|
Los cuerpos celestes (título provisorio) El viejo Abel dio un paso atrás y contempló el ligustro. Había estado retocándolo, dándole forma. El resultado no le gustó y se sintió enojado consigo mismo. No hizo más que estropearlo con cada golpe de tijera, esa era la verdad. Ahora debía emparejar algunas zonas, lo que significaba seguir cortando. Pero, de seguir cortando, el ligustro quedaría reducido a un ramaje lastimoso. Se le ocurrió quitarlo de raíz para no dejar rastros de su saña, de su torpeza. Después consideró que no todo estaba perdido: el ligustro volvería a renovarse y tupirse de un verde perfumado. Y al pensar esto, se miró los puños temblorosos y lo amargó verse a sí mismo como el reflejo opuesto, el de la desesperanza. —Antes no me mandaba estas macanas —se dijo. Así y todo, decidió continuar con el rosal. De tan hinchadas por la lluvia del día anterior, las flores estaban a punto de desmoronarse. Leticia, su mujer, hojeaba el diario sentada a la mesa bajo la parra. Las moscas revoloteaban sobre su cabeza, deteniéndose a veces en las uvas para después reanudar el vuelo. Una que otra le pasaba zumbando frente a la nariz, pero ella leía como si nada. Se quitó los anteojos, los apoyó sobre el Clarín y alzó la cabeza para ver en qué andaba su marido. ¿Cómo era posible que, con treinta grados a la sombra, Abel se dedicara a podar? Eran las seis y media de la tarde, y el calor no aflojaba y no aflojaría hasta bien entrada la noche. Al verlo cercenar un tallo del rosal, Leticia se levantó arrastrando hacia delante la mesa de plástico, con movimientos algo escandalosos debido a su gordura. —¡Esa no me la toqués, por favor! —chilló, y señaló la planta. Abel se dio vuelta, apuntando las cuchillas hacia su mujer. —Se le están cayendo los pétalos, ¿no ves? —No importa, dejá que yo después me encargo. Él se encogió de hombros y entró en el galponcito. Al asomarse, rastrillo en mano, lo sorprendió una agitación en el laurel y el chasquido de ramas rotas. También Leticia se sobresaltó. Un bulto golpeó contra el césped como despedido por el árbol, aunque sin duda venía de más arriba, de más lejos, dada la velocidad de la caída. —¿Y esto qué mierda es? —exclamó Abel desde la puerta del galpón. —Ni idea —dijo ella, avanzando con pasos cortos y pesados—. Parece que cayó del cielo. —Ni se te ocurra tocarlo, querida. —Debe de estar muerto ya —los ojos de Leticia no brillaban así desde hacía años, desde antes de jubilarse como maestra de primaria—. Con semejante porrazo... —Igual puede ser peligroso. El viejo se detuvo al lado de su mujer. Con el palo del rastrillo sacudió el cuerpo, que yacía desnudo y con las piernas descalabradas. La piel era bastante oscura, con matices de violeta como si se hubiera chamuscado. —Y sí —dijo, satisfecho—. Este ya no se levanta más. —Qué cuerpito tan escuálido —exclamó Leticia, y luego alzó la vista buscando algo en el cielo del atardecer—. ¿Cómo habrá hecho para no desintegrarse? —Es resistente como las cucarachas, que sobreviven a cualquier catástrofe. —Tu comparación no tiene sentido, nunca tienen sentido tus comparaciones —ella se rascó el cuello pegajoso de sudor—. Voy a llamar para que vengan a buscarlo. —No creo que sea buena idea. Leticia fue hacia la casa, y e l viejo se quedó masticando unas palabras que se le deshicieron en la boca. Hundió el rastrillo en el pasto y aferró el palo como si sostuviera el caño de un fusil, aunque en realidad buscaba el modo de inclinarse sobre aquel malogrado visitante tendido de costado, un brazo aplastado contra el césped. Se puso a estudiarle la cara, que se le antojó infantil, ridículamente pequeña en comparación con las manos chatas y largas. Otra peculiaridad eran los ojos: los tenía cerrados pero se le adivinaban grandes como ciruelas. Leticia apareció con el teléfono inalámbrico en la mano. —¿Podés creer que me cortaron? —se indignó, con un puño en la cadera. —¿A quién llamaste? —A