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Humo sobre Bebelplatz No recordaba que hiciera tanto calor en esta ciudad: se me quedaron grabados sus inviernos. Camino por las avenidas del centro y me veo incapaz de reconocer los edificios, las tiendas, los olores. Nada. Me siento excluido de Berlín, de este verano inesperado y ajeno; supongo que han sido demasiados años sin atreverme a regresar. Miro el reloj. Me pregunto si a Sophie le temblarán ahora las rodillas como me tiemblan a mí mientras camino por esta calle atestada, calurosa. Tengo una cita con una vieja conocida, a mi socio le habrá sonado a excusa para justificar mi ausencia en el almuerzo. Una vieja conocida. Y cómo explicarle, cómo explicarlo. Nos vemos a las cuatro, entonces. De manera que tengo tres horas. Tres horas en Berlín y una cita con ella, con Sophie. Me detengo frente al escaparate de unos grandes almacenes y contemplo sin interés una apoteosis de peluches ataviados con uniformes de futbolista; qué imbecilidad, como si fuera un jardín de infancia, muñecos para todos. Recuerdo de pronto que aquí se disputa un mundial de fútbol estos días. Acaso por eso las riadas de turistas que hormiguean en la ciudad, que se adueñan del aire a mi alrededor. Continúo caminando. Casi tropiezo con un carrito de Brezel a mi espalda, y a duras penas contengo un exabrupto. Me marea el olor de la masa caliente. Una pareja con trajes de oficina compra dos. Comienzan a mordisquearlos allí mismo. No comprendo qué placer encuentran en almorzar de pie, y siento ganas de preguntárselo de malos modos. Calma, Javier. Doblo la esquina al final de la calle, y de pronto la tengo frente a mí: Bebelplatz. La nieve extinguida. Diez años de puñetera vida en el aire de esa plaza. Y el recuerdo de Sophie. Sophie se alejó unos pasos y miró el cielo. Javier la contempló caminar: Sophie con su abrigo verde y sus rizos apretados dentro de un gorro de lana jaspeada, que le daba ese aire contestatario y terriblemente francés. Ella se volvió hacia él, sus ojos azules maravillados ante el espesor de la capa de nieve sobre la explanada del teatro. -Estaba deseando que esto ocurriera. ¿Ahora me dirás que lo has organizado para mí? -¿Es que nunca nieva en Montpellier, Sophie? Sophie y sus labios ateridos, entreabiertos mientras meditaba una respuesta. -Casi nunca. Y disculpa mi asombro, pero resulta que es la primera vez que veo nieve en Berlín; y eso que ya llevo seis meses aquí. -Pues ya era hora de que la vieras -respondió Javier, acercándose-. Sería un crimen que te marcharas de esta ciudad sin saber lo que es el invierno. Tomó su mano fría, francesa y fría, y trató de caldearla con su aliento. Sophie rió, cortando con el canto de la otra la vaharada que había exhalado de sus labios. La gente que salía del teatro se apiñaba a la orilla de Unter den Linden, intentando detener un taxi y tarareando compases del Cascanueces. Algún insensato se animó a ensayar una pirueta sobre la nieve. -Ven, quiero mostrarte algo -anunció ella-. Algo que me impresiona, no sé si lo conocerás. Sin soltar sus manos, se encaminaron hacia la Catedral de St. Hedwig, a través de la Bebelplatz. La cúpula brillaba, blanca y redonda, como los caparazones que cubren los platos en los restaurantes de lujo. No había nadie, y su pisadas sonaban como si quebraran azúcar. Sophie lo condujo hasta el centro mismo de la plaza. Del suelo surgía un resplandor fantasmagórico. Lo señaló con el índice, como invitándolo. Él se adelantó y comenzó a remover la nieve que cubría el resplandor. Al principio con las manos, hasta que sus dedos empezaron a entumecerse: parecían sarmientos enrojecidos. Terminó la tarea a puntapiés, tratando de no pensar en sus zapatos empapados, sus zapatos ibéricos, tan poco idóneos para los rigores de los inviernos centroeuropeos. Finalmente apareció. El cristal lechoso. El abismo de vértigo. El vacío. Dentro no había nada, o casi nada: un agujero cuadrado abierto en mitad de