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Miro la cantidad de colillas que se amontonan en mi cenicero y me digo a mi misma que no puedo seguir así. Mis ojos están hinchados del sobreesfuerzo que les ha supuesto intentar expulsar la tristeza de mi cuerpo, en forma de lágrimas, sin descanso durante todos estos días. Pero mi mente se niega a reaccionar, y a sacarme de este sopor en el que me encuentro sumida desde aquel viernes, aquel fatídico viernes... Aquel viernes salí de la facultad más pronto de lo habitual, lo cual, para qué negarlo, era de lo más inusitado en mí. Mis amigas me miraron sorprendidas cuando después de una aburrida clase, recogí mis apuntes y mi carpeta, me puse el abrigo y me despedí de ellas. —¿Dónde vas? Todavía quedan dos horas de clase, y luego vamos a ir a tomar algo todas juntas. —Yo no voy— mi voz sonó un poco grosera, algo que no pretendía en absoluto—. Quiero decir que tengo que irme a otro sitio. —¿Sí? ¿A dónde? Durante todo el día, había mantenido ocultos mis planes para aquella noche. No por nada en especial. Supongo que en circunstancias normales, me hubiera encantado compartirlos con ellas, pero, a veces, las alegrías es mejor disfrutarlas una sola, y ocultarlas a los demás, como quien esconde una tableta de chocolate en el cajón de los calcetines cuando está siguiendo una dieta. Las miré dubitativa y vi que todas tenían sus escrutadores ojos clavados en mí, como si con sus miradas pudieran adivinar lo que se cocía en mi interior. —Me voy— anuncié—. Antes de que llegue el siguiente profesor. Y salí de clase dejándolas cuchicheando sobre la razón que me había llevado a pirarme las dos últimas clases del día y nuestra ineludible cita de los viernes con la cafetería de la facultad, donde compartíamos confidencias y cotilleábamos sobre nuestros compañeros de clase. Con paso rápido recorrí los pasillos del edificio, hacia la puerta de salida. La pintura que había sobrevivido a dos guerras mundiales y empezaba a desconcharse, deprimiendo a cualquiera que se parase a observarla, me recordó al blanco puro de las nubes que adornan el cielo en primavera. El viento que me recibió en la puerta, obligándome a ajustar mi bufanda, me pareció una suave e invernal caricia en mi piel. Todo era perfecto, idílico, deliciosamente ideal. La suerte me sonreía. Tenía una cita con el chico más guapo de la facultad. Nada podía salirme mal aquella noche. Su imagen había estado revoloteando por mi cabeza desde el primer día de clase, cuando, con un gesto de estar perdonándonos la vida a todos, entró en el aula con su carpeta azul, y, tras quitarse su americana negra, se sentó en las primeras filas, separado del resto, como si perteneciera a una casta superior. Los días fueron pasando, y mis esperanzas de llegar a hablar con él crecían de un modo inversamente proporcional a mis deseos de acariciarle, de que sus manos me tocaran, de serlo todo para él, aunque no fuera más que un instante. No podía evitarlo, jamás me había pasado algo parecido, pensaba en él a todas horas, y aunque sólo compartíamos una asignatura, su presencia, el saber que quizá podría cruzármelo por los pasillos, se convirtió en un aliciente para ir a clase cada día. Me sentía completamente estúpida, y en cierto modo avergonzada, al pensar que mi felicidad dependía de sí veía o no a un tío que ni siquiera sabía que existía. Pero lo que más rabia me daba de todo, era que aquello que estaba sintiendo por él era como tirado a la basura. Nunca llegaría a saber los sentimientos que provocaba en mí y, si llegara a saberlo, probablemente me llevaría una decepción de campeonato, con lo cual, la mejor solución parecía ser callar y esperar que la cosa pasara, y que otra persona, más accesible y alcanzable para mí, me hiciera olvidarle. Quizá por eso, la mañana que me habló por primera vez, me pilló completamente por sorpresa. Estaba charlando con mis compañeras, con las que sí compartía aquel secreto, y ni siquiera me había dado cuenta de que había entrado en clase. Aquel día no se dirigió a su sitio habitual, sino que, de entre toda la gente que había en el aula en aquel momento, tuvo que acercarse a donde yo estaba sentada. —Perdona, ¿me podrías dejar los apuntes de ayer? Estuve un poco liado y no pude venir...