REVISTA JURÍDICA DEL PERÚ OCTUBRE - DICIEMBRE 1997 AÑO XLVII N° 13
EL
IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA EN LOS COMPORTAMIENTOS HUMANOS
CARLOS FERNÁNDEZ SESSAREGO - PERÚ
A Felipe Mac Gregor S.J., con admiración y afecto
No
está en las manos de nadie sustraerse a una violencia que acompaña
inseparablemente a su propia época, y mucho menos darle fin; pero intentar
superarla constituye un compromiso fundamental para todo aquel que sienta
respeto por el hombre y, en consecuencia, por sí mismo".
Sergio
Cotta
SUMARIO: 1. Actualidad
de la violencia en la sociedad contemporánea.- 2. Algunas
interrogantes.- 3. Concepto de violencia; a. La definición de Johan
Galtung; b. Informe del Senado del Perú; c. Análisis de la Asociación Peruana
de Estudios e Investigación para la Paz (APEP).- 4. Deslinde conceptual
de violencia, fuerza coerción y poder.- 5. Tipos de violencia.- 6.
Violencia estructural; a. Alcances conceptuales; b. Las fuerzas interactuantes
en la violencia estructural.- 7. Los resultados de la violencia
estructural.- 8. Causas de la violencia estructural.- 9. Los
sujetos de la violencia.- 10. Los campos-eje de la violencia
estructural.- 11. Los problemas de la violencia estructural; a. la
violación de los derechos humanos; b. La crisis en la administración de
justicia; c. El dogal de la deuda externa.- 12. La concepción
economicista de la vida.- 13. El impacto de la violencia económica:
entre la frustración y la desesperanza.- 14. El sistema económico y la
violencia estructural.- 15. El impacto de la violencia económica y los
comportamientos humanos.- 16. El reto del futuro.
1. ACTUALIDAD
DE LA VIOLENCIA EN LA SOCIEDAD CONTEMPORANEA
Como
lo expresa el filósofo italiano Sergio Cotta, referirse a la violencia no es
hoy una novedad sino que, por el contrario, "resulta un tema casi obligado
para quien no se desentienda de los acontecimientos cotidianos" (1).
Esta reflexión, formulada por el autor hace dos décadas tiene,
lamentablemente, una dramática actualidad. Vivimos en un tiempo histórico en
el cual la violencia nos acompaña como una amarga presencia en la cotidianidad
de nuestra existencia. La violencia estalla por doquier, tanto en la calle, como
en el campo, en la televisión, en los medios de comunicación, en las
relaciones internacionales. Como lo apunta con realismo Santiago Genovés, la
violencia "parecería ser la piedra de toque que caracteriza, por
desgracia, a nuestro tiempo" (2).
Dicha
realidad se hace dramáticamente patente en los países en vías de desarrollo
aunque tampoco resulta ser un fenómeno extraño, en algún grado o medida, en
otras latitudes del planeta (3). De ahí que pueda sostenerse que en toda
reflexión sobre el derecho, la ley, el Estado o la sociedad se encuentra
presente la coacción o, más genéricamente, la violencia (4).
La
violencia es la anticultura. Por ello, hay que investigarla y estudiarla para
erradicarla (5). Es tarea de todos en la medida que estamos inmersos en
la violencia y comprometidos, por consiguiente, con la pacificación de nuestra
sociedad, que es la misión cardinal de nuestro tiempo, que es historia, que es
cultura.
2.
ALGUNAS INTERROGANTES
El
desarrollo del tema propuesto en este trabajo, que se centra sobre el impacto de
la violencia económica en los comportamientos humanos, supone despejar algunas
cuestiones previas que conforman su marco teórico. De ahí que sea conveniente
aproximarnos a la noción misma de "violencia", para determinar su
naturaleza, precisar sus alcances, grados, y manifestaciones en la vida del ser
humano, tanto individual como colectivamente considerado. Del mismo modo, es
necesario deslindar sus diferencias con otros conceptos que le son afines como
los de fuerza, coerción o poder.
No
es tampoco ajeno al desarrollo de la cuestión planteada el indagar, así mismo,
sobre la naturaleza del comportamiento humano, en cuanto objeto sobre el cual
impacta la violencia. Ello, a fin de determinar las modalidades que ella asume
al actuar sobre dichas conductas o relaciones sociales y cuáles serían los
resultados que produce en las mismas. Esta cuestión, sin embargo, desborda el
propósito y alcances de este trabajo. Por lo demás, en algunos estudios hemos
tratado extensamente sobre la conducta humana y su calidad ontológica.
Dicho
marco teórico, que supone el tratamiento abstracto de tales cuestiones, se ha
de utilizar luego en el análisis específico de la violencia en un determinado
tiempo histórico y en un espacio concreto. La violencia actúa de modo diverso
tanto en relación con el desarrollo alcanzado por las comunidades nacionales
como en función del grado de realización del ser humano individual, según sea
el caso.
Al
revisar los tópicos relativos al tratamiento de la violencia se advierte que no
existe al respecto unanimidad de pareceres entre los especialistas que abordan
tan compleja cuestión. Una asunto que, por ejemplo, ha desatado polémica entre
ellos es aquél referente, nada menos, que el relativo a la existencia misma de
la llamada "violencia estructural". Para ciertos autores la denominada
"violencia estructural" resulta ser un sistemático y serio intento de
interpretación de la realidad, mientras que otros o la ignoran o sostienen que
constituye una falsa simplificación omniexplicativa de la realidad. En los países
donde la violencia adquirió tonos dramáticos, como es el caso del Perú o la
Argentina, los que hacían alusión a la "violencia estructural" eran
considerados, como lo señala un renombrado estudioso del tema, el sacerdote
jesuita Felipe Mac Gregor, "colaboradores ingenuos de la subversión" (6).
Otras
cuestiones no menos debatidas son también las que se centran en la etiología
de la violencia así como aquella que específicamente se refiere a su directa
relación con la pobreza extrema. No menos discutible, tal como se ha señalado,
es el asunto concerniente a saber si existe o no en el hombre una violencia
instintiva.
Es
conveniente destacar que la violencia sólo se ejerce en las relaciones
interpersonales, por lo que no puede confundirse con la fuerza ejercida por la
naturaleza sobre el hombre o sobre aquella que éste aplica en un proceso de
destrucción de la naturaleza.
3.
CONCEPTO DE VIOLENCIA
No
es poco lo que se ha escrito sobre la violencia, habiéndose abordado desde
diversas perspectivas y en relación con heterogéneas realidades. Es inútil, y
prácticamente imposible por la cantidad de enfoques, hacer una erudita
referencia a todos ellos, ya que a la altura del nivel histórico que vivimos
podemos, sobre la base de la experiencia vivida, seleccionar aquellos que más
se acercan a nuestra propia visión de lo que significa la violencia (7).
a.
La definición de Johan Galtung
Los
especialistas en el tema consideran que la interpretación de la violencia
formulada por Johan Galtung en la presente centuria es una de las más
consistentes y, por ello, de utilidad para su aplicación a las diversas
realidades históricas (8). Precisamente, sus propuestas sirvieron como
uno de los puntos de partida para el valioso y difundido trabajo que sobre la
violencia se realizara en un seminario nacional reunido en el Perú en el año
1985 así como para sucesivas investigaciones. En el curso de aquélla reunión
se discutieron hasta siete diseños sobre la "violencia estructural"
preparados por especialistas en diversas disciplinas vinculadas con la
violencia, cuyos resultados se publicaron en un volumen titulado "Siete
ensayos sobre la violencia en el Perú", cuya primera edición apareció en
ese mismo año de 1985 (9).
Para
Galtung la violencia no significa tan sólo quitarle al hombre lo que
actualmente posee, sino también a disminuir las posibilidades de desarrollar
las capacidades que le son inherentes a su peculiar naturaleza. Galtung postula
una descripción del fenómeno de la violencia que recoge, básicamente, el
concepto antes transcripto. Así, manifiesta que: "La violencia está
presente cuando los seres humanos se ven influidos de tal manera que sus
realizaciones efectivas, somáticas y mentales, están por debajo de su
realizaciones potenciales" (10). Como se aprecia, se trata de una
concepción amplia de lo que es la violencia, lo que permite su aplicación a
diversas manifestaciones de la misma.
La
definición de Galtung constituye más bien una descripción de la violencia que
una definición en sentido estricto, desde que el autor se refiere a los
resultados del fenómeno pero sin mencionar en qué consiste, cuál es su
naturaleza. Se advierte también su intento de objetividad, lo que es saludable,
no obstante el que distinga realizaciones "efectivas" de realizaciones
"potenciales", así como se percibe que el concepto de violencia que
nos ofrece Galtung se ha construido sobre la base de las realizaciones
personales, dejando de lado las consideraciones generales de la sociedad y del
Estado.
Si
bien el autor no se desentiende de los problemas sociales, en la raíz misma de
su concepción "se halla presente un supuesto esencialmente liberal".
