Siempre

Por: Nichya

 

 

 

 

Miré el reloj por quinta vez y solo habían pasado dos minutos de las nueve de la noche; desde hacía un par de horas que renegaba por mi problema de concentración, tenía que estudiar unas partituras pero quizá por culpa de las notas flotando sobre las líneas y una clave de sol al principio, mis pensamientos se deslizaban del papel para llevarme a imaginar situaciones empalagosas o extremas en varios espacios de mi rutina; otra vez esa fantasía de estar junto a una persona que me amara del mismo modo en que yo lo hacía, otra vez ese sueño de imaginar un rostro a mi lado tendido sobre la almohada de mi cama. El fuerte aroma a café se entremezclaba con él impávido sonido de las puertas al abrirse, miré a través del cristal junto a mi mesa, fuera en las calles transitaba esa fresca brisa que indica el final del otoño, navegando calle abajo para arrastrar la melancolía que la época induce en los transeúntes, con la mirada agachada y el paso ligero para llegar a casa pronto.

Sentí un escalofrío traspasando mis pantalones de lino cuando las puertas volvieron a abrirse, casi por instinto mis ojos buscaron el objeto que había interrumpido mi estado letárgico de observación y pensamientos, fue entonces cuando la vi por primera vez, con su andar delicado y sus finas ropas de oficina, con los rizos rojizos acompañando el ritmo impuesto por su paso sereno y la sonrisa radiante que arqueaba sus ojos en un gesto inocente. Caminó hasta llegar al escritorio de admisión en la confitería de aquel hotel, mediante un cordial saludo se colocó detrás colgando el abrigo y la cartera en un simpático perchero, intenté inútilmente regresar mi atención a las partituras que hacía rato permanecían inmóviles sobre la mesa, observé mi taza y al encontrarme con el fondo giré mi cuerpo para alzar la mano llamando al mesero; mi gesto despreocupado llamó su atención para obligarle la mirada, instantáneamente su sonrisa se desvaneció para dar paso al gesto incrédulo que uno pone cuando queda rendido ante una mirada. “Otro café por favor…” le indiqué al muchacho mientras cambiaba la página de mi carpeta.

El reloj mostraba ya las diez y media de la noche, perdí casi toda la tarde de estudio por la bendita e inevitable costumbre de sumergirme en mis pensamientos, vencida junté los papeles para regresarlos a la carpeta que luego guardaría en el portafolio, entonces el aparatito sujeto a mi cintura requirió mi atención: “Claro, estamos en lo dicho… el sábado a las nueve, no te preocupes, allí estaré puntual como siempre… ¿qué canciones? Pensé en un repertorio clásico y luego algo más moderno… podemos verlo mañana si lo deseas… claro, espero por tu llamado, adiós…”, dije, y al tiempo en que cortaba la llamada ya me encontraba frente al exhibidor, de frente a esa sonrisa increíblemente atractiva, y ese par de ojos color esmeralda que por un momento hicieron que olvidara el motivo que me había llevado hasta ese lugar. La chica indicó la cantidad que debía pagar por el servicio sin dejar de sonreír, mientras yo sentía un incómodo calor comenzando a colorear mis mejillas, tomé algunos billetes del bolsillo de mi cazadora… “Conserva el cambio…” le dije como si estuviera acostumbrada a esa situación, y me di la media vuelta hacia el elevador para dirigirme hacia el entrepiso donde tendría una reunión; mientras las puertas metálicas se cerraban, pude ver el modo curioso en que su mirada acudía hasta mi para revolverme los sentidos.

