Ñamanujib
René Pinet
Plasencia
Delgado y solo, distante, un faro
me mira.
En su lenguaje ermitaño susurra
las olas,
la espuma, los peces de un mar
que nadie ha visto.
(Amaranta Caballero)
La primera vez que Isabel habló con la sirena, no podía saber que lo
era. Isabel pensó que ese olor a frescura que la acompañaba era como la mirada
de ciertas personas, como el recuerdo de ciertos desconocidos, que queda fijo
por mucho, mucho tiempo en nuestros sueños.
Y es que Ñamanujib, que así se llamaba, estaba atrapada en el
continente, expulsada de la isla que ahora llamamos San Martín, que es donde
las sirenas pasaban una pequeña parte de su vida, fuera del elemento líquido
que es su hogar natural.
Las sirenas (Homo sapiens marinus), desde luego, sufren una
extraordinaria transformación por ese período terrestre de sus vidas. Para
atraer a los marinos, y aparearse con ellos, sus caudas toman la apariencia de
piernas, que nunca serán tan fuertes como las de las modelos H. sapiens
sapiens que tratan de imitar, pero que sirven bien al propósito que las
motiva. Incluso, en las más creativas, la poca funcionalidad de sus
extremidades ayuda a manipular el instinto protector —o, mejor todavía, el
sentimiento de superioridad— de sus fertilizadores.
Isabel no sabía nada de esto; la confundió así con una de las indígenas
que se acercaban al asentamiento mexicano, cuyos visitantes iban en aumento
desde que las minas de Real del Castillo se abrieran diez años atrás, en 1870.
Desde entonces, cada vez más mujeres acababan, como Ñamanujib, en las calles de
la Ensenada de Todos Santos, disimulando sin mucho éxito sus lisiados miembros.
El “Programa civilizador” del presidente Díaz había llevado a Isabel por
todo el país, desde su natal Veracruz hasta este Territorio Norte. Cada vez que
sentía cercano el riesgo de comprometerse —de perder su independencia, decía—,
escapaba. De su madre, primero; de Pascual Hansen, después; querido Pascual,
que nunca había entendido ni aceptado la separación. ¿ Cuántas veces,
después? Había perdido ya la cuenta.
Isabel conservaba sus pocas pertenencias en una maleta nunca desempacada. Lista
para el siguiente cambio de adscripción.
—Primero lo primero, hija —le decía el padre Hernández—. Mira, yo
entiendo que quieras venir y apoyar en el trabajo de la congregación. Tienes
que conocer gente, tienes que relacionarte. Pero fíjate bien con quíén lo
haces, Isabel. Sube, no bajes. Los indios no son tu clase.
Y eso que, con toda la experiencia en que apoyaba su intuición, el buen
padre no podía, o no quería, apreciar la extraordinaria variedad de la
experiencia humana. Sabía, desde luego, y lo explotaba tan bien como las
sirenas, que atrás de la caridad cristiana de muchos de sus benefactores se
escondía la vanidad de sentirse en una clase muy superior. Lo que no alcanzó a
ver el padre fue cómo Isabel, pensando que deslumbraba a la indígena con sus
historias de ciudades y de viajes, le fue abriendo a Ñamanujib un lugar en su
corazón. Cómo empezaron disfrutando la sorpresa de encontrarse por las calles,
cómo fueron acomodando sus soledades en los espacios vacíos de la otra, hasta
terminar buscándose mutuamente en la plaza, en la tienda, en la obra de
caridad.
Isabel no podía, ni quería, arrancarse de la mente la sensación de los
labios de Ñamanujib en los suyos. En la playa, mirándola pasar junto a ella,
Isabel le había deslizado espontáneamente un beso en la mejilla. Ñamanujib se
había dado la vuelta, y deliberada, lentamente, había respondido el beso en sus
labios. No había pasado más, pero por la hora siguiente, Isabel no había tenido
la presencia de ánimo suficiente como para pensar en ello. Y después, no había
dejado de hacerlo. Por toda la noche, y toda la mañana siguiente.
