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Tango I Estampó al pie de la hoja el sello de fiscalizador municipal, debajo de su firma. Levantó la nota del escritorio y la sostuvo en el aire, demorado en pensamientos que nada tenían que ver con el trabajo. En qué momento, se preguntó Beltrán, en qué momento había dejado de sentir admiración por esos ídolos que de chico tanto lo entusiasmaban: cantantes, músicos, en fin, artistas que de pronto parecieron chapotear en el estanque de sus limitaciones. Acaso un día los descubrió demasiado humanos, o a lo mejor no supieron mantener sus cualidades. Lo cierto era que sólo uno alcanzaba a deslumbrarlo todavía, con su voz encendida de matices, una voz que mejoraba con el tiempo. -Carlitos... -suspiró, mirando por la ventana el cielo encapotado. El timbre del teléfono lo encajó de nuevo en la rutina. Dejó la nota firmada en el lado derecho del escritorio, donde se abultaban varios documentos, y atendió. -Para vos, Ernesto -apoyó el auricular sobre la pila de hojas. El pibe dejó esperando a un viejito en la ventanilla número veinte, de Tasas Varias, y caminó hasta el teléfono. Detrás del anciano se impacientaba una mujer de pechos redondos y provocadores. Beltrán se llevó las manos a la nuca, estirando las piernas debajo del escritorio. Al incorporarse, rompió unos papeles y los arrojó al cesto. Ernesto colgó, volvió a la ventanilla y murmuró unas palabras que Beltrán no pudo oír, seguramente algo gracioso. El anciano cabeceó con indulgencia, como disculpándolo por la demora. Simpático Ernestito, pensó Beltrán, y tan amanerado como siempre. Se cruzó de brazos y volvió a contemplar las nubes por la ventana. Tarde gris, tarde de lluvia. En eso, sintió venir otra racha de melancolía. Hacía poco menos de un mes que había muerto su padre. Más allá del dolor, sentía alivio, como si ahora se moviera sin llevar ninguna carga. Lo incomodaba un poco esa liberación, quizá porque encerraba algo de remordimiento. ¡Le hubiera costado tan poco hacer feliz a ese hombre! Pero la relación con su padre osciló siempre entre el odio y el respeto. Odiaba sus rezongos, su pesimismo. En la adolescencia, época traumática en la que Beltrán descubrió el amor por el canto, el viejo se encargó de mutilarle cada idea que lo animaba, cada sueño. Ni siquiera al enterarse de que él, Ricardo Beltrán, empezaba a ser conocido en algunos barrios como cantor de tangos (aunque no tanto como para largar el flamante trabajo de cadete municipal), dejó entrever el viejo un gesto alentador o un cachito de orgullo o de alegría. Lo mismo que el padre, su madre no lo alentó nunca, aunque a decir verdad tampoco lo contrarió. No tenía temperamento, pobre vieja, ni siquiera era capaz de decidir algo por sí misma. Algunos dramas y preocupaciones, entre ellos una operación de laringe y la mala salud de la madre, hicieron que su vocación languideciera. Por años dejó de cantar y frecuentar los bodegones donde solía lucirse con su acompañamiento de guitarra y bandoneón. Sin embargo, la voz continuó madurándole en secreto. Consciente de esa garra que peleaba por salir, un día decidió volver. Ahora, sin los padres, sin hermanos ni mujer; ahora, a los cuarenta y cuatro, Beltrán se encontró como en una encrucijada. Cuarenta y cuatro años, la edad en que murió Gardel. Le pareció curioso que a esa misma edad en la que el ídolo moría sin dejar descendientes (su cuerpo moría, en todo caso, no su imagen ni su voz), él sintiera la necesidad de darle un giro a su vida, dedicarse de lleno a lo que le importaba y, por