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SoleadoPor: Follen Kat |
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Yo yacía en la arena, mojada y respirando con suma
rapidez debido al esfuerzo de la natación, y ella estaba sentada a mi lado,
húmeda y reluciente. El mundo tenia 19 porque yo tenia 19, y el mundo tenia 20
porque ella tenia 20. La playa hervía con sus proletarios del domingo, al
rededor de nosotras se movía un bosque de piernas rojo-quemadas. Grupos de
muchachos atrapaban pelotas. Resonaba el tono quejoso de las madres que
aconsejaban a sus críos abstenerse de beber líquidos inmediatamente después de
haber jugado. El aire estaba cargado de olores: olores de los emparedados de
huevo, del aceite bronceador, del punzante olor del humo de carnes asándose al
carbón, mientras el apresurado transito de los bañistas levantaba arena a cada
paso, y el sonido de un altavoz lejano recomendaba que se tuviera cuidado con
los objetos y pertenencias dejados en la playa.
Estábamos ahi, en medio de todo aquello por la simple razón de que yo tenia 19 y
ella 20, ajenas por completo a la parafernalia que nos rodeaba, para nosotras,
solo el sol, la arena y el mar nos acompañaban.
Nos tendimos sobre la toalla, yo sobre mi espalda y ella apoyada en respaldo
sobre mis rodillas flexionadas. Las gotas que resbalaban por su espalda se
mezclaban con las que rodaban de mis piernas; cuando nos movíamos se producía un
leve dolor o sensación de la separación de dos pieles adheridas.
La había conocido en el colegio, en la oficina del director, yo esperaba el
regaño por mi rebeldía cuando la vi entrar, había sido enviada alli al ser
sorprendida haciendo trampa durante un examen. Por su expresión se podía
adivinar que era inexperta en esos menesteres, yo por el contrario permanecía en
actitud desenfadada en uno de los sillones, ya conocía la rutina. Mientras
éramos llamadas, me conmovió la cara de terror de aquella pelirroja de semblante
infantil, y como queriendo aligerar su carga me acerque diciéndole "... no te
preocupes, no pasa de que te reprendan un poco, por cierto me llamo Yulia", "mi
nombre es Lena" respondió, después agrego en desesperación como queriendo
explicar su presencia en ese lugar "nunca había hecho trampa, es que no tuve
tiempo suficiente para estudiar..." " y te sorprendieron a la primera" la
interrumpí "¡Buen comienzo!" termine dando una risotada, "como ya te dije, nada
mas te van a regañar un poco". Quizás mis palabras surtieron efecto, porque su
expresión se vio un poco mas tranquila. No hubo que explicarle porque me
encontraba ahí, pues yo tenia fama de problemática en la escuela y era de
esperarse que hubiera hecho algo para merecer estar en ese lugar esperando. En
la complicidad de nuestras acciones estábamos formando un vinculo amistoso que
no trascendía de las paredes del colegio o de esporádicas llamadas telefónicas.
Entonces me invito, fue un viernes por la tarde, el teléfono no dejaba de sonar,
la insistencia con la que timbraba auguraba urgencia del interlocutor, "¡Bueno!"
conteste molesta, "¿Yulia?, hola habla Lena..." la voz me sorprendió, no la
esperaba, estuvimos platicando un buen rato de cosas sin importancia, mientras
yo trataba de descifrar cual era la razón de su llamada, en su voz se notaba un
dejo de indecisión, hasta que por fin supongo que se armo de valor y lanzo la
invitación "El domingo no van a estar mis padres, y no quisiera quedarme sola
aquí en la casa entonces pensé, que un día de campo en la playa seria estupendo,
Yulia te gustaría ir conmigo..." el escucharla sentí que mis ojos se abrieron
muy grandes, un golpe súbito de calor seguido por un escalofrió recorrió mi
cuerpo. Porque me emocionaba de este modo, no era mas que una salida con una
amiga de la escuela, no dude, el plan me gusto pues adoro el mar, y la
oportunidad de ir a la playa no la puedo desaprovechar.
