Casi despertar

por ElRené

Para Arturo Wauman, quien decidió no quedarse dormido.

"El Fantasma de Súzzallo" —así le decían los estudiantes; su nombre oficial era "QDaniel"— era un arreglo computacional desechado por el Laboratorio de Armas Tácticas, y que había terminado como motor del buscador del catálogo de la biblioteca. Antonio Ordaz me lo mostró el día que lo expulsaron del Departamento de Ciencias Computacionales. Se había enterado de que la biblioteca lo iba a desechar también, porque daba resultados inconsistentes cuando los estudiantes le pedían recomendaciones para material de lectura.

—¡Son unos pendejos!— diatribaba —¿Qué les importa si responde algo diferente cada vez que preguntas lo mismo? En lo que debieran fijarse es que las respuestas han sido siempre acertadas.

Y es que el ánimo de Antonio no estaba muy sereno. Había trabajado ya por siete años en su tesis. Había viajado constantemente a ver a sus asesores en varias ciudades. Unos días antes, le habían aceptado la tesis como publicación en el JAIR [ Journal of Artificial Intelligence Research ]. Esa mañana el coordinador de posgrado le había comunicado que estaba expulsado del programa, que no tenía sentido seguir trabajando. Minutos después, al comentarlo con la Dra. Aguirre, ambos se habían dado cuenta de que la expulsión sólo había ocurrido en la fantasía del coordinador, que disfrutaba poniendo estudiantes "bajo presión".

En parte por genuina curiosidad y, en parte, para olvidarse un poco de todo, Antonio solicitó el chip central del desechado QDaniel para experimentos personales.

Unos días después me encontré a mi amigo atareado en el pequeño departamento que rentaba. Había montado a QDaniel en interfase con una computadora personal y lo había puesto a predecir series de tiempo.

—Estaba yo en el éxtasis de la depresión— me dijo —y al oír una canción de la Pausini, pensé: La música ¿no es una serie de tiempo, como cualquier otra señal? Codifiqué uno de los motivos de la canción, le pedí un pronóstico, y me sale con una serie de variaciones... ¡De poca, mano!

Antonio, en su ya lejana adolescencia, había aprendido los tres o cuatro acordes requeridos para tocar en la banda que sus vecinos habían organizado. Aunque había avanzado desde entonces —podía, por ejemplo, distinguir una tonalidad mayor de una menor, y leer una partitura— no era un músico profesional. Ni siquiera un aficionado serio. Había oído hablar de Cage y de Tullius, pero nunca les dio importancia. Sin embargo, era innegable que la continuación de la línea melódica lo había impactado.

Decidió hacer una prueba. Buscó un tema sobre el que hubiera muchas variaciones: Paganini. Rachmaninoff escribió toneladas de variaciones. Codificó el motivo, dos o tres respuestas, y las propuso como serie a predecir.

Ejecutó.

Pasaron quince o veinte segundos, y apareció la infame pantalla azul:

"System has become unstable"

—¡Pi-i-inche trozo de mierda!— exclamó, apagando la tableta de contactos. Dos horas después, encontraba el diodo dañado y lo sustituía.

—Lo raro, Carlos— recuerdo que me contaba —es que esa falla no tiene que ver con la pantalla azul—. Pero entonces éramos jóvenes, y buscábamos a todo explicaciones.

Pensó por unos minutos.

—Muy complicado— se dijo —Empecemos con algo más simple: "Estas son... las mañanitas...".

Codificó el motivo y sus primeras elementales variaciones.

Ejecutó.

—¡Sí!— gritó.

QDaniel, desde luego, no continuó con la canción como la conocemos, pero arregló una improvisación aceptable. Antonio le proporcionó las primeras frases de Cielito lindo , que QDaniel manejó con trabajos, pero pasablemente. Antonio abrió el archivo de variaciones de Paganini y lo alimentó al circuíto.

Pasaron unos treinta segundos. De repente, la intensidad de la luz disminuyó y se apagó el sistema.

—¡Nooo!— casi suplicó Antonio. Sin embargo, esta vez alcanzó a oír a todos los motores arrancar al mismo tiempo.

—Es la sobrecarga— dijo, todavía creyendo en accidentes.

Curioso, cómo nos dirijimos a los aparatos, interpelándolos como si nos hicieran caso. Cuando, en el fondo, lo último que pensamos es, precisamente, que nos lo hagan.

—Vas a ver, QDanielito, quién manda aquí. Ya parece que un pinche circuito tercermundista me va a parar.

Antonio retiró los ciruítos de protección y redundó los cables por donde pasaba más corriente. Abrió el archivo y alimentó con las primeras frases de Paganini al circuíto.

Antonio sintió algo raro en la iluminación, pero no acertó a saber qué era. Aunque la frecuencia a la que se apagaba y encendía el monitor hubiera sido detectable por su consciencia, ésta se encontraba bloqueada. Antonio resbaló de la silla echando espuma por la boca. Cayó al piso temblando, inconsciente.

Pasaron unos segundos. La iluminación se restableció.

La bocina de la computadora empezó a aumentar el volumen, imitando la alarma de humo del departamento. Antonio dice que los vecinos entraron, que lo levantaron, que llamaron a los paramédicos... Él no recuerda nada de eso. Lo único que recuerda es la sorpresa de oír unas variaciones de Paganini que no eran las de Rachmaninoff.

A partir de entonces, Antonio decidió abandonar la carrera. Buscó inscribirse en la de música. Al principio, alimentaba a QDaniel con motivos cásicos, y llevaba las variaciones a sus profesores.

—Interesantes— le decían —pero elementales. Está bien que las hagas. Sirven para foguearte.

Con los músicos no le iba mejor:

—¿Por qué no te dejas llevar por la banda en el estudio, en lugar de traer frases ya aprendidas?— oía constantemente —Suéltate. Deja que tu subconsciente trabaje.

Antonio me cuenta que pasó años codificando los principios de la armonía clásica en los circuítos de QDaniel. Sin embargo, mientras más avanzaba, más convencional se volvía su música. Y más lejana de las manifestaciones étnicas tan de moda ahora.

QDaniel ya dejó de operar. Sus respuestas tardaban cada vez más hasta que, al fin, sólo repetía los motivos con que lo alimentaban. Sólo quedan algunas cintas que grabó, y que tocó para mí la última vez que nos vimos, y que se repiten en mi memoria desde entonces, en noches de insomnio.

 

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