Eran poco más de las dos de la madrugada, aún me encontraba rodeada por empresarios nerviosos que para esas horas, habían dejado a un lado la estética del saco y la corbata, de expresión desesperada dejando entrever un ligero gesto de frustración en sus rostros al observarme. El sábado por la noche se llevaría a cabo una convención en cuestión de agasajar unos inversionistas del extranjero, la apuesta era ambiciosa considerando la ampliación de una de las cadenas hoteleras más importantes de Moscú; para el evento habían acordado la contratación de un pianista, puesto que es por estos lugares el arte más destacado, pero para sorpresa de todos ellos la persona enviada con recomendación por el director de la sinfónica era una mujer… la situación era embarazosa porque ninguno ocultaba su decepción, me sentía agobiada por las inquisitivas miradas que me propinaban de tanto en tanto. En el punto en que la discusión adquirió una nota más alta en sus voces, apareció en la pequeña sala un hombre algo más sereno, aún vistiendo el saco y la corbata de su traje, con el cabello corto flanqueado por algunas pecas que cortaban con la monotonía del tenue tinte rojizo, se allegó a la mesa central para informarse de las circunstancias, luego de unos minutos se arrimó hasta mi que aún me encontraba sentada frente a un pequeño piano a un lado de la sala: “¿Crees que puedas con esto tú sola?” me dijo, entonces levanté la tapa del piano y toqué una breve pieza clásica con un enganche moderno, volví a mirarlo: “Usted dirá si puedo o no…” dije sonriendo… problema resuelto. Ciertamente aquellos ejecutivos esperaban un pianista masculino y en lugar de ello se encontraron conmigo, pero evidentemente, el señor Sergey Katin (el último en sumarse a la reunión), no se dejaba envolver por la raza “machista” y me dio el puesto inmediatamente.

Un día largo y una noche que parecía no querer terminar, las puertas del elevador se abrieron con su característico timbre, dándole paso a la bella pelirroja que se acercaba hasta el grupo sonriendo con un abrigo en un brazo y una bufanda en el otro, seguramente buscando a su novio, pensé, para retractarme al verla junto al hombre de cabellos rojizos que sonriente le decía con tono juguetón que era su deber cuidar de ella y no al revés, ella le correspondía en su sonrisa mientras enredaba la bufanda en su cuello y le ayudaba a colocarse el abrigo. El hombre se alegró al saludar con una mano en alto al resto en la sala, “Yulia, ve a descansar, mañana nos encontraremos luego del almuerzo…” dijo justo antes de darme dos besos, “Adiós…” susurró la muchacha en medio de una esplendida sonrisa mientras se retiraban, y a mi se me ocurrió pensar que si aquella perfecta mujer volvía a guiñarme un ojo, me arrojaría a sus brazos para convertirla en ama y señora de mi vida entera, pensamiento que se extendió hasta que finalmente ya en mi apartamento conseguí algunas horas de sueño tranquilo.

Aquel viernes desperté cerca de las once de la mañana, había quedado con mis padres de almorzar antes de dirigirme hacia el hotel, pasé más de veinte minutos en el baño intentando despertar, mientras Charly, mi ovejero alemán, sacudía la cola frente a la puerta de salida; vestí rápidamente un traje negro y cerré la puerta del apartamento luego de acariciar sus ojeras en forma de saludo. El reloj ya indicaba las tres con cinco de la tarde cuando estacioné el carro en la playa del hotel, ingresé por una de las puertas laterales, llevaba prisa pues me había llevado un buen tiempo desenredarme de mis padres, crucé la admisión ávidamente rumbo al elevador cuando una voz femenina llamó mi nombre deteniéndome en seco: “¡Yulia, espera!” contrariada busqué con la vista presurosa la voz que me aclamaba para toparme con la bella pelirroja acercándose a mi con el paso calmo: “…hay una reunión en el entrepiso ahora, pero mi padre ha dejado indicado que ensayes tus partituras en el salón de convenciones…” dijo luego de rozar mis mejillas con sus labios produciéndome un estremecimiento tal que no pude pronunciar palabra alguna, ella sonrió luego de musitar un “Acompáñame” para dar media vuelta hacia el salón. Caminé sus pasos en compañía de la sombra sobre el parqué que la diosa frente a mi obligaba a dibujarse, abrió una puerta blanca de madera al final del corredor indicándome amablemente un imponente piano blanco sobre el escenario, “Es todo tuyo…” susurró sonriendo al tiempo en que cerraba la puerta y se retiraba.

