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SÓLO POR PENSAR Hace mucho frío en este catre grasiento. Esta lleno de polvo con virutas, sin paja. Dormimos dos o tres en cada camastro. Acabo de despertar y le digo a mi amiga Rosa, en valenciano, que en este momento en España también deben estar pasando mucha hambre. Pero es imposible que haga más frío que en Ravensbruck. Solo de pensar en que tenemos por delante más de diez horas de trabajo...Todo el día limpiando la mierda de los nazis, mientras cada vez desaparece misteriosamente más gente conocida. Está claro que muchos ya no siguen vivos, esa es la realidad que vivimos en estos momentos. La vida (si merece este calificativo) en este campo es tan insoportable que muchos camaradas se han lanzado contra las vallas electrificadas, en un triste intento de recuperar la libertad, de no morir de una paliza, de dejar de sufrir. La esperanza muere un poco más cada segundo que pasamos en este lugar inhóspito. Nos dan una especie de desayuno, un líquido parduzco al que llaman café que no tiene nada que ver con el que saboreábamos en nuestra tierra, antes de esa guerra entre hermanos, que no ganamos, y nos ha traído aquí a los 'rojos españoles' que participamos en la Resistencia francesa. Un triángulo azul en el pecho, encima de los trapos mugrientos que nos visten evidencia nuestra condición. Algunos son sometidos por su etnia o por su religión, y una minoría no menos importante por nuestra lucha por la libertad. Cuando el terror no me deja dormir, mi mente repara involuntariamente en el destino de las compañeras enfermas, demasiado débiles para trabajar. Escuchamos sus gritos que provienen del exterior a menudo. Sabemos a donde las llevan, las matarán de una manera u otra, a tiros, a palos o dios sabe como. Algunos hablan de unas duchas mortíferas, en las que envenenan sus pulmones. Prefiero no creerlo, aunque de este infierno creería cualquier cosa. Después llevan los cuerpos a los hornos, por la puerta entran personas y por la chimenea salen transformadas en humo hediondo. Después los nazis, que no son personas ni animales ya que estos tienen más respeto por la vida que ellos, nos hacen ordenar las ropas que llevaban los muertos antes de enfrentarse al sufrimiento. Ni se molestan en disimular el fin de los desafortunados. A los recién llegados que preguntan esperanzados por algún familiar les señalan el crematorio sin piedad y con una sonrisa cruel. Cuando intento quitar todo eso de mi mente, me acuerdo de mi familia en Valencia. Sé que sufrirán por mí, aunque no se imaginarán que se puede estar viva envidiando la muerte. Pero yo quiero resistir, necesito creer que volveré a abrazarles. Pienso sin remedio en los años de la República, cuando nuestros sueños dejaron de ser una utopía y se convirtieron en realidad por un tiempo. La guerra provoca tantos sufrimientos...Si los otros países nos hubiesen ayudado tal vez los nazis no hubiesen conseguido su poder actual. Pero pensarlo sólo me produce rabia. El trabajo comienza y me destroza todo el cuerpo. Me veo obligada a continuar, callar y seguir porque la más insignificante muestra de debilidad puede hacer que el "kapo" me golpee hasta matarme como ya he visto con mis propios ojos. Aprendemos a pasar desapercibidas. Margrit, una polaca de unos treinta años me recomendó en alemán que no llorase. Me explicó que si mis lágrimas se congelaban en este frío invierno no sería la primera en quedarme ciega. He intentado transmitir su consejo a muchas recién llegadas. Me han enviado con Rosa a limpiar una barraca con un grupo de mujeres, suspiro aliviada al ver que hemos tenido una suerte relativa. El SS que nos vigila, Weis, no es especialmente perverso. No es de los muchos que disfrutan torturando y humillando. Le escucho hablar con un 'kapo', mi mediocre alemán me permite enterarme de que pregunta insistentemente por una judía, Hanna Maaren. Intento acercarme más con disimulo. La conozco. Esa mujer había coincidido conmigo en una cárcel francesa. Si la memoria no me fallaba era holandesa. Era una chica de unos veinte años, y sin contar la desnutrición que nos embargaba a todos podría decirse que era muy bonita. Pensé que escuchar no entrañaría riesgos. Por lo que Weiss dijo esa mujer había sido amante de Weiss. Lo más prohibido había ocurrido: hebrea y ario se habían amado. O al menos él la había amado, por lo que se intuía de su tono impaciente. El "kapo" no sabía nada de ella. Me pregunté cómo reaccionaría Weiss si le informase de lo que sabía. Mis noticias de Hanna eran más mucho más recientes. Creía que ella seguía con vida. Pensé que esa información privilegiada podía ayudar a mi supervivencia. Si ese