|
Trozos En una de esas mañanas muy azules, muy azules de principios de diciembre, con un sol de cara recién lavada, Eugenio, obrero del Ayuntamiento, se detuvo a contemplar el edificio con aires de crítico. Luego trajo los adornos navideños y su escalera larga, larga, que arrastró desde el sótano y apoyó contra la fachada. Se sentó en la escalera de acceso para abrir los paquetes de florones nuevos, rojos, dorados, verdes. Tomó el extremo del más frondoso y comenzó a trepar muy despacio, peldaño a peldaño, halándolo cada tanto. La gente que pasaba por la plaza se fue deteniendo hasta formar un grupo de cinco o siete, y para entonces Eugenio había llegado casi al tope. Tiró otra vez con fuerza de la guirnalda para subirla un poco más, pero ante el horror pueblerino perdió pie y se vino al suelo. Peor aún: se rompió. Como si estuviera hecho de gres o de porcelana se fracturó en al menos treinta trozos, desde el más grande, torso y piernas, hasta el más pequeño, un trocito de dedo. No hubo sangre y su cabeza rodó hasta quedar debajo de un banco, desde donde preguntaba "¿Qué pasó? ¿Qué pasó?" Sucedió entonces uno de esos eventos inexplicables. En lugar de ayudarlo, algunos de los que se agrupaban en la plaza se agacharon para recoger pedazos pequeños y luego salieron todos en estampida. El alcalde se asomaba en ese momento seguido de varios empleados. Sacó a Eugenio de debajo del banco y se sentó con su cabeza en las rodillas. -No te asustes, te compondremos. La mirada del alcalde era tan serena que Eugenio confió el él y se dejó hacer. Uno de los empleados fue a buscar al zapatero, que trajo su pega, y comenzaron a rehacerlo. Otro separó en dos montones los pedazos del brazo derecho y del izquierdo. Un tercer empleado hizo lo propio con los pies. Trabajaron en silencio, concentrados; cuando pegaban la cabeza al torso se oyeron gritos: la esposa y la madre de Eugenio irrumpieron en la plaza. -¡Nos dijeron que te habías matado! -No puede hablar mucho, señoras mías. Acabamos de armarlo y debe de reposar aquí, muy quieto, por un par de horas. Todo saldrá bien. El alcalde y los empleados volvieron a sus oficinas y Eugenio se quedó en el suelo hasta que a mediodía se levantó con cuidado, crujiendo un poco y oloroso a pega. Se encaminó a su casa seguido de las dos mujeres. Su madre le hizo sopa de pollo y él se acostó luego, sin entender nada pero aliviado. Despertó en la madrugada. Se levantó con cautela y examinó su cara en el espejo del baño: le faltaba la punta de la nariz y una oreja. Luego se miró desnudo y vio que tampoco estaban la punta de un codo y un dedo de la mano derecha. El ombligo era una ausencia en forma de estrella. Dio un par de vueltas a la casa; trotó moviendo la cabeza y los brazos, como para volar. Quedó convencido de que no se desbarataría y se acostó otra vez. Al día siguiente su esposa le hizo notar lo que él ya sabía: que le faltaban trozos. -Sí, ya sé -los ennumeró -. Tendré que ir a buscarlos. Regresó a la plaza y miró dentro de las jardineras, bajo los bancos, al pie de los postes de luz. Nada. El alcalde lo atisbaba desde la ventana de su oficina. -Eugenio, ¿te anoto a las personas que se llevaron tus pedazos? Creo que los recuerdo a todos. Al leer la corta lista, Eugenio dio las gracias, suspiró y caminó hacia la casa de una mujer. Ella no negó tener su oreja, y se la entregó. -La guardé porque te burlabas de mí cuando niños, ¿recuerdas lo que me decías? Hubiera preferido no escucharlo. . . Eugenio asintió y se fue, mirando cómo aparecían y desaparecían las puntas de sus zapatos sobre el camino. Pasó por la calle contigua y enfrentó a otra persona, la que tenía su codo. -¡Por pichirre que eres! -y se lo lanzó. Cayó entre las hierbas crecidas, de donde fue rescatado. En la siguiente casa dos hermanos lo esperaban, riendo. Tuvo que argumentar un rato para recuperar la punta de la nariz y a final se la dieron de buena gana. -Te la devolvemos, pero ¿para qué la quieres, si no hueles nada? No te bañas nunca y apestas, ¿sabes? Ante la siguiente casa sintió un ahogo. Llamó a la puerta y la misma voz dulce contestó, y las mismas manos hacendosas y ahora viejas abrieron y se abrieron le dieron su dedo, "... con este dedo, y los demás, me acariciabas... ". Mientras, él seguía mirando la punta de sus zapatos. Se fue sin responderle. Eugenio suspiró de nuevo y se adentró por una calle con rumbo a las afueras, una zona donde nunca había estado. Tuvo que preguntar varias veces por un nombre hasta que llegó. Una choza sucia y derruida se fue dibujando debajo de un árbol de sombra demasiado espesa. Un patio de tierra, basura de colores viejos, rejas y postigos lacerados. El hombre se levantó cuando lo vio venir y respondió al postrero mote de la lista. -No te daré el ombligo -Eugenio inquirió y recibió respuesta. -Porque soy tu padre. Pilar Dublé. Caracas, Enero 2006
|
|
||||||||||||||