La Dama de Blanco

Por: Nichya

 

 

 Estuve discutiendo con Martina por más de dos horas en la noche de ayer, comenzamos intercambiando las respuestas de una tarea de la escuela, luego hicimos planes para el fin de semana y finalmente terminamos discutiendo acaloradamente, aún no entiendo como fue que nuestra plática se salió de control, de las risas pasamos a los gritos y pronto a los reproches… “…es que tu no entiendes, eres muy posesiva, me asfixias…” fue esa la frase que me dio vueltas durante el resto de la noche, casi no concilié el sueño y cada vez que recuerdo aquellas palabras un nudo se me ata en la boca del estómago. Ella es una chica muy especial para mi, llevamos casi toda una vida siendo amigas, compañeras de banco en la escuela, casi como hermanas; pero ahora en la adolescencia nuestras diferencias se hacen notar, yo la quiero, como a nadie en mi vida, no tengo hermanos así que ella ocupa el lugar de ellos, pero entonces cuando pienso en las cosas que me reprocha constantemente, me doy cuenta que ya no es afecto lo que por ella siento, no puedo negarle la razón en la soledad de mis pensamientos, absorbo demasiado sus tiempos, la celo hasta de su propia familia, es cierto… soy demasiado posesiva pero quien no entiende es ella, pues yo la amo con todo lo que soy y como jamás amé a nadie.

No tenía ganas de asistir a clases, preferí tomarme el día libre para pensar en las cosas que por teléfono me había dicho, mis sueños comenzaban a derrumbarse y lo que menos necesitaba era encontrarla en el salón de clases con su mirada indiferente esperando mis disculpas ¿por qué tenía que ser yo quien se disculpara? Siempre lo hacía pero esta vez tenía que ser diferente, tenía que pensar con mucho cuidado lo que haría, lo que diría, así que falté a clases y me fui al parque del centro, ese donde las palomas se juntan bajo las altas palmeras, cerca del pequeño lago donde también pajarean algunos patos durante estos días. Tomé asiento en una banca bastante cercana al pequeño estanque, inmediatamente las palomas se agruparon a mis pies, en un principio me sorprendí, tuve un dejá vú y comencé a pensar… ¡claro! Aquella era la banca de “La dama de blanco”, todos los días con asistencia perfecta se llegaba hasta ese rincón para alimentar a las hambrientas palomas, y me pregunté, cuál sería la historia de esta mujer algo mayor.

Ella se sentaba todas las tardes en el parque, yo pasaba por allí de regreso a casa después de la escuela, a veces me detenía a ver cómo alimentaba a las palomas; aquel mediodía me había sentado en su banco sin notarlo, necesitaba aclarar mi mente porque la certeza de estar enamorada de mi mejor amiga me sacudió el alma violentamente. A las tres de la tarde apareció la dama de blanco, así le llamaban todos, pues siempre vestían ropa de ese color, generalmente vestidos… tenía el cabello suelto, creo haberla visto solo una vez con su cabello recogido, unos hermosos rizos rojos, brillantes con ligeros tonos grises por la edad, esa fue la primera vez que le vi bien de cerca, sus ojos me parecieron tristes, en una inflexión extraña entre verde y gris, realmente agraciados. Me saludó cordialmente, su voz me recordó mucho a mi abuela, a veces me hace mucha falta su compañía, sobretodo en este momento.

Sentándose a mi lado con la mirada inquisitivamente tierna, extendió su mano al decir su nombre… “Elena…” pronunció justo antes de que yo respondiera “María…”, por algún extraño motivo siempre la vi sonriendo, nunca realmente seria o desanimada, como si a pesar de los años aún tuviera un motivo por el cual agradecer la vida, su semblante sin duda alguna señalaban las facciones de una bella mujer que en la vida recibió y perdió mucho a la vez, tenía ese algo que me hacía sentir reconfortada, con las pequeñas y marcada arrugas sobre su piel pálida y poblada de pecas, y los pequeños hoyuelos que se formaban en su rostro al sonreír. “No tienes por qué apenarte…” dijo cortando el silencio que amabas nos envolvió por varios minutos, la miré azorada, entonces me sonrió haciendo un gesto de complicidad:

-Es difícil…- le dije triste como si ella cconociera mi mal

-Siempre es difícil, nadie dijo nunca que vvivir fuera sencillo, y nadie nos da un manual para el amor…- comentó sacando una pequeña bolsa de papel con maíz

-Pero es que yo no entiendo, me asusta…- voolví a decir, ella me miró

-¿Sabes? Cuando yo tenía más o menos tu edaad, me sentí exactamente igual que tú, tenía mucho miedo y me sentía aturdida, pero luego comprendí que no era cuestión de entender sino de vivir y sentir… sin razones…- dijo ahora

-¿Cómo sabe por qué estoy así?- Pregunté miirándola fijamente, volvió a sonreír

-El mal de amores es algo que a todos nos ttoca, yo solía venir de más joven a este parque, me gustaba sentarme aquí para aclarar mi mente, mis sentimientos, sabes que el murmullo del movimiento de las palmeras y el aletear de las palomas puede ser relajante a veces… pequeña, podrás engañar a todos con tu sonrisa pero no a alguien como yo…

-¿Usted sabe cuál es exactamente mi problemma?- Pregunté inocente

-Déjame adivinar, te enamoraste de tu mejorr amiga y no sabes que hacer ¿verdad?