otra parte, proyectarse en otro. Sí, un hijo le andaba faltando. Y una mujer a quien amar. Pero si no se había cruzado en tantos años con la mujer de su vida, difícilmente la iba a encontrar ahora. Cuando uno se empecina en conseguir algo, las cosas no aparecen, como si el destino las escondiera a propósito. Y al pensar esto, se dio cuenta de que estaba razonando igual que el padre, desde la desesperanza. -Ya vengo -Ernesto se inclinó sobre el escritorio de Beltrán y puso carita de sufrido-. Voy al baño, jefe. Beltrán alzó la cabeza y asintió con desgano. -Andá tranquilo, pibe. Palpó su pelo engominado y se puso a relojear a la tetona, que esperaba ser atendida. Beltrán se levantó y llenó de aire los pulmones, una inspiración profunda, ruidosa. La mujer tendría unos treinta y cinco pirulos, a lo sumo cuarenta. Había carne para rato debajo de ese escote. Era evidente que se había operado los pechos. Él nunca había manoseado tetas de silicona, y mientras enfilaba hacia la ventanilla donde aguardaba la mujer, se preguntó si sería lo mismo que tocar dos globos de agua tibia. La idea de apretarlos le causó una impresión rara, mezcla de curiosidad y temor. A la mujer le había llegado una notificación con el resumen de una deuda. Consultó por un plan de pago en cuotas. Beltrán le dio detalles. -Bueno, la semana que viene cancelo todo -dijo la mujer, y se lo quedó mirando como si lo conociera de alguna parte-. ¿Usted no es?... -Sí, el mismo -Beltrán le regaló una sonrisa picarona. -¡Venirlo a encontrar acá, quién lo hubiera imaginado! ¿Así que trabaja en el Municipio y además canta? -De algo hay que vivir, y el arte no da para tanto, vio. -Claro, claro -la mujer se acomodó un mechón rubio detrás de la oreja-. Mire qué casualidad, mi prima y yo tenemos pensado ir a verlo cantar mañana a la noche. -No me diga. -Va a presentarse en el teatro de la Sociedad Italiana, ¿no es cierto? -Sí, sí. Ahí estaré para complacerlas. -Nos vemos, entonces -se despidió ella. Ernesto volvió moviendo las caderas. Se incorporó a su puesto y siguió atendiendo a la gente. Beltrán se apartó y caminó hacia la ventana que daba a la calle. Desde su presentación en la tele, algunos desconocidos se le acercaban para saludarlo. Y eso que había cantado durante apenas siete minutos en "Noche de Tango". La tele es un empujón tremendo, se dijo, y se puso a repasar la charla con la tetona. Le costaba ver a esa mujer como madre de sus hijos; en realidad, le costaba verla como madre. Sin embargo, hizo un esfuerzo por dejar de lado los prejuicios y se la figuró en su casa, esa casa en la que él vivía solo, la tetona sumada a sus proyectos. La imaginó hablando por teléfono con empresarios del espectáculo, concertando sus futuras presentaciones, mientras más allá, en el sillón, el crío de ambos jugueteaba con una armónica. Parpadeó y miró a través del vidrio. Una paloma caminaba por el alféizar. Al notar que la observaban, remontó vuelo. Diminutas plumas azules y blancas revolotearon en círculo, arrastradas por la corriente de aire. -¿Qué te asustás, pajarona? -se ajustó el nudo de la corbata- ¿No ves que soy Beltrán? II Después de repetir, a pedido de la gente, dos milongas del programa de esa noche, Beltrán agradeció los aplausos con una reverencia. Todo era esplendor, atención acaparada, puro presente. Cuando se cerró el telón, bajó del escenario por una escalerilla ubicada a su derecha y enfiló por el estrecho pasillo hasta el camarín. Una vez adentro, se quedó parado frente al espejo bordeado de lamparitas blancas, ostentando una sonrisa poco