue el Hada de los Dientes, eso no importa. Hay un problema serio y pensé que podría interesarte. ¡Cierra la boca y tal vez terminemos más rápido!

Remus, que acababa de abrir la boca para protestar, obedeció maquinalmente. Snape lo miró con algo que parecía cercano a la aprobación.

-Ayer Hagrid encontró un dragón muerto en el Bosque Prohibido. Un dragón de las nieves.

-¡Pero eso es imposible! ¡Están extintos! –exclamó Remus.

-Ya sé que es imposible, sin embargo tenemos a un dragón muerto y parece ser un auténtico dragón de las nieves. Dumbledore ha mandado llamar a un experto.

-Bueno, ¿y qué tiene que ver eso conmigo?

-“Jornada de estudios en el mundo muggle” –replicó Snape-. ¿Recuerdas con qué comenzaba esa novela?

Remus palideció un poco más.

-Lykos Laffite y tres de sus compañeros de aventuras encontraron un dragón muerto en el Bosque Prohibido. Era un dragón de las nieves. Pero eso puede ser sólo una casualidad, Severus.

-No había heridas. El ejemplar no parece tener más de cuarenta años, al menos según la opinión de Hagrid, habrá que esperar al experto, no había señales de enfermedad.

-Igual que con el dragón del libro...

-Y Merlín Brightstar está en Hogwarts.

-¿No estarás insinuando que él...?

-No, sólo estoy recordando *quiénes* ayudaron a convencerlo para que le diera información a Alphonse Malfoy acerca de los dragones de las nieves y su relación con el Corazón del Dragón.

-Oye, pero yo no... ¿Qué interés podría tener nadie en matar a un dragón extinto?

-No creo que sea por los dragones, sino por las familias del Pacto. ¿Recuerdas a Tobías Crownwell? Desapareció hace una semana y nadie ha sabido de él desde entonces. ¿No es extraño que desaparezca un miembro de una de las familias del Pacto y que aparezca un dragón muerto?

-¿Tú crees... que alguien está obligando a las familias del Pacto a revelar dónde están los dragones que juraron proteger?

Remus estaba tan sorprendido por toda esa granizada de información que no tuvo tiempo de hacerle señas al mesero para que no se acercara a ellos. Por la posición de la mesa que había elegido Snape, el mesero no alcanzaría a verle la cara cuando llegara junto a ellos...

-¿Puedo tomar su orden? –preguntó, con su tono más educado.

-Dos capuchinos –replicó Snape, antes de que Remus pudiera decir nada-, y si puedes tomarte un descanso, tal vez quieras añadir un tercer capuchino y acompañarnos, Black, tengo algo que contarte.

Cinco minutos después, Snape sonreía abiertamente ante la expresión preocupada de Remus y la falsamente indiferente de Sirius. Era una agradable novedad el saber que estaban atrapados, al menos por el momento.

-La próxima vez que estés huyendo, por lo menos trata de esconderte bien, Black. La idea no es mala, tengo que admitirlo, *nadie* se fija en los meseros, pero esa melena es difícil de pasar por alto.

-No voy a cortarme el cabello –replicó Sirius con frialdad-. ¿Por qué no dejas de burlarte y llamas a un Dementor de una buena vez? Sé que te estás muriendo por entregarme.

-Sería algo realmente placentero, pero tal vez sería un error. Y si yo estuviera en tu lugar, trataría de no provocar a alguien que puede enviarte a Azkaban con toda la facilidad del mundo.

-Bien, ya nos dijiste lo que está pasando...

-Todavía falta. Una de mis alumnas de Slytherin, Pansy Parkinson, desapareció anoche.

-¿Parkinson? –dijo Remus.

-¿Como Elías Parkinson? –dijo Sirius.

-La nieta de Elías Parkinson –concretó Snape-. Cuando tratamos de contactar con la familia, descubrimos que su padre y su abuelo desaparecieron también. En fin, no sé ustedes, pero yo tengo buenos motivos para empezar a preocuparme. Lamentablemente, no tengo pruebas.

-¿Con respecto a qué? –preguntó Remus.

Snape contempló por unos instantes su capuchino.

-Era cosa sabida, aunque de ello sólo se hablaba en voz baja, que uno de los planes de Lord Voldemort era una venganza en contra de las familias del Pacto que se negaron a... colaborar con él. Las familias del Pacto confiaban en sus respectivos dragones guardianes, creían que con ellos sería suficiente para que Voldemort los dejara tranquilos...

