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La amiga de una amigaPor: Nichya |
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CAPÍTULO I: Yulia y Katia (por Yulia)
Del matrimonio de mis padres la única hija que tuvieron fui yo, nunca supe
exactamente la razón pero tampoco me interesó averiguarlo; desde pequeña aprendí
a arreglármelas sola pero a la hora de jugar me aburría terriblemente; acababa
de cumplir los seis años cuando junto a mi casa, se mudó la familia de Katia,
ella también era hija única pero su madre había fallecido luego del parto, los
médicos le había dicho que su edad no le sería de mucha ayuda, pero su mayor
deseo era tener un niño. No tardamos mucho en hacernos grandes amigas, pronto
comenzamos la primaria y desde ese día jamás volvimos a separarnos; fuimos
siempre como hermanas aunque con el paso del tiempo nuestras personalidades
comenzaron a diferenciarse, de hecho, durante la secundaria nadie podía creer
que siendo casi polos opuestos nos lleváramos tan bien.
Éramos muy diferentes pero nos complementábamos increíblemente, Katia era una
joven enérgica, entusiasta, gustaba de las multitudes y las grandes movidas
nocturnas, adoraba salir de marcha todos los fines de semana aunque estuviera
castigada, amaba salir de compras dos veces al mes, leía libros con historias de
amor y escuchaba música pop. Su modo de vestir iba acorde a su estilo de vida,
siempre a la moda consumiendo todo aquello que una revista o una vidriera le
dijera que haría furor en la temporada. Durante la secundaria, siempre
encontraba un pretexto para escapar de las clases, o inventaba historias a sus
padres para salir el sábado por la noche al antro de moda del barrio contiguo;
siempre nos metíamos en líos y casualmente, siempre nos salíamos de ellos de
algún modo.
A mi me gustaban otras cosas, siempre fui muy dinámica, incansable, me gustaba
pasar tiempo escribiendo historias en mi cuarto, escuchar rock y vestirme en
contra de la moda, a diferencia de ella, yo siempre gusté de la imagen de chica
rebelde y problemática, aunque esto solo fuera una careta. A los catorce años
corté mis cabellos rubios y los teñí de negro, a los quince me colgué un
piercing en la ceja derecha y luego uno en el ombligo. También me gustaba salir
de compras pero no con ella, pues hacerlo significaba recorrer Moscú de
principio a fin para regresar a casa con una bolsa solamente, así era ella de
indecisa. Siempre nos cubrimos en nuestras pequeñas mentiras, tanto como para
escapar de clases o salir de antro, su padre confiaba mucho en mi porque a pesar
del aspecto sabía de mi buena educación y de mi responsabilidad, claro, ambas
imágenes eran acertadas y equívocas a la vez, según la conveniencia.
Durante la secundaria, día tras día caminábamos hasta la escuela renegando por
tener que levantarnos temprano, Katia decía que ese era el castigo que nos
imponían por ser jóvenes, pero cambiábamos de idea cuando nos encontrábamos con
el resto de nuestras amigas. A los 16 años descubrí que estar de novia con un
muchacho me resultaba aburrido, luego de intensos meses de tortura y de buscarle
una solución a mi problema, acepté que definitivamente me gustaban las chicas;
en ese entonces tuve miedo de contárselo a ella, pues nuestra amistad era tan
especial y tan importante para mi, que aún sabiendo que ella me querría igual,
no podría evitar sentirme incómoda en lapsos. Un mes antes de cumplir los 17 la
invité a casa y se lo conté, mis padres ya lo sabían y aunque en un principio
les costó asimilar la noticia, entendieron que esa era mi felicidad y lo
aceptaron; Katia se echó a reír hasta el punto de no poder respirar, debí
haberlo imaginado, si alguien me conocía a la perfección después de mis padres,
esa era ella. Siempre lo había sabido, incluso antes que yo, solo esperaba que
yo lo descubriera y lo aceptara, le agradecí mucho el gesto desinteresado de
acompañarme, sobre todo cuando comencé con mis historias de amor fallidas que
siempre terminaban por dejarme el corazón en pedazos.
Una mañana, durante el recorrido habitual de casa a la escuela, observamos un
bello apartamento cerca del centro en alquiler, ella se detuvo en medio de la
calle y cuando noté que no estaba a mi lado me regresé: “Tú y yo viviremos en
ese apartamento antes de ingresar a la facultad…”, me reí ante su cometario, le
di un empujón y seguimos el camino. Un año después le di la razón, justo cuando
hacíamos la mudanza, rentamos el apartamento, nos independizamos de nuestros
padres y desde aquel momento comenzamos a escribir una nueva historia en
nuestras vidas. Sería toda una aventura la convivencia, y tendríamos el camino
libre para hacer travesuras sin restricciones.
Katia ingresó a la facultad de psicología ubicada a veinte calles de nuestro
hogar, yo me inscribí en la academia de música para perfeccionarme en el piano,
e ingresé a la facultad de vocalización, a 15 calles del apartamento. Debimos
organizarnos para que la convivencia fuera más sencilla, yo me ocuparía del
orden, la limpieza y la comida, y ella de todo el resto, pronto nos
acostumbramos y aunque a veces discutíamos por tonterías, nos divertíamos
muchísimo. Nuestras vidas por aparte eran diferentes, yo asistía con frecuencia
a los antros gay y ella a las discos de moda, no compartíamos las amistades ni
los conocidos, y casi nunca salíamos juntas, pero cuando lo hacíamos, siempre
regresábamos con el atardecer del día siguiente, no teníamos límites a la hora
de salir; nuestros padres se preocupaban mientras nosotras nos tomábamos la vida
con la simpleza que se merece… totalmente despreocupadas de todo.
CAPÍTULO II: Elena y Katia (por Lena)
Mi padre fue durante mucho tiempo un codiciado músico de Moscú, casi nunca
estaba en casa debido a sus continuos viajes, durante el secundario le
ofrecieron un puesto en una academia de Arcángel, un empleo que no pudo
despreciar debido a la excelente paga ofrecida, nos mudamos con perro y todo a
una casa que rentaron específicamente para nosotros; perdí el año en la escuela
y me enfadé mucho cuando me dieron la noticia, debía dejar a mis amigos de toda
la vida atrás durante un largo y triste año. Al ingresar a la facultad de
psicología conocí a Katia, un año menor que yo, pues tenía 19 y ella 18 recién
cumplidos; el primer día de clases me sentí en extremo nerviosa, era muy tímida
y conocer gente nueva no era para mi un placer exactamente; estaba sentada en la
última fila del salón cuando me preguntó si podía sentarse a mi lado, en un
breve relato me comentó ser de la clase de chicas que solo ingresan a clases a
pasar el tiempo y por eso prefería estar lejos del escritorio de los profesores,
no podrían controlarla minuciosamente… bueno, ella no sabía en aquel momento que
la facultad no era lo mismo que la secundaria o la preparatoria.
Pronto nos hicimos amigas, pasamos de compartir las horas de estudio a compartir
también los ratos libres; no tuvo que hacer mucho esfuerzo para convertirme en
su cómplice de travesuras, me arrastró con ella a la perdición. Comenzamos a
salir los fines de semana por la noche, para regresar a altas horas de la
madrugada, siempre me platicaba acerca de Yulia y el apartamento que compartían,
de sus travesuras y de los líos en los que se metían, allí fue cuando mi mente
comenzó a crear una imagen de Yulia que tiempo después acreditaría en persona.