Asi llego el domingo: nuestra primera salida solas. Nos habíamos encontrado
temprano, cuando la playa estaba casi desierta. Ella llevaba una cesta para
alimentos olorosa a pastrami, yo llevaba una toalla para la playa que extendí
rápidamente en la arena. Dejamos resbalar hasta el suelo la ropa de calle para
dar el paso a los trajes de baño. Entonces me tendí sobre la toalla segura de mi
cuerpo, para captar la caricia de los rayos del sol, fue cuando note que Lena
emitía una risilla traviesa, se había sentado a mi lado y había introducido la
mano en la cesta que llevaba, sacando un pedacito de hielo que posiciono sobre
mi ombligo, haciéndome saltar. El sobresalto inicial fue vencido por el ambiente
juguetón que se había formado entre nosotras, Lena me era desconocida en este
plan y me deleitaba en verdad conocer esta faceta oculta de ella. Luchamos un
rato porque yo quería aplicarle el mismo tratamiento a ella, pero fui superada
debido a que Lena es mas fuerte que yo. Ágilmente logro safarse para salir yo en
su persecución entre la espuma, entonces desee tener un poco mas largas las
piernas para así poder alcanzarla pues escapaba fácilmente de mi, su
entrenamiento como salvavidas de verano la hacían dominar las olas con suma
facilidad. El mar retumbante, bañado por el sol me cegó, no podía darle alcance.
"¡Mira!, me ahogo" grite asustadamente con los brazos en alto "Necesito que me
salven". Me salvo. De pronto estuvo sobre mi tirándome ásperamente del cuello.
No por mucho tiempo. "¡Hey!, ¡Yulia!", Estaba muda, muerta. "¿Yulia?...", flote
laxa, "Basta ya, ¿me oyes?" dijo con preocupación, "Estoy inconsciente, mi
querida Lena. No se lo que hago", "No me digas" respondió sumergiéndome sin
ceremonias.
Una vez mas la perseguí, me ahogue, y una vez mas me salvo y me regaño. Y una
vez mas... Cuando salimos jadeantes, eran mas de las once. Las sombrillas de sol
y la gente se habían multiplicado alrededor de nuestra toalla. Devoramos los
emparedados de pastrami y las manzanas de la cesta que ella había traído. Nos
zambullimos de nuevo en el agua a pesar de su sabiduría medica. No podíamos
evitarlo. Tampoco podíamos evitar la platica, porque fluía por si sola. Nunca
había sido tan fácil. Nos lanzábamos palabras húmedas y brillantes, como esos
chiquillos que acaban de aprender a lanzar pelotas multicolores.
Una sola vez, en la efervescencia del juego, cometimos un error. Me acerque y la
bese en los labios. Todo quedo en suspenso. Las olas del mar quedaron quietas y
mil gritos se congelaron en el aire. Su boca permaneció quieta, anonadada junto
a la mía. No se que me había llevado a hacer aquello, y trate de mascullar
algunas palabras de disculpa "No..." musito.
Una ola nos separo. El mar había empezado a agitarse; la playa dorada cintilaba
frente a nosotras; bancos de voces nadaban a nuestro alrededor. Espléndido,
adornado, nuestro paraíso volvió a cerrarse. "¡Eres una destructora!" me grito
al alejarse de mi. La seguí hasta una boya, "Lena discúlpame por favor, no se
que me paso" le decía mientras yo trataba de subir a la boya y ella me impedía
hacerlo. La volcaba cada vez que yo subía. "¡Déjame subir! o veras que te haré
lo mismo" le suplique, "No quiero intervenir en eso" aseguro ella altivamente y
se alejo. Me fui tras de ella con cara de cachorro perdido.
