Desesperada, Henar pensó que su madre tenía razón cuando le decía que no sabía cuidar de sí misma. Pero era demasiado orgullosa y cabezota para admitirlo. Tenía que seguir con el camino que había elegido. Y aquel camino pasaba irremediablemente por la cocina del piso que compartía en aquella ciudad con otras dos chicas que, como ella, estudiaban en un país extranjero, lejos de sus familias. El camino, de hecho, no sólo pasaba sino que, además, tenía allí una parada obligatoria. Henar llevaba por lo menos un cuarto de hora delante de la lavadora, intentando descifrar cómo funcionaba, y ya se habría rendido de no ser por el montón de ropa sucia que reclamaba ser lavado y no admitía excusas de ningún tipo. No tenía otra salida: tenía que conseguir poner la maldita lavadora como fuese. No podía ser muy difícil, había visto miles de veces como la asistenta que trabajaba en casa de sus padres la ponía casi a diario y ni tenía estudios ni hablaba una palabra de español. La cuestión era cómo demonios se hacía. Ojalá hubiera prestado más atención aquellas veces que pasaba por la cocina para beber un vaso de agua o coger algo del frigorífico. Sabía que debía meter la ropa dentro y suponía que habría que poner en algún sitio el detergente, que no era poco. También había oído en un anuncio de televisión algo de mezclar no tejidos ni colores.

Una ventana de cristal redonda le ofrecía una vista del lugar donde, si todo iba bien, pronto sus lujosas prendas de vestir recibirían su merecida limpieza y aseo. Tanteó alrededor de la ventana de cristal hasta que, bien disimulada por cuestiones estéticas, encontró una palanca. Temerosa por lo que pudiera ocurrir la accionó y, ¡bingo!, la ventanilla de cristal se abrió hacia ella dejando un generoso hueco que comunicaba con el interior de la máquina. Iba a empezar a meter la ropa, pero se echó atrás. ¿Tenía que hacerlo ya o debía llenar antes de agua aquel hueco? Mejor asegurarse antes de meter la pata.

—Vamos a ver. Tú vas a portarte bien conmigo funcionando y yo me voy a portar bien contigo dejando que laves la ropa más chic que nunca hayas lavado—le anunció a la máquina—. Programa corto, programa largo...—leyó en voz alta—. Anda, no tenía ni idea que las lavadoras estuvieran así de informatizadas. A lo mejor tiene un puerto USB por alguna parte, puedo enchufarla al portátil, y así seguro que es más fácil.

Buscó durante unos minutos el inexistente puerto para acabar dándose por vencida, pero aún dispuesta a lavarse la ropa sola, aunque fuera sin ayuda del ordenador.

En ese momento oyó el ruido de unas llaves en la puerta. Le faltó poco para correr hacia el recibidor y abalanzarse sobre Fleur , su compañera de piso francesa. Pese a que nunca se habían tenido mucho cariño, Henar se alegró de verla por el mero hecho de que podría ayudarla.

—¡Hola! Qué bien que hayas llegado tan pronto...—la saludó.

—¿Ah, sí? ¿Por?

—Nada, me estaba aburriendo. Un poco de compañía no me vendría mal. ¿Te parece bien que hagamos algo juntas, como por ejemplo...?

—No puedo, tengo cosas que hacer. Me voy a mi cuarto, avísame cuando esté la cena.

—Esto, Fleur ...

—¿Qué?

—¿Podrías ayudarme a poner la lavadora?—pidió.

—¿No sabes ponerla tú sola?

—Sí, claro que sé... Lo que pasa es que...—a toda prisa, buscó una excusa para no tener que admitirlo.

—¡No sabes!—la chica estalló en carcajadas—. ¿Es que aún no han llegado a España?

—Sí, pero... son diferentes—prefería que su compañera pensara que en España estaban atrasados en ese aspecto.

—No te preocupes, yo te ayudo—dijo la francesa, todavía aguantándose la risa.

Ambas se dirigieron a la cocina, donde la ropa de Henar seguía tirada en el suelo.

—Por lo menos podrías haber metido la ropa dentro...—comentó Fleur , mientras metía indiscriminadamente la ropa de su compañera en el tambor de la lavadora.

—Espera un momento. ¿La vas a meter toda junta? ¿No piensas separar los colores?

