|
Orant-Pugnant-Laborant
“Ternaria es la Casa del Señor. Aquí, sobre la tierra, los unos oran, los otros luchan, y los más laboran. Estos tres son uno y no pueden ser divididos.” Frase de Adalberto, Obispo de Laon, primer cuarto del siglo XI. Siente ardor en sus manos, que son pincel rápido, abanico estrecho, aleteo limpio. Los dedos le pican y no por ello dejan de llegar, ruidosos, los platos y vasos a la ponchera izquierda del fregadero. El detergente se inflama al contacto con el agua y crece hasta ser espuma con los círculos que trazan las manos rotas de Magda. Después desaparece por el desagüe, y los enseres caen en la cesta de escurrido. Desde hace tiempo ha pedido al gerente ser bartender, con mejor sueldo y derecho a un mayor porcentaje en el pote de propinas; y para trabajar en el bar, fuera de esa cocina donde tapó el sol crudo que le partía los ojos cubriendo las ventanas con periódicos. Pero hasta que no se vaya el barman actual, no hay chance. En su particular libro de cócteles, las fotos la dejan prendada: mujeres surrealistas, vestidas de maneras alegóricas, decoran cada página frente a la receta de la bebida. Rebana verduras desde el mediodía. Compone las ensaladas y cabalga sobre los guacales para alcanzar el berro y el cebollín. Eso no está en el contrato, como muchas cosas que lo reducen a un intercambio de teóricos y raquíticos conceptos, donde no se lee lo que los empleados se comen, rompen o se llevan, pero tampoco se revelan los trasiegos en la salud de los que sudan. Ella pasa las horas nocturnas de pie, cólmense sus venas y degeneren en várices, hínchense sus tobillos, que pasarán factura cuando cumpla un par de décadas más. Será una de esas señoras que usan medias gruesas y que no pueden estar paradas por más de unos minutos. La salud desperdiciada ante cebollas y gritos. Observa, memoriza, aprende. Con la tenacidad y la fe de las plantas que medran desde el fondo de las alcantarillas o en las hendijas mezquinas de las fachadas, Matías se dedica en sus ratos libres a la actividad más barata, al deporte más ubicuo, al Gran Entretenimiento: observar a Los Otros. Los otros que para él son mucho más ajenos, porque no los entiende. Porque casi no ha conversado con ellos, ni le sabe el nombre a ninguno. Ahora sobrevive: ayuda en un auto-lavado, personal eventual, con una paga escueta y sin ningún otro beneficio. Un mientras tanto. Con eso y pasando hambre mal paga un catre, y tabiques de cartón piedra por tres lados, menos por uno que tiene la puerta, en una casa medio derruida cerca de la Plaza la Concordia. Despierto desde las cinco por el calor pegostoso, hace la cola frente al único baño y se afeita con una hojilla mellada sobre el lavamanos de moho. El espejo en brumas le devuelve un rostro, torcido bajo el bombillo desplumado. Completó su café madrugante con dulzura robada hasta que dentro del azucarero de porcelana con flores, un papelito le revela que su robo es conocido: “No cojas azúcar”. Si la vieja gallega de la pensión supiera lo que es coger en este país, no pondría eso. No cogía azúcar ya, ni cogía nada. Lo último parecido había sido un año atrás, en Capatárida. Un adiós de una sola vía. Gerardo apaga el aire acondicionado y mete la cabeza bajo el chorro espumoso que sale del vástago de acero liso; minutos más tarde se aplica exfoliante, humectante y bloqueador solar en los pómulos y las orejas. Sus músculos de cobre terso marcan ondas en el espejo. Piensa en el día de ayer, cuando encontró a Elena-Recién-Divorciada. Tan bella como antes y dispuesta a correr de nuevo las pistas de sus diecisiete años. Los titulares del periódico, en el ascensor, no le dicen gran cosa: la economía le interesa a veces, cuando las acciones de la empresa farmacéutica para la que trabaja se cotizan. Lee los deportes siempre, la política nunca. Va casi directo a las páginas donde se anuncian carros, viajes a playas perfectas o accesorios electrónicos. Matías vuelve de nuevo a contemplar la silueta de Magda que sale del restaurante a las seis, cuando él abandona la pensión; ella es un ciprés azul que su ropa ceñida y delgada deja traspasar. Sus caderas, con una orla de flecos, tiñen de ritmo los escalones grises de día tierno. Y se dirige a su trabajo de peón, para contemplar de soslayo a las amas de casa que llevan sus carros prácticos, los señores de autos largos, dorados o grises, que se deleitan en el baño y en el unto del jabón y en la ducha, como ante una mujer en abluciones. Lava, seca, pule… piensa, cuando pasa la esponja o la gamuza, en las carnes de Magda. Sus ropas raídas de agua reciclada nunca parecen terminar de secarse ni en el patio soleado, lleno de cayenas ámbar, de la vieja gallega. La camisa negra de Gerardo reflejada en el vidrio plena sus ambiciones, y se pavonea imperceptiblemente. Llegar, llegar antes de las once. O de las diez. O de las ocho. Su oficina huele a vainilla del ambientador y al limón del spray que usan los de mantenimiento. Se asoma a la ventana, toda suya, que deja ver