"¿Quieres que te enseñe a nadar de crawl de espalda?" sugirió después de un buen
rato regalándome una sonrisa, quizá yo había confundido su estado de conmoción
con enojo, quizá ella había comprendido que
pudiera haber alguna posibilidad entre nosotras. Poco después nos deslizábamos
sobre la espalda. Cerré los ojos. El mar era una vasta y fría cuna oscilante.
Sobre mis párpados, como sobre un lienzo, el sol pintaba una oscuridad vibrante.
Estábamos tan alejadas de la orilla, que ningún otro nadador nos molestaba.
Solamente se oía el chapoteo de los remos de algún bote que pasaba. La playa
susurraba a la distancia.
"¡Hey..., Yulia despierta!, ¿Tienes tanta hambre como yo?", la tuve, terrible e
instantáneamente tan pronto como ella la menciono. Tenia tanta hambre que le
gane en la carrera que sostuvimos para llegar a la orilla. "¡Tramposa!"me grito
a la cara lanzándome agua a la espalda "¡Empezaste antes!".
La espuma tibia nos lamía los muslos al correr. Cuando llegamos hasta el sitio
donde estaba nuestra toalla, estábamos casi secas, porque el día estaba en todo
su esplendor y vertía su incandescencia sobre nosotras. Busque entre mis ropas
dinero suelto. Mi estomago rugía. Luego nos abrimos paso entre aquel laberinto
de cuerpos, arena y periódicos dominicales.
En el muelle de madera, Lena descubrió que había dejado olvidadas sus sandalias.
En gritos clamaba que la madera estaba ardiente mientras daba saltitos de un pie
a otro sacudiendo sus senos en ritmo con su rojo cabello. "La danza de San Vito"
explicaba yo entre risas a los transeúntes asombrados que veían la escena,
mientras ella completamente indignada me daba en el hombro un golpecillo. Con
todo, se olvido de los pies en cuanto estuvimos delante del local de las
hamburguesas. A medida que avanzaba con desesperante lentitud la cola, crecía
nuestra hambre. ¡Y que sonidos y que aromas! Nunca he olido nada semejante desde
entonces: el fino y penetrante aroma de la mostaza procedente de un tarro de
porcelana; el gusto picante de la salsa; el crujido de la carne molida sobre las
brazas; el frió silbido que producían los refrescos al destaparse. Éramos un par
de hambrientas en el desierto. Moríamos de hambre si no nos servían cuanto
antes.
Al cabo, tuvimos nuestro manjar quemante en las manos. Yo me desplome en la
esquina de una banca cercana recién desocupada. Ella estaba fuera de si
"¡Sádica! Déjame sentar, sabes que me arden los pies y no puedo estar parada por
mas tiempo". Sin dejar de mascar, le ofrecí mi regazo. No le quedaba otro
remedio que aceptar. Sacudí mi cabeza liberando grandes gotas de agua que
humedecieron su cuello. Ella se seco el rocío con el dorso de la mano en forma
pintoresca. Ocasionalmente su pequeños dientes níveos incursionaban en mi
hamburguesa, arrebatándome grandes porciones. "¡Hey!"reclame para oír "¡Eso te
pasa por ser tan sádica!". Yo trate de morder, vanamente, su bollo. Soltamos la
carcajada; nos relamíamos de gusto; tomamos refrescos vorazmente. Ella era como
un petirrojo excitado, cantarino, trepado en mi regazo. Un viejo de bastón se
detuvo a mirarnos, parecía que estuviese observando una abominación, se notaba
en su rostro el desapruebo de ver a dos mujeres sentadas una sobre la otra en la
banca de un lugar publico "Retrogrado" pensé, "Vaya con Dios" le dijo Lena en un
tono por demás irónico, ella también había notado la intolerancia del viejo, a
mi me divirtió bastante la frase, ambas estábamos ahora conscientes que
jugábamos un juego peligroso. "Mmmm..." saborease ella.