Y esto es explicable en cuanto que el análisis efectuado por Galtung responde a
una posición que tiene en cuenta específicas realidades sociales como las de
Estados Unidos y Europa. Como bien apunta el estudio de la "Asociación
Peruana de Estudios e Investigación para la Paz" (APEP) (11), en
estas regiones muchas exigencias vinculadas con realizaciones colectivas han
sido satisfechas, por lo que es atendible que el centro de las preocupaciones de
las naciones que las integran gravite mayormente en el grado que cada ser humano
pueda alcanzar en su realización personal. Esta no es exactamente la realidad
de aquellas zonas del planeta donde existen necesidades básicas colectivas aún
insatisfechas, como es el caso de Africa, o Latino América. En estos vastos y
poblados continentes, así como en determinadas zonas de Asia, no se han
solucionado problemas acuciantes como los de la salud, la educación, el
trabajo, la extrema pobreza. De ello somos cotidianos y angustiados testigos. De
ahí que para los latinoamericanos tan importantes sean las realizaciones
personales como las colectivas, por lo que el planteamiento en torno a la
violencia debe ser integral, sin dejar de lado ninguna de ambas vertientes las
que, por lo demás, están esencialmente vinculadas en la medida que el ser
humano, aparte de ser individual, es también estructuralmente social. Es decir,
no se le puede abstractamente aislar del contexto social donde desarrolla su
existencia.
De
otro lado, se hace notar, con acierto, que Galtung no se ocupa de la etiología
de la violencia así como también que su propuesta es atemporal por lo que su
abstracción hace posible que se aplique a cualquier realidad (12).
b.
Informe del Senado del Perú
El
Senado de la República del Perú, sustentado básicamente en el pensamiento de
Fromm y los aportes de Galtung, realizó un estudio de la violencia social a la
que define como "la que se expresa en diversos grados y múltiples formas,
entre los individuos y grupos sociales, producto de circunstancias sociales que,
al permanecer y reproducirse históricamente, estructuran y caracterizan a una
determinada forma de organización social que mediatiza la potencial realización
de sus miembros". Esta violencia, arraigada en un determinado sistema, es
lo que se suele denominar como violencia "estructural" (13).
La
violencia social no aparece intempestivamente sino que es el producto de un
proceso de formación histórica de la sociedad, en el cual las situaciones políticas,
económicas y culturales y otras, sentidas y realmente vividas como injustas por
segmentos mayoritarios de la población, convierten al proceso en uno signado
por la violencia estructural. Se trata, en estas circunstancias, de una sociedad
en la cual se "ha instalado la violencia como sistema y en la que,
inevitablemente, se generan respuestas violentas". En este sentido, la
violencia estructural es un fenómeno negativo para el ser humano.
Al
referirse a la violencia irracionalmente desatada por la subversión terrorista
el informe señala que en los años en que ha imperado esta cruel violencia se
ha afectado gravemente la economía y sólo ha tenido como resultado un
retroceso en el desarrollo del país y ha generado más pobreza.
Al
comentar los problemas de pobreza e injusticia que afectan a amplios sectores de
la población, se cita la opinión de los obispos de la zona del sur andino del
país, los que sostienen que "los grupos alzados en armas no constituyen
salida alguna a la situación de violencia estructural. Es más, el tipo de acción
que vienen desarrollando destruye lo que el pueblo ha venido construyendo en
estos años como alternativas de desarrollo. Bajo ningún punto se pueden
justificar los métodos autoritarios y mesiánicos de este grupo y las muertes y
asesinatos que producen. No hay algún proyecto de vida en la matanza y crímenes
que realizan, en la destrucción de propiedad y bienes de los más pobres. La
alternativa popular no tiene nada que ver con la intolerancia y la práctica
antidemocrática de estos grupos que pretenden adueñarse de su representación"
(14).
No
obstante lo dicho, se considera en dicho estudio que no toda violencia social es
estructural, ya que "hay formas de violencia que no necesariamente son
negativas por cuanto existe la capacidad de absorberlas, superarlas y progresar
a partir de ello".
c.
Análisis de la Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la Paz
En
el valioso e imprescindible estudio realizado por la Asociación Peruana de
Estudios e Investigación para la Paz (APEP), se caracteriza a la violencia como
una "presión de naturaleza física, biológica o espiritual,
ejercitada directa o indirectamente por el ser humano sobre el ser humano que,
pasado cierto umbral, disminuye o anula su potencial de realización,
tanto individual como colectiva, dentro de la sociedad de que se trate" (15).
En esta definición se utiliza la comprensiva noción de "presión"
para incluir dentro de sus linderos conceptuales todas las varias modalidades
que pueden emplearse tales como la fuerza, en todas sus manifestaciones, la
coerción, la coacción, o el poder, todos los que actúan como
"vectores" de la violencia.
Los
alcances de la precedente definición está sujeta a diversos matices como aquél
referido al grado más o menos aceptable de utilización de la fuerza, o el que
tiene relación con su eticidad o con su legitimidad, así como el que se
vincula con los patrones generales de presión aceptables en una sociedad dada
"por aplicación de un determinado sistema político y de las exigencias
consecutivas". Debe también atenderse a los requerimientos de un mayor
empleo de la violencia exigido en ciertas situaciones como serían aquellas
relacionadas con los estados de excepción, por ejemplo" (16).
La
"presión" a la que se alude en la citada definición puede consistir
en una agresión directa, es decir, la ejercida por un determinado ser humano
contra otro u otros o, por el contrario, ella puede ser indirecta, como en el
caso en el cual, por ejemplo, las estructuras sociales fuerzan a muchos a
sobrevivir en un estado de miseria por la falta de puestos de trabajo u otras
causas.
En
lo que atañe al concepto de "umbral", empleado también en la
definición de violencia que estamos glosando, debe tenerse en cuenta que esta
noción supone el límite o la frontera que separa la resistencia social, que
mantiene un estado de latencia de la violencia estructural, de su traspaso o
desborde a través de la explosión o estallido de sus resultados con los
efectos negativos que le son inherentes. Es decir, se trata de un punto de
ruptura del estado de latencia de la violencia estructural, lo que comporta
resultados adversos tanto al desarrollo de la realización personal como al
comunitario.
La
violencia, como se ha hecho patente, tiene como efecto devastador el que disminuye
o anula el potencial de realización tanto de un individuo en particular
como de una cierta comunidad. Ello genera un estado de insatisfacción, cuajado
de frustraciones, amarguras, resentimientos, ánimo vindicativo, contra quienes
ejercen la violencia, ya sea ésta directa o indirecta. En este último caso, al
no poderse determinar quién o quiénes la generan, estos sentimientos se
vuelcan contra el sistema imperante. O, por el contrario, la presencia de la
violencia puede concretarse en un estado de aceptación o resignación, en el
que la persona o la comunidad consideran que su situación es obra de un cierto
fatalismo al cual obedece la violencia que los constriñe.
De
otro lado, es evidente que este potencial de rechazo o de aceptación de la
violencia al cual nos hemos referido es variable de sujeto a sujeto, dada la
peculiar calidad ontológica del ser humano, así como también admite variables
espaciales y temporales. Esto es del todo evidente ya que nada de lo que tenga
como protagonista al ser humano es estático. La vida es de suyo dinámica,
fluida, temporal, histórica. El ser humano es libre y temporal.
Como
nos lo recuerda el estudio de la APEP al cual hacemos referencia, "hay un mínimo
que todos los seres humanos de una misma sociedad deben compartir para estar en
un punto de partida equivalente desde el cual ejercitarán sus propias
cualidades y sus diferencias en la realización personal" (17). En
otros términos, debe propenderse a que todos disfruten de iguales oportunidades
como base de su intransferible desarrollo personal. Bien sabemos que, en términos
generales, esta situación no es compartida por la generalidad de las
poblaciones latinoamericanas donde son numerosos los que nacen sumidos en la
miseria, carentes de aquel mínimo antes invocado y muy lejos de encontrarse en
un equivalente punto de partida con los más afortunados. Esta es una realidad
cruel y dolorosa que no se puede ocultar y que, más bien, debe ser recordada
frecuentemente a quienes manejan los destinos de nuestros países.
4.
DESLINDE CONCEPTUAL DE LA VIOLENCIA
Se
suele distinguir el concepto de violencia de otras nociones que le son afines
como son la de fuerza, coerción, agresividad y poder.
La
"fuerza" resulta ser una presión actual, inmediata, sobre una
persona, la misma que puede ser de naturaleza física o psicológica en general,
cuyo efecto consiste en que la persona sujeta a la acción de fuerza actúe (u
omita actuar) de manera distinta, en calidad o grado, a la que su libertad y
voluntad han determinado. Esta fuerza puede provenir tanto de la naturaleza como
de los seres humanos.
La
fuerza es actual en la medida que no existe fuerza latente --que podría
consistir en una simple amenaza-- por lo que o presiona, real y efectivamente, o
no existe. Ella puede actuar sobre cualquier manifestación psicosomática, es
decir, puede actuar sobre el cuerpo, en sentido estricto, o la sique o cualquier
otra manifestación de orden espiritual (18).
La
violencia y la fuerza se distinguen básicamente en dos aspectos. La violencia
es negativa en cuanto siempre disminuye las potencialidades de realización del
ser humano, mientras que la fuerza puede ser tanto negativa como positiva. En
esta última hipótesis ella puede consistir en una energía que impulse al ser
humano a su realización. En un segundo aspecto cabe diferenciar la violencia de
la fuerza en que la primera sólo se hace presente en las relaciones
interpersonales, mientras que la fuerza puede provenir también de la
naturaleza. No obstante estas diferencias, ambas nociones tienen mucho en común
ya que a menudo la violencia es producida por acción de la fuerza. Ello
acontece cuando a través de su utilización se tiende a disminuir las
potencialidades tanto del individuo como de una colectividad.