— me dijo. —Claro— tartamudeé, sintiendo el calor que se agolpaba tras la piel de mi cara. Torpemente busqué entre mis folios los apuntes del día anterior, día que hasta hacía unos minutos, había sido completamente inútil, ya que en él no había disfrutado de su silenciosa presencia, pero que en aquel momento alababa, por ser la clave de aquellas palabras que me había dirigido. Intenté que mi mano no temblara cuando le tendí el par de folios llenos de una caligrafía, que de haber sabido que él la iba a ver, habría cuidado mucho más. Me dio las gracias, y ya iba a marcharse a su sitio, cuando una de mis compañeras le retuvo. —Oye, ¿por qué no te sientas con nosotras? Seguro que es más divertido que estar ahí delante tú sólo. Creí que iba a morirme cuando con una sonrisa accedió y se sentó a mi lado. Me levanto y doy una vuelta alrededor de la habitación. No sé cuánto tiempo llevo encerrada aquí, he perdido la noción del tiempo entre este mar de humo y pañuelos que empapan mis lágrimas. No me puedo creer que esto me haya pasado a mí. Yo, que siempre fui tan fuerte, que jamás mostré un signo de debilidad, me he convertido ahora en la más vulnerable de las criaturas. Y todo por haberme dejado llevar... Con el tiempo, conseguí controlar las reacciones de mi cuerpo al tenerle cerca. Creo que me resultó más fácil de lo que nunca hubiera esperado, pero pronto me acostumbré a que cuando entraba en clase, se dirigiera hacia donde estábamos mis compañeras y yo con una sonrisa, se sentara junto a nosotras, y nos contara cómo le iba en el resto de asignaturas, o cualquier cosa que le pasara por la mente. Su forma de ser no era menos atractiva que su físico, por lo que mi caída en aquel pozo sin fondo continuaba peligrosamente imparable. Mis compañeras me animaban a que no le dejara escapar, y a la mínima, me ponían en bandeja la oportunidad de quedarme a solas con él, desapareciendo a traición en el momento menos esperado con cualquier excusa. Y, por sorpresa también, como el primer día que hablé con él, me pilló el día en el que me propuso quedar. —¿Tienes planes para este viernes?— ¿Le había temblado la voz al preguntarme o eran sólo imaginaciones mías? —No, ¿por? —Por nada, echan una peli en el cine que seguro que te gustaría. Si quieres podemos ir a verla. —Genial. Le pregunto a estas, y con lo que sea te aviso y concretamos— el plan de pasar una tarde en el cine con él, no era para nada despreciable. Seguro que cuando se lo contara a mis compañeras, aceptaban encantadas. —Bueno, yo había pensado que quizá nos lo pasáramos mejor si fuéramos tú y yo solos. Además, te debo una por el día que me dejaste los apuntes— ¿Era necesario que mientras me decía aquello, me colocara el pelo, desordenado por el viento? Tuve que frenarme para no saltar de alegría en aquel momento, para no estallar en carcajadas, para no ponerme a bailar al ritmo de una música que sólo yo podía oír. Mi respuesta, obviamente, era afirmativa. Delante del espejo de mi habitación, aquel viernes me convencí de que mi aspecto físico era envidiable, no sólo porque me había arreglado como no lo había hecho en mucho tiempo, sino también porque aquella sonrisa que no podía esconder iluminaba mi rostro, de un modo del que nunca antes había estado iluminado. Jamás me había pasado aquello, pero algo en mi interior me decía que el momento había llegado, y lo único que se me ocurría hacer era disfrutarlo al máximo. Llegué al lugar donde habíamos quedado cinco minutos antes de la hora acordada. No creía que fuera muy correcto llegar tarde a una primera cita. Para calmar los nervios de la espera, comencé a pasear de un lado a otro. No podía sentir el frío de la noche: mi corazón irradiaba un calor que nada tenía que envidiar al de la calefacción más potente. La gente que pasaba se me quedaba mirando: no era muy común ver a una chica joven y sola esperando en la calle a aquellas horas, cuando la gente de mi edad comenzaba a agruparse para disfrutar de la noche. Sin embargo no me importaba. En unos minutos llegaría el chico más guapo de la facultad, y ya no estaría sola. Al cuarto de hora de haber llegado comencé a impacientarme. No me gustaba demasiado la gente impuntual, aunque si él lo era, empezaría a gustarme. Ansiosa, miraba a un lado y a otro de la calle, esperando verle aparecer en cualquier momento. Seguro que ya no tardaría mucho más. Pero los minutos pasaban y él no llegaba, no sabía si pensar que algo malo podría haberle pasado o que me había confundido de hora o lugar. Quizá estaba tan en las