el valle donde miles de ladrillos construyen los edificios de nácar y las ocho de la mañana. La computadora obscura y airosa, repleta de mensajes de consulta, de solicitudes, de decisiones donde se ejecutan las jerarquías: este lo contesto enseguida, este lo borro, ¿y qué se cree?, este lo guardo por precaución, este lo pospongo. Llega el café, que traen entre uñas bordadas junto a la agenda de las reuniones y de los viajes. Un gato, azul en la noche, camina despacio. Salta a veces, retoza y sigue y Magda lo mira mientras algo amargo le colma la boca. Hace cinco años limpió rápidamente la cocina, entre náuseas, antes de que llegara su mamá del trabajo. Eran las ocho de la noche, como hoy, y el microondas estaba abierto y muy sucio, igual que el piso. Su hermano gritaba en la sala, explicando con berridos farfullantes que el gato lo miraba feo. Que por eso lo metió media hora en el horno, “por pendejo”. Esa noche ingresó al hospital psiquiátrico. El médico tuvo razón desde siempre. No había opción. Esquizofrenia paranoide. Su madre murió un año después. Matías yace dormido sobre el cemento, entre periódicos con fotos de colores: el lanzamiento de un nuevo analgésico. El gato brinca, gris, por sobre el bulto inerte. Esa noche, demasiado lejos, muy borracho y desubicado, no tuvo ni dinero ni oriente para regresar al catre del colchón abollonado y fétido, y durmió en el suelo de una calle llena de mierda de perro. En la mañana bebe y se lava la cara en un charco. Camina aturdido por el malestar y el hambre, y cerca ya de la pensión destapa la basura del pipote que rellena Magda cada amanecer. Allí hay comida en flecos, en fragmentos roídos; arroz frío, mitades de naranjas, ribetes grasos de solomo que le untan el paladar de sebo. Mucha gente abandonó la ciudad. Siempre igual. Pero el viernes, una gran culebra morada se desplaza, lenta, descalza a tramos, murmurante siempre, llorando a veces, frente a la iglesia. El centro de Caracas hierve y es morado: ganchos para el cabello, espigas de trigo, polvo para gelatina, zapatos, pulseras, lentes de sol: todo morado. Huele a incienso agrio y picante. Gerardo recuerda ese aroma, y con él su infancia, frente a los labios de Elena que comen langosta en Paraguaná. En una pequeña iglesia la imagen de Cristo lleva una cruz con dos aspas rotas y un brazo amputado. A golpes lo agredió un loco, explica el susurro. —Para hacer eso no estuvo tan loco —contesta la indignación. Hace calor, el templo es menesteroso, no hay luz eléctrica, la pintura de las bóvedas tiene colgajos que parecen manos, la masa lenta es fervor. Matías llora arrodillado en un banco delantero. Magda, al fondo, pide perdón por haberse vendido. Más tarde salen por distintas puertas, en distintos momentos; a la luz diurna ven que en el techo de la iglesia crecen y florean las plantas. Magda baja cojeando la escalera en espiral y se enfrenta a una forma sentada en la butaca, bastón en mano. Vinicio la mira como si hubiera sido creada para él, con gula, con donosuras de potentado. Ella pensaba explicar, pero la mirada sucia la rescata de esa molestia. En cámara lenta toma el bastón de la mano sonriente, sonríe también, lo aferra por los extremos y lo fuerza de un golpe contra su pierna. Vinicio tiembla con los ojos abiertos. Sonríe, suelta el bastón, que cae lento y partido, persiguiendo a sus astillas. Toma su morral que había dejado en el piso y cruza la puerta transparente hacia el ocaso temprano, el mismo contra el que alguna vez comenzó a desnudarse para Vinicio. Sale fuera de él, de sus achaques, de sus mezquindades, de sus miserias emocionales: abandona el fardo entero. Su hermano se suicidó y ya no necesita de quien pague por los medicamentos y la hospitalización. Vuela, con los pies o con los ojos, por sobre los tejados, los helipuertos, los roof bar, las aceras; se va a caminar ese sábado y desde una terraza donde sus ingresos no le permiten comer, pero sí mirar, Magda contempla la multitud. Acostados en el suelo negro y caliente, en las cercanías de la Plaza Altamira; planas, pegadas al piso como estampillas, se ven las figuras desde la terraza venteada. Colocados allí por un viento que no es de Carnaval, como esperando por ser barridos; papelillos de carne y colores. Huyendo hacia dentro, luchando por no ser amasados como arcilla, como panharina, por un par único de manos ávidas. Masificación, masa, mazamorra humana en pleito, en pugna. Queriendo quemar la maraña nudosa y ramificada del presente, queriendo quemarla como opción de futuro. Gerardo no puede pasar, la avenida está bloqueada. Maldice por lo bajo y toma el celular. No llegará a tiempo. Su bronceado suda. Matías se acuesta con centenares de personas. Está cansado. Escucha los cohetes, mira el cielo, luego hay música, pero él sigue imaginando que está muerto, como dictó el acto. Sigue pensando que ese par de guacamayas verdes y esa nube que pasan, y ese sol que le perfora los ojos, es lo último que ve. Pilar Dublé Caracas, Julio 2006
|
|
|||||||||||||