Regresamos a la arena, chupa que chupa el catsup en la punta de los dedos, en la
confusión de vientres y pies humanos hasta nuestra toalla de playa. Por primera
vez sentimos la necesidad de descansar un poco. Ella se tendió con las rodillas
juntas y el anverso de sus brazos bronceados abiertos sobre la cabeza a la
manera de los pétalos de una flor. Acune mi cabeza sobre su diafragma.
Parpadeamos perezosamente al cielo que bullía con el sol.
- Podría comer esto día y noche- comente<
- No te lo aconsejaría. Dañaría tu duodenno
- ¿Mi que? Ya basta de bromas.
- Solo quería señalar tu duodeno.
- Seria mejor si no lo hicieras, gracias-- replique
- Tu problema es que tienes muchas curvass, pero ninguna inclinación científica.
- ¡Ja, ja, ja! Ya veras cuando curse el mmismo año en el que estas ahora, también
me expresare con frases petulantes. Entonces te retare a duelo- le dije
mirándola coquetamente.
El horizonte perecía achicarse hacia el sol. En el oriente, el cielo estaba
estriado con una especie de franjas de espliego de la noche. Queríamos gritar,
reír, aprisionar cada segundo fugitivo. ¿Que hacer?. Corrimos hasta la marea.
Jugamos un adorable juego en el que ella hacia de salvadora y yo de ahogada. Mis
manos traviesas hacían reventar el agua en un juego confuso, mientras tanto,
ella protestaba casta y esgrimía evasiones lubricas e inadecuadas.
Termino el día bruscamente. El sol fue estrangulado fatalmente por las aguas del
mar. A nuestro alrededor la gente disminuía de la arena sucia. El cielo se puso
mas sombrío que el neon del parque de diversiones. Soplo una ligera brisa.
Tuvimos que aceptar que temblábamos. Nos habíamos echado al agua demasiado
tarde. No había ningún lugar donde nos pudiéramos cambiar el traje de baño, pues
las cabinas publicas estaban atestadas.
Nos habíamos puesto silenciosas; estábamos cansadas. Sacudimos la arena de la
toalla de playa y la doblamos. Al prepararnos para marchar, vimos al hombrecito.
Imposible saber cuanto tiempo había esperado detrás de nosotras. Estaba viejo.
Envió una cascada sonrisa hacia nosotras. Metido en su gabardina café, parecía
una raíz torcida que hubiera brotado del suelo: una raíz ansiosa por prenderse a
un árbol para succionar su sabia.
Parecía que nosotras éramos su árbol, pues cuando tratamos de pasar, el adelanto
su brazo. "¿Les gustaría cambiarse la ropa? Tengo una ducha, vengan a mi casa"
Su brazo bajo al mismo tiempo que su voz, como si estuviera embarazado por su su
evidente solicitud, solo era un pobre viejo con necesidad de dinero y no un
pervertido. "Solamente les costara sesenta centavos por las dos. ¿Que son
sesenta centavos? Se pueden cambiar de ropa. Lavarse, ¿ven?". Una vez mas su
vieja cara gris esbozo una sonrisa decrepita. Improbablemente nos veía. "Esta
bien" acepte.
Inmediatamente dio media vuelta y nos condujo por el muelle, a esas horas ya
iluminado, hasta una esquina donde quedaba su casa. Pero no era una casa. Pudo
haber sido un bungalow. Ahora era poco menos que un montón vetusto de
tejamaniles. Nosotras -Lena y yo- miramos el cuarteado techo enchapo potado, las
maderas vencidas. Nos miramos entre si y soltamos una carcajada hilarante.
Aquello marcaba un fin perfecto para nuestro día loco. Tanto la casucha oblicua,
como la oblicua esquina donde estaba situada, eran ¿como decirlo? exóticamente
maravillosas. Su misma fealdad seria motivo de secreto: una importante y juvenil
razón de ser para nosotras.