La
"coerción", por su parte, "es la influencia que tiene en la
actuación del ser humano la amenaza de un mal inminente, de naturaleza física
o espiritual, y que lo conduce a realizar actos distintos en grado o cualidad a
los que busca su voluntad" (19). Así, la coerción no constituye
una fuerza actual, presente, sino tan sólo un estado subjetivo, fruto del temor
que experimenta la persona sobre la cual ella se ejerce y que la impulsa a
actuar. Este temor es de carácter psíquico, un estado mental.
La
coerción, a semejanza de la fuerza, puede actuar en sentido positivo cuando
contribuye a la realización del ser humano o en forma negativa conduciéndolo a
su frustración.
El
"poder" consiste fundamentalmente en el hecho que "una persona
influya en otra u otras, logrando que realice o realicen lo que ésta
desea" (20). El poder se ejerce bajo la modalidad de la hegemonía o
de la dominación. La primera supone el asentimiento de quien es el sujeto
pasivo de la acción tanto en relación con los medios empleados como con los
fines perseguidos. En la dominación, en cambio, quien está sometido al poder
es víctima de la fuerza o la coacción, sin estar de acuerdo ni con los medios
ni con los fines de la acción. Dentro de esta actitud se pueden obtener también
resultados positivos o negativos.
De
lo expuesto se desprende, en consecuencia, que el elemento común de la
violencia con las nociones de fuerza, coerción y poder es su aspecto negativo
para el efecto de la realización potencial del sujeto. En cambio, en el caso de
la fuerza, la coerción o el poder pueden generarse, como está dicho, tanto
resultados positivos como violentos.
5.
TIPOS DE VIOLENCIA
Se
suele encontrar en la violencia dos manifestaciones. La primera, que se conoce
como violencia "institucionalizada", es aquella aceptada como conducta
social legítima, jurídicamente correcta. Aquellos que la padecen generalmente
la internalizan, se resignan a ella en la medida que es una costumbre consagrada
en el derecho positivo. Es el caso, entre otros, de la discriminación racial, o
el de la mujer en relación con el varón, o aquella existente entre los cónyuges
o los hijos según su procedencia. La violencia, de este modo, está
institucionalizada, participa del reconocimiento del ordenamiento jurídico.
Es
de advertir que la violencia institucionalizada puede ser aceptada tan sólo
desde un punto de vista puramente formal. Es el caso en que si bien no es
realmente aceptada por los sujetos que la padecen, ellos reconocen la
conveniencia de su existencia. Es decir, se resignan a ella. En cambio, su
aceptación material supone que tales sujetos se hallan de acuerdo con el
contenido de la misma. No la rechazan.
La
violencia no institucionalizada --o simplemente violencia
"estructural"-- es aquella que se produce al margen del
ordenamiento jurídico o aquella otra que, no obstante ser jurídicamente
descalificada, se presenta actuando contra los preceptos normativos. Es
este el caso de los derechos humanos que, no obstante estar amparados por las
Convenciones y los Tratados internacionales y las Constituciones nacionales, en
la práctica son, a menudo, violados, negados o desconocidos. En esta situación
los derechos constitucionales no operan en la realidad. En la práctica, trágicamente,
se les niega. Se trata de los casos, nada infrecuentes, de democracias formales
o aparentes que son, realmente, dictaduras o autoritarismos de diverso grado,
intensidad o signo ideológico. En estas democracias formales, a pesar de los
claros mandatos constitucionales, como es bien conocido, se ignoran muchos o
algunos de los derechos fundamentales del ser humano sobre la base de un cínico
y gélido pragmatismo donde lo único que cuenta es la realización de los
objetivos concretos propuestos por los gobiernos. Se antepone en estos casos el
interés o afán de dominio de un grupo frente a los derechos de los ciudadanos.
Esta situación se sufre aún en ciertos países de nuestro subcontinente donde
el Estado de Derecho es frágil, existe con graves limitaciones o, simplemente,
se le niega.
6.
VIOLENCIA ESTRUCTURAL
a. Alcances
conceptuales
La
violencia estructural se distingue de las otras formas de violencia conocidas,
en que ella actúa sobre el ser humano desde y en las estructuras
sociales. El individuo no puede marginarse de este tipo de violencia que lo
envuelve y compromete por el solo hecho de ser miembro de una determinada
comunidad. El ser humano encuentra esta violencia estructural instalada y
latente en las formas cómo se relaciona con los demás seres en el seno de la
sociedad y en el aparato de reglas que regulan estas relaciones.
Como
se ha expuesto en su lugar, cabe distinguir, según Galtung, entre la violencia
personal o directa, la institucionalizada y la estructural o indirecta. Esta última
"está edificada dentro de la estructura, y se manifiesta como un
poder desigual y, consiguientemente, como oportunidad de vida distinta" (21).
En esta situación los recursos disponibles están desigualmente distribuidos,
ya sean ellos de carácter económico, cultural o médico. Estas carencias, que
repercuten en los estratos sociales de bajos niveles de vida, se hallan siempre
vinculadas entre sí. Para Galtung, esta violencia estructural puede también
denominarse como "injusticia social". Galtung descarta el uso del término
"explotación" para designar esta situación por cuanto esta palabra
"pertenece a un vocabulario político, y tiene bastantes connotaciones políticas
y emocionales, por lo que el uso del término difícilmente podría facilitar la
comunicación". En segundo lugar, considera que dicho vocablo "se
presta demasiado fácilmente a expresiones en las que interviene el verbo
explotar, cosa que a su vez puede desviar la atención de lo estructural en
cuanto a que es opuesto a la naturaleza personal de ese fenómeno, y puede
llevar incluso a acusaciones a menudo infundadas en relación a una violencia
estructural premeditada" (22).
En
la violencia indirecta o violencia estructural es el ser humano el que las crea,
las modela. Pero, a diferencia de la directa, no existe un determinado o
determinados seres humanos que ejerzan directamente la violencia sobre ciertas
personas.
No
sólo cabe mencionar el hecho de la existencia y presencia actuante de
estructuras sociales que son fuente generadora de violencia sino que es dable
advertir que las estructuras son, de suyo, violentas en la medida que la
contienen. La violencia estructural se encuentra emboscada, oculta, no se
manifiesta de modo elocuente. Se halla larvada, pero actuante. Por ello, la
violencia se halla latente y, por consiguiente, puede estallar en cualquier
momento. Ello, como está dicho, porque está presente en las estructuras. La
violencia estructural, por lo tanto, hay que descubrirla, hay que hacerla
evidente, comprenderla conceptualmente.
Es
del caso señalar que cuando una estructura está cargada de violencia se hace
patente la tendencia a reproducirla, de donde resulta ser causa y efecto al
mismo tiempo.
Metafóricamente
podemos imaginar a la violencia estructural como un caldero que se encuentra
sometido a la acción permanente del fuego, al que figurativamente podemos
asimilar a las presiones o tensiones incitas y actuantes en las estructuras
sociales. Como lo precisa acertadamente Boulding al comentar la obra de Galtung (23),
la violencia, entendida como daño que alguien hace a los demás, es un
fenómeno que cuenta con un "umbral". Es decir, que dentro del ejemplo
propuesto, el fuego puede actuar debajo del caldero por un tiempo indeterminado
durante el cual, si bien el agua está caliente, ella no llega a su punto de
ebullición. Pero, puede ocurrir que se atraviese dicho "umbral", es
decir, que el agua empiece a hervir con la previsible consecuencia que, en
cierto momento, el caldero explote con los resultados negativos que son
previsibles. Ello acontece cuando las presiones o tensiones son muy intensas y
desbordan la fuerza de resistencia que sustenta el sistema. No obstante, antes
de haberse alcanzado este umbral, y como ha sido señalado, la violencia
estructural está presente, se halla latente, por lo que no deja de ejercer
presión.
Si
bien es cierto que la violencia estructural tiene un "umbral", éste
solo puede ser identificado frente a situaciones concretas, ante ciertas
circunstancias, en un cierto tiempo y en un determinado lugar. La violencia
estructural sólo eclosiona y genera diversos efectos negativos o perjudiciales
cuando sobrepasa el mencionado "umbral". Por ello, así como sus
manifestaciones varían de intensidad y de uniformidad, según las
circunstancias, también es posible que ella se mantenga latente sin alcanzar el
punto que denominamos "umbral".
La
conclusión operativa de lo anteriormente expresado es que la violencia
estructural no muestra comportamientos uniformes en tiempo y lugar, por lo que
de ello se deduce que la "violencia estructural debe ser estudiada en
relación con situaciones concretas, a fin de medir sus efectos prácticos
eficientes". De ahí que la violencia estructural no puede ser
"cabalmente conocida en abstracto: reclama una operación cognoscitiva
sobre ella" (24). Esta observación no puede dejarse de tener
presente al estudiar el fenómeno de la violencia estructural.
b.
Las fuerzas interactuantes en la violencia estructural
En
la violencia estructural se perciben, como se ha podido entrever, dos tipos de
fuerzas que interactúan. Una es la fuerza de agresión, o sea la presión
ejercida sobre el sistema y, la otra, es la fuerza que la enfrenta, es decir, la
fuerza de la resistencia. Ellas, por estar íncitas en la madeja de la
estructura social no son fáciles de percibir y, por consiguiente, de medir o
evaluar. La fuerza que sustenta al sistema, como señala Boulding, es de carácter
estático. Ella comprende diversas manifestaciones como hábitos, tabúes,
sanciones, cultura en general. Por el contrario, las presiones o tensiones
actuantes en el sistema son dinámicas y se manifiestan, según el autor, a través
de la carrera armamentista, la hostilidad mutuamente disimulada, los cambios en
la posición económica o en el poder político. Todas ellas son, normalmente,
difíciles de identificar. A las tensiones enumeradas por Boulding podríamos añadir
algunas otras que registra nuestra experiencia como son la miseria
institucionalizada, la erosión de las ideologías subversivas, la discriminación
de todo tipo.