La curiosidad me empujó impensadamente hacia el ejemplar que a pesar de la distancia me imponía cierto respeto, estando de pie justo frente a él no pude hacer más que admirar sus perfectas formas, la madera tallada en diversos diseños de espirales y flores con delicados bordes dorados, tomé asiento en el pequeño banquillo, cogí las carpetas del portafolio colocándolas a un lado, y dejé al descubierto las teclas color marfil que extrañamente, aún mantenían su color original, no había rastros de desgastes o ligeros tonos amarillentos, ni polvo en los rincones acostumbrados.

Mis dedos comenzaron a deslizarse ágiles sobre las teclas, una caricia del alma cuando quien adora este instrumento intenta plasmar la melancolía de su vida en simples notas que siempre, transportan al intérprete a un punto de su mente en que el mundo desaparece tan solo para quedar él y su fiel amigo en el lugar; invariablemente mis ojos se cerraron a los pocos minutos, los pensamientos comenzaban a fluir en mi mente, diversas fantasías que ya se me hacían aburridas de tanto imaginarlas, así recordé que mi problema de “realidad alterna” comenzó junto con mi amor por la melodía de estas cuerdas, en un principio soñaba con ser una pianista de renombre a la cual el público aplaudiera de pie, pero con el paso del tiempo hacia la adolescencia aquellos sueños vivos se dibujaron en el pulso de mis manos junto al deseo de enamorarme… el piano comenzó a ser el gran amor de mi vida, el que nunca le daría al alma mía razones para estrujarse en su escondite, ni motivos a mis ojos para lavar penas. Me sobresalté tontamente cuando mi pensamiento difuminó los bordes de la silueta de aquella pelirroja a quien aún no le sabía más que el apellido, sonreí sin salirme de mi fantasía, en la que toda ella era un jardín de rosas rojas en medio del pantano… “¿Siempre sonríes cuando tocas?” dijo un tímido susurro cercano a mis sentidos, lentamente dejé que mis ojos rodaran hacia el punto del cual el sonido angelical provenía, me encontré con ella sin necesidad realmente de llevarla conmigo a mi “otro” mundo, sonreí ahora más abiertamente que hacía unos instantes.

Había estado en aquel lugar poco más de dos horas, la chica arrimó hasta mi lado una silla donde luego tomó asiento, “Me gusta como tocas…” dijo sonriendo pero sin verme a los ojos, más bien observando los arabescos tallados en la madera, la miré confundida preguntando en silencio; “Solo llevo hora y media sentada por allí…” le escuché decir algo apenada mientras señalaba un lugar entre las sillas de la audiencia del pequeño anfiteatro, se sonrojó al escucharme sonreír un poquito más alto para luego bajar la tapa del piano escondiendo las teclas a las que tanto cariño les estaba tomando, fue en ese momento en que su mano acaricio tiernamente un tallado en el centro, “Elena…” decía enmarcado por espirales de rosas con bordes dorados, la miré algo confundida mientras sonreía: “Es mi nombre…” dijo a modo de explicación mientras yo comprendía que aquel era su piano. La chica apuró otra sonrisa al verme a los ojos, utilizando un tono de voz bastante sereno me explicó que los empleados debían preparar el salón para el evento, asentí con un ligero movimiento de cabeza, me sentía profundamente sumergida en su mirada, tanto que se me ocurrió pensar que debí haberme visto algo tonta comunicándome con ella sin utilizar palabras, solo miradas y sonrisas eran mi lenguaje, pero me gustaba, pues ella lo entendía y entonces pensé también, que esa era una de las características de mi mujer ideal: Hablar sin decir.

Regresé a casa con el ocaso de acompañante, cuando palpé los bolsillos de mi chaqueta en busca de las llaves también hallé una pequeña nota escrita en papel de servilleta que en el borde inferior llevaba impreso el nombre del hotel, la miré indiscreta para descubrir un número telefónico y un “Llámame. Elena…”, y me sonreí con picardía porque era la primera vez que algo así me sucedía; esa chica tenía algo especial, quizás solo era la magia de sus tiernas y maternales facciones las que me habían hechizado, o posiblemente también el modo en que me observaba ausente. Me abracé con Charly que al otro lado de la puerta lloriqueaba por mi regreso, me di un baño de tina durante el cual no dejé de pensar en la extrañeza del contexto que me relacionaba con ella, y mi fiel amigo sentado a un lado escuchando cada una de mis palabras, hasta que finalmente reí a carcajadas y me miró desconcertado: “Cuando me pregunten con quien consulto mis decisiones, en lugar de decir con la almohada diré que lo hago con mi perro ¿verdad Charly?” dije mientras reía frenéticamente.