Su pregunta me produjo más temor que todo mi problema por completo, ¿cómo sabía ella qué me sucedía con tanta puntualidad? Alguien una vez me contó que la anciana había tenido una vida feliz, y que por amor siempre se sentaba en aquel banco, como manteniendo una vieja promesa de esperar por algún viejo amor, un amor al cual todos sin excepción desconocen. La bella mujer me sonrió, puso en mi mano algunas migajas, y narró para mí la historia de su vida.

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Tenía Elena 12 años cuando conoció en la academia de música donde estudiaba piano, a Yulia Volkova, una niña de 11 años, cabellos rubios y ojos azules, “tan profundos como el océano y el cielo juntos…”, dijo al describirlos con una mirada soñadora. Durante todo un año solo conllevaron talleres y saludos en los pasillos del establecimiento, pero al año siguiente la relación fue progresando, no tardaron demasiado en ser amigas, ahora ambas pertenecían al mismo grupo de chicos que todas las tardes se reunía en la cafetería de la esquina de la academia. “Fue realmente allí donde empezamos a conocernos…”, recordó con la voz algo ronca y una ligera tos que le aclaró la garganta enseguida. Yulia era una niña inquieta, aventurera, pero ya por aquel entonces comenzaba a darle forma a su carácter vivaz y resuelto; sus amigos llegaron incluso a pensar que sufría de un leve exceso de personalidad, pero Lena la quería. Ésta por el contrario, era muy escrupulosa y le costaba relacionarse con la gente, carecía de seguridad en si misma y estar con Yulia era aprender a vivir, pues continuamente la arrastraba en sus travesuras y locuras. “Cuando tenía 13 años, apareció con una botella de vodka en la cafería, ni siquiera pudo beber el primer trago…” dijo con una pícara sonrisa en los labios, entrecerrando los ojos en un gesto que me agradó, se parecía mucho a mi abuela.

La señora Elena tenía un modo de hablar algo misterioso, como si guardara secretos entre los momentos que me narraba apasionadamente, cerré los ojos varias veces intentando convertirme en ella para saber exactamente cómo se había sentido, su historia era linda, parecida a la mía.

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Cuando la clases terminaron, ese fin de año yo egresaba de la academia, a ella todavía le quedaba una temporada entre los viejos pianos, pero era muy buena, mucho más que yo… a ella le apasionaban las notas que tocaba, adoraba la música clásica y sin duda el piano era su vida; en cambio yo asistía porque mis padres me enviaban, en un principio, porque luego seguí yendo solo por ella… me gustaba escuchar sus horas extras cuando tocaba las melodías que en clase no le dejaban interpretar, sabrás que superar el talento de los profesores puede ser inaceptable para ellos. Una tarde me descubrió entre los bancos al final del salón, yo estaba algo resfriada y un estornudo distrajo su atención, se asustó un poco pero en el mismo instante se sonrojó, había interrumpido su momento más privado… me acerqué a ella invitándola con un helado, rió al escuchar mi voz ronca y me dijo que mejor sería un café, allí en la esquina.

Me cautivaba mucho platicar con ella, porque siempre decía algo que me hacía sonreír y mis problemas enseguida pasaban a segundo plano, Yulia era mi cable a tierra, compartíamos muchos momentos, ya no solo en la academia sino en los ratos libres también. Ella tenía una personalidad extravagante, nunca agachaba la mirada y elegía con quién pasaría el fin de semana, yo me refugiaba tras mi mirada soñadora, caminaba mirando las baldosas y rogaba por que alguien me invitara a salir el sábado por la noche; pero no éramos polos opuestos, éramos cada una la parte oculta de la otra, pues solo cuando estaba conmigo ella lloraba sus penas, y poco a poco yo iba aprendiendo a dejar mis miedos de lado. La quería, la quería mucho porque tenía con ella la amistad que con mi hermana nunca tuve, y en cambio, yo era la hermana que sus padres nunca le dieron, entiendes que una puede tener mucho y a la vez tener tan poco…

En el acto de fin de año estábamos tristes, porque yo había entrado a la secundaria, algo lejos de la suya, y ahora los tiempos eran difíciles, la economía iba en descenso mientras los adultos encendían un cigarrillo y rezaban la Biblia con un vaso de vodka encerrados en sus oficinas o lugares de trabajo; los chicos preguntábamos al diariero cómo estaban las cosas con el ejército, ellos decían que pronto todos terminaríamos viviendo bajo tierra… ¿Qué pasaría conmigo si ya no podía estar con Yulia? Mis padres tenían que llevar el pan a la mesa para mi hermana, mi abuela y para mi, yo debía hacer mi mayor esfuerzo por recibirme pronto, ayudarles en la tarea de seguir viviendo, pero me dolía mucho perder a Yulia solo porque a alguien se le había ocurrido que todos en Rusia debíamos ser sometidos al sube y baja del gobierno de turno. Ella iba a la privada, yo a la estatal y su casa me quedaba lejos, el teléfono tenía mucha cuenta impaga sobre la heladera vacía, y yo seguía pensando que ese sería el último día en que la vería.