-Pero si los dragones murieran, sería fácil exterminar a las familias que les brindaron refugio durante mil quinientos años –dijo Remus.

-Y la forma más sencilla de eliminar a un dragón de las nieves sin tener que recurrir a un caballero en brillante armadura... –dijo Snape.

-Es el Corazón del Dragón –completó Sirius-. ¿Se lo dirás a Merlín?

-No lo creo... –dijo Snape, muy despacio.

-¿Por qué no? –preguntó Remus.

-Merlín no me dirige la palabra desde lo del baile de graduación...

-Oh, cielos –murmuró Remus, mientras Sirius bebía precipitadamente el café, en un esfuerzo por ahogar la risa.

 

-La verdad, no sé de dónde vino eso –dijo Harry, inquieto más por las caras preocupadas de Ron y Hermione que por las voces que había escuchado mientras estaba inconsciente.

-Pero tu cicatriz te dolió –señaló Hermione.

-Y es la segunda vez que ocurre estando cerca uno de los Brightstar.

-Era Henry Hyde –corrigió Harry.

-Es lo mismo, ¿no? Es sobrino del profesor.

-¿O de la profesora? –preguntó Hermione.

-Creo que eso no viene al caso –dijo Harry-. Aunque fue realmente desagradable, quisiera poder recordar un poco más, tal vez así podría averiguar de qué se trata. Pero, como ya les dije era algo sobre un hechizo para el que se requería sangre...

-Debe de haber toneladas de hechizos que usen sangre de toda clase –dijo Hermione.

-Y no olvides las pociones –añadió Ron.

-Sí –Harry suspiró-. Supongo que tendré que conformarme y esperar que se aclare o que no se repita.

-Tranquilízate, debe haber sido algo pasajero. Además, una bludger acababa de golpearte en la cabeza.

El pequeño grupo abandonó la sección de la biblioteca que habían elegido para conferenciar. Un segundo después, Nicholas Anderson bajó de la escalera donde se había quedado cuando los tres amigos llegaron a hablar, mientras él trataba de localizar un libro en el último estante.

Sería interesante realizar una pequeña investigación acerca de hechizos propios de Voldemort y sus seguidores que involucraran sangre.

 

Draco escuchó el inconfundible sonido de un libro al ser depositado en la mesa.

-No –dijo, sin molestarse en disimular su disgusto.

-¡Pero si ni siquiera lo ha mirado, Amo Draco! –protestó Lykos.

-Es otro libro de aventuras escrito por un muggle, no necesito verlo.

-Bueno, sí... es un libro de Michael Ende y...

-Ya basta, Lykos, llévatelo de aquí.

-Como usted ordene, Amo Draco –murmuró Lykos, con aire decepcionado, pero enseguida se repuso y siguió hablando como si nada-. ¿No piensa salir? ¡La tarde está preciosa! Debería aprovechar y hacer un poco de ejercicio. ¡Está tan pálido! Me parece que aquí no lo alimentan bien y...

-Ya cállate.

-Pero me parece que le haría bien respirar algo de aire puro. ¡Pasa tanto tiempo encerrado aquí! Eso no es propio de alguien tan joven, es demasiado pronto como para que empiece a actuar como un ancianito enfermo. ¿Por qué no va a jugar con sus amigos?

-¿“Jugar”? ¿Pero qué edad crees que tengo?

-Catorce años. Oh, es cierto, no tiene usted muchos amigos... Hace poco conocí a un chico muy simpático que creo que le agradará a usted, se llama Neville y es un muchacho muy amable. ¿Por qué no...?

-¿Neville Longbottom? ¿Pero es que estás loco, Lykos?

-Claro que no, viene de una buena familia, tal y como lo exige el Amo Lucius. Los Longbottom, al igual que los Malfoy, forman parte del Pacto...

Draco tomó el libro y miró a Lykos de manera que éste pudo darse cuenta de inmediato que estaba calculando la mejor forma de atinarle con el libro en cuestión.

-Entiendo –dijo Lykos, interrumpiéndose de repente para tomar el libro y dirigirse hacia la puerta a toda velocidad.