Eran casi las diez de la noche cuando el móvil que había colocado sobre la cama comenzó a sonar, no reconocí el número que indicaba la pequeña y líquida pantalla así que contesté algo confundida; me admiré al escuchar la voz de Elena ocupando el lugar de mi interlocutor, preguntaba mi dirección puesto que su padre le había dado órdenes de entregarme unos papeles o partituras, no le entendí bien pues ella sonaba ansiosa y yo solo escuchaba el sonido delicado de su aliento junto al auricular. Media hora después me hallé apartando la puerta nerviosa para invitarla a ingresar, tomó asiento en el pequeño sofá bajo la ventana mientras yo preparaba dos tazas de café que cuando estuvieron servidas llevé con ella: “Mi padre quiere que interpretes una de estas piezas para el cierre, debes escoger una” dijo mientras me entregaba las partituras en una carpeta, involuntariamente nuestras manos se rozaron, el ligero roce de su tibia piel con la mía me estremeció por completo, y un agradable calor se apoderó de mi pecho descendiendo lentamente por todo mi cuerpo. “Iba a llamarte…” le dije coloreando sus mejillas en un ligero tono carmesí, sonrió de un modo tan infantil que mis sentidos se congelaron y por un instante olvidé respirar; platicamos por algunos minutos, de nuestras vidas, del trabajo y cosas que no podría recordar, pero sí podría detallar cada gesto en su rostro, los tonos rosados de sus labios y ese extraño color esmeralda tirando a gris de sus ojos. No había lugar a dudas, la chica me tenía atrapada en mi propio ensimismamiento, absorta por completo en el sonido inocente de su voz, me gustaba, me gustaba de sobremanera pero por primera vez en mi vida, me sentía intimidada por toda ella, no lograba reaccionar ni decir algo coherente, pues cualquier elogio hacia su belleza sería un insulto indudablemente. “Mañana paso a recogerte temprano…” dijo antes de besarme en las mejillas, pero no fue esto suficiente para mi y la abracé incluso sin saber que lo estaba haciendo, sus brazos se encadenaron a mi cintura y le escuché suspirar en medio de una sonrisa, cuando nos separamos me sentí tan apenada que solo pude bajar la vista, sonrió tiernamente como suele hacerlo, “Adiós…” saludó con la mirada soñadora mientras caminaba hacia el elevador… ella se fue y yo quise pedirle que se quedara conmigo… para siempre, pero la vería al día siguiente y sin duda podría decírselo, me fui a dormir con la sonrisa pintada en los labios y su nombre acunándose en mis pensamientos.

Creo haber despertado a media mañana, la insistencia primero del teléfono y luego del timbre terminaron por arrancarme de mi estado de ensueño, balbuceando algunas palabras caminé refregándome los ojos hacia la puerta: “¿Quién es?” pregunté y el sueño comenzó a abandonarme al escuchar el nombre de Elena como respuesta; mientras giraba la llave en el cerrojo le eché un vistazo al reloj de pared a un lado, las diez con cinco. “Lo siento… estabas durmiendo…” dijo bastante apesadumbrada mientras caminaba tímidamente hasta el sofá, levanté mi mano en un gesto despreocupado como suelo hacerlo cuando no tengo deseos de hablar, al tiempo en que me dirigía hasta el baño para echarme algo de agua fría en el rostro y terminar de desplazar los grandes indicios del insomnio en mis facciones; cogí mis pantuflas de regreso y le ofrecí un café antes de atravesar la puerta de la cocina; ella siguió sigilosamente mis pasos para sentarse frente a la pequeña mesa de la habitación. La chica se sentía incómoda por la situación, yo aún estaba dormida y mi silencio le impacientaba excesivamente, deposité ambas tazas sobre la mesa y me senté frente a ella, luego del primer sorbo la miré esperando una explicación coherente para su visita.