Cuando los directores anunciaron el cierre del ciclo lectivo, nos llegó la despedida a nosotras, no quería verla porque no me resignaba a dejar de ser su amiga; apareció frente a mi con sus ojitos azules bien abiertos y una brillante sonrisa en los labios mientras que con sus manos secaba mis lágrimas: “Te quiero Lena… siempre lo haré y sé que ahora no volveremos a encontrarnos por mucho tiempo, pero si algún día nos cruzamos en la calle, aunque estemos viejas y feas, quiero que te acerques a mi y me des el mismo abrazo que ahora te doy yo a ti… te prometo que volveremos a vernos gatita…”, mi dijo en un susurro junto al oído cuando me estrechaba con sus bracitos firmes, y me aferré a su espalda con la sensación de saber que nunca volvería a verla, lloré un rato largo hasta que su padre apareció en el viejo auto blanco para llevarla lejos de mi. Fue uno de los días más tristes de mi vida, le obsequié aquella medallita de oro que mamá me había entregado en Navidad, pero ninguna lágrima escapó de su optimismo, completamente segura de que la vida volvería a encontrarnos… yo, no podía creer en ese sueño que ella intentaba pintarme en el alma.

Ese primer año sin ella se me hizo eterno, el vil metal escaseaba por casa, papá trabajaba horas extras y mamá le hacía la limpieza a los señores de traje en los barrios altos de Moscú, la abuela enfermó en invierno y todos nos sentamos en la vereda cuando nos cortaron el agua, y el teléfono. A la hora de dormir me acordaba de Yulia, me quedaba largo rato mirando las grietas de humedad con la cabeza de mi hermana menor en el pecho, ella no entendía cuando mamá le decía que no podía comprarle esos zapatos de charol que le gustaban, ni cuando papá la miraba angustiado cada vez que peleaba con la vecina por la muñeca rubia que valía el pan de tres semanas. Entonces llegaron las cartas documento del juzgado estatal, querían arrebatarnos la casa que había sido siempre el sueño de mamá y papá, con 16 años mi conciencia y mi amor por ellos me llevó a buscar trabajo, me gustaba hacerlo porque podía ayudarlos y a la vez me quedaban un par de rublos para comprarle la muñeca a mi hermana. Trabajaba en la biblioteca de la facultad de humanidades cerca de la escuela, era ayudante de la hija del dueño que atendía la recepción, ordenar libros me llevó a tomarles cariño, y me traía a casa las mejores aventuras pensando en que si volvía a encontrarme con Yulia, podría hacer travesuras otra vez con ella.

Una noche de sábado estaba por salir de casa, un muchacho que había conocido en una reunión de amigos había estado invitándome toda la semana a la disco, mamá preguntó si Vladimir era mi novio y yo le dije que no tenía tiempo para esas cosas, fue una respuesta impensada que arrancó de mi madre algunas lágrimas, se sentía culpable porque su hija mayor desperdiciaba su adolescencia juntando monedas para pagar las cuentas, yo estaba orgullosa de mi vida y no tenía nada que reclamarle a nadie… quizás si porque ya no podía ver a Yulia hacía un par de años, pero con tantas preocupaciones ya no podía recordar incluso el color de sus ojos, era ahora solo un nombre que se adhería a mi memoria sin dejarme ver su rostro… y poco a poco Yulia dejó de ser mi ejemplo de vida, ya no la recordaba.

Tenía 18 años, preparándome para los exámenes de ingreso a la facultad de psicología, ahora era yo quien atendía la recepción de la biblioteca y una jovencita me ayudaba con el orden y la limpieza. Las cuentas y las deudas fueron parte del pasado cuando papá consiguió empleo en la misma academia de música a la que me habían enviado de pequeña, mi hermana tenía sus zapatos de charol en una cajita, estaba viejos pero los conservaba como un gran tesoro, ahora usaba botas y tacos como yo, solo que con menos frecuencia pues solo tenía 16 años. Mamá estaba en casa cuidado de la abuela que le ayudaba a tejer el suéter que le obsequiaría a mi padre para su cumpleaños. Nadie en casa recordaba los tiempos difíciles, ahora estábamos bien pero siempre guardábamos en una pequeña gaveta algunos rublos por las dudas, no fuera a ser cosa que el gobierno impusiera su mano firme sobre todos nosotros y otra vez a comer pan y agua… la guerra afuera estaba dura, el invierno para toda ese gente en la calle fue demasiado y muchos terminaron en el campo de las cruces.