natural. Atilio, el guitarrista, ingresó en el camarín, y atrás lo hizo Petrecca con su bandoneón. Beltrán cerró los ojos y se le vino a la mente la imagen de Gardel: el Morocho lo elogiaba meneando la cabeza, los brazos extendidos. Abrió los ojos, miró a los compañeros. -Qué macanudo lo de esta noche -dijo Beltrán, y encendió un cigarrillo. Petrecca dejó el bandoneón en una silla. -La gente respondió bárbaro. Lugares como este nos están quedando chicos. Atilio no hizo comentarios, pero se le notaba la satisfacción. Mientras enfundaba la guitarra, oyó que, dentro del bolso colgado en el perchero, su celular comenzó a despachar una melodía de bailanta. Abrió el bolso y atendió. Murmuró unas palabras y volvió a guardar el teléfono. -Bueno, muchachos -ya se despedía, el bolso en una mano y la guitarra en la otra-. Me voy para la peña. Saben que esta noche mi punteo no termina acá. -Lo tuyo es el tango, Atilio -indicó Beltrán, como si lo cachara cometiendo una bajeza-. ¿Cuándo vas a largar ese grupete de folclore? -¿Cuándo? -Atilio se volvió para contestarle, medio en broma, medio en serio-. El día que vos renuncies a la municipalidad. Y cuando Petrecca cierre la fiambrería. -¿Y yo por qué tengo que cerrar la fiambrería, eh? -reaccionó Petrecca, peinándose las canas con los dedos. -A eso iba, muchachos -explicó Atilio-. Yo me las rebusco igual que ustedes. -Ya vamos a despegar -dijo Beltrán, que se había quitado el saco y se cambiaba ahora la camisa transpirada-. Esperen a que grabemos el primer disco. Calculo que de acá a un año nos presentamos en el Ópera, acuérdense lo que les digo. Atilio asintió, saludó con la mano en alto y salió del camarín, dejando la puerta entornada. Por el espejo, Beltrán advirtió que un chico se asomaba silencioso. Se le ocurrió, como en un relámpago, que era Atilio que volvía convertido en un mocoso de ocho o nueve años, flaco, los zapatos sin brillo. El chico entró medio inseguro. Beltrán se dio vuelta y lo miró a Petrecca, interrogándolo con un gesto. Petrecca se encogió de hombros. -Me llamo Matías -se presentó el chico-. Mi papá es el acomodador. -Ah, seguro que te mandan a pedirme un autógrafo -Beltrán se puso a buscar una lapicera. -No -el chico se metió las manos en los bolsillos del pantaloncito corto-. Yo nomás venía a avisarle que una señora lo está esperando en la entrada. Al lado de la boletería, lo espera. -¿Qué señora? -Amiga suya, me dijo. No sé cómo se llama, no me aclaró y yo no le pregunté. -Decile que enseguida voy. Gracias. El chico desapareció cerrando de golpe la puerta. -¿Será linda, che? -dijo Petrecca, guardando el bandoneón, acomodándolo con dulzura en el estuche-. A ver si todavía te ensartás. Beltrán apoyó un pie en la silla de la que colgaba el saco, luego le dio una furiosa pitada al pucho. -Yo sabré sacármela de encima en caso de que sea un bagayo. -Ya te vas a cansar de tanta loca suelta. Nos vamos a pudrir del acoso de las minas, de la gente. -No, no es así -Beltrán se puso serio y agregó con énfasis, como recitando palabras de un cantor ya consagrado-. Yo me sentiré siempre satisfecho con las demostraciones de cariño. Son mis seguidores los que afianzarán mi prestigio y mi gloria -alzó la cabeza y miró las lamparitas alineadas en el borde superior del espejo. Una de ellas titilaba amagando con apagarse. -Mañana la seguimos, Ricardo -Petrecca le guiñó un ojo-. Y de paso me contás cómo te fue. Beltrán quedó solo en el camarín. Aplastó la colilla en el cenicero, retorciéndola lentamente. Volvió a ponerse el saco, se abrochó un botón y salió. En