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Milonga del 900 (Versión II) [Paso básico] -No lo entiendo. -Por favor, para ti será sencillo. -Carlos, coño, que tú eres policía. -No, soy antidisturbios que no es lo mismo. Yo golpeo de frente; sabes bien que no soy capaz de hurgar sutilmente una herida abierta mientras hablo del tiempo y regalo sonrisas, en cambio tú sí. El Hormigón es como tu casa, tienes amigos a los que su madre no quiere oír nombrar. Si has hecho cosas peores; además, tú ya conoces ese mundo. José prefiere no ver directamente los ojos de Carlos y pierde la mirada por las paredes del bar. Observa la cabeza de toro que, inerte, vigila desde las alturas. Carlos quiere hablar, está intranquilo. José en cambio se recrea, coloca lentamente la vista en la mesa, analiza el poco café que queda en las tazas y los restos del postre. Carlos no aguanta, se revuelve en su silla y su uniforme cruje como si se quejase. Soporta el incómodo silencio porque conoce a su amigo y sabe que está estudiando el trabajo, sólo puede esperar. Carlos viste todo de azul, el uniforme le sienta como un guante y lo luce con elegancia, las lustrosas botas negras y el pañuelo anudado al cuello hablan de una persona cuidadosa, metódica y limpia. José viste informal, sin brillo pero sin suciedad, unos vaqueros, una camiseta negra y una chaqueta tipo americana componen su uniforme. Ambos opinan que el otro es un buen tipo, pero los dos piensan que la vida del amigo es una incongruencia. Carlos es un anarquista amante del orden, de lo establecido y de las tradiciones, un antidisturbios de izquierdas adicto a la literatura; José, un bohemio enamoradizo, ajeno al compromiso, misógino en días alternos y feminista el resto, casi abstemio, que se pasa la vida de antro en antro y rodeado de mujeres a las que afirma no entender, y que lee cualquier cosa que cae en sus manos, incluso la buena literatura. Ninguno pensó que la absurda idea de José de aprender a bailar tangos terminase por llevarlos a dónde ahora se encuentran. -Vale; lo haré. Carlos queda en silencio, apura el café frío que queda en su taza y siente como un escalofrío bajando en dirección a su estómago; ni siquiera le da a José las gracias. Afuera, la fachada del Senado intenta, de una forma inútil, retener los últimos rayos de luz de la tarde invernal. José y Carlos salen del restaurante y caminan en silencio en dirección a la Plaza de España. Un palomo, sobre la bacía de Don Quijote, intenta apoderarse de cualquier rayo solar antes de que pierdan toda su fuerza. Ya en la boca del metro los dos hombres se funden en un abrazo tímido, contenido. -Llámame -grita Carlos desde el fondo de la escalera y cuando ya casi está perdido en el interior de la madriguera del metropolitano. José se queda parado recibiendo la cortante brisa que llega del Guadarrama. Encogido, intenta que el escaso cuello del chaquetón le libre del frío pero no es capaz. Suspira y piensa que hubiese podido acompañarle, no tiene nada mejor que hacer durante el resto del día pero no le apetece volver a enredarse en una conversación sobre ella. Tampoco puede olvidarla, no puede borrarla de su cabeza y eso que sólo la ha visto una vez, en una foto, la misma que guarda dentro del bolsillo de la americana y que parece susurrarle; estoy aquí, estoy aquí. Esmeralda -si es ese su verdadero nombre- vive en la calle del Nuncio número doce, por lo menos esa es la dirección que viene manuscrita por Carlos en el sobre que contiene la foto. José piensa que no está lejos, apenas a diez minutos. Vuelve sobre sus pasos, en dirección a la Plaza de Oriente. Lo mejor será acabar con todo esto lo antes posible, concluye. [Media luna] -¿Dónde vas? Esmeralada no responde, la pregunta de María le parece absurda; hace meses que cada sábado sale de casa a las ocho y media, con su bolsa a cuestas, en dirección a la Milonga del Centro. A Esmeralda no le gusta Marcos ni los viejos que le roban el aliento con cada frío abrazo, con