Tres para un funeral

Uno

La actitud del médico le molestó. Más que como a un paciente que no se sentía bien, insistía en regañarlo como a un chiquillo.

-Tiene que dejar de fumar. No sé si a esta altura de su vida usted tendrá la fuerza de voluntad para no llevarse otro cigarrillo a la boca. Si sigue con ese vicio, de poco valdrá la medicina que le receto para que dure un poco más.

No dijo nada pero sabía que iba a ser difícil. Más de cincuenta años de nicotina no se podían abandonar así tan fácil pese a lo sombrío que representaba la tos y la falta de aire que lo ahogaba por el enfisema.

-Tiene huecos en los pulmones -le repitió el galeno, haciéndole sentir que el mismo no guardaba para él ningún tipo de tacto -Sus alvéolos ya no aguantan más.

Sus alvéolos pensó. Como si supiera de qué le estaban hablando. Con lo fácil que era decirle a rajatabla que sus pulmones estaban en pedazos y punto.

-Estos doctores así como escriben tratan a sus pacientes. Al final terminas muriendo sin saber qué tenías ni qué pastillas te daban a tomar.

No obstante, a que de tajo le comunicaban que las fibras elásticas de sus pulmones estaban para el basurero, concluyó que de algo tenía que morir.

A pesar de la pasividad ante su suerte y de como él decía, "del huevo" que le costaba cambiar sus hábitos, no le quedó otra opción que coger la vida de otra manera. Sobre todo de no volver a probar más cigarrillos con todo el mentol y los filtros del mundo conque se lo disfrazaran.

Ante la impotencia de tener obligatoriamente que privarse de muchas de las cosas que eran su delirio (como aquello de perderse del hogar cada tarde, ahogarse en cervezas o jugar al dominó hasta altas horas de la noche), se tuvo que enfrentar a aspectos que con anterioridad había conceptuado como absurdos. Por ejemplo, aceptar que por terquedad nunca se mudó de su oscuro cuarto hacia una pieza más holgada solamente por el hecho de no pagar un poco más de renta.

Enfermo y sin mayor claridad en su entorno que la de un amarillento bulbo de 40 vatios, hubiera preferido vivir en la planta alta de aquel caserón de inquilinos. Estar en lo alto para salir en las tardes al balcón, aunque fuera para ver el ir y venir de la gente. La semipenumbra de su habitación contribuía a hacerle más pesado lo que le quedaba de vida

En la rutina de levantarse cada mañana y de no disponer de otro entretenimiento que no fuera escuchar la radio o ver la televisión, comenzó como un solitario penitente a perderse en la bruma de los recuerdos.

En esos días de obligada reclusión, le molestó retrotraer mentalmente a Delicia.

Delicia, el pedacito de mujer que más que hacerle honor a su nombre por mucho tiempo se convirtió en una molestia con su constante aparición y cantaleta

-Don Lalo, cómprese su seguro de entierro. Mire que con cómodos abonos usted tendrá derecho a tres espacios en el jardín de Paz y ataúdes para tres personas.

Lo cierto es que Delicia se constituyó en una impertinente que se hacía o que no sabía a conciencia, el significado de la palabra "ahora no se puede".

Y en verdad que él jamás dilucidó si la muchacha porfió por tanto tiempo sobre la posible venta por ganarse una comisión, o por tener una excusa para acercarse a su hijo Ricardo. Por mucho que trataba de disimularlo, a la chica se le encendían los pómulos y se les soplaban los pezones por debajo de cualquier tipo de blusa, cada vez que veía sin camisa a Ricardo Alberto.

-Esta viene a mi casa a que se le disparen las hormonas y a ver qué me arranca con aquello de que el herraje, que si la caja metálica, que si aquello de interiores de tafetas, que si las barras sólidas o que si el cierre engargolado.

Esa conclusión la repitió una infinidad de veces pero no cedió para nada a la insistencia de la joven. Tanto fue la necedad de la incansable vendedora, que lo llevó a aprenderse todas las partes de una caja mortuoria. Por eso era que bajo las condiciones de salud por las que atravesaba, mantenía un enojo consigo mismo. Todo por no prever que le llegaría el día de morir y que su falta de precaución obligaría a que la pobre Etelvina su mujer, tuviera junto con sus hijos que buscar la manera de enterrarlo.

Y con el pasar de los días y de los meses, el enojo se fue convirtiendo en tristeza, llevándolo a abstraerse en las huellas de los años fenecidos.

Sin saber cómo, volvió a recordar al muchachito medio españolito que residía en lo alto de la única casa de cemento que se construyó en el barrio.

Paquito le decían sus padres. Talvez por no haber nacido en el conjunto de caserones de madera que constituían el suburbio, con casi nadie se rozaba. Ese niño se había mudado al lugar cuando frisaba alrededor de los siete años y de manera habitual, pasaba su tiempo devorando libros tras libros en el pequeño balcón de su habitación.