Con 19 años, una carrera que me ocupaba más de la mitad de mi tiempo, un trabajo de ayudante en un consultorio de psicología en el centro de Moscú, y una lista de cero novios, estaba preparada para salir a la calle y empezar mi vida de verdad. Estaba de visita en mi antiguo trabajo, ahora la que había sido mi ayudante estaba en recepción y otra joven de asistente, como invariablemente sucede cada dos años en la biblioteca. Era un simple café a media tarde, buscaba un libro de filosofía que me detuve a resumir en una de las mesas apartadas, una cerca del ventanal que daba al patiecito, la tarde era tranquila y ya comenzaba a caer algo de nieve en la calle, una chica estaba sentada en la siguiente mesa, a su lado tenía una pila de por lo menos 4 libros gruesos y leía dos al mismo tiempo; la observé por algunos minutos, su cabello era corto de color negro y su piel broceada; vestía ropas formales, un pantalón negro de lino y una camisa blanca con los primeros botones desprendidos; con un lápiz enredaba una cadenita de oro que adornaba su cuello y de tanto en tanto revolvía sus cabellos como desentendiendo la lectura. Sonreí varias veces al escucharla suspirar algo resignada, disimuladamente caminé hacia la columna de libros a su lado buscando algo, asomé la mirada a su libro y volvía a sonreírme al encontrar solo una par de palabras sueltas en su cuaderno de notas; regresé a mi asiento para continuar mi lectura.

Minutos después, Anna, la chica de la recepción se acercó a mi para consultarme sobre un viejo libro de medicina, divertida le indiqué la columna donde estaban aquellos libros empolvados regañándola por su descuido, sacudiendo mi cabeza negativamente retomé el estudio, hasta que me sentí observada, giré mis ojos para toparme con la chica de la mesa continua mirándome curiosa, se sonrojó al ser sorprendida y entonces preguntó si podía ayudarle un momento. Trajo hasta mi mesa sus libros, aparté el mío y comprobé que la chica no entendía una sola palabra de lo que leía; le ayudé con su tarea pero nunca pregunté su nombre ni ella el mío; sonriendo me agradeció, era de noche ya cuando terminamos; en un gesto nervioso volvió a enredar su cadenita con el marcador, entonces la miré fijamente, y me sentí angustiada al recordar que alguna vez yo había tenido una igual; ella se dio cuenta y respondió con mi recuerdo algo perturbada: “Me la regaló una amiga hace muchos años…”, dijo mirándome algo melancólica; permanecimos en silencio unos minutos y ella me miró a los ojos, profundamente como si pudiera leer mi alma en ese gesto, me sentí intimidada pero de algún modo su mirada me producía curiosidad, volví a fijarme en la medalla y una lágrima se resbaló por las mejillas…

La chica se asustó, me preguntó si me sentía bien porque de repente me había puesto algo más pálida, tragué un poco de saliva y tosí para aclarar mi garganta, ella seguía preocupada y como si me doliera decirlo pronuncié el nombre de aquella pequeña amiga que creí olvidada: “¿Yulia…?” sus pupilas se ampliaron en extremo, se alejó un poco de mi con un gesto confuso en el rostro, volví a decir su nombre en un tono algo más alto y ella comenzó a llorar… “Lena…”, me dijo dándome un abrazo sin saber si lo que sucedía era verdad o solo un recuerdo colándose en el presente de ambas.

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La anciana comenzó a toser, me asusté un poco porque en verdad yo no sabría que hacer si algo le sucedía, al preguntarle si se encontraba bien me respondió que para su edad el frío era demasiado, que estaba algo agobiada y que iría a descansar un poco; se estaba alejando cuando corrí tras ella para preguntarle si podía regresar al siguiente día y escuchar la otra parte de su historia, entonces una sonrisa amplia y sincera se dibujó en su rostro pero no pronunció palabra alguna, claro que me la contaría. Caminé a casa con el paso perezoso, el recuerdo de Martina me acompañó durante toda la jornada, pero ahora la intriga por la historia de la señora Elena le daba un descanso a mi mente, le cambié el finales un millón de veces… hasta donde yo entendía, la señora estaba enamorada de Yulia, o al menos eso me pareció porque ella nunca afirmó mi sospecha.

Justo cuando terminaba de cenar y ayudaba a mi madre con el aseo, el teléfono de la sala timbró un par de veces; cogí el auricular vagamente y mi pulso saló punzando fuertemente en mis oídos al escuchar la voz triste de mi amiga al otro lado de la línea… “Lo siento María, ayer me descontrolé un poco con nuestra plática, lamento haber dicho todas esas cosas…” decía en un tono de voz algo tímido, cuando preguntó por mi ausencia de clases comenté que necesitaba pensar algunas cosas y que había pasado la tarde en el parque, y nos despedimos por el momento… finalmente me dormí cerca de las dos de la mañana.

Al día siguiente falté a clases, con Martina hablaría después, estuve en el parque todo el día y almorcé un emparedado que mamá me había puesto en la bolsa, me senté en la banca y esperé por la señora Elena hasta tarde, llegó puntual con sus granos de maíz y las migajas en la bolsa de papel, se sentó a mi lado y me pidió que le ayudara a alimentar a las palomas otra vez… pero hoy ya no sonreía tanto, estaba algo fría, como si sus pensamientos estuvieran en otro lugar; continuó su relato.

