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¿Qué fue primero el olor o la nariz? El profesor de filosofía disparó la pregunta al aire, reclamando la atención de sus alumnos. La mayoría estaban distraídos, pero algunos expresaron sus opiniones, bastante contrapuestas. ‘No existen los olores, al menos tal y como los conocemos' ¿No son acaso los olores el resultado de moléculas odorantes esparcidas en el aire? Sus últimas palabras se quedaron flotando, sin respuesta, tras sonar el timbre. Los alumnos, sin pararse a escucharle recogieron las cosas ruidosamente y desaparecieron uno tras otro del aula. Fuera llovía con cierta vehemencia, esa era su última hora y Claudia salió del centro con la mente en blanco. Protegida con su paraguas rojo sentía caer las gotas, su tintineo, su perfume. Pocos olores le gustaban más que el de la lluvia sobre la hierba o ella tierra. Sin embargo, sobre el asfalto que pisaba, el olor no era nada agradable. Se conservaba el sutil aroma del alquitrán. Llegó hasta su casa reflexionando sobre los olores y la lección impartida por su profesor de filosofía. Necesitaba unos folios para terminar un trabajo y los encontró en el cajón más olvidado de su escritorio. Además, localizó una baraja de cartas que creía desaparecidas en combate. Las sacó de la caja y aspiró su olor a raídas, estaban mugrientas. Pertenecieron a su abuelo. Dicen que a los olores asociamos personas, lugares, situaciones… Se dice que Proust al regresar un día a su pueblo natal, pidió como cuando era un niño magdalenas para desayunar. Antes de comerse la primera magdalena su olor y el sabor de la pasta invocaron rápidamente los recuerdos olvidados de su infancia. Y cuentan que ese fue el motivo que le impulsó a escribir. Eso debió sucederle a Claudia porque acariciando esos naipes los lagrimones hicieron aparición en su rostro sin previo aviso. Las observaba con idolatría, como si de reliquias se tratase. Porque el valor sentimental que tenían para ella era inconmensurable, le habían devuelto la esencia de ese hombre al que admiró siempre y jamás dejaría de adorar. Le vinieron al pensamiento sin remedio las imágenes de su calva rosada y reluciente, cuanto le gustaba de niña besarla con afecto, acariciarla. Cada vez que llegaba a casa de sus abuelos corría ilusionada a saludarle, él ya era mayor y ya no podía andar apenas. Así que se pasaba el día sentado en su rincón favorito del sofá, y cuando recibía las visitas de la pequeña Claudia esta no dudaba un instante en acomodarse arrimadita a él. Era una pequeña diablilla que no paraba quieta, el iaio le tenía un cariño especial. Era su nieta más pequeña, y sabía que no podría disfrutarla ni verla crecer como al resto. Su nieta parecía hipnotizada mientras él leía en silencio o jugaba al solitario. El paso de los años le había hecho perder audición, pero eso no evitaba que abuelo y nieta se comunicaran. Lo hacían con palabras, pero también con miradas que sólo ellos podían entender, ya que tenían un sentido del humor muy particular. Él le contaba cuentos de la región, pero nunca hablaba del pasado ni de su juventud. Costaba pensar que ese hombre alto pero encorvado, que apenas podía caminar sin ayuda, fue soldado por obligación, aunque eso Claudia no lo sabría hasta mucho después. Cuando más aprendió de la historia de su abuelo fue cuando ya estaba muerto. Ahora ella estaba orgullosa de saber lo valiente que fue en su juventud, como luchó por sus ideas, por la libertad, como perdió una guerra, soportó una larga dictadura pero también vio crecer a sus nietos en democracia. La iaia desde que él murió no ha vuelto a ser la misma, llora por los rincones porque vivir sin la persona que ha sido lo mejor de tu vida no es fácil. El tiempo mitiga el dolor, pero nunca podrá olvidar esa vida compartida y la ausencia de su compañero. Claudia acomoda las cartas sobre la mesa, para jugar al solitario como él le enseño, alza la vista y sigue llorando al ver una foto en la que sale de bebé con él, cuando la idea de que un ser querido muriese ni se le pasaba por la cabeza. Recuerda con nostalgia el último verano que pasó con él, en la casita de las vacaciones. Se le metió en la cabeza la idea de pasar una semana a solas con sus abuelos, sin sus padres, allí sola con su primo el mayor que era el único que le hacía un poco de caso. Se había entretenido curioseando entre la biblioteca de su abuelo, poblada de novela histórica. Su pasión por la lectura y después por la historia las heredó de él. ¿Puedo cogerte un libro, iaio ?, era una frase que ella pronunció muchas veces, a la que él siempre respondía con algún comentario de orgullo por la dedicación a la lectura de su nieta. Después, ella se llevaría esos libros a su casa, tenía intención de devolverlos después de releerlos una y mil veces. Hoy, años después, se da cuenta de que él estaba contento de que ella leyera tanto, devora-libros la llamaban en la familia. Claudia estimaba mucho a su abuelo, a pesar de su avanzada edad nunca se había planteado que todos ricos o pobres, tenemos que morir. Ella era apenas una cría cuando el invierno siguiente el iaio enfermó. Ella notaba cierto ambiente de preocupación en su entorno. ¿Se va a morir el iaio ? Preguntó con semblante grave a su madre. No, se pondrá bien, ya está mucho mejor, le respondió. Y ella lo creyó en su intelecto cándido se aferró a esa idea. Mientras juega al solitario con esa ajada baraja recuerda la tarde de Reyes. Qué contenta estaba de ver que él permanecía bien, que no le había sucedido nada. Le abrazó muy fuerte al verlo, y estuvo cerca de él, pendiente de cada gesto. El resto de familiares aparentaban naturalidad. Unos días más tarde, cuando las preocupaciones se habían desvanecido de su mente infantil, su padre llegó con los ojos enrojecidos. Claudia se levantó, ¿cómo está el iaio ? preguntó. ‘El iaio s'ha mort' Dijo él desmoronándose literalmente en sus brazos, y Claudia, lloró, lloró y lloró, durante días. Cuando nadie la escuchaba se tapaba bajo el edredón y lloraba bajo las sábanas a moco tendido, sin comprender porqué. Le costaba creérselo, le parecía surrealista. Nunca supo de qué murió. No se atrevió a preguntar. Le dolía no haber podido despedirse de él, haberse creído las mentiras de sus padres, no haber pasado más tiempo con él e incluso no haber sido más cariñosa. Durante semanas sintió un extraño sentimiento de culpa e incredulidad, hasta que una noche soñó con su abuelo. En el sueño, estaban sentados en el tejado de la casa familiar. ‘ No t'oblides de mi, mai dexaire de mirar per tu ' le dijo. A la mañana siguiente Claudia retuvo esas palabras y esa imagen, para ella ese y no otro era el último recuerdo de su abuelo. Aunque los años la habían convertido en una escéptica, era incapaz de pensar que ese sueño era fruto de su subconsciente, y pocos días después del sueño escribió las palabras que le había dicho su abuelo en un cuaderno, que probablemente estará por ese cajón descuidado. Claudia acaba la partida, le da igual ganar o perder. Guarda los naipes con ternura en su caja, y los guarda junto al lugar privilegiado, dónde atesora esos libros que nunca le pudo devolver. Entonces recuerda, nostálgica pero más alegre la pregunta que dejó en el aire su profesor. Le da igual la respuesta, le basta con saber que un olor puede devolver y avivar muchos recuerdos, pero sobre todo sabe que es cierto, que su abuelo está en alguna parte velando por ella.
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