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Receta Ella seleccionó muy bien los ingredientes. Con exactitud minuciosa controló el peso del azúcar. Impalpable, como él. Como todo él. Añadió un pan de manteca derretido, como ella. Hundió sus dedos tibios en el tazón y con suaves movimientos ondulantes, masajeó hasta lograr una mezcla de partículas tan escurridizas como esa historia que nunca había existido. Tomó la harina previamente tamizada con una pizca de sal, como el amor de algunos hombres, y la esparció en forma de lluvia dentro del recipiente. Exprimió una naranja muy dulce y volcó el jugo sobre la mezcla. Combinó otra vez y luego, sin dejar de pensar en él, recolectó en su índice un capullo de masa húmeda que lamió con ansias de probar. Añadió trocitos de chocolate y una copa de licor bien fuerte, para sorprender al sabor y a los colores. Por último acomodó la mezcla en el horno, que ya estaba en la temperatura adecuada. Y se sentó junto al tiempo, a esperar que pase.
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