VACÍOCuando el polvo se asienta, es posible ver el cielo. Lo mismo que con el humo de las explosiones, alguna brisa lo dispersa y otra vez está el cielo. De noche es distinto, las detonaciones vienen con destellos y aturden, también tiembla la tierra con los truenos, los resplandores lastiman, hay un chisporroteo de estrellas brillantes y fugaces, pero no hay cielo. A Jasan le provoca temor la noche, no tanto los estruendos, sí mucho la falta de cielo. Apenas ocho años, enfermo de vejez prematura y ojos ausentes que casi se lamentan cuando miran. Está sentado en el suelo polvoriento, junto a los escombros de una pared derruida, velando el cadáver de una mujer a la que le faltan las piernas. La calle vacía, la nube de humo y el polvo comienza a despejarse, el olor intenso no molesta a Jasan, sus ojitos chiquitos vigilan, ya casi no percibe el murmullo de las corridas y los gritos, hay como una ola de silencio que lo va envolviendo. Su tío Habib le había prevenido sobre este tipo tan especial de silencio. Este niño sucio y harapiento nunca conoció a sus padres, nadie le enseñó a leer y escribir, y con su tío y sus nueve hermanos se pasó su corta vida huyendo. Nadie le explicó nunca por qué, y Jasan jamás se lo pregunta, a él le gustaría ser como Salim, el hermano mayor, que siempre le dice las cosas que tiene que hacer, cómo procurarse la comida, cuándo es hora de ir a descansar, cuándo levantarse. Jasan tiene muy buen oído, sabe que están llegando. Hay como un correteo de sombras dentro de este silencio. Jasan no intenta llorar como le pide su tío, sabe que no puede, pero con saliva se humedece los ojos, y así está gimiendo y meciéndose sobre el cadáver amputado cuando llegan los soldados, son cinco. Lo empujan a un costado con sus fusiles, no lo revisan, no hay nada que esconder debajo de sus escasas ropas andrajosas, dan vuelta el cuerpo destrozado, y siguen avanzando por la callejuela, pegados a los muros que aún subsisten. Cuando se alejan unos metros, Jasan aparta unas piedras y corre una chapa, les grita algo en un lenguaje inentendible, confirma que los soldados se vuelven apuntándole, y entonces se deja resbalar por el pozo, baja la tapa provisoria que confeccionara su tío, engancha el cordel que cuelga de la improvisada puerta en el artefacto que hay más abajo, una vuelta y un solo nudo sobre la palanquita, tal como le explicara Salim, y comienza a reptar por el minúsculo túnel, mientras escucha los gritos cada vez más cerca. La explosión es ensordecedora, el callejón se pierde en el hongo de humo. A unos treinta metros, unas piedras se mueven como queriendo elevarse del piso. Una manito brota de algún hueco subterráneo, sale todo el brazo, y aparece la cabecita polvorienta de Jasan. No le molesta el fuerte olor a pólvora ni a carne quemada, apenas una picazón en la garganta y un ardor en los ojos, enseguida distingue a sus hermanos que se acercan a la escena macabra. Jasan mira hacia arriba, a los jirones de cielo que se adivinan en medio del humo que asciende, está oscureciendo y llega la noche. Entonces se apura, corre a ayudar a los hermanos a recoger las pertenencias de los muertos. Pronto volverá a quedarse sin cielo. |
|
||||||||||||