Sus ojos eran
nuevamente testigos de la caída del sol, en instantes la noche volvería a
inundar con su oscuro manto el lugar en donde se encontraba el poeta. Podía apreciar
la belleza del descanso solar y se sentía deseoso de acompañarlo en su futuro
sueño; mojó su pluma con la tinta negra como la noche que acompañaba su dolor y
empezó a escribir:
“Invádeme noche
con tu manto y haz que la poesía en mí fluya otra vez y calme mis penas, tan
mías como estos ojos que contemplan tu hermosura y tan tristes por el
alejamiento de mi amor. Amor, loco amor, eres tú el mismo que llenó de dicha mi
tiempo y que ahora solo vives alimentando mi dolor; ¿para qué quieres mis lágrimas?,
son tantas y tan frías las derramadas por mi ser que sólo pueden dar fe de mi
pesar. Amor, extraño amor, he escrito sobre ti, sobre lo inmortal de los
sentimientos puros como el amor verdadero, sobre el brillo que le das a la vida
de un enamorado, sobre el amar sin esperar, sobre el dar aún de no recibir;
pues que cómodo es hablar y escribir de ti, Amor, al no contagiarse de tu
esencia.”
La noche ya
había tomado posesión del ambiente y el poeta pudo apreciar el majestuoso techo
de estrellas que iluminaban el cielo de una manera mágica e inusual; nunca
antes había visto algo así o quizás nunca antes había sentido tanta desazón
como la que notoriamente sentía en ese momento. La luna evidenciaba su
presencia al mostrarse tan pálida como el rostro del poeta y tan elevada como
pronto estaría el alma del mismo. El escritor mojó nuevamente la pluma en el
tintero y volvió al papel:
“Amor,
te he esperado largo tiempo para que llenes mi corazón de pasión y ahora no sé
como afrontar mi amor, al no tenerla para amar. ¿Quién te inventó amor?, no
pudo haber sido ninguno de mi especie, ya que nadie en este mundo tiene las
herramientas necesarias para crearte tan bello y tan doloroso a la vez; ¿Adónde
quedaron mis días?, te habrás hecho cómplice del tiempo y los tendrán guardados
en algún lugar fuera de este mundo donde sólo mis recuerdos pueden llegar o los
usarán como instrumento hipnótico para otros poetas con deseos de enamorarse,
inocentes e indefensos al no saber el dolor futuro que tú, Amor, les causarás.”
El poeta elevó
por última vez sus ojos al cielo y llevó la pluma al papel para darle nombre a
su dolor, luego bebió el liquido mortal, el cual al instante apagó el brillo de
su ser.
La poesía
residía aún en sus inmóviles manos, palabras de un triste enamorado tituladas
con una palabra que identifica todo su amor y su dolor, tal palabra fue: