¿Por que?

Por: Nichya

 

 

 

 I


Ella estaba sentada frente a la mesa en de la sala, con sus manitas nerviosas enredándose entre ellas, inmutable con las mejillas pobladas de suaves gotas amargas naciendo de sus ojos para morir en sus labios, pero su mirada era dura, fría, estaba tan enojada… le dolía el sitio donde alguna vez un corazón hubo habitado, le dolían las palabras que desbocadas se agolparon en sus oídos aquella mañana, ese tono de voz que le sacudió el alma arrastrándola en el círculo vicioso de suplicar una disculpa, pero los pensamientos pusieron de rodillas sus sentimientos para vaciarle el cuerpo, y la miró como quien no padece de ciertas transformaciones producidas por la conciencia, como quien no se siente acosado por la culpa.

Tenía en la mirada una gran sombra gris que a su paso devoraba las luces del día, con las pupilas dilatadas y un par de aureolas cafés surcando sus ojos azules, acumulando la bravura que reprimida solo brotaba en lágrimas angustiosas; sus labios le temblaban porque a pesar de tener argumentos prefería no hablar, no dar explicaciones y agachar la cabeza, nada tenía que decir pero el beso entre los labios se agitaba inquieto, buscando una puerta por la cual salir de su cárcel… pero guardó las disculpas y los besos bajo las mangas de su cazadora negra. Solo la miraba azorada, sin escuchar si quiera las excusas absurdas que aquella frente a sus ojos apresuraba a ofrecer, no se dejó conmover por esas lágrimas que como las suyas poblaron la sala, ni por la mirada arrepentida, ni por el amor que ambas se tenían.

En sus manos bailaba la duda, la razón de dos seres que ponían a prueba el amor mutuo por sus almas, en ella estaba la solución al gran problema pero aquello era talvez demasiada responsabilidad para sus cansados años, no asumiría la culpa de saber que si accedía a las súplicas sufrirían por la duda, ni aceptaría la conciencia intranquila de abandonar su corazón a su dueña sin extenderle los brazos para perdonarle. Sostenidas por un delgado hilo amenazando con caer del lado de la ruptura, envueltas en un abanico de temores que ni una ni otra estaba dispuesta a disipar; negar que la amaba hubiera sido injusto, pero perdonarle hubiera sido injustificable… y las lágrimas acudían a sus mejillas otra vez “¿Por qué?” fue la pregunta que terminó de matarle el amor, esas dos palabras que se martillaron en sus sienes durante mucho tiempo, ¿tenía ella que responder a esa pregunta…?


II


Había tantas buenas explicaciones para darle que no puedo escoger la correcta, una a una las palabras tropezaron de sus labios mientras que al ser pronunciadas podía escuchar un pequeño trozo del corazón de su amada estallando en silencio, en loca carrera corrió a sus pies para arrodillarse, sostuvo la cabeza sobre sus piernas pero no hubo una mano amiga que acariciara sus cabellos, solo ese desesperado silencio que cada vez le ahogaba más las razones, pero tenía que encontrar el modo de demostrarle que cuán equivocada había estado y no le importó suplicar de rodillas pues aquella, era la dueña de su vida entera aunque tarde lo hubiera descubierto.

La miró con sus ojos tristes buscando esa chipa de esperanza que atormentada intentaba encender, vio como sus manos se apretaban furiosas una a otra estrangulando la bravura que intentaba cohibir, allí entre ellas también estaba su corazón siendo asesinado por las pequeñas manitas que desoladas no dejaban de agitarse. Quiso recobrar un poco la calma que hacía rato había perdido, cogiendo una gran bocanada de aire volvió a sentarse frente a ella separadas solamente por una pequeña mesa, se mantuvo en silencio mientras su jueza buscaba con la mirada la puerta de salida, esa que no tuviera retorno y que al atravesarla dejara tras su espalda los recuerdos, se preguntaba cómo la mujer que tantas veces se había desesperado por amarle y entregarse por completo, ahora podía verse tan dura y distante frente a una situación que definiría la vida de ambas… y el silencio se hizo más grande.

Comenzó otra vez a enumerar las explicaciones, frase por frase enunció más calmada pero con cada nota su soledad se hacía más inmensa, pues aquella a quien amaba solo le miraba a los ojos, esos pequeños ojos verdes que habían perdido ya toda indicio de esperanza, de sueños; para finalmente comprender que no existía palabra alguna que le hiciera comprender que en verdad le amaba y necesitaba a su lado, pues comenzaba de a poco y letárgicamente a tomar conciencia del daño que había provocado en su divinidad, ruidosamente el alma se le ahogaba en disculpas, quería besarla, correr a sus brazos y pedirle que le perdonara por haber estado tan ciega, pero sabía que no la escucharía… “¿Por qué?” pronunció temerosa esperando hacer relucir la furia ciega que quería desatarse contra ella misma, pero caso contrario y a pesar de que sus ojos azules se pusieron violentos, no obtuvo respuesta alguna.


III


La joven mujer estaba exhausta, sosteniendo su cabeza entre sus manos sin dejar de sollozar ruidosamente, ocultándose de aquel par de ojos azules que dolidos la observaban a pesar de todo, con amor; su mano se balanceó en el aire arrastrada por la vieja costumbre de apaciguar sus dolencias, pero no acaricio sus cabellos, solo mordió sus labios para ponerse de pie, dejando frente a ella aquel manojo de llaves del hogar que compartían, y ese pequeño anillo de compromiso que hacía dos años adornaba sus delgados dedos, depositando un último beso en él volvió a mirarla con pena, en aquel rincón del mundo moriría su vida pero no estaba dispuesta a perdonarla, allí padecería su alma y su corazón pues eso también le dejaría de recuerdo, junto a los besos húmedos de las mañanas y las caricias apasionadas de las noches, con aquellas miradas profundas y las palabras pronunciadas con la piel… le dejaría todo porque nada de aquello le pertenecía realmente, ni siquiera ella misma.

Los escasos pasos hacia la puerta fueron los más amargos de su vida, los más sonoros y los más pesados, secó sus lágrimas prometiéndose que serían las últimas que derramaría por aquella a quien amaba, dispuesta a atravesar la puerta sin regresar la mirada y abandonarla al olvido como hacía tiempo debió haberlo hecho, pero entonces los labios le reclamaron el beso que no entregó, y el te amo que no pronunció. Solo se marchó, dejando toda una vida de luces y sombras en aquella sala, para quizá más adelante comenzar a levantar los escombros de su alma perdida, porque sabía que aunque lo intentara, jamás amaría otra vez.

 -  Fin.  -     

 

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Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda  semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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