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Aquella noche que nos encontramos en la biblioteca, prometimos no volver a separarnos, no tuvimos tiempo de ponerlos al corriente de nuestras vidas, pero nos veríamos al día siguiente en el café de la esquina, sí, ahí cerca de la academia. Durante toda la noche no pude dejar de pensar en ella, me costaba creer que después de tanto tiempo y tantas cosas la vida cruzara nuestros caminos otra vez, recodé nuestras pláticas, nuestras travesuras y nuestro mal de amores, y me sonreí mil veces hasta que el sol asomó por mi cuarto y debí asistir a clases para luego ir al trabajo. Eran las siete con cinco minutos cuando llegué al café, ella estaba en la mesa junto a la pared en medio del salón, fumaba un cigarrillo y leía el diario, a su lado había un vaso vacío, seguramente vodka por el tipo; saludé desde la puerta con una mano en alto, ella se puso de pie y me recibió con un abrazo.

Le conté mi vida en una veloz mirada al pasado, a ella no le había ido mejor, a duras penas terminó la escuela y recién podía pensar en estudiar para ser profesora de piano en algún tiempo… ambas sabíamos que no le hacía falta porque las partituras eran el alma que llevaba cocida al cuerpo, su madre había fallecido un par de años atrás, me apenó mucho porque la señora Larissa era una gran persona, siempre nos esperaba con la taza de chocolate caliente y las galletas por la tarde, y cada vez que podía me suplicaba que cuidara de su terrible Yulia. Ella hablaba y gesticulaba con una velocidad espeluznante, y yo solo podía observar sus delicadas manos, sus delgados dedos expertos en las tecas blancas, sus brazos pequeños, su sonrisa brillante, el pequeño lunar en la base de su cuello que podía ver cuando movía sus brazos y el cuello de la camisa se balanceaba, sus ojos azules y otra vez su sonrisa; estaba tan cambiada por fuera pero seguía siendo la chica de carácter decidido que yo había intentado imitar muchas veces; me sonreía una y otra vez cuando contaba sus locuras, hasta que hizo silencio… “Dios… es muy tarde, papá debe estar esperando por mi…” dijo algo triste por tener que irse. Me ofrecí para hacerle compañía hasta su casa, aún vivía en aquella esquina cerca del parque del lago, yo vivía todavía al otro lado de la ciudad pero quería estar un poco más con ella; caminamos como si quisiéramos ser dos niñas otra vez, reímos y nos emocionamos con disimulo… “Te extrañé tanto gatita…” dijo al abrazarme en la puerta de su casa, ya hacía tiempo que mis padres habían dejado de llamarme de ese modo, me sonrojé un poco y otro tanto sentí dolor porque su voz parecía herida, esta vez fui yo quien secó su lágrima rebelde, mientras le decía que la vería al siguiente día.

El sábado estuve puntual a media mañana, ella aún estaba en pijamas cuando atendió mi llamado a la puerta, me invitó a pasar indicándome asiento en el sofá de la sala, subió las gradas y luego apareció vistiendo unos vaqueros negros con un suéter de cuello alto color blanco; desayunamos en la cocina, me contó algunas cosas sin importancia mientras ojeaba los titulares del diario. “¿Tienes novio?” preguntó y sentí vergüenza, respondí que no tenía tiempo para esas cosas y ella rió como si supiera algo que yo desconocía, entonces me miró como buscando el modo de preguntar, y me arrinconó con un “¿Te gustan los chicos?” y ahí si deseé sin saber por qué que la tierra me tragara. Le devolví la pregunta sin responder, cambiamos de tema enseguida, un momento incómodo para las dos; el teléfono nos interrumpió y ella pareció contrariada por la persona que le llamaba, discutió y colgó el auricular enseguida, regresamos a la sala, en el aparador encontré una foto que su madre nos había tomado en la academia el último año, la tenía en mis manos cuando ella se acercó con un poco de agua, recordamos aquel día sentadas en el sofá, ella recostada a lo largo con su cabeza en mi regazo, reímos por un largo rato.

Casi cuatro meses después de habernos reencontrado mágicamente en la biblioteca, justamente en la noche de un viernes, salí de casa con el corazón agitándose dentro de mi pecho, hacía algunas horas que intentaba comunicarme con Yulia pero la respuesta de su padre siempre era la misma: “Ha de tener mucho trabajo, aún no llega desde que se marchó ayer en la mañana…”, la angustia era desesperante, Yulia era muy puntual a la hora de regresar a casa y la conocía, tenía que suceder algo realmente importante para que dejara a su padre solo durante tanto tiempo. El reloj en mi muñeca me decía que faltaban veinte minutos para las diez de la noche, no me animé a tocar a la puerta por miedo de incomodar al señor Oleg, no habían pasado más de quince minutos del último intento por dar con ella, así que preferí sentarme en las gradas de su casa y no moverme hasta no verla sana y salva de regreso. Estaba inquieta, no dejaba de observar las agujas que parecía estar complotando en mi contra, los minutos se arrastraban perezosos mientras mi pulso cada vez se agitaba más: “Demonios, ya casi es media noche…” le dije a nadie en particular mientras volvía a ponerme de pie para mirar hacia ambos lados de la calle; finalmente una pequeña silueta dobló la esquina, el alma pareció regresarme al cuerpo en el instante en que identifiqué a Yulia como la dueña de aquella figura, traía cargando sus carpetas y mirando hacia sus pies, se veía derrotada, casi moribunda si no fuera porque aún caminaba. “Dios pequeña, me tenías con el corazón en la boca…” susurré junto a su oído al abrazarla fuertemente. Ninguna palabra fue pronunciada por ella, solo dejó sus carpetas a un lado y se sentó en las gradas, sin más opción me senté a su lado, ella recargó en una de sus manos la cabeza, busqué angustiada sus ojos para darme una idea de lo que le estaba sucediendo, pues no me animaba a preguntar; entonces sin poder predecirlo, como todas sus acciones, se recostó sobre mi regazo mientras tímidos sollozos eran lanzados al aire, pasé temerosa mi mano por sus cabellos revueltos, para luego levantarla y envolverla en un abrazo firme, intentando transmitirle la seguridad que ella compartía conmigo cuando quien sufría era yo; entonces su llanto se volvió desconsolado, grandes gotas dulces surcaban sus mejillas al tiempo en que sus ojos se tornaban rojizos… permanecimos por un largo rato en silencio, sentadas allí sin pronunciar palabras, solo quejidos de profundo sufrimiento nos acompañaban. “Vamos a dentro…” dijo dificultosamente mientras abandonaba el abrazo y se ponía de pie, cogí sus carpetas y tomadas de la mano ingresamos.

