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Biografía:
Filósofo griego. Epicuro perteneció a una familia de la nobleza
ateniense, procedente del demo ático de Gargetos e instalada en Samos, en
la que muy probablemente nació el propio Epicuro y donde, con toda
seguridad, pasó también sus años de infancia y adolescencia.
Cuando los colonos atenienses fueron expulsados de Samos, la familia se
refugió en Colofón, y Epicuro, a los catorce años de edad, se trasladó a
Teos, al norte de Samos, para recibir las enseñanzas de Nausifanes,
discípulo de Demócrito.
A los dieciocho años Epicuro se trasladó a Atenas, donde vivió un año;
viajó luego a Colofón, Mitilene de Lesbos y Lámpsaco, y entabló amistad
con algunos de los que, como Hemarco de Mitilene, Metrodoro de Lámpsaco y
su hermano Timócrates, formaron luego el círculo más íntimo de los
miembros de su escuela.
Ésta, que recibió el nombre de escuela del Jardín, la fundó Epicuro en
Atenas, en la que se estableció en el 306 a.C. y donde transcurrió el
resto de su vida. El Jardín se hizo famoso por el cultivo de la amistad y
por estar abierto a la participación de las mujeres, en contraste con lo
habitual en la Academia platónica y en el Liceo aristotélico.
De hecho, Epicuro se opuso a platónicos y peripatéticos, y sus
enseñanzas quedaron recogidas en un conjunto de obras muy numerosas, según
el testimonio de Diógenes Laercio, pero de las que ha llegado hasta
nosotros una parte muy pequeña, compuesta esencialmente por fragmentos.
Con todo, el pensamiento de Epicuro quedó inmortalizado en el poema latino
La naturaleza de las cosas, de Tito Lucrecio Caro.
La doctrina epicúrea preconiza que el objetivo de la sabiduría es
suprimir los obstáculos que se oponen a la felicidad. Ello no significa,
sin embargo, la búsqueda del goce desenfrenado, sino, por el contrario, la
de una vida mesurada en la que el espíritu pueda disfrutar de la amistad y
del cultivo del saber. La felicidad epicúrea ha de entenderse como el
placer reposado y sereno, basado en la satisfacción ordenada de las
necesidades elementales, reducidas a lo indispensable.
El primer paso que se debe dar en este sentido consiste en eliminar
aquello que produce la infelicidad humana: el temor a la muerte y a los
dioses, así como el dolor físico. Es célebre su argumento contra el miedo
a la muerte, según el cual, mientras existimos, ella todavía no existe, y
cuando ella existe, nosotros ya no, por lo que carece de sentido
angustiarse; en un sentido parecido, Epicuro llega a aceptar la existencia
posible de los dioses, pero deduce de su naturaleza el inevitable
desinterés frente a los asuntos humanos; la conclusión es la misma: el
hombre no debe sufrir por cuestiones que existen sólo en su mente.
La ética epicúrea se completa con dos disciplinas: la canónica (o
doctrina del conocimiento) y la física (o doctrina de la naturaleza). La
primera es una teoría de tipo sensualista, que considera la percepción
sensible como la fuente principal del conocimiento, lo cual permite
eliminar los elementos sobrenaturales de la explicación de los fenómenos;
la causa de las percepciones son las finísimas partículas que despiden
continuamente los cuerpos materiales y que afectan a los órganos de los
sentidos.
Por lo que se refiere a la física, se basa en una reelaboración del
atomismo de Demócrito, del cual difiere principalmente por la presencia de
un elemento original, cuyo propósito es el de mitigar el ciego
determinismo de la antigua doctrina: se trata de la introducción de una
cierta idea de libertad o de azar, a través de lo que Lucrecio denominó el
clinamen, es decir, la posibilidad de que los átomos experimenten
espontáneamente ocasionales desviaciones en su trayectoria y colisionen
entre sí.
En este sentido, el universo concebido por Epicuro incluye en sí mismo
una cierta contingencia, aunque la naturaleza ha sido siempre como es y
será siempre la misma. Éste es, para la doctrina epicúrea (y en general
para el espíritu griego), un principio evidente del cosmos que no procede
de la sensación, y la contemplación de este universo que permanece
inmutable a través del cambio es uno de los pilares fundamentales en los
que se cimienta la serenidad a la que el sabio aspira.
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