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"Mambrú se fue a la Guerra" Muy pocos fueron los que supieron de la verdadera historia de Mambrú, ¿quién podría haber imaginado que los niños se sentarían a cantarle a todo pulmón, llenos de entusiasmo sobre sus piernecitas flexionadas?; por desgracia o por fortuna yo fui uno de ellos, de los que lo conocieron en el frente, yo sé la verdad, pero ahora nada de eso parece importar a maestros y educadores, que bajo el iluminado tesón que acaricia esas jóvenes mentes envilecen más y más una historia oculta de corrupción, de ineptitud, de miedo como valor olvidado. El padre de Mambrú era mercante -eso me contó-, y la madre misionera en las colonias de Mujafalte, al este de Indonesia. Se conocieron por obra y arte de la providencia, y consumaron su amor entre olores a carbón requemado del fogón de la nave, junto a las barras de sujeción de la sala de máquinas, para concebir a tan ilustre personaje -denostado por mí y por cuántos conocieron de sus "hazañas"-. Al fruto de ese tórrido encuentro en la sala de calderas -más ígnea de lo que acostumbraba- lo llamaron Mambrú. A la edad de diecisiete años, Mambrú se alistó en el ejército. Desfilaba a la voz de "firmes ¡ar!, mediavuelta ¡ar!, pasooo ¡ligero!, uhm, ós, uhm, ós..." A él, acostumbrado como estaba a los estupendos guisos de su madre -la misionera en campaña permanente en pos de su hijo- y la libertad que le ofrecía el tener a su padre siempre de viaje, el ejército le parecía desatinado, al punto irrisorio. ¡Vaya mierda!, me he alistado en la marina para vivir aventuras, como las que me contaban de pequeño, no para ser un pelele a cargo de una pandilla de fanáticos, rezongaba mientras perdía el paso en la fila. Su padre había cruzado el pacífico, desvelando los secretos de amantes amantísimas en los puertos mediterráneos, y navegando por el Atlántico escudado en su puesto de cubierta detrás de la chimenea de popa, soportando fuertes golpes de mar que serían capaces de engullir al hombre más rudo y fornido, como una hormiga se pierde bajo el abismo pozal en la confluencia de dos ríos, al menos eso le había contado a él el aventurado padre. "Uhm, ós, uhm, ós" la lluvia, a la vez que repiqueteaba sobre su gorra de plato, hería su orgullo como ser humano, único, superviviente de la incombustible pero confortable vida del hogar materno; en ese mismo instante dieron el alto, con una especie de aullido, alguien les informó -fax en ristre- que estaban en guerra; nada menos que contra Japón, aliado de Alemania: otra gran guerra. ¡Madre mía!, se lamentaba, cómo se lo voy a decir, a mis padres, a mi novia, a su amiga -esto último lo dijo con apenas un hilo de voz-, no puede ser cierto. Pero lo era; Mambrú se fue a la guerra. Mambrú moría en cada instante vespertino, portaba su fusil con bocacha hacia el cielo, al contrario que en esos locos armatostes cuyas hélices desbocadas cortan el viento -en donde debía colocarlo invertido a la dirección del rotor-. El camión renqueante, hacía oprobio de su incipiente erección, mientras trataba de esconderla tras las manos que sujetaban el arma. Yo no busqué esto, no busqué esto, se desesperaba. No es culpa tuya hijo mío, contó que le decía su madre, has sido tú el elegido, uno entre mil, uno entre un millón, para ser el canto intermitente de generaciones venideras, Mambrú, Mambrú; Mambrú se fue a la guerra qué dolor qué dolor que pena, Mambrú se fue a la guerra yo no sé a dónde irá, do re mi, do re fa... Lo cierto, amigos míos, es que de Mambrú no se supo más, no al menos para los que conocen la leyenda, pero yo sí, yo que conocí a Mambrú, porque iba en ese camión, y porque lo vi escapar del campo de batalla como alma que lleva el diablo. Mambrú no fue a la guerra, no a la del combate, de hecho ahora -y tengo a fe cierta- debe estar sentado detrás de un cómodo despacho en una calle parisiense que, por motivos de seguridad, no me dejan revelar. ¿Qué sería si no de la leyenda nacional? Ya nadie se desvelaría por el pobre Mambrú, Mambrú el desertor, Mambrú el traidor, el Mambrú libertino, de su segunda etapa; dejando atrás a sus compañeros heridos, caídos como chinches en el campo de batalla. Tal y como bajamos del camión, con una indigesta sopa que bullía aún en nuestros desapacibles estómagos, nos hicieron formar; tan imbéciles e imberbes que