Yulia siempre había sido una armadura de plomo a mi modo de ver, quizá en algunas oportunidades pude ver pequeñas lágrimas invadirle la mirada, pero nunca había visto antes el modo en que su guardia se doblegaba para dar paso a esa niña desprotegida que tanto celaba del mundo, jamás y lo juro por mi vida, jamás me sentí tan insignificante al lado de alguien como aquella noche, aquella vez en que fue mi turno de afrontar un pesar que aún desconocía.

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La señora Elena hizo una pausa en su relato, disimuladamente secó una lágrima rebelde que intentaba escurrirse por su mejilla, miró las agujas de su reloj y me ofreció una disculpa apresurada explicando que su hermana no estaba muy bien de salud y debía ir con ella, prometiendo del mismo modo que al siguiente día continuaría con su relato. Pateando las piedras regresé a casa, por momentos podía sentir un extraño dolor punzar en mi pecho, pues la anciana describía tan profundamente ciertos episodios de su vida, que hasta lograba sentir exactamente la misma angustia o la misma felicidad que ella hubo experimentado al vivirlos. Venía distraída por la acera, alcé la mirada cuando me encontré a escasos metros de la puerta de mi casa, topándome con la sonrisa mágica y delicada de mi adorada Martina, sonreí también pero no por corresponderle, sino por recordar el último tramo de la historia de la señora Elena, entonces me acerqué algo despreocupada a ella para saludarle con un beso en la mejilla, otra vez diferimos en los pensamientos, pues ella se sujetó con fuerza de mi cuello preguntando los motivos de mi ausencia en clases aquella tarde. Platicamos por algunos minutos, ella estuvo en silencio un instante y titubeando me pidió que la llevara conmigo al parque al día siguiente, puesto que si yo no asistía a clases entonces ella no tenía motivos para ir tampoco… esta explicación quedó dando vueltas en mi cabeza por el resto de día.

Antes de la cena mamá me preguntó por qué estaba tan ausente, puse de excusa algunos exámenes para que no siguiera indagando en aquel asunto, entonces sonriendo me dijo que había horneado aquella galletas de anís y chocolate que a mi tanto me gustaba, tomé algunas para llevarle a Elena al día siguiente, segura de que ella las adoraría tanto como yo, y pensé entonces que por la mañana temprano iría a comprar algo de maíz, pues le estaba tomando gusto al asunto de alimentar las palomas del parque.

Llegué puntual al lugar, debí esperar algunos minutos por la llegada de Martina, aquel día se encontraba más hermosa que de costumbre, o quizá era que Elena me había hecho recapacitar y ya no sentía tanto miedo como antes, permitiéndome ciertos pensamientos que antes me aterrorizaban. Se sentó a mi lado sobre sus piernas, rápidamente hice un resumen de la historia de amor que me tenía atrapada entre sus páginas, noté por lapsos que mi amiga perdía la mirada entre los árboles, como si algún suceso la dejara pensando en algo importante, y también suspiró sonriente varias veces. Elena llegó puntual como siempre, observé que estaba más animada que el día anterior, le presenté a Martina al tiempo en que se sentaba a mi lado, ella me hizo un guiño cómplice que me hizo sonreír, luego me susurró al oído que era un bonita, ahora me sonrojé un poco… recordé que llevaba para ella las galletas de anís de mi madre, me agradeció con abrazo y sacamos las bolsitas de maíz para continuar con nuestro programa.

