Fabián

por ElRené

15 de noviembre: Una despedida / un enigma.
Limitación técnica: sin gerundios.

    "No volveré a tocarte, tu nombre ya no pronunciaré. Aquí, sobre la espalda de un combatiente que agoniza, acepto la derrota y esta imbécil nostalgia por el reino."
(Francisco Hernández) ***

    Fabián nació del calor y la alegría del trópico. La sal del caribe se notaba en la gracia de su movimiento; los ritmos múltiples que lo acompañaron siempre marcaron su paso.
     Las pobres islas antillanas que lo vieron nacer no pudieron contenerlo. Guadeloupe, Martinique, Santa Lucia, San Vicente. Desde las Islas Vírgenes hasta Trinidad la herencia francesa, holandesa, británica y española le hablaba con idiomas originados en partes lejanas. Las islas Barlovento y Sotavento le daban direcciones precisas e instrucciones de viaje: Fabián tenía que salir de allí.
     Ana en junio, y Bill en julio, salieron a la aventura, y Fabián no supo más de ellos. Quienes sueñan con partir prefieren recordar sólo a quienes proyectaron sus nombres a todo el planeta: Danny y Erika, por ejemplo. Las malas noticias no existen para los soñadores.
     Pero no nos adelantemos. Erika saldría mucho después, hasta septiembre. Su largo viaje atraería la atención y admiración de los cubanos, primero; de la comunidad hispana de la Florida y francesa del Cajoun, después; y dejaría marcado su recuerdo, al final, entre los conocedores de toda la costa atlántica, hasta Nueva York y Nueva Inglaterra.
     Danny, en cambio, ya había partido. Pero su memorable historia fue convenientemente olvidada por los soñadores como Fabián. Danny estuvo a punto de morir en el trayecto. Apenas sin energía, llegó el 18 de julio a costas americanas, a lo que él no conocía aún como la desembocadura del Mississippi. Para el día siguiente, ya se orientaba lo suficiente como para acercarse a Mobile, Alabama. Danny nunca pudo vivir mucho tiempo en el mismo lugar. Débil como estaba, viajó por cuatro días a lo largo del sureste de los Estados Unidos —por el campo, a lo largo de vías de tren, de autopistas—, hasta llegar a las Carolinas.
     Danny no era bueno. Hay quienes son como lluvia fina de verano: frescos y sorprendentes. Danny no. Su violencia explotaba sin razón aparente. Era como las aguas de su Caribe nativo. El agua del Golfo de México es de un azul increíble. Quien las ve siente sumido en una tranquilidad, en una paz que todo lo llena. Hasta que uno se da cuenta de que, en el mar, el azul es el color de la muerte. Las aguas verdes están llenas de vida, de riqueza, de organismos. Los desiertos marinos son azules, puros, crueles y estériles.
     Para cuando Danny llegó a Nueva Inglaterra, ya un sector de las autoridades había detectado su presencia. Llegó a Nantuckett vigilado contínuamente, de lejos. Las cuatro vidas que debía ya le habían sido atribuídas. Por Cape Cod, el torbellino de violencia creada por él mismo lo había arrastrado sin remedio. En su alocado frenesí, dejó una estela de muerte y destrucción en Alabama, Carolina del Sur, Charlotte,...
     Con todas las puertas cerradas, salió al mar y se perdió en el Atlántico. Al menos, eso reportaron las autoridades.
     No a Fabián. A él nunca nadie le dijo nada. Él sólo sintió en todos sus fluidos la necesidad de salir, de irse. A donde se hubieran originado los idiomas que oía en su isla. Al lugar de donde venían los turistas que llegaban en sus camisas multicolores.
     Tras el pequeño caos de una lluvia el 29 de septiembre, Fabián se hizo a la mar. Su viaje no duró mucho. Para el 8 de octubre Fabián ya no existía. Ciento cincuenta kilómetros al norte de Puerto Rico, lo alcanzó el mismo destino que a Ana, Bill, Claudette, Danny y Erika.

..."al convertirse en una leve perturbación, Fabián perdió su identidad de tormenta tropical", dijeron las autoridades del Servicio Meteorológico.
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