Recuerdo que una tarde, Katia había llegado a mi casa con urgencia, había hecho
una cita doble con dos ex novios y no podía zafarse de ellos, Yulia estaba
enferma y no se le ocurrió mejor idea que pedirme que me hiciera pasar por su
pareja, no podía fallarle y pese a mis súplicas tuve que hacerlo.
En verdad mi estilo de vida no encajaba con aquel pedido, para ser honesta era
muy fanfarrona y altanera, esa clase de gente para mi era una plaga que debía
combatir, gustaba mucho de los hombres pero por alguna extraña razón mis
relaciones con ellos eran traumáticas y poco duraderas, sin embargo aquella
tarde me divertí como nunca, ahí estaba Katia, diciéndole a los muchachos que
había encontrado lo que le faltaba a su vida y tomándome de la mano, me puse
peor que un tomate cuando me dio un beso en la mejilla… nunca supe por qué.
CAPÍTULO III: Lena (por Yulia)
Habían pasado ya casi 7 meses de aventurados días de facultad y convivencia, era
sábado por la mañana y mientras yo aseaba el lugar ella tendía la ropa; durante
el almuerzo platicamos acerca de los estudios y cosas relacionadas: “Por la
tarde vendrá Elena, ¿recuerdas, mi compañera?” dijo restándole importancia.
Muchas veces me había contado acerca de ella, por momentos sentí celos porque
todas aquellas cosas que antes hacíamos juntas, ahora las hacía con una
desconocida, pero me alegraba mucho saber que no estaba sola en la facultad y
que tenía con quien pasar el rato al menos. Habían acordado reunirse en nuestro
apartamento para salir de marcha por la noche, pues a Lena no le daban muchos
permisos y había mentido, como Katia le había enseñado, para poder salir;
estudiarían en casa y pasaría la noche con nosotras, bueno, eso le había dicho a
sus padres. Yo no tenía planes para ese fin de semana, Katia insistió para que
las acompañara a ese nuevo antro de rock que habían inaugurado la semana pasada,
la idea era tentadora pero no estaba del todo segura: “Luego te digo…”, le dije
al retirarme de la mesa para ir a mi cuarto.
Cerca de las cinco de la tarde, yo estaba intentando por milésima vez, sacar esa
canción de rock que tanto me gustaba en el piano, no era exactamente un piano
pero el teclado sonaba igual, el piano lo había dejado en casa de mis padres, no
había espacio en el apartamento para él. Estuve encerrada toda la tarde hasta
que finalmente el hambre me venció, estaba enfadada porque no me salía la
bendita canción así que fui a la cocina por algo de comer; fui directo al
refrigerador, tomé algunas verduras y unas piezas de carne para comenzar mi
labor de inmediato. “¡Katia! ¡Engendro!” grité riendo por el apelativo tan
cariñoso que había utilizado, ella me contestó desde su cuarto, entonces
pregunté si cenaría, no sé por qué pues era obvio que lo haría, “Si, pero
recuerda que somos tres…”, dijo en respuesta, claro, Lena estaba con ella, lo
había olvidado. Media hora después la llamé para cenar, “Mmmm qué bien huele…”
escuché en un murmullo luego de que abrieran la puerta del cuarto, la voz me
sonó al arrullo de sirenas y sentí un intenso deseo por conocer a su dueña;
cuando apareció en la sala me quedé petrificada ante tal belleza, Katia nos
presentó pero no reaccioné, “Hey… ¿quieres un babero?” me dijo bromeando…
“Demonios, me las pagarás…” pensé mientras el calor se apoderaba de mis
mejillas, fue un verdadero bochorno.
Durante la comida no hice más que observarla, ellas me platicaban de cosas in
entendibles para mi, estaba prendada de esas delicadas y pecosas manos, el modo
en que tomaba los cubiertos y ¡Oh por Dios! La forma en que sus labios se movían
cada vez que llevaba un bocado a su boca, el vaivén era un sensual gesto que me
dejó atónita de un segundo a otro, jamás en mi vida había visto una criatura
igual, y lo mejor de todo fue que ella también me observaba en minucioso estudio
de mi persona, cada tanto la risita infantil de Katia desviaba mi atención de
los ojos verdes ligeramente grisáceos de Lena. Al terminar la cena, me sentí
completamente satisfecha por los halagos recibidos, sin duda las clases de mamá
me habían servido para algo.
Cambiamos de sitio hacia los sillones de la pequeña sala, Katia me platicaba
acerca de los planes para la noche, yo solo pensaba en la bella pelirroja
sentada frente a mi, sus pálidas manos cubiertas de pecas, su cabello rizado
balanceándose cuando la plática le provocaba sonrisas, ese gesto tan tierno de
sus labios curvados al sonreír, el modo en que los humedecía levemente con su
lengua antes de hablar, el sonido calmo y dulce de su voz, el modo en que sus
facciones se transformaban al entrecerrar los ojos luego de verme, no podía
dejar de admirar a la extraña aparición que poco a poco fue apoderándose de mi
mente y mi corazón. Aquella fue la primera vez que le vi, y la primera en toda
mi vida en que sentí en verdad lo que era desear conquistar el amor de alguien.
Lena comenzó a visitarnos con más frecuencia, pero mis obligaciones fueron
aumentando en número cuando conseguí aquel empleo como asistente de un profesor
en la facultad, el dinero me hacía falta… algunas noches llegaba tarde y muy
cansada, pasaba frente a la puerta del cuarto de Katia y escuchaba sus voces
alegres riendo y platicando, siempre me detenía unos minutos a escucharla, era
algo que sencillamente no podía evitar. Otras veces, cuando llegaba de
madrugada, dejaba mis carpetas en la sala y me topaba con Lena saliendo del
cuarto, entonces interesada me preguntaba por mi día, yo solo suspiraba y
respondía siempre lo mismo… “Tedioso…”, le daba un beso en la mejilla y me
encerraba en el cuarto. Recuerdo su comentario aquella vez que me vio con mis
ropas de facultad y trabajo, pues en casa siempre vestía con ropas anchas… sus
pupilas se ampliaron al verme enfundada en mi traje negro y aquella camisa
blanca: “Debo verme normal en el trabajo…” le dije riendo para perder la razón
al verla sonreír tímidamente. Cuando salían juntas los fines de semana, Lena
siempre se quedaba en el apartamento, yo llegaba los domingos luego de la marcha
cuando ellas recién se levantaban de dormir: “Linda juerga tuviste…” me decía en
un leve tono enfadado cuando escuchaba los forcejeos con la puerta, a veces
tomaba un poquito de más; yo sentía que era mi madre quien me regañaba, “Prometo
que no lo volveré a hacer…” decía cerrando otra vez la puerta del cuarto.
Lena tenía eso de responsable, se enojaba cuando por ahí pasaba la noche sin
dormir completando carpetas o llenando formularios del trabajo, ellas
estudiaban, no lo dudo, pero extrañamente ella siempre estaba en casa, ya no era
raro verla durante las noches, me dejaba una taza de café sobre el escritorio,
pasaba la mano sobre mis cabellos y luego regresaba a la cama en el cuarto de
Katia; me gustaban sus gestos preocupados, me hacía sentir importante pero a la
vez me entristecía, pues a pesar de que algunas veces me dejaba confundida con
algún comentario, yo sabía que ella no estaba a mi alcance, además era muy amiga
de Katia, nada… no podía aventurarme más allá de una simple amistad.