cada tango, y desearía que las cosas fuesen de otra manera pero la vida es como es. Puedes tener mil deseos y mil contrariedades pueden hacerlos olvidar, sólo la terca persistencia es útil para seguir adelante. Eso intenta grabarse en su cabeza todos los días, para que la sorpresa de algo peor que esta vida no la despierte una mañana. Desde que un avión la arrojó en Barajas sin otra cosa de valor que un billete de vuelta a Buenos Aires, que no pensaba utilizar, y un contrato para actuar durante quince días como bailarina en un café teatro, intenta mantenerse digna y no avergonzarse ante el rostro que le devuelve el espejo. -¿Dónde vas? -repite María asomando la cabeza por la puerta del dormitorio. -A lo de Marcos, como todos los sábados, lo sabes bien. En la calle hace frío, la gente entra y sale del Café del Nuncio. Ella pasa por delante de los ventanales sin tan siquiera mirar dentro. Camina encogida y envuelta en su abrigo de paño, mientras repasa mentalmente el contenido de la bolsa de tela que cuelga de su hombro izquierdo. Le hubiese gustado ir a cenar con Carlos, dejarse invitar por él, a pesar de que para María Carlos será, el día que lo conozca, como una diminuta piedra en un zapato ajustado. A él le lleva mintiendo más de veinte días y sabe que eso acabará por romper una relación que ni siquiera ha comenzado. Le conoció hace un mes, en una manifestación en Lavapiés en contra del desalojo del Laboratorio 3. A ella la filosofía del movimiento ocupa le trae sin cuidado pero aquella nave, que antes de ser poseída a la fuerza no era más que un nido de ratas y cucarachas, le proporcionaba un lugar donde dar clases de tango y ganar algo de dinero, no mucho, el suficiente para mantener su autoestima en pie. El tumulto, los gritos, la ayuda de los vecinos, los botes de humo, las carreras, todo desapareció. Unos a golpe de porras y escudos. Otros; a golpe de excavadora. Una máquina tan insensible como la justicia protegida por Carlos y sus subordinados. La suerte le acompañó, podía haber terminado en el hospital, llena de magulladuras dibujadas en su cuerpo por un profesional del desalojo. Su aspecto desvalido sirvió para que un capitán de los antidisturbios frenase lo que parecía un tranvía dispuesto a machacarla. Más tarde, cuando la calma regresaba a la zona y las furgonetas azules de ventanillas enrejadas se alejaban, Carlos y Esmeralda se despedían mirándose a los ojos y sonriendo un nos volveremos a ver, ojalá. Al día siguiente estaban sentados en una mesa de La Pampa de Lavapiés, charlando de tangos y devorando una parrillada; a él el tango podría llegar a interesarle, a ella le volvía loca la carne. Un ruido en su interior le recordó que no había comido nada. Era como si recordar la cena con Carlos hubiera puesto en funcionamiento su estómago. Ya está cerca de la Plaza de Santa Ana, la gente camina encogida, intentando inútilmente hundir la cabeza entre los hombros para que el frío no los alcance. Al llegar a Jacinto Benavente, el escaparate de Maestro Churrero es como un imán para ella, entra en busca de un buen chocolate con churros. [El Sangüichito] -Por favor, me pone otra Coca-Cola. El camarero le mira sin poder evitar fruncir el ceño, está empezando a desconfiar. Es el quinto refresco que le sirve y la quinta vez que no paga la cuenta. José no le presta atención, apenas si aparta la mirada del ventanal, del portal que vigila. Lleva horas esperando ver a Esmeralda, tiene la esperanza de que la foto que tiene apoyada en el paquete de tabaco no se aleje mucho de la realidad. En ella se observa a una mujer morena, hermosa, que sonríe sin complejos mientras a su espalda la Puerta de Alcalá ve pasar la nubes. Desea que no se le escape, está concentrado. Se ha sentado cerca de la puerta del bar y ha calculado lo que puede tardar en salir el hombre de detrás de la barra para alcanzarlo, si es que lo sigue, así que no paga ninguna consumición, para qué. ¿Por qué no te apuntas a clases de baile? Allí siempre