-Mi padre me envió…- comenzó haciendo un gessto infantil –debemos ir al hotel para ultimar detalles y luego al centro comercial, debo comprarte un traje para esta noche… ¿recuerdas?- dijo antes de regresar la mirada hacia la taza que sostenía con ambas manos…

-Aja…- Fue mi sola respuesta

-¿Estás molesta?- Preguntó con las pupilas aamplias en un tono de voz algo vacilante

-No… solo dormida…- respondí para terminar ccon una ligera sonrisa

La chica me platicó un poco acerca de su vida, tenía 23 años, solo uno más que yo, estaba en su último año de psicología y evidentemente, le gustaban los juegos de seducción, pues en varias oportunidades acarició mis manos o me sonrió de manera sensual, mientras yo solo podía pensar que el momento no solo era agradable sino también excitante, la extraña mezcla de miradas y movimientos de sus labios eran para mi el más bello arte contemporáneo, otra vez me perdí en mis pensamientos, en mis fantasías que ahora solo la tenían a ella como protagonista, un escalofrío me electrizó la sangre cuando tomó mi mano por encima de la mesa… “Tienes todas las características de un gran pianista, tus manos son bellas, delicadas y tus finos dedos completan el conjunto…” dijo con la voz suave mientras tallaba mis dedos con los suyos suavemente. “¿Es necesario que cambie mi atuendo?” dije provocándole la risa al ver mi pijama de ositos y mis pantuflas infantiles, su risa me gustaba, la hacía verse más bella de lo que ya era, si debía bailar flamenco disfrazada de patito de hule para verle sonreír, sin duda que lo haría…

Luego de que estuve arreglada salimos en su carro, “¿Primero las compras?” preguntó al tiempo en que detenía la marcha a tres calles de mi apartamento, en la esquina del semáforo, asentí con la cabeza porque aunque lo intentaba ninguna palabra salía por mis labios, aún continuaba en mi estado de ensimismamiento. Observé en el centro comercial un enorme reloj de péndulo que marcaba más de las once y media de la mañana, sacudí mi cabeza sonriendo al comprobar que la chica era verdaderamente una fanática por las compras, llevábamos una hora dando vueltas en círculo y nada parecía llamarle la atención, yo por mi parte me detuve frente a un par de vidrieras observando cosas fuera de contexto, hasta que finalmente Elena se detuvo en el último comercio del tercer corredor embelezada, al acercarme noté que su mirada estaba fija tras el cristal observando con devoción un traje color vino tinto, de corte francés y caída americana, exactamente uno de esos que utilizan las mujeres de la alta sociedad para grandes eventos en épocas invernales; estaba combinado con una delicada camisa tres cuartos color rosa pálido, me tomó por un brazo para ingresar a la tienda. “¿Ya está?” preguntó algunos minutos después de que hubiera ingresado al vestidor, respondí afirmativamente mientras ella abría la puerta e introducía su cuerpo en aquel pequeño compartimiento. La cercanía me puso nerviosa: “Magnífico” exclamó en medio de una sonrisa de pie tras mi espalda, me sujetó por la cintura acomodando el saco para luego subir un poco su mano y acomodar mis cabellos revueltos, entonces me miró por el espejo dándome a entender que por la noche debería peinarlo, levanté mis hombros en un gesto inocente y otra vez sonrió.