Recuerdo aquel viernes por la noche en que un par de muchachos tocaron la puerta
del apartamento, Katia había dicho que saldrían de marcha con unos amigos, Lena
estaba en la sala mientras yo buscaba en el aparador un libro que necesitaba,
Katia estaba terminando de arreglarse y la pelirroja se veía realmente bella
aquella noche. Atendí el llamado y el corazón se me rompió en un sonido
agonizante cuando Lena saludó a uno de ellos con un ligero beso en los labios,
olvidé que buscaba el libro y me retiré a mi cuarto, tenía ganas de morir, no
sabía que mi adorada niña estuviera con alguien, pero lo había imaginado…
“Demasiado perfecta para estar sola…”, pensé mientras una lágrima rodaba por las
mejillas; justo entraba Katia para informarme de su partida, “que se
diviertan…”, dije en un tono despreocupado, sin voltear a verla… ella se quedó
por unos segundos observándome desde la puerta y luego se fue; me eché a llorar
como muy pocas veces en mi vida lo había hecho.
CAPÍTULO IV: Yulia (por Lena)
La primera vez que vi a Yulia, recuerdo haberme quedado prendida de sus bellos
ojos azules, jamás había visto algo tan hermoso como ese trocito de cielo que de
algún modo, iluminó mi alma en un primer momento, al extender su mano para
saludarme no pude evitar acercarme un poco más para besar sus mejillas, eran
tibias y suaves, pero en ese entonces no le di más importancia. Durante toda la
tarde la había escuchado renegar con el teclado, de tanto en tanto escuchaba el
sonido de la puerta de su cuarto abrirse para luego cerrarse, sentía curiosidad
por esa Yulia rebelde de la que tanto me platicaba Katia, aunque claro, ella
nunca me dijo que Yulia fuera tan especial, eso lo descubrí por mi misma con el
paso del tiempo.
Ella me trataba como a cualquier persona, durante las pláticas notaba sus
silencios pero jamás me imaginé que se debía a la extrema atención que ponía en
mis palabras, Katia siempre había dicho que Yulia era un poco rara hasta que la
conocías, sin duda me gustaba su estilo personal al vestir y sobretodo al
hablar, sus opiniones sobre casi todos los temas eran extrañamente acertadas,
aunque la lógica que utilizaba para hacerlas eran sus propias experiencias en la
vida. Katia nunca había mencionado nada acerca de sus preferencias sexuales,
durante mucho tiempo me pregunté por qué estaba sola, por qué todos los llamados
eran para Katia y por qué era ella quien marcaba los números; ese era un hecho
que de sobremanera me inquietaba pero no me animé a preguntar.
En la noche de un sábado, ellas estaban en el cuarto de Yulia y aunque no
acostumbraba a hacerlo, me quedé tras la puerta para escucharlas, Katia
preguntaba acerca de sus planes de salida: “Martina y yo iremos a cenar, se lo
prometí hace unos días y pues, no he pasado mucho tiempo con ella últimamente.”
La respuesta me escandalizó enseguida, me sentí tontamente traicionada, pues
pasaba tanto tiempo con ellas que me molestó de sobremanera que no me lo
hubieran informado… minutos después comprendí las razones de Yulia para no
hablar, yo no era su amiga y la vida sexual de las personas son cosas muy
privadas, entonces dejó de molestarme pero por momentos me sentí incómoda, pues
al descubrir esto comencé a fijarme un poquito más en ella cada día, sentía
curiosidad por su forma de vida, algo que de no haber conocido a Katia jamás
hubiera percibido, pero ni una ni otra me habló acerca del tema, quizás lo
tomaron como una obviedad, y en realidad, sí lo era.
Yulia tenía ese carácter apasionado cuando hacía algo, siempre lo notaba a la
hora de la comida, era muy minuciosa con que todo estuviera en la medida justa,
cuando tocaba el piano se encerraba por horas, cuando escribía sentada en la
pequeña mesilla que tenían en el balcón nadie podía apartarla de su estado de
trance, se sumergía en un mundo al que inconscientemente yo quería colarme.
Cuando me hablaba sentía que a pesar de estar equivocada tenía toda la razón, a
veces me discutía sobre filosofía y psicología, ciencias que le agradan
muchísimo, entonces los debates eran animados, su forma de hablar tan segura me
producía un estremecimiento tal, que no encontraba motivos para objetar sus
afirmaciones, a veces me sentía intimidada cuando me escuchaba con suma
atención, luego sonreía y con ese gesto me sentía satisfecha. Me agradaba mucho
pasar el tiempo en el pequeño apartamento, Katia era ahora mi mejor amiga y
algunas veces me sentía fuera de lugar, sentía tontamente que estaba desplazando
el lugar de Yulia en su vida, pero solo eran imaginaciones mías; pues la
relación que ellas tenían era completamente diferente a la que yo llevaba con
Katia.
Algunas veces Yulia llegaba a altas horas de la madrugada del trabajo, escuchaba
el sonido de la llave girando en la cerradura y casi por instinto despertaba,
sus pasos arrastrados hasta el baño y luego hasta el cuarto aceleraban mi
corazón, entonces me levantaba con la excusa de ir por un vaso de agua y la veía
con los ojitos enrojecidos por forzar la vista y el semblante derrotado, en esas
noches se veía más pequeña que de costumbre, me daba un ligero beso en la
mejilla y sin decir nada se iba a dormir… hoy puedo asegurar que me dolía ver
cómo se sacrificaba por el dinero, casi no salía y cuando lo hacía, regresaba a
media mañana con la mirada turba y un ligero tambaleo en sus rodillas. Me
enojaba verla llegar en ese estado y se lo hacía notar, solo para que luego
apareciera Katia riendo y felicitando su estado de embriaguez.
Ninguna lo mencionaba pero claramente, Yulia tenía un problema con la bebida, no
llegaba en un estado terrible, pero sí bastante alegre, sus continuos desengaños
amorosos era el único problema de verdad en su vida, le costaba asumir que sus
relaciones eran caóticas y enfermizas, era evidente que aquellas amistades que
tenía no eran las mejores, tampoco los lugares que frecuentaban, pero yo no
podía inmiscuirme en sus asuntos. Una mañana durante una clase libre en la
facultad le comenté a Katia mi preocupación, ella me dijo que ya lo sabía y
entonces me contó acerca del problema de Yulia, a ella no le molestaba estar
sola, pero si le enfadaba no poder conocer una muchacha que estuviera a la
altura de sus expectativas, todas eran fiesteras y a ella le gustaban las
relaciones serias, no todas pero ya estaba en edad de tener una; comprendí
entonces pero esa no era la solución del problema.
Algunas tardes de estudio en el apartamento, sentía un disimulado rechazo de
ella para conmigo, la veía ausente yendo y viniendo del cuarto a la cocina,
respondía con pocas palabras y muy fríamente a las preguntas casuales que a
veces le hacía, esto me ponía triste porque en todo ese tiempo le había tomado
un afecto enorme, sobretodo desde aquella vez que mis padres me regañaron al
descubrir mis mentiras y fue a dar la cara porque Katia estaba enferma; en
verdad teníamos que estudiar pero no me dejaban salir, llamé por teléfono y
Yulia se ofreció a ayudarme. Mis padres le creyeron cuando dijo que éramos
compañeras y que debíamos presentar un proyecto, me salvé de una grande pero en
el camino de regreso a su casa no pronunció palabra alguna, sus silencios en un
punto se tornaron demasiado frecuentes, algunas veces un simple saludo era todo
lo que podía escucharle.