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Yulia no se veía bien, aquella noche la mirada se le había tornado celeste, con ligeros tonos rojizos en los bordes, no sonreía y lo único que le escuchaba eran esporádicos suspiros de tanto en tanto; tomó mi mano para dirigirme a su cuarto luego de asegurarse de que el señor Oleg estuviera ya descansando; su cuarto estaba perfectamente ordenado, pero sobre el escritorio junto a la ventana los papeles estaba desparramados, disculpándose se marchó hacia el baño seguramente para lavarse las lágrimas, me acerqué al buró y rápidamente recorrí su caligrafía, eran cartas de amor pero no encontré fechas entre aquellas hojas blancas, las fechas eran entre viejas y recientes, justo de hacía un par de días. Regresó al cuarto vistiendo su pijama y del armario tomó otro casi sin usar, la observé por un momento contrariada: “Quédate conmigo esta noche, no quiero estar sola…” dijo respondiendo a mi interrogante mirada para bajar la suya algo apenada.

Llamé a mis padres para informarles que estaría con ella, hacía un poco de frío y nos sentamos sobre la cama, Yulia recostó su cabeza sobre mi regazo y habló acerca del amor, de amar y ser amada, de amar y no ser correspondida, de tener miedo, de amistad, de enamorarse de pequeña y no poder olvidar… me sentí abatida por el evidente sufrimiento que le imprimía a sus palabras, me explicaba cosas que nunca me decía, que evitaba decir y yo le entendía, porque constantemente había sido conciente de que siempre la había amado, nunca lo dudé y nunca me permití reprocharme o temer por ello, jamás me lo había planteado porque desde que éramos pequeñas lo sabía y lo aceptaba, quizá por ello mis relaciones siempre eran incompletas, a mi me faltaba ella, su mirada profunda y su sonrisa brillante. La entendía muy bien, solo que yo nunca había llevado mi sentimiento a la luz del día, para qué hacerlo, si ella siempre estaría cerca y quizá estaba enamorada de ella porque no conocía su respuesta ante mí. La envolví en un abrazo, estuvimos en silencio y luego desconsolada me preguntaba por qué, yo no tenía respuestas y terminé llorando su pena a la par de sus lágrimas. ¿Qué le diría? ¿Qué yo la amaba? En ese momento no me importaba, solo quería que ella dejara de sufrir porque a mi me quemaba el alma cada pregunta y cada reclamo que le hacía a la nada.

Se durmió en mis brazos, la miré durante horas, por primera vez deseaba decirle lo que sentía, y golpear a la persona que le estaba lastimando de esa manera tan cruel, prefería que su dolor habitara en mi, ahora el papel estaba invertido y era yo quien sacaba pecho… es que la gente que se ve fuerte siempre es la más débil, la que no pide ayuda es la que más la necesita, eso había aprendido de mi padre en los tiempos duros, eran muy parecidos de verdad. No sé en que momento me dormí y cuando desperté ella estaba aferrada a mi cuerpo, estaba despierta porque sentía una ligera caricia en mi estómago, suave y tierna como si estuviera arrullándome con el roce de su pequeña manita; acaricié sus cabellos y ella sin mirarme me pidió disculpas, la razón fue un silencio largo, interrumpido por un suspiro y luego por un “enamorarme…”. Ahí fue que comprendí, ella escondía algo que no se atrevía a decirme y me arriesgué, aún sin tener certeza de algo positivo en mi acto y le dije que no tuviera miedo… “Solo debes decirlo…” susurré acercando su cabeza hasta colocarla sobre mi pecho, tomé su cadenita, la mía… o la nuestra, encendí la luz de la mesilla y le mostré algo que ella nunca antes había notado… “Te amo… L.” estaba grabado en la parte posterior de la medalla.

Cuando entendí que quizá no volvería a verla, hice grabar la medalla sabiendo que inevitablemente se la obsequiaría, ella nunca se fijó en el dorso y no tuve miedo de leer la escritura en voz alta, comenzó a sollozar y luego me besó. Platicamos el resto de la madrugada, yo me había enamorado hacía muchos años y a ella le bastaron algunos meses para amarme, prometimos no dejarnos nunca y desde aquella noche no lo hicimos.

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La señora Elena hizo una pausa para comprar el periódico, me fijé en Martina y me sonreí al verla llorando, la abracé fuerte, y teníamos las manos enlazadas cuando Elena regresó al banco, volvió a sonreír y me hizo otro gesto cómplice, esta vez Martina también la vio y se sonrojó… entusiasmada le pedí que continuara.

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Algún tiempo después, yo con mi título de psicóloga y ella profesora de música en la academia, tomando el puesto que mi padre cedió al jubilarse, acordamos en rentar un apartamento, tenía Yulia 26 años cuando su padre falleció de un resfrío que terminó por ser una neumonía. Nos mudamos a su casa, allí en aquella esquina, y ahí pasamos los mejores años de nuestras vidas, cada día era para ambas una aventura, los inviernos aferrando nuestros cuerpos en busca de un poco más de calor, los veranos en el parque… fue ella quien me enseñó a alimentar a las palomas de aquí, tomé esa manía hace casi cinco años. Yulia fue siempre la razón de mi vida e incluso hoy lo sigue siendo, estar a su lado era la fortuna más grande que podía tener, mi única ambición. Mis padres no nos hicieron problemas, mamá siempre lo supo, papá se entristeció pero cuando mi hermana le dio su primer nieto olvidó que yo nunca se lo daría; Yulia era mi ángel de la guarda y yo guardiana de su vida completa… estuvimos juntas durante 39 años, cada tarde nos sentábamos en este parque con la bolsa de maíz, luego íbamos al café de la esquina de la academia hasta la nochecita y regresábamos a casa para amarnos en cuerpo y alma, me enseñó mucho más de lo que había aprendido sola mientras estuvimos separadas, aprendí de ella el modo de poner el corazón en los labios y de reflejar el alma durante las noches.