hay mujeres, le sugirió un amigo Argentino al que acompaña alguna que otra noche a hacer la ronda del Tamarguillo. José no le hizo caso a la primera de cambio, pero semanas más tarde, cuando su corazón roto buscaba un sitio donde descansar después de una relación frustrada, se encontró asistiendo a una de aquellas academias improvisadas dirigidas por emigrantes. Lo mejor es que escojas el tango, le dijo una mujer de ojos verdes, su ritmo pasa de melancólico a sexual, intercala alegría y tristeza, los cuerpos se abrazan de una manera que sólo el tango puede conseguir, aclaró ella a continuación. José no lo entendió del todo pero le gustaron aquellas aguamarinas y se anotó en el curso que comenzaba. El camarero regresa a la parte interior del mostrador después de dejar un vaso en la mesa, una botella de refresco y la cuenta que no es consciente de que no cobrará. José mueve el paquete de tabaco que esconde la cámara. La instaló dentro como le enseño Javier una noche en el Hormigón, mientras apoyado en la barra, con un Beefeater como compañía y la Browning bajo el sobaco, esperaba sacar un reportaje, mortal de necesidad, al saxofonista ruso que tuvo la mala idea de liarse con la novia del Pincho. La figura de una mujer saliendo del portal lo hace saltar de su asiento. Sale del local con prisa después de recoger todo el material y no mira para atrás. Sospecha que el camarero ha gritado algo pero ni le ha prestado atención ni le interesa. [Molinete quebrado] -Son seis euros... y dan derecho a una consumición. Acaba de preguntar si la milonga es allí, José aún no tiene claro si el sitio es el correcto. De pie, medio aturdido, mira a la gruesa mujer que le habla desde el otro lado del mostrador de un improvisado despacho de entradas. Rubia teñida, de edad indefinida pero que rebosa los cincuenta con creces, intenta adivinar de dónde ha salido ese hombre. -Vos no sos de acá, ¿verdad? -¿Qué? -José ha oído sin escuchar, estaba perdido en los senos que rebosan por encima de una camiseta que él considera dos tallas menor que la correspondiente a quien la viste. -Que usted no es de aquí -afirma ella ahora cambiando de acento. -No, soy de Sevilla. José pone los seis euros sobre el mostrador y ella los recoge con rapidez, guarda el billete y la moneda en una caja metálica, corta dos papeles de sendos tacos mientras se pregunta cómo un sevillano puede tener tanto acento gallego. -Si rellena este tique, -dice la mujerona después de entregarle la entrada- participa en el sorteo de hoy. -¿Qué sortean? -Productos argentinos -ante la mueca que se forma en el rostro de José la mujer intenta aclararlo-: Dulce de leche, achuras, chimichurri, cosas de allá. A José le suenan como si fueran cosas del más allá; lo que le ha dicho no le dice nada. Ha seguido a Esmeralda hasta allí, el resto carece de importancia. Lo peor ha sido esperarla mientras ella se terminaba el chocolate y él se moría de frío en la calle. Después la siguió hasta que desapareció en un portal. "Siéntase el rey del baile más eterno. Milonga del Centro. Noches de viernes y sábados de 9 a 12. Casa de Guadalajara. Plaza de Santa Ana, 12, primero" El cartel es claro y la foto de una pareja exhibiéndose con una pose de tango no deja lugar a dudas, aún así José nunca da nada por hecho. -No olvide poner el correo electrónico; así es más sencillo localizarlo si le toca. José la golpea con su mirada de indiferencia e introduce el papel por una ranura practicada en una caja de zapatos. Le hubiera gustado que esta vez cambiara su suerte y le tocara aunque fuera un diminuto dulce de leche, pero la idea de tener cualquier tipo de relación, aunque fuera cibernética, con aquella mujer le producía un escalofrío extraño. José se gira y observa toda la sala con los ojos de un cazador. Intenta calcular la historia del edificio que puede tener más de cien años. Los techos son altos, decorados con escayola y un pasillo ancho al fondo parece llamarlo. Se adentra por él y encuentra la