Cuando Katia y yo comenzamos un noviazgo con unos chicos de la facultad de
filosofía, la clase justo al lado de la nuestra, dejé de tomarle mucha
importancia a Yulia, hoy creo que aquel muchacho solo fue un intento
inconsciente por convencerme de que no estaba enamorándome de Yulia, pues aunque
era bien parecido no le encontraba sentido a la relación. Una noche ellos
pasaron a recogernos para ir a cenar y luego de marcha, Yulia estaba en la sala
y fue ella quien atendió la puerta, luego de darle a Dimitri un suave beso sobre
los labios la miré, ella agachó la mirada para esconder esa lágrima que ya había
notado, entonces se fue. La noche me pareció eterna y no pude dejar de
preguntarme el por qué de su angustiado gesto, pensé entonces que quizás ella
sentía algo por mi pero luego recordé que durante toda la jornada había estado
actuando de modo extraño, quizás el ver una pareja le hacía recordar su problema
y le angustiaba; sin embargo a mi me había dolido verla de ese modo. Por la
tarde del siguiente día la crucé en la calle, ella caminaba junto a una muchacha
muy bonita mientras yo iba en dirección al apartamento, reía sinceramente y debo
reconocer que esto me produjo un sentimiento que jamás había sentido, estaba
celosa y cuando me presentó a la joven quise matarla o en el mejor de los casos
echarme a llorar, estuve deprimida todo el día.
CAPÍTULO V: Tres en uno (por Yulia)
Katia y yo, estábamos ya acostumbradas a la presencia de Lena en el apartamento,
a un año de habernos conocido, la idea de ser tres en lugar de dos comenzó a
nacer imprevistamente, llevábamos una amistad en extremo agradable y no había
indicios de discordia bajo ningún punto de vista. Aquella tarde de vacaciones,
estábamos platicando con una agradable música de fondo en el balcón, entre risas
y bromas, Katia saltó de su silla con la propuesta de la mudanza… me quedé
boquiabierta ante su determinación, lo habíamos discutido ya un par de veces
pero nada era seguro, me alarmé en un primer momento porque en las últimas
semanas mi relación con Lena se había convertido en un lazo frío e indiferente,
precauciones que tomaba yo cuando mi afecto por alguien inalcanzable se excedía
de sus límites. La pelirroja se tomó su tiempo para pensarlo, el problema
entonces no éramos Katia o yo, sino sus padres, quizás no tomarían a bien la
idea pero al fin de cuentas, ya estaba grandecita para independizarse, sus
veinte años y las últimas semanas de nuestros 19 no eran precisamente un punto a
favor en el tema. Finalmente, luego de ávidas discusiones con sus padres,
terminaron aceptando la decisión de Elena, y a los pocos días estaba instalando
su cama en el cuarto de Katia.
De repente las cosas se me cambiaron de sitio, los nervios me traicionaban
cuando la cercanía se volvía asfixiante, no quería cometer errores con ella, y
tampoco dejarle entrever aquellos sentimientos que comenzaron a enfermarme,
Katia no mencionaba el tema pero muchas veces se quedaba en una posición
agudizada observándome, estudiando cada palabras y cada actitud hacia Lena, yo
podía escapar de cualquiera menos de mi hermana del alma. Poco a poco comenzaron
los roces con ella, mi estilo de vida tan retraído en mi propio mundo, por
momentos me nublaban la vista y no me dejaban accionar con lucidez, los
encierros en el cuarto fueron más frecuentes y las salidas el doble de casuales
que antes. Durante estos periodos de encierro, una noche Katia tocó la puerta de
mi cuarto, Lena estaba tomando un baño y el momento le pareció oportuno;
hablamos durante más de un par de horas, tocó mis puntos más sensibles y hasta
terminamos llorando abrazadas; había notado mi profundo amor por la pelirroja,
pero entendió mis motivos para actuar del modo en que lo hacía, sabía que Lena
jamás me correspondería, pues no era la clase de chica que anda con chicas o que
alguna vez pueda medir la posibilidad de hacerlo, en vida mis grandes amores
habían funcionado de ese modo y en aquel momento, ya no podía soportar otra
desilusión. Su consejo fue sincero y sabio, decirle que le amaba era un
suicidio, callar la muerte en vida… entonces mejor dejaba de soñar con sus rizos
y sus labios, me hacía a la idea de conocer otras personas y con el tiempo,
igual que en el pasado, aquella yaga ya no quemaría tanto.
Comencé a conformarme con compartir el mismo techo aunque no fuera el mismo
cuarto, caminar por el pasillo hacia la cocina sintiendo su fragancia impregnada
en el aire, ver su ropa secando al sol en el tendedero, cocinar para ella y a
veces, hasta tocar las melodías que tanto le gustaban cuando me encontraba sola;
era una tortura para mi entonces, pues todo lo que encontraba al paso llevaba su
nombre grabado a fuego, sus carpetas, sus libros, su delicada caligrafía en las
notas junto al teléfono, su chaqueta en el perchero, el cepillo de dientes junto
al mío, y el suave olor de su cuerpo navegando entre el vapor de sus baños
matutinos. Recuerdo aquel gesto de tristeza dibujado en su rostro aquella tarde
de domingo, Katia de compras y yo en el cuarto, ella atendió el llamado del
teléfono, una de mis conquistas esperando concertar una cita, en vano, pues ya
hasta le había perdido el sentido a ello. Lena tocó tímidamente la puerta de mi
cuarto para transmitirme el mensaje, atendí el llamado y luego de persuadir la
invitación colgué el auricular, ella me observaba desde la mesa e inmediatamente
devolvió la vista a sus libros, el papel sobre la mesa se arrugó segundos
después, a pesar de que había intentado esconder su rostro entre los rizos, una
lágrima rebelde se le había escapado sin poder evitarlo, ¿qué significaba eso?
Me lo pregunté durante un largo tiempo.
CAPÍTULO VI: La distancia y el silencio de Yulia (por Lena)
A veces la veía andar por el apartamento en su pijama, sobre todo los domingos
al medio día, cuando al ritmo de la música preparaba sus alimentos y yo fingía
estar prestando atención al periódico dominical, sacudía la cabeza sobre sus
hombros y de tanto en tanto pegaba un grito que me arrancaba de las
concentración pasajera, entonces reía ante la figura infantil de cabellos
rebeldes que parecía estar adorando la vida solo por el echo de tenerla. Hacía
tiempo que sus silencios me dejaban el sabor amargo de la incertidumbre, aquello
era ahora una costumbre luego de mi mudanza, y yo no encontraba explicaciones
para sus modos tan fríos de dirigirme la palabra, me costaba hacerla sonreír o
decir una oración completa, las dejaba en el aire como si yo debiera
terminarlas, eso me hacía sentir descontrolada en extremo.
Yulia era bella, me gustaba observarla a hurtadillas concentrada en el almuerzo
o en la cena, o quizás verla correr por sus carpetas por haberse quedado dormida
cuando tenía clases, me gustaba despertar temprano cuando sabía de sus
trasnochadas inducidas por el agobio, pues cuando el reloj se encimaba a las
siete treinta tenía un pretexto para irrumpir en su cuarto, murmuraba palabras
in entendibles, daba un par de vueltas cubierta por las cobijas completamente, y
resignada se sentaba con el cabello revuelto y un gesto de profunda desilusión
en el rostro… “Llegarás tarde…” le decía en medio de una sonrisa cuando me
rogaba casi al borde de las lágrimas que la dejara dormir unos minutos más; “Te
pareces a mi madre…” decía también sonriendo para luego regresar al gesto duro
de su frialdad, al terminar el desayuno tomaba sus cosas y salía a pasos
agigantados gritando un simple “te veo luego…” antes de atravesar la puerta de
salida.
