Miedo circular

 

 

Ese ruido que se oye desde la escalera, ese tintineo de rata feliz que te impide dormirte e incluso te ha llevado a caminar hasta la puerta y contener la respiración, no es más que la angustia de un loco. No te preocupes, es inofensivo. Vive en su casa, sólo un piso más abajo que tú, y nunca se atrevería a acercarse a ti si no lo considerara absolutamente necesario. Es un loco suave, discreto, educado. No sabías que estaba loco porque apenas sale de casa, y las pocas veces en que lo has visto mostraba un semblante serio y cansado, como el de cualquier otro vecino. Como el tuyo.

Tampoco es de esos locos que almacenan montones de basura en las terrazas y cuya locura puedes oler por la ventana. No, su casa probablemente esté más limpia que la tuya. Se gana la vida traduciendo textos médicos para un par de empresas que le confían sus catálogos con plena confianza en su profesionalidad. Ni un solo día ha retrasado la entrega de las traducciones, las cuales siempre se han caracterizado por una corrección poco común. Julio, así se llama nuestro loco inofensivo, nunca entrega sus traducciones sin repasarlas antes veintisiete veces. Nunca veintiséis, y a veces veintiocho, porque incluso los locos pierden la cuenta. Si alguna vez su repaso se ve interrumpido por una llamada de teléfono, el timbre de la puerta o un ataque de tos, la ansiedad se apodera de él y no permite que su frente deje de sudar hasta que el repaso se inicia una vez más desde cero. Algo parecido le sucede con los armarios de la cocina; después de guardar el azúcar, o de sacar la sopa, los cierra y los abre, los cierra y los abre, tres veces en total. Cuando por las noches se da un baño antes de la cena --nunca después-- se asegura de que el nivel del agua llegue exactamente a la marca circular que se encuentra en uno de los lados de la bañera. Se lava las manos cada diez minutos, a veces antes, y guarda en un cajón, aún sin abrir, la pomada que el médico le recetó para curar la irritación que el exceso de limpieza le provoca en las palmas de las manos. Todos los días come lo mismo: ensalada, arroz y huevo hervido. A veces, cuando el arroz se le pasa, lo tira a la basura y lo cocina de nuevo hasta que queda exactamente igual que el día anterior. Se desplaza por casa a saltos para evitar pisar las baldosas negras, señales de mal agüero. Cuando alguna vez el pie se le escapa y pisa una de ellas la angustia es tan grande que se siente mareado, y si el día es especialmente malo se lanza de rodillas al suelo y pide al universo que no lo castigue, que nada malo ocurra por ello. Más de una vez duerme en el suelo porque considera que el castigo propio lo aleja del castigo universal. No bebe alcohol, no fuma, no toma ningún tipo de droga. No sabe cómo ha llegado a este punto, aunque recuerda que una vez, hace muchos años, se preguntó si se estaba volviendo loco.

Hoy, al ir a cerrar la puerta de la calle, antes de irse a dormir, inexplicablemente ha olvidado sacar la llave y depositarla con sumo cuidado en la mesa del recibidor. No ha reparado en ello hasta que su cabeza reposaba sobre la almohada. Entonces ha abierto los ojos sobresaltado y ha corrido hasta el recibidor. Como castigo se ha impuesto abrir y cerrar la puerta treinta veces, y eso lo ha relajado. Giraba las llaves hacia dentro y hacia fuera como quien realiza una tarea estúpida pero necesaria, cuando que ha perdido la cuenta. La angustia ha regresado, y ha decidido empezar de nuevo. Esta noche el sueño le va a impedir llevar la cuenta, y el ruido de su locura va a impedirte dormir. Si mañana aún no ha logrado cumplir su castigo tal vez oigas aún el tintineo de las llaves. No abandonará ese lugar hasta que cumpla lo prometido. Y si el hambre, la sed, el sueño, hacen que llevar la cuenta le resulte cada vez más difícil, entonces, cuando ya te hayas acostumbrado al tintineo de sus llaves, el silencio te estremecerá como un pañuelo mojado.

 

críticas
Valeria
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