el hall central, junto a la boletería, la rubia de pechos redondos esperaba de pie, exhalando hacia el techo el humo del cigarrillo que sostenía a la altura de los hombros. Ya habían salido casi todos, quedaban unos pocos varados en la entrada, conversando. Beltrán se puso a espiar a la mujer desde un rincón, guarecido detrás de una cortina. Esta noche era su noche, no tenía dudas. Y como si el destino o su memoria buscara empañarle el entusiasmo, se acordó de la última cita, de hacía dos meses, con una mesera de un boliche de Palermo. Aquella vez, después de cenar con la chica, Beltrán sintió que era el momento de prepararse para lo más íntimo. Ya en el auto los dos, puso un casete mientras pensaba en el modo de insinuarle que fueran a un hotel. La voz del Morocho entonaba "Mano a mano". Entre desconcertada y divertida, ella preguntó quién era el tipo que cantaba esa antigua música que raspaba los parlantes del vehículo. Beltrán puso el pie en el freno, su estrategia amorosa se derrumbaba. "Cómo que quién canta", le chantó mirándola a los ojos. La chica se alzó de hombros y atinó a sonreír. Buscó justificarse: "Para mí todos los tangueros tienen la misma voz, viste". Beltrán miró la luna a través del parabrisas, las manos aferradas al volante. Apagó el estéreo y permanecieron callados largo rato. Después, abrió la puerta del lado de la chica y le pidió que se bajara. Se frotó los ojos, como pulverizando ese recuerdo, y volvió a espiar a la tetona, que había dejado de fumar y lo buscaba con mirada discreta, cruzada de brazos. Parecía dudar entre mandarse a mudar o seguir esperando. Antes de salir de atrás de la cortina, Beltrán abrió la billetera y sacó el profiláctico que conservaba desde hacía meses entre monedas y boletos capicúas. De tanto patinar en su propia lubricación, el profiláctico había empañado el envoltorio transparente que, según él pudo comprobar, seguía bien cerrado. Lo guardó otra vez en la billetera y enfiló hacia la mujer. Al verlo acercarse, ella alzó una mano instintivamente. Beltrán pidió disculpas por la tardanza. La saludó con un beso, y la mujer le susurró al oído su nombre, Mónica. -¿Y tu prima? -No pudo venir -se limitó ella a responder. Decidieron ir a tomar algo. Beltrán recomendó un barcito por el barrio de Boedo, con mesas de madera y velas aromáticas. -¿Viniste en auto, Mónica? -No, no tengo. Beltrán sacó del bolsillo las llaves del Peugeot. Salieron a la calle. III Hubo una pausa en la conversación, un silencio de miradas suspendidas que Beltrán aprovechó para pedir otras dos copas de coñac. Ahora se entendían a través de pequeños gestos intraducibles: muecas, guiños, parpadeos. Me caés bien -ella se mordisqueaba el labio-, me gustás. Beltrán sonrió (una sonrisa ancha, los ojos apenas entreabiertos). Arrimó su silla a la de Mónica y la besó en la boca. Cuando dejaron el lugar, subieron al Peugeot y ella hizo un comentario acerca del clima. Que saldría el sol al día siguiente, dijo. Beltrán pasó por alto el comentario y le preguntó adónde quería ir. -Adónde querés ir, muñeca. -Adonde quieras -dijo Mónica. Él dobló por San Juan, rumbo a su casa. Del garage pasaron al patio por una puerta lateral, y un caminito de baldosas desiguales los condujo a la cocina. Beltrán encendió la luz y agarró dos vasos limpios. De ahí fueron al living. Mónica soltó la cartera en el sofá de dos plazas, mientras él abría una de las hojas de la ventana, para que cambiase un poco el aire pesado del interior. Echó una medida de Legui en cada vaso, le alcanzó uno a ella. -Es linda la casa -comentó Mónica-. Me decías que viviste un tiempo con una mujer. -Sí, una vez -él iba a extenderse, pero entendió que no valía la pena dar detalles de aquella desdichada relación. -A mí tampoco me fue bien -ella se miró en el espejo colgado en una de las paredes, pero bajó la vista como si algo de su propia imagen la incomodara-. Es difícil la convivencia. Beltrán dejó su vaso en la mesita ratona y se acercó a Mónica. -No sé qué pensarás vos, pero yo no busco una aventura. -Ni yo -contestó ella, pasándose los dedos por el borde del escote. Se besaron por segunda vez. De pronto, Beltrán se dio vuelta y fue hasta la repisa de mármol encastrada debajo del espejo, en la que descansaba un retrato del Morocho. Se agachó y el retrato quedó a la altura de su cara. -¿Qué opinás, Carlitos? Es la jermu que buscábamos. ¿O no? Mónica caminó hacia Beltrán, con el vaso de Legui en la mano. -¿Pasa algo? -No sé, no me contesta -dijo Beltrán en cuclillas. -¿Quién? ¿Gardel? -ella se inclinó hacia delante-. ¿Y qué esperás que te conteste? Él se levantó y la tomó de un brazo. -Ya te expliqué lo que él significa para mí. -Yo también lo admiro, ya lo sabés. -No, no es eso -dijo Beltrán, y había algo de fatalidad en el tono, una queja de tanguero-. Vas a tener que aceptarlo, Mónica. Y él tiene que aceptarte a vos. -No entiendo, Ricardo. ¿Es un juego? -¿A vos te parece que estoy jugando? -Es que estás raro. Un viento fresco agitó la cortina de la ventana. Ella se separó de Beltrán, dio unos pasos en dirección al sofá, el licor agitándose en el vaso. Un mechón le colgaba por un costado de la cara. Beltrán quedó con la mano extendida, como si con ese gesto buscara atraer de nuevo a Mónica, retenerla. Pero la fue bajando despacio. -Mónica, amor -dijo, relajado-. Lo que trato de decir es que debo compartirte, dejar que él te contemple. Te desnudarás para mí, pero también para Gardel -miró el retrato y luego volvió a fijar los ojos en los de Mónica-. Nuestro hijo será, de algún modo, el hijo que él no tuvo. Ella permanecía callada, pensativa. Beltrán se pasó un pañuelo por la frente. -Nos vamos a llevar bien -aseguró-, ya verás. Mónica, lentamente, dejó el vaso en el apoyabrazos del sofá y recogió la cartera. -Tengo que irme -dijo. -¿Te vas? ¿Cómo que te vas? -Por favor -suplicó-. Tengo que salir de acá. -Esperá, te llevo. -No, dejá. Me tomo un taxi. Cuando ella se fue, Beltrán volvió al living y puso un disco en la bandeja del equipo. Se tiró en el sofá y cerró los ojos. La voz privilegiada de Gardel surgía de un trasfondo rumoroso, como de lluvia persistente, producto de las malas grabaciones de la época. "Tomo y obligo", era el tango. Beltrán sabía que nunca cantaría como él, pero estaba convencido de que podía mejorar. Se puso de pie, caminó unos pasos, se detuvo delante del espejo. Movió la cabeza en un gesto afirmativo apenas perceptible. -Mujeres -dijo, sonriéndole al retrato, aunque un dolor le apretaba el pecho-. Le complican la vida a uno, ¿no es cierto, Morocho? ¿No es cierto que no las necesitamos? Se bajó el cierre del pantalón y empezó a tocarse. Primero se inspiró evocando a Mónica, pero enseguida, acaso voluntariamente, se enredó en asuntos menos incitantes. La masturbación se volvió mecánica, trabajosa. Su destino de artista le demandaría abnegación; tolerancia; serenidad en la vejez, que lo sorprendería solo. O no tan solo, porque Carlitos estaría siempre. Siempre. En esas cosas pensaba, cuando sintió que ya se le cansaba el brazo.
Dani 28 de diciembre de 2005
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