barra de un bar. Por inercia, y porque sospecha que ya ha salido la luna, pide ahora una cerveza y deja sobre el mármol el resguardo de la entrada. Regresa por el mismo camino hacia donde se encuentra la mujerona, que está ocupada mostrando unos zapatos de baile a una pareja de recién llegados. -Son argentinos, hechos a mano. José se sonríe, no entiende de zapatos pero sospecha que estos le costarán a la pareja un ojo de la cara. Está delante de la puerta que parece dar acceso a la sala de baile. No llega a tocar el picaporte cuando se sorprende al ver que la puerta se abre. De dentro se escapa la música de un tango que no reconoce y el que ha abierto, un hombre, ni muy alto ni muy grueso, lo recibe sonriendo. -Buenas noches. El anfitrión gira la cabeza al tiempo que se aparta para permitir el paso. El salón es bastante grande, más largo que ancho, la puerta se encuentra hacia el lado izquierdo lo que deja el derecho, mucho más amplio, como zona de baile. En el lado pequeño hay varias mesas estrechas y largas que le recuerdan a los bares antiguos de su niñez. Una especie de escenario remata la sala por el lado izquierdo y sobre él varias mesas y sillas acompañan un equipo de sonido con dos enormes columnas de altavoces a cada lado. Del techo cuelgan, justo en el centro de los anticuados plafones de escayola, un par de lámparas que emiten una débil luz amarilla obligando a los presentes a relacionarse en la penumbra. -Al fondo tiene un sitio libre. Aquí compartimos las mesas -La voz ha sonado como si saliera del hombre que lo recibió en la entrada pero no podría jurarlo. José siente un escalofrío, no le gusta la cara de ese tipo y mucho menos lo que va percibiendo a medida que sus ojos se adaptan a la falta de luz. Se quita el abrigo y lo cuelga del respaldo de una de las sillas. Se sienta sin apartar la vista de la sala y de todo lo que allí acontece, no quiere perderse ningún detalle. Suenan los compases de Bahía Blanca mientras intenta calcular el número de personas que danzan por la pista de baile, seis, siete parejas a lo sumo. Los que no bailan, la mayoría hombres, esperan su turno charlando. José se pregunta qué lugar es aquel cuando ve a un hombre de unos ochenta años intentando mantener el equilibrio mientras lucha contra su parkinson. La mujer que lo sostiene, unos cincuenta años más joven, parece llevarlo a cámara lenta a pasear por la pista. José siente que por momentos le cuesta respirar, como si la atmósfera tuviera una espesa niebla de mausoleo que bloquea los pulmones. Bebe un trago para refrescarse la garganta mientras busca a Esmeralda. La encuentra segundos antes de terminar la música y parece otra mujer. Ya no lleva la ropa de calle, ha cambiado los vaqueros y las botas de invierno por un vestido negro ceñido de encaje, que marca mucho más sus curvas, y unos zapatos de baile. La ve acercarse y entiende a Carlos. Cada reflejo de purpurina que sale de las medias de cristal que abrazan sus piernas se está clavando en sus pupilas, él mismo podría enamorarse de alguien así. -Disculpa, ¿te importa poner esto allí? -Esmeralda señala una silla que está al otro lado de la mesa. José no contesta, se limita a cambiar su abrigo de sitio para que ella se siente a su lado. -No sabía que la silla estuviese ocupada -se justifica José. -No pasa nada. ¿Tú no eres de aquí, verdad? -No, vengo de Sevilla, estoy de paso. Me recomendaron este local y he venido a dar una vuelta. En el ambiente flota ahora la melodía de Comme il faut y ella balancea la cabeza lentamente siguiendo el ritmo. José comprende que para oírse deben estar ahora mucho más cerca, tanto que los aromas comienzan a mezclarse y la piel se eriza al leve roce de una respiración. -¿Bailas tango? -Si..., bueno..., -José duda- bastante mal; estoy empezando y la verdad es que sólo conozco tres pasos. Nada de grandes figuras, todo lo más un sangüichito, una calesita, el paseo básico. Pero no me importaría echar un baile contigo; prometo no pisarte mucho