Draco suspiró. Lykos, en definitiva, se preocupaba mucho por él. Y seguía siendo tan asfixiante como siempre.

 

-¿Pero por qué nos cuentas todo eso? –preguntó Remus de nuevo.

-Pensé que tal vez querrían ustedes vigilar un poco más a Potter –dijo Snape, entrecerrando los ojos-. Su continua necesidad de llamar la atención podría meterlo en un problema realmente serio esta vez. Ha salido demasiado bien librado los años anteriores y tanta suerte no pude durar para siempre.

-No tienes por qué hablar así de Harry –dijo Sirius con disgusto.

-¿No? –Snape se puso en pie y dejó unas cuantas monedas junto a su taza vacía antes de obsequiar a Sirius con una mirada dura-. Veo en ese muchacho exactamente el mismo problema que tenía su padre. Está tratando de probar algo. ¿El qué? No tengo idea. Tal vez quiera demostrar que tiene algún valor como persona. Y ya que tú eres su padrino, te corresponde tratar de que llegue a la mayoría de edad sin dejar demasiado de sí mismo por el camino.

Remus esperó a que Snape saliera antes de hablar.

-¿Y si tuviera razón?

Sirius respondió con un sonido que estaba entre gruñido y risa ahogada.

-Padfoot, no puedes descartarlo sólo porque no te agrada la persona que te lo dijo.

-Ya lo sé. Lo que me molestó no fue que me lo dijera Snape, sino que ya había escuchado antes algo similar.

-¿Ah, sí?

-¿Recuerdas que el padre de James nunca iba a verlo jugar quidditch? Decía que no le gustaba verlo arriesgándose en una forma tan insensata, que no entendía qué esperaba probar James con eso. Espero sinceramente que no esté sucediendo algo así con Harry. Espero que sólo sea que Snape encuentra al hijo tan parecido al padre que se está confundiendo. Espero que Harry le dé una sorpresa. Espero que Snape tenga que admitir que se equivocó. Y espero que tú dejes de mirarme de esa manera, porque me estás poniendo incómodo y, no, no quiero escuchar nada acerca de mis instintos paternales, ¿está bien?

-No iba a decir nada.

-Como si no te conociera.

-Bueno, yo espero que no pierdas tu empleo por estar conversando con los clientes...

Sirius se puso en pie de un salto, recogió las tazas y contó las monedas.

-¡Pero esto es imposible! –exclamó.

-¿Qué cosa? –preguntó Remus, alarmado.

-¡Snape me dejó propina!!

 

Los cinco dragones llevaban el día entero viajando sin rumbo. A decir verdad, el más joven estaba convencido de que todo ese tiempo se habían movido en círculos, pero era imposible saberlo en aquel bosque.

Cuando se encontraron todos juntos, la noche anterior, y los Death Eathers descubrieron ante ellos la Piedra del Testimonio, la primera reacción de los cinco fue huir. Había otro más que no tuvo tanta suerte y cayó como fulminado ahí mismo, pero ellos habían conseguido alejarse. Al menos por un tiempo.

El dragón más joven se daba cuenta claramente de que los demás se estaban debilitando. Advirtió con horror que habían escapado de una muerte rápida tan sólo para recibir una lenta. Había tenido razón el más viejo, una vez que contemplas el brillo de la piedra mágica creada por el Mago Merlín, a la que los humanos llamaban irónicamente “el Corazón del Dragón”, no quedaba más remedio que resignarte y morir.

Aquello no era justo. ¿Qué habían hecho para merecer que los persiguieran de esa manera?

El dragón más joven dejó escapar un grito de rabia y frustración, que fue escuchado incluso muy lejos de donde se encontraba, pero no hubo nadie que pudiera reconocer esa voz.

 

Continuará...

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Notas de la autora:

Er... tal vez a alguien le haya llamado la atención el apellido del personaje de la novela que mencionan Snape y Remus, es el apellido de un pirata francés, Jean Laffite (1780-1826), quien organizó en Nueva Orléans una banda de contrabandistas. Por la ayuda brindada a los norteamericanos durante su guerra de independencia, el presidente Madison le otorgó una amnistía, pero luego de haber atacado un barco americano fue obligado a abandonar su isla de Galveston. Antes de marcharse dio una gran fiesta... e incendió su mansión. Se cree que su tesoro todavía está enterrado en algún lugar de la isla.

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