“¿Aún no terminas de despertar?” inquirió amablemente mientras bajábamos del carro en el estacionamiento del hotel, la chica había notado mis silencios y sonriendo le respondí que no, porque quizá era solo una mentira a medias, pues me sentía sumergida en un sueño del cual no quería despertar al encontrarme junto a ella. Sufrí el dolor de una separación momentánea, debía encontrarme con su padre en el salón de eventos, el hombre era amable, justo cuando entré estaba repartiendo algunas indicaciones a los encargados del decorado, al cabo de unos minutos me dedicó por completo su atención. En un gesto calmo, al cual por su hija ya me estaba acostumbrando, me pidió que observara el lugar con detenimiento para luego escoger un punto estratégico en el cual ubicarían el piano, señalé un rincón en el centro de la tarima ligeramente corrido unos cuantos grados hacia la izquierda, pues desde aquel sitio podía observar cómodamente toda la sala sin necesidad de girarme. Pasamos una hora organizando el escenario, todo debía encajar en simetría con el neurálgico clavicordio, entonces cuando terminamos me animé a preguntar, él hombre había sido de más joven un apasionado compositor de música clásica, su sueño más ansiado era tener un muchacho que siguiera sus pasos, pero solo había tenido un par de hermosas niñas de lo cual no cabían dudas, él le obsequió el piano a Elena cuando ella tenía tan solo quince años, pero la chica no estaba abocada a la música y el prefirió no recargar su sueño sobre sus inquietos hombros. Con un gesto melancólico y la mirada soñadora me sujetó por un hombro en medio de un suspiro: “¿Por qué escogiste el piano?” me preguntó sin siquiera verme a los ojos, pensé por un instante y le respondí: “Porque es el único instrumento capaz de plasmar el sonido agitado del alma en todos los aspectos de la vida…” dije suavemente y el hombre dejó rodar una lágrima por sus mejillas, estuve a punto de preguntar pero involuntariamente me fijé en sus manos… una era de ortopédica.

Alrededor de la una de la tarde me dirigí a la confitería del hotel, aún no había almorzado y la falta de comestibles comenzaba a punzar en mi estómago, ordené algunas verduras con una pieza de pollo desmenuzado, escogí nuevamente la mesa junto a la ventana porque siempre me atrajo observar las calles en mis ratos libres, quizá iba por el tercer bocado cuando alguien apartó la silla frente a mi: “¿Puedo acompañarte?” escuché decir e inmediatamente identifiqué a Elena colocando los alimentos frente a mi sin siquiera esperar por una respuesta, me sonreí en silencio entonces una nueva pregunta se escapó de sus labios: “¿Siempre eres tan reservada?” Con una leve mueca en mis labios la miré a los ojos, estaba nerviosa pero debía pronunciar alguna palabra con urgencia: “Solo cuando estás cerca…” reconocí casi en un susurro solo para observar el tierno gesto que se dibujó en su rostro, mientras un ligero tono escarlata coloreaba sus pecosas mejillas; ella sonrió y otra vez olvidé respirar, me quedé enganchada de su sonrisa por algunos minutos, asombrada porque ella en ningún momento se sintió amedrentada y jamás esquivó mi contemplación… volví a sonreír antes de tomar un poco de agua. Nuestro venerado mutismo se vio interrumpido por el sonido demandante de su teléfono móvil, por respeto dirigí toda mi atención hacia el otro lado del cristal, una ligera llovizna se desprendía del cielo mientras que sin proponérmelo le escuché concertar un encuentro con alguien por la noche, apuré el bocado mientras ella colocaba el aparatito en su cintura y algo confundida la miré directo a los ojos, Elena había utilizado el apelativo de “mi amor…” durante su corta plática por teléfono y esto me había sacudido instantáneamente el alma, me pareció racional que una mujer tan excepcional como ella no estuviera sola, pero no pude evitar sentir algún celo al comprobarlo: “Era mi sobrina de cinco años, vendrá esta noche con su hermana…” dijo sin que yo hubiera preguntado mientras tomaba mi mano por encima de la mesa y dejaba entrever un gesto de total angustia en su rostro, entonces el alma me regresó al cuerpo y sin soltar su mano le obsequié un sonrisa de felicidad.