El primer orgasmo las tomó por sorpresa. Ninguna de las dos asociaba el
contacto con la otra piel, la respuesta eléctrica, el universo que se abría en
el cuerpo tibio a su lado, con las violentas experiencias a que los hombres las
habían sometido.
En largas conversaciones se contaron sus historias. Isabel explicó lo
que era una ciudad, lo que era un libro, cómo leerlo. Ñamanujib describió cómo,
por dos o tres años en sus vidas, las sirenas vivían en islas como la San
Martín, dando nacimiento a las crías que resultaban de la interacción con los
pescadores y marinos de la costa; cómo conservaban a las hembras, y dejaban a
los hombres llevarse a los de su mismo sexo —No, con una sola excepción, nunca
se había preguntado cómo acababan esos niños—.
Isabel contó cómo había alejado a Pascual, aun antes de que él se
acercara; leyó a Ñamanujib textos que hablaban del derecho de las mujeres a
trabajar y a vivir con independencia, y le contó de los grupos alrededor del Good
government movement en Los Ángeles y San Francisco
—¡Tan cerca!
Ñamanujib le contó que había desarrollado un malsano apego por su primer
crío:
—Algo como lo que me está pasando contigo— confesó; cómo, ante el
escándalo de la comunidad sirénida, que la había vetado de la isla, había
decidido ir a buscarlo.
Isabel insistió en conocer la verdadera forma de Ñamanujib. No porque no
le creyera —aun en medio del gobierno de los “científicos” de Limantour, había
mayor disposición a creer estas cosas que hoy, entre las mentes educadas— sino
porque le resultaba insoportable seguir presenciando en quien tanto amaba una
forma que no era la verdadera.
En el agua, Ñamanujib tenía una fuerza y una gracia insospechadas a
partir de su imagen terrestre. Su forma aparecía como un relámpago entre las
olas, y su sonrisa cumplía la promesa adivinada en los primeros encuentros.
Jugaba con los torpes movimientos acuáticos de Isabel; la cuidaba y la
excitaba, dando a su relación una simetría que no había tenido. Cierto, su piel
era más gruesa y menos sensible, pero sus juegos eran ya más de fondo que de
forma.
Ninguna de las dos quería ver que Ñamanujib había extendido la fase
terrestre demasiado tiempo. Las piernas de la sirena ya no eran capaces de
mantener su peso y se vio obligada a usar unas incómodas muletas. En los
regresos al agua, muchas escamas perdían brillo y caían, dejando de proteger
zonas de piel, que desarrollaban dolorosas lesiones.
La situación empeoraba. Una noche en que la ausencia le dolía, Isabel
fue al mar en busca de su compañera. La llamó sin resultado. Creyó oir su voz a
lo lejos, y entró al agua. Nadó hacia la isla de Todos Santos hasta que las
fuerzas no le dieron más, y perdió el conocimiento. Apenas pudo salvarse. Fue
rescatada por un grupo de pescadores que regresaban con captura nocturna.
Ñamanujib salió del agua cuando lo supo, más tarde, y se dedicó a cuidar la
convalescencia de su pareja, pero era evidente su deterioro fuera del mar.
Las dos fueron perdiendo el brillo en los ojos. Un día, Ñamanujib se
descubrió colectando conotoxinas, para terminar con una vida —o dos— atadas a
lo imposible.
Finalmente, aceptaron que no iban a poder evitar la despedida.
Isabel derivó al norte. Eventualmente, se asentó en el San Francisco de
Mary Hunter Austin y de Emma Goldman. Vivió siempre cerca del mar, y pasaba
largas temporadas en el faro de Point Bonita, donde se le vio por última vez
alrededor de 1910.
De Ñamanujib no se supo
más, pero lo cierto es que, desde entonces, desaparecieron las sirenas de la
Baja California, tan comunes en sus primeras crónicas.