Paquito tenía una hermana y un hermano que eran menores que él. Los tres al parecer, no eran hijos de matrimonio. Según las apariencias, la mamá era el "segundo frente" de un español. Un madrileño peludo hasta el cuello pero con cabello solamente a los costados de la cabeza. El velludo aquel se aparecía a cada rato manejando un destartalado camioncito de reparto en cuyas puertas se leía "Mueblería La Sagrada Macarena".

Cuando el español se iba a quedar por un tiempo más prolongado en su hogar clandestino, todo el vecindario se enteraba pues de inmediato encendía a todo volumen su tocadiscos para escuchar a Juan Legido y a todos los Churumbeles de agregado.

Y él por alguna razón que nunca se explicó, odió al hijo mayor del mueblero desde el momento en que lo conoció. Odió ver como las viejas de esos caserones viejos, decían que era un niño lindo. Odió saber que comía bien a diferencia de muchos. Odió observar la forma en que las chiquillas del lugar, las pocas veces que a éste lo dejaban bajar de su gallinero, comenzaban a peinarle con las manos la vellosidad de los brazos como si se tratase de una maravilla. En fin lo odiaba por un sinnúmero de cosas y sin saber a plena ciencia por qué

Era tal su antipatía por ese niño que por sentirse satisfecho, le clavó el mote de "Joselito" como el famoso españolito que cantaba "La luz de tus ojos".

Posiblemente fue el aborrecimiento que guardaba para el otro lo que le motivó a que años más tarde y cuando ambos andaban en los quince, a poner los ojos y las manos sobre Rita.

En honor a la verdad, Rita en comparación con las otras chicas del barrio llevaba las de perder. Sus principales atributos eran una bonita sonrisa, una dentadura casi perfecta, una pausada voz al conversar y un busto bastante tentador. Por lo demás, era una muchacha común y corriente. Eso sí, le gustaba arreglarse y cambiar el color de cabello a cada rato.

Y es que Rita había cogido la costumbre de estacionarse en el balcón de "Joselito" para hablar cuanta babosada le pasara por la mente. No sólo eso, a diferencia de cualquier chica normal, le había dado por escuchar música clásica, olvidando que pertenecía a una realidad en donde la moda era otro tipo de conducta. Y el odioso chiquillo, el mentado "Joselito", hasta se babeaba escuchando las nimiedades que se escapaban de la boca de ella.

Eso le dio coraje para demostrarle a ese muñequito de escaparate que a su lado era un bebé de teta. Que si a él le daba la gana, ponía a Rita a comer de su mano. Después lo demás fue historia. El posterior nacimiento de Chelita, algunos años de dura convivencia y un divorcio nada fácil. Al final, el capricho fue por gusto. Unos meses después de cumplir los quince el famoso Paquito, ignorando lo de la barriga de Rita se fue del lugar y nunca se supo más de él.

Según las referencias de las "lleva y trae" que en el barrio siempre estaban a la orden del día, el coplero de los discos de Juan Legido y Lola Flores, el famoso dueño de "La Sagrada Macarena", enviudó y se llevó a vivir a su querida y sus hijos a otro lado.

Eso había sucedido muchísimos años atrás. Muchos que hasta ya había perdido la cuenta. Empero a la distancia entre el tiempo y los recuerdos, inconscientemente y hasta la hora de su muerte, Lalo se preguntó qué había sido de la vida de ese españolito a quien tanto odiara y de quién no tuvo más noticias.

Dos

Cuando el sacerdote clavó su mirada en ella, bajó la cabeza para evitar que adivinara que sus pensamientos viajaban lejos de allí y que no estaba a gusto en la ceremonia. Había realizado un esfuerzo muy grande para asistir a ese velorio y sentía que estaba allí a la fuerza. Era tal el rencor que guardaba en su corazón, que solamente por cumplir con su hija Graciela, permanecía allí y repitiendo mecánicamente "Que Dios lo saque de pena y lo lleve a descansar".

Si por locura de juventud o por modalidad, permitió que la arrastraran las caricias de aquel que ahora velaban, jamás dejó de arrepentirse una y mil veces de ese error.

De todas las vivencias pasadas con el padre de su hija, era ésta lo único bueno que le quedaba de ese hombre al que por cristiandad, tenía que perdonar.

Íntimamente se río cuando el sacerdote haciendo alusión a lo lleno que estaba el templo, esbozó que el difunto tenía muchos amigos y que eso era propio de una buena persona.

Buena persona. Un perfecto canalla que después de maltratos y malos ratos, se olvidó que tenía una hija que mantener. Un tipo que a duras penas se limitó a darle de comer a los hijos con su última concubina.