los pies. -La verdad, es que..., es que si no bailas bien pueden pensar -Esmeralda gira la cabeza y mira hacia la pista- que soy yo la torpe y no me sacarían a bailar, -ahora se enfrenta a los ojos de José- me crearías mala imagen, ¿lo entiendes? José no abre la boca. Se siente incapaz de dar una respuesta a tal desaire. Piensa en su amigo Carlos y por respeto a él sonríe a Esmeralda y pone cara de comprenderlo. Uno de los hombres canosos, plantado al borde de la pista, mira a Esmeralda. Ella, sin tan siquiera despedirse de José, se incorpora y se va en dirección a los ancianos brazos. Se deja llevar y comienza a dar vueltas por la sala a una velocidad excesivamente lenta. José no entiende qué ocurre. Terminan el tango y comienza otro, y así sucesivamente durante varios minutos en los que José no es capaz de entender cómo Esmeralda y las otras jóvenes del baile van cambiando de pareja, es decir, de anciano en anciano mientras él sigue allí sentado, tienen el ego herido. Esto lo tiene que fotografiar, pulsa el botón de la cámara oculta en el paquete de tabaco pero duda de que la escasa luz permita sacar una imagen lo suficientemente clara. Necesitará el flash pero no quiere arriesgarse a ser descubierto. Una cortinilla musical suena igual que un cambio de tercio en la Maestranza y los lentos bailarines se dirigen a las sillas a descansar. -¿Esta cerveza es la mía? -Creo que es la mía, pero es igual, ahora es tuya. Esmeralda le da las gracias y vierte el contenido de la botella en un vaso. -Si quieres, bailamos -Esmeralda parece querer pagar el trago de cerveza con un baile forzado. -No pasa nada, tranquila. No es necesario, no quiero causarte ningún problema. Esmeralda se pone en pie y extiende su sonrisa a lo largo de su brazo para que José le sujete la mano que ella le ofrece. Suenan los primeros compases de Balada para un loco. Él nunca supo decir no y se incorpora, se deja conducir al centro de la pista y allí abraza a Esmeralda con firmeza y ternura al cincuenta por ciento. A su alrededor unas cinco o seis parejas danzan. Algunos ponen sentimiento donde falta técnica, otros, casi inmóviles, disfrutan del roce de los cuerpos, los más, jóvenes hermosas abrazadas a lo que José le parecen carcamales que disfrutan de una situación forzada. José comienza el primer paso y no llega a dar el segundo. -Lo siento, no puedo, mejor lo dejamos. Esmeralda se ha separado de José, se gira y huye sin prisas en dirección a las mesas. Él está aturdido, la música sigue sonando mientras está en medio de la pista sin saber qué hacer. Tiene la sensación de que todas las miradas caen como gotas de lluvia sobre su cuerpo entumecido por la vergüenza. Con la media sonrisa que obliga la situación regresa a su mesa, recoge sus cosas y piensa; que se jodan. Ya en la puerta, con una mano en el picaporte y en la otra la cámara de fotos, observa por última vez la escena. Parece un lugar anacrónico, anclado en una época que no le corresponde, que se mueve al ritmo lento de un bandoneón. José tienen una reacción instintiva, como casi todo lo que hace en los últimos tiempos, y sin juzgar las consecuencias conecta el flash de la cámara y dispara. El fogonazo es una puya de luz en un cuerpo oscuro. Sale por la puerta sin mirar hacia atrás y baja las escaleras corriendo acompañado por la sensación de que un ejercito de ultratumba lo persigue. Ya en la calle, minutos más tarde, apenas se detiene un segundo para tomar aire y sigue su camino en dirección a la Carrera de San Jerónimo. [Salida con traspié] -¿Que te sirvo? -Un Bombay con tónica. -Quiyo, cómo estamos hoy. José está sentado en un taburete junto a la barra. No contesta y Luci le da la espalda para ir en busca de la botella de ginebra. Es temprano y el Garufa está vacío, todavía no se ha despertado. Han dado las seis de la tarde en el reloj de la Plaza Nueva y José piensa en que debería estar en cama. Ayer condujo toda la noche sin parar y estuvo durante el día dando vueltas por el centro