7.
LOS RESULTADOS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
No
debe confundirse la violencia estructural, considerada en sí misma, es decir,
como el conjunto de factores que, en diversa medida e intensidad, presionan
permanentemente sobre la estructura social, de sus resultados una vez que tales
tensiones han traspasado el "umbral", que consiste, como se ha
manifestado en precedencia, en el momento de ruptura en el cual se desencadenan
sus efectos negativos y perjudiciales.
Los
análisis que puedan desarrollarse en torno a los resultados de la violencia
estructural permitirán, sin duda, una más clara percepción de esta última
pero, como está dicho, los efectos no se pueden confundir con la violencia
estructural, la misma que se halla latente en la estructura social.
El
análisis del conjunto de factores que general la violencia estructural, por su
amplitud y heterogeneidad, obligan a un necesario estudio de carácter
interdisciplinario. Son muchos los enfoques que se requieren para su aprehensión,
por lo que no puede prescindirse de la sociología, la historia, la economía,
el derecho, la psicología, entre otras disciplinas. Su complejidad hace
necesaria una visión que no deje de lado ninguno de los aspectos que
contribuyen a su formación.
Es
importante destacar que el sentido del estudio de la violencia estructural, de
su causa eficiente y de sus resultados tiene sentido en cuanto nos sirve para
encontrar los cauces que nos conduzcan a la pacificación de un país o de una
región. En efecto, del estudio que se realice han de ponerse de manifiesto cuáles
son las políticas, las instituciones o las reglas que deben cambiarse para
intentar superar o disminuir la presión que se ejerce para el surgimiento de la
violencia estructural. Sólo atacando las causas de la violencia se logrará un
resultado exitoso, ya que preocuparse tan sólo de eliminar sus efectos no
contribuirá al logro de una solución más o menos duradera. El puro
tratamiento de los efectos de la violencia podría, probablemente, significar el
que, más tarde o más temprano, se habría de llegar nuevamente al umbral a
partir del cual se desencadenarán nuevos resultados negativos.
El
estudio integral y multidisciplinario del fenómeno de la violencia estructural
que nos envuelve, y de la que no podemos marginarnos en cuanto miembros de una
determinada comunidad, debe conducirnos a efectuar los cambios estructurales
positivos tendentes a disminuir las presiones propias de la violencia
estructural y evitar, así, llegar al umbral que, como está dicho, es la
frontera más allá de la cual se manifiestan, en toda su crudeza, los efectos
de la violencia estructural. Ello sólo es posible si hay voluntad política
para efectuarlos, si realmente se ansía consolidar la pacificación integral de
la sociedad.
Lamentablemente,
es frecuente observar cómo no siempre se realiza un estudio interdisciplinario
de la violencia estructural, por lo que se desconocen cuáles son las causas de
la misma, no siendo posible elaborar un plan destinado a lograr la pacificación
de un país sometido a su constante presión. Para ello, como está referido, es
necesario aceptar algunos cambios positivos en ciertos aspectos del sistema,
instituciones o reglas, que son potenciales generadores de tensiones sociales.
8.
CAUSAS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
Como
lo hemos señalado en su lugar, para Galtung la violencia estructural puede
también identificarse con la injusticia social. Boulding, sin embargo, al
referirse a esta afirmación apunta que la violencia --ya sea la que se
manifieste en la calle, en el hogar o la que surge de las guerrillas, del
terrorismo, de la policía o de las fuerzas armadas-- "es un fenómeno muy
distinto a la pobreza". Según su opinión, "los procesos que producen
y mantienen la pobreza son totalmente distintos a los procesos que producen y
mantienen la violencia, aunque, como todo en la vida, de alguna manera todo
tiene que ver con todo". Coincidiendo con lo sostenido en el estudio de la
APEP, estimamos que la observación de Boulding es desacertada por cuanto no se
puede sostener, sin más, que la pobreza extrema no sea uno de los factores que
engendran la violencia estructural.
Es
evidente que la pobreza extrema o miseria y la injusticia social en sus diversas
expresiones tienen un rol importante en la generación de la violencia
estructural, a pesar de que ellas no son los únicos factores desencadenantes de
la misma. Es sabido que, al lado de ellas, interactúan un conjunto de otros
factores, tales como las instituciones y las reglas sociales vigentes, las que
constituyen otros tantos elementos determinantes de la violencia estructural.
Ellas, al igual que la pobreza y la injusticia social, contribuyen a su
conocimiento y explicación. Si bien la pobreza extrema o miseria y la
injusticia social no explican, por sí solas, el fenómeno de la violencia
estructural, ellas están presentes, en mayor o menor medida según las
circunstancias de tiempo y lugar, en su generación y presencia. Su gravitación
es intensa en el fenómeno al cual venimos refiriéndonos.
La
interacción entre las causas de la violencia estructural obliga a ponerlas en
evidencia y establecer las conexiones existentes entre ellas. Esta labor no
puede realizarse de una sola vez y para siempre, ya que el dinamismo de las
presiones que actúan constantemente sobre las estructuras pueden mostrar, como
consecuencia, la variación de alguna o algunas de ellas, un cambio en su
intensidad o ritmo. La variación de alguna de las estructuras sociales es el
resultado de una tensión demasiado intensa. Como la estructura, en sentido
integral, constituye una totalidad, la transformación producida en una parte de
ella --que es un todo-- repercute necesariamente en el conjunto, lo que hace
indispensable un nuevo estudio de la situación que conduzca a una redefinición
de cada una de las estructuras que componen el conjunto.
9.
LOS SUJETOS DE LA VIOLENCIA
El
sujeto pasivo de la violencia estructural es parte integrante de la estructura,
ya que está situado en ella y percibe sus presiones. El agredido o sujeto
pasivo está comprometido con la violencia. Como está dicho, la víctima que
sufre la acción de la violencia ve disminuida o, tal vez, anulada su
posibilidad de realización personal. La violencia, que discurre por las
estructuras, lo envuelve, lo agrede, en mayor o menor medida, en virtud de la
especial ubicación de la víctima en el contexto social.
Pero,
y esto es importante anotarlo, "todo el que se beneficie de la existencia
de la violencia estructural será, a la larga, víctima de ella" (25).
La violencia estructural latente es capaz de explotar de manera tal que no sólo
afecte a los que la padecen permanentemente sino a aquellos que, de alguna
manera, han obtenido beneficios de ella a costa de aquellos seres que ven
frustradas sus expectativas existenciales, sus proyectos de vida.
El
sujeto pasivo de la violencia estructural forma parte de la violencia
estructural, ya sea a través de una resignada o convencida aceptación de la
misma o mediante una actitud de enfrentamiento. Como la estructura está
transida de violencia o, dicho con otras palabras, es de suyo violenta, es
posible que el sujeto pasivo de la violencia estructural la acepte desde una
determinada dimensión ideológica por lo que no es infrecuente que devenga cómplice
de la misma.
10.
LOS CAMPOS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
Refiriéndose
al caso peruano, pero que podría tener mucho de común con otras situaciones
que padecen países de la región, el estudio practicado por la APEP detecta
hasta cuatro campos-eje en los cuales se presenta el fenómeno de la violencia
estructural (26). Los "campos-eje son grandes ámbitos de la problemática
social, en los cuales se recoge el fenómeno de la violencia estructural y de la
violencia institucionalizada, mostrada a través de muchos problemas específicos".
Los
campos-eje constituyen segmentos de la sociedad civil y política "en los
cuales pueden operarse armónicamente los cambios conducentes a la pacificación".
Estos campos-eje son, de acuerdo al mencionado estudio, la textura de la
organización social y política en sentido amplio, la situación de la mujer,
la pobreza y el proceso de socialización de la persona.
Siguiendo
el mencionado estudio, se entiende por "textura de la organización social
y política" la organización y las reglas de funcionamiento de la sociedad
civil en sus diversas manifestaciones. Ella tiene que ver con el Estado, con su
organización democrática y su administración y con la tarea de gobierno en
general. La "situación de la mujer" se relaciona con la situación de
crónica postergación que ella adolece en los diversos sectores y actividades
de la sociedad frente al varón. La "pobreza extrema" es aquel estado
del sujeto en el cual carece de los bienes esenciales para la satisfacción de
las necesidades propias del cotidiano existir. El "proceso de socialización
de la persona" es aquel en el cual ella forma su cultura.
11. LOS
PROBLEMAS DE LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
No
es posible referirse genéricamente a los problemas de la violencia estructural
que, en alguna medida y bajo ciertas características, se presentan en cada una
de las diversas comunidades que integran nuestro mundo latinoamericano. Sin
embargo, muchos de ellos son compartidos, con acentos propios y con diversa
intensidad, por varios países de la región. Sólo podemos mencionar algunos de
ellos en cuanto nos resultan evidentes o principales en tanto forman parte de
nuestra experiencia personal al haberlos vivenciado en nuestro país. Dichos
problemas han sido mencionados, en términos generales, en el parágrafo
precedente.
a. La
violación de los derechos humanos
Uno
de los principales problemas generadores de violencia estructural es aquel que
se refiere a la situación de los derechos fundamentales de la persona, los que,
pese a las normas de tutela contenidas en los convenios internacionales, en las
propias Constituciones de los Estados y en sus códigos civiles, son
frecuentemente violados en la realidad, creándose una ostensible brecha entre
las declaraciones de los textos legales y su cumplimiento en la vida cotidiana.
