Quizás

Por: Nichya

 

 

 

La sacudida del aterrizaje me apartó del incómodo descanso que después de algunas horas de insistencia había conseguido, despertando mucho más cansada que antes y sintiendo poco a poco la sofocación que regresar a Moscú me producía; había partido de mi tierra con impulsivos veinte años y regresaba ahora con responsables veinticinco, talvez para el común de la gente no era mucho tiempo, para mi, había sido toda una vida. Me marché una mañana de primavera, con el corazón en pedazos, la esperanza herida y la certeza del pensamiento de sobrevivir o padecer en el derrumbe de mi vida… no fue fácil tomar aquella decisión.

Nunca me consideré una persona especial, pero hubo algún tiempo en que me sentí dichosamente afortunada, en ocasiones llegaba a sentir que de algún modo no merecía la generosa felicidad que abrazaba mi vida, no me creía nunca despierta del sueño de tenerlo todo sin entregar nada a cambio, pues involuntariamente había aprendido muy bien mis lecciones, y sabía que nada dura para siempre. No era una brillante académica tampoco, de hecho a duras penas había conseguido terminar la preparatoria, y si bien tenía intenciones de continuar una carrera profesional, pienso que estaba demasiado cómoda con mi vida como para esforzarme aún un poco más; pero contrario a esto era ambiciosa, desde temprana edad estaba acostumbrada a trabajar, en un principio por necesidad y luego por gusto, tener mi propio dinero y no necesitar de mis padres, era algo que sencillamente no tenía comparación, me hacía sentir en verdad orgullosa. Como persona, había días en que no dejaba de odiarme o reprocharme descuidos e indiscreciones, solía meterme en líos muy seguido entre los 16 y los 18 años, llegué a un punto crucial en que ya no hacían falta los sermones de mis padres, pues la mano más dura era la mía, el auto castigo se había convertido en el remedio más eficiente, y quizás también por una cuestión de absurdo orgullo, solo pedía ayuda cuando la soga apretaba demasiado.

En ocasiones también era infantil, en la medida justa en que no se perdiera ni la elocuencia ni la razón, pues así como a veces era inmadura también podía tomar mis asuntos con responsable seriedad, talvez muchos de ustedes conozcan de cerca la transformación que se sufre cuando debido a ciertos sucesos, las perspectivas cambian y se valora mucho más el sacrificio y el esfuerzo diario de los padres; sin embargo, había días en mi vida en que deseaba profundamente ser una chica corriente como todas las demás, que no se preocupara por los impuestos o el horario de ingreso al trabajo, sino más bien por el escandaloso atuendo del fin de semana o la nueva cartera de maquillajes que a todas alteraban de sobremanera, pero aún así, nunca me arrepentí de mis acciones, pues esto fue para mi el punte que en la adolescencia me ayudó a cruzar el gran océano de la indecisión, formándome como persona, aunque claro está, en el proceso quedaron incontables noches de insomnio y silencioso llanto.

Respecto a mi sexualidad, pues si bien coincido en que la aceptación y el entendimiento no son sencillos, tampoco tuve demasiados problemas a la hora de escoger el camino que daría rumbo final a mi vida; ésta elección se llevó de mi lado muchas personas que hasta cierto punto me provocaban grandes afectos, como también las costumbres cambiaron y el pensamiento cobró nuevas formas, no diré que ha sido sencillo aunque quien me conoce piense lo contrario, pues siempre he dicho que es más difícil aceptarse una misma y convivir con ello, que enfrentarse al mundo con el estigma de la homosexualidad, porque para el mundo no es una cuestión de entendimiento sino de aceptación, y para nosotras son ambos verbos los que deben coexistir para no enloquecer. He aprendido que el amor y el desamor, no son sentimientos que discriminen a gusto, a todos nos ha tocado amar y sufrir por ello, ni importa si es una chica o un chico quien te roba el sueño, sufres de igual manera y del mismo modo sientes que no habrá un “después de”; pero también he aprendido más allá de los proverbios, que ciertamente el sol sale cada mañana aunque el cielo amanezca nublado.

De mi pasado aún quedan materias pendientes que aunque desearía rendir, también he tenido deseos de evadir, que me atemorizan enfrentarlas o resolverlas, pues entiendo como la persona sobretodo pensante en que me he convertido, que los procesos siempre tienen su lado positivo y negativo, como los imanes, lloras y ríes en la justa medida, pues todo en este mundo tiene un balance que, aunque a veces incompresible, tiene su resultado objetivo. Rescatar de la memoria la imagen que quisiera llevarme conmigo a las siguientes vidas, no es algo en lo que tenga que vacilar al escoger, esa figura sería la de una mujer, que tuviera en su alma la transparencia de un cristal de inocencia, en su corazón la profundidad de un océano azul en el que las tempestades cohabitaran junto a las paz de un vaso de agua, en sus pensamientos la seguridad de lo que desea y puede conseguir, y ciertamente, la capacidad de amar sin medidas o egoísmos… si debiera escoger un personaje de mi historia para llevarme conmigo, esa sería la viva imagen de Yulia.

Regresando al presente, sinceramente no tengo muchas cosas que reprocharle a la vida, tengo un empleo que se lleva la mayor parte de mi tiempo pero no me produce rencor el hecho de pasarme las horas frente al escritorio, quizás sea la conciente acción de evitar naufragar entre recuerdos que solo consiguen aniquilar la aparente calma con la que vivo, y a veces tomo de aquellos papeles un trozo para escribir su nombre, algo que de alguna manera me hace sentir con esperanzas aún y sin embargo del mismo modo me duelen, porque ya no es apropiado escribir el mío a su lado y besar la esquela para colocarla en mis bolsillos. No es interesante la vida que llevo lejos de Moscú, allí en Londres donde nadie sabe quién soy y tampoco tienen interés en averiguarlo, creo que finalmente he podido mezclarme con las demás gentes aunque eso solo sea una mera ilusión, pues en mis pensamientos sé con certeza que jamás seré como ellos. Cada día es un programa prediseñado para sobrevivir entre los ausentes transeúntes, el solo despertar me provoca una intensa sensación de vacío que no puede ser combatida con ningún antídoto, pero entonces para continuar debo recoger de mi paso su rostro infantil enmarcado en una vieja fotografía fuera de foco, que parece consolar el pesar que no manifiesto pero por dentro se vuelve una hoguera de mi alma.

Después de cinco años de silenciosas ausencias he regresado finalmente a mi tierra, aquí donde las personas se parecen un poco más a la memoria de quien fui, donde las multitudes me cubren con su velo de indiferencia y cada pulgada de tierra infértil lleva impregnada la esencia de lo poco que no ha cambiado en mi, el físico no es el mismo pues me he dedicado a fortalecer mis músculos con una hora diaria de sanos ejercicios, el cabello continúa siendo una brillante proyección de fuego y los ojos aún se asemejan a los verdes prados que aquí no existen; pero entonces el cambio está en esa sonrisa que ya no dibujo, en las palabras que no digo, en el semblante duro y las frías facciones, y en el pensamiento amplio, derrotado y sumiso que no carece de firmeza y carácter. Pero no he regresado en busca del pasado o de la identidad que ya no tengo, mi alma aún es la misma y mi corazón sigue en su sitio, es decir, que básicamente aún soy la misma Elena que hace tiempo partió marchita sin muchas esperanzas… he regresado por trabajo, responsabilidades que tanto en Inglaterra como aquí ocuparán la mayor parte de mi tiempo, lo cual me hace sentir extrañamente contenida pero percibo desde un primer momento, que no me faltarán las horas para encontrarme con aquello que no he olvidado ni pretendo hacerlo.

Durante el primer día debí ocuparme de asuntos importantes, sobretodo el de fijar una improvisada oficina en el edificio al cual fui enviada, principalmente mi labor aquí acabará en un par de semanas pero siempre es bueno tener un sitio propio para desarrollar exhaustivos controles y proyectos, y sin embargo esto no es ahora motivo suficiente para mantenerme distraída de lo que realmente espero conseguir al final de esta odisea. La llegada a casa de mis padres estuvo plagada de viejas imágenes de la infancia, de emociones que a pesar de sentir no me sentí a gusto para expresar y es que a veces, sabrán ustedes, es difícil reconocer que se extraña el hogar de los padres y la seguridad que estos proporcionan, no quise decir que les extrañaba y necesitaba, pues presiento que ellos lo saben. Ambos se mantuvieron enérgicos durante aquel par de horas de plática en la sala, mi nueva personalidad no pasó desapercibida pero entonces mamá con su característica comprensión dijo en un murmullo “Lo que no nos mata nos hace más fuertes…” y al escucharla sentí que el antiguo dicho me tocaba el corazón, no por su verdad sino porque mi fortaleza no es más que una mera apariencia, la armadura de cristal como a algunos les gusta llamarle, no era más fuerte, sino que estaba resignada a durar y no vivir.