Así que disfrutamos al máximo. Apenas si podíamos contener las risillas mientras
el viejecillo nos conducía a través de dos cuartos húmedos con gestos
obsequiosos. Nos tendió - sin atreverse a respirar-
dos toallas grandes que, por extraño que parezca, estaban limpias. Nos introdujo
en un patiecillo diminuto donde temblaba bajo la brisa una barraca aun mas
diminuta. "Las duchas..." musito nuestro guía, como orgulloso del panorama
"Caliente y fría... Buen drenaje... Las pueden usar".
Entré en uno de los dos compartimentos que dividían a la choza, Lena ocupo la
otra mitad. Me quite el odioso taje de baño y deje que el chorro frió del agua
se llevara el sudor y la arena de mi piel. Me desperece voluptuosamente, me
enjabone, tararee y Lena respondió en la misma forma. Juntas entonamos "Bongo,
bongo, no quiero dejar el Congo". Use el muro divisorio a guisa de tambor para
conservar el ritmo. Entonces...
Unos cuantos clavos sueltos cayeron a mis pies. La madera tan delgada como una
hoja de papel, cedió bajo la simple presión de mi mano. No toda, por supuesto,
pero si lo suficiente para dejar al descubierto la parte superior de la espalda
de Lena, de donde sobresalían los huesosillos de la columna porque estaba
inclinada. La carne era casi irreal en su blanca desnudez, tachonada con
diminutas pecas que rompían con la monotonía del blanco de su piel. Podía
percibir la belleza rojo rubí de un lunar en la parte izquierda de la espalda
que hasta ese momento había ocultado un tirante. Y la madera seguía cayendo...
No se que loco impulso me hizo tratar de detener la caída. Ella siguió
tongoneando inconscientemente hasta que mis esfuerzos fueron vanos y la división
cayo por completo, revelándonos a ambas en completa desnudez. Un arrebato de
pudor, coloreo mi rostro en el mas encendido carmesí que se puede alguna vez
ver. Permanecí un segundo paralizada ante la mirada de Lena, entonces trate de
escapar de la choza, solo para ser detenida por una mano que me atraía al cuerpo
del que yo quería huir. El toque me electrizo, encendiendo en un instante en mi,
sentimientos que permanecían muy ocultos en mi interior. La expresión de Lena
era similar, no era la muchacha que se había sorprendido por el furtivo beso de
la tarde, sino una mujer que empleaba en mi toda su seducción, ahora ella me
beso, juntando apretadamente su cuerpo al mío, deje que sus manos recorrieran mi
piel, mi excitación iba en aumento, entonces mis manos se deslizaban por su
cuerpo, no dejamos llevar. El día completo nos había preparado para este momento
en el que éramos una, fundidas apasionadamente en un circulo del que no
queríamos salir. Así continuamos en besos y caricias hasta que decidimos salir
del agua. Lena tomo una de las toallas que el viejo nos había dado, y comenzó a
secarme con maternal ternura, yo me dejaba frotar mientras derramaba una pequeña
lagrima que se confundía con las gotas de agua que escurrían de mi cabello sobre
el rostro, no lloraba por frustración o de coraje, sino lloraba de felicidad,
pues por fin había encontrado a alguien que compartía conmigo algo mas que
amistad "...me gustas mucho" me susurro al oído. Las palabras me sobrecogieron,
no pude responder nada, solo la bese como si fuera lo ultimo que haría en esta
vida.
Entonces salimos de aquel lugar, tomadas de la mano, en la seguridad de que
ahora estaríamos juntas para afrontar cualquier cosa que nos devengara el
futuro.
- Fin. -
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DE FANS PARA FANS Esta obra ha sido publicada bajo consentimiento de su autor y sin fines de lucro. Es una obra de ficción donde se protagoniza con personajes reales en situaciones ficticias. Toda semejanza con la realidad es pura coincidencia. Para cualquier aclaración ó duda: [email protected] |
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