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Biografía:
Compositor y pianista polaco. Si el piano es el instrumento romántico
por excelencia se debe en gran parte a la aportación de Frédéric Chopin:
en el extremo opuesto del pianismo orquestal de su contemporáneo Liszt
–representante de la faceta más extrovertida y apasionada, casi
exhibicionista, del Romanticismo–, Frédéric Chopin exploró un estilo
intrínsecamente poético, de un lirismo tan refinado como sutil, que aún no
ha sido igualado.
Pocos son los músicos que, a través de la exploración de los recursos
tímbricos y dinámicos del piano, han hecho «cantar» al instrumento con la
maestría con qué Chopin lo hizo. Y es que el canto constituía precisamente
la base, la esencia, de su estilo como intérprete y como compositor.
Hijo de un maestro francés emigrado a Polonia, Chopin fue un niño
prodigio que desde los seis años empezó a frecuentar los grandes salones
de la aristocracia y la burguesía polacas, donde suscitó el asombro de los
asistentes gracias a su sorprendente talento.
De esa época datan también sus primeras incursiones en la composición.
Wojciech Zywny fue su primer maestro, al que siguió Jozef Elsner, director
de la Escuela de Música de Varsovia. Sus valiosas enseñanzas
proporcionaron una sólida base teórica y técnica al talento Frédéric
Chopin, quien desde 1829 emprendió su carrera profesional como solista con
una serie de conciertos en Viena.
El fracaso de la revolución polaca de 1830 contra el poder ruso provocó
su exilio en Francia, donde muy pronto se dio a conocer como pianista y
compositor, hasta convertirse en el favorito de los grandes salones
parisinos. En ellos Frédéric Chopin conoció a algunos de los mejores
compositores de su tiempo, como Berlioz, Rossini, Cherubini y Bellini, y
también, en 1836, a la que había de ser uno de los grandes amores de su
vida, la escritora George Sand. Por su índole novelesco y lo incompatible
de los caracteres de uno y otro, su relación se ha prestado a infinidad de
interpretaciones.
Se separaron en 1847. Para entonces Chopin se hallaba gravemente
afectado por la tuberculosis que apenas dos años más tarde lo llevaría a
la tumba. En 1848 realizó aún una última gira de conciertos por Inglaterra
y Escocia, que se saldó con un extraordinario éxito.
Excepto los dos juveniles conciertos para piano y alguna otra obra
concertante (Fantasía sobre aires polacos Op. 13, Krakowiak Op. 14) o
camerística (Sonata para violoncelo y piano), toda la producción de Chopin
está dirigida a su instrumento musical, el piano, del que fue un virtuoso
incomparable. Sin embargo, su música dista de ser un mero vehículo de
lucimiento para este mismo virtuosismo: en sus composiciones hay mucho de
la tradición clásica, de Mozart y Beethoven, y también algo de Bach, lo
que confiere a sus obras una envergadura técnica y formal que no se
encuentra en otros compositores contemporáneos, más afectos a la estética
de salón.
La melodía de los operistas italianos, con Bellini en primer lugar, y
el folclor de su tierra natal polaca, evidente en sus series de mazurcas y
polonesas, son otras influencias que otorgan a su música su peculiar e
inimitable fisonomía.
A todo ello hay que añadir la propia personalidad de Frédéric Chopin,
que si bien en una primera etapa cultivó las formas clásicas (Sonata núm.
1, los dos conciertos para piano), a partir de mediados de la década de
1830 prefirió otras formas más libres y simples, como los impromptus,
preludios, fantasías, scherzi y danzas. Son obras éstas tan brillantes –si
no más– como las de sus predecesores John Field y Carl Maria von Weber,
pero que no buscan tanto la brillantez en sí misma como la expresión de un
ideal secreto; música de salón que sobrepasa los criterios estéticos de un
momento histórico determinado.
Sus poéticos nocturnos constituyen una excelente prueba de ello: de
exquisito refinamiento expresivo, tienen una calidad lírica difícilmente
explicable con palabras.
Música orquestal: Krakowiak Op. 14 (1828) Concierto para piano
núm. 2 (1829) Concierto para piano núm. 1 (1830) Gran polonesa para
piano y orquesta (1831). Música de cámara: Sonata para violoncelo y
piano (1846). Música instrumental: Sonata para piano núm. 2
«Fúnebre» (1839) 24 estudios, 56 mazurcas, 21 nocturnos, 15 polonesas,
26 preludios, 19 valses
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