La primera noche fue la más dura de todas, pues mi cuarto de niña era aún el mismo de siempre y sin embargo tenía la sensación de no pertenecer a ese sitio, estaban allí las cartas, las fotografías y los recuerdos de la adolescencia, y principalmente el motivo de mi partida; en cada rincón la alcoba gritaba a todas voces que no me había marchado por falta de amor, eso es algo con lo que estoy de acuerdo porque nunca he dejado de amar a Yulia, y cuando me fui ella aún me amaba, sin embargo, llegan ocasiones en la vida de las personas y sobretodo cuando aman sin egoísmos, en que deciden dejar de lado la propia felicidad por el bien del par y renunciar al paraíso por su bienestar, aunque la otra parte no esté del todo de acuerdo. Pienso que si ella hubiera estado en otra posición, sin tantas presiones, me hubiera retenido a su lado y sin embargo bien sé, que no lo hubiera permitido, “jamás te pondré a elegir entre tu familia y yo, si debes hacerlo seré yo quien de un paso al costado…”, y eso fue exactamente lo que hice… la amo, pero me aterra pensar que he pasado a ser un bello recuerdo guardado en su memoria.

El último recuerdo que tengo de Moscú es en el aeropuerto, aquella mañana de grises nubes y miradas tristes, el abrazo apretado de mis padres, las recomendaciones de mamá y la sonrisa cómplice de papá; y Vladimir, haciendo un enorme esfuerzo por retener el llanto que ya comenzaba a engarzar sus ojos, corriendo con desesperación por haberse dormido y agitando en su mano un pequeño sobre de papel. Vlad es el mejor amigo de Yulia, lo ha sido siempre, desde la escuela hasta la actualidad, es la clase de persona que vela por los sueños de sus seres queridos dejando pasar sus oportunidades con la certeza de que siempre hay una próxima, que siempre tiene una sonrisa sincera en su rostro capaz de cambiarle a una el día, que da consejos sanos y de la misma manera los acepta de regreso, él fue por aquel entonces escudero de nuestro amor, cubriéndonos en nuestros engaños y hasta metiéndose en problemas por nosotras pero sin reproches. Aquella mañana quiso llorar pero no lo hizo, pues sabía que no me ayudaría en nada si debiera darle consuelo cuando yo misma no lo tenía, él solo me vio a los ojos por algunos minutos, y finalmente me envolvió entre sus adolescentes brazos con firmeza, “Te quiero…”, dijo y agradecí su gesto con un beso en su frente, entonces colocó el sobre en el bolsillo de mi cazadora negra, no hacían falta las explicaciones, aquella era sin duda una última carta de Yulia.

Seis días me llevó armarme de valor para leer aquellas líneas, aún me negaba a creer en lo irónico del destino, yo soñaba con ella desde siempre pero jamás la pedí y sin embargo me fue concedida, cuando la tuve me resistí a enamorarme y cuando lo dejé suceder me aferré a su sueño que era como el mío, entonces no podía entender por qué debía dejarla ir si era cierto que nos amábamos, me lo reproché muchas veces pero entonces recordé cómo habían sido los últimos dos meses de nuestra relación; ya no podíamos vernos con la misma frecuencia de siempre por lo tanto en ocasiones entre un encuentro y otro podían pasar de siete a nueve días, tampoco podía llamarle por teléfono y no siempre había quien hablara en mi lugar, y cuando finalmente coincidíamos en un fugaz encuentro la despedida era entonces devastadora, cada vez más doloroso, y el sufrimiento continuo nos estaba destruyendo. Era insoportable encontrarme con sus brillantes ojos azules llenos de angustia, sus amplios silencios, la ausencia de su alma y el alejamiento de sus pensamientos; ella no lo mencionaba, solo de vez en cuando comentaba acerca de los reproches de su madre y el palabrerío de la psicóloga a la cual debía asistir semanalmente como si la homosexualidad fuera una enfermedad que necesita de antibióticos para sanarse, no, ella nunca reconoció su dolor con palabras pero bastaba con verle a los ojos… y eso sencillamente no era lo que habíamos soñado, renunciar a ella parecía entonces ser la mejor solución.