Dentro de sus divagaciones, volvió a fijarse en los azules ojos de quien oficiaba la misa. De manera espontánea, recordó unos ojos similares. Sin ofrecer resistencia se dejó llevar por el llamado de la remembranza para revivir en su mente la imagen de Pancho. De Pancho como ella le llamaba a Paquito, su tierno enamorado de la infancia. ¿Qué habrá sido de su vida y qué vida hubiese sido la mía de haberle dicho sí a sus pretensiones de enamorado? ¿Estará vivo? ¿Cómo será ahora? ¿Se acordará en algún momento de mí?.

Paquito se dijo y lo volvió a recordarlo fresco como agua de montaña. Tierno, culto, atento siempre de ella y totalmente opuesto a lo que era Lalo.

Pero la ley del barrio era empatarse con alguien despierto y dominante. Mientras que Lalo era fuerte y aguerrido, Pancho era como una débil pluma. Mientras que Lalo era independiente, Pancho se sometía a las órdenes maternas como enfermiza chiquilla.

Al final de una errónea escogencia, la vida le deparó que contribuyera económicamente con su hija, para enterrar a ese mal hombre que prácticamente no le dio nada a ninguna de las dos.

-Pancho -evocó nuevamente -a esta hora debe estar casado con alguna niña rica en quien sabe que país. Decididamente yo escogí y escogí mal. Si Pancho me viera ahora marchita y golpeada por la vida, seguramente que ni creería que era yo.

Pancho -pensó -cuanto me gustaría saber de ti, aunque fuera solamente por saberlo. -En la enorme iglesia se volvió a escuchar "Que Dios lo saque de pena y lo lleve a descansar" alejándola nuevamente de aquel al que Lalo burlonamente le llamaba "Joselito y devolviéndola a la realidad de rezos y de olor a cirios.

Tres

Se sentía cansado. Después de una buena cantidad de años, le resultaba tedioso oficiar esas misas de difuntos. Aunque a nadie le manifestaba esa inconformidad, el ánimo le aseguraba que ya era hora de dedicarse a otros menesteres como eclesiástico.

-¿Quién habrá sido este pobrecito? -se preguntó ante el ataúd de rudimentaria elaboración que tenía al frente.

-Es paradójico pensar -se dijo -que mientras más humilde sea la caja, mayor número de amistades tienen algunos difuntos.

-Roguemos a Dios por nuestro hermano Eduardo - leyó y sin buscarlo se acordó de Rita. -¿Qué habrá sido de la vida de aquella muchachita? Apuesto que jamás se imaginó lo que la quise.

En honor a la verdad, Rita al lado de otras chicas del barrio no ganaba premio. Sus principales atractivos eran una bonita sonrisa, una dentadura casi perfecta, una pausada voz al conversar y un busto bastante tentador. Por lo demás, era una adolescente común y corriente. Eso sí, adicta a engalanarse y a cambiarse el color de cabello a cada rato.

Invocando a esa que de por vida se constituyó en su único amor de hombre, también recordó al patán que regularmente lo mirada con odio. Lalito le decían sus amigos. Un picapleitos que nació en el barrio como la mayoría de los de allí y con quien nunca le dio la gana de intimidar.

Sin poder anteponer los preceptos religiosos que su madre u los estudios le inculcaran, por motivos que nunca se explicó odió al niño aquel desde el momento en que lo conoció. Odió ver como todos admiraban su arrogancia y su fortaleza de muchacho rudo y de cabeza de grupo. Odió ver como a las chiquillas del vecindario, se ponían de calientes cada vez que les enseñaba su compacta musculatura, como si se tratase de una maravilla. En fin, lo odiaba por un sinnúmero de cosas y sin saber a plena ciencia por qué.

Era tal su odio por ese niño de su propia edad, que por auto complacencia, le clavó el apodo de "Brutus". Lo odio con mayor intensidad al descubrir que en la noche en que Rita se comprometió a responderle sobre un posible noviazgo, lo encontró en un oscuro zaguán, metiéndole las manos a ella por todos lados.

Aquella noche con el cielo por capote, descubrió que Rita en verdad no era nada especial y que su finura era una simple careta prefabricada con cartón reciclado con papel higiénico. Una débil arcilla de moldear, que con cualquier gota de rocío se diluía en la nada.

Por eso es que más odió a Brutus. Lo detestó intensamente pues de alguna manera le hizo sentir que no arrastraba consigo a Rita porque sinceramente le gustara, sino caprichosamente para evitar que fuera para él.

Empero a la distancia entre el tiempo y los recuerdos, inconscientemente hubiera querido saber qué sería de la vida de esa chica llamada Rita y qué, de aquél bueno para nada a quien tanto odiara y de quien no supo nada más.

Secó el sudor de la cabeza despoblada de cabello. Ahogando un bostezo emitió un "Que Dios lo saque de pena y lo lleve a descansar" alejándose voluntariamente de la imagen del niño al que en secreto apodaba "Brutus" y del que sabía que a su vez, a él burlonamente le decía "Joselito".

 

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