una plaza. -¿Qué es eso? -preguntó Javier-. ¿Estanterías? Sophie se acercó y se inclinó sobre el plástico acristalado. La luz blanca del vacío se reflejaba en sus ojos. -La Bücherverbrennung, ¿te suena? -¿La quema de libros por los nazis? -se frotó las manos; la sangre seguía sin querer circular. -Efectivamente. Fue aquí, aquí mismo. Se supone que esas estanterías sin libros que ves allá abajo constituyen un recordatorio de aquella barbaridad, y de todas las que siguieron. Guardó silencio y lo miró como si esperara un comentario. Finalmente añadió: -El vacío como homenaje a lo que se perdió para siempre, ¿comprendes? No dijo nada más. Le temblaban los hombros; el cinturón del abrigo se había desabrochado al inclinarse y se veía la piel blanca de su escote desnudo. También le temblaban los labios. Él retrocedió dos pasos. Como si quisiera contemplarla desde una cierta distancia, con esa mirada cómplice que uno reserva para los recuerdos. Sophie temblorosa, fuego sobre la nieve profanada de Bebelplatz. El sol del mediodía me hace sudar. Enjugo algunas gotas de la frente con un pañuelo de papel. Busco inútilmente una papelera donde arrojarlo. Maldita ciudad. Un grupo de jóvenes vociferantes se aproxima desde el otro lado de la calle. Visten camisetas amarillas y entonan himnos con ritmo de samba. Cuando están a mi altura, intento abrirme paso a codazos. Ellos agitan sus banderas y anuncian desafiantes futuras victorias; me aturde su aire decidido, su confianza. Finalmente me hago a un lado y los dejo pasar; los miro alejarse hasta que se pierden entre la multitud. Me encamino hacia la Jägerstrasse. Sophie había perdido las erres francesas cuando me facilitó la dirección por teléfono. ¡Javier! ¿Cómo me has encontrado? Me reconfortó seguir siendo Javier, a secas. Ni siquiera había dicho "qué Javier". Sophie y su eterna sabiduría. Y Javier y sus horas perdidas, atrincherado frente al ordenador, rastreando como un sabueso, enamorado como un imbécil, nada menos que después de diez años. El Google es un pozo de sabiduría, le dije al teléfono. Era verdad. Hacía tiempo que sabía que Sophie estaba de nuevo en Berlín. Una de esas agencias extraviadas en algún organigrama oficial la había contratado como asistente. Un trabajo relacionado con los escritores judíos en la Alemania nazi; no me sorprendió, tratándose de Sophie. Tampoco dio muchos detalles al teléfono, y yo preferí no preguntar demasiado. El miércoles estaré en Berlín, arriesgué, tragándome como pude el temblor de la última sílaba. Por un momento pensé que se había cortado la comunicación. Si tienes tiempo, ven a verme, susurró finalmente. Y tuve la absurda sensación de que Sophie llevaba diez años esperando mi llamada. Sophie tenía la costumbre de pelar las naranjas con las manos. -Pareces un monito -le dijo Javier, contemplando muy serio las cáscaras que se amontonaban en su plato-. ¿No te han enseñado a utilizar el cuchillo, Sophie? -¿Acaso te perjudico de alguna manera? Son mis manos, mis uñas y mi naranja. Y se trata de un reto. -¿Un reto? Qué quieres decir con un reto. Sophie irguió el torso al otro lado de la mesa. Habían encendido una vela que otorgaba a la cocina una luz cálida y suave. -Pues que, en realidad, es más difícil hacerlo así, Javier. Valerme de mis manos, únicamente de mis manos. No pensar en si apestarán después a naranja, no pensar en esas odiosas hebras que no seré capaz de arrancar, no pensar en que con el cuchillo lo haría más rápido y mejor. Pero darme el gustazo de demostrarme que puedo hacerlo. ¿Entiendes, Javier? Él la miró con atención, al principio sin decir nada. La llama de la vela iluminaba directamente los ojos de Sophie y sumía sus pómulos en sombras. Su rostro parecía dotado de un desconcertante relieve. -Según eso, estaríamos todos en la Edad de Piedra, ¿no te parece? -Javier aún sostenía el cuchillo en la mano derecha-. Dándonos el gustazo de hacer las cosas como primates, pero eso sí, haciéndolas triunfalmente