La carta decía lo que su voz callaba, con discretas palabras agradecía mi gesto y con profunda tristeza me dejaba libre, aunque yo siempre le pertenecería y me pedía disculpas aún cuando sabía que aquello me enojaba; no era su culpa, no era la mía, y tampoco la de su madre, era el precio de soñar, quizás demasiado alto pero de todas maneras había que pagarlo. Releí aquellas líneas hasta memorizarla, hasta desgastar el papel y creerme la realidad que sucedía, e incluso, aún en noches de tormentas me aferro a su delicada caligrafía buscando sentirme menos culpable.

Llevaba una semana en Moscú y me sentía impaciente por terminar mi labor para regresar a la soledad de mi apartamento en Londres, ese lunes debía hacer unos depósitos bancarios a pocas calles de mi improvisada oficina, me desplazaba por la acera ausente y cabizbaja, en otros tiempos gustaba de observar a las personas al rostro e inventar historias con sus gestos, tratando de adivinar la causa de ellos, pero ahora me sentía demasiado cansada para recurrir a ese infantil entretenimiento… si lo hubiera hecho entonces podría haber previsto su tímido acercamiento, levanté bruscamente mi rostro cuando percibí su aroma a mi alrededor, jamás podría olvidar ese perfume a primavera que envolvía su cuerpo desde siempre. Me quedé atónita sin saber qué decir o hacer ante sus ojos que no dejaban de verme curiosos, mi mente se puso en blanco, quise llorar, sonreír, abrazarla, besarla y decirle que aún la amaba, pero nada de ello sucedió, solo me quedé allí en silencio mirándola directo a los ojos, el corazón temblaba dentro de mi pecho y sospecho que dejé de respirar por varios minutos, justo en ese instante en que sonrió mientras sus ojitos azules se movían inquietos, me tomó por un brazo sin decir palabra alguna y me llevó hasta el café de la esquina, nos sentamos sin dejar de vernos, mientras yo inmutable intentaba dar crédito a lo que mis ojos veían, ella inició la plática.

-¿Te sientes bien?- Preguntó algo preocupadaa, seguramente me veía enferma

-Si…- Respondí suavemente –No…- volví a deciir sosteniendo mi cabeza, hacía tiempo que mi presión no me jugaba sucio

-¿Quieres un poco de agua?

-No, estoy bien, ya pasará… es que no pensabba encontrarte…- Dije, y ambas guardamos silencio por algunos minutos

-No volví a saber de ti…- mencionó observanddo sus manos sobre la pequeña mesilla que nos separaba

-No quería causarte problemas

-Nunca me causaste problemas, eran cosas quee tarde o temprano sucederían…- pensó en voz alta –Y tampoco debías marcharte tan lejos y por tanto tiempo

-Era necesario, debíamos separarnos y estar aquí lo hubiera hecho imposible

-Esperaba que me escribieras, no sabes cuántto esperé por esa carta que nunca escribiste…

-Lo hice…- interrumpí –Te escribí cada semanna de estos últimos cinco años pero jamás pude llevarlas al correo…

-Eres bella…- dijo, y sentí mi rostro encendderse en un rojo vivo del cual no podía deshacerme

-Debo marcharme…- expresé sin saber qué estaaba diciendo exactamente, ella pareció contrariada

-Está bien, pero nos veremos esta noche…- Diijo segura mientras tomaba de su bolso un trozo de papel y apuntaba en el una dirección –Cuando te desocupes, te estaré esperado…

