Veinte de mayo. Hoy -me dije hace una hora- hoy sí que los jodí: voy a llegar bien tarde. Pero no. A pesar de la precaución, no está nadie aún en casa de Osiris, salvo ella, recogiendo un reguero que siempre es diferente pero que nunca falta en su patio. Se mueve con la gracia pequeña de su negrura culí. La calle suena con un sollozante vallenato desde la derecha, que se mezcla justo al medio, donde estoy, con la ranchera gozosa que cabrillea desde el otro lado. Estar asomado con el cuello doblado para seguir la calle no es la mejor postura. El fin de semana de la Madre perturba el ritmo, lo hace más de vértigo. En la calle hay maniquíes vestidos con ropa interior entallada; diseños muy sensuales y audaces que no le sirven, seguro, ni al diez por ciento de las mamás. Tacitas, teteras, esculturas, móviles, CDs piratas, regalos de todas clases. La puerta de madera pintada de color madera me sostiene un rato, hasta que el sol me harta y entro a la salita, adornada con un filete de baldosas imposibles, que recorren las paredes y bajan para cruzar muchas veces el piso de cemento. Hay de frutas con colores que no existen, flores que nacen de dendritas, triángulos que paren burbujas cuadradas, peces que nadan de lado, manchas violetas y amarillas que parecen rostros o mapas. Llega Aníbal, con su barrigota que parece a punto de estallar y sus piernitas cortas, balanceado su arrogancia y salpicando todo de sudor agrio. Se sienta y habla con Osiris, con gestos amplios y pausas calculadas, después de saludarnos a las dos. El calor aprieta. Descubro que la escalera que conduce al taller, al lado de mi silla, está metida en una sombra fría. Cambio de asiento. Luego llega Felipe, largo y hablachento; el que nunca deja terminar a los demás, el que se apropia del derecho de palabra de todos los que habitan la ciudad y el mundo. Se sienta en una silla de plástico blanca y se balancea hacia atrás; conversa, borbollando insaciable. Debe vivir solo, seguro, y donde encuentra gente se desahoga, farragoso. Hace dos o tres rabietas que deseo que se caiga de la silla y parece que hoy va a ser el día: una pata se dobla más y más, y él sigue con el balanceo, sin notarlo. No presta atención a nada, nunca: siempre hablando. Juan Carlos llegó con Felipe; compatriota de Petare, es evidente. Su forma de hablar, aunque certera y sabia, tiene giros locales que nos cuesta entender. No habla gamelote, como Felipe: todo lo que dice es lomito. Lo que entendí más claro fue cuando dijo: —Bueno, y para no ser menos, si ellos tienen sus nueves, yo tengo mi bicha… Y saca algo largo y brillante de su chaleco. Todo esto es para planear el veinte de mayo. Yo como que no vengo.
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