—¿Separar los colores?— Fleur la miró como si no supiera de lo que estaba hablando—. ¿Qué quieres decir con eso?

—En España tenemos la costumbre de separar las prendas con colores diferentes—contestó Henar, dándose aires de experta.

—Ah, esa costumbre tan racista de los españoles...—suspiró, y continuó metiendo la ropa.

—¡Eh! ¿No me has oído? He dicho que...

—Esas cosas sólo ocurren en España. Las lavadoras europeas y las de todo el mundo están preparadas para lavar la ropa de todos los colores.

Henar calló, abochornada por unos momentos de ser española. Aquél era el tipo de cosas que deberían copiar de sus vecinos europeos, si no querían estar a la cola del desarrollo.

—¡Espera, espera, espera!—la visión de su preciado jersey de angora en manos de Fleur la sacó de sus pensamientos—. Ese jersey no. Me costó una pasta. Creo que será mejor que lo lleve a la tintorería.

—Yo que tú no me fiaría de las tintorerías de este país. Sobre todo si es tan caro como dices. Seguro que no saben apreciar la calidad. En la lavadora quedará mejor—recomendó con una sonrisa cómplice.

Por un momento, ambas se quedaron mirando. Henar se preguntó por qué razón en el tiempo que llevaban viviendo juntas no habían llegado a congeniar. ¿Era porque ella se había quedado con la habitación más grande de la casa, que Fleur había pedido desde el primer momento? ¿O tal vez porque cada mañana pasaba más de una hora encerrada en el cuarto de baño, mientras que sus compañeras, que empezaban las clases mucho antes que ella, aporreaban la puerta sin recibir respuesta? ¿Y no sería porque había criticado la tarta de cumpleaños que con tanto esmero le había hecho a Ashley , su otra compañera de piso? Fuera lo que fuera, en aquel momento, nada parecía importar. Invadida por una súbita ola de afecto hacia su compañera, le devolvió la sonrisa. Quizá pudiesen llegar a ser amigas algún día, e incluso llegara a dejarle su jersey, algo que nunca antes hubiera llegado a hacer ni aunque se lo hubiera pedido de rodillas.

—Y ahora te voy a enseñar un truco francés para que los colores no se apaguen—continuó Fleur . Se levantó y fue al armario del fregadero, de donde cogió una botella—. En lugar de detergente, tienes que usar lejía, que además de limpiar, deja la ropa suave, desinfectada, y con un aroma maravilloso—dijo teatralmente, como si se tratara de una modelo en un anuncio.

Henar acercó la nariz al recipiente, y rápidamente se echó atrás ante el fuerte y desagradable olor.

—¿Estás segura de que esto es bueno para la ropa? Huele fatal.

—Por supuesto. Mira qué suave y qué bien huele mi suéter.

Henar alargó la mano y tocó el brazo de su compañera. Tuvo que admitir que tenía razón, pero verdaderamente costaba creer que algo que olía tan mal dejase la ropa con aquel tacto y aquel olor a flores tan agradable.

—Mira, tienes que echarla aquí, y aquí. Cuanta más eches, mejor. No te preocupes si al principio el color coge un tono raro, es algo completamente normal, y se quita en cuanto se moja—siguió explicando, mientras Henar la escuchaba atentamente—. Colocas esto aquí, te aseguras de que la puerta esté bien cerrada y, por último, es muy importante que pongas el agua a la máxima temperatura, para que así se quemen todos los gérmenes y bacterias. No es que quiera decir que tu tengas gérmenes, pero sería una pena que una ropa tan bonita se echara a perder por lavarla en agua fría...

—Muchas gracias, Fleur . Has sido muy amable. Creo que tú y yo llegaremos a ser grandes amigas.

—Sí, estoy segura—y salió de la cocina riendo a carcajadas.

Henar la observó, y pensó que daba gusto vivir con gente tan alegre como ella, siempre con una sonrisa en los labios. Después se giró y se quedó observando la lavadora, que funcionaba normalmente. Sintiéndose realizada y autosuficiente, se fue al salón para descansar por el esfuerzo que suponía hacer la colada. Y pensar que hacía sólo un rato había pensado que su madre tenía razón cuando le decía que no sabía cuidar de sí misma...

 

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