solos. A veces me sorprendes, Sophie. -A veces me sorprendes tú a mí. Sophie sopló sobre la vela y extinguió la llama. Un hilo de humo rebelde se perdió en el aire oscuro de la cocina. Sonrió en la penumbra. -¿Ves? Puedo seguir pelando mi naranja en la oscuridad sin temor a lastimarme. ¿Qué me dices a eso? -Te digo que yo hace rato que terminé de pelar la mía. -Pues ahora yo te pido que me ayudes. Veamos si te atreves a utilizar tu cuchillo - le tendió la naranja por encima de la vela apagada. Javier apresó la mano de Sophie, por un momento ambos sostuvieron la naranja a medio pelar. Rieron. Después él se levantó y encendió la luz. Jägerstrasse 41. Un portal elegante en uno de esos edificios de fin de siglo, remozado en fechas muy recientes. Percibo el olor acre de la pintura cuando me acerco al panel de los timbres. Un diminuto adhesivo blanco informa al visitante de que la agencia en la que trabaja Sophie se encuentra en el tercer piso. Pulso el timbre, y al instante escucho el zumbido sordo que me franquea el paso. La puerta es de hierro forjado y me siento resoplar por el esfuerzo cuando la empujo. Estoy sudando, las manos frías. Compruebo que no hay ascensor. Miro hacia arriba y observo los rellanos silenciosos que se precipitan sobre mi cabeza. En lo alto, coronando la escalera, distingo una cristalera de colores brillantes. Siento un ahogo en el pecho, las rodillas continúan temblando. Inspiro y me aferro al pasamanos. Allí arriba, en algún lugar próximo a la cristalera iluminada, me espera Sophie. -Javier, por última vez, aún estoy a tiempo de olvidarme de ese avión, de quedarme aquí contigo-insistió Sophie, ya dentro del taxi-. Al menos hasta que termine tu beca. Él cerró la puerta del coche con suavidad, como si temiera que pudiera romperse. Se inclinó sobre la ventanilla abierta. -Prefiero atesorar el recuerdo de lo que podía haber sido. No me arriesgo a perder eso, Sophie -tomó su mano y besó sus dedos-. Al menos, eso. Ella apretó los labios y cerró la ventanilla. Él enterró las manos en los bolsillos y no hizo ningún gesto de despedida cuando el automóvil inició su marcha. El taxi se alejó velozmente, succionado por un huracán de tráfico matinal. En seguida fue tan sólo un pequeño punto de color beige próximo a la Puerta de Brandenburgo. Pero él aún divisaba -o se convencía de que divisaba- su mano blanca, francesa y blanca, con la palma pegada al cristal, como si fuera a golpearlo: una jaula de la que quisiera escapar. El coche se desvió por un carril lateral, se introdujo en la avenida y desapareció de su vista cuando enfiló las brumas verdes del Tiergarten, en dirección al aeropuerto. Ya no recuerdo dónde leí lo del síndrome del alpinista. Invierten años, décadas, preparando meticulosamente el ascenso a la cumbre más anhelada. Cuando se hallan frente a ella, les gana el pánico. Algunos abandonan, sin más; otros llegan a enloquecer. Imagino a Sophie en lo alto de su cumbre. Esperando una palabra en un taxi, una llamada lejana, el sonido de un timbre ante un portón de hierro. Así para siempre. Avanzo con paso cansino, el sol me pica en la nuca. Ahí está de nuevo: el abismo transparente, la plaza desierta. No se ven turistas ni jóvenes de banderas victoriosas, como si este lugar desolado fuera hoy mi territorio exclusivo. Me acerco despacio y me inclino, igual que Sophie aquella noche. Las estanterías continúan tan vacías como entonces. Pienso en los libros de aquellos desdichados, en los que nunca llegaron a escribir. Ya no habrá quien lo haga por ellos; Sophie y otros como Sophie se limitarán a escarbar en el vacío y a rellenar con aire eternamente suspendido las historias que no acontecerán jamás. Propino un sonoro puntapié a un adoquín tembloroso. Miro el reloj y compruebo que falta una hora para la cita con mi socio. Entonces será mejor que me apresure. Aprieto el paso y abandono Bebelplatz por una estrecha calle lateral.
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