Aquella noche en que tomaba un baño, al salir me encontré con las voces
exasperadas de Katia y Yulia, discutían en el cuarto de mi morena, me acerqué un
poco hasta la puerta para escuchar un poco más, en un claro gesto de
preocupación Katia le decía que ya no podía seguir así, que debía frenar “eso”
antes de que las cosas tomaran otro rumbo y ya no pudiera mantenerlas bajo
control, pero mi corazón dio un vuelco al escuchar aquellas palabras que sin
saber por qué, me obligaron a llorar hasta el final de su discusión, “Dime cómo
hacer para no amarla ¿te crees que me gusta todo esto? ¿qué disfruto del dolor
que me provoca saber que nunca podré alcanzarla? Dime cómo Katia, y yo te juro
que lo haré sin pensarlo…” le había dicho llorando con la voz quebrada y en
forma de súplica. Tiempo después de aquello, Katia entró al cuarto, yo estaba
tumbada sobre la cama observando una pequeñita araña tejer su fina tela, hacía
algunos minutos que había dejado de llorar, ella se sentó al borde de su cama,
sus manos colgaban sobre sus piernas y con la vista delineaba las baldosas: “Has
estado llorando…” me dijo cuando nuestras miradas se cruzaron, no respondí y
tampoco le di importancia, “Tú también…”, ella me miró ahora: “Es Yulia, ya no
sé qué hacer, no entiende razones de nada…”, me dijo mientras me acercaba a ella
para abrazarla, “Detesto verla sufrir de esa manera, su vida siempre ha sido
igual y ella se merece quien la ame de verdad, no merece esta vida de medio
rublo que tiene, no la merece en verdad…”, me dijo llorando casi sin respiros de
por medio; entonces las palabras se me anudaron en la garganta, compartía el
dolor de su amiga y lo sentía como propio, pero mi propio egoísmo no me dejaban
comprender lo que Katia me explicaba, yo solo sentía furia y dolor porque de
quien comenzaba a enamorarme había vendido su corazón a nadie en realidad, y yo
quería que fuera mío.
Inventó el nombre una chica cuando me narró la historia, entonces pensé que el
distanciamiento que Yulia había tomado para conmigo se debía al mismo
sufrimiento, creo que nunca me hubiera atrevido a pensar que aquella inexistente
desconocida fuera yo, y todo era una contradicción entonces, porque yo no
lograba aceptar que me había enamorado de una chica, de una chica a la cual no
podía dejar de ver ni esperar, que cuando caminaba tras mi espalda sentía un
escalofrío recorriendo mi cuerpo al notar su presencia, que atendía el llamado
de sus conquistas frente a mi pero jamás les decía palabras de afecto concretas,
solo indirectas atravesaban el teléfono… la amaba pero no podía concebir la idea
de hacerlo, yo tenía planes para mi futuro, casarme, tener hijos como cualquier
mujer lo desea hacer, pero una simple sonrisa de Yulia me hacía olvidar aquel
sueño que cada vez se encontraba más lejano a mi realidad; tanto ella como yo,
sufríamos en la agonía de amar a quien no nos correspondía…
Comencé a deprimirme rápidamente, había dejado las salidas nocturnas con Katia
solo para quedarme sola en casa, pues Yulia en su desesperación se arrojaba a la
noche sin rumbo alguno y regresaba a media mañana con mucha suerte, pues a veces
aparecía por la tarde o cerca del ocaso, su mirada estaba vacía, casi no hablaba
a la hora en que las tres nos reuníamos para comer, me contagió la tristeza de
revolver los alimentos en el plato sin probar bocado, comencé a evitarla, sus
continuas frialdades me hacían daño y cada vez que le veía animada, recordaba
que alguien más le provocaba esa felicidad pasajera; yo no tenía coraje para
decirle que la amaba con profunda devoción.
CAPÍTULO VII: Lena se va durante un año (por Yulia)
Para las fiestas de fin de año, cada cual pasaba la noche con sus respectivas
familias y luego, de madrugada, nos encontrábamos en el apartamento para
terminar la velada sentadas bebiendo en la sala y riendo sin parar; estábamos ya
cada una en el tercer año de su carrera, y en aquellas horas hacíamos un balance
del año que se iba. Cuando Lena esa noche nos dio la noticia, de la cual Katia
se había enterado durante el periodo de exámenes finales, sentí tanta furia y
tanto dolor que quise arrojarme a sus pies a suplicarle que no se fuera, que no
me dejara sola… pero me contuve, desde mi lugar la observé incrédula ante la
sentencia que me dictaba: “Obtuve la beca… estaré de intercambio durante un año
en la facultad de psicología de San Petersburgo, parto en la primer semana de
febrero…”, y mientras su voz se apagaba el corazón me sacudía el pecho, me
disculpé sin darle más que una fría felicitación y me encerré un momento en el
sanitario.
Creo que aquel fue el año más duro de toda mi existencia, Katia tenía otros
amigos y ya no pasábamos tanto tiempo juntas, mi agonía era interminable, cada
mañana y cada tarde en que no escuchaba sus pasos lentos recorrer el
apartamento, me sumergían en un profunda desolación que no lograba combatir; a
veces se me turbaba la mirada cuando pasaba por la puerta de su cuarto y veía su
cama sin usar, o sus papeles en el buró junto a los pocos libros que había
dejado, escondí algunas fotos de ella entre mis carpetas y mis libros
preferidos, sobre todo aquella que habíamos tomado en verano, yo estaba sentada
en el piso del balcón leyendo, aparecieron las dos y Lena se sentó entre mis
piernas, echando la cabeza hacia atrás y tomando mis brazos para enredarlos a su
cintura, Katia tomó aquella foto que tan bien conocía ya de memoria.
Durante aquel año compuse para ella más de medio millón de canciones y escribí
la otra parte de poesías, pasé los días sumergida en mi burbuja de cristal a
punto de quebrarse, Katia me insistía en que saliera de mi estado de
ensimismamiento, que enfermaría de no hacerlo, entonces seguí su consejo pero
cada vez que sonaba el teléfono, me arrojaba sobre él con la esperanza de
escuchar la dulce voz del ángel, que al partir me había llevado con ella. A
mediados de julio conocí una muchacha, me recodaba mucho a Lena por su
personalidad pero claramente no era mi pelirroja, comenzamos una relación que
poco a poco comenzó a desplazar a Elena de mi corazón, aunque esto era
imposible, pues mi corazón era ella por completo; fue un respiro para mi
asfixia, al menos había conseguido pensar en ella solo unas doscientas veces en
lugar del millón anterior. Cuando llegó su cumpleaños, Katia le llamó por la
mañana, me había avisado que lo haría pero fingí estar dormida, no quería
hablarle; cuando regresó, me dijo que Lena había preguntado por mi y que la
había notado triste al decirle que no la llamaría pero que le enviaba mis
felicitaciones; me sentí culpable porque después de todo ella no tenía ninguna
culpa, era yo quien había equivocado el camino. Por la noche, salí a caminar
intentando no pensar en nada, que finalmente siempre resultaba pensar en ella,
me encontré con la vieja cabina de teléfono en la esquina cercana al parque, me
detuve frente a ella unos minutos y consultando los bolsillos de mis vaqueros
marqué el número con el pulso redoblándome la respiración:
-¿Aló? –atendió la voz al otro lado
-Aló… ¿Lena? –dije como si tuviera miedo de articular su nombre
-¿Yulia? –dijo casi en el mismo tono de vvoz que antes había utilizado yo
-Si… soy yo, no quería dejar pasar este ddía y desearte muchas felicidades… -Dije
sin saber exactamente qué decir
-Gracias Yul… cuando llamó Katia esta maññana y me dio tu recado, pensé que en
verdad no llamarías… no sabes la alegría que me da escucharte pequeña… -su voz
me sonó sincera, su alegría también, guardé silencio un momento -¿Yulia? ¿Estás
ahí?- Inquirió angustiada
-Sí, lo siento… solo estaba pensando…- reespondí confundida al haber sido
apartada de mis pensamientos- Y… ¿Cómo has estado? –Dije finalmente
-Bien, me va muy bien en la facultad peroo no puedo acostumbrarme a este lugar,
es… raro…
-Te extraño… -dije interrumpiéndola sin ssaber lo que estaba diciendo
-Yo también te extraño… no sabes cuánto… -dijo conmovida
-Lena… en verdad te extraño…- agregué conn la voz entrecortada por el llanto
-Oh Yul… no me hagas esto cariño, sabes qque en verdad no puedo esperar por estar
allí con ustedes… -dijo, pero utilizando un tono confuso en la última palabra
-Me haces falta Lena…- Las palabras me saalían sin poder controlarlas
-No llores pequeña, tú también me haces mmucha falta, y verás que ya pronto
estaré allí con… con…
-Sí, lo sé, con nostras…- dije triste intterrumpiéndola
-No… contigo Yul… -y en ese momento no suupe que más decir –Quiero estar contigo
Yul…- dijo llorando ahora ella
-Lena yo… yo, debo irme, lo siento, ya noo tengo monedas y está haciendo mucho
frío…- dije dudando
-Está bien, lo entiendo… gracias por llammar…- Respondió desilusionada
-Adiós Lena, regresa pronto princesa… -diije antes de cortar la llamada sin
esperar respuesta por su parte.
