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Limpiaparabrisas. Elena sale del coche, con un portazo, al callejón. Se enjuaga un instante los ojos con un tisú, y se adentra, con cintura bamboleante y algo temblorosa, en la oscuridad de la ciudad, lejos de la luz azul de los faros de xenón. Adolfo la contempla partir en silencio. Le ha roto el corazón y la vida con sólo cuatro frases, descargadas con total impunidad. La ha contemplado llorar, gritar, preguntarle un porqué que él mismo desconoce, y, en un último atisbo de dignidad, en vez de las súplicas que esperaba, partir de un portazo. Y menudo golpe ha pegado la mala bruja. Un poco más y me destroza el Audi. Pero le está bien empleado, y lo sabe. Ha llevado la situación al límite sólo por el placer de ver que ocurre, de oírla llorar, suplicarle, decir lo mucho que le quiere y que no puede vivir sin él. -Sabes... Lo he estado pensando. Lo nuestro no funciona. Cuando lleguemos a casa, prepararé las maletas y me iré. Mejor lo dejamos. -¿Qué... ¡Qué!? No puedes hacerme esto así... ahora, de esta forma... hay otra mujer, ¿verdad? -Sí-mentira cochina. No hay otra. Por qué coño ha tenido que contestar que sí, se pregunta. Por qué carajo ha decidido romper una relación que, vale, no era maravillosa, pero funcionaba. Yo la quiero a Elena, igual no la amo, pero quererla sí que la quiero. Y no hay otra. Pero... ¿por qué se ha marchado con un golpe? ¿Por qué no me ha tratado de convencer, por qué no me ha llorado? Empieza a llover. Los limpiaparabrisas del Acuatro se activan y empiezan a girar de izquierda a derecha. Alfredo no sabe si le gusta que el automóvil decida hacer esto así, de motu proprio, sin órdenes por su parte. Y no se ciñe sólo a decidir si llueve, como ahora, y accionar los limpias, o si es oscuro y encender las cortas; el auto le protesta si deja las luces encendidas, si deja la puerta abierta demasiado rato, cuando va a aparcar de oídas. Ahora mismo me acaba de protestar cuando Elena ha dado un portazo, con un pitido que ha sonado cuatro veces. Y esto no es correcto. Un coche debería ceñirse a ser un coche y dejarse conducir. Una mujer debería ceñirse a su papel, y suplicar antes de irse con ese trompazo de mala bruja. Y ahora andará sola, bajo la lluvia. Se lo merece, piensa Adolfo, por el golpetazo que ha dado al Audi. Se lo merece por no haberme pedido que la llevara al piso, para hacer las maletas, para tratar de seducirme, para una última cogida, o quizás, no tan última. Dioses, echaré de menos su cuerpo. Echaré de menos, sobre todo, su culo. Que es respingón, pleno, erguido. Culo sin celulitis, y debajo muslos carnosos, que ondulan y tropiezan entre sí al andar, piernas de ninfa, de cabra montesa, de esclava morisca. Culo y piernas de los que hacen girar a los hombres, silbar, decir cochinadas desde los andamios. Por unos instantes recuerda la minifalda roja, ajustada, como ondulaba el trasero al partir al callejón. Habrá ido a la avenida Deprisa, a ver si llega el treinta y seis o el setenta y ocho, o pillará un taxi, para volver a casa. O igual coge el cuarenta y siete para ir al apartamento de Berta, o el dieciocho para ir al piso de sus padres. No, a casa de sus padres seguro que no ha ido aún, eso será luego, con las maletas ya listas. Al apartamento de Berta, fijo, en el cuarenta y siete o en taxi. Pero es de noche, en realidad no es de noche, pero con esto de que a las seis en invierno ya es oscuro, la tarde deviene noche, y a estas horas igual no encuentra taxi, y menos lloviendo, y llueve bastante, ya que el Audi ha decidido pasar de segunda a tercera velocidad en los limpiaparabrisas, y ella estará ahí fuera, en la calle, bajo la lluvia sin paraguas, esperando un bus que no llega, el pelo empapado, las lágrimas confundidas con el chaparrón, la blusa blanca transparentando el sujetador carne, la falda marcando el soberbio trasero... La erección es palpable, acaban de romper (Adolfo aún no está seguro de porqué lo han hecho si en el aspecto sexual todo les iba de maravilla, y además se querían) y ya la echa de menos, su culo, su cuerpo, su energía, sus portazos. Sale del carro dispuesto a buscarla, a decirle que todo ha sido un error, que la quiere con locura, a encontrarla en la parada del autobús, empapada, y darle un beso en silencio, un abrazo de película. Te quiero, Elena, lo nuestro puede funcionar, démonos otra oportunidad. Joder, como llueve. Y vuelve dentro, el traje de Versace mojado, igual que sus esperanzas, a ver el eterno girar de los limpiaparabrisas que se accionan solos cuando el coche quiere, preguntándose por qué las mujeres no funcionarán de la misma manera.
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