hombre, por muy nazi que fuese quería a Hanna seguro que haría cualquier cosa por la información. ¿Me liberaría? Este pensamiento se instauró con esperanza en mi mente. Era improbable que consiguiese algo de un miembro de la SS. Sólo por acercarme a él podía matarme. Así que no le conté a nadie mis propósitos que podían contribuir a darnos una existencia un poco mejor. A lo largo de las horas continué replanteándome la situación. En el descanso para "comer" (apenas un trozo de pan con un poco de mantequilla) me acerqué a Weiss en un arrebato de confianza en mí misma. Sumisamente y con mi mejor alemán le dije que tenía un mensaje para él de Hanna Maaren. Él abrió sus ojos como platos. Le dije que Hanna era muy buena amiga mía, y que me recomendó que le pidiese libertad a cambio del mensaje. Me miró incrédulo pero me dijo que en el recuento me llamaría aparte. Yo era consciente de que estaba jugando con fuego y que nada me salvaría de una probable muerte a golpes. Pero cuando tus posibilidades de vivir son tan reducidas, te aferras a lo que sea sin pensar en riesgos. Rosa me preguntó por la conversación con Weiss y yo cambié de tema. Continuamos el trabajo y sé que Weiss me miraba de reojo. Antes de ir a los barracones, después de horas de trabajo, Weiss me hizo un gesto para que me acercase. El pánico se adueñó de mi cuerpo, en su semblante hay una sonrisa que nunca había visto. -Habla. -Hanna hablaba a menudo de un buen hombre de las SS, que no nos odiaba-Vacilé un instante mientras medía mis palabras-Ella nunca le olvidó. -¿Sabes dónde está? -Me preguntó con un brillo de esperanza en sus ojos. -Sé que no la enviaron aquí, la última vez que la vi, hace seis meses, fue cuando nos separaron, a ella la enviaron a Dachau, me pidió que le dijera que aún le amaba-Mi cuerpecillo tembló esperando su reacción ante mi inventada declaración de afecto, temiendo la muerte. -No temas. Nunca he matado a nadie sin una orden de por medio, nunca quise ser lo que soy ahora. Intentaré ayudarte. Pero antes necesito estar seguro de que no mientes, háblame de su salud, de su aspecto...-dijo observando mis temblores. Fui todo lo sincera que pude, describí parcamente nuestro último encuentro, su esperanza, sus ganas de vivir. Al rato Weiss me interrumpió. Se le veía agradecido y me prometió que me ayudaría a escapar. Cuando mencioné a Rosa y la resta de camaradas se negó acaloradamente. Me dijo que en el recuento de la madrugada fingiría que iba a fusilarme. Teniendo en cuenta las formas de proceder de los "kapos" y dirigentes su conducta no le parecería extraña a nadie. A pesar de que me pidió que no se lo contase a nadie, se lo confesé todo a Rosa. Ella se alegró por mí sinceramente, prometió guardar silencio y me dio un mensaje para su familia. Quedamos que si salíamos con vida nos encontraríamos en París, en casa de los amigos con los que nos habíamos alojado si seguían libres. Pasé muchos nervios, y cuando finalmente Weiss me mandó llamar en el recuento de las tres todas mis compañeras me miraron asustadas, menos Rosa. Seguí a Weiss más allá de alambrada electrificada. Nadie sospechó nada. Nos alejamos y Weiss me dijo que cuando se quitase la gorra huyese. Pero lo hice mucho antes, mientras escuchaba el disparo el disparo al aire de mi falsa muerte. Mis piernas se movían rápidarmente por los bosques que rodeaban los campos, no sabía hacia donde me dirigía, sólo que huía del horror. La felicidad me inundaba. Paso a paso me sentía más y más libre... Hasta que desperté en mi camastro. A mi lado se encontraba mi leal amiga Rosa, dormida. Por una vez no hice caso del viejo consejo, a pesar del frío lloré al comprender que todo había sido un sueño. Tal vez habría sido más feliz si no hubiese despertado. Desde entonces espero cada día la liberación aliada, hace poco vimos como nos sobrevolaban los rusos. Me duele pensar que la idea del amor entre un nazi y una bella judía solo había sido una mala pasada de mi burlona imaginación. Espero soñar esta noche con el mar de mi tierra, el olor de la huerta y la sonrisa alegre de la niña que mi hombre y yo dejamos al resguardo de mi madre. Se llamaba Libertad, ruego que no tengan que cambiarle el nombre. Ojalá vuelva a ver a mi compañero de mirada cálida, a la niña, a mi madre. Ojalá nunca nadie olvide que no tiene sentido luchar por ampliar un territorio. Sé que si muero hoy moriré serena, consciente de que primero en España y después en Francia luché por la libertad, contra este fascismo que ahora me ahoga en vida. Ojalá el mundo sepa algún día de este infierno, ojalá no nos olviden y la pequeña Libertad crezca sana y fuerte. Ojalá. |
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