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Linaje de barro
Cuando Demetrio Frías asomó la cabeza por el hoyo, se interpuso en la ruta de una línea de hormigas coloradas. Algunas alcanzaron a treparse a sus anteojos y como sus manos habían quedado bajo tierra, sólo atinó a sacudirse un poco en un infeliz movimiento de cuello y cabeza que lanzó sus lentes a un metro de distancia. Retrocedió hacia abajo, sacó un brazo a la superficie, e intentó capturarlos arrastrando la mano abierta sobre el pasto humedecido. Encima de un cascote, su cuerpo torcido como un jorobado, parecía soportar en la nuca todo el peso del cielorraso, o del suelo, según la posición que adoptara el observador del asunto.
-Mañana voy a fumigar -dijo Demetrio como si amenazara-. Sr. Field, ¡perdí mis lentes!
Detrás de los durmientes de ferrocarril que soportaban la cueva subterránea, Jerónimo Field bebía té en una de las tazas de porcelana que aún se conservaba entera. Sentado en un banco de madera, debajo de uno de los hoyos, la luz perforaba el volumen de la oscuridad.
Demetrio continuaba en su esfuerzo por atrapar los lentes, pero ya tenía el brazo embarrado, la mano enredada en los pastizales y el cuello dolorido, de tanto chocarse con el mundo exterior.
-¿Y Usted, Sr. Field, no piensa ayudarme?
El inglés, sorprendido, abandonó suavemente la taza sobre un tronco que hacía de mesa y enderezó apenas la línea del torso, sofocando la elegancia del movimiento. Era delgado como una espiga y le bastaba estirarse para alcanzar la altura que Demetrio sólo lograba subido a una piedra. Asomó el casco rubio de su cabeza por el orificio, entrecerrando los párpados blandos bajo la luz que le llenaba de espinas los globos azulados de los ojos. Demoró unos segundos en acostumbrarse a la claridad de la superficie.
-Aquí los veo, mi querido Frías. Sus lentes yacen rotos a un palmo de mi nariz.
Eran las primeras palabras que se dirigían en varios días. El tedio y la agobiante humedad les había apelmazado la voz y la voluntad de pronunciar palabra. La cueva se abría debajo de un campo de pastoreo, hacia el sur, en un territorio que tal vez habría pertenecido a sus antepasados, o bien esa era la breve razón que pretendían para afincarse allí, bajo el suelo, evitando todo conflicto con los lugareños. Demetrio afirmaba: “la tierra es la carne de los muertos”. Y sumergido en el terruño se hacía uno con sus orígenes y con una supuesta porción de su herencia, sin tener que atravesar los rodeos de otro tipo de legitimaciones. Así se lo había transmitido a su buen amigo Field, quien de inmediato estuvo de acuerdo con el razonamiento.
El inglés regresó con los lentes hasta toparse con el cuerpo robusto de Demetrio, que tenía tierra en el cuello, entre las canas, y como cáscaras de polvo en las mejillas y todo el brazo izquierdo embarrado hasta las mismas uñas negras. Tomó las patillas con la punta de sus dedos y los colocó en su lugar. Sus ojos pardos se veían estrellados y borrosos, tras el cristal partido de los anteojos.
Se acercaba la hora del ordeñe y sin agregar palabra se hicieron de cubetas para salir a la superficie. Debían agacharse para recorrer el túnel que se estrechaba como la guarida de un roedor y se torcía en giros revesados, desalentando cualquier iniciativa de subir que no fuera de extrema necesidad. Tan pronto alcanzaban a poner pie sobre la anchura del campo experimentaban cierto mareo. El Sr. Field sostenía que los hombres del mundo conviven a diario con esa náusea, provocada por la desmesura del espacio y el exceso de horizonte.
El pacer del ganado se inquietaba al divisarlos; entonces adherían el cuerpo al pastizal para tomar por sorpresa a alguna vaca y ordeñar hasta secarla.
Antes de sumergirse nuevamente en la cueva, echaron una larga mirada a la cisura del paisaje; las nubes crecían voluptuosas de lluvia y el viento las expandía a lo ancho y por encima, como si el cielo fuera una sábana de tinta derramada.
En tres meses de habitar el suelo no era la primera tormenta, pero sí la peor de todas. Tomaron la leche en silencio. A Demetrio le tocó una taza blanca que le faltaba el asa. Entre sus manos cuarteadas la porcelana se abría como una paloma temblorosa. Era su pulso el que temblaba, cada vez que tronaba la furia de arriba y algunas gotas de barro y lluvia se difundían en el líquido puro que bebía su boca de tierra.
Horas más tarde, después de la tormenta, los lugareños rescataban del campo anegado al pequeño rebaño demorado en el cieno, con el agua hasta el cuello.
María Eugenia Rapp
2002
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