Todos pasan por aquí y me observan preguntándose cuál podría ser la historia de mi vida, “La dama de blanco…” como me llaman muchos, para mi este lugar es Yulia aunque el mundo entero sea ella, pues me basta un trozo de cielo para recordarle que la amo, he venido aquí, a esta banca, durante los últimos cinco años de mi vida, fue en este lugar en que nos comprometimos (la anciana nos enseñó un anillo de oro con el nombre de Yulia y el suyo grabados), teníamos 23 años cuando lo hicimos; también prometimos que si algún día por caprichoso que fuera el destino, debíamos separarnos, quien permaneciera cuidaría de las palomas hasta que estuviéramos juntas otra vez, cuando los años doblaron nuestras espaldas nos sentimos más felices aún, siempre estaríamos juntas.

Pero una mañana al despertar, observé a mi lado en la cama y no la encontré, su lugar estaba vacío y tuve ganas golpear un muro hasta sangrar, me aferré a su delgado cuerpo con vehemencia, besé sus labios y la dejé partir, fue durante aquel invierno hace cinco años en que otra vez como antes, muchos terminaron en el campo de las cruces, me despedí de ella con un “Hasta pronto…” porque sabía que volvería a encontrarla en algún lugar, quizá en el reflejo del espejo, en el aroma de sus ropas, en la soledad de mis manos, en las sombras de este parque o entre las palomas, pero aún falta un tiempo para volver a verla… mientras aquí la espero…

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La anciana dejó caer algunas lágrimas… entonces Martina y yo entendimos que Yulia había muerto hacía algunos años, allí encontramos la razón de Elena para asistir celosamente durante las tardes al parque, alimentando las palomas esperaba por la llamada de su eterno amor para unirse más allá del día y la noche. Antes de retirarse la anciana cruzó algunas palabras con Martina sin permitirme oír alguna de ella, luego mi amiga corrió hacia mi atrapándome con un profundo beso en los labios, pero entonces mi asombro llegó a su punto máximo cuando descubrí la cadenita de la señora Elena pendiendo de su cuello, aquella misma que le había obsequiado a Yulia en la adolescencia.

Han pasado ya tres años de aquella semana en que conocimos la historia de la dama de blanco, ciertamente prefiero no comentarla con quienes preguntan tenazmente, pues me gusta pensar que Martina y yo somos guardianas de esa maravillosa historia de amor. Inevitablemente nos hicimos adictas a las caminatas por el parque con la señora, siempre nos sorprendía con alguna anécdota o travesura de su juventud, a veces reíamos y a veces llorábamos, la relación con ella era linda, asistió gustosa a nuestra graduación cuando Martina se lo propuso, y siempre nos invitaba a alimentar las palomas en la misma banca. Nosotras queríamos tener nuestra propia historia, yo me sentía identificada con Yulia, Martina a veces dice que me parezco a ella en lo testaruda, me hubiera gustado sin duda conocerle en persona.

Hace algunos meses fuimos a visitarla, ya no tenemos tanto tiempo libre como antes, los estudios de la facultad y el trabajo a penas nos dejan resto para estar juntas, aquella tarde esperamos por ella hasta casi el anochecer, finalmente coincidimos en que nunca llegaría; tras algunas averiguaciones dimos con su casa, justo a tres calles del parque central, había sobre la puerta del frente un pequeño letrero de venta con un número telefónico… la señora Elena había fallecido hacía más de una semana en el hospital; cuando estuvimos allí Martina me miró divertida y yo adiviné lo que iba pedirme. Tuvimos una extensa reunión con la hermana de la señora Elena, finalmente acordamos que rentaríamos la casa hasta que tuviéramos suficiente dinero para comprarla, la mujer aceptó, así no más como estaba, solo retiró cosas personales de la pareja, quedaron los muebles… ahora yo utilizo el buró de Yulia y Martina el tocador de Elena, la casa huele siempre a flores secas, encontramos en la cama sus nombres grabados y distintas declaraciones de amor en algunos rincones más…

Hoy es 26 de Marzo, Martina y yo hemos construido una maravillosa relación alrededor del lago y las palomas, faltan algunos días para que llegue mi cumpleaños, esta vez serán 21, a ella aún le restan algunos meses para celebrar; hace cuatro años que estamos juntas y dos que convivimos; pero más allá del detalle hoy es un día muy especial para ambas, en algunos minutos más iremos al “campo de las cruces” como solía decir la dama de blanco, llevaremos lirios para ella y rosas rojas para Yulia… me gusta pensar que quizá, Martina y yo somos la segunda oportunidad de Yulia y Elena, espero que la anciana esté orgullosa de mi, porque así como ella… yo también vivo por el amor de mi novia, y ahora somos nosotras quienes cuidamos de las palomas del parque.

 

 -  Fin.  -     

 

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Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda  semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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