ignorábamos nuestro más hondo sentido de la supervivencia ante el rumor crepitante de las bombas a lo lejos aunque, cada vez, más próximo. Como si no fuera suficiente para mí, soldado de primera Jhon Brown alias "el Indiecito salao", percibí una serie de efluvios pestilentes de mi compañero el "valeroso", el ubérrimo, el pecaminoso, proxeneta y lujurioso de las calles de París, Mambrú Estoicolmo. Olía -y lo digo con honda pena- a excrementos: el olor del terror a la muerte inminente. Desde el rabillo del ojo en mi posición de firmes, oía su respiración agitada, el castañear de dientes y el cloquear de sus rodillas. No, no era un ser valeroso como se dice, y tampoco entró en combate, quizás por respeto o por vergüenza, las autoridades modificaron la canción y tan sólo se menciona que fue; claro, fue. Nadie se desharía en explicaciones ante una mentira soterrada, escondida en el impúdico truco semántico de la tonada. Cuando por fin nos tocó ir al frente, quedaban a nuestros pies miles de cadáveres fruto del desembarco, el asalto final por el que tomaríamos al enemigo, incauto, desprevenido y lo empujaríamos de las playas francesas; aunque no fuera del todo cierto, que no estuviera avisado. En Madrid, un espía español les había informado: desembarcaríamos en Normandía pero, gracias al cielo, en el tercer Reich nadie le creyó. Mambrú rezumaba un hedor aún mayor que el de los muertos que evitábamos a nuestro paso; notablemente afectado me pedía que si lo herían no le dejara en el campo de batalla, como aquel ladrón que cree a todos de su condición, yo le calmé, le dije que por nada del mundo lo abandonaría, que éramos compañeros, que por el amor de dios dejara de cagarse que empezaba a afectarme la concentración. Un nido de ametralladoras nos cortó el paso. El silbante fluir de las balas a nuestro alrededor me hizo darme cuenta de que Mambrú, tirado en el suelo, aferrado a mi pernera gritaba que estaba herido. ¡Qué herido ni que cocho cuarto, acércate a la zanja y dispara como los demás!, le dije, pero en cuanto fui a darme cuenta Mambrú se había ido por piernas y se dejaba caer junto a un camión de la cruz roja. La madre parapetada sobre una mochila repleta de bocadillos que, al punto se podía ver desde mi posición, recogía con otro camillero al supuesto herido. Yo chillaba, gritaba de impotencia, a un tris de disparar sobre el camión y sus ocupantes, mas no tenía certeza de que todos en él estuvieran al tanto de lo que sucedía realmente. En ese momento me alcanzaron en un hombro y caí con estrepitoso alarido, mientras el cobarde, el infiel, el mal amigo se perdía por retaguardia entre el humo y cenizas de otros compañeros con peor sino. Tanta fue mi furia, que en vez de perseguir a ese maldito, loco, encolerizado y gritando al frente, lancé una granada hacia el enemigo, parapetado tras sacos terreros; con tal suerte que fue a dar en el centro de la trinchera. Entonces me desmayé. Al despertar me dieron una medalla, dijeron que lo habíamos logrado, que éramos héroes. ¿Y Mambrú? Mambrú, según los informes del cuerpo médico que había en la zona, había dado su vida haciendo explotar consigo las granadas, cayendo así sobre los soldados alemanes y haciéndolos volar en pedazos. Sentí tanta rabia, tanta frustración que durante años seguí la pista de Mambrú. No quisieran saber lo encontré, y quizás mejor, no puedo revelarlo y me parece hediondo, como él mismo. Cuando las autoridades dieron fe de mis investigaciones quisieron silenciar el hecho, habían, incluso, compuesto una canción en su nombre, nadie debía saber la verdad, resultaría una auténtica vergüenza: la vergüenza nacional. Enterraron todo el asunto y me dijeron que harían una canción con mi nombre, el que realmente había realizado aquella proeza, y sobre todo era importante que no descubriera el paradero de Mambrú, que contara lo que quisiera fue su respuesta cuando dije que lo diría a todo aquel que quisiera escucharme; si desvelaba dónde estaba o qué hacía me considerarían traidor. Sólo puedo relatarles esta historia sin pruebas; eso fue lo que pasó de verdad: Mambrú fue un jodido y natural ser humano, no un héroe. Ya nadie queda de aquel batallón, excepto yo y el sinvergüenza de Mambrú, aún puedo oler el pestilente hedor que salía de sus calzones; maldito, maldito Mambrú. NR.
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