la policía. Abel hizo un gesto negativo. —Te imagino tratando de explicar la situación —dijo sonriéndose, y remató en tono severo—. Como sea, no necesitamos de nadie para resolver esto. —¿En qué estás pensando? —Voy a enterrarlo —el viejo golpeó la tierra con el rastrillo—. Aquí mismo, a los pies del laurel. —No digas locuras, querés. Esto se tiene que saber, voy a llamar de nuevo. —Dame ese teléfono —chilló Abel, y alargó el brazo sin poder controlar el temblequeo—. ¿Para qué vas a llamar, eh? ¿Para que vengan a meterse en nuestra casa? ¿Para que se llene de fotógrafos, de forenses, de toda esa manga de chusmas? Ella lo miró extrañada, reteniendo contra el pecho el inalámbrico. —Esto es una puerta que se abre —explicó, como si intentara convencer a un chico—. Un campo nuevo para la ciencia, ¿te das cuenta? —¡Bah! —Abel agitó una mano—, sólo va a traer complicaciones. Mejor lo sepultamos. Después de tantos años de estar juntos, Leticia sabía que Abel no hablaba en serio: las amenazas no pasaban de ser eso, amenazas que morían en su boca. Volvió a sentarse bajo la parra, el sitio más fresco del jardín. Dejó el inalámbrico sobre la mesa, con intención de hacer más tarde la llamada, cuando su marido se mostrase menos terco. Agarró el diario, quitando de encima los anteojos, lo dobló y empezó a abanicarse. Abel zarandeó otra vez el cuerpo inerte; trataba de ponerlo boca arriba, aunque sin mucha determinación. Al rato, fatigado y aburrido, enfiló hacia la sombra. Siguió vigilándolo desde ahí, un brazo apoyado en el tronco sarmentoso de la parra. —Lo único que nos faltaba — rezongó, con su reseco orgullo de militar retirado —, que caigan bichos del cielo. ¿No tenemos suficiente, ya, con el asentamiento de villeros en la otra cuadra? —¿Qué tiene que ver el culo con la témpera? —preguntó Leticia sentada a pata ancha, enarbolando el diario que detuvo en el aire un momento. —Tiene que ver, y mucho —Abel dio unos pasos y dejó el rastrillo apoyado en la medianera, para gesticular con libertad—. ¡Ni en nuestra propia casa estamos seguros! A esta edad, lo único que busco es tranquilidad, un poco de tranquilidad, ¿es mucho pedir? Los delincuentes nos acechan, cada vez son más... Y ahora esto, que viene de arriba y que no es precisamente una bendición —hizo una pausa—. Ya no tenemos intimidad. —Desde hace tiempo, querido —Leticia sonrió amargamente—. Desde hace tiempo. El viejo Abel no oyó, o no quiso oír. —Este país no tiene remedio. —¡Otra vez con eso! —ella volvió a abanicarse con un batir enérgico—. No empieces, haceme el favor. Abel decidió no insistir; se distrajo siguiendo con la vista el sinuoso trayecto de una abeja. Leticia, que observaba cómo los ojos del marido se dejaban fascinar por el vuelo del insecto, pensó en su matrimonio, en las asperezas de esos últimos años. Se consoló con la idea de que también los silencios y reproches eran formas del amor. Dándole la espalda a su mujer, Abel contempló el cielo en el que se perfilaba una luna enorme y amarilla. —Entonces no estamos solos, ¿eh? —murmuró hamacando la cabeza. —Y algún día —agregó Leticia sin solemnidad—, vamos a comunicarnos con seres de otro mundo. Bruscamente Abel se volvió para mirarla. —Qué espanto, no veo qué bien puede hacernos eso. —Sos tan egoísta —Leticia soltó el diario sobre la mesa. Mordiéndose el labio, Abel dio unos pasos y se dejó caer en la silla vacía frente a la de su mujer. —No voy a ponerme a cavar ahora —dijo, mientras se masajeaba un hombro—. Estoy cansado. Además se está haciendo de noche. —Mejor —dijo Leticia—, mejor. Tal vez mañana te levantes más humano. La cortina se entregaba dócil a la claridad de la noche que irrumpía cargada de aire fresco. Leticia no acostumbraba dejar entreabierta la persiana del dormitorio, pero no era una noche como otras, aunque nada parecía haber cambiado. Abel dormía con una placidez desfachatada, aparentemente tranquilo pero agitándose de a