Artículo escaneado de la Revista XLSemanal, de 25 de junio de 2006. Pág 8. MAGAZINE Firmas
Un héroe de nuestro tiempo
Arturo Pérez-Reverte
Ahí sigue,
el tío. Aún no se ha vuelto un mercenario de la tiza, de esos que entran en el
aula como quien ficha donde ni le va ni le viene. Tal vez porque todavía es
joven, o porque es optimista, o porque tuvo un profesor que alentó su amor por
las letras y la Historia, cree que siempre hay justos que merecen salvarse
aunque llueva pedrisco rojo sobre Sodoma. Por eso, cada día, pese a todo, sigue
vistiéndose para ir a sus clases de Geografía e Historia en el instituto con la
misma decisión con la que sus admirados héroes, los que descubrió en los libros
entre versos de la Ilíada,
se ponían la broncínea loriga y el tremolante casco, antes de pelear por una
mujer o por una ciudad bajo las murallas de Troya. Dicho en tres palabras:
todavía tiene fe.
Aún no ha llegado a despreciarlos: sabe que la mayor parte son buenos chicos,
con ganas de agradar y de jugar. Tienen unas faltas de ortografía y una pobreza
de expresión oral y escrita estremecedoras, y también una escalofriante falta de
educación familiar. Sin embargo, merecen que se luche por ellos. Está seguro de
eso, aunque algunos sean bárbaros rematados, aunque los padres hayan perdido
todo respeto a los profesores, a sus hijos y a sí mismos. «Voy a tener que
plantearme quitarle de su habitación la play-station y la tele», le comentaba
una madre hace pocas semanas. Dispuesta, al fin, tras decirle por enésima vez
que lo de su hijo estaba en un callejón sin salida, a plantearse el
asunto. La buena señora. Preocupada por su niño, claro. Desasosegada, incluso.
Faltaría más. La ejemplar ciudadana.
Pero, como
digo, no los desprecia. Lo conmueven todavía sus expresiones cada vez que les
explica algo y comprenden, y se dan con el codo unos a otros, y piden a los
alborotadores que dejen al profesor acabar lo que está contando. Lo hacen
estremecerse de júbilo las miradas de inteligencia que cambian entre ellos
cuando algo, un hecho, un personaje, llama de veras su atención. Entonces se
vuelven lo que son todavía: maravillosamente apasionados, generosos, ávidos de
saber y de transmitir lo que saben a los demás.
En ocasiones, claro, se le cae el alma a los pies. El «a ver qué hacemos todo el
día con él en casa», como única reacción de unos padres ante la expulsión de su
hijo por vandalismo. Por suerte, a él nunca se le ha encarado un chico, ni
amenazado con darle un par de hostias, ni se las han dado, el alumno o los
padres, como a otros compañeros. Tampoco ha leído todavía el texto de la nueva
ley de Educación, pero tiene la certeza de que los alumnos que no abran un libro
seguirán siendo tratados exactamente igual que los que se esfuercen, a fin de
que las ministras correspondientes, o quien se tercie, puedan afirmar
imperturbables que lo del informe Pisa no tiene importancia, y que pese a los
alarmistas y a los agoreros, los escolares españoles saben hacer perfectamente
la O con un canuto. Mucho mejor, incluso, que los desgraciados de Portugal y
Grecia, que están todavía peor. Etcétera.
Y sin embargo, cuando siente la tentación de presentarse en el ministerio o en
la consejería correspondiente con una escopeta y una caja de postas —«Hola,
buenas, aquí les traigo una reforma educativa del calibre doce»—, se consuela
pensando en lo que sí consigue. Y entonces recuerda la expresión de sus alumnos
cuando les explica cómo Howard Carter entró, emocionado, con una vela en la
cámara funeraria de la tumba de Tutankhamon; o cómo unos valientes monjes
robaron a los chinos el secreto de la seda; o cómo vendieron caras sus vidas los
trescientos espartanos de las Térmópilas, fieles a su patria y a sus leyes; o
cómo un impresor alemán y un juego de letras móviles cambiaron la historia de la
Humanidad; o cómo unos baturros testarudos, con una bota de vino y una guitarra,
tuvieron en jaque a las puertas de su ciudad, peleando casa por casa, al más
grande e inmortal ejército que se paseó por el suelo de Europa. Y así, después
de contarles todo eso, de hacer que lo relacionen con las películas que han
visto, la música que escuchan y la televisión que ven, considera una victoria
cada vez que los oye discutir entre ellos, desarrollar ideas, situaciones que
él, con paciente habilidad, como un cazador antiguo que arme su trampa con
astucia infinita, ha ido disponiendo a su paso. Entonces se siente bien,
orgulloso de su trabajo y de sus alumnos, y se mira en el espejo por la noche,
al lavarse los dientes, pensando que tal vez merezca la pena. •
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XLSEMANAL 25 DE JUNIO DE 2006