Tomé el trozo de papel sin siquiera observarlo, lo guardé en el bolsillo de mi saco y besando su mejilla salí del café, en realidad no tenía apuro por regresar al trabajo pero si salir de aquella conversación para la que en aquel momento no estaba preparada, me sentía insegura y ciertamente no podía reaccionar ante el suceso. La tarde fue un fastidio, no pude apartar su sonrisa infantil de mis pensamientos, ni sus pequeñas manos, ni sus ojos azules buscando restos de nuestro amor en los míos verdes; las agujas del reloj se arrastraban sobre las horas, busqué por todos los medios aplazar el encuentro pero no era justo, nos debíamos aquella plática y aunque ello no cambiara nuestro futuro, al menos sanaría las heridas del pasado y pondría las cosas de regreso en su sitio de origen. De repente a mi mente se le antojó que quizás ella aún me amaba y con ello, estaría en todo su derecho pedirme que permaneciera a su lado, pero entonces cómo respondería yo ante su demanda, tenía una vida en Londres, vacía e insulsa pero era mía, y ella seguramente la tendría en Moscú… “Le diré que la amo, que nunca he dejado de hacerlo, que si me lo pidiera dejaría todo lo que he construido durante estos cinco años en Inglaterra y me quedaría a su lado por siempre… ¿pero si ya tiene a quien para sus noches de tormentas? No, no lo creo, si fuera así no me habría invitado a su… apartamento…” pensaba de camino al sitio indicado en el trozo de papel y me sorprendió encontrarme con un edificio, eso solo podía significar una cosa… ya no vivía con sus padres y ciertamente, eso cambiaba el panorama de modo drástico.

Llamé a su puerta solo una vez y no debí esperar demasiado por una respuesta, pues enseguida la puerta se abrió encontrándome con su amplia sonrisa y un suave beso sobre mi mejilla. Estaba cansada, no solo por el trabajo sino por el desgaste que la angustia produce, me ayudó con mi saco colocándolo en un simpático perchero junto a la puerta, y a continuación me invitó a tomar asiento en el mullido sofá de la sala.

-¿Tienes hambre?- Preguntó imaginando que seeguramente no habría cenado

-No, gracias, he comido algo en la oficina…<

-¿Recién sales del trabajo?- Inquirió extraññada

-Si, desde las ocho de la mañana hasta las ddos de la tarde, y desde las tres a las nueve y media… un horario considerado comparado con el que cumplo en Londres

-¿Cuántas horas trabajas allá?

-Doce, de ocho de la mañana a nueve de la nooche en horario corrido…- Dije, y su rostro de enfado y reproche me hicieron sonreír

-¿Qué es tan gracioso?- Preguntó imitando mii gesto

-Nada, es solo que siempre te molestó que trrabajara tanto, y aunque no dices nada se nota en tu rostro…- Expliqué sonriendo mientras ella agachaba su mirada, tomé su barbilla suavemente –No es tan malo como parece…

-Eso lo dices porque tú no puedes verte, tieenes las ojeras más grandes y marcadas que he visto en mi vida…

-¿Y que hay de ti? ¿En qué ocupas tu tiempo??- Pregunté cambiando de tema

-Imparto clases de piano en un instituto cerrca del centro, unas tres horas por la mañana y otras por la tarde…

-Entonces finalmente te has decidido por la música…

-Así es, aunque mamá no estuvo muy de acuerddo con ello, e incluso dejó de enviarme la mensualidad para que cambiara de carrera, pero conseguí un empleo de medio tiempo en una confitería y con ese dinero pagué mis estudios…

-¿Cómo está tu madre?

-Igual que siempre, renegona e intolerante, pero hace tiempo he dejado de cumplir sus caprichos, después de todo es mi vida…- Dijo, y su respuesta me sorprendió, pues ella nunca había sido la clase de muchacha que enfrentara a sus padres, sin embargo me hizo sentir un poco mejor, pues al menos había puesto en orden su vida y claramente, había madurado

-Me alegra oír eso…- confesé -¿Pero mantienees una buena relación?

-Eso sería mucho pedir, pero ya no me da cullpa…- dijo inexpresiva como si ya estuviera acostumbrada a ese detalle… -Me hiciste mucha falta…- Arremetió luego de una breve pausa y otra vez me quedé en blanco

-También tú a mi…- respondí cuando los pensaamientos regresaron a mi mente

-Me haces falta ahora…- Sentenció mirándome directo a los ojos, algo que no solía hacer y por lo tanto no supe cómo responder –Y sé que te hago falta a ti también aunque no lo digas…- dijo sonando un poco desilusionada

-Siempre he sido honesta contigo, es cierto que me haces falta pero aún no puedo encontrar coherencia en mis pensamientos… no sé cómo decirte lo que siento…- Confesé algo sofocada por todo aquello