ratos: se revolvía y golpeaba con el codo a su mujer, como si lo aguijonearan imágenes violentas. Había quedado boca arriba, el pelo revuelto, los dedos entrecruzados sobre la panza. Un silbido húmedo salía de su cueva sin dientes. La dentadura reposaba en el fondo de un vaso de agua, en la mesita de luz. Poco a poco el silbido fue mutando hasta convertirse en un ronquido que a Leticia, desvelada y alerta, se le antojó un rasgo de primitivismo. ¿Cómo podía dormir cuando, ahí afuera, algo ajeno a este mundo habría comenzado a entumecerse? Los disturbios del sueño hicieron que Abel girase hacia Leticia. Apoyada contra el respaldo de la cama, ella le estudió la cara resplandeciente en la penumbra. Un hilo de baba descendió de la boca de su marido, tocó la almohada sin que el trayecto viscoso se cortara. Leticia miró las agujas fosforescentes del reloj, eran las doce y veinte. Apretó los párpados y se hundió en la cama, la sábana hasta el cuello. La estridencia de los grillos y el tic tac del reloj se le volvieron demasiado nítidos. Pero su insomnio fue debilitándose; los sonidos externos se le mezclaron con los de un entresueño que fluía en espiral, sin desprenderse del todo de la vigilia. Un ladrido tenaz la despabiló. Sentada en la cama, apartó la cortina y curioseó la noche. Los jazmines y la poca luz no le permitían ver el cuerpo en el jardín, aunque alcanzaba a distinguir un brazo y una mano abierta. Firme sobre el techo del galpón, el perro del vecino volvió a ladrar, como olfateando una amenaza. Leticia se calzó las pantuflas y miró a su marido acurrucado en medio de la cama. Pensó en despertarlo para que la acompañara, pero la certeza de que avivaría un manojo de rezongos la hicieron desistir. Cuarenta años de casados para compartir qué cosas, hábitos de la vejez. Encendió la luz de afuera. Salió al jardín y contempló el cielo, un revoltijo de estrellas. La luna había perdido el amarillo y se imponía con su blancura a pesar de verse más lejana, empequeñecida, como si no le hubiera quedado otra que encogerse para alcanzar aquella fuerza rutilante. El perro permanecía expectante encima de las chapas, sentado sobre sus patas traseras. Los grillos dejaron de chillar. Leticia caminó bajo la parra, en dirección al laurel. La brisa le agitaba el camisón, marcándole los pechos en la transparencia de la tela. Encontró a la criatura boca arriba, los brazos en cruz. Boqueaba, le costaba respirar. Tenía los ojos abiertos; por los costados de la cara le bajaban lágrimas espesas sobre otras ya resecas, cristalizadas, igual que la cera que corre sobre capas de cera endurecida. Imaginó el escozor que debía de sentir el visitante al verter aquellas lágrimas. Doblada sobre él, se admiró de ver una parva de estrellas reflejadas en esos ojos enormes. Al erguirse, su mirada recayó en Abel, que observaba extático desde la parra, empuñando el palo del rastrillo. La turbó un poco su presencia en ese rincón de apacible oscuridad. Despeinado y encajado en su bata verde oliva, a Leticia se le antojó un extraño bicho en el entorno equivocado. —¡Está vivo! —dijo, intuyendo sin embargo que su marido ya sabía. El perro ladró otra vez, y los grillos volvieron a triturar la noche con su chirrido. Abel elevó el rastrillo y avanzó en silencio, sin vacilar. —¡No! —dijo Leticia, cubriéndose la cara. Y fue lo mismo que si hubiera visto todo: cada ruido le traía una imagen a la cabeza. Al golpe, apagado y firme, le siguió un aullido. Después sonaron otros golpes que intentaron acallar lo que cada vez era más débil, un quejido agónico, un último lamento. No lo creía capaz, ella no lo creía capaz de reaccionar de ese modo. Y mientras avanzaba a los tumbos hacia la casa, temblando y advirtiendo las salpicaduras en los brazos, pensó en lo poco que conocía a su marido, en cómo sería la convivencia de ahora en adelante, cómo harían para seguir unidos después de tanta saña desatada.
|
|
||||||||