Esta lamentable disociación entre las normas protectoras de los derechos de la
persona y su frecuente desconocimiento en la realidad, genera una peligrosa
actitud colectiva en lo que concierne a la credibilidad que debería merecer el
sistema democrático, el ordenamiento jurídico de un país y las fuerzas
encargadas de hacerlo respetar.
Este
desconocimiento y violación de los derechos de la persona vulnera el Estado de
Derecho creando una real situación de inseguridad ciudadana que genera rechazo
y temor y, por consiguiente, explicables tensiones en el seno de la sociedad. Lo
grave es que la violación de los derechos humanos no sólo es producto de los
grupos alzados en armas contra el sistema imperante, llámense ellos
subversivos, guerrilleros o terroristas, según el caso, sino que el empleo de
la fuerza proviene en algunas ocasiones de las propias fuerzas armadas y
policiales que, directamente o a través de grupos paramilitares, persiguen no sólo
a los subversivos sino también involucran en su acción a los opositores políticos
y hasta ciudadanos ajenos al problema. La ciudadanía tiene la sensación de
vivir en un Estado en el que no existen garantías reales para la vida, la
libertad, la integridad psicosomática, el honor, la intimidad, el secreto de
las comunicaciones, entre otros derechos personales que son, a veces, cíclicamente
vulnerados.
Lo
que es más grave, los delitos cometidos contra los derechos humanos quedan a
menudo impunes por la actitud de sumisión que, generalmente, muestran algunos
miembros del Poder Judicial frente al Poder Ejecutivo, ya sea por el temor a
perder su posición, por el riesgo de sufrir postergación en el desarrollo de
su carrera o por razones de obsecuencia frente a quien les brindó y les
garantiza su puesto de trabajo. Esta increíble situación se presenta,
obviamente, en un Estado autoritario o dictatorial, según el caso, en el cual
el sometimiento del Poder Judicial es manifiesto y coherente con el sistema. La
hasta reciente experiencia histórica de nuestro país nos muestra cómo se
llega al inconcebible extremo de la expedición de leyes de amnistía para
sentenciados por atentar, desde el poder aunque en la sombra del anonimato,
contra la vida de los ciudadanos. Es decir, la amnistía para los asesinos
actuantes a través de los grupos paramilitares.
Las
fuerzas policiales, dentro de la situación a la cual venimos aludiendo, no
cumplen a cabalidad su función primordial como es la de brindar seguridad a la
población. Por el contrario, sectores de estas fuerzas policiales se ven
comprometidas en nada infrecuentes casos de corrupción, a todos los niveles y,
lo que es alarmante, policías en actividad o en retiro han perpetrado asaltos a
mano armada en conjunción con peligrosas y sanguinarias bandas de feroces
delincuentes o mantienen relaciones con narcotraficantes. Es vergonzoso y
lamentable reconocer esta situación que afecta a un segmento de la institución
policial, que consideramos límite y que ha traído como corolario el que la
población desconfíe de las fuerzas policiales por lo que, a menudo, no se
denuncian diversos delitos cometidos por delincuentes comunes ante el temor de
verse involucrados en problemas futuros. Cabe expresar, al respecto, que estas
fuerzas policiales, antaño respetables y en cuya actuación "el honor era
su divisa", reciben no sólo remuneraciones del todo injustas por
insuficientes sino que, además, están mal pertrechadas. Debe dejarse a salvo
la honorabilidad de la mayoría de los miembros de esta institución que, en
medio de esta vorágine, tratan de mantener la calidad y la honestidad de un
indispensable función del Estado como es la de brindar seguridad a la ciudadanía.
La
población se siente desguarnecida e inerme ante la agresión de la violencia
antes descrita. Es sumamente grave, como está dicho, que la ciudadanía desconfíe
de las llamadas "fuerzas del orden". Esta realidad, que es doloroso
reconocer, es básicamente producto de una descomposición moral que no sólo
cunde en el sector de las fuerzas policiales sino que, generalmente, es el
reflejo de la situación de sectores importantes del mismo, sobre todo de
aquellos a los que por su posición pública corresponde dar ejemplo de
transparencia, honestidad y respeto a los derechos humanos. Es evidente que se
advierte la notoria ausencia de paradigmas confiables que sirvan de guías o
modelos principalmente para una juventud ansiosa de encontrarlos. Felizmente,
los recursos morales se mantienen intactos en sectores de la población que
esperan su momento para actuar en la vida pública.
Esta
cruda realidad tiene como trasfondo la carencia de sólidos principios éticos
rectores de la vida colectiva. Por el contrario, se advierte la presencia de una
concepción materialista de la vida, de un individualismo exacerbado, de un
amoral pragmatismo, de una avidez descontrolada por el dinero, de una falta de
vivenciamiento del valor de la solidaridad, de un consumismo desbordante, de un
manifiesto hedonismo. La cuestión entraña, por lo expuesto y desde nuestro
punto de vista, un problemas raigal, de extrema magnitud y que llevará tiempo
el superarlo, al menos en una medida tolerable. Ello significa, de otro lado,
convivir con la violencia estructural confiando en la acción de las fuerzas de
resistencia social y en la reserva moral de un país.
Si
a la situación anteriormente planteada de falta de respeto por los derechos
humanos y, por consiguiente, de la fragilidad o ausencia de un Estado de
Derecho, sumamos la extrema pobreza, la injusticia en todas sus manifestaciones,
la larvada presencia de focos terroristas, la acción de fuerzas paramilitares
en agravio de gente representativa de la oposición política o de la población
general, la agresión a la mujer, la inseguridad ciudadana, la desocupación, la
discriminación, el narcotráfico, la corrupción --aún en el seno de sectores
de las fuerzas armadas--, la falta de transparencia en la gestión pública,
entre otras calamidades de la vida de convivencia que actúan como elementos de
presión sobre la estructura social, es fácilmente explicable la existencia de
una violencia estructural. Ella, en algunos países llegó, en su momento, a
traspasar el "umbral" al que nos hemos referido mientras que, en
otros, se produjera una aproximación al mismo punto de ruptura, de
"explosión del caldero" al cual nos hemos referido en su lugar.
Ante
el cuadro descrito en los párrafos precedentes es dable preguntarse, con
preocupación, por el grado de solidez de la fuerza de resistencia social ante
el embate de esta situación de violencia estructural. ¿Existen realmente
reservas morales en la sociedad afectada por la violencia estructural capaces de
superar, al menos en parte, la tensión producida por ella?. ¿Existe real
voluntad política de asumir las medidas necesarias para atacar las causas de la
violencia a fin de evitar sus resultados negativos?. La respuesta la tienen los
miembros de cada una de las comunidades nacionales afectadas, en mayor o menor
grado, por las presiones antes referidas.
Un
caso extremo, que podríamos considerar límite en lo que se refiere a la negación
de los derechos de la persona, de los derechos humanos en general, es aquel
referido a la presencia de los Estados dictatoriales. En ellos, como es sabido
por las lecciones de la historia, se aherroja la libertad, se conculca el poder
de decisión de la persona, se constriñe el desarrollo de su personalidad, se
anula su capacidad de iniciativa, se le convierte en un número, en una ficha,
en una cosa. La experiencia histórica reciente ha sido aleccionadora en este
sentido.
b. La
crisis en la administración de justicia
Es
perfectamente sabido que la existencia de un Poder Judicial autónomo,
independiente, honesto y capaz es garantía básica para la existencia de un
Estado de Derecho, para la presencia de una democracia sana y operante. Por
ello, la ausencia de este elemental requisito para la pacífica convivencia
humana supone la existencia de una situación de profunda inseguridad y
desconfianza ciudadana, lo que se hace patente en un sentido malestar colectivo,
las que se traducen en una presión que coadyuva a la generación o
intensificación de la violencia estructural.
En
algunas latitudes se hace patente, como se observa, el sometimiento de los órganos
de justicia a los otros poderes del Estado o se experimentan situaciones de
corrupción que llegan a determinar que sectores marginados de la población
lleguen al extremo de hacer justicia por su propia cuenta. No son infrecuentes
los casos en los que la administración de justicia, a parte de las lacras antes
señaladas, adolece no sólo de desesperante lentitud en el desarrollo de los
procesos, sino que ellos resultan sumamente complicados y costosos para la mayoría.
Así como existe una desconfianza en las fuerzas del orden, a la cual se ha
hecho mención, se hace patente también una creciente falta de credibilidad en
la administración de justicia, lo que al carcomer o erosionar las bases de la
credibilidad en el sistema engendra o alimenta la violencia estructural.
En
honor a la verdad debe reconocerse que no todos los magistrados se doblegan y
acatan los velados requerimientos de los otros poderes del Estado. Su heroico
ejemplo es digno de alabanza en un medio en que estas actitudes no son
frecuentes por el explicable temor a represalias de todo orden.