Pasé el resto de la jornada en el hotel, platiqué algunas horas con Elena mientras los meseros terminaban de preparar las mesas para la cena, miré el reloj otra vez y solo 20 minutos me separaban del inició del evento, me puse nerviosa, quizá demasiado. “Vamos…” me dijo la chica tomándome de la mano para dirigirme tras bastidores, ese ligero roce de su piel con la mía me hacía sentir sobrecogida en lapsos; me entregó el traje y cuando ya lo tuve puesto me sentó frente a un pequeño espejo, roció mis cabellos con fijador luego de peinarlo hacia un lado, se arrodilló frente a mi para empolvar ligeramente mis mejillas… su perfume embargó mis sentidos de inmediato, ese delicado aroma a flores silvestres que en cada suspiro me agitaba el corazón, me sentí más inquieta por la cercanía espontánea, sus ojos recorrían cada centímetro de mi rostro para terminar siempre en mis labios, inconscientemente los humedecía por el estado de abstracción que su semblante sereno me producía, cerré mis ojos momentáneamente y al abrirlos me encontré con un gesto vacilante en sus facciones, tomé la mano que acomodaba mis cabellos para sostenerla entre las mías… “¿Estarás cerca…?” le dije utilizando un tono de voz algo temeroso, ella sonrió, “Siempre…” fue su sola respuesta antes de que me pusiera de pie para saltar al escenario.

Antes de comenzar con mi clásico repertorio, me tomé unos segundos luego de que un presentador dijera mi nombre, para acariciar aquellas letras talladas bajo la tapa, suspiré profundamente y le di movimiento a mis manos, pero no toqué como suelo hacerlo con frecuencia, esta vez imaginé que cada una de esas teclas eran un rincón del cuerpo de la mujer que me había robado el corazón con una simple sonrisa, sus delicadas manos, sus atractivos labios, sus insondables ojos, su sonrisa brillante, sus delgados hombros, la línea de su clavícula, los huesillos de su espalda, su pálida piel salpicada de pecas, los muslos firmes y el calor de su vientre. Mis ojos estuvieron cerrados en todo momento, la fantasía ahora era amarla hasta el final de mis días, adorarla como un humano admira a los Dioses del Olimpo, dedicarle cada instante de mi rutina y cada acto de mis días… de repente todo perdió el color en la sala, las luces se apagaron y un reflector se reflejó sobre la brillante madera del lomo del piano, la última pieza de la noche previa al cierre del evento… no había leído las partituras que el señor Katin me había enviado con su hija, toqué una vieja canción que mi abuela solía cantarme antes de dormir, una canción de cuna que con los años fui perfeccionando hasta convertirla en una pieza de música clásica; el hombre me observó curioso pero complacido, mientras sus ojos se ponían cristalinos.

Al bajar del escenario el hombre me sujetó en un apretado abrazo, felicitándome emocionado, me sentí satisfecha, aquel hombre que su vida entera le había dedicado a las partituras estaba adulándome por mi interpretación; regresé a los bastidores, me senté frente al espejo algo desconcertada, el sonido crujiente de pasos delicados tras mi espalda no fueron suficientes para distraer mi atención, “Tocaste maravillosamente…” dijo la voz angelical junto a mi oído mientras se arrodillaba frente a mi entre mis piernas, sus ojitos estaban aguados y apresuré mi mano para cercar las lágrimas que nunca rodaron por sus mejillas, besó las palmas de mis manos con devoción… “Contigo a mi lado tocaría el cielo con las manos…” susurré tan suavemente como pude al tiempo en que acercaba mi rostro hasta confundir nuestros alientos, humedecí sus labios con los míos hasta terminar enredadas en un sincero abrazo, “Tu eres mi cielo…” susurró junto a mi oído y en ese instante, comprendí que ya no tendría necesidad de quimeras o fantasías.

Ella despierta todas las mañanas con las primeras caricias del día, con el cuerpo prisionero de mi abrazo y el alma dentro de mi cuerpo, yo descanso por las noches con el sabor de su nombre en mis labios y la visión de aquella mirada felina calentándome los sentidos, ella es mi pasado, mi presente y mi futuro por el resto de la eternidad, la persona que me ama justo como yo le amo y así, entre luces y sombras Elena es para mí la realidad que por las noches sueño y que realizo cuando despierto con su cuerpo junto al mío.

 -  Fin.  -     

 

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DE FANS PARA FANS

Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda  semejanza con la realidad es pura coincidencia.

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