Se había pintado las ojeras y los labios

La miré y supe que había llegado el día de la congoja, porque tenía un pañuelo de plomo ajustando su ronda en ese lugar del cogote donde algunos hacen el gesto de arrancar la cabeza. La miré e imaginé un dedo cortando el aire de izquierda a derecha, su melena rodando sobre la mesa. El macho se tomó el buque luego de enterarse; se llevó hasta la frazada y el marco de la foto y a ella le quedó una valijita de cuero para guardarse la vergüenza y salir a pedir socorro y trabajo. Se había pintado las ojeras y los labios. Se le notaba lo que tenía de mujer mientras lloraba con la voz frente a mi puerta. Esa noche soplaba una furia; el viento le llevaba la pena para otro lado y la dejé pasar. La hice sentar en el catre porque ya no me servían las sillas y ella me hablaba con unas palabras que atravesaban el nudo de astillas que guardaba entre los pechos. Los tenía como una parturienta porque le jadeaban de arriba a bajo y se sofocaban entre las gorduras de leche y las angustias. Yo no la escuchaba, atento solamente a la respiración y a las gotitas de sudor que corrían a escondérsele bajo el pañuelo. Entonces fue que se lo quitó de un tirón y en el mismo forcejeo con el lazo metí la mano, primero en el cuello y después más abajo y me acordé de su cara ahuecando la boca para recibir un beso de antes. La miré y supe que había llegado la hora de la congoja, que hoy podés quedarte pero mañana te vas.

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