-No tienes que decirlo, puedo verlo en tus oojos, aunque quisiera saber lo piensas y lo que sientes con más certeza…

-Te amo…- la interrumpí dejándola atónita, aahora era ella quien no podía reaccionar –Nunca dejé de hacerlo pero por primera vez en mi vida no sé cómo continuar…

-Estoy con alguien…- dijo apenada

-Lo sé…- respondí con una media sonrisa, enttonces ella me miró contrariada, ensanché un poco más mi sonrisa y señalé tras su espalda un pequeño portarretrato que enmarcaba una fotografía de Yulia siendo abrazada por otra muchacha bien parecida, ella sostuvo su cabeza un momento y tomó el objeto

-Su nombre es Soltsne, llevamos dos años junntas…

-No tienes que explicarme…

-Iba a decírtelo, solo estaba esperando el mmomento oportuno

-No importa, no vine aquí para que me hicierras sitio en tu vida, ni para dártelo en la mía… tú me citaste ¿recuerdas?- dije algo inmutable

-Quisiera que las cosas fueran diferentes…- Dijo mientras se recostaba sobre mi regazo

-¿No estás conforme con tu vida?- Inquirí accariciando sus cabellos

-Si, pero no es por eso, lo dije porque hubiiera deseado que nuestra historia tuviera otro final…

-Pero nos tocó eso y debemos aceptarlo

-¿Tú lo has hecho?- Preguntó viéndome a los ojos, sonreí

-No exactamente, he aceptado el hecho de no estar contigo, de haber terminado nuestra historia pero aún no me acostumbro a ello…

-¿Continúas sin creer en el amor?

-Tú bien sabes la respuesta a esa pregunta, pero también tengo quien me abrace por las noches…- dije, mientras ella adquiría un gesto de dolor que no pudo evitar

-¿La amas?

-A mi manera lo hago… ¿tú amas a tu chica?
-También a mi modo

-¿Dónde está ella? No creo que le agrade muccho llegar a casa y encontrar a su novia en brazos de otra…- dije, y sonreí

-Está en casa de sus padres por esta semana,, en San Petersburgo

-Debo marcharme, estoy exhausta y debo despeertar temprano mañana…- dije observando mi reloj

-Quédate esta noche, solo a dormir…- pidió ccon triste expresión, yo volví a sonreír

-Sabes que eso no estaría bien, quizás en ottra ocasión…

-¿Habrá otra?- Preguntó cuando ya me encontrraba al otro lado de la puerta

-Quizás…- dije, y me marché sin volver la miirada hacia atrás

Me fui de su apartamento dejando atrás el pasado para construir mi futuro, Yulia estaría bien pues de eso no me cabían dudas, quizás hubiera querido regresar a su lado y permanecer allí por siempre, pero eso solo le sucede a otras personas, ella sabía perfectamente que yo jamás había creído en el amor, porque ella era el amor y por lo tanto solo creía en ella, vivir sin amor era todo un desafío pero ya me había acostumbrado aunque en ocasiones pensaba que no lo había hecho. Su segunda oportunidad había llegado hacía tiempo y yo no era quien para quitársela, o romperle el corazón a la chica de la fotografía, me dio un poco de pena haberle mentido, pues sigo en compañía de mi eterna soledad pero en realidad aquello había sido una verdad a medias, pues por las noches su recuerdo me abrazaba, furioso y ardiente, poniéndome de rodillas ante su encanto, en la penumbra sus ojos recorrían mi desnudez y sus manos aliviaban mi espalda, su aliento húmedo trepaba por mi cuello hasta mis oídos susurrando aquello que alguna vez escuché en voz alta y de día… su recuerdo siempre me acompañaría y yo jamás lo correría de mi mente, estaría siempre allí, de a ratos lejos y de a ratos cerca, como siempre lo estuvo.

Una semana después estuve de regreso en Londres, y pasaría mucho tiempo antes de que pudiera regresar a Moscú, pero estaba conforme, mi pasado ahora tenía orden y estaba cuidadosamente guardado en el fondo del cajón de mi mesilla, mi presente ya no tenía tanta culpa ni angustia, y el futuro comenzaba a cobrar formas con aquella empleada nueva de la compañía que ocupaba el escritorio junto al mío, quizás no era tan malo pensar en volver a enamorarme ¿verdad?
 

 -  Fin.  -     

 

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Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda  semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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