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Lejos del barrio Caía una garúa terca, pegajosa. Subí a la F-100 y le di arranque. De noche queda estacionada a la intemperie, al lado del cordón, y a veces me cuesta resucitarla. Pero esa mañana arrancó con el primer golpe de llave tras un breve ronroneo. Mientras esperaba a que se calentara el motor, me llevé un Marlboro a los labios. Meta insistir con el encendedor, y nada; pura chispa. Lo agité y probé de nuevo. Surgió una llamita lánguida en la que encajé el tabaco. Sentí que la primera pitada era la más placentera de mi vida. Por la radio escuché que el clima seguiría asqueroso y que recién en el fin de semana el sol volvería a salir. Bajé la ventanilla, para que se ventilase la cabina. Tenía que ir a la pinturería, cargar algunas latas y hacer el reparto. Aceleré, hice cien metros. A través del parabrisas mojado vi la silueta de Remo, mi vecino, que cruzaba la calle con un andar que daba lástima. Después de cumplir los sesenta, un ataque de presión lo dejó bastante destartalado, pero el tipo fue siempre un luchador, un laburante. Se daba mañas para llegarse caminando hasta su taller mecánico a dos cuadras de la casa. Arrastraba una pierna y tenía un brazo que le bailaba flojito, medio muerto; el otro lo sacudía como si remara el aire. Tres perros atorrantes le hacían a Remo de escoltas. Se quedaban con su dueño hasta que cerraba el taller, después lo acompañaban hasta la casa. Aminoré la marcha y continué en primera, a la par de Remo. Como iba distraído le toqué bocina. Me miró, hizo una mueca que emulaba una sonrisa y sin detenerse me indicó que lo siguiera hasta el taller, al que nos acercábamos. Remo le pasó las llaves al ayudante, que esperaba sentado en la vereda. El pibe abrió la puertita de chapa y se metieron los dos adentro. Los perros les fueron atrás. Arrimé la camioneta al cordón, bajo la fronda del paraíso. Le di otra pitada al Marlboro y dejé caer afuera las cenizas. Enseguida oí el escándalo de la cortina metálica que empezaba a subir poco a poco, con cada tirón de cadena. Cuando el pibe terminó de subirla, apoyó sus manos en las rodillas y respiró profundo. Con tosca amabilidad, Remo le indicó que empezara con el Fiat Uno. La hemiplejia le había robado muchas expresiones a Remo, le había embrutecido el cuerpo, y hasta su voz sonaba distinta, más áspera, más oscura. Salió del taller y se me fue acercando como pudo. Los perros lo acompañaban. Apoyó la mano sana en la camioneta. -Qué tal, Miguel -me dijo con ese gesto de pícaro que había logrado sobrevivir a todos sus males-. ¿Vamos al cabarute, el sábado? -Sos un incorregible, vos. Me miró medio apenado. -Es que extraño a las chicas. -No sé, Remo. No ando con ganas de caer en ese lugar. -¿Por? Si a vos te gustan los gatos. De casualidad, una noche nos habíamos encontrado en un local nocturno lejos del barrio, allá por la ruta ocho. Era la primera vez que yo me metía en ese sitio. Compartimos copas y más que eso. Desde entonces, Remo, que nunca fue para mí más que un vecino veinte años mayor que yo, se mostraba amable conmigo, como si quisiera convertirme en su compañero de farra. Largué la última bocanada de humo y tiré el pucho en la vereda. -No lo tomes a mal -dije-, pero busco otra cosa, otra clase de mujer. -¡Son todas iguales, Miguelito! Tu jermu te largó por otro, ¿cuánto hace ya? ¿Seis meses? -¡Callate, querés! Son cosas mías. Tuve ganas de irme lejos, a otra ciudad, a otro mundo en el que nadie supiera de mí. Lo que más bronca me daba era que yo mismo le había revelado detalles de la separación. -Perdoná -murmuró, y se quedó como esperando algo, que lo disculpara, quizás-. Es que tenemos que salir. Como aquella noche, vos te acordás. Una hoja amarilla, de paraíso, se le pegó a Remo en la camisa. Se la quitó de un manotazo como si un bicho le hubiera saltado encima. Por el espejito de la puerta vi que uno de los perros, el marroncito, me orinaba una rueda mientras ponía carita de inocente. Pensé en mi ex, y ahora este animal roñoso que hacía de las suyas sin importarle que yo estuviera vigilándolo. -Qué me decís, entonces -insistió-. ¿Vamos? -Y sí -dije-. Mal no la pasamos la otra noche. II Remo nunca acariciaba a sus perros. Parecía ignorarlos, resignado de andar rodeado de estorbos. Aunque sin duda significaban para él una gran compañía. Por eso los había traído con nosotros en la parte de atrás de mi camioneta. Ahora les ordenaba bajar y los dejaba sueltos en la puerta de La Catanga, el club nocturno al que acabábamos de llegar, seguro de que no se irían por ahí. Así y todo sentí que Remo estaba más solo que yo en este mundo, buscando la felicidad en el lugar equivocado. Y yo lo seguía. Los del pronóstico le habían errado feo. Ese sábado llovió toda la tarde hasta las nueve de la noche, y ahora, a las doce y media, el cielo seguía cargado y en cualquier momento iba a largarse otra vez. Corrimos la cortina de flecos brillantes y entramos al lugar. La luz púrpura recortaba las siluetas de mujeres sentadas a la barra. El humo de los cigarrillos se condensaba en el techo, formando un colchón denso y azul. Sobre el escenario improvisado en una esquina, un cantor interpretaba, de modo