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“El caballo sin nombre”
Es verano y Jorge y Luis se encuentran jugando en la piscina. Jorge le enseña a Luis una bomba de agua que ha aprendido a hacer durante el invierno en el club donde están inscritos sus padres. Jorge corre de un extremo hacia el otro de la piscina, cuando está a punto de finalizar su recorrido se tira con los brazos abiertos, sacando pecho para crear una mayor salpicadura donde chicos y chicas esperan su turno para subir por la escalera y salir de la piscina. En cierta medida, a Jorge y a Luis les da igual que haya alguien o que no haya nadie allí, pero mejor si es así, claro. Ellos no paran de correr de un lado al otro de la alberca, con la imperiosa necesidad de soltar cantidades ingentes de energía preadolescente y reírse un buen rato con eso nuevo que han aprendido y que es tan divertido.
Si –contesta Jorge-, ahora podíamos hacer los dos la bomba a la vez con las piernas encogidas. Vale tío –confirma Luis. Acto seguido se dirigen corriendo hacia la escalera y poco les falta para caer uno encima del otro. Salen del agua asustados y emocionados, y comentan lo cerca que han estado de “comerse” la escalera, pero la hora del baño se va terminando para Luis que tiene que volver a comer casa. Así se despiden hasta la tarde. Jorge aburrido, sabiendo que en su piso aún no están sus padres, coge su bicicleta de cross y se va a explorar por los complejos residenciales que hay alrededor. Se nota que allí aún no han explotado todos los terrenos las constructoras, porque aún se divisan muchas parcelas de campo entre las distintas urbanizaciones. Jorge intenta atravesar uno de estos terrenos que se encuentra entre dos calles paralelas perfectamente asfaltadas. En la parte central, por donde atraviesa, hay un pequeño sendero hecho por los transeúntes en sus idas y venidas, para evitar un rodeo; no obstante hay arbustos, hierbas altas y algún que otro árbol conformando una vegetación básicamente de matorral. Jorge apenas distingue el camino llevando su bicicleta de la mano, mientras con la otra aparta alguna que otra espiga que amenaza con meterse en sus ojos castaños. Aunque el camino está cubierto de malezas entreveradas, en el centro hay un gran claro y en uno de los lados, junto a un árbol, ve a un caballo de pelaje marrón pastando tranquilamente; un caballo joven que apenas se asusta cuando Jorge se acerca para verlo mejor. Con gesto inconsciente y temerario acerca su mano lentamente al morro del animal, atrás queda su bicicleta tirada en el camino. El caballo impasible mira a Jorge y éste queda fascinado. Es un caballo precioso y además impresiona, tiene los ojos saltones y cuando respira a Jorge le da mucho respeto. Con “ojos de loco” como diría Luis. Pensando esto se va de allí con la idea de contárselo todo a Luis.
Nada tío, esta mañana me quedé alucinado, estaba allí, como si tal cosa y lo toqué –respondió Jorge. Entonces voy a ver…bonito, caballito, tu eres bueno ¿verdad? –Luis acerca la mano con cierta cautela, pero el caballo permanece quieto, mirando con sus grandes ojos de loco, pero nada pasa y finalmente lo acaricia lentamente por debajo del mentón. Así se pasan toda la tarde especulando de donde podía haberse escapado o si el dueño era un gitano que lo dejó allí para que pastara; acompañan al equino, imaginan mil aventuras, incluso en un momento dado quieren ponerle nombre, pero entre cábalas y juegos se les pasa la hora. Resisten a irse de allí todo lo que pueden pero tienen que volver, se está haciendo de noche. Allí dejan al caballo anónimo, al que no saben si volverán a ver. Luis marcha para su casa y Jorge a la suya con una discreta despedida. Fijan volver al día siguiente y ver que tal está el caballo. |
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