“Que se joda”

 

Título alternativo:Cóctel de mentiras”

 

  Ruidos y voces femeninas en la sala principal del cuarto“C”. Tintineos de risas, cristales, bijouterí; bandejas colmadas con masas y bocaditos. La charla va y viene en un constante zigzag indefinido. Marta permanece silenciosa, sentada sobre el sillón que prefiere.

Hacen bien en simular que no me doy cuenta de las cosas. Después de todo, es mucho más fácil así. Hablar pavadas todo el tiempo y nombrarlo a él de tanto en tanto, sólo si es necesario. Pero tranquilas. Entonces hablaré de él como si no supiera, como si no me percatara de esas miradas  que ustedes entrecruzan como relámpagos. ¿Piensan que no me doy cuenta? Hacen bien.

Copas que se llenan con cerveza. Más platos sobre la mesa vestida de festejo; canapés de nuez y roquefort, bocaditos con camarones. Voces que ocupan los silencios. Puro relleno vacío, de palabras huecas.

“¿Se enteraron que los colores del verano son rosa, celeste y lila? Y se viene la ropa sexy, chicas. Gasas, transparencias. La cuestión es sugerir. A las que pasamos los cuarenta nos viene bárbaro. Si tenemos que mostrar estamos listas”.

“¿Sugerir qué?”

“Ay nena, vos sí que vivís debajo del felpudo.”

 Es mejor así. Piensen que vivo debajo del felpudo, que todavía no sé porqué se fue sin importarle nada. Veinte años de mierda y de buenas a primeras decirme que lo mejor para él, es vivir sin mí. “Te juro que sin nadie”, insistió con inocencia de opereta, cuando le pregunté.

“Pero te quedás con el departamento”, agregó, como si esa circunstancia pudiera amortiguar el portazo. Y qué hago ahora en el maldito departamento, con el ropero sin su ropa y el baño sin salpicaduras;  y todo el espacio de mi cama para estirarme como se me antoja, si tarda tanto en venir el puto sueño.

La imprudencia de alguien habla del farmacéutico de la vuelta, que abandonó a la mujer en plena menopausia para salir corriendo detrás de una desfachatada de veintiuno.  Latigazos de  pánico en los ojos. Miradas que transitan enloquecidas y se detienen con disimulo en cada gesto de Marta; luego se vuelven a encontrar, para hacer como si nada.  Una caricia complaciente roza el hombro de Marta. “¿Quiere más cerveza, la cumpleañera?” Ella responde con un gesto y estira el brazo que sostiene la copa vacía. Tiembla. Si alguien lo percibe, no lo dice.

Lo que no soporto es que me traten como si fuera idiota. Ya sé que me quieren y organizaron esto porque tienen miedo de que otra vez me mande las pastillas de un saque. Y quién sabe cuánta gente seguirá apareciendo todavía.  Menos mal que desconecté el teléfono.  Pero no se preocupen, no se me ocurrirá hoy, precisamente hoy...

 “Te queda bárbaro el pelo así, te quita diez años por lo menos.” 

  Con diez años menos no alcanzo la edad de ella, que no llega a los treinta. Pero hagan como que no lo sé, como que nunca lo supe. Total qué importa, si él estaba conmigo por cumplir con su deber, con el mismo entusiasmo con que se pagan los impuestos. Y simulen que lo entendí, al fin; que me resigné a vivir sin su estúpida costumbre de mirar a todos los partidos de fútbol que aparecían en el televisor.

“Qué buena está la torta”.

“Nunca logro dar con el punto justo del merengue”.

Alguien balbucea que a él le encantan los merengues y  una voz desvía la charla hacia otro lado.

Pero no sé por qué se alarman; soy capaz de revelar la receta sin que se me mueva un pelo. Horas derrochadas batiendo las claras a punto de nieve, para qué, si al final se fue con una tilinga que seguramente no tiene ni idea de cómo se hace un puré.

Los chismes de la farándula atrapan la conversación. “¿Vieron que Mel Gibson confesó su adicción al alcohol?”

Marta cierra los ojos.

 ¡Eso, alcohol!  Y dormir durante horas. Sigan  mirándose así, que yo simularé no darme cuenta. Y váyanse lo antes posible.  Ni se les ocurra conectar el teléfono. Lo desconecté porque sí. Se me antojó, después de esa llamada de hace un rato.

Todavía rebotan las palabras en mi cabeza:

“¿Es el domicilio de...? Lo lamento, señora...  una mala noticia...¿Cómo que no hay nadie? ¡Pero qué contratiempo! Sí. Un accidente... ¡Ah!... ¿Usted es la señora que cuida la casa? Lástima que no pueda decirnos dónde encontrar a alguien de la familia. El hombre falleció, la chica grave, muy grave... Por favor,  avísele a los familiares...Le paso el número y la dirección del... ”

 Y mañana si despierto mejor no me lo digan. Tranquilas, yo no preguntaré. Total, si  él ya se había ido. A quién le importará saber por dónde anda ese hombre que alguna vez estuvo entre mis días.  

 

Tere, 15 de agosto de 2.006 

 

 

críticas
Hosted by www.Geocities.ws

1