Es
fácilmente comprensible la quiebra del Estado de Derecho cuando no se cuenta
con un Poder Judicial digno por autónomo e independiente.
c. El
dogal de la deuda externa
Contribuye
a presionar la situación de violencia estructural la dependencia de ciertos países
del Tercer Mundo en relación con deudas externas que los agobia y que, en la práctica,
pese a todos los reajustes y planes internacionales de salvataje, resultan
impagables. La deuda crece permanentemente pues a ella se aplican altos
intereses y, con frecuencia, se acrecientan por las moras devengadas. Los
escasos recursos de muchos países en vía de desarrollo se destinan --y esto es
cruel-- al pago de la deuda externa contraída por gobiernos irresponsables y
cuya inversión es del todo brumosa. Todo ello en detrimento de la economía
popular, del mejoramiento de los servicios públicos, como educación y salud, y
a la inversión para generar nuevos puestos de trabajo.
Pero
es del caso recordar que a la irresponsabilidad de los gobernantes que
contrajeron una cuantiosa deuda externa de dudosa aplicación, se suma el hecho
que los actuales institutos acreedores sabían perfectamente, en el momento de
realizar sus operaciones crediticias, las reales condiciones estructurales de
los países en los cuales colocaban sus capitales excedentes y las consecuencias
contrarias al bienestar de las mayorías que implicaría su pago.
Es
deber de un buen presunto acreedor estudiar la situación del potencial deudor
antes de efectuar una colocación. Tratándose de la deuda externa este deber se
incumplió en algunos casos. La responsabilidad de la abultada e impagable deuda
externa de muchos países en vías de desarrollo supone, por consiguiente, una
responsabilidad compartida entre acreedores y deudores. No obstante, los países
deudores seguirán sometidos por años al pago de una deuda que nunca disminuye
o, si ello ocurre, lo es en mínima proporción por los altos intereses del
principal. Esta situación contribuye como un adicional factor de presión que
moldea la violencia estructural.
Como
es por todos conocido, algunas entidades del mundo desarrollado, en un momento
histórico de excedente de capitales, los colocaron en Latino América no
siempre como inversiones tendentes a contribuir a su desarrollo sino,
generalmente, como operaciones crediticias que, bien se sabían de antemano,
dichos países subdesarrollados no estarían en condiciones de pagar, salvo a
costa de la creciente miseria de sus propios pueblos. Los presuntos acreedores sólo
se interesaron por los indicadores macroeconómicos, por el erróneo PBI y sólo,
secundariamente --si ello ocurrió-- se preocuparon por conocer otros factores
de importancia como son la tasa de desempleo, la miseria de amplios sectores de
la población, la situación política, el nivel de la educación, la carencia
de cohesión social, el grado de corrupción existente, la apetencia
armamentista, entre otros indicadores de la salud de un pueblo.
Por
lo demás, no se contempló en lo que concierne a la relación entre institutos
acreedores y deudores, el que en ciertas circunstancias se presentó la figura
jurídica de la excesiva onerosidad de la prestación. Es decir, se experimentó
el caso o casos en los cuales, tratándose de los contratos conmutativos de
ejecución continuada, si la prestación llega a ser excesivamente onerosa por
acontecimientos extraordinarios e imprevisibles, la parte perjudicada puede
solicitar el que se reduzca la contraprestación a fin de que cese dicha
excesiva onerosidad. Esta situación se presentó en el caso de algunos países
deudores que han visto afectada su economía por desastres o calamidades
naturales o por procesos hiperinflacionarios. Pero, como es sabido, este
argumento jurídico y solidario no opera en el actual orden económico
internacional.
Tal
vez, por lo anteriormente señalado, es que se justifica la inquietante pregunta
que se formula Juan Pablo II cuando inquiere "¿cómo no pensar que la
afirmación misma de los derechos de las personas y de los pueblos se reducen a
un ejercicio retórico estéril, como sucede en las altas reuniones
internacionales, si no se desenmascara el egoísmo de los países ricos que
cierran el acceso al desarrollo de los países pobres, o lo condicionan a
absurdas prohibiciones de procreación, oponiendo el desarrollo al hombre?"
(27).
12.
LA CONCEPCION ECONOMISTA DE LA VIDA
En
los tiempos que corren se pretende diluir o subordinar la escala de valores jurídicos,
que en gran medida coinciden con los morales, por la escala de valores económicos.
Existe una ofensiva destinada, a través de escuelas como la del "análisis
económico del derecho", a otorgar prioridad a valores como la utilidad y
la eficiencia frente a valores tradicionales e inmutables del derecho como son
la justicia, la solidaridad, la seguridad, la paz social. El derecho, que surge
de la propia vida humana y que regula todas las relaciones interpersonales en
ella existentes, sin excepción, sufre, una vez más, el embate de la economía
con el propósito de hacer valer en aquél sus propios valores utilitarios. Esta
posición equivale, en síntesis, a poner al hombre al servicio de la economía
en vez de ésta al servicio del ser humano.
En
la obra de Guido Calabresi, "El coste de los accidentes", se expresa,
en gran medida, esta concepción cuando manifiesta que: "Nuestra
sociedad no desea preservar la vida humana a cualquier precio. En su sentido
más amplio, la idea desagradable de que estamos dispuesto a destruir la vida
nos ha de resultar evidente (...). Pero lo más significativo para el estudio de
la responsabilidad civil, y quizá tan obvio como lo anterior, es que las vidas
no sólo se sacrifican cuando el quid pro quo es algún gran principio
moral, sino también cuando están en juego cuestiones de mera conveniencia".
La
posición antes resumida a través de una elocuente expresión del pensamiento
de Calabresi --que no requiere de mayores comentarios-- en vez de tender a
disminuir las tensiones y presiones existentes en el seno de las sociedades
desvalidas del Tercer Mundo contribuye, en sentido contrario, a justificar un
desinterés en disminuir el grado e intensidad de las injusticias presentes y
actuantes en la convivencia social. Y ello, porque estas injusticias encuentran
su justificación en el logro de superiores valores como la utilidad, la
eficiencia y la conveniencia. Es decir, de valores del todo egoístas,
contrarios a la justicia y a la solidaridad que presiden la escala de valores
jurídicos. Si esta concepción de la vida podría tener cierta vigencia en
algunos escasos países desarrollados, ella es inadmisible tratándose de los países
en vías de desarrollo.
La
situación antes planteada, como certeramente anota Mosset Iturraspe, supone
"el silenciamiento de la escala axiológica por su reemplazo por otros de
la escala económica". Ello significa, en palabras del propio Mosset
Iturraspe, que la eficiencia reemplaza a la justicia, el afán de lucro a la
equidad, el crecimiento económico a la solidaridad, como si fueran valores
opuestos, incompatibles, y no complementarios: eficiencia con justicia, lucro
con equidad, crecimiento con solidaridad" (28).
Al
referirse a la situación que comentamos, Juan Pablo II expresa que el eclipse
del sentido de Dios y del hombre "conduce inevitablemente al materialismo
práctico, en el que proliferan el individualismo, el utilitarismo y el
hedonismo". En esta coyuntura "los valores del ser son
sustituidos por los del tener" Y añade que "la calidad de vida
se interpreta principal o exclusivamente como eficiencia económica, consumismo
desordenado, belleza y goce de la vida física..." (29).
La
difusión de una cultura contraria a la solidaridad, según Juan Pablo II, está
"activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas,
portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia". Y
continúa expresando que "mirando las cosas desde el punto de vista se
puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles"
(30).
13. EL
IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA: ENTRE LA FRUSTRACIÓN Y LA DESESPERANZA
En
el análisis sobre la violencia estructural formulado por la APEP, como no podría
ser de otra manera, se reconoce que en el Perú --y esta referencia es válida
para muchos otros países en vías de desarrollo-- el mencionado punto de
partida equivalente no se ha alcanzado, es decir, no están satisfechos los mínimos
esenciales para todos los seres humanos. Ello hace que la supervivencia
misma esté en cuestión, ya que subsiste una alta tasa de desempleo y de
subempleo y de enfermedades que, como la tuberculosis, tienen su origen en el
hambre que padecen amplios sectores de la población. La pobreza "engendra
condiciones personales y familiares de existencia que tienden a la frustración,
favorecen y desarrollan actitudes y rasgos personales destructivos y
autodestructivos antes de creativos y de realización". La riqueza, mal
distribuida, origina casos de miseria. La frecuente inercia o el desinterés de
los que acceden al poder contribuye a mantener esta lamentable situación.
Dicha
situación de miseria, que a menudo es crónica, genera no sólo frustración e
instintos destructivos sino que es causa de inseguridad y de temor lo que, como
lo destaca el estudio de UNESCO, constituye un factor inhibitorio, paralizante,
de la libre realización personal (31). ¿Qué desarrollo integral del
ser humano se puede esperar de personas sumidas en la miseria, donde su única
preocupación es cómo sobrevivir día tras día?. Lo grave es que en muchos países,
el Perú entre ellos, no sólo es impracticable el precepto constitucional de
elegir libremente un trabajo sino también lo es el derecho de tener simplemente
un trabajo. Viene a nuestra memoria, a este propósito, una reflexión de Santo
Tomas de Aquino --que nos marcó desde jóvenes-- sobre la imposibilidad de
iniciarse en la vida de la virtud cuando se carece de un mínimo de bienes
materiales.
Analizando
la situación del Perú, el estudio que venimos glosando señala que el
potencial de realización personal de buena parte de la población peruana, que
calcula en un 75% de la pirámide socioeconómica, está por debajo de los mínimos
humanos, por lo que es prioritario el satisfacer las necesidades básicas de
trabajo, educación, salud, vestido y vivienda. En este contexto, la
"diferencia entre el potencial de realización y el realmente existente
puede ser expresada en cifras que, para este pueblo, constituyen violencia
cotidiana en términos estadísticos". Esta violencia afecta, como se ha señalado,
no sólo las realizaciones individuales sino también las colectivas (32).
