|
RESABIOS DE ZENON Una joven de espléndida sonrisa prestada, ojos dibujados con el arco iris y un intenso perfume artificial a flores, la subió al avión en una almohada de nubes. Ella insistía aún en no llevarse bien con esa estructura monótona de filas, horarios, escaleras y pendientes, así que entonces inició con desconfianza su lento trajín por el pasillo -estrecho, alfombrado e interminable- estirando el cuello a derecha e izquierda hasta el extremo forzado del calambre. Una vez más reincidían las piezas del caleidoscopio para acomodarse en la conocida figura infinita, y cuando vino el vértigo repentino del ascenso y toda su panza se aplastaba contra el piso, Manuelita supo que -una vez más- él tampoco estaba ahí. Nueve mil metros por debajo se esforzaba Aquiles -inútilmente, como siempre- en estirar infructuoso sus largas zancadas, tratando en vano de desentrañar la milenaria paradoja.
|
|
||||||||