Regresé de nuevo a mi soledad, ahora me sentía más moribunda que de costumbre,
intentando encontrar otros motivos para el impulso de mis palabras durante la
llamada, quise negarme su deseo de estar conmigo, me obligué a querer a Svletana,
pues no tenía nada qué ofrecerle a Lena, solo le llevaría dolor y sufrimiento a
su vida y al fin de cuentas, aquello que ella misma había dicho, me resultó tan
difícil de creer que opté por pensar que lo había imaginado.
CAPÍTULO VIII: El regreso de Elena (por Lena)
Después de la conversación que mantuve con Yulia el día de mi cumpleaños, el
apuro por regresar a Moscú me invadió de repente, cada día era más duro que el
anterior al encontrarme tan lejos de la persona que en secreto amaba, sus
palabras aquella vez me confundieron, así que necesitaba regresar para despejar
mis dudas de una vez por todas. Cuando los exámenes de fin de año terminaron,
tomé mis pertenencia y a pesar de haber conseguido una extensión para mi beca
decidí volver, en una rápida llamada le informé de mi llegada a Katia, pregunté
por Yulia pero ella no estaba, entonces sería una sorpresa, agradable esperaba.
El viaje de regresó tardó más de lo que yo esperaba, estaba tan ansiosa que las
horas de ruta se me hicieron interminables, el taxi me dejó frente al edificio,
ni siquiera había tenido tiempo de avisarle a mis padres de mi llegada, en aquel
momento mi prioridad era Yulia. Cuando ingresé al apartamento lo noté en el más
estremecedor de los mutismos, una nota firmada por Katia sobre la mesa me
informó que había ido con su padre, estaba algo resfriado y no quería dejarlo
solo, pero prometía un encuentro por la noche; caminé hasta mi cuarto para
quitarme las botas y dejar mi bolso de viaje, la puerta de la habitación de
Yulia estaba cerrada como de costumbre, no puede evitarlo y aunque deseaba
retrasar el encuentro toqué suavemente, nadie respondió del otro lado, debí
suponer que no estaría en casa, pues era domingo y acostumbraba a pasar el día
con sus padres. Vacilante me decidí a entrar, muy pocas veces lo había echo y en
ese momento, el perfume que la caracterizaba me envolvió tan suavemente que
quise salir a buscarla por todo Moscú; el teclado enfundado junto a su pequeña
biblioteca, partituras en el escritorio sobre las carpetas, las ropas usadas en
el cesto y las limpias en sus cajones delicadamente guardadas, sobre su cama
encontré un papel y un brazalete de hilo, la nota no estaba firmada, “Es
imposible no amarte cada día un poco más…”, la caligrafía indicaba que había
sido escrita por Yulia, me sentí desilusionada al leerla, seguramente sería para
alguna de sus chicas; cerré la puerta tras mi espalda y fui darme un baño, que
al terminar me llevó hasta la cama, pero la de Yulia.
El olor de sus sábanas me sumergieron en el sueño de saberme entre sus brazos,
de sentir en mi alma las suaves caricias de sus labios, de querer fundir mi piel
con la suya y escucharle decir repetidas veces que me amaba, soñé con ella como
lo hacía desde algún tiempo atrás, ahora sus caricias eran más delicadas y me
llevaban a un punto en que mi corazón parecía detenerse al contacto de mi cuerpo
con el suyo… pude incluso sentir el calor de su abrazo sujeto a mi cintura, las
suaves caricias de sus manos acomodando mis cabellos, el ligero roce de sus
labios sobre mi cuello.
Un ligero ruido comenzó a traerme de regreso a la realidad, poco a poco fui
despertando de ese sueño que me había agitado el alma, aún era de día cuando
abrí los ojos y me sentí frustrada al encontrarme sola en el cuarto, me senté al
borde de la cama intentando apartar de mi mente aquellas emociones que deseaba
con desesperación hacer realidad. Yulia debió haber regresado durante el tiempo
que estuve dormida, pues su chaqueta estaba colgada ahora en una de las puertas
del armario, el corazón comenzó a resonar en mis sienes, el simple de hecho de
saberme a escasos metros de Yulia provocaba esas sensaciones abarcando el talle
de mi necesidad por ella. Salí del cuarto esperando encontrarla sola, pues dada
la circunstancia sería mejor de ese modo; cuando aparecí en la sala, ella estaba
acostada sobre el sofá frente al televisor, las zapatillas a un lado y el
control remoto en la mano, parecía haberse quedado dormida mirando aquella
película de acción y suspenso, hacía frío en el lugar así que elevé un par de
grados más la calefacción, me acerqué a ella intentando ser silenciosa, un
ligero movimiento de su cuerpo me detuvo, pero retomé la marcha luego de unos
segundos, lo pensé por un momento y luego me recosté a su lado, con la cabeza en
su pecho aferrándome al abrazo que a pesar de ser inconsciente, me inspiraba una
seguridad jamás sentida.
Segundos después sentí su mano recorrer mi espalda, entonces con mi brazo sujeto
a su cintura comencé a acariciar el lado de su cuerpo, en silencio solo
observaba las imágenes pasar frente a la pantalla, no sabía exactamente cómo
actuar en aquel momento, lo había imaginado medio millón de veces pero ahora mi
mente estaba en blanco, como invariablemente sucedía cada vez que estábamos
juntas.
-¿Cómo estuvo tu viaje?- Le escuché decirr suavemente mientras bajaba algunas
líneas el volumen de la televisión y regresaba su mano a mis caderas
-Una tortura…- dije quejándome –se me hizzo interminable…
-Debí imaginarlo, pensé que nunca llegaríías…- dijo riendo ahora -¿A qué hora
llegaste?- Inquirió un poco menos despreocupada
-Supongo que cerca del mediodía, no lo séé realmente…- Respondí utilizando su
mismo tono de voz
-Ah, de seguro cuando salí de compras, hooy no fui con mis padres porque están de
viaje en Riazán, fueron a visitar a la familia…- dijo haciendo un gesto de
molestia, yo bien sabía que no gustaba mucho de reuniones familiares
-Deberías intentar llevar una vida de fammilia como todo el mundo…- Dije a tono
de reproche, ella rió
-Había olvidado cuánto te gusta regañarmee…- dijo viéndome a los ojos
-Sin embargo verás que yo no me he olvidaado de nada…- respondí provocándola
-¡Ja! ¿Ya hablaste con tus padres?- Dijo cambiando de tema rápidamente
-Quise resolver algunos asuntos pendientees antes de llamarlos…
-Ah… tengo hambre, ¿tu no?- Dijo sonrienddo
-Sí algo…
Entonces con delicadeza se puso de pie y caminó hacia la cocina, me quedé
pensando en lo que estaba sucediendo, las cosas no estaban tomando el camino que
yo deseaba, pues era conciente de que por alguna razón evitaba entrar en mi
juego, me costó un poco pero finalmente me armé de valor y me llegué donde ella,
estaba cortando una verduras para hacer un caldo o algo parecido, me detuve tras
su espalda, sus manos dejaron de moverse en aquel instante, y agachó la cabeza
unos cuántos grados:
-Las cosas han cambiado Lena…- comenzó diiciendo mientras buscaba cómo continuar,
la interrumpí
-¿De qué modo?- Pregunté temiendo la repuuesta
-Fue mucho tiempo…
-Solo un par de meses, no ha sido tanto…<
-Tenía que sacarte de mi alma…
-¿Por qué?
-Eres amiga de Katia y esa es una línea qque no estoy dispuesta a pasar…
-También soy tu amiga
-Es diferente
-No lo es… Yulia, mírame… -dije al borde de las lágrimas
* Ella giró sobre sus talones para quedar frente a mi, pero no levantó la mirada
del suelo, me caminé los pocos pasos que nos separaban, la sujeté con un brazo
por la cintura y con mi mano libre levanté su barbilla- ¿Por qué no puedes
verme?
-Estoy con alguien…- Dijo titubeando
-Pero sé muy bien que no la amas…- Responndí acariciando su mejilla
-¿Cómo puedes saberlo? Has estado fuera ttodo este tiempo…
-Ya no sigas con esto porque no tiene senntido, ¿tanto te cuesta ser honesta
conmigo? ¿Crees que fue fácil para mi aceptar lo que me sucedía contigo? ¿Qué no
sabía de tu respeto por Katia y sus amistades? Dime Yulia, porque si piensas que
para mi fue fácil pasar todo este tiempo tan lejos, intentando negarme lo que
hoy puedo afirmar, entonces esto no tiene razón de ser y en verdad estoy
perdiendo el tiempo contigo…
Tuve que hacer un gran esfuerzo para decir aquellas últimas palabras, pues los
nervios me traicionaban y el llanto comenzaba a quitar de mi garganta el sonido
de mi voz, arrimé mi rostro al suyo para secar una pequeña lágrima derramada, al
separarme abrí los ojos solo para encontrarme con el gesto infantil de sus
bellos ojos azules y sus cabellos negros cubriéndole la frente, su mirada era
tímida pero parecía querer llagar un poco más allá de mis ojos, sus manos
estaban sujetas a mi cintura y en un lento movimiento coloqué las mías tras su
espalda para apretarla fuertemente contra mi cuerpo, la escuché suspirar como
aliviada junto a mi oído, entonces nos alejamos, volvimos a mirarnos pero ahora
sus ojos estaban sobre mis labios, me sentía nerviosa, los suyos temblaban:
“Lena…” dijo como intentando encontrar una palabra que continuara lo que quería
decir sin animarse. Me sonreí al notar que su vocabulario se había limitado a mi
nombre, pero con este gesto dejó de respirar, acaricié su mejilla con el dorso
de mi mano derecha, acerqué mi rostro para besarla en la frente y en un
movimiento suave acercó sus labios a los míos… aquellos labios húmedos que
tímidamente invitaban a los míos a entreabrirse, y lo dejé suceder, dejé que su
lengua acariciara suavemente la mía mientras me aferraba a su abrazo, sus manos
recorrían mi espalda, podía sentir ese impetuosa necesidad de querer perderme en
el aroma de su piel y consumir mi alma en aquel beso. Luego de largos minutos
nos separamos, ambas sonreíamos ante la complicidad del secreto que ahora
compartíamos… “Te amo…” me dijo en un susurro “…te amo como no tienes idea, te
amo desde la primera vez que te vi y sentí que eras tú mi vida entera…”, pero la
interrumpí para llevarla de nuevo a perder la conciencia cuando en el mismo tono
de voz le dije que quería estar con ella “¿Estás segura?” me dijo justo antes de
que me arroja a sus labios otra vez a modo de respuesta.
Caminamos los pocos metros que nos separaban de su cuarto a ciegas, ni una ni
otra nos separábamos del abrazo que nos llevó de paseo hasta la cama, jamás
pensé que esa chica de aspecto rebelde podía ser un paquete de monerías con las
luces apagadas, lentamente recorrió mi rostro y mi cuello con suaves besos
mientras quitaba de mis vaqueros la camiseta blanca, la respiración comenzaba a
agitarse dentro de mi pecho, sus manos delicadas y claramente hábiles en la
tarea, recorrieron uno a uno los rincones de mi espalda y pecho, ambas en
silencio pues las palabras sobraban, solo podía escuchar de tanto en tanto el
lejano sonido de su respiración entrecortada junto a mi oído, ahora sus manos
estaban recorriendo el camino hacia los botones de mis vaqueros, la urgencia se
sentir su piel me obligó a arrebatar el suéter y la camiseta que vestía aquella
tarde, con prisas quité el cinto que sostenía aquel pantalón holgado y lo arrojé
un poco más allá donde luego fue a parar la prenda, pues al caer al suelo la
alejó con los pies. Me sentí demasiado nerviosa al notar que casi no quedaba
ropa por quitar en mi cuerpo, las sensaciones de estar con un hombre eran
completamente diferentes al calor de su moreno cuerpo, me miró a los ojos
sonriendo, suavemente me tendió sobre la cama en una marejada de besos y
caricias, ahora sentía urgente la desesperación de amarla, “No tengas miedo…
solo es diferente, pero te amo, y no haré nada si sientes que aún no estás
preparada…”, me dijo otra vez justo antes de que la tomara por la espalda para
apretarla contra mi cuerpo. Esas palabras me acariciaron el alma, a pesar de su
propio e incontrolable deseo, estaba dispuesta a renunciar, pero yo no, aún sin
estar preparada no podía detenerme, quería estar con ella y nada podía apartar
esa idea de mi mente.
Sentí la suavidad de sus manos deslizar por mis piernas las bragas, sus labios
besaron cada pulgada de mi cuerpo mientras yo solo podía perder el control sobre
mi cuerpo, besó mis labios al tiempo en que una de sus manos recorría mi
vientre, aquel cuidado roce de su piel cerca de mis caderas me obligó a cerrar
los ojos momentáneamente, entonces dejé de sentir sus labios en los míos para
experimentar la sensación húmeda de sus besos en mis senos, para llegar momentos
después hasta mi vientre y allí las cosas perdieron el sentido, ya no pude
distinguir entre tener los ojos abiertos o cerrados, tenía calor y urgencia por
sentirla por completo, la quería conmigo sin entender razones o motivos, mi
respiración se detuvo al tiempo en que cada músculo de mi cuerpo se tensó por
completo, y un leve temblor me tumbó nuevamente sobre las sábanas celestes de su
cama, pues al sentir aquel delicioso placer había formado un arco entre mi
cabeza y mi cintura, ella me sostenía entre sus brazos inspirándome seguridad y
confianza, besaba mi cuello para luego mecerme suavemente mientras susurraba
palabras de amor en mis oídos, sentí ganas de llorar porque por primera vez en
mis 22 años me sentía completa de verdad, Yulia era lo que le faltaba a mi vida
y por fin la había encontrado, no la dejaría ir jamás.