14. EL
SISTEMA ECONÓMICO Y LA VIOLENCIA ESTRUCTURAL
La
injusticia irrita y subvierte. Para las gentes sensibles resulta intolerable.
Para el común de ellas, es inadmisible. La injusticia es frustrante. En
general, representa un decisivo factor de presión que acrecienta la violencia
estructural.
En
algunos casos es injusto el sistema económico en sí mismo, en el cual existe
una brecha notoria entre los sectores que ostentan un alto grado de riqueza y de
poder político y aquellos otros donde campea la extrema pobreza y el desamparo.
Como se ha observado por los economistas "existe germen de violencia o
realidad de violencia cuando algunos tienen disponibilidad, abundante y
creciente, de recursos iniciales y otros no la tienen". Existe violencia
"cuando el intercambio real ofrece ventajas a unos y penaliza a otros,
justamente en la línea de reforzar los privilegios iniciales". Existe
violencia "cuando algunos pueden ejercer el derecho de ser usuarios
eficientes de la propiedad de su fuerza de trabajo y otros están limitados o
excluidos". En economía, la violencia se expresa "en formas de
privación, exclusión y despojo" (33).
Juan
Pablo II en reciente Encíclica, ante la creciente violencia y las injusticias
que se observan en el mundo reflexiona y se pregunta ¿Cómo no pensar también
en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños,
forzados a la miseria, a la desnutrición y al hambre, a causa de una inicua
distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales?, ¿o en
la violencia derivada, incluso antes que de las guerras, de un comercio
escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que
ensangrientan el mundo? (34).
Esta
situación alcanza dimensiones estructurales cuando un sector apreciable de la
población "está privado del consumo esencial, en materia de principales
necesidades básicas" (35). A este sector desposeído, sumido en la
extrema miseria, "le es imposible hallar, dentro del sistema, lo
necesario para subsistir dignamente como persona, por lo que el sistema mismo
está organizado de manera que ni por vía del trabajo propio, ni aun por el de
la asistencia, alcanza a cubrir sus necesidades". Y, como se hace notar en
el valioso trabajo de la APEP que venimos glosando, "la disyuntiva final
entre trabajo propio o asistencia es ya violenta, porque se entiende que toda
persona debe tener derecho a ganar dignamente, con su trabajo, lo que es
necesario para ella y su familia". De ahí que la existencia de altas tasas
de desempleo o semiempleo "configura una situación de violencia por
exclusión del derecho al trabajo y al capital necesarios".
La
imposición de un sistema económico de corte ultraliberal y mercantilista en
los países en vías de desarrollo, si bien ha generado un cierto crecimiento
económico, ha detenido un galopante proceso de hiperinflación así como ha
obtenido un ostensible mejoramiento en los indicadores macroeconómicos, ha
creado, paralelamente, un patente malestar y tensión social al verse frustradas
las expectativas de mejoramiento de la calidad de vida de amplios sectores económicamente
preteridos. Ello, como expresión que dicho crecimiento no ha logrado superar o
aliviar la extrema pobreza, ofrecida y esperada por uno --los que gobiernan-- y
por otros --los supuestos beneficiarios--.
Como
recientemente observaba Cecilia Montero, Presidenta de la Sociedad Chilena de
Sociología, refiriéndose al modelo económico imperante en su país hace ya
casi dos décadas desde la instalación de la dictadura de Pinochet,
"mientras más crece la economía más evidente se hace el malestar
social". Esta paradoja, después de un tiempo de vigencia del sistema económico,
muestra cómo los beneficios alcanzados no llegan o llegan de modo insuficiente
a los sectores desposeídos, a los que no pueden competir en el mercado por
absoluta carencia de recursos. La "percepción de la persistencia de la
pobreza y de las disparidades de ingreso, aumento de la inseguridad ciudadana,
deterioro del medio ambiente, conflictos sociales en los servicios públicos,
desconfianza, estrés, son las expresiones de una década de crecimiento
sostenido" (36) ¿Es acaso incompatible el crecimiento económico
con una mejor distribución de la riqueza, con un real y efectivo aumento en las
oportunidades de trabajo?.
El
modelo económico ultraliberal en referencia, que proclama una economía de
mercado sin límites ni control, impone un enfrentamiento de valores "como
los de la competencia frente a la cooperación, el individualismo frente a la
solidaridad y la lealtad, o la eficiencia y el lucro frente a la honestidad y la
justicia" (37). Se requiere revisar el modelo, hacer los ajustes
necesarios para intentar superar sus inconvenientes, limar sus aristas, sus
excesos, sus consecuencias contrarias al interés de aquellos que no pueden
intervenir ni competir en el mercado por carecer de recursos mínimos iniciales.
Debe tenderse a la armoniosa conjunción de los valores éticos y aquellos económicos,
único camino para lograr la pacificación social cierta y duradera que asegure
una sana convivencia.
Las
ventajas innegables de la libertad económica genera situaciones de injusticia
cuando ella se ejerce abusivamente, descomedidamente, sin frenos o controles mínimos
indispensables para no afectar o ignorar a los desposeídos. En el ejercicio de
cualquier libertad del ser humano, amparada por un derecho subjetivo, existe el
genérico deber de no dañar al otro. ¿Se cumple esta regla de oro jurídica en
las relaciones económicas que se dan en los sistemas de economía
ultraliberal?.
Al
referirse al problema del sistema económico en referencia, Juan Pablo II, con
razón, se pregunta: ¿No convendría acaso revisar los mismos modelos económicos,
adoptados a menudo por los Estados, incluso por influencias y condicionamientos
de carácter internacional, que producen y favorecen situaciones de injusticia y
violencia en las que se degrada y vulnera la vida humana de poblaciones enteras?
(38).
15. EL
IMPACTO DE LA VIOLENCIA ECONÓMICA Y LOS COMPORTAMIENTOS HUMANOS
La
violencia económica impacta negativamente en los comportamientos humanos,
creando creciente insatisfacción y frustraciones, en la medida que los seres
humanos integrantes de una comunidad en la que ella está presente, no logran
satisfacer sus necesidades primarias. Es decir, cuando no se alcanza el mínimo
de recursos que todos los seres humanos de una misma sociedad deben compartir
para estar en un punto de partida equivalente, desde el cual ejercitarán, como
está dicho, sus propias cualidades y diferencias, en cuanto seres únicos, para
lograr su realización personal dentro de una realización colectiva, es decir,
en otros términos, alcanzar el bien común.
Al
referirnos a las necesidades primarias no sólo comprendemos las básicas de carácter
económico sino también las de orden espiritual y cultural, en tanto el ser
humano constituye una unidad psicosomática sustentada en la libertad.
La
violencia estructural, con su decisivo componente económico, se instala en
aquellas organizaciones sociales donde no existe una justa distribución de la
riqueza. Los regímenes económicos ultraliberales permiten mejorar, como se ha
anotado, los indicadores macroeconómicos, arrojando cifras satisfactorias en
cuanto a la inflación o al producto bruto interno. Pero estas cifras,
satisfactorias para los operadores del sistema o para los acreedores de un
determinado país en vías de desarrollo, no se traducen en ninguna o casi
ninguna mejoría en el nivel de vida de importantes sectores de la población
donde los desafortunados observan que sus salarios están prácticamente
congelados o, lo que es peor, no encuentran un puesto de trabajo disponible ni
vislumbran una mejoría en el futuro, entre otros factores, por la carga pesada
que significa satisfacer una agobiante deuda externa.
Es
fácil comprender el impacto negativo que esta situación económica produce en
una sociedad donde persiste y se acrecienta la brecha entre los que muchos
poseen y los que nada tienen. No es un misterio que la insatisfacción está
presente, cuando no la desesperación, frente al no poder atender las
necesidades básicas de la familia. Esta presión puede desembocar, en algunos
casos, en el aumento de la delincuencia común, en la cual la gente actúa, en
algunos casos, movida por apremiantes urgencias provenientes de la propia
subsistencia. No es tampoco descartable que esta situación de violencia
estructural otorgue a los terroristas, imbuidos de ideologías sustentadas en la
violencia, un pretexto para atentar contra el ser humano y sus bienes.
Luego
del breve análisis del impacto de la violencia estructural podemos vislumbrar
que nos encontramos ante un daño de tal naturaleza y magnitud, que al igual que
aquel que se ejerce sobre el medio ambiente, afecta y compromete a amplios
sectores de las poblaciones de los países del Tercer Mundo. Daño económico
del que somos todos simultáneamente víctimas y responsables en la medida que
no contribuimos, dentro de nuestras posibilidades, a denunciar sensatamente y a
remover pacíficamente las causas de este inveterado daño del que poco o nada
se refiere de parte de los juristas.
16. EL
RETO DEL FUTURO
Lo
grave de la situación derivada de la violencia estructural descrita en las páginas
precedentes es que, en muchos casos, no se vislumbra una solución, al menos
inmediata. Por el contrario, ella tiende a empeorar por el explosivo crecimiento
demográfico, el constante menoscabo en los servicios de educación y salud, los
alarmantes índices de falta de vivienda y obras sanitarias elementales, la
inflación que corroe la capacidad adquisitiva o las políticas de ajuste,
conocidas en algunos medios como "shocks", la incapacidad del Estado y
del sistema para generar nuevos puestos de trabajo así como para lograr una
mejor distribución en las participaciones económicas.