de Sevilla en vez de ir a descansar. No quería y no podía ir porque significaría cerrar los ojos y en ese segundo vería la cara de Carlos y no sabría cómo pedirle perdón. José da un largo trago y una mueca muestra la repulsa de su cuerpo al sabor de la ginebra. "la quise porque la quise y por eso ando penando, se me fue ya ni sé cuándo, ni sé cuándo volverá". Alguien ha conectado el equipo de música y el tango le recuerda lo pasado ayer en Madrid: -Entonces, ¿lo tienes? José no contesta, no está seguro de haber hecho un buen trabajo. Necesitaría más tiempo pero no lo tiene, mañana de madrugada debe estar en Sevilla después de conducir casi toda la noche. -Carlos, no sé como explicarlo. Yo mismo no lo entiendo muy bien. -No me vengas ahora con ésas. Lo que te pedí era sencillo. Coño, José, creo que estoy enamorado de esa mujer y sabes que yo no soy de los que se entregan fácilmente. Claro que lo sabía. Carlos no era como él, un enamoradizo compulsivo. Su amigo amaba con los cinco sentidos por eso no quería hacerle daño. Estaban sentados en un banco de la Plaza de Santa Ana desde hace varios minutos y la conversación parecía no querer arrancar. José se arma de valor y le señala el portal por donde se entra al mundo perdido del tango, como el lo bautizó. Carlos escucha con atención todas las explicaciones, observa el edificio, el balcón del primer piso y los ventanales que supuestamente dan al salón de baile. -¿Dónde está el problema, José? No lo entiendo. José saca entonces del bolsillo derecho unas cuantas fotos y una a una se las va pasando. En la primera una sucesión de figuras nebulosas, semitransparente, se entrecruzan bailando un tango. Carlos ve a Esmeralda y a otras jóvenes como fantasmas traslúcidos flotando, pero no logra ver a los ancianos que José le ha comentado. En las siguientes, que José le pasa muy lentamente para que observe con atención todo y no se pierda ni un detalle, puede ver nítidamente a una o dos parejas abrazadas danzando. En el resto de la pista sólo los cuerpos casi etéreos de Esmeralda y sus compañeras con pose de baile rodeando con sus brazos el vacío. Ni rastro de los ancianos. Carlos se incorpora. Ya de pie se enfrenta a José que sigue sentado. -José, ¿Qué mierda es esta? ¿Qué me quieres decir? -Nada, lo que estás viendo, pero no te preocupes, ya tengo la solución. El tiro suena seco y la mayoría de los transeúntes, acostumbrados a oírlos en la televisión, apenas se percatan. Pocos giran la cabeza o encogen el cuerpo por el susto. José, en cambio, con la Browning en la mano y en cuclillas, esconde su cuerpo tras el banco. Carlos está caído en el frío suelo, inmóvil. José revisa visualmente todas las ventanas, las calles, los portales, los comercios y considera que el peligro ya no existe y se arrodilla junto a su amigo. Carlos tiene un agujero en el pecho, pronto se le llenarán los pulmones de sangre y morirá; desangrado o asfixiado. -Estoy muerto colega, ¿qué me has hecho? -No hables, reserva fuerzas, pronto vendrá la ambulancia. Todo irá bien -Intenta José dar inútiles esperanzas a su amigo mientras le tapa la fuente del pecho con su propia mano. -Esa música... -comenta entre arcadas Carlos. José percibe los acordes de un tango que hasta aquel instante no se habían oído. Levanta la cabeza y en el balcón, en el primer piso del número doce de la Plaza de Santa Ana, puede ver a varios ancianos que con una sonrisa fantasmal parecen expectantes. José comprende entonces que se ha equivocado; Esmeralda nunca será suya, y pronto Carlos estará bailando con ella allá arriba, inflingiéndole a él un dolor mayor que si le hubieran arrancado su propia vida. -¿Es Gardel el que canta? -pregunta Carlos con las últimas energías que le quedan. José apoya su mano en el rostro de su amigo y con un suave movimiento, casi una acaricia, le cierra los ojos al tiempo que le responde. -Sí, la Milonga del 900. Mejuto, en Sevilla un 28 de febrero de 2006
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