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Limitación impuesta: 1) sin adverbios acabados en -mente. Paralelas Desde su más tierna infancia, su vida había estado marcada por la constante búsqueda del amor. Nacida en una familia conservadora y poco demostrativa, sus primeros años de vida transcurrieron sin recibir la más pequeña muestra de afecto, sin una mano amiga que le brindara una caricia, sin un beso tierno que la hiciera estremecerse al sentirse querida. Para compensar esa carencia, comenzó a leer cuentos de hadas en los que todas las heroínas, sin importar si fueran sirvientas o princesas, siempre recibían su premio al final, en la forma de un príncipe azul que llegaba montado en su caballo blanco. A veces se preguntaba por qué tenía que ser azul el príncipe, ya que ella hubiera preferido mil veces uno de algún color más convencional, como ser blanco, negro, o incluso amarillo, pero de inmediato desechaba esa idea tan poco romántica. Tenía un objetivo perfectamente definido, y debía mantenerse firme; si el amor era azul, ella lo aceptaría así. Con el paso de los años, reemplazó los cuentos con las novelas románticas. El príncipe ya no era azul; de hecho ni siquiera era príncipe, y eso lo hacía parecer un poco más real ante su imaginación de adolescente. Debió transcurrir más de una década antes de que se convenciera de que esas historias sucedían en la vida real con la misma probabilidad del cuento de la Cenicienta que encuentra a su príncipe. Entonces, encontró consuelo en la poesía; un género en el que parecía que todos los autores, o al menos la gran mayoría, se encontraban en la misma situación que ella; añorando un sentimiento que no conocían más que en sueños. Hubiera deseado poder agradecer a todos esos poetas por regalarle fuertes dosis de esperanza escondidas en cada uno de los versos que leía, mismos que muchas veces le daban fuerzas para salir adelante cuando todo se veía oscuro, o que la arrullaban al repetírselos en silencio, mientras se quedaba dormida pensando que el día de mañana se encontraría con el amor tan anhelado. Pero ese mañana nunca llegaba, y mientras tanto, ella continuaba su camino, muy derechito y firme, al lado del amor, esperando que algún día éste la alcanzara. ¡Pobre ilusa! No sabía que las rectas paralelas jamás llegan a juntarse... Lucía, marzo 2006
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