CAPÍTULO IX: Un nuevo principio (por Yulia)
Abrí los ojos, el cuarto estaba en penumbras, solo un claro atravesaba las
cortinas proveniente del alumbrado público en la calle, observé el reloj
marcando las 9 de la noche pasadas por algunos minutos, sentí frío y busqué al
final de la cama las cobijas para cubrirme, mi brazo estaba bajo su cuerpo así
que debí tener mucho cuidado, en vano, pues de todos modos despertó, “Hola…”
dijo en un susurro mientras yo terminaba de cubrir su cuerpo con las cobijas,
aparté algunos rizos que rebeldes se tiraron sobre su rostro, y allí estaba su
sonrisa de fuego y sus ojos felinos brillando en la oscuridad, no pude
resistirme y la besé con vehemencia, luego comencé a reír… “Bueno, tenía hambre
pero no sé si tanta…” ella festejó mi broma, quizás ahora si debía terminar
aquella comida, el vacío en mis estómago era demasiado insistente, ella se
recostó sobre mi cuerpo mientras besaba mi cuello, con desesperación besó mi
boca y mientras seguía bajando hasta mi pecho, dije otra broma: “Parece que
quieres empacharme, tendré que hacer dieta por un tiempo…” dije para reírme con
frenesí al escuchar sus sonrisas desde mi vientre, ella me miró aún con ese
gesto de júbilo en sus labios: “¿Dieta? ¡Ja! Ni lo sueñes, tienes por lo menos
tres meses de cama después de esto…” dijo riendo ella ahora por la verdad de su
comentario, debíamos acostumbrarnos pues habían sido casi tres años de
abstinencia y debíamos recuperarlos.
En un primer momento, me sentí avergonzada de solo pensar que tendría que
enseñarle como hacerlo, es algo embarazoso decirle a alguien donde poner el
alma, y lo digo por experiencia propia, pero extrañamente, de un segundo a otro
me encontré susurrando su nombre con el pulso agitado y la respiración
entrecortada, ¿de dónde había salido todo eso? No lo sabía, pero la sensación de
sus labios y las caricias recorriendo mi cuerpo fueron suficiente respuesta,
nadie, en toda mi vida logró llevarme al abismo de la locura durante tanto
tiempo, y repetidas veces, era cierto que hacía tiempo que no estaba con alguien
pero más allá de eso, Lena había encontrado un punto débil que arqueaba mi
cuerpo y me agitaba el alma, por ahí me observaba y sonreía, y yo solo cerraba
los ojos para morder mi labio y dejarme someter al calor de sus caricias. Luego
vino el abrazo y mientras regresaba mi pulso a la normalidad, ella me dijo:
“Apuesto a que pensaste que no podría hacerlo…” yo comencé a reír, entendió mis
respuesta, “Pues claro que no sé, pero aprendo rápido…” dijo ahora, me sentí en
verdad feliz en ese momento, Lena, mi gatita, era todo lo que le hacía falta a
mi vida y ya no recordé el dolor del desamor, ni siquiera recordé que estaba en
pareja, eso lo arreglaría más adelante.
Vestí mi pijama cerca de la medianoche, fui hasta su cuarto a buscar el suyo,
Katia no había regresado o al menos eso parecía, regresé y ella estaba viéndose
al espejo, “Eres hermosa, deja de dudarlo, nada puedes hacer para verte más
bella porque es imposible…” dije mientras la sujetaba tras su espalda por las
caderas, ella rió y giró su cuerpo para besarme despacio, “Vamos a comer que
muero de hambre…”, detalle, Katia estaba en la cocina riendo como niña de diez
años recién terminando una travesura: “¡Lo sabía! ¡Lo sabía!” dijo gritando
mientras nos abrazaba, ambas nos pusimos del mismo color del cabello de Lena,
claro que ella lo sabía, siempre lo supo y siempre respetó nuestros
sentimientos, estaba tan feliz como nosotras y propuso una celebración…
terminamos riendo las tres en la sala, la botella de vodka casi liquidada y
ahora yo, sentada en el regazo de mi princesa, estábamos en verdad felices.
A partir de aquella noche las cosas fueron totalmente diferentes en el
apartamento, ahora Lena dormía conmigo en mi cuarto y debí hacer un espacio en
el armario para su ropa, en mi espejo ahora estaban sus cepillos, peines y
accesorios, que sumados a los míos a penas cabían en el lugar; se me hizo
costumbre encontrar la cama revuelta al regreso de la facultad, pues yo salía
más temprano que ella y ahora era Lena quien despertaba tarde, a veces no hacía
tiempo para tender la cama y así la dejaba… yo reía ante su apuro, el pijama
sobre el respaldar de la silla frente al buró, sus papeles mezclados con los
míos, y sus tantas otras pertenencias desparramadas por el cuarto… ¡Mi novia era
un desastre! Y yo que inocentemente pensaba que sería más minuciosa con sus
pertenencias que yo, pero ese solo era un “visible” desperfecto en toda la
perfección que la envolvía…
Tuve que reorganizar mi vida, dejar a Svletana no fue fácil, pero ella debía
entender que mi corazón tenía dueña hacía mucho tiempo, durante algunos días
estuvo llamando y yendo a buscarme, hasta que la mala suerte corrió de su mano y
fue Lena quien le pidió en un tono amistoso, que ya no me buscara, digo amistoso
porque ella me dijo que así había sido, aunque ahora me pregunto si no habrá
sido de otro modo, pues Svletana jamás volvió a dirigirme la palabra. Mamá y
papá ya conocían a Lena, así que la sorpresa no fue tanta pues ellos sabían que
yo la amaba, se pusieron muy contentos e incluso, nos invitaron a pasar el fin
de semana en Riazán ¡Ja! Lena me obligó a ir… nos divertimos mucho, no sé porqué
siempre evitaba esas reuniones familiares, mis primos eran un poco más chicos
que yo pero ahora me la pasaba de lo mejor con ellos, mis tíos nos dieron un
cuarto para nosotras solas… “¡Con cama doble!” gritó mi princesa cuando fuimos a
conocer la habitación, yo solo me reír: “Será un largo fin de semana…” dije
mientras ella me tiraba sobre la cama, siempre me llevaba la delantera, era más
grande y más fuerte que yo, y por otro lado, yo tampoco ponía mucha resistencia
de mi parte, en fin… Cuando regresamos de nuestro aventurado viaje de dos días,
Katia nos presentó finalmente a su novio, hacía más de tres meses que salían
pero ella se negaba a presentarlo en “familia”, era un buen muchacho, bien
parecido y con una excelente educación, se los veía enamorados y esto nos puso
muy felices a mi y a Lena, ahora, aunque diferentes, éramos 4 para salir por la
noche, y lo hicimos un millón y medio de veces.
- Fin. -
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DE FANS PARA FANS Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda semejanza con la realidad es pura coincidencia. Para cualquier aclaración ó duda: [email protected] |
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