El
mundo se enfrenta, desde siglos, a una crisis en cuanto a las históricas
insuficiencias mostradas por los sistemas de organización social que han regido
o rigen el mundo, en el que deberían primar los valores supremos de la
convivencia humana. En unos se sacrifica la libertad personal en aras de una
supuesta justicia social, lo que es inadmisible, mientras que en otros se
salvaguarda, al menos, la libertad pero no se logra superar la injusticia que
sume a miles de millones de seres humanos en la pobreza extrema. Frente a esta
disyuntiva el ser humano ha imaginado sistemas alternativos pero sin lograr aún
el ideal perseguido para lograr una pacífica convivencia donde la violencia
estructural desaparezca o, por lo menos, disminuya en intensidad. Se busca, tal
vez por unos utópicos, un sistema que supere las limitaciones de los modelos
que han regido las comunidades nacionales.
La
pregunta que surge, frente al cuadro que somera y esquemáticamente hemos
planteado a través de estas breves páginas, se contrae a saber si es posible
que la humanidad encuentre alguna vez, por medios razonables y pacíficos, una
tercera vía, un nuevo sistema que conjugue, hasta donde ello es factible y
aconsejable, lo que de positivo, en mayor o menor grado nos muestra la
experiencia histórica en cuanto a los diversos sistemas que han sido
experimentados por la humanidad.
Mientras
ello ocurra, con sentido realista, debemos esperar que las mentes lúcidas y la
clase dirigente, tomen conciencia de que el valor supremo en las relaciones
humanas no es exclusivamente el crecimiento económico sino aquellos valores de
corte humanista y libertario que justifican la existencia. Es necesario superar
la carencia de proyectos de contenido ético, presididos por los más
importantes valores que inspiran las relaciones humanas.
Si
esta fuese la concepción axiológica predominante se comprenderá, rápida y fácilmente,
que para evitar llegar al "umbral" o punto de ruptura en lo que a la
violencia estructural se refiere, se debe intentar promover y ejecutar las
reformas económicas, políticas y sociales esenciales y urgentes que, en cada
comunidad y según el caso, aminoren las tensiones y presiones que configuran la
violencia estructural. Ello se sintetiza en la predominante vivencia del valor
solidaridad, en la obtención de una mejor y justa distribución de la riqueza y
en la superación, hasta donde sea posible, de todo tipo de injusticias
actuantes en el seno de la sociedad.
Para
lograr una mejoría en la lamentable situación en que están sumidos vastos
valores de las poblaciones de los países del Tercer Mundo por el impacto de la
violencia económica, los economistas deben dejar de lado la ilusoria dictadura
del PBI como indicador de la salud de un pueblo. Está demostrado que se trata
de una medición errónea, pues no hace patente las terribles desigualdades que
en materia de ingresos ocurren en el seno de los países en vías de desarrollo.
Al fin, y como tenía que suceder en algún momento del devenir histórico, el
Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) está utilizando un
indicador más realista del desarrollo humano, el mismo que combina el nivel de
educación de un pueblo con los reales ingresos percibidos por sus integrantes y
la longevidad alcanzada por sus habitantes. Mediante la utilización de este
indicador se puede medir, con mayor aproximación, el grado de adelanto de un país
en relación con la capacidad humana básica, sin necesidad de descartar el
ilusorio PBI.
Para
que un país intente superar la violencia estructural, alimentada por la pobreza
extrema que lo constriñe y abruma, sus dirigentes deben modificar su mentalidad
materialista y vivenciar una escala de valores donde no predominen exclusiva y
prioritariamente aquellos económicos, emprender los ajustes necesarios para su
justa distribución de la riqueza, fomentar el ahorro interno, promover las
exportaciones y formar una población activa suficientemente capacitada así
como poseer conocimientos tecnológicos que permitan su desarrollo.
Lamentablemente, estas condiciones no están dadas en el ámbito
latinoamericano, por lo que todos los esfuerzos deben concentrarse en lograr
dichas metas. Mientras ello no se produzca, mientras los países sigan atados a
modelos económicos impuestos desde el exterior que, a menudo, tienen como
principal objetivo lograr el pago de la deuda externa, la violencia estructural
estará presente y, no sería raro, que se sufran en algún momento y con mayor
intensidad sus efectos negativos.
Por
nuestra parte, coincidimos con Sergio Cotta cuando sostiene que, si bien no está
en nuestras manos contrarrestar la violencia estructural, tenemos el compromiso,
por respeto al ser humano y a nosotros mismos, de intentar superarla a través
de una sostenida cooperación con los que trabajan tesonera y desinteresadamente
por la pacificación.
NOTAS
(1)
COTTA, Sergio. "Las raíces de la violencia. Una interpretación
filosófica", Eunsa, Pamplona, 1987, pág. 9. (traducción de la versión
en italiano de 1978).
(2)
GENOVES, Santiago. "Expedición a la violencia", Fondo de
Cultura Económica, México, 1991, pág. 7.
(3)
Hace alrededor de treinta años, por ejemplo, Washington, Nueva York, Río
de Janeiro, Lima o Miami eran ciudades seguras, tranquilas, en las cuales se
discurría sin preocupaciones. Actualmente, como lo comprueba cualquier viajero,
la situación es diferente. En dichas urbes campea la violencia. Está presente
en el ambiente que nos rodea. Así mismo, la televisión penetra en nuestros
hogares con constantes escenas de violencia dirigidas tanto al público adulto
como a los menores de edad. Estos últimos se forman dentro de una cultura
televisiva que les muestra a seres violentos como paradigmas a imitar.
(4)
MAC GREGOR, Felipe. En el Prólogo al volumen "Violencia estructural
en el Perú. Marco teórico", Asociación Peruana de Estudios e Investigación
para la Paz (APEP), Lima 1990, pág. 13
(5)
GENOVES, Santiago. "Expedición a la violencia", pág. 54.
(6)
MAC GREGOR, Felipe. En "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico",
pág. 17.
(7)
En el desarrollo de esta cuestión seguiremos de cerca el valioso
estudio, antes mencionado, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico"
que editara la "Asociación Peruana de Estudios e Investigación para la
Paz", que dirige Felipe E. Mac Gregor S.J., quien ha contribuido, de manera
notable y constante, al esclarecimiento de los graves problemas de la violencia
y la paz en el Perú de los últimos años. Se trata de un estudio profundo,
consistente, bien fundamentado y realista cuya lectura es indispensable para los
fines que perseguimos. En estas páginas nos valemos, en gran medida y en muchos
tramos, de sus análisis, reflexiones y hallazgos.
(8)
GALTUNG, Johan. "Violencia, paz e investigación sobre la paz"
en "Sobre la paz", Edit. Fontamara S.A., Barcelona, primera edición,
1985.
(9)
Las dos primeras ediciones fueron publicadas en Lima en 1985, habiendo
aparecido luego sucesivas ediciones de esta importante y esclarecedora obra.
(10)
GALTUNG, Johan. "Sobre la paz", pág. 30.
(11)
"Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 21.
(12)
Esta aguda y certera crítica del planteamiento de Galtung se encuentra
en "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", págs. 20 a
22.
(13)
El informe, suscrito por los senadores Enrique Bernales Ballesteros y César
Delgado Barreto, de fecha 22 de julio de 1988, figura como apéndice de la
cuarta edición de "Siete ensayos sobre la violencia en el Perú",
antes citado, que apareció en la cuarta edición de 1989 que hemos tenido a la
vista.
(14)
Esta opinión aparece en "Siete ensayos sobre la violencia en el Perú",
cuarta edición, págs. 268-269.
(15)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
29.
(16)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", págs.
29 y 30.
(17)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 33.
(18)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 35.
(19)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 36.
(20)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico, pág. 37.
(21)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
39, citando a J. Galtung.
(22)
Citado por "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico",
pág. 39.
(23)
BOULDING, Kenneth E. "Twelve Friendly Quarrels with Johan
Galtung", en "Journal of Peace Research", No 1, Vol.
XIV, 1977, pág. 83-84, citado por el estudio de la APEP sobre "Violencia
estructural en el Perú. Marco teórico", pág. 53.
(24)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
54.
(25)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
49.
(26)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
57 y sgts.
(27)
JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 33.
(28)
MOSSET ITURRASPE, Jorge, "Los daños en una economía de
mercado", ponencia presentada en el II Congreso Internacional de Derecho de
Daños reunido en la Universidad de Lima en 1996.
(29)
JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 41.
(30)
JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 22.
(31)
UNESCO, "Los fundamentos filosóficos de los derechos humanos",
pág. 40, cit. por APEP.
(32)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
34.
(33)
APEP, "Violencia estructural en el Perú. Marco teórico", pág.
62.
(34)
JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", Editorial Salesiana, Lima,
s/f, pág. 20.
(35)
Según cálculo de las Naciones Unidas que se remonta a 1995, alrededor
de 1,500 millones de personas viven en el mundo con menos de un dólar diario.
(36)
Esta afirmación aparece en el diario chileno "La Epoca" y es
citada por Carlos Fernández Fontenoy en "Cuando Chile se mira en el otro
espejo", diario "El Comercio", Lima, 30 de marzo de 1997.
(37)
FERNANDEZ FONTENOY, Carlos, "Cuando Chile se mira en el otro
espejo", "El Comercio", Lima, 30 de marzo de 1997.
(38)
JUAN PABLO II, "Evangelium vitae", pág. 33.