nubes cuando había hablado con él que no había prestado demasiada atención a lo que decía. A lo lejos oí las campanadas de un reloj. Era ya muy tarde. No tenía sentido que siguiese esperando, fuera lo que fuera que había pasado para que no nos hubiéramos podido encontrar, podría subsanarse con otra cita. Tal vez, el próximo viernes. Miré de nuevo a un lado y otro de la calle, como última oportunidad. No había nadie. Sólo una pareja que caminaba cogida de la cintura hacia donde yo estaba. Desilusionada, aunque con la perspectiva en mente de una próxima vez en la que todo saldría bien, dirigí mis pasos hacia casa, dando la espalda a aquella afortunada pareja que sí podía pasar aquel viernes uno al lado del otro. Iba a doblar la esquina cuando oí que alguien me llamaba. No podía creerlo, era su voz. Me giré acusándome por haber sido tan tonta de haberme querido marchar. Y la imagen que vi se clavó en mi pupila como un cuchillo clavado a traición por un asesino despiadado. Con rabia y más fuerza de la necesaria, enciendo una cerilla. Antes de que se consuma, la acerco al cigarrillo que espera ser encendido posado sobre mis labios. Con la primera calada, siento como el humo llega a mis pulmones. Los imagino ennegreciéndose poco a poco, acortando mi vida, oscureciendo lo poco que queda de ella. No merezco nada mejor, el mundo me ha colocado en mi lugar. Dentro de esta habitación oscura, protegida del mundo exterior, donde el único daño que puedo sufrir es el causado por mis cigarrillos... Allí estaba él, el chico más guapo de la facultad, sonriéndome como siempre. Pero aquella sonrisa me resultó dolorosa como nunca. No por ella en sí, sino por la sonrisa que le acompañaba. Blanca y artificialmente perfecta, pertenecía a una mujer rubia, cogida de su cintura, ligeramente más alta que yo, a la que odié por existir. —Siento no haberte avisado— entre el ruido de cristales rompiéndose que inundaba mi cabeza, oí que se disculpaba. Me esforcé por dejar de mirarla a ella y buscar refugio en los ojos de él, para que me aclarasen lo que estaba tan claro que no necesitaba ninguna explicación—. Mi novia, que vive en Madrid ha llegado por sorpresa y he ido a recogerla a la estación. Lo del cine lo dejamos para otro día. No te importa, ¿verdad? —¿Es tu novia?— al momento me arrepentí de haber pronunciado aquellas palabras. Parecía idiota, pues claro que era su novia. ¿Quién demonios iba a ser si no? —Si. ¿No te había contado que tenía novia? —No. —Lo siento. Vaya despiste. Mientras hacía las presentaciones, sentí como si algo dentro de mí se hubiera roto. Algo que no marchaba del todo bien. Me aguanté el asco y la repulsión mientras la saludaba con una sonrisa, y con pocas palabras me despedí de ellos. Querían estar solos, pues hacía tiempo que no se veían, y yo quería estar a solas con aquel sentimiento que me invadía, ya que acababa de conocerlo. El calor que invadía mi cuerpo desapareció de repente, dejando lugar a un frío polar que me helaba los huesos. Todo mi optimismo se esfumó como la llama de una vela que se apaga bajo la lluvia. Como quien camina en sueños, me dirigí de nuevo a casa, y una vez allí me encerré en esta habitación. Sólo entonces, segura de que nadie podía ver mi desgracia, me atreví a dejar paso a las lágrimas que se agolpaban tras mis ojos desde que había conocido aquella verdad, y que había ocultado tras la sonrisa más falsa que jamás había esbozado. Me siento humillada, como si el mundo hubiese acabado aquel viernes, y se hubiese olvidado de acabar con mi vida. Como si no existiera un futuro que pudiera reparar todo el sufrimiento vivido. Como si navegara a la deriva en un mar de oscuridad donde llegar a la orilla fuera algo impensable. En la penumbra, observo mi cigarro a medias de fumar. El humo vaga a sus anchas por esta habitación, haciéndose con el control de mi cuerpo y mis actos, volviendo negro lo poco de blanco que queda en mi vida. El fuego transforma en ceniza lo que hasta hace un segundo no lo era. Y pienso que él ha sido como fuego para mí, ya que me ha dejado tan frágil y volátil como este polvo gris que se amontona ante mis ojos. Aún queda mucho humo por aspirar en el cigarro cuando, contra todo pronóstico, lo apago en el cenicero. Quizá, después de todo, no merezca la pena ennegrecer mi vida por alguien que no supo apreciar su blancura. |
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