más o menos digno, tangos de Gardel. Lo acompañaban dos músicos que rondarían los cincuenta años. El cantor, un tal Beltrán, me sugería un esplendor algo marchito, a pesar de que su voz no nos defraudaba. Elegimos la mesa junto a la ventana; se nos acercó la chica con la carta y le pedimos dos Fernet. Unas trenzas renegridas le caían sobre los hombros y miraba con ojos cándidos, como si no supiera dónde estaba metida. Remo le daba la espalda a los músicos, no había venido por el espectáculo de tango. La mesera volvió con los tragos en el momento en que Remo me decía que me fijara en una de las minas de la barra, de pollerita a cuadros, que nos hacía ojito. No estaba mal, aunque se me dio por pensar que a lo mejor la penumbra la favorecía. No bien terminó el Fernet, Remo pidió otros dos. Los músicos habían dejado de tocar y comenzaban a guardar los instrumentos, mientras Beltrán charlaba con los de la mesa más cercana al escenario. Remo se levantó y caminó entre sillas y parroquianos, ladeándose un poco hacia su derecha. Fue a plantarse al lado de la mina de pollerita a cuadros. Se le puso a charlar y cada tanto le acariciaba el pelo lacio. Prendí un cigarrillo y miré por la ventana. Dos de los perros estaban echados en la tierra, al otro ni lo veía. Un relámpago iluminó la ruta justo cuando pasaba una moto a toda máquina. Volví a mirar hacia la barra. Remo me hizo seña de que me acercara; tenía la mano enclenque sobre la pierna de la mina y parecía ilusionado, igual que un adolescente. Aplasté el pucho en el cenicero y fui hacia donde ellos estaban. -Así que este es tu compañero -comentó ella, y me echó una mirada sobradora. -Anda medio desganado -dijo Remo, sonriendo, con un codo apoyado en la barra-. A ver, Martita, si sos capaz de quitarle las penas a mi amigo. A veces le salía a Remo una sonrisa torcida, incoherente con lo que iba diciendo, y eso hacía que uno desconfiase o, peor, que lo condenara de antemano. Ella se bajó del taburete y me acarició la espalda. Olía a perfume ordinario. Al menos tenía todos los dientes, no como la morocha de la vez pasada. -Vamos, bombones -dijo. Bordeó la barra, y la seguimos. A nuestro paso, algunas de las chicas nos piropeaban. Marta subió por la escalera y yo lo ayudé a Remo a llegar arriba, donde había un pasillo angosto y varias piezas. Cortinas de un terciopelo opaco y gastado colgaban de los dinteles. Nos metimos en la misma pieza de la otra noche, estrecha y sin ventanas. Remo se sentó en la silla ubicada en un rincón. La luz del velador apenas lo alcanzaba. La lluvia empezó a picotear el techo de zinc. Marta se desnudó, sus tetas eran dos bultitos ya explorados sin duda por demasiadas manos hambrientas. Me pregunté si se bañaría después de estar con cada cliente o si sólo se echaría colonia. Me quité la ropa yo también. La cama era de una plaza. Ella se acostó enseguida y me llamó dándole palmaditas al colchón. Sin decir palabra, sin siquiera habernos dado un beso, me le eché encima y empecé a moverme. Yo tenía los brazos tensos, uno a cada lado de su cuerpo, las palmas hacia abajo. Cerré los ojos, como si así pudiera anular los gemidos que venían de la pieza vecina. Remo nos observaba en silencio, podía sentir la carga de su mirada en mi espalda, en mi nuca. Se me hacía eterna la situación. Cuando acabé, Marta se levantó de la cama y caminó hacia Remo. -¿Te gustó, papucho? -dijo, acariciándole las canas-. ¿Era eso lo que querías? Remo asintió sin entusiasmo, vi que le pasaba unos billetes. Marta se vistió y caminó hasta la puerta. -¿No bajan ustedes? -dijo desde el umbral, con una mano en la cortina. -Sí, sí -respondió Remo-. Ya bajamos. Tirado en la cama, volví a cerrar los ojos y me dejé atrapar por un sueño sin imágenes. Al rato me desperté de golpe. Remo sollozaba en el rincón, tapándose la cara. -¿Qué te pasa, che? -dije. Se incorporó y con la manga de la camisa se limpió los ojos. -Nada, salgamos. Caían cuatro gotas locas, como si el cielo ya no pudiera más, podrido de tanta lluvia, lo mismo que nosotros. Los perros al vernos se arrimaron a la camioneta agitando sus colas, contentos por emprender la vuelta. Miré a lo lejos como buscando una respuesta al final de la ruta, pero no vi más que oscuridad. Remo se alejó unos pasos y se puso a mear detrás de una ligustrina. Temí que no regresara, que se lo tragara la noche. Los borcegos se le habían hundido en el barro y por eso volvía a las puteadas. Hicimos entrar a los perros en la camioneta, después subimos nosotros. -Ay, Miguelito -murmuró, mientras se tocaba el pecho-. Si el cuerpo me acompañase... Prendí un Marlboro, lo miré fijo y le fui soltando el humo en la cara. -No te me aflojés ahora, querés. ¿Acaso no te divertiste? -dije, sabiendo que ninguno de los dos había gozado nada, que no podíamos gozar, que habíamos venido para olvidar por un rato lo que éramos y salíamos sintiéndonos peores. Remo hizo un gesto afirmativo, un movimiento pausado y sutil como si hubiera quedado enganchado en algún recuerdo. Después me mostró su mejor sonrisa de pícaro. -Y sí, compañero -dijo, palmeándome